viernes, 25 de enero de 2013

Cartas a Felice, Franz Kafka

Señorita Felice:
  Voy a hacerle un ruego que parece auténticamente demencial, yo mismo no lo juzgaría de otro modo si fuera yo quien recibiese la carta y la leyera. Pero es también la prueba más dura a que puede ser sometida la mejor de las personas. Helo aquí pues: escríbame solamente una vez a la semana, y de forma que reciba la carta el domingo. Es que no puedo soportar sus cartas diarias, no estoy en condiciones de soportarlas. Contesto, por ejemplo, a su carta y luego estoy en apariencia tan tranquilo en la cama, pero mi cuerpo entero se ve atravesado por palpitaciones y no tengo presente ninguna otra cosa excepto usted. Cómo te pertenezco, no hay, realmente ninguna otra posibilidad de expresarlo y esta es demasiado débil. Pero justo por eso no quiero saber cómo estás vestida, pues me altera de tal forma que no puedo vivir, y por eso no quiero saber que estás bien dispuesta hacia mí, pues entonces ¿por qué razón, loco de mí, sigo sentado en mi despacho, o aquí en casa, en lugar de meterme en el tren, con los ojos cerrados para no volverlos a abrir hasta encontrarme a tu lado?


Franz Kafka, Carta a Felice, editorial Alianza Tres, texto seleccionado por Laura Mahillo, segundo de Bachillerato, curso 2012/2013

La flecha negra, Robert Luis Stevenson.

Sir Daniel paseábase encolerizado ante la lumbre de la sala, en espera de la llegada de Dick. Nadie más había en el estancia, a excepción de sir Oliverio, y aun éste hallábase discretamente sentado de espaldas, hojeando su breviario y musitando.
-¿Me habéis mandado llamar, sir Daniel? -preguntó el joven Shelton.
-En efecto, te he mandado llamar -respondió el caballero-. Porque... ¿qué es lo que ha llegado a mis oídos? ¿Tan mal tutor he sido para ti, que te apresuras a difamarme? ¿O acaso porque me ves, por esta vez, algo derrotado, piensas abandonar mi partido? ¡Por la misa, que no era así tu padre! Si al lado de alguien estaba, allí permanecía contra viento y marea. Pero tú, Dick, paréceme que eres mi amigo de los días bonancibles solamente y bucas ahora el medio de desembarazarte de tu fidelidad.
-Permitidme, sir Daniel: eso no es cierto -repuso Dick con firmeza-. Soy agradecido y allí donde son debidas mi gratitud y fidelidad. Y antes de proseguir he de daros las gracias a vos y a sir Oliverio; los dos tenéis derechos sobre mí...; nadie con más derechos que vos, y sería un ser despreciable si lo olvidase.
-Bien está -dijo sir Daniel, y luego, montando en cólera, exclamó-: Pero gratitud y fidelidad no son más que palabras, Dick Shelton; yo quiero hechos.

Robert Luis Stevenson, La flecha negra, seleccionado por Esther Hernández Calvo, segundo de Bachillerato, curso 2012/2013. 

viernes, 18 de enero de 2013

La farsa de Maese Pathelin, escena III, Anónimo

PATHELÍN: Fue por el denario de Dios, y si hubiese dicho "trato hecho", sólo con esta frase me habría ahorrado el denario. Ha estado bien trabajando, Dios y él compartirán juntos ese denario, si le parece bien, pues es todo lo que obtendrán por más que exijan, griten o protesten.
GUILLEMETTE: ¿Cómo ha consentido que te lo traigas sin pagárselo, él, que es un hombre tacaño?
PATHELÍN: Por Santa María la Hermosa, tanto lo he adulado y alabado que casi me lo regala. Le dije que se difunto padre era tan competente. "¡Ah!", le dije "¡hermano, de qué cuna tan buena provenís!" "De toda la vecindad, vuestra familia es la más digna de elogios". Pero, pongo a Dios por testigo: es de un hijo pícaro, el villano más tacaño que haya habido en este reino. "¡ah!", dije, "amigo Guillame, ¡cómo os parecéis de cara y en todo a vuestro buen padre!" Bien sabe Dios cómo preparé el cebo a la vez que intercalaba palabras alusivas a su pañería. "y además", añadí, "Virgen Santa, con qué disposición y humildad fiaba a sus mercancías!, ¡era vuestro vivo retrato!! Sin embargo, tanto su difunto padre, como el babuino de su hijo se habrían dejado arrancar los dientes de fea marsopa, antes de fiar o decir una palabra amable. Pero, en resumen, tanto he batallado y hablado que me ha fiado seis alnas.
GUILLEMETE: ¿Incluso, para no devolverlas?
PATHELÍN: Así debes entenderlo. ¿Devolver? ¡Que se las devuelva el diablo!

Anónimo, La farsa de Maese Pathelin , octaedro. Seleccionado por Beatriz Iglesias , segundo de Bachillerato, curso 2012/2013

El castillo, Franz Kafka

Ahora veía el castillo que se destacaba limpiamente allá arriba en el aire luminoso; la nieve, que se extendía por todas partes en fina capa, revelaba claramente el contorno. Parecía además menos espesa en la montaña que en la aldea, donde K. marchaba tan penosamente como la víspera por la carretera. La nieve subía a las ventanas de las cabañas y pesaba enormente sobre las bajas techumbres, mientras que allá arriba, en la montaña, todo tenía un aspecto despejado, todo subía libremente en el aire, o al menos eso parecía desde aquí.
  En suma, tal como lo veía desde lejos, el castillo respondía al imaginado por K. No era ni un viejo castillo feudal ni un palacio de fecha reciente, sino una vasta construcción compuesta de algunos edificios de dos pisos y un gran número de casitas prensadas las unas contra las otras; si no se supiera que era un castillo, se habría podido creer que se trataba de una aldea. K. no vio más que una torre, y no pudo discernir si ésta formada parte de una vivienda o de una iglesia. Bandadas de cornejas describían sus círculos en torno a ella.


Franz Kafka, El castillo, Biblioteca Edaf, seleccionado por Laura Mahíllo Becerra, segundo de Bachillerato, curso 2012/2013

viernes, 11 de enero de 2013

El sueño, Roman de la Rose, Guillaume de Lorris

EL SUEÑO.
Hay muchas personas que dicen que en sueños 
todo es una fábula, todo una mentira;
no obstante, sucede que pueden soñarse
cosas que no son nada fabulosas 
sino que, al contrario, son muy verdaderas.
Y así podría  traer de testigo 
un autor famoso llamado Macrobio,
que nunca a los sueños tuvo por quimeras
y que escribó aquella visión
que le sucedió al rey Escipión.
Así, todo aquel que piense o que diga
que sea una broma o cosa de locos 
creer que los sueños son tan verdaderos,
quien esto sostenga, que me llame loco.
Pues en cuanto a mí, estoy convencido
de que nosrevelan el significado
del bien y del mal que ocurre a la gente;
puesmuchaspersonas sueñan por la noche
muchísimas cosas que entender no pueden,
pero que después se ven perfectamente.
Así, cuando yo cumplí veinte años,
al punto en que Amor toma posesión
de todos los jóvenes, estaba acostado
una bella noche, tal como solía,
y quedé dormido muy profundamente;
un sueño me vino mientras que dormía,
el cual fue muy bello y mucho me plugo.
Y en mi sueño nada sucedió,
ni unsolo detalle, quedespués los hechos
nohayan confirmado tal como soñé.
Está en mi intención contároslo todo
para amenizar vuestros corzones:
Amor me lo pide, Amor me lo manda.
Y si acaso alguno quisiera saber 
cómo quiero yo que la narración
quevoy a iniciarsea conocida,
quiero que se llame Roman de la Rosa,
do está contenido el arte de amar.
Su materia es muy bella y muy nueva.
A Dios le suplico que sepa aceptarla 
aquélla a la cual yo se la dedico:
ella encierra en sítan grandes virtudes
y tan grandes méritos para ser amada,
que el nombre de Rosa le debe ser dado. 

Guillaume De Lorris y Jean deMeun, Roman de la Rose págs 41 y 42. Selecionado por Natalia Sánchez Martín, segundo de Bachillerato. Curso 2012/2013

La leyenda de Sleepy Hollow, Washington Irving

En ese apartado lugar de la naturaleza vivió, en un periodo remoto de la historia norteamericana (es decir, hace unos treinta años), un individuo respetable llamado Ichabod Crane, que habitaba o, como él decía, "se demoraba" en Sleepy Hollow, con el fin de educar a los niños de la vecindad. Era natural de Connecticut, un estado que abastece a la Unión con pioneros, no sólo de los bosques sino también del espíritu, y cada año exporta legiones de leñadores y maestros de escuela. El apellido, que significa "grulla", no resultaba inapropiado para su persona, pues era alto y enjuto, de hombros estrechos, piernas y brazos exageradamente largos, manos que colgaban a un kilómetro de las mangas y pies que bien podrían servirle de palas; su figura entera,en fin, parecía a punto de descoyuntarse. Tenía la cabeza pequeña y la mollera plana, las orejas enormes, los ojos grandes, verdes y vidriosos, y una larga nariz de garza que parecía un gallo de veleta encaramado en el eje del cuello para indicar la dirección de los vientos. Al verle caminar por el perfil de una colina en un día de viento, con las ropas hinchadas y  ondeantes sobre su figura, bien podría confundírsele con el genio del hambre descendiendo sobre la tierra, o con algún espantapájaros escapado de un maizal.
Su escuela era una edificación de poca altura con una sola aula de buen tamaño, toscamente construida con troncos; las ventanas estaban en parte acristaladas y en parte cubiertas con hojas de cuadernos viejos. Cuando estaba desocupado, el edificio disponía de un ingenioso sistema de seguridad consistente en un mimbre enrollado en la manilla de la puerta y una serie de postes que atrancaban por fuera las contraventanas, de tal modo que, aunque un ladrón pudiera entrar con toda facilidad, salir le resultaría más complicado; una idea para la que el arquitecto; Yost Van Houten,se inspiró con toda seguridad en el misterio de las nasas para anguilas.

Washington Irving,  La leyenda de Sleepy Hollow, edit. Vicens Vives. Seleccionado por Sara Isabel Miranda Hernández, segundo de Bachillerato, curso 2012-2013.

Tartufo, Molière

DAMIS: ¡Que me parta un rayo aquí mismo y que por doquier se me trate como al mayor de los bergantes si existe poder alguno o autoridad en el mundo que me detenga y me impida hacer algo sonado!
DORINA: Contened, por favor, vuestro arrebato; hasta ahora, vuestro padre lo único que ha hecho es hablar. No siempre se lleva a cabo lo que uno se propone, y bien sabéis que del dicho al hecho hay mucho trecho.
DAMIS: Ya es hora de poner corto a los manejos de ese fatuo. Voy a decirle cuatro palabras bien dichas.
DORINA: ¡Poco a poco, por favor! Dejad que sea vuestra madrastra quien se encargue de él y de vuestro padre. Ella goza de cierto ascendiente sobre Tartufo, quien se muestra solícito a todo lo que dice, y hasta es posible que sienta cierta inclinación por ella. ¡Ojalá que fuera así! Sería más de lo que podemos pedir. Lo cierto es que, por el afecto que ella os tiene, se ha visto en la obligación de mandarlo llamar para así poder sondearlo acerca de esa boda que tanto os preocupa; pretende conocer sus sentimientos y advertirle de las enojosas complicaciones que se derivarían de seguir él abrigando la esperanza de hacer realidad tales planes. Su criado me haos dicho que está rezando y por eso no he podido verle, pero también me ha asegurado que tenía intención de bajar de un momento a otro. Marchaos, pues, os lo ruego, y dejadme que sea yo quiero lo espere aquí.
DAMIS: Podré estar presente en esa conversación, supongo.
DORINA: ¡De ninguna manera! Es imprescindible que estén los dos solos.
DAMIS: Pero si yo no abriré la boca.
DORINA: Bromeáis. De sobra conocemos vuestros  habituales arrebatos; seríais muy capaz de echar a perder el asunto. Marchaos.
DAMIS: ¡No! Lo presenciaré y prometeo no perder los estribos.
DORINA: ¡Qué tercero os ponéis! ¡Mirad, ahí viene!¡Retiraros!

Jean-Baptiste Poquelin. Molière, Tartufo, pág 60 . Selecionado por Beatriz Iglesias, segundo de
Bachillerato. Curso 2012/2013

Tratado de las pasiones, Discurso del método, Descartes

      De la envidia
      Lo que se llama comúnmente envidia es un vicio que consiste en una perversión de la naturaleza, que hace que algunos se disgusten por el bien que ven que les ocurre a los demás. Pero yo amplío aquí esta palabra para designar una pasión que no es siempre viciosa. La envidia, pues, considerándola como una pasión, es una especie de tristeza mezclada de odio, que viene de que se ve cómo les sobreviene un bien a quienes se considera que son indignos de él. Lo que no se puede pensar con razón más que de los bienes de la fortuna. Porque los del alma, o incluso los del cuerpo, como se los tiene de nacimiento, ya es suficiente, para ser dignos de ellos, el haberlos recibidos de Dios antes de ser capaz de realizar ningún mal.

René Descartes, Tratado de las pasiones, Discurso del método. Ed. RBA. Texto seleccionado por Eduardo Montes, segundo de Bachillerato, curso 2012/2013.

Decamerón, Giovanni Boccaccio

Y el abad le dijo:
  ''Ánima mía graciosa, no os maravilléis, que por esto no viene la santidad en menosprecio; porque ella está en el ánima y aquello que yo os pido es pecado del cuerpo. Mas, comoquiera que sea, vuestra excesiva belleza ha tenido tanta fuerza, que amor me apremia a que yo esto haga; y en verdad os digo que vos os podéis glorificar de vuestra hermosura más que mujer del mundo, pensando que ella place a los santos, que usan ver las hermosuras del cielo; mirad, pues qué hará a mí que puesto yo sea abad, soy hombre como cualquier otro, y como bien veis yo no soy tan viejo para que hacer esto os sea grave, antes lo debéis desear, porque, entretanto que que Ferondo estará en el Purgatorio, yo os haré compañía haciéndoos, de noche, aquella consolación que él os había de dar, de manera que jamás persona alguna de ello sabidor sea, creyendo cada uno, de mí, aquello que vos, poco antes de ahora, creíais. Por ende, no rehuséis la gracia que Dios os envía; que muchas otras mujeres la desearon alcanzar, y haberla no pudieron, la cual vos, si sanamente tomáis mi buen consejo, podéis haber. Y allende de esto, yo ya tengo muy ricas y preciosas joyas, las cuales yo entiendo que para otra persona no sean salvo para vos. Haced, pues, ánima mía, por mí aquello que yo hago por vos de muy buena gana''

             Giovanni Boccaccio, Decamerón, Madrid, Vicens Vives, ed.5, pág 202
             Seleccionado por Laura Mahíllo, Segundo de Bachillerato, curso 2012/2013

Muerte en la tarde "Capítulo 8", Ernest Hemingway.

     Aquellos años que siguieron a la muerte de Joselito y la retirada de Juan Belmonte fueron los peores que ha conocido el toreo. La plaza había sido dominada por dos figuras que, en su propio arte -sin olvidar, por supuesto, que se trata de un arte efímero y, por tanto, menor- fueron comparables a Velázquez y a Goya o, en literatura, a Cervantes y a Lope de Vega; porque, aunque nunca me ha gustado Lope, tiene la reputación necesaria para establecer la comparación. Y cuando desaparecieron fue como si, en la literatura inglesa, Shakespeare hubiese muerto de repente, Marlowe se hubiera retirado y se hubiera dejado el campo libre a Ronald Firbank, que escribía muy bien, pero que, digámoslo, era un especialista.
Manuel Granero, de Valencia, fue el único torero en quien la afición tenía una gran confianza. Era uno de aquellos tres muchachos que, contando con dinero y protección, entraron en la carrera del toreo con los mejores medios de educación mecánica y de instrucción, practicando con vacas de las fincas de los alrededores de Salamanca.Granero no llevaba en sus venas sangre de torero y sus parientes más cercanos querían que fuese violinista; pero tenía un tío ambicioso y talento natural para la lidia, así como un gran valor; era el mejor de los tres.
Los otros dos eran Manuel Jiménez , llamado Chicuelo, y Juan Luis de La Rosa.

Ernest Hemingway, Muerte en la tarde "Capítulo 8", edit. Debolsillo. Seleccionado por Sara Isabel Miranda Hernández, segundo de Bachillerato, curso 2012/2013.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Las tres hilanderas, hermanos Grimm.

    Erase una muchacha holgazana que no quería hilar; y ya podía decir su madre cuanto quisera, que le era imposible obligarla a hacerlo. Hasta que un día, la ira y la impaciencia exasperaron tanto a la madre que comenzó a pegar a la hija, que se echó a llorar desesperadamente. Acertó a pasar por allí en ese momento la reina, quien, al oír los llantos, ordenó detener su carroza, entró en la casa y le preguntó a la madre por qué  pegaba de tal forma a su hija que los gritos tenían que escucharse por toda la calle. Pero a la mujer le dio vergüenza el tener que revelar la holgazanería de su hija y mintió:
   -Nada puedo hacer para que deje de hilar; no hace más que hilar todo el santo día; y yo soy pobre y no puedo comprar tanto lino.
    A lo que respondió la reina:
    -No hay nada que me guste más que el oír hilar, y nada que me proporcione tanto placer como el zumbido de las ruecas. Dadme a vuestra hija para que me la lleve a palacio; tengo lino más que suficiente; ¡que hile allí tanto como quiera!
     La madre se alegró de todo corazón, y la reina se llevó a la hija. Cuando llegaron a palacio, la condujo a a tres alcobas de una torre que estaban abarrotadas del más hermoso lino, en montones que llegaban hasta el techo.

Hermanos Grimm,Cuentos de los hermanos Grimm, Las tres hilanderas, Alianza editorial. Texto seleccionado por Eduardo Montes, segundo de Bachillerato curso 2012/2013.

Nadja, André Breton

      El pasado 4 de octubre, hacia el final de una de esas tardes absolutamente ociosas y lúgubres, como sólo yo sé pasar, me encontraba en la calle Lafayette: tras haberme detenido durante algunos minutos ante el escaparate de la librería de L'Humanité y haber adquirido la última obra de Trotsky, seguía mi camino, vagando sin rumbo, en dirección a la Ópera. Las oficinas, los talleres comenzaban a quedarse vacíos, de arriba abajo de los edificios todo eran puertas cerrándose, las personas se estrechaban la mano en las aceras que empezaban a estar más concurridas. Sin quererlo, observaba rostros, atavíos ridículos, formas de andar. Quiá, ni de lejos estaría esta gente dispuesta a hacer la Revolución. Acababa de cruzar aquella plaza, cuyo nombre olvido o ignoro, allí, frente a una iglesia.        De pronto, cuando aún se encuentra a unos diez pasos de mí, me fijo en una muchacha, muy pobremente vestida, que viene en sentido contrario y que, a su vez, también me ve o me ha visto. A diferencia del resto de los transeúntes, lleva la cabeza erguida. Tan frágil que apenas se posa a andar. Una imperceptible sonrisa atraviesa tal vez su rostro. Curiosamente maquillada como si, habiendo comenzado por los ojos, no hubiera tenido tiempo de acabar, pero con la raya de los ojos tan negra para una rubia. La raya, de ningún modo los párpados (un brillo así se consigue, y sólo se consigue, repasando cuidadosamente el lápiz únicamente bajo el párpado.

André Breton, Nadja, páginas 147 y 148, editorial Cátedra.
Seleccionado por Esther Hernández Calvo, segundo de  Bachillerato, curso 2012-2013. 

viernes, 14 de diciembre de 2012

Demanda del Santo Grial, Anónimo

   CAPÍTULO V
Cómo un criado trajo al rey las nuevas de la espada del escalón.
     Mientras hablaban así entró un criado, que dijo al rey: ''Señor, os traigo noticias muy maravillosas.'' ''¿Cuáles?, pregunta el rey; dímelas pronto.'' ''Señor, ahí abajo, al pie de vuestro palacio, hay un gran escalón y he visto cómo flotaba por encima del agua. Venid a verlo, pues sé que es éste un acontecimiento sorprendente.'' Desciende el rey para contemplar esta maravilla y lo mismo hacen todos los demás. Al llegar al río, se encuentran el escalón de mármol rojo sobre el agua; encima del escalón estaba clavada una espada que parecía muy hermosa y rica y en cuya cruz,  que estaba hecha con una piedra preciosa, había algo escrito con letras de oro y con gran perfección. Los nobles miraron las letras que decían: ''NADIE ME SACARÁ DE AQUÍ, A NO SER QUE AQUEL DE CUYO COSTADO DEBO COLGAR. ESE SERÁ EL MEJOR DEL MUDO.''
     Cuando el rey ve estas letras le dice a Lanzarote: ''Buen señor, en legítima justicia, esta espada os corresponde, pues bien sé que sois el mejor caballero del mundo.'' Avergonzado, responde: ''Ciertamente, señor, ni ella me corresponde ni yo tendría el valor ni el atrevimiento de tocarla, pues de ninguna forma soy digno ni merecedor de tomarla; por eso, me abstendré y no la tocaré: sería una locura si pretendiera hacerme con ella.'' ''De todas formas-dice el rey-, intentaréis sacarla.'' ''Señor-contesta-, no lo haré: bien sé que cualquiera que intente hacerlo y no lo logre será castigado con alguna herida.'' ''Y vos, ¿qué sabéis?''-le dice el rey-. ''Señor-le vuelve a responder-, bien lo sé, y, además, os digo otra cosa: quiero que sepáis que en el día de hoy comenzarán las grandes aventuras y las grandes maravillas del Santo Graal.''

Anónimo, Demanda del Santo Grial, texto seleccionado por Eduardo Montes, segundo de Bachillerato, curso 2012 - 2013.

La farsa de Maese Pathelín, Anónimo.

                                                         Escena octava

(En la sala del juicio)

PATHELÍN: (Saluda al juez.) Señor, Dios os dé buena suerte y todo lo que vuestro corazón desee.

JUEZ: Sed bienvenido, señor. Cubríos. Tomad asiento.

PATHELÍN: Estoy bien situado, gracias por vuestra amabilidad, estoy más cómodo aquí.

JUEZ: Si hay algún asunto que resolver, démonos prisa, con el fin de que levante cuanto antes la sesión.

PAÑERO: Ahora viene mi abogado, está terminando lo que hacía, un asunto sin importancia, señor juez, y si os parece, os agradecería que lo esperarais.

JUEZ: ¡Empecemos! Tengo que presidir más casos. Si la parte contraria esta presente, exponed vuestro caso sin más tardanza. ¿No sois el demandante?

PAÑERO: Sí, lo soy.

JUEZ: ¿Dónde está el demandado? ¿Está aquí en persona?

PAÑERO: (Señalando al pastor.) Sí, vedlo ahí sin pronunciar palabra; ¡Dios sabe lo que piensa!

JUEZ: Ya que estáis presentes los dos, exponed vuestra reclamación.

PAÑERO: Voy a exponer lo que reclamo: señor juez, es verdad que, por Dios y por caridad, lo he educado desde su infancia, y cuando vi que ya tenía edad para trabajar en el campo lo hice mi pastor y lo puse a guardar mis bestias: pero, tan verdad como que estáis ahí sentado, señor juez, ha hecho una carnicería tal entre mis ovejas y corderos que verdaderamente...

JUEZ: Vayamos por partes: ¿Era por casualidad vuestro asalariado?

PATHELÍN: Sí, ya que, si se hubiese arriesgado a cuidarlas sin sueldo...

PAÑERO: (Reconociendo a Pathelín) ¡Reniego de Dios, si verdaderamente no sois vos!


Anónimo, La farsa de Maese Pathelín, escena octava. Seleccionado por Laura Mahíllo, segundo de Bachillerato, curso 2012-2013.

El clan del oso cavernario, Jean M. Auel.

La niña desnuda salió corriendo del cobertizo de cuero hacia la playa rocosa en el recodo del riachuelo. No se le ocurrió volver la mirada. Nada en su experiencia le daba razón alguna para poner en duda que el refugio y los que estaban dentro siguieran allí cuando regresara.
   Se echó al río chapoteando y al alejarse de la orilla, que se hundía rápidamente, sintió cómo la arena y los guijarros se escapaban bajo sus pies. Se zambulló en el agua fría y salió nuevamente, escupiendo, antes de dar unas brazadas firmes para alcanzar la escarpada orilla opuesta. Había aprendido a nadar antes de andar, y a los cinco años de edad se encontraba a gusto en el agua. En muchas ocasiones, la única manera en que se podía cruzar un río era nadando.
   La niña jugó un buen rato, nadando de un lado a otro, y después dejó que la corriente la arrastrara río abajo; cuando éste se ensanchó y empezó a hacer borbotones sobre las piedras, se puso en pie y regresó a la orilla, donde se dedicó a escoger piedrecillas. Acababa de poner una en la cima de un montoncillo de algunas especialmente bonitas, cuando la tierra comenzó a temblar.


Jean M. Auel, El clan del oso cavernario. Seleccionado por Laura Mahíllo, segundo de Bachillerato, curso 2012-2013.