viernes, 11 de enero de 2013

El sueño, Roman de la Rose, Guillaume de Lorris

EL SUEÑO.
Hay muchas personas que dicen que en sueños 
todo es una fábula, todo una mentira;
no obstante, sucede que pueden soñarse
cosas que no son nada fabulosas 
sino que, al contrario, son muy verdaderas.
Y así podría  traer de testigo 
un autor famoso llamado Macrobio,
que nunca a los sueños tuvo por quimeras
y que escribó aquella visión
que le sucedió al rey Escipión.
Así, todo aquel que piense o que diga
que sea una broma o cosa de locos 
creer que los sueños son tan verdaderos,
quien esto sostenga, que me llame loco.
Pues en cuanto a mí, estoy convencido
de que nosrevelan el significado
del bien y del mal que ocurre a la gente;
puesmuchaspersonas sueñan por la noche
muchísimas cosas que entender no pueden,
pero que después se ven perfectamente.
Así, cuando yo cumplí veinte años,
al punto en que Amor toma posesión
de todos los jóvenes, estaba acostado
una bella noche, tal como solía,
y quedé dormido muy profundamente;
un sueño me vino mientras que dormía,
el cual fue muy bello y mucho me plugo.
Y en mi sueño nada sucedió,
ni unsolo detalle, quedespués los hechos
nohayan confirmado tal como soñé.
Está en mi intención contároslo todo
para amenizar vuestros corzones:
Amor me lo pide, Amor me lo manda.
Y si acaso alguno quisiera saber 
cómo quiero yo que la narración
quevoy a iniciarsea conocida,
quiero que se llame Roman de la Rosa,
do está contenido el arte de amar.
Su materia es muy bella y muy nueva.
A Dios le suplico que sepa aceptarla 
aquélla a la cual yo se la dedico:
ella encierra en sítan grandes virtudes
y tan grandes méritos para ser amada,
que el nombre de Rosa le debe ser dado. 

Guillaume De Lorris y Jean deMeun, Roman de la Rose págs 41 y 42. Selecionado por Natalia Sánchez Martín, segundo de Bachillerato. Curso 2012/2013

La leyenda de Sleepy Hollow, Washington Irving

En ese apartado lugar de la naturaleza vivió, en un periodo remoto de la historia norteamericana (es decir, hace unos treinta años), un individuo respetable llamado Ichabod Crane, que habitaba o, como él decía, "se demoraba" en Sleepy Hollow, con el fin de educar a los niños de la vecindad. Era natural de Connecticut, un estado que abastece a la Unión con pioneros, no sólo de los bosques sino también del espíritu, y cada año exporta legiones de leñadores y maestros de escuela. El apellido, que significa "grulla", no resultaba inapropiado para su persona, pues era alto y enjuto, de hombros estrechos, piernas y brazos exageradamente largos, manos que colgaban a un kilómetro de las mangas y pies que bien podrían servirle de palas; su figura entera,en fin, parecía a punto de descoyuntarse. Tenía la cabeza pequeña y la mollera plana, las orejas enormes, los ojos grandes, verdes y vidriosos, y una larga nariz de garza que parecía un gallo de veleta encaramado en el eje del cuello para indicar la dirección de los vientos. Al verle caminar por el perfil de una colina en un día de viento, con las ropas hinchadas y  ondeantes sobre su figura, bien podría confundírsele con el genio del hambre descendiendo sobre la tierra, o con algún espantapájaros escapado de un maizal.
Su escuela era una edificación de poca altura con una sola aula de buen tamaño, toscamente construida con troncos; las ventanas estaban en parte acristaladas y en parte cubiertas con hojas de cuadernos viejos. Cuando estaba desocupado, el edificio disponía de un ingenioso sistema de seguridad consistente en un mimbre enrollado en la manilla de la puerta y una serie de postes que atrancaban por fuera las contraventanas, de tal modo que, aunque un ladrón pudiera entrar con toda facilidad, salir le resultaría más complicado; una idea para la que el arquitecto; Yost Van Houten,se inspiró con toda seguridad en el misterio de las nasas para anguilas.

Washington Irving,  La leyenda de Sleepy Hollow, edit. Vicens Vives. Seleccionado por Sara Isabel Miranda Hernández, segundo de Bachillerato, curso 2012-2013.

Tartufo, Molière

DAMIS: ¡Que me parta un rayo aquí mismo y que por doquier se me trate como al mayor de los bergantes si existe poder alguno o autoridad en el mundo que me detenga y me impida hacer algo sonado!
DORINA: Contened, por favor, vuestro arrebato; hasta ahora, vuestro padre lo único que ha hecho es hablar. No siempre se lleva a cabo lo que uno se propone, y bien sabéis que del dicho al hecho hay mucho trecho.
DAMIS: Ya es hora de poner corto a los manejos de ese fatuo. Voy a decirle cuatro palabras bien dichas.
DORINA: ¡Poco a poco, por favor! Dejad que sea vuestra madrastra quien se encargue de él y de vuestro padre. Ella goza de cierto ascendiente sobre Tartufo, quien se muestra solícito a todo lo que dice, y hasta es posible que sienta cierta inclinación por ella. ¡Ojalá que fuera así! Sería más de lo que podemos pedir. Lo cierto es que, por el afecto que ella os tiene, se ha visto en la obligación de mandarlo llamar para así poder sondearlo acerca de esa boda que tanto os preocupa; pretende conocer sus sentimientos y advertirle de las enojosas complicaciones que se derivarían de seguir él abrigando la esperanza de hacer realidad tales planes. Su criado me haos dicho que está rezando y por eso no he podido verle, pero también me ha asegurado que tenía intención de bajar de un momento a otro. Marchaos, pues, os lo ruego, y dejadme que sea yo quiero lo espere aquí.
DAMIS: Podré estar presente en esa conversación, supongo.
DORINA: ¡De ninguna manera! Es imprescindible que estén los dos solos.
DAMIS: Pero si yo no abriré la boca.
DORINA: Bromeáis. De sobra conocemos vuestros  habituales arrebatos; seríais muy capaz de echar a perder el asunto. Marchaos.
DAMIS: ¡No! Lo presenciaré y prometeo no perder los estribos.
DORINA: ¡Qué tercero os ponéis! ¡Mirad, ahí viene!¡Retiraros!

Jean-Baptiste Poquelin. Molière, Tartufo, pág 60 . Selecionado por Beatriz Iglesias, segundo de
Bachillerato. Curso 2012/2013

Tratado de las pasiones, Discurso del método, Descartes

      De la envidia
      Lo que se llama comúnmente envidia es un vicio que consiste en una perversión de la naturaleza, que hace que algunos se disgusten por el bien que ven que les ocurre a los demás. Pero yo amplío aquí esta palabra para designar una pasión que no es siempre viciosa. La envidia, pues, considerándola como una pasión, es una especie de tristeza mezclada de odio, que viene de que se ve cómo les sobreviene un bien a quienes se considera que son indignos de él. Lo que no se puede pensar con razón más que de los bienes de la fortuna. Porque los del alma, o incluso los del cuerpo, como se los tiene de nacimiento, ya es suficiente, para ser dignos de ellos, el haberlos recibidos de Dios antes de ser capaz de realizar ningún mal.

René Descartes, Tratado de las pasiones, Discurso del método. Ed. RBA. Texto seleccionado por Eduardo Montes, segundo de Bachillerato, curso 2012/2013.

Decamerón, Giovanni Boccaccio

Y el abad le dijo:
  ''Ánima mía graciosa, no os maravilléis, que por esto no viene la santidad en menosprecio; porque ella está en el ánima y aquello que yo os pido es pecado del cuerpo. Mas, comoquiera que sea, vuestra excesiva belleza ha tenido tanta fuerza, que amor me apremia a que yo esto haga; y en verdad os digo que vos os podéis glorificar de vuestra hermosura más que mujer del mundo, pensando que ella place a los santos, que usan ver las hermosuras del cielo; mirad, pues qué hará a mí que puesto yo sea abad, soy hombre como cualquier otro, y como bien veis yo no soy tan viejo para que hacer esto os sea grave, antes lo debéis desear, porque, entretanto que que Ferondo estará en el Purgatorio, yo os haré compañía haciéndoos, de noche, aquella consolación que él os había de dar, de manera que jamás persona alguna de ello sabidor sea, creyendo cada uno, de mí, aquello que vos, poco antes de ahora, creíais. Por ende, no rehuséis la gracia que Dios os envía; que muchas otras mujeres la desearon alcanzar, y haberla no pudieron, la cual vos, si sanamente tomáis mi buen consejo, podéis haber. Y allende de esto, yo ya tengo muy ricas y preciosas joyas, las cuales yo entiendo que para otra persona no sean salvo para vos. Haced, pues, ánima mía, por mí aquello que yo hago por vos de muy buena gana''

             Giovanni Boccaccio, Decamerón, Madrid, Vicens Vives, ed.5, pág 202
             Seleccionado por Laura Mahíllo, Segundo de Bachillerato, curso 2012/2013

Muerte en la tarde "Capítulo 8", Ernest Hemingway.

     Aquellos años que siguieron a la muerte de Joselito y la retirada de Juan Belmonte fueron los peores que ha conocido el toreo. La plaza había sido dominada por dos figuras que, en su propio arte -sin olvidar, por supuesto, que se trata de un arte efímero y, por tanto, menor- fueron comparables a Velázquez y a Goya o, en literatura, a Cervantes y a Lope de Vega; porque, aunque nunca me ha gustado Lope, tiene la reputación necesaria para establecer la comparación. Y cuando desaparecieron fue como si, en la literatura inglesa, Shakespeare hubiese muerto de repente, Marlowe se hubiera retirado y se hubiera dejado el campo libre a Ronald Firbank, que escribía muy bien, pero que, digámoslo, era un especialista.
Manuel Granero, de Valencia, fue el único torero en quien la afición tenía una gran confianza. Era uno de aquellos tres muchachos que, contando con dinero y protección, entraron en la carrera del toreo con los mejores medios de educación mecánica y de instrucción, practicando con vacas de las fincas de los alrededores de Salamanca.Granero no llevaba en sus venas sangre de torero y sus parientes más cercanos querían que fuese violinista; pero tenía un tío ambicioso y talento natural para la lidia, así como un gran valor; era el mejor de los tres.
Los otros dos eran Manuel Jiménez , llamado Chicuelo, y Juan Luis de La Rosa.

Ernest Hemingway, Muerte en la tarde "Capítulo 8", edit. Debolsillo. Seleccionado por Sara Isabel Miranda Hernández, segundo de Bachillerato, curso 2012/2013.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Las tres hilanderas, hermanos Grimm.

    Erase una muchacha holgazana que no quería hilar; y ya podía decir su madre cuanto quisera, que le era imposible obligarla a hacerlo. Hasta que un día, la ira y la impaciencia exasperaron tanto a la madre que comenzó a pegar a la hija, que se echó a llorar desesperadamente. Acertó a pasar por allí en ese momento la reina, quien, al oír los llantos, ordenó detener su carroza, entró en la casa y le preguntó a la madre por qué  pegaba de tal forma a su hija que los gritos tenían que escucharse por toda la calle. Pero a la mujer le dio vergüenza el tener que revelar la holgazanería de su hija y mintió:
   -Nada puedo hacer para que deje de hilar; no hace más que hilar todo el santo día; y yo soy pobre y no puedo comprar tanto lino.
    A lo que respondió la reina:
    -No hay nada que me guste más que el oír hilar, y nada que me proporcione tanto placer como el zumbido de las ruecas. Dadme a vuestra hija para que me la lleve a palacio; tengo lino más que suficiente; ¡que hile allí tanto como quiera!
     La madre se alegró de todo corazón, y la reina se llevó a la hija. Cuando llegaron a palacio, la condujo a a tres alcobas de una torre que estaban abarrotadas del más hermoso lino, en montones que llegaban hasta el techo.

Hermanos Grimm,Cuentos de los hermanos Grimm, Las tres hilanderas, Alianza editorial. Texto seleccionado por Eduardo Montes, segundo de Bachillerato curso 2012/2013.

Nadja, André Breton

      El pasado 4 de octubre, hacia el final de una de esas tardes absolutamente ociosas y lúgubres, como sólo yo sé pasar, me encontraba en la calle Lafayette: tras haberme detenido durante algunos minutos ante el escaparate de la librería de L'Humanité y haber adquirido la última obra de Trotsky, seguía mi camino, vagando sin rumbo, en dirección a la Ópera. Las oficinas, los talleres comenzaban a quedarse vacíos, de arriba abajo de los edificios todo eran puertas cerrándose, las personas se estrechaban la mano en las aceras que empezaban a estar más concurridas. Sin quererlo, observaba rostros, atavíos ridículos, formas de andar. Quiá, ni de lejos estaría esta gente dispuesta a hacer la Revolución. Acababa de cruzar aquella plaza, cuyo nombre olvido o ignoro, allí, frente a una iglesia.        De pronto, cuando aún se encuentra a unos diez pasos de mí, me fijo en una muchacha, muy pobremente vestida, que viene en sentido contrario y que, a su vez, también me ve o me ha visto. A diferencia del resto de los transeúntes, lleva la cabeza erguida. Tan frágil que apenas se posa a andar. Una imperceptible sonrisa atraviesa tal vez su rostro. Curiosamente maquillada como si, habiendo comenzado por los ojos, no hubiera tenido tiempo de acabar, pero con la raya de los ojos tan negra para una rubia. La raya, de ningún modo los párpados (un brillo así se consigue, y sólo se consigue, repasando cuidadosamente el lápiz únicamente bajo el párpado.

André Breton, Nadja, páginas 147 y 148, editorial Cátedra.
Seleccionado por Esther Hernández Calvo, segundo de  Bachillerato, curso 2012-2013. 

viernes, 14 de diciembre de 2012

Demanda del Santo Grial, Anónimo

   CAPÍTULO V
Cómo un criado trajo al rey las nuevas de la espada del escalón.
     Mientras hablaban así entró un criado, que dijo al rey: ''Señor, os traigo noticias muy maravillosas.'' ''¿Cuáles?, pregunta el rey; dímelas pronto.'' ''Señor, ahí abajo, al pie de vuestro palacio, hay un gran escalón y he visto cómo flotaba por encima del agua. Venid a verlo, pues sé que es éste un acontecimiento sorprendente.'' Desciende el rey para contemplar esta maravilla y lo mismo hacen todos los demás. Al llegar al río, se encuentran el escalón de mármol rojo sobre el agua; encima del escalón estaba clavada una espada que parecía muy hermosa y rica y en cuya cruz,  que estaba hecha con una piedra preciosa, había algo escrito con letras de oro y con gran perfección. Los nobles miraron las letras que decían: ''NADIE ME SACARÁ DE AQUÍ, A NO SER QUE AQUEL DE CUYO COSTADO DEBO COLGAR. ESE SERÁ EL MEJOR DEL MUDO.''
     Cuando el rey ve estas letras le dice a Lanzarote: ''Buen señor, en legítima justicia, esta espada os corresponde, pues bien sé que sois el mejor caballero del mundo.'' Avergonzado, responde: ''Ciertamente, señor, ni ella me corresponde ni yo tendría el valor ni el atrevimiento de tocarla, pues de ninguna forma soy digno ni merecedor de tomarla; por eso, me abstendré y no la tocaré: sería una locura si pretendiera hacerme con ella.'' ''De todas formas-dice el rey-, intentaréis sacarla.'' ''Señor-contesta-, no lo haré: bien sé que cualquiera que intente hacerlo y no lo logre será castigado con alguna herida.'' ''Y vos, ¿qué sabéis?''-le dice el rey-. ''Señor-le vuelve a responder-, bien lo sé, y, además, os digo otra cosa: quiero que sepáis que en el día de hoy comenzarán las grandes aventuras y las grandes maravillas del Santo Graal.''

Anónimo, Demanda del Santo Grial, texto seleccionado por Eduardo Montes, segundo de Bachillerato, curso 2012 - 2013.

La farsa de Maese Pathelín, Anónimo.

                                                         Escena octava

(En la sala del juicio)

PATHELÍN: (Saluda al juez.) Señor, Dios os dé buena suerte y todo lo que vuestro corazón desee.

JUEZ: Sed bienvenido, señor. Cubríos. Tomad asiento.

PATHELÍN: Estoy bien situado, gracias por vuestra amabilidad, estoy más cómodo aquí.

JUEZ: Si hay algún asunto que resolver, démonos prisa, con el fin de que levante cuanto antes la sesión.

PAÑERO: Ahora viene mi abogado, está terminando lo que hacía, un asunto sin importancia, señor juez, y si os parece, os agradecería que lo esperarais.

JUEZ: ¡Empecemos! Tengo que presidir más casos. Si la parte contraria esta presente, exponed vuestro caso sin más tardanza. ¿No sois el demandante?

PAÑERO: Sí, lo soy.

JUEZ: ¿Dónde está el demandado? ¿Está aquí en persona?

PAÑERO: (Señalando al pastor.) Sí, vedlo ahí sin pronunciar palabra; ¡Dios sabe lo que piensa!

JUEZ: Ya que estáis presentes los dos, exponed vuestra reclamación.

PAÑERO: Voy a exponer lo que reclamo: señor juez, es verdad que, por Dios y por caridad, lo he educado desde su infancia, y cuando vi que ya tenía edad para trabajar en el campo lo hice mi pastor y lo puse a guardar mis bestias: pero, tan verdad como que estáis ahí sentado, señor juez, ha hecho una carnicería tal entre mis ovejas y corderos que verdaderamente...

JUEZ: Vayamos por partes: ¿Era por casualidad vuestro asalariado?

PATHELÍN: Sí, ya que, si se hubiese arriesgado a cuidarlas sin sueldo...

PAÑERO: (Reconociendo a Pathelín) ¡Reniego de Dios, si verdaderamente no sois vos!


Anónimo, La farsa de Maese Pathelín, escena octava. Seleccionado por Laura Mahíllo, segundo de Bachillerato, curso 2012-2013.

El clan del oso cavernario, Jean M. Auel.

La niña desnuda salió corriendo del cobertizo de cuero hacia la playa rocosa en el recodo del riachuelo. No se le ocurrió volver la mirada. Nada en su experiencia le daba razón alguna para poner en duda que el refugio y los que estaban dentro siguieran allí cuando regresara.
   Se echó al río chapoteando y al alejarse de la orilla, que se hundía rápidamente, sintió cómo la arena y los guijarros se escapaban bajo sus pies. Se zambulló en el agua fría y salió nuevamente, escupiendo, antes de dar unas brazadas firmes para alcanzar la escarpada orilla opuesta. Había aprendido a nadar antes de andar, y a los cinco años de edad se encontraba a gusto en el agua. En muchas ocasiones, la única manera en que se podía cruzar un río era nadando.
   La niña jugó un buen rato, nadando de un lado a otro, y después dejó que la corriente la arrastrara río abajo; cuando éste se ensanchó y empezó a hacer borbotones sobre las piedras, se puso en pie y regresó a la orilla, donde se dedicó a escoger piedrecillas. Acababa de poner una en la cima de un montoncillo de algunas especialmente bonitas, cuando la tierra comenzó a temblar.


Jean M. Auel, El clan del oso cavernario. Seleccionado por Laura Mahíllo, segundo de Bachillerato, curso 2012-2013.

viernes, 30 de noviembre de 2012

La momia, Anne Rice.

    Al cuarto día de viaje Elliott comprendió que Julie no volvería a salir a comer al gran salón; que haría todas sus comidas en su camarote y que probablemente Ramsey la acompañaba.
    Henry también había desaparecido casi por completo. Hundido, borracho, se pasaba el día entero metido en su camarote y no solía vestir más que los pantalones, una camisa y la chaqueta del esmoquin. Sin embargo esto no le impedía organizar partidas de cartas con miembros de la tripulación, a los que no les hacía mucha gracia la posibilidad de ser sorprendidos jugando con un pasajero de primera clase. Los rumores decían que Henry estaba ganando mucho, pero los rumores sobre él siempre habían sido los mismos. Tarde o temprano perdería todo lo que había ganado y aún más. Desde hacía mucho tiempo siempre le había ocurrido lo mismo.
   Elliot también se daba cuenta de que Julie hacía todo lo posible por no herir a Alex. Los dos daban su paseo vespertino por cubierta lloviera o hiciera sol, y de vez en cuando bailaban un rato después de la cena.
Ramsey siempre estaba allí, contemplándolos con sorprendente ecuanimidad y dispuesto a saltar en cualquier momento a bailar con Julie. Pero era evidente que habían acordado que Julie no desentendería a Alex.


Anne Rice, La momia, capítulo 12, texto seleccionado por Laura Mahillo, segundo de Bachillerato, 2012-2013.

Julio César , "escena I", William Shakespeare.

     FLAVIO - ¡Afuera! ¡A vuestras casas, holgazanes, marchad a vuestras casas! ¿Acaso es hoy día de fiesta? ¡Qué! ¿Soy trabajadores y no sabéis que en día de trabajo no debéis andar sin la divisa de vuestra profesión? ¡Habla! ¿Cuál es tu oficio?

     CIUDADANO 1º - A la verdad, señor, soy carpintero.

     MARULO - ¿Dónde está tu delantal de cuero y tu escuadra? ¿Qué haces luciendo tu mejor vestido? Y tú, ¿de qué oficio eres?

     CIUDADANO 2º - En  verdad, señor, que comparado con un obrero de lo mejor, no soy más, como diríais, que un remendón.

     MARULO - Pero ¿cuál es tu oficio? Responde sin rodeos.

     CIUDADANO 2º - Un oficio, señor, que espero podré ejercer con toda conciencia, y es, en verdad, señor, el de remendar malas suelas.

     MARULO - ¿Qué oficio tienes, bellaco? Avieso bellaco, ¿qué oficio?

     CIUDADANO 2º - No os enojéis conmigo, señor, os lo suplico. Pero aun enojado, os puedo remendar.
     MARULO - ¿Qué significa esto? ¡Remendarme tú, mozo imprudente!

     CIUDADANO 2º - Es claro, señor, remendar vuestro coturno.

     FLAVIO - ¿Es decir que eres zapatero de viejo?

     CIUDADANO 2º - En verdad, señor, yo no vivo sino por lezna. Ni me entremeto en los asuntos de los negociantes, ni en los de las mujeres, sino con la lezna. Soy en todas veras un cirujano de los calzados viejos. Cuando están en gran peligro los restauro, y la obra de mis manos ha servido a hombres tan correctos como los que en cualquier tiempo caminaron en el cuero más lujoso.

     FLAVIO - ¿Pues por qué no estás hoy en tu taller?¿Por qué llevas a estos hombres a vagar por las calles?

     CIUDADANO 2º - A decir ver, señor,  para que gasten los zapatos y tener yo así más trabajo. Pero ciertamente, si holgamos hoy es por ver a César y alegrarnos de su triunfo.

     MARULO - ¡Regocijarse! ¿De qué? ¿Qué conquista trae a la patria? ¿Qué tributarios le siguen a Roma, engalanando con los lazos de su cautiverio las ruedas de su carro? Vosotros, imbéciles, piedras, menos que cosas inertes, corazones endurecidos, crueles hombres de Roma, ¿no conocisteis a Pompeyo? ¡Cuántas y a cuántas veces habéis escalado muros y parapetos, torres y ventanas, y hasta el tope de las chimeneas, llevando en brazos a vuestros pequeñuelos, y os habéis sentado allí todo el largo día en paciente exceptación para ver al gran Pompeyo pasar por las calles de Roma! Y apenas veíais asomar su carro, ¿no lanzabais una aclamación universal que hacía temblar al Tíber en su lecho al oír en sus cóncavas márgenes el eco de vuestro clamoreo? ¿Y ahora os engalanáis  con vuestros mejores trajes? ¿Y ahora os regaláis con un día de fiesta? ¿ Y ahora os regáis de flores el camino de aquel que viene en su triunfo sobre la sangre de Pompeyo? ¡Marchaos, corred a vuestros hogares, caed de rodillas y rogad a los dioses que suspendan la calamidad que por fuerza ha de caer sobre esta ingratitud.

     FLAVIO - Id, id, buenas gentes, y por esta falta reunid a toso los infelices de vuestra clase, llevadlos a las orillas del Tíber y verted vuestras lágrimas en su cauce, hasta que su más humilde corriente llegue a besar la más encumbrada de sus márgenes. ( Salen los ciudadanos.) Mirad si no se conmueve su más vil instinto. Su culpa les ata la lengua y se ahuyentan. Bajad por aquella vía al Capitolio; yo iré por ésta. Desnudad las imágenes si las encontráis recargadas de ceremonias.

     MARULO - ¿Podemos hacerlo? Sabéis que es la fiesta lupercalia.

     FLAVIO - No importa. No dejéis que imagen alguna sea colgada en los trofeos César. Iré de aqui para allí y alejaré de las calles al vulgo. Haces los mismo dondequiera que los veáis aglomerarse. Estas plumas crecientes, arrancadas a las alas de César, no le dejarán alzar más que un vuelo ordinario. ¿Quién otro se podría cerner sobre la vista de los hombres, y tenernos a todos en servil recogimiento? (salen.)

William Shakespeare, Julio César , escena I, editorial Edaf. Seleccionado por Beatriz Iglesias , segundo de  Bachillerato, curso 2012-2013.

Otelo, "escena IV", William Shakespeare

Otra parte de la misma calle, delante de la casa de Bruto.
La misma.

     Porcia.-Corre, corre, muchacho, al palacio del senado.
No te detengas a responderme, ve al instante. ¿A qué te detienes?

     Lucio.- Para saber qué me encargáis, señora.

     Porcia.- Querría que pudieses ir y volver, aun antes de decirte lo que has de hacer allí. ¡Oh constancia! ¡Dame toda tu fuerza! Pon una montaña entera entre mi corazón y mi boca. Tengo la mente del hombre, pero la debilidad de la mujer. ¡Qué duro es para nosotras guardar secreto! ¿Todavía estás aquí?...

     Lucio.- Pero ¿qué haré señora? ¿Nada más que correr al Capitolio? ¿Y regresar lo mismo que he ido, y nada más?
     Porcia.- Sí, y avísame si tu amo parece bien, porque se fué un poco enfermo; y observa bien lo que hace César, y qué séquito le rodea. ¡Escucha! ¿Qué ruido es ése?

     Lucio.- No alcanzo a oír nada, señora. (Entra el adivino.)

     Porcia.- Acércate, mozo. ¿Por dónde has andado?

     Adivino.-En mi propia casa, señora.

     Porcia.-¿Qué hora es?

     Adivino.-Cerca de las nueves, señora.

     Porcia.-¿Ha ido ya Cérsar al Capitolio?

     Adivino.-Todavía no, señora. Voy a tomar un sitio para verle pasar al Capitolio.

     Porcia.- ¿Tienes algún lugar en el séquito de Cérsar?¿No es así?

Julio César

     Adivino.-Lo tengo, señora; y si César quiere ser tan bueno para César, que me preste oído, le suplicaré que vele por sí propio.

     Porcia.-¡Qué! ¿Sabes acaso que se intente hacerle algún mal?

     Adivino.-Ninguno, que yo sepa; pero alguno muy grande que temo podría acontecerle. Aquí la calle es angosta y la muchedumbre de senadores, pretores y secuaces comunes que se agrupan tras de los pasos de César, oprimirán a un hombre débil, quiźa hasta ahogarlo. Me iré a un sitió más despejado, y desde allí hablaré al gran César cuando pase.

     Porcia.-Debo retirarme. ¡Ay de mí! ¡Qué débil cosa es el corazón de la mujer! ¡Oh Bruto! ¡Los cielos te amparen en tu empresa! Sin duda el muchacho oyó decir: "Bruto tiene un séquito que no puede agradar a César." ¡Oh, siento que me desmayo! Corre, Lucio, y hazme presente a mi señor; dile que estoy alegre, y vuelve pronto, y repíteme lo que te habrá dicho. (Salen.)

William Shakespeare, Otelo, acto segundo, escena IV, Biblioteca Eda. Seleccionado por Esther Hernández Calvo, segundo de Bachillerato, curso 2012-2013.

El rey Lear, William Shakespeare.

  EL CONDE DE KENT.-Siempre creí al rey más inclinado al duque de Albany que al duque de Cornualles.

  EL CONDE DE GLOUCESTER.-Lo mismo creíamos todos; pero hoy, en el reparto que acaba de hacer entre los de su reino, ya no es posible afirmar a cuál de los dos duques prefiere. Ambos lotes se equilibran tanto, que el más escrupuloso examen no alcanzaría a distinguir elección ni preferencia.

  EL CONDE DE KENT.-¿No es ése vuestro hijo, señor?

  EL CONDE DE GLOUCESTER.-Su educación ha corrido a mi cargo, y tantas veces me he avergonzado de reconocerlo, que al fin mi frente, trocada en bronce, no se tiñe ya de rubor.

  EL CONDE DE KENT,-No os entiendo.

  El CONDE DE GLOUCESTER.-Su madre me entendería mejor; por haberme entendido demasiado, vio un hijo en su cuna antes que un esposo en su lecho.
¿Comprendéis ahora su falta?

  EL CONDE DE KENT.-No quisiera yo que esa falta hubiese dejado de cometerse, pues produjo tan bello fruto.

  EL CONDE DE GLOUCESTER.-Tengo, además, un hijo legítimo, que lleva a éste algunos años de ventaja, pero no por ello lo quiero más. Verdad es que Edmundo nació a la vida antes que lo llamasen; pero su madre era una beldad, y no hay que ocultar el vergonzoso fruto que dio a luz. ¿Conoces a este gentilhombre, Edmundo?


El rey de Lear , William Shakespeare, acto primero, escena primera, Biblioteca Edaf, texto seleccionado por Laura Mahíllo. Segundo de Bachillerato, curso 2012-2013