viernes, 23 de noviembre de 2012

El tercer hombre "Capítulo 3", Graham Greene

Lo que ocurrió luego no me lo contó Paine, sino Martins, mucho tiempo después, cuando reconstruía la cadena de acontecimientos que, desde luego -aunque no de la manera que él esperaba-, me dejaron en ridículo. Paine le acompañó simplemente hasta el mostrador de la conserjería y allí explicó:
-Este caballero llegó en el avión de Londres. El coronel Caloway dice que le den una habitación. -Después de esta aclaración, dijo-: Buenas tardes,señor -y se marchó.
Probablemente estaba un poco avergonzado por el labio ensangrentado de Martins.
-¿Tiene usted reserva, señor? -preguntó el conserje.
-No. No creo -dijo Martins con voz apagada, con un pañuelo sobre la boca.
-Pensé que sería usted el señor Dexter. Tenemos una habitación reservada para una semana a nombre del señor Dexter.
-Ah, sí, yo soy el señor Dexter -dijo Martins.
Más tarde me contó que se le había ocurrido que Lime podía haber reservado una habitación para él con ese nombre, porque tal vez fuera a Buck Dexter y no a Rollo Martins a quien iba a emplear con fines propagandísticos. Una voz a su lado dijo:
-Lamento no haberle recibido en el aeropuerto, señor Dexter. Me llamo Crabbin.
El que hablaba era un hombre regordete, en el principio de la edad madura, con una tonsura natural y con unas gafas de concha con los cristales más gruesos que había visto nunca Martins.

Graham Greene, El tercer hombre "Capítulo 3", edit. Millenium.
Seleccionado por Sara Isabel Miranda Hernández, segundo de Bachillerato. Curso 2012/2013.

Dublineses, James Joyce

   North Richmond Street, por ser un callejón sin salida, era una calle callada, escepto a la hora en que la escuela de los Hermanos Cristianos soltaba sus alumnos. Al fondo del callejón había una casa de dos pisos deshabitada y separada de sus vecinas por su terrero cuadrado. Las otras casas de la calle, conscientes de las familias descendientes que vivían en ellas, se miraban unas a otras con imperturbables caras pardas.
   El inquilino anterior de nuestra casa, sacerdote de él, había muerto en la saleta interior. El aire, de tiempo atrás enclaustrado, permanecía estancado en toda la casa, y el cuarto de desahogo detrás de la cocina estaba atiborrado de viejos papeles inservibles. Entre ellos encontré muchos libros forrados en papel,  con sus páginas dobladas y húmedas: El abate, de Walter Scott; La devota comunicante y Las memorias de Vidocq. Me gustaba más este último porque sus páginas eran amarillas. El jardín silvestre detrás de la casa tenía un manzano en el medio y unos cuantos arbustos desparramados, debajo de uno de los cuales encontré una bomba de bicicleta oxidada que perteneció al difunto. Era una cura caritativo; en su testamento dejó todo su dinero para obras pías, y los muebles de la casa, a su hermana.





Dublineses, James Joyce, de la editorial Alianza Editorial, Texto seleccionado por Laura Mahíllo, Segundo de bachillerato, 2012/13

Alejandro Magno, Gisbert Haefs

I.
La mentira de Aristóteles.

 Al este de la carretera de Arcanania se veía un grupo de esclavos acrreando y arrastrando la basura de Atenas hacia una hondonada oculta entre peñascos, al pie de la colina. El suelo estaba anegado a causa de la lluvia de la noche anterior; algunos de los hombres se encontraban tan cubiertos de barro que no se distinguía ni su piel clara ni las lechuzas marcadas con hierro candente en sus hombros. Cuatro arqueros escitas, guardias mercenarios de la ciudad, los vigilaban.

viernes, 16 de noviembre de 2012

El amante , Marguerite Duras

Cuando muere es un día triste. De primavera, creo de abril. Me telefonean. Nada, no me dicen nada más. Lo han encontrado muerto, en el suelo, en su habitación. La muerte llevaba ventaja sobre el final de su historia. En vida ya estaba acabado, era un hecho desde la muerte del hermano pequeño. Las palabras subyugantes: todo está consumado.
Ella pidió que los enterraran juntos. Ya no sé dónde, en qué cementerio, sé que en el Loira. Están los dos en la tumba, sólo los dos. Es justo. La imagen es de un esplendor intolerable.
El crepúsculo caía a la misma hora duran
te todo el año. Era muy corto, casi brutal. Durante la estación de las lluvias, durante semanas, el cielo no se veía, estaba cubierto por una niebla uniforme que ni siquiera la luz de la luna atravesaba. Durante las estaciones secas por el contrario el cielo estaba desnudo, despejado en su totalidad, crudo. Incluso las noches sin luna eran luminosas. Y las sombras se dibujaban por igual en los suelos, en las aguas, en los caminos, en los muros.

Marguerite Duras, El amante, Texto seleccionado por Laura Mahíllo, segundo de Bachillerato, 2012/13

El mago de Oz, L.Frank Baum.

    Dorothy vivía en medio de las grandes praderas de Kansas, con el tío Henry, que era granjero, y la tía Em, que era la mujer del granjero. Su casa era pequeña, ya que la madera para construirla había tenido que ser transportada en una carreta a lo largo de muchos kilómetros. Había cuatro paredes un suelo y un techo, lo que hacía una habitación, y esta habitación contenía una herrumbrosa cocina de carbón, un armario para los platos, una mesa, tres o cuatro sillas, y las camas. El tío Henry y la tía Em tenían una cama grande en una esquina y Dorothy una cama pequeña en otra esquina. No había desván, ni tampoco sótano, salvo un pequeño agujero, cavado en el suelo, llamado sótano de los ciclones, donde podía protegerse la familia en caso de que se levantara uno de aquellos vendavales, lo bastante intensos como para aplastar cualquier edificio que se pusiera en su camino. A este sótano se llegaba por una trampilla que había en mitad de la habitación, de la que salía una escalerilla que conducía al pequeño y oscuro agujero.
  Cuando Dorothy se paraba en el umbral de la casa y miraba a su alrededor, no veía otra cosa salvo la gran pradera gris que la rodeaba por todos lados. Ni un árbol, ni una casa interrumpían la ancha extensión de llanura que llegaba hasta el borde del cielo en todas direcciones. El sol había cocido la tierra labrada hasta convertirla en una masa gris, sobre la que se abrían pequeñas grietas. Ni siquiera la hierba era verde, ya que el sol había quemado las puntas de las largas briznas hasta dejarlas del mismo color gris que se veía por todas partes. La casa había sido pintada una vez, pero el sol había ampollado la pintura y las lluvias la habían ido borrando y ahora la casa estaba tan opaca y gris como todo lo demás.





L. Frank Baum, El mago de Oz, Alianza Editorial. Seleccionado por Laura Mahillo, segundo de Bachillerato, curso 2012/2013.

ESCENA IV, Romeo y Julieta, William Shakespeare

[Entran la Sra. CAPULETO y la NODRIZA.]
SRA. CAPULETO. Toma esta llave y trae las especias.
NODRIZA. Abajo piden más membrillo y dátiles.

[Entra el viejo
CAPULETO. ¡Vamos, moveos! Ha cantado el segundo gallo y las campanas han dado las tres.
Cuida las empanadas, buena Angélica:
no repares en gastos.
NODRIZA. ¡Ea, mandón, ya basta!
¡A la cama! Mañana estaréis malo de no dormir.
CAPULETO. Qué va. He pasado noches sin dormir aun sin tanto motivo y no he enfermado.
SRA. CAPULETO. Ya sabemos que has sido un calavera; ahora vigilo yo bien tus vigilias.

[Salen la SRA. CAPULETO y la NODRIZA.]

CAPULETO. ¡Cuántos celos! ¡Cuántos celos!

[Entran tres o cuatro CRIADOS con asadores, leños y cestas.]

¿Qué traes, chico?
CRIADO. No lo sé; cosas para el cocinero.
CAPULETO. Vamos, aprisa.

[Sale el CRIADO PRIMERO.]

Tú, trae leños secos.
Ve, y que Pedro te diga dónde están.
CRIADO SEGUNDO. Mi cabeza sabrá encontrarlos sola, no me hace falta Pedro para un leño.
CAPULETO. ¡A fe que dices bien, hijo de puta!
tienes un buen tarugo por cabeza.

[Salen el CRIADO SEGUNDO y todos los demás.]

Ya es de día.
Pronto llegará el conde con la música;
así dijo que haría

[Suena la música dentro.]

Ya está aquí.
¡Nodriza! ¡Esposa! ¿No me oís? ¡Nodriza!

[Entra la NODRIZA.]

Ve, despierta a Julieta y engalánala.
Yo iré a charlar con Paris. ¡Ea, de prisa, más de prisa, que el novio ya está aquí!
¡De prisa, he dicho!


William Shakespeare, Romeo y Julieta "escena IV". Seleccionado por Esther Hernández Calvo, segundo de Bachillerato, curso 2012/2013.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Rey Jesús "Capítulo XV: La mancha", Robert Graves

    Jesús volvió a Jerusalén con sus padres la Pascua siguiente. Esa vez José le permitió quedarse en la ciudad, después de la fiesta,para asistir a los debates y conferencias públicas.
   Después de despedirse de su familia fuera de las murallas, subió al templo. Un hombre de ojos húmedos que estaba sentado junto a la puerta de este lo reconoció y le dijo con una sonrisa destinada a ganar su buena voluntad:
   -Me alegra encontrarte, sabio Jesús de Nazaret. Esperaba verte hoy. Tengo una invitación para ti: que arbitres imparcialmente entre dos amigos que discuten un importante punto de la ley. Cada uno afirma que está en lo cierto, y han hecho una apuesta.
   -Es incorrecto hacer una apuesta acerca de la ley. Además, no soy un doctor.
   -No hay nada incorrecto en la discusión misma, y ya has iniciado el camino para ser doctor.
   -Gracias sean dadas a Dios-se apresuró a decir Jesús-.. ¿Quiénes son esas personas?
   -Maestros de una academia.
   -Entonces, que tomen por árbitro al jefe de la academia.
   -Me pidieron que esperara aquí a que vinieras; ellos insisten en que sólo tú puedes decidir ese punto.
   Jesús refrenó el impulso de enviar al anciano a ocuparse de sus propios asuntos; había algo maligno en su expresión. Pero recordó la paciencia que había demostrado siempre el sabio Hillel cuando se le pedía que resolviera problemas triviales; y al menos en una ocasión había habido una apuesta de por medio.
  -Haré lo que me pides-dijo de mala gana.
   El anciano lo condujo hasta una sombría habitación que daba al patio de los gentiles, y dijo a un levita alto y de aspecto estúpido que miraba por la ventana:
   -Retén aquí a este joven por un rato, amigo, mientras busco a las dos personas de quien te hablé.

Robert Graves, Rey Jesús  "Capítulo XV: La mancha".
Seleccionado por Sara Isabel Miranda Hernández, segundo de bachillerato. Curso 2012/2013.

Frankenstein, Shelley Mary, ''Relato del doctor Frankenstein'''

    Soy ginebrino de origen y nací en el seno de una de las familias más importantes del país. A lo largo de muchos años, mis antecesores fueron síndicos o consejeros y mi padre llevó a cabo con honra y consideración numerosos cargos oficiales. Todos quienes le conocían le respetaban a causa de su integridad y del incansable entusiasmo con que se dedicaba a la política pasó su juventud entregado por entero de los asuntos del país. Varios motivos le impidieron casarse a edad temprana y no pudo contraer matrimonio y convertirse en padre de familia hasta que su camino por la vida estaba ya muy avanzado.
   Como algunas circunstancias de su matrimonio aclaran su personalidad, no quiero seguir adelante sin citarlas. Su mejor amigo era un comerciante que, tras haber gozado de una desahogada situación, se vio en la miseria a causa de varios contratiempos económicos. Aquel hombre, llamado Beaufort, era de un carácter fuerte e intransigente. No fue capaz de soportar la vida de la miseria y verse olvidado por todos en la cuidad donde había destacado por su categoría y riqueza. Por ello, tras haber satisfecho honradamente sus deudas, se retiró a Lucerna acompañado por su hija y vivió, apartado de todos, casi en la más absoluta pobreza.    



Texto seleccionado por Laura Mahíllo, Segundo de bachillerato BHCS. Curso 2012-13

El sabueso de los Baskerville "Capítulo III: El problema", Arthur Conan Doyle

   Confieso que sentí un escalofrío al oír aquellas palabras. El estremecimiento en la voz del doctor mostraba que también a él le afectaba profundamente lo que acababa de contarnos. La emoción hizo que Holmes se inclinara hacia adelante y que apareciera en sus ojos el brillo duro e impasible que los iluminaba cuando algo le interesaba vivamente.
   -¿Las vio usted?
   -Tan claramente como estoy viéndolo a usted.
   -¿Y no dijo nada?
   -¿Para qué?
   -¿Cómo es que nadie más las vio?
   Las huellas estaban a unos veinte metros del cadáver y nadie se ocupó de ellas. Supongo que yo habría hecho lo mismo si no hubiera conocido la leyenda.
   ¿Hay muchos perros pastores en el páramo?
   Sin duda, pero en este caso no se trataba de un pastor.
   -¿Dice usted que era grande?
   -Enorme.
   -Pero,¿no se habría acercado al cadáver?
   -No.
   -¿Qué tiempo hacía aquella noche?
   -Húmedo y frío.
   -¿Pero no llovía?
   -No.
   -¿Cómo es el paseo?
   -Hay dos hileras de tejos muy antiguos que forman un seto impenetrable de cuatro metros de altura. El paseo tiene unos tres metros de ancho.
 
   Arthur Conan Doyle, El sabueso de los Baskerville "Capítulo III: El problema". Seleccionado por Sara Isabel Miranda Hernández, Segundo de Bachillerato. Curso 2012/2013.

Casandra, Christia Wolf.

Aquí fue. Ahí estaba. Esos leones de piedra, sin cabeza ahora, la miraron. Esa fortaleza, un día inexpugnable, ahora un montón de piedras, fue lo último que vio. Un enemigo hace tiempo olvidado y los siglos, sol, lluvia y viento la arrasaron. Inalterado el cielo, un bloque azul intenso, alto, dilatado.Cerca las murallas ciclópeamente ensambladas, hoy como ayer, que marcan su dirección al camino: hacia la puerta, bajo la cual no mana la sangre. Hacia lo tenebroso. Hacia el matadero. Y sola.
Con mi relato voy hacia la muerte.
Aquí termino, impotente, y nada, nada de lo que hubiera podido hacer o dejar de hacer, querer o pensar, que me hubiera conducido a otro objetivo. Más profundamente incluso que mi miedo, me empapa, corroe y envenena la indiferencia de los celestiales hacia nosotros los terrenos. Ha fracasado el intento de contraponer a su frialdad helada un poco de calor nuestro. Inútilmente intentamos sustraernos a sus actos de violencia, lo sé hace tiempo. Sin embargo, recientemente, de noche, durante la travesía, cuando las tormentas amenazaban destrozar nuestro barco desde todos los puntos cardinales, y no se sostenía nadie que no estuviera firmemente atado.

Christa Wolf, Casandra, pág 7,  seleccionado por Beatriz Iglesias , segundo de Bachilerato, curso 2012- 2013.

Fragmento del capítulo 33, El perfume, Patrick Süskind

  El marqués de la Taillade-Espinasse estuvo encantado con el nuevo perfume. Declaró que incluso para él, como descubridor del fluido letal, resultaba sorprendente ver la poderosa influencia que algo tan secundario y efímero como un perfume, ya procediera de orígenes cercanos o alejados de la tierra, podía ejercer sobre el estado general de un individuo. Grenouille, que pocas horas antes había yacido aquí pálido y sin conocimiento, tenía un aspecto fresco y saludable como cualquier hombre sano de su edad y, sí, casi podía decirse-teniendo en cuenta las limitaciones a las que estaba sujeto un hombre de su condición y escasa cultura-que había adquirido algo parecido a la personalidad. En todo caso, él, Taillade-Espinasse, informaría sobre el caso en el capítulo relativo a la dietética vital de su tratado inminente aparición sobre su teoría del fluido letal. Antes que nada, sin embargo, quería perfumarse también él con la nueva fragancia.

Texto seleccionado por Eduardo Montes, segundo de bachillerato curso 2012/2013. El perfume, Patrick Süskind.

viernes, 26 de octubre de 2012

Orgullo y prejuicio, Jane Austen

1.
  Es una verdad reconocida por todo el mundo que un soltero dueño de una gran fortuna siente un día u otro la necesidad de una mujer.
  Aunque los sentimientos y opiniones de un hombre que se halla en esa situación sean poco conocidos a su llegada a un vecindario cualquiera, está tan arraigada tal creencia en las familias que lo rodean, que lo consideran propiedad legítima de una u otra de sus hijas.
  -Querido Bennet-le decía cierto día su esposa-, ¿has oído que Netherfield  Park ha sido alquilado al fin?
  Mr. Bennet contestó que no lo había oído.
  -Pues así es-prosiguió ella-; lo sé porque Mrs. Long acaba de estar aquí y me lo ha contado todo.
  Mr. Bennet no respondió.
  -¿No te interesa saber quién lo ha alquilado?-preguntó su mujer con impaciencia.
  -Estás deseando decirlo y no tengo inconveniente en escucharlo.
  Aquello fue suficiente para ella.
  -Has de saber, que Mrs. Long dice que Netherfield Park ha sido alquilado por un joven muy rico del norte de Inglaterra, que vino el lunes en un coche tirado por cuatro caballos y quedó tan encantado que de inmediato llegó a un acuerdo con Mr. Morris; tomará posesión antes de San Miguel, y algunos de sus criados estarán en la casa a finales de la semana próxima.
  -¿Cómo se llama ese joven?
  -Bingley.
  -¿Es casado o soltero?
  -Soltero, naturalmente, querido; un soltero de gran fortuna: cuatro o cinco mil libras al año de renta. ¡Qué partido tan estupendo para nuestras hijas!
  -No entiendo cómo puede afectarles semejante cosa.
  -Querido Bennet-replicó su mujer-, ¿por qué en ocasiones te cuesta tanto entender las cosa? Has de saber que es mi intención hacer que se case con una de ellas.

AUSTEN, Jane; Orgullo y prejuicio; Fragmento primer capítulo.

Un mundo feliz, Aldous Huxley

Y Mr. Foster se lo contó todo.
Les habló del embrión que se desarrollaba en su lecho de peritoneo. Les dio a probar el rico sucedáneo de la sangre con que se alimentaban. Les explicó por qué había de estimularlo con plancentina y y tiroxina. Les habló del extracto de corpus luteum. Les mostró las mangueras con las que dicho extracto era inyectado automáticamente cada doce metros, desde cero hasta 2.040. Habló de las dosis gradualmente crecientes de puituitaria administradas durante los noventa y seis metros últimos del recorrido. Describrió la circulación materna artificial instalada en cada frasco, en el metro ciento doce, les enseñó el depósito de sucedáneo de la sangre, la bomba centrífuga que mantenía al líquido en movimiento por toda la placenta y lo hacía pasar a través del pulmón sintético y el filtro de los desperdicios. Se refirió a la molesta tendencia del embrión a la anemia, a las dosis masivas del extracto de estómago de cerdo y de hígado de potro fetal que, en consecuencia, había que administrar.
Les enseñó el sencillo mecanismo por medio del cual, durante los dos últimos metros de cada ocho, todos los embriones eran sacudidos simultáneamente para que se acostumbraran al movimiento. Aludió a las gravedad del llamado "trauma de la decantación" y enumeró las precauciones tomadas para reducir al mínimo, mediante el adecuado entrenamiento del embrión envasado, tan peligroso chock. Les habló de las pruebas de sexo llevadas a cabo en los alrededores del metro doscientos. Explicó el sistema de etiquetaje: una "T" para los varones, un círculo para las hembras, y un signo de interrogación negro sobre el fondo blanco para los hermafroditas.

Aldous Huxley, Un mundo feliz. Segundo de Bachillerato, curso 2012 - 2013

Canción de Navidad, Charles Dickens "Cuarta estrofa: El último de los espíritus"

El fantasma se aproximó lenta, grave, silenciosamente.
Cuando estuvo cerca de él, Scrooge cayó de rodillas, pues hasta el mismo aire en que se movía este    espíritu parecía difundir melancolía y misterio.
   Vestía ropajes completamente negros que cubrían su cabeza, su rostro y sus formas corporales y sólo dejaban visible una mano extendida. A no ser por esto, hubiera sido difícil distiguir su figura en lanoche y aislarla de las sombras que la rodeaban.
   Advirtió, cando lo tuvo cerca, que era alto y majestuoso y que su misteriosa presencia le infundía un solemne terror. No pudo observar más, porque el espíritu ni hablaba ni se movía.
   -¿Estoy en presencia del espectro de las navidades futuras?-preguntó Scrooge.
   El espíritu no respondió; pero señaló hacia adelante con su mano.
   -Vas a mostrarme las sombras de las cosas que no han sucedido, pero que sucederán en tiempos venideros-prosiguió Scrooge-, ¿no es así, espíritu?
   La parte superior de ropaje se contrajo formando pliegues, como si el espíritu hubiera inclinado la cabeza. Ésa fue la única contestación que recibió.
   Aunque a esas alturas ya se había acostumbrado a las visitas fantasmales, Scrooge temía tanto a la silenciosa figura que sus piernas temblaban de arriba abajo; y, cuando se dispuso a seguirla, sintió que difícilmente podría tenerse en pie. El espíritu, advirtiendo su situación, aguardó un momento para darle tiempo a recobrarse.
   Pero esto fue aún peor para Scrooge. Se estremeció con un vago e incierto horror al pensar que, detrás de aquel sombrío sudario, había unos ojos espectrales que le miraban fijamente,mientras que él, a pesar de todos sus esfuerzos, no podía ver más que una mano fantasmal y una gran masa negra.
   ¡Espíritu del futuro-exclamó-, eres el más temible de todos los espectros que he visto! Pero, como sé que tu propósito es hacerme el bien y como espero vivir para ser un hombre distinto del que fui, estoy dispuesto a acopañarte, y lo haré con toda la gratitud de mi corazón. ¿No vas a hablarme?
   El espectro no respodió. Su mano señalaba con firmeza hacia adelante.

   Charles Dickens, Cuento de navidad "Cuarta estrofa: El último de los espíritus".Seleccionado por Sara Isabel Miranda Hernández,Segundo de bachillerato.

Emma, Jane Austen

La excelente opinión de que Emma se había formado de Frank Churchill, al día siguiente recibió un duro golpe al oír que el joven se había ido a Londres sin más objeto que el de hacerse cortar el cabello. A la hora del desayuno de pronto tuvo ese capricho, había mandado a por una silla de postas y había partido con la intención de estar de regreso a la hora de la cena, pero sin alegar motivo de más importancia que el de hacerse cortar el cabello. Desde luego no había nada malo en que recorriera dos veces una distancia de dieciséis millas con este fin; pero era algo de una afectación tan exagerada y caprichosa que ella no podía aprobarlo. No concordaba con la sensatez de ideas, la moderación en los gastos e incluso la cordial efusividad ajena a toda presunción, que había creído observar en él el día anterior. Aquello representaba vanidad, extravagancia, afición a los cambios bruscos, inestabilidad de carácter, esa inquietud de ciertas personas que siempre tienen que estar haciendo algo, bueno o malo; falta de atención para con su padre y la señora Weston, e indiferencia para el modo en que su proceder pudiera ser juzgado pos los demás, se hacía acreedor a todas esas acusaciones. Su padre se limitó a llamarle petimetre y a tomar a broma lo sucedido; pero la señora Weston quedó muy contrariada, y ello se vio claramente por el hecho de que procuró cambiar de conversación lo antes posible y no hizo otro comentario que el de "todos los jóvenes tienen sus pequeñas manías".


Jane Austen, Emma , Barcelona, Editorial Planeta, págs 167-168. Selecionado por Beatriz Iglesias Jiménez, curso 2012-2013, segundo de Bachillerato,