jueves, 22 de marzo de 2012

Los hermanos Karamázov Fedor Dostoievski.

PRIMERA PARTE

Alexiéi Fiódorovich Karamázov era el tercer hijo de un terrateniente de nuestro distrito, Fiódor Pávlovich Karamázov, tan conocido en su tiempo (y aún hoy se le recuerda) por su fin trágico y oscuro, acaecido hace exactamente trece años y del que hablaré en su lugar. Ahora, de este ''terrateniente'' (como le llamaban en nuestro distrito, pese a que casi nunca había vivido en sus tierras) diré tan sólo que era un tipo raro, aunque hombres así se encuentran, a pesar de todo, con bastante frecuencia; era el tipo del hombre no sólo ruin y disoluto, sino, a la vez, torpe, aunque de aquellos torpes que saben componer a las mil maravillas sus asuntos de intereses y únicamente, al parecer, tales asuntos. Había empezado casi sin nada, como un terrateniente de los más insignificantes, amigo de comer en mesa ajena, empeñado en hacer vida de gorrón; sin embargo, al morir, resultó que tenía hasta cien mil rublos en dinero contante y sonante. Al mismo tiempo, siguió siendo toda su vida uno de los hombres más torpemente insensatos de nuestro distrito. Lo repito una vez más: no es cuestión de estupidez, la mayoría de estos insensatos son bastante inteligentes y astutos; son, precisamente, de una torpeza peculiar, nacional.
Se había casado dos veces y tenía tres hijos; el mayor, Dmitri Fiódorovich, era de la primera esposa, y los otros dos, Iván y Alexiéi, de la segunda. La primera esposa de Fiódor Pávlovich pertenecía al noble linaje de los Miúsov, bastante rico y distinguido , formado también por propietarios de nuestro distrito. ¿Cómo pudo ocurrir que una joven con dote, hermosa además, y por añadidura de las de despierta inteligencia -tan frecuentes entre nosotros en la generación actual, aunque ya se daban en el pasado-, se casara con un insignificante ''maula'', como entonces todo el mundo le llamaba? No me entretendré en explicarlo. Les diré que conocí a una joven, de la penúltima generación ''romántica'', la cual, después de varios años de enigmático amor por un señor con quien, dicho sea de paso, siempre se habría podido casar muy tranquilamente, acabó sin embargo inventándose un sinfín de obstáculos insuperables, y una noche de tempestad se arrojó por una alta orilla, parecida a un acantilado, a un río bastante profundo y rápido, en el que pereció decididamente a causa de sus propios antojos, tan sólo para asemejarse a la Ofelia shakesperiana, hasta el punto que si aquel acantilado, señalado y preferido por ella desde hacía mucho tiempo, no hubiera sido tan pintoresco y en su lugar hubiera habido una prosaica orilla baja, no se habría producido, quizá, el suicidio.

      Dostoievski Fedor, Los hermanos Karamázov. ed. Planeta, año 1988. págs 9 y 10.
      Seleccionado por Olga Domínguez Martín. curso 2011-2012

lunes, 19 de marzo de 2012

La dama de picas, Alexander Pushkin.


Y en los días de lluvia se solían reunir a menudo.
Y—¡que Dios les perdone!—
apostaban a cien la jugada.
Y a veces ganaban,
apuntaban con tiza las deudas.
De este modo ocupaban, en los días de lluvia,
su tiempo.

Un día en casa del oficial de la Guardia Narúmov jugaban a las cartas. La larga noche de invierno pasó sin que nadie lo notara; se sentaron a cenar pasadas las cuatro de la mañana. Los que habían ganado comían con gran apetito; los demás permanecían sentados ante sus platos vacíos con aire distraído. Pero apareció el champán, la conversación se animó y todos tomaron parte en ella.
—¿Qué has hecho, Surin?—preguntó el amo de la casa.
—Perder, como de costumbre. He de admitir que no tengo suerte: juego sin subir las apuestas, nunca me acaloro, no hay modo de sacarme de quicio, ¡y de todos modos sigo perdiendo!
—¿Y alguna vez no te has dejado llevar por la tentación? ¿Ponerlo todo a una carta?... Me asombra tu firmeza...
—¡Pues ahí tenéis a Guermann!—dijo uno de los presentes señalando a un joven oficial de ingenieros—. ¡Jamás en su vida ha tenido una carta en las manos, nunca ha hecho ni un pároli, y, en cambio, se queda con nosotros hasta las cinco a mirar cómo jugamos!
—Me atrae mucho el juego—dijo Guermann—, pero no estoy en condiciones de sacrificar lo imprescindible con la esperanza de salir sobrado.
—Guermann es alemán, cuenta su dinero, ¡eso es todo! —observó Tomski—. Pero si hay alguien a quien no entiendo es a mi abuela, la condesa Anna Fedótovna.
—¿Cómo?, ¿quién?—exclamaron los contertulios.
—¡No me entra en la cabeza —prosiguió Tomski—, cómo puede ser que mi abuela no juegue!
—¿Qué tiene de extraño que una vieja ochentona no juegue? —dijo Narúmov.
—¿Pero no sabéis nada de ella?
—¡ No! ¡ De verdad, nada!
—¿No? Pues, escuchad:
«Debéis saber que mi abuela, hará unos sesenta años, vivió en París e hizo allí auténtico furor. La gente corría tras ella para ver a la Vénus moscovite; Richelieu estaba prendado de ella y la abuela asegura que casi se pega un tiro por la crueldad con que ella lo trató.
«En aquel tiempo las damas jugaban al faraón. Cierta vez, jugando en la corte, perdió bajo palabra con el duque de Orleáns no sé qué suma inmensa. La abuela al llegar a casa, mientras se despegaba los lunares de la cara y se desataba el miriñaque, le comunicó al abuelo que había perdido en el juego y le mandó que se hiciera cargo de la deuda.
«Por cuanto recuerdo, mi difunto abuelo era una especie de mayordomo de la abuela. La temía como al fuego y, sin embargo, al oír la horrorosa suma, perdió los estribos: se trajo el libro de cuentas y, tras mostrarle que en medio año se habían gastado medio millón y que ni su aldea cercana a Moscú ni la de Saratov se encontraban en las afueras de París, se negó en redondo a pagar. La abuela le dio un bofetón y se acostó sola en señal de enojo.
«Al día siguiente mandó llamar a su marido con la esperanza de que el castigo doméstico hubiera surtido efecto, pero lo encontró incólume. Por primera vez en su vida la abuela accedió a entrar en razón y a dar explicaciones; pensaba avergonzarlo, y se dignó a demostrarle que había deudas y deudas, como había diferencia entre un príncipe y un carretero. ¡Pero ni modo! ¡El abuelo se había sublevado y seguía en sus trece! La abuela no sabía qué hacer.
«Anna Fedótovna era amiga íntima de un hombre muy notable. Habréis oído hablar del conde Saint-Germain, de quien tantos prodigios se cuentan. Como sabréis, se hacía pasar por el Judío errante, por el inventor del elixir de la vida, de la piedra filosofal y de muchas cosas más. La gente se reía de él tomándolo por un charlatán, y Casanova en sus Memorias dice que era un espía. En cualquier caso, a pesar de todo el misterio que lo envolvía, Saint-Germain tenía un aspecto muy distinguido y en sociedad era una persona muy amable. La abuela, que lo sigue venerando hasta hoy y se enfada cuando hablan de él sin el debido respeto, sabía que Saint-Germain podía disponer de grandes sumas de dinero, y decidió recurrir a él. Le escribió una nota en la que le pedía que viniera a verla de inmediato.
«El estrafalario viejo se presentó al punto y halló a la dama sumida en una horrible pena. La mujer le describió el bárbaro proceder de su marido en los tonos más negros, para acabar diciendo que depositaba todas sus esperanzas en la amistad y en la amabilidad del francés.
«Saint-Germain se quedó pensativo.
«—Yo puedo proporcionarle esta suma—le dijo—, pero como sé que usted no se sentiría tranquila hasta no resarcirme la deuda, no querría yo abrumarla con nuevos quebraderos de cabeza. Existe otro medio: puede usted recuperar su deuda.
«—Pero, mi querido conde—le dijo la abuela—, si le estoy diciendo que no tenemos nada de dinero.
«—Ni falta que le hace—replicó Saint-Germain—: tenga la bondad de escucharme.
«Y entonces le descubrió un secreto por el cual cualquiera de nosotros daría lo que fuera...
Los jóvenes jugadores redoblaron su atención. Tomski encendió una pipa, dio una bocanada y prosiguió su relato:
—Aquel mismo día la abuela se presentó en Versalles, au jeu de la Reine. El duque de Orleáns llevaba la banca; la abuela le dio una vaga excusa por no haberle satisfecho la deuda, para justificarse se inventó una pequeña historia y se sentó enfrente apostando contra él. Eligió tres cartas, las colocó una tras otra: ganó las tres manos y recuperó todo lo perdido.
—¡Por casualidad!—dijo uno de los contertulios.
—¡Esto es un cuento! —observó Guermann.
—¿No serían cartas marcadas? —añadió un tercero.
—No lo creo—respondió Tomski con aire grave.
—¡Cómo!—dijo Narúmov—. ¿Tienes una abuela que acierta tres cartas seguidas y hasta ahora no te has hecho con su cabalística?
—¡Qué más quisiera!—replicó Tomski—. La abuela tuvo cuatro hijos, entre ellos a mi padre: los cuatro son unos jugadores empedernidos y a ninguno de los cuatro les ha revelado su secreto; aunque no les hubiera ido mal, como tampoco a mí, conocerlo.
«Pero oíd lo que me contó mi tío el conde Iván Ilich, asegurándome por su honor la veracidad de la historia. El difunto Chaplitski—el mismo que murió en la miseria después de haber despilfarrado sus millones—, cierta vez en su juventud y, si no recuerdo mal, con Zórich, perdió cerca de trescientos mil rublos. El hombre estaba desesperado. La abuela, que siempre había sido muy severa con las travesuras de los jóvenes, esta vez parece que se apiadó de Chaplitski. Le dio tres cartas para que las apostara una tras otra y le hizo jurar que ya no jugaría nunca más. Chaplitski se presentó ante su ganador; se pusieron a jugar. Chaplitski apostó a su primera carta cincuenta mil y ganó; hizo un pároli y lo dobló en la siguiente jugada, y así saldó su deuda y aún salió ganado...
«Pero es hora de irse a dormir: ya son las seis menos cuarto.
En efecto, ya amanecía: los jóvenes apuraron sus copas y se marcharon. 

Pushkin, La dama de picas

jueves, 16 de febrero de 2012

Nana, Émile Zola

A las nueve estaba aún vacía la sala del teatro Variétes. En el anfiteatro y en la platea, perdidas entre las butacas de terciopelo granate, aguardaban algunas personas bajo la mortecina luz de la araña a medio encender. Una sombra invadía la gran mancha roja del telón; no se oía ningún ruido en el escenario; estaban apagadas las candilejas y en piso, bajo la rotonda del techo, con un cielo teñido de verde por el gas y hacia el que alzaban el vuelo unas mujeres y unos chiquillos desnudos, sonaban llamadas y risas, destacándose en medio de un guirigay continuo de voces, y escalonábanse cabezas cubiertas con gorros y gorras, debajo de escalonábanse cabezas cubiertas con gorros y gorras, debajo de los amplios ventanales circulares enmarcados de oro. De vez en cuando, véase una acomodadora, apresurada, con unas entradas en la mano, detrás de un caballero y una dama que se sentaban, el caballero de Frac, la dama delgada y eslbelta, tras echar una ojeada en torno.
Aparecieron dos jóvenes en el patio de butacas. Quudáronse de pie, mirando.
-¿Que te decía yo, Hector? -exclamó el mayor, un mozo alto con bigotillo negro-. Llegamos demasiado temprano. Ya podías dejar que acabara de fumarme el puro.
Pasó una acomodadora.
-¡Oh, señor Fauchery! -dijo con familiaridad-. Si todavía tardrá media hora en empezar.
-Pues, ¿por qué ponen a las nueve? -murmuró Hector, cuya cara, larga y flaca, cobró una expresión de enfado-. Clarisse, que sale en la obra, me ha jurado esta misma mañana que empezaban a las ocho en punto.
Estuvieron un rato callados, levantando la cabeza e intentando escrutar la sombra de los palcos. Pero el papel verde que los tapizaba los hacía más oscuros aún. Los de platea, debajo del anfiteatro, estaban sumidos en una noche absoluta. En los del primer piso, no había más que una señora gorda, recostada sobre el tercio pelo de la barandilla.

Émile Zola, Nana,Barcelona. Editorial Planeta S.A. Año 1985. Página 3.
Seleccionado por Javier Muñoz Castaño, segundo de bachillerato curso 2011-2012.

Robinson Crusoe. Capítulo 3, Daniel Defoe

CAPITULO III
LA ISLA DESIERTA

      Estaba, pues, en tierra firme y a salvo, y empecé por levantar los ojos y dar gracias a Dios por haberme salvado la vida en una situación en la que pocos minutos antes apenas había lugar para la esperanza. Creo que es imposible encontrar palabras para expresar lo que son los éxtasis y transportes del espíritu cuando, como en mi caso, podía decirse que me había salvado cuando ya tenía un pie en la misma tumba; y no me extraña ya aquella costumbre de que, cuando un malhechor que tiene la cuerda al cuello, está atado y a punto de ser ejecutado, y que le traen el indulto; digo que no me extraña de que le traigan con el indulto un cirujano que le sangre en el mismo momento en que le dan la noticia, para que la sorpresa no le arranque del corazón los espíritus vitales y le abata:
Pues las alegrías súbitas confunden al principio, como las [penas.
Eché a andar por la playa, alzando las manos y todo mi ser, si así puede decirse, absorto en la idea de mi salvación, haciendo mil gestos y ademanes que no sabría describir, pensando en todos mis compañeros que se habían ahogado, y en que yo debía de ser el único que había salvado la vida; porque, en cuanto a ellos, nunca volví a verles, ni descubrí ningún rastro suyo, excepto tres de sus sombreros, una gorra y dos zapatos desparejados.
Dirigí mis ojos hacia el navío encallado, mientras el oleaje era tan violento y tanta la espuma que apenas podía verlo, tan lejos se hallaba. Y pensé:
<¡ Señor! ¿ Cómo ha sido posible que llegase a tierra?>
Tras haberme confortado el espíritu con el aspecto consolador de mi situación, empecé a mirar a mi alrededor para ver en qué clase de lugar estaba, y qué es lo que debía hacer después, y pronto sentí abatirse mi ánimo y pensé que a fin de cuentas mi salvación había sido horrible: estaba empapado de agua, no tenía ropa para cambiarme, ni nada de comer ni beber para recuperar fuerzas, ni veía ante mí más perspectiva que la de perecer de hambre o la de ser devorado por las fieras; y lo que más me preocupaba era que no tenía ninguna arma para cazar y matar algún animal para mi sustento, o para defenderme contra cualquier otro animal que pudiera desear matarme para el suyo. En una palabra, que no llevaba encima más que una navaja, una pipa y un poco de tabaco en una cajita; éstas eran todas mis provisiones, y ello me sumió en una angustia tan terrible que durante un rato no hice más que correr de un lado a otro como un loco. Al acercarse la noche, empecé, en medio de un gran abatimiento, a considerar cuál sería mi suerte si había bestias feroces en aquella región, sabiendo que de noche siempre salen en busca de sus presas.
La única solución que se ofreció a mi mente en estos momentos fue la de encaramarme a un árbol grueso y frondoso como un abeto, pero con espinas, y en el que decidí instalarme para pasar toda la noche, y considerar al día siguiente de qué muerte debía morir, porque yo aún no veía la posibilidad de vivir; me alejé del mar algo más de unas doscientas yardas para ver si podía encontrar agua dulce para beber, como encontré, con gran júbilo; y después de beber y de haberme metido en la boca un poco de tabaco para acallar el hambre, fui hacia el árbol y, habiéndome encaramado en él, procuré ponerme de modo que, si me dormía, no pudiera caerme; y habiéndome desgajado una rama corta, a modo de garrote, para mí defensa, me aposenté en mi lugar, y con el enorme cansancio que tenía, me dormí profundamente, y dormí tan apaciblemente como creo yo que pocos hubieran podido hacerlo en mi caso, encontrándome al despertar más repuesto de lo que creo que jamás me habría sentido en una ocasión así.
Cuando desperté era ya pleno día, el tiempo despejado y la tormenta apaciguada, con lo que el mar no estaba enfurecido y alborotado como antes; pero lo que más me sorprendió fue que el barco, durante la noche, se había liberado del banco de arena donde encalló, con la subida de la marea, y había sido arrastrado casi hasta la roca que antes mencioné, y que me había dejado tan malparado cuando me estrellé contra ella; y como distaba alrededor de una milla de la playa en la que yo estaba, y el barco parecía poder mantenerse a flote aún, quise subir a bordo para, al menos, salvar lo más necesario para mi uso.
Cuando bajé del árbol en que me había instalado, miré de nuevo a mi alrededor y lo primero que descubrí fue el bote, que, al parecer, el viento y el mar habían arrojado a tierra, a unas dos millas a mi derecha. Eché a andar por la playa lo más lejos que pude, para hacerme con el bote, pero resultó que me separaba de él un brazo de mar o recodo de la costa que tenía una media milla de ancho, y así, por el momento, volví atrás, estando más interesado en llegar hasta el barco, donde esperaba encontrar algo de que servirme para mi sustento inmediato.
Poco después del mediodía vi que el mar estaba tan calmado y que la marea había bajado tanto, que podía acercarme hasta a un cuarto de milla del barco; y en este punto sentí renovarse mi pesadumbre porque vi con toda evidencia que si hubiéramos seguido a bordo nos hubiésemos salvado todos, es decir, que todos hubiéramos llegado sanos y salvos a tierra y que yo no estaría ahora en esta situación tan lastimosa de verme desprovisto de toda ayuda y compañía, como me hallaba; esto hizo brotar de nuevo lágrimas de mis ojos, pero como éstas de poco me servían, decidí si era posible, llegar hasta el barco, y así me despojé de mis ropas, ya que el tiempo era extraordinariamente caluroso, y me metí en el agua, pero cuando llegué al barco, la dificultad fue aún mayor para saber cómo subir a bordo, porque al estar encallado se levantaba mucho del nivel del agua, y no tenía nada a mi alcance para agarrarme. Nadando le di la vuelta por dos veces, y la segunda descubrí un pequeño cabo de cuerda, que me extrañó no haber visto la otra vez, colgando de las cadenas de proa, tan bajo que con gran dificultad logré asirlo, y con la ayuda de esta cuerda trepé hasta el castillo de proa del barco. Allí vi que el barco hacía agua y que tenía no poca agua en la bodega, pero que se hallaba tan inclinado sobre un banco de arena dura, o mejor dicho, de tierra, que la popa se levantaba por encima del barco, mientras que la proa bajaba casi hasta el nivel del agua; debido a esto la parte trasera quedaba libre, y todo lo que había en esta parte estaba seco; porque el lector puede estar seguro de que lo primero que hice fue averiguar y ver qué es lo que se había estropeado y qué lo que seguía intacto; y en primer lugar descubrí que todas las provisiones del barco estaban secas y habían sido respetadas por el agua, y sintiéndome muy bien dispuesto para comer, fui hacia el pañol del pan y me llené los bolsillos de galletas, que iba comiéndome mientras me ocupaba de otras cosas, porque no tenía tiempo de perder; en el camarote grande encontré también ron, del que bebí un largo trago, que verdaderamente necesitaba no poco para animarme dado lo que aún me esperaba. Ahora lo único que quería era un bote para proveerme de muchas cosas que preveía me serían muy necesarias.
Era inútil quedarse allí quieto soñando con lo que no se podía conseguir, y esta urgencia me aguzó el ingenio. Llevábamos en el barco varias vergas de repuesto, y dos o tres grandes palos de madera y dos o tres masteleros también de repuesto; me decidí a poner manos a la obra y eché por la borda tantas de estas piezas como pude manejar por su peso, atándolas todas con una cuerda, a fin de que no pudiesen separarse; una vez hecho esto, bajé por el costado del barco, y tirando de ellas hacia mí até cuatro de ellas por las dos puntas, lo mejor que pude, en forma de balsa, y cruzando encima dos o tres tablas cortas, vi que podía andar perfectamente sobre la balsa,aunque no resistiría mucho peso, ya que las piezas eran demasiado ligeras; volví, pues, a mi trabajo , y con la ayuda de la sierra de carpintero, corté en tres, a lo largo, uno de los masteleros, y añadí los tres pedazos a mi balsa, no sin grandes penas y fatigas; pero la esperanza de proveerme de lo que necesitaba me animaba a hacer más de lo que hubiera sido capaz de hacer en otra ocasión.
Mi balsa era ya lo bastante sólida como para transportar cualquier peso razonable; luego, mi preocupación fue pensar en qué es lo que cargaría en ella, y cómo lo preservaría de la resaca del mar, aunque no dediqué mucho tiempo a reflexionar sobre esto. Primero puse todos los tablones o maderas que encontré, y habiendo considerado bien qué es lo que más necesitaba, primero cogí tres baúles de marineros, que había descerrajado y vaciado, y los bajé a la balsa; el primero lo llené de provisiones, es decir, pan, arroz, tres quesos de Holanda, cinco pedazos de carne seca de cabra que era lo que solíamos comer a bordo, y unos escasos restos de trigo europeo que habían sido dejados de lado por unas cuantas gallinas que habíamos embarcado con nosotros, pero las gallinas estaban muertas; llevábamos también cierta cantidad de cebada y de trigo candeal, todo mezclado, pero con gran decepción mía, después descubrí que las ratas se lo habían comido o lo habían echado a perder todo; en cuanto a los licores, encontré varias cajas de botellas pertenecientes a nuestro capitán, en las que había varios cordiales y, en total, unos cinco o seis galones de rack, éstas las coloqué aparte,

La metamorfosis. Texto completo, Kafka

Franz Kafka - Metamorfosis (Texto completo)

jueves, 9 de febrero de 2012

Cándido, Voltaire.

De cómo Cándido fue educado en un hermoso castillo y de qué manera fue expulsado de éste
CAPITULO I

Había en Westfalia, en el castillo del señor barón de Thunderten-tronck, un joven a quien su naturaleza había dotado de hábitos modestos y encantadores. Su rostro dejaba adivinar su alma. Quizá por eso y porque hacía gala de un juicio recto y de un espíritu simple, se le llamaba Cándido. Los viejos criados de la casa sospechaban que era hijo de la hermana del señor barón y de un honesto y bonachón gentilhombre de la vecindad, a quien esta dama no había querido desposar porque el pobre no había podido demostrar en su haber nada más que sesenta y una aldeas, habiendo perdido asimismo el control de su árbol genealógico, por el correr inevitable del tiempo.
El señor barón era uno de los caballeros más poderosos de la Westfalia porque su castillo tenía una puerta y ventanas. Además, su salón estaba adornado con tapicerías. Todos los perros de sus corrales componían una jauría, en caso de necesidad; sus palafreneros hacían de picadores y el vicario de la aldea era su gran limosnero. Lo llamaban monseñor y todos reían cuando contaba cuentos.
La señora baronesa, que pesaba casi trescientas cincuenta libras, gozaba en toda la vecindad de una gran consideración y hacía los honores de la casa con una dignidad que la hacía aún más respetable. Su hija Cunegunda, de diecisiete años, era coloradota, fresca, gruesa y muy apetecible. El hijo del barón era en un todo digno de su padre. El preceptor Pangloss, oráculo de la casa, daba sus clases y el pequeño Cándido lo escuchaba con una bueno fe acorde con su edad y carácter.
Pangloss enseñaba la metafisicoteologocosmolonigología. Probaba admirablemente que no existe efecto sin causa y que en este maravilloso mundo el más bello de los castillos era el del señor barón, y la señora, la mejor baronesa entre mil.

Cándido escuchaba atentamente y creía todo a pies juntillas porque encontraba que la señorita Cunegunda era bellísima, aunque jamás osó manifestárselo. A veces llegaba a la conclusión de que teniendo la dicha de haber nacido barón de Thunder-ten-tronck, el segundo grado de felicidad debía ser la señorita Cunegunda; el tercero, verla todos los días, y el cuarto, escuchar a su maestro Pangloss, el más grande filósofo de la provincia y, como consecuencia, del mundo entero.
Un día, Cunegunda paseaba cerca del castillo, en el bosque que hacía las veces de parque, cuando vio entre la maleza al doctor Pangloss, dándole una lección de física experimental a la camarera de su madre, que era una morena muy bonita y un tanto dócil. Como la señorita Cunegunda tenía una disposición especialísima hacia todas las ciencias, observó, sin rechistar, las reiteradas experiencias de las que era testigo; fue allí donde vio claramente la razón suficiente del doctor, los efectos y las causas, retirándose agitadísima, pensativa, deseosa de aprender y considerando la posibilidad de ser ella la razón suficiente del joven Cándido y viceversa.
Al encontrarse con Cándido al volver del castillo, se sonrojó violentamente; Cándido enrojeció también; ella le dio los buenos días con voz entrecortada y Cándido le empezó a hablar sin saber a ciencia cierta lo que le decía. Al día siguiente, después de almorzar, se encontraron detrás de un biombo, dejando caer Cunegunda su pañuelo y recogiéndoselo Cándido. Ella le tomó la mano, el joven besó la suya inocentemente, pero con una vivacidad, una sensibilidad y una gracia particularísimas; sus bocas se encontraron, sus ojos se inflamaron, sus rodillas flaquearon y las manos se les entorpecieron. El señor barón de Thunder-ten-tronck, que pasaba cerca, viendo esta causa y ese efecto, expulsó a Cándido del castillo. Cunegunda se desvaneció y fue socorrida por la señora baronesa, quedando todo el mundo consternado por los acontecimientos en el más bello y agradable de los castillos.



Voltaire, Cándido, págs 11-13. Seleccionado por Olga Domínguez Martín, segundo de Bachillerato, curso 2011-2012.

jueves, 12 de enero de 2012

William Shakespeare, Romeo y Julieta.

Romeo y Julieta de Shakespeare. Texto completo.

Himno a la belleza intelectual, Percy Bysshe Shelley


Himno a la belleza intelectual
1. La sombra de una Fuerza incognoscible...
La sombra de una Fuerza incognoscible
flota, aunque incognoscible, entre nosotros;
visita este amplio mundo con la misma
inconstancia que el viento entre las flores;
como un rayo de luna tras un pico
turba secreto, imprevisible,
el corazón y rostro humanos;
como el rumor pausado de la tarde,
como una nube en noche clara,
como el recuerdo de una música,
como aquello que se ama por hermoso
pero más todavía por ignoto.
2. Espíritu, Belleza que consagras...
Espíritu, Belleza que consagras
con tu lumbre el humano pensamiento
sobre el que resplandeces, ¿dónde has ido?
¿Por qué cesa tu brillo y abandonas
este valle de lágrimas desierto?
¿Por qué el sol no teje por siempre
un arco iris en tu arroyo?
¿Por qué cuanto ha nacido languidece?
¿Por qué temor y sueño, vida y muerte
ensombrecen el mundo de este modo?
¿Por qué el hombre ambiciona tanto
odio y amor, desánimo, esperanza?

3. Ninguna voz de un ámbito sublime...
Ninguna voz de un ámbito sublime
ha respondido nunca a estas preguntas.
Los nombres de Demonio, Espectro y Cielo
testimonian este inútil empeño:
débiles palabras cuyo encanto no suprime
de cuanto aquí vemos y oímos
el azar, la duda, lo mudable.
Sólo tu luz, cual niebla entre montañas
o música que el viento vespertino
arranca de algún tácito instrumento
o cual claro de luna a medianoche,
sosiega el sueño inquieto de esta vida.

4. Amor, Honor, Confianza, como nubes...
Amor, Honor, Confianza, como nubes
parten y vuelven, préstamo de un día.
Si el hombre inmortal fuese, omnipotente,
Tú -ignoto y sublime como eres-
dejarías tu séquito en su alma.
Tú, emisario de los afectos,
que creces en los ojos del amante;
¡Tú que nutres al puro pensamiento
cual penumbra a una llama que agoniza!
No partas cuando al fin llega tu sombra:
sin Ti, como la vida y el temor,
la tumba es una oscura realidad.
5. Cuando niño, buscaba yo fantasmas...

Cuando niño, buscaba yo fantasmas
en calladas estancias, cuevas, ruinas
y bosques estrellados; mis temerosos pasos
ansiaban conversar con los difuntos.
Invocaba esos nombres que la superstición
inculca. En vano fue esa búsqueda.
Mientras meditaba el sentido
de la vida, a la hora en que el viento corteja
cuanto vive y fecunda
nuevas aves y plantas,
de pronto sobre mí cayó tu sombra.
Mi garganta exhaló un grito de éxtasis.
6. Hice un voto: a Ti ya cuanto es tuyo...

Hice un voto: a Ti ya cuanto es tuyo
dedicaría el ser. ¿No ha sido así?
Aún hoy, con inquieto pulso, llamo
a los turbios espectros que en sus tumbas
acompañan mis horas. En fingidos lugares
donde aplico mi espíritu al amor o al estudio,
han contemplado conmigo la noche.
Saben que la alegría no ilumina mi rostro
si no es con la esperanza de que absuelvas
al mundo de su oscura esclavitud;
de que tú, Terrible Hermosura,
concedas cuanto el verso no logra proclamar.


7. El día es más sereno y más solemne...
El día es más sereno y más solemne
cuando llega la tarde. Y hay un orden
en Otoño y un lustre en su horizonte
que el estío prohíbe alojo humano
hasta hacernos creer que es imposible.
Así pues, deja que tu fuerza
-talla naturaleza, cuando joven-
provea a mi existencia venidera
de sosiego, a mí que te venero
con cuantas formas te contienen,
a mí, hermoso Espíritu, a quien diste
el temor de sí mismo y amor al ser humano.
Percy Bysshe Shelley, Himno a la belleza intelectual, http://amediavoz.com/shelley.htm#HIMNO A LA BELLEZA INTELECTUAL , Seleccionado por Luis Francisco Galindo Cano, curso 2011-2012, Segundo de Bachillerato.

Wordsworth, Soneto "¡Oh clara juventud!..."

El mundo es demasiado para nosotros: siempre
recibiendo y gastando, disipamos las fuerzas;
en la naturaleza vemos muy poco que se nuestro,
y hemos cedido nuestros míseros corazones.

Esta mar que desnuda su seno hacia la luna,
estos viento que aullando pasan a horas
y ahora se amontonan como flores dormidas:
para eso, y para todo, no estamos entonados,

no nos mueve. ¿Gran Dios!, preferiría ser
un pagano crecido en una fe gastada,
para poder erguido en estos prados suaves,

ver algo que me hiciera menos desamparado:
observar a Proteo saliendo de los mares,
oír su enguirnaldado cuerno al viejo Tritón.

SONETO
¡Oh clara juventud! Bastante era adorar
con soles obedientes toda lluvia extraviada,
y si una inesperada nube bajaba, pronto,
sobre ella construir un arco iris, para

la Fantasía errante, mezclando, de los campos
a medio labrar, hierbas con flor adormidera;
te coronaban tus Favoritos, cantando
tu poder, sin censura ni compasión del sabio.

Ah, muestra qué más dignos honores se te deben,
clara juventud; mueve lo hondo del corazón:
confirma a tu glorioso Espíritu a que emprenda

un sendero de abrupta subida y alta meta;
y si hay una alegría que mengüe lo que pide
recuerdo agradecido, haz irse esa alegría.

Wordsworth, William: "¡Oh clara juventud!...", http://es.scribd.com/doc/48712871/Textos-Romanticismo , Seleccionado por Luis Francisco Galindo Cano. Segundo de Bachillerato. Curso 2011-2012.

Divina Comedia ''Canto V'', Dante Alighieri

     Así bajé desde el primer círculo al segundo, que contiene menor ámbito y dolores tanto mayores, cuanto que se truecan en alaridos. Allí tiene su tribunal el horrible Minos, que rechinando los dientes, examina mientras entran los culpables, y juzga y destina a cada uno según las vueltas que da su cola.
    Digo que cuando se le presenta el alma de un pecador, le hace confesar todas sus culpas, y como tan conocedor de ellas, ve que lugar del Infierno le corresponde, y enrosca su cola tantas veces cuantas indica el número del círculo a que la destina. En su presencia están siempre multitud de almas, que unas tras otras van acudiendo al juicio; declaran, oyen su sentencia y caen precipitadas en el abismo.
    '¡Oh tú, que vienes a esta dolorosa mansión!', gritó Minos al verme, suspendiendo el afán de su terrible ministerio. 
    A mi Director le dijo: '¿Por qué gritas tú también?' No te opongas a una empresa que han resuelto los hados: así lo han querido allí donde pueden cuanto quieren; y excusa preguntar más.
Entonces comenzaron a hacérseme perceptibles las dolientes voces; entonces llegué a un punto donde hirieron grandes lamentos mis oídos. Encontréme en un sitio privado de toda luz, que mugía como el mar en tiempo de tempestad, cuando se ve combatido de opuestos vientos. El infernal torbellino, que no se aplaca jamás, arrebata en su furor los espíritus, los atormenta revolviéndolos y golpeándolos; y cuando llegan al borde del precipicio, se oyen el rechinar de los dientes, los ayes, los lamentos, y las blasfemias que lanzan contra el poder divino.
   Comprendí que los condenados a aquel tormento eran los pecadores carnales, que someten la razón al apetito; y como en las estaciones frías y largas y espesas bandadas vienen empujados por sus alas los estorninos, así impele el huracán aquellos espíritus perversos, llevándolos de aquí allá y de arriba abajo, sin que pueda aliviarlos la esperanza, no ya de algún reposo, mas ni de que su pena se aminore. Y a la manera que pasan las grullas entonando sus gritos y formando entre sí larga hilera por los aires, del mismo modo vi que llegaban las almas exhalando sus ayes, a impulsos del violento torbellino.
    Por lo cual dije: Maestro, ¿qué sombras son ésas tan atormentadas por el aire tenebroso?
    Y él entonces me respondió:- 'La primera de esas por quienes preguntas fue emperatriz de muchas gentes, y tan desenfrenada en el vicio de la lujuria, que promulgó el placer como lícito entre sus leyes, para librarse de la infamia en que había caído. Es Semíramis, de quien se lee que dio de mamar a Nino, y llegó a ser esposa suya, reinando en la tierra que el Soldán rige. La otra es aquella que se mató de enamorada, violando la fe jurada a las cenizas de Siqueo. Después viene la lujuriosa Cleopatra.'- Y vi a Elena, por quién tan calamitosos tiempos sobrevinieron; y al grande Aquiles, que al fin murió víctima del Amor. Vi a Paris, a Tristán, y me mostró, señalándolas con el dedo, otras mil almas que perdieron sus vidas por causa del mismo Amor.
   Al oír a mi sabio Director los nombres de tantas antiguas damas y caballeros, sentí gran lástima, y casi perdí el sentido.
   Pero le dije:- 'Poeta, de buena gana hablaría a esos dos que van volando, y parecen tan ligeros con el ímpetu del viento'.
   Y me respondió:- 'Aguarda a que estén más cerca de nosotros: ruégaselo entonces por el Amor que los conduce; y vendrán al punto'.
   Luego que el viento los trajo hacia donde estábamos, les dirigí así la voz:- ¡Oh, almas apenadas; venid a hablar con nosotros, si no os lo veda nadie!
   Y como las palomas que incitadas por su apetito vuelan al dulce nido, tendidas las fuertes alas y empujadas en el aire por el amor, así salieron del grupo en que estaba Dido, cruzando la maléfica atmośfera hasta nosotros: que tan eficaces fueron mis afectuosas palabras.
    -'¡Oh, cuerpo animado, tan gracioso como benigno, que vienes a visitar en este negro recinto a los que hemos teñido con nuestra sangre el mundo! Si nos fuese propicio el Rey del universo, le pediríamos por tu descanso, ya que te compadeces de nuestro perverso crimen. Oiremos y os hablaremos de cuanto os plazca oír y hablar, mientras el viento esté sosegado, como lo está ahora. Yace la tierra en que vi la luz sobre el golfo donde el Po desemboca en el mar para descansar de su largo curso, con los ríos que le acompañan. Amor, que no exime de amar a ninguno que es amado, tan íntimamente me unió al afecto de éste, que, como ves, no me ha abandonado aún. Amor nos condujo a una misma muerte y Caín aguarda al que nos quitó la vida'.
     Estas palabras nos dijeron; al oír a aquellas almas laceradas, incliné el rostro, y permanecí largo tiempo de esta suerte, hasta que el Poeta me dijo:-¿En qué piensas?
     Y le respondí exclamando:-¡ Ay de mi! ¡ Qué dulces ensueños, qué de afectos los conducirían a su tan doloroso trance!  
     Y volviéndome después a ellos para hablarles, dije:- Francisca, tus tormentos me arrancan lágrimas de tristeza y de compasión. Mas dime: cuando tan dulcemente suspirabais, ¿con qué indicios, de qué modo os concedió el Amor que os persuadierais de vuestros deseos todavía ocultos?
     Y ella me respondió. No hay dolor más grande que el recordar los tiempos felices en la desgracia; y bien sabe esto tu maestro. Pero si tanto deseas saber el primer origen de nuestro amor, haré como el que al propio tiempo llora y habla. Leíamos un día por entretenimiento en la historia de Lanzarote, cómo te aprisionó el Amor. Estábamos solos y sin recelo alguno. Más de una vez sucedió en aquella lectura que nuestros ojos se buscasen con afán, y que se inmutara el color de nuestros semblantes; pero un solo punto dio en tierra con nuestro recato. Al leer cómo el gentilísimo amante apagó con ardiente beso una sonrisa incitante, él, que jamás se separará de mí, trémulo de pasión, me imprimió otro en la boca. Galeoto fue para nosotros el libro, como era quien lo escribió. Aquel día ya no leímos más. Mientras el espíritu de ella decía esto, el otro se lamentaba de tal manera, que de lástima estuve a punto de fallecer, y caí desplomado, como cae un cuerpo muerto.

     Dante Alghieri , Divina Comedia "Canto V", Biblioteca Universal.
     Seleccionado por Olga Domínguez Martín, segundo de Bachillerato, curso 2012-2013.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Las mil y una noches, Anónimo

        Llegada la noche, Dinasad pidió a su hermana Shahrasad que, si no tenía sueño, les siguiera contando la historia para pasar más agradablemente la velada. Y Shahrasad accedió encantada:
Cuentan, majestad, que el joyero siguió narrando lo que había ocurrido:
       Después de manifestar la voluntad de que fuera su madre quien lo enterrara, se desmayó, permaneciendo inconsciente un buen rato. Pero ya había recobrado el conocimiento cuando oímos que una doncella recitaba lo siguientes versos:

Después de gozar de amor y felicidad,
la separación dolor nos ha traído
Estar juntos, y separados luego,
no puede más que destrozar amantes.

Mejor es el breve momento de la muerte
que los largos días de distanciamiento.

Aunque Dios a todos los amantes reúne,
de mí se ha olvidado y en ansia vivo.

       Casi sin darme cuenta, la doncella acabó el poema el mismo momento que Nuraddín Alí ben Bakkar hacía un estertor y su alma abandonaba el cuerpo. Yo mismo amortajé el cadáver y dejé que nuestro anfitrión lo custodiara.
       Dos días después, emprendíel camino de regreso a Bagdag. Mi obligación era dirigirme , tan pronto como me fuera posible, a casa de Nuraddín Alí ben Bakkar. Y así lo hice. Los sirvientes me recibieron con gran para bien, pero yo tenía intención de hablar con la madre de Nuraddín Alí inmediatamente y pedí el permiso correspondiente. La mujer me recibió con cortesí y me invitó a sentarme.
     -Qué Dios Excelso os tenga de su mano -le dije, al poco rato-. Dios es quien dicta el destino de todos nosotros, y nadie puede eludir lo que Él dispone.
     -Me estáis diciendo que mi hijo ha muerto, ¿no es así? -me dijo mientras lloraba amargamente.



Divina Comedia, Dante Alighieri

      Llega el poeta a la puerta del Infierno, y lee una pavorosa inscripción que sobre ella había. Entra, precedido de su buen Maestro, y ve en el vestíbulo el castigo de los negligentes, que jamás vivieron para cosa del mundo. Acércase al Aqueronte, donde está el barquero infernal pasando las almas de los condenados; y deslumbrado allí por un rayo de vivísima luz, cae en profundo sueño.
Por mí se llega a la ciudad del llanto;
Por mí a los reinos de la eterna pena,
Y a los que sufren inmortal quebranto.
Dictó mi Autor su fallo justiciero
Y me creó con su poder divino,
Su supremo saber y amor primero,
Y como no hay en mí fin ni mudanza,
Nada fue antes que yo, sino lo eterno...
Renunciad para siempre a la esperanza.


       Estas palabras vi escritas con letras negras sobre una puerta,y exclamé:- Maestro, me espanta lo que dice ahí.- Y él,como quien sabía la causa de mi terror, respondió:- Aquí conviene no abrigar temor alguno; conviene que no desmaye el corazón. Hemos llegado al sitio que te había dicho, donde verás las almas acongojadas de los que han perdido el don de la inteligencia: Y después, asiéndome de la mano, con alegre semblante, que reanimó mi espíritu, me introdujo en aquella mansión recóndita.
     En medio de las tinieblas que allí reinaban, se oían ayes, lamentos y profundos aullidos, que desde luego me enternecieron. La diversidad de hablas y horribles imprecaciones, los gemidos de dolor, los gritos de rabia y voces desaforadas y roncas, a las que se unía el ruido de las manos, producían un estrépito, que es el que resuena siempre en aquella mansión perpetuamente agitada, como la arena revuelta a impulso de un torbellino.
       Yo, que me compadecía, sin saber qué fuese aquello, dije:
-Maestro, ¿qué es lo que oigo?, ¿qué gente es esa que tan poseída parece de dolor?- De esa miserable manera, me respondió, se quejan de las tristes almas de los que vivieron sin merecer alabanza ni vituperio. Confundidas están con el ominoso escuadrón de los ángeles que no se rebelaron contra Dios ni le fueron fieles, sino que permanecieron indecisos. Arrojáronlos del cielo para que no manchasen su esplendor, y no fueran admitidos en el profundo Infierno porque no pudieran gloriarse los culpables de tener la misma pena que ellas.
      Y yo repuse:- Maestro, ¿qué aflicción es la suya, que los obliga a lamentarse tanto?- Y él me contestó: -Te lo diré brevemente. Éstos no tienen ni aun la esperanza de morir: su oscura vida es tan abyecta, que cualquiera otra suerte miran con envidia. El mundo no quiere que se conserve memoria alguna de ellos. La Misericordia y la Justicia les dan al olvido. No hablemos más de esos cuidados. Míralos, y pasa adelante.
       Volví en efecto a mirar, y vi una bandera ondeando, la cual corría con tanta velocidad, que me pareció incapaz de todo reposo; y tras ella tal multitud de gente, que nunca hubiera yo creído ser tan grande el número de los que la muerte arrebatara.
       Reconocido que hube a alguno de los que allí iban, miré, y vi la sombra de aquel que por poquedad de ánimo hizo la gran renuncia. Comprendí al punto, y estaba en lo cierto, que aquella turba era la de los imbéciles que se habían hecho despreciables para Dios y para sus enemigos. Estos menguados, que jamás gozaron de la vida, iban desnudos, y se sentían aguijoneados por las moscas y avispas que allí había. De sus picaduras les saltaba al rostro la sangre, que, mezclada con sus lágrimas, era recogida a sus pies por repugnantes gusanos. Y como dirigiese mi vista más allá, descubrí otras almas a la orilla de un gran río; por lo que exclamé: -Maestro, permíteme que sepa quiénes son aquéllos , y qué motivo los obliga a parecer tan solícitos de pasar el río, según alcanzo a ver entre tan escasa claridad.- Eso, me contestó, te manifestaré cuando ataje nuestros pasos la triste orilla del Aqueronte.
      Bajando entonces los ojos, avergonzado, y temiendo que mis preguntas le fuesen enojosas, me abstuve de hablar hasta que llegamos al río. Pero de pronto vimos venir hacia nosotros en una barquilla un viejo de pelo blanco, que gritaba;¡Ay de vosotras, almas perversas! No esperéris jamás ver el cielo. Vengo para trasladaros a la otra orilla, a las tinieblas eternas de fuego y hielo. Y tú, ánima viva, que estás ahí, aléjate de entre esas, que están muertas;. Y como viese que no me movía, añadió; Por otro camino, por medio de otra barca llegarás a la playa, no por aquí. Para llevarte es menester barco más ligero.
       Y Virgilio le dijo: -Carón, no te irrites: así lo quieren allí donde pueden lo que quieren; y no preguntes más.
       Con esto dejaron de moverse las velludas mejillas de barquero de la lívida laguna, que alrededor de los ojos tenía unos círculos de fuego. Mas todas aquellas almas que estaban fatigadas y desnudas, cambiaron de color y empezaron a rechinar los dientes, así que oyeron tan, terribles palabras. Blasfemaban de Dios y de sus padres, de la especie humana, del sitio, el tiempo y el principio de su estirpe y de su nacimiento. Después, llorando a voz en grito, se retiraron todas juntas hacia la maldita orilla que está esperando a todo aquel que no teme a Dios. El demonio Carón, con los ojos como brasas, haciéndoles una señal, iba recogiéndolas a todas y azotando con su remo a las que se rezagaban.        Y a la manera que las hojas de otoño van cayendo una tras otra hasta que las ramas dejan en la tierra todos sus despojos, así la perversa prole de Adán se lanzaba sucesivamente desde la orilla, acudiendo a la seña, como los pájaros al reclamo. De esta suerte iban pasando por las negras aguas; y antes de que arribasen a la orilla opuesta, agolpábase en la parte de acá nueva muchedumbre-
       -Hijo mío, prosiguió entonces el afable Maestro, todos los que mueren bajo la indignación de Dios, concurren aquí de todos los países, y se dan priesa a cruzar el río; porque la Divina justicia, de tal modo los estimula, que su temor se trueca en anhelo. Por aquí no pasa jamás alma de justo, y si Carón se irrita contra ti, ya puedes saber lo que sus palabras significan.
       Esto diciendo, tembló tan fuertemente la sombría llanura, que todavía se me inunda en sudor la frente al recordar mi espanto. De aquella tierra de lágrimas se alzó un viento que despidió un rojizo relámpago; y trastornados por él todos mis sentidos, caí como un hombre aletargado de sueño.


Alighieri Dante, Divina Comedia "Canto III". Seleccionado por Olga Domínguez Martín, curso 2011-2012, segundo de Bachillerato.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Roman de la Rose, Guillaume de Lorris

La edad de Oro

Antes ocurría diferentemente,
pero hoy va todo de mal en peor.
Antes, en los tiempos de nuestros mayores,
en aquellos días que ya transcurrieron
(según el relato expuesto en el libro,
por el cual sabemos lo que sucedía)
los amores eran bellos y leales,
sin codicia alguna y sin interés,
y la vida así era placentera.
Cierto que no había tanta esquisitez
ni en cuanto al vestir ni en cuanto al comer:
solían comer algunas bellotas
en lugar de pan, de carne o pescado,
y también cogían por aquellos bosques,
por aquellos valles, montes y llanuras,
manzanas y peras, nueces y castañas,
moras y membrillos, y también ciruelas,
frambuesas y fresas y bayas de espino,
habas y guisantes y otras muchas clases
de frutas y tallos, raíces y hierbas.
Molían el trigo para hacer harina
y hacían también cosecha de uva,
pero sin pasarla por lagar ni cuba.
La miel discurría por el roble abajo,
que tomar podían en gran abundancia;
saciaban su sed con agua tan sólo,
sin echar en falta más exquisiteces,
ya que ni siquiera sabían del vino.
Entonces la tierra no estaba labrada,
sino que se hallaba cual Dios la creó,
la cual ofrecía sin labor alguna
comida bastante para todo el mundo.
Tampoco pescaban salmones ni lucios.
Cubrían sus cuerpos con cueros velludos,
y también hacían vestidos de lana,
la cual no teñían con hierbas ni granos,
tal como venía de los animales.
Con gran cantidad de diversas plantas,
con hojas y palos y con muchas ramas
solían cubrir chozas y cabañas,
en cuyo interior cavaban el suelo,
y en cuevas y en troncos sólidos y fuertes
y en huecos de robles buscaban refugio
al ver que venía algún vendaval
que les presagiaba una tempestad,
lugares en donde se hallaban seguros.
Llegada la noche, para descansar,
en lugar de camas solían poner
dentro de las chozas algunas gavillas
de hojas y yerbas y musgos suaves.
Y cuando llegaba un mejor oraje,
cuando ya era el tiempo bueno y apacible
y el aire venía suave y tranquilo,
tal como sucede cada primavera,
en cuyas mañanas esos pajarillos
saludan al alba del día que nace
y que les alegra mucho el corazón,
acudían Céfiro y Flora, su esposa,
que es diosa y señora de todas las flores.
Pues las flores nacen gracias a estos dos
y no reconocen como otro señorío,
dado que uno y otro, y conjuntamente,
son quienes se ocupan de echar la simiente
y darles las formas y colorearlas
con esos colores que en ellas se muestran
y que aprecian tanto los enamorados,
con las cuales hacen muy lindas coronas
para regalar a la enamorada
y de esta manera demostrar su amor.
Entonces la tierra se cubre de flores,
las cuales componen un manto muy bello,
que puede observarse por entre las hierbas,
por entre los prados, por entre los árboles.
Pudiera creerse que entonces la tierra
quisiera emprender un bello combate
contra el mismo cielo por más estrellada,
dada la abundancia de flores que muestra.
Y sobre este manto que estoy describiendo,
sin otro interés que el puro placer,
venían a unirse y a entrelazarse
aquellos a quienes urgía el amor,
mientras que los árboles, copudos y espesos,
a modo de velo y de pabellón
sobre ellos echaban sus tupidas ramas
y los protegían del rigor del sol.
Y allí se ponía a hacer la carola,
a jugar y a hacer otras diversiones
toda aquella gente tan afortunada,
que entonces vivía sin otro cuidado
que el de divertirse en todo momento
y el tratarse todos muy amablemente.
Por aquellos días,ningún gobernante
había iniciado sus robos aún.
Entonces la gente era toda igual
y no pretendían tener nada propio.
Muy bien conocían el refrán aquel
(el cual se revela en todo verídico,
puesto que el amor con el señorío
no puede jamás hace compañía,
ni nunca se pueden dar al mismo tiempo)
que dice: < el poder viene a separar>



Guillaume de Lorris, Roman de la Rose.  Jean de Meun, ed. Cátedra, Letras universales, año 1987, págs 267-269. Seleccionado por Olga Domínguez Martín, curso 2011-2012, segundo de Bachillerato.

Cantar de Roldán "CLXII-CLXVIII", Anónimo.

Se ha alejado Roldán., por el campo va solo,
por los valles, buscando por los montes,
Allí encuentra a Gerín, allí encuentra a Gerers,
y encuentra allí también a Gerard de Rosellón el Viejo.
Uno a uno los coge ese barón
y donde el arzobispo los ha traído a todos,
poniéndolos en fila delante de Turpín.
El arzobispo llora, no se puede mover:
levantando la mano, los está bendiciendo,
diciéndoles después: "¡Desgraciados señores!
¡Que todas vuestras almas tenga Dios Glorioso!
¡Las ponga entre las flores del santo paraíso!
Mi propia muerte a mí mucho me está angustiando,
pues no volveré a ver al rico emperador."

Roldán se vuelve a ir a buscar por el campo,
encontrando a Oliveros, su amigo y compañero:
en su pecho lo estrecha, lo abraza fuertemente
y con grandes esfuerzos lo trae al arzobispo.
Sobre el escudo lo echa, junto con los demás,
y el arzobispo allí lo absuelve y lo bendice,
volviendo las palabras de amor y de dolor.
Esto dice Roldán: "Oliveros, amigo,
erais buen hijo vos de ese buen duque Reiner,
que poseyó la marca del Valle de Runers.
En quebrantar las astas y romper los escudos,
así como en vencer y abatir orgullosos
y en servir a los nobles, o bien darles consejos,
en ridiculizar y burlar bravucones,
en la tierra no ha habidos caballero mejor."

Cuando el conde Roldán ve muertos a sus pares,
así como Oliveros, a quien tanto quería,
muy lleno de ternura se puso allí a llorar.
El color de su cara mucho se le demuda
y es tan grande el dolor, que no se tiene en pie:
que quiera o que no quiera, desmayado se cae.
El arzobispo dice: "¡Qué pena de barón!"

Cuando ve el arzobispo a Roldán desmayado
un gran dolor sintió, como nunca lo tuvo.
Ha tenido su mano y coge el olifante:
en Roncesvalles hay un agua que corría,
quiere ir a buscarla para darla a Roldán.
A pasos muy pequeños allí va vacilante,
pero estaba tan débil, que no puede avanzar:
las fuerzas le abandonan, pues perdió mucha sangre.
Antes de haber andado una sola yugada,
le fallaba el corazón y de bruces se cae.
Su muerte ya cercana le va angustiando mucho.

Cuando el conde Roldán recupera el sentido,
en pie se ha levantado, pero con gran dolor.
Observa hacia delante y después hacia atrás:
sobre la verde hierba, junto a sus compañeros,
allí ve cómo yace ese noble barón:
el arzobispo es, el ministro de Dios:
sus pecados confiesa mirando hacia lo alto,
con sus dos manos juntas, elevadas al cielo
está rezando a Dios que le dé el paraíso.
Allí muere Turpín, el guerrero de Carlos.
Por sus grandes batallas, por sus bellos sermones,
siempre contra paganos fuera su campeón.
¡Quiera Dios otorgarle su santa bendición!

El conde Roldán se ve por tierra al arzobispo,
afuera de su cuerpo ve salir sus entrañas,
debajo de la frente su cerebro gotea;
en medio de su pecho, entre las dos clavículas,
le ha cruzado las manos, tan blancas y tan bellas.
Allí un planto le hace, como se hace en su tierra:
"¡Ay, lozano señor, hombre de buen linaje!
Hoy te encomiendo yo al celestial Glorioso.
No habrá jamás un hombre de servicio más presto.
Después de los apóstoles no hubo mejor profeta
en mantener la fe y en atraer más hombres.
¡Que vuestra noble alma no sufra privaciones!
¡Y que del paraíso esté la puerta abierta!"

(Muerte de Roldán)
Va sintiendo Roldán que su muerte está cerca,
siente por sus oídos que le salen los sesos.
Está pidiendo a Dios que a los Pares acoja
y después por sí mismo el ángel San Gabriel.
El olifante coge para evitar reproches,
coge con la otra mano su espada Durandarte.
No puede avanzar más que un tiro de ballesta
y se va haciendo barbecho en dirección a España.
A un cerro se ha subido, entre dos bellos árboles,
en donde hay cuatro gradas, hechas están de mármol.
Sobre la verde hierba allí se cae de bruces:
ha perdido el sentido, pues su muerte está cerca.

     Anónimo, Cantar de Roldán, Madrid, ed. Cátedra, col. Letras Universales, año 1999, págs. 124-127.              Seleccionado por Luis Francisco Galindo Cano, Segundo de Bachillerato, Curso 2011/2012

jueves, 17 de noviembre de 2011

Ramayana, Valmiki

Hay una vasta comarca, fértil, sonriente, abundante en toda clase de riquezas, tanto en cereales como en ganado, asentada en la orilla del Sarayú, llamada Kauzala. En esta comarca, existía una ciudad, célebre en todo el mundo por haber sido fundada por Manú, cabeza del género humano.
En esta ciudad se llamaba Ayodhayá.
Feliz y bella ciudad, provista de puertas distribuidoras a distancias bien calculadas, estaba atravesada por grandes calles, ampliamente trazadas, entre las que desollaba la calle Real, en donde los surtidores de agua abatían el vuelo del polvo. Numerosos compradores frecuentaban sus bazares e innumerable joyas adornaban sus tiendas. Inexpugnable, su suelo estaba ocupado por grandes mansiones y embellecido por bosquecillos y jardines públicos. Profundos fosos, imposibles de franquear, la circundaban. Sus arsenales estaban repletos de variadas armas y sus puertas estaban cornamentadas por arcadas en donde los arqueros velaban constantemente.
Un magnánimo rey, llamado Dazaratha, cuyas victorias engrandecían periódicamente al Imperio, gobernaba por aquel entonces esta villa, como Indra gobierna su Amaravati, ciudad de los Inmortales.
Este príncipe, bien instruído en justicia y para quien ésta era el fin supremo, no tenía ningún hijo en quien continuar su estirpe y su corazón se consumía de melancolía.
Un día, meditando sobre su desdicha, le vino a la mente esta idea: ''¿Quién me impide celebrar un azwa-medha para conseguir un hijo?''
El monarca fue a encontrar a Vazisthe, le rindió el homenaje que el decoro exigía y le habló con este respetuoso lenguaje: ''Es preciso celebrar inmediatamente el sacrificio en la forma que ordena el Zasrta, y ordenarlo todo con tal esmero que ninguno de esos genios destructores de ceremonias sagradas pueda interponer algún impedimento. A ti te toca, pues, cargar sobre tus hombres el pesado fardo de un sacrificio tal''
-''¡Sí!- respondió al rey más virtuoso de los regentados-. Con toda seguridad, haré lo que Tu Majestad desea.''
Habiendo hecho llamar a Sumatra, el ministro ''Invita-le dijo Vazistha-; invita a cuantos reyes son devotos de la justicia de la tierra.''
Después de transcurridos unos cuantos días y unas cuantas noches, llegaron numerosos reyes a quienes Dazaratha había enviado pedrerías, como real obsequio. Entonces Vazistha, con el alma satisfecha, dirigió estas palabras al monarca: ''Todos los reyes han llegado¡o ¡oh, el más ilustre de los soberanos! tal como tú habías mandado. A todos les he tratado bien y les he honrado dignamente.''
Encantado por estas palabras de Vazisthe, dijo el rey: ''Que el sacrificio provisto en todas sus partes de cosas ofrecidas a todos deseo sea celebrado hoy mismo''
En seguida, los sacerdotes, consumados en la ciencia de la Sagrada Escritura, empezaron la primera de las ceremonias la ascensión del fuego, siguiendo los ritos enseñados por la tradición de Kalpa. Las reglas de las expiaciones fueron asimismo observadas enteramente e hicieron todas las libaciones que las circunstancias prescribían.
Entonces Kaauzalya describió un pradakshina , alrededor del caballo consagrado; le veneró con la debida piedad y le prodigó ornamentos, perfumes y guirnaldas de flores.



Valmiki, Ramayana, segunda edición, Barcelona, año 1982, págs 3-5, seleccionado por Olga Domínguez Martín, curso 2011-2012, segundo de Bachillerato.