lunes, 27 de enero de 2014

El grillo del hogar, Dickens_Charles


                           Primer canto del grillo



       ¡EMPEZÓ la marmita! No me vengáis con lo que dijo la señora Peerybingle. Yo estoy mejor informado. La señora Peerybingle podrá porfiar hasta el fin de los tiempos que no sabría decir cuál de los dos empezó primero; pero yo os digo que fue la marmita. ¡Si lo sabré yo! Empezó la marmita, cinco minutos cumplidos, por el relojito holandés del rincón, reluciente de cera, antes que el grillo dejara oír su canto.
      ¡Como si el reloj no hubiera dejado ya de tocar, y el convulso segadorcito que lo corona, moviéndose a sacudidas a derecha e izquierda con su guadaña, frente a un palacio moruno, no hubiera segado medio acre de imaginaria hierba antes de que el grillo se uniese al concierto!
      Vamos, yo no soy de los que pretenden tener siempre razón. Todo el mundo lo sabe. No querría hacer valer mi opinión contra la de la señora Peerybingle si no estuviera completamente seguro. De ningún modo haría tal cosa. Pero está es una cuestión de hecho. Y el hecho es que fue la marmita la que empezó, al menos cinco minutos antes de que el grillo diera señales de vida. Contradecidme, y diré que fueron diez.
       Permítaseme narra exactamente cómo sucedió todo. Debiera haber procedido a hacerlo así de primerísima palabra, aunque solo fuera por esta simple consideración:si voy a referir una historia, debo comenzar por el principio, ¿y cómo es posible comenzar por el principio sin comenzar por la marmita?
       Fue como si hubiera entablado una especie de competición, o prueba de destreza, entiéndaseme, entre la marmita y el grillo. Y esto fue lo que llevo a los hechos y al modo en que se desarrollaron.
       La señora Peerybingle salió a la frialdad del escrúpulo y, taconeando por las mojadas losas con un par de chanclos cuyas numerosas y toscas huellas reproducían la primera proposición de Euclides por todo el patio, lleno la marmita el aljibe. De vuelta al poco rato, ya sin los chanclos ( merma bien notable, pues los chanclo eran altos y la señora Peerybingle bajita), puso la marmita al fuego.





Charles Dickens, el grillo del hogar. Primer canto del grillo, Acento editorial, Madrid,
1998, páginas 9-10. Seleccionado por: Laura Tovar García, segundo de bachillerato,
curso 2013/2014.




   

Odisea " CANTO XIV", Horacio


CANTO XIV       

[Conversación de Odiseo con Eumeo]
      
        Desde el puerto, por sitios selvosos, tomó ásperas ruta, entre algunas colinas, adonde le dijo Atenea que hallaría al porquero, el cual era de todos los siervos de Odiseo divino el que más por sus bienes miraba. Y sentado lo halló ante la puerta de un bello chiquero grande y bien construido, en un sitio de vista apacible, alto y que rodearse podía; y el mismo porquero lo hizo para los cerdos del rey que encontrábase ausente, sin que de ello supieran el alma ni el viejo Laertes, con molones, cercándolo todo de un seto espinoso; puso fuera, de un lado a otro lado, una serie de estacas muy espesas y juntas, cortadas del alma de un roble; construyó luego doce pocilgas adentro, muy juntas, dormideros de cerdas de cría, y en cada uno de ellos, sobre el suelo, se echaban cincuenta marranas , y todas parideras, y afuera los machos pasaban la noche, y eran menos, pues los pretendientes divinos, su número, al comerlos menguaban, pues siempre el porquero enviaba el mejor y más gordo de todos los cerdos que había; y trescientos sesentas eran entonces el número de ellos. Siempre hallábanse allí cuatro perros lo mismo que fieras que el porquero crió, el mayoral de los mozos pastores. A sus pies ajustábanse entonces un par de sandalias que cortaba del cuero de un buey, de color muy hermoso; de los otros, tres fuéronse con las piaras errantes, y él al cuarto lo había enviado a llevar a la villa ese cerdo obligado que los pretendientes soberbios inmolaban y luego con él su apetito saciaban.
        Y de pronto a Odiseo advirtieron los perros ladrantes, y, ladrando, lanzáronse a él, mas sentóse Odiseo con astucia , y dejo, que el callado en el suelo cayera. Tal vez junto a su establo un azar vergonzoso pasara si no hubiese acudido veloz el porquero, apartándolos, tan de prisa que el cuero teñido escapó de sus manos. Dando voces y echándoles piedras logró que los perros dispersáranse por la zahúrda y habló así a su amo:



Homero, La Odisea, Canto XIV, Barcelona, Editorial Planeta, año 1995, páginas 218-219. Seleccionado por: Paloma Montero Jiménez, segundo de bachillerato, curso 2013/2014.

Los cuentos de así fue, Rudyard Kipling

 El cangrejo que jugó con el mar.

       ASTANTE antes de los remotos y lejanísimos tiempos, mi queridísimo niño, era el Tiempo de los Verdaderos Comienzos; era por aquellos días cuando el más antiguo de los magos estaba preparando las cosas. Primero preparó la tierra; luego el mar; y finalmente dijo a todos los animales que salieran a jugar. Y los animales dijeron:

     -¡Oh tú, el más antiguo de los magos! ¿A qué podemos jugar?

     Y el mago les respondió: -Yo os lo enseñaré.

     Se dirigió al elefante( el único elefante que había ) y le dijo:

     -Juega a ser un elefante- y el único elefante que había jugó.

     Se dirigió al castor (el único castor que había) y le dijo:

     -Juega a ser un castor -y el único castor castor que había jugó.

     Se dirigió a la vaca (la única vaca que había) y le dijo:

     -Juega a ser una vaca -y la única vaca que había jugó.

     Se dirigió a la tortuga (la única tortuga que había) y le dijo:

     Juega a ser una tortuga -y la única tortuga que había jugó. Uno por uno se dirigió a todos los animales de tierra, a las aves y a los peces y les indicó a qué debían jugar.

       Mas cuando estaba atardeciendo, en ese momento en el que las personas y las cosas se sientes inquietas y cansadas, llegó el hombre. (¿Piensas que con su propia hijita?) Pues sí, con su queridísima hijita sentada en su hombro, y dijo el hombre:

     -¿Cuál es este juego, oh tú el más antiguo de los magos?

       El más antiguo de los magos le respondió: -Oh hijo de Adán, este es el juego del verdadero comienzo; pero tú eres demasiado sabio para jugar a él.

       Entonces el hombre le devolvió el saludo y le respondió: -Cierto, soy demasiado sabio para este juego; pero haz que todos los animales me obedezcan.

       Mientras los dos se hallaban hablando, Pau Amma el cangrejo, que tenía el turno siguiente para el juego, pensó para sí: <>. Nadie lo vio irse salvo la hijita, que se hallaba inclinada sobre el hombro del hombre. Y el juego prosiguió hasta que ya no quedó animal alguno sin su orden; entonces el más antiguo de los magos se sacudió el polvo de las manos y paseó por el mundo para ver cómo jugaban los animales.
      Fue al norte, queridísimo niño, donde encontró al único elefante, que hurgaba con los colmillos y pateaba con las patas la hermosa y limpia tierra que se había preparado para él.
     -¿Kun?- preguntó el elefante, lo que quería decir:<<¿Lo estoy haciendo bien?>>.
     -Payab kun- le respondió el más antiguo de los magos, lo que quería decir: <>. Entonces echó el aliento sobre las grandes rocas y terrones de tierras que el único elefante había levantado al jugar, convirtiéndolos en la enorme Cordillera Himalaya, que tú puedes ver en cualquier mapa.
 



Rudyard Kipling, Los cuentos de así fue, El cangrejo que jugó con el mar, Akal, páginas 169, 170, 171. Seleccionado por Paula Sánchez Gómez, segundo de bachillerato, curso 2013-2014.

La Odisea, Homero, "Canto XII"



      Nuestro barco las aguas dejó del océano, el gran rio, y salió nuevamente a las olas del mar anchuroso avanzando a la isla de Eea, en que tiene sus casas y sus coros la Aurora temprana y el sol sus salidas. arribados, hicimos que el barco encallase en la arena y, saliendo nosotros de él, nos rendimos al sueño en la misma rompiente aguardando la Aurora divina.

      Al mostrarse la Aurora temprana de dedos de rosa, envié por delante a mis hombres a casa de Circe que el cadáver trajeran de Élpenor mi amigo. Cortamos presurosos los leños y allá, sobre un gran promontorio que avanzaba en el mar, lo quemamos con lloros sin cuento.
      Reducido a cenizas que fue con sus armas y arreos, levantamos el túmulo y, puesta la estela, clavamos erigido en la cúspide el remo que vivo empuñara.

      En tal forma atendíamos nosotros a todo; mas Circe, al saber nuestra vuelta del Hades, llegó bien compuesta y solícita. Escolta le daban sus siervas cargadas de abundancia de pan y de carne y de vino espumoso.

       Colocándose en medio nos dijo la diosa entre diosas:
           '!Desdichados que en vida bajasteis a casa de Hades sometidos dos veces a muerte cuando una vez sola la padecen los otros! Mas, !ea¡ , bebed dulce vino y comed todo el dia; llegada la noche saldréis en la nave, que yo os mostraré vuestra ruta y remedio os daré contra toda funesta añagaza que os pueda producir nuevos daños en tierra o en mar.' Así dijo, persuadido quedó por su voz nuestro espíritu prócer y estuvimos sentados alli hasta el ocaso comiendo tasajos sin fin y bebiendo del vino esquisito.

Homero, La Odisea, Canto XII, Madrid, Editorial Gredos, 2000, páginas 189-190.
Seleccionado por Adrián Hernández García, segundo de bachillerato, curso 2013-2014.

El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, R.L. Stevenson

       Serían las nueve de la mañana, y sobre la ciudad flotaba la primera niebla de la temporada. Un gran palio color chocolate colgaba bajo del cielo, pero el viento cargaba continuamente contra él y le arrancaba jirones; y así, mientras el coche avanzaba calle tras calle, Mr. Utterson captó una maravillosa profusión de grados y tonos de luz; porque aquí estaba tan oscuro como a última hora del atardecer; y allí se divisaba un resplandor de un intenso y pálido color pardo, como la luz de alguna extraña configuración; y más allá, por un momento, la bruma se desgarraba, y por entre los remolinos que formaba miraba un haz perdido de rayos de luz. El deprimente barrio del Soho, visto bajo aquellos cambiantes atisbos, con sus lodosas calles y sus desaseados transeúntes y sus farolas de gas, que no se habían apagado quizá para combatir aquella lúgubre y nueva invasión de la oscuridad, parecía, a los ojos del abogado, como un distrito de alguna ciudad de pesadilla. Sus pensamientos, además, estaban teñidos de colores más sombríos; y cuando miró a su compañero de viaje, fue consciente del ligero miedo hacia la ley y sus agentes que muchas veces asalta incluso a la persona más honesta.


       R. L. Stevenson, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, El caso del asesinato de Carew, ed. el Mundo, col. Millenium las 100 joyas del milenio, Madrid, 1999, páginas 34-35. Seleccionado por Sara Paniagua Núñez, segundo de bachillerato, curso 2013-2014.

Cuentos de Navidad, Charles Dickens


Estrofa Segunda, El primero de los tres Espíritus.

       Cuando Scrooge se despertó, era tan oscuro que, mirando desde la cama, apenas si podía distinguir la transparencia de la ventana de las paredes opacas de su cuarto. Se esforzaba en atravesar la oscuridad con sus ojos aguzados, cuando oyó las campanas de la iglesia vecina dando los cuatro toques de los cuartos. Así que esperó que las campanas, después, le indicaran la hora.
       Se quedó sorprendido cuando la campana pasó de seis a siete toques, y de siete a ocho, y continuó su marcha normal hasta doce. Luego se detuvo. ¡Las doce! Se había ido a la cama a las dos y media. La campana debía estar equivocada. Un carámbano de hielo debía haber obstruido su maquinaria. ¡Las doce!
       Tocó el resorte de su despertador, para corregir a ese reloj de la iglesia tan creído. Su pulso rápido dio doce sonidos, y luego se detuvo.
       - ¡No! ¡No es posible!- dijo Scrooge- que haya dormido todo un día, y esté ahora a media noche del día siguiente. ¡No es posible que algo le haya ocurrido al sol, y que ahora sean las doce del mediodía!





Charles Dickens, Cuentos de Navidad, Segunda Estrofa, El primero de los tres espíritus, Evergráficas, 2005, página 33 . Seleccionado por Paula Sánchez Gómez, segundo de bachillerato, curso 2013-2014



lunes, 16 de diciembre de 2013

Amores, Ovidio

       "Era de noche y el sueño me hizo cerrar los ojos cansados. Entonces aterrorizaron mi espíritu las visiones que diré a continuación. Al pie de un cerro soleado se erguía un bosque sagrado pobladísimo de encinas y muchos pájaros se ocultaban entre sus ramas. Debajo había una muy verde extensión cubierta por una pradera de césped, húmeda del rocío del agua que resonaba suavemente. Yo mismo esquivaba el calor bajo las ramas de los árboles, pero incluso bajo el ramaje hacía calor. Veo venir, en pos de las hierbas salpicadas de flores variadas, una vaca blanca que se paró ante mis ojos: más blanca que la nieve cuando ha caído y está reciente, y todavía no ha tenido tiempo de convertirse en líquida agua; más blanca que la leche que aún blanquea con borbolleante espuma y acaba de dejar enjuta a la oveja. Un toro la acompañaba, su feliz pareja, y se echó sobre el blando suelo junto con su compañera.
       Mientras estaba tumbado y rumiaba parsimoniosamente las hierbas volviéndolas a mascar y comiendo por segunda vez el alimento que había comido antes, me pareció que había apoyado en el suelo su cornígera cabeza, porque el sueño le había privado de fuerzas para sostenerla.
       A ese lugar llegó volando por los aires con alas ligeras una corneja y se posó parloteando en el verde suelo. Por tres veces escarbó con su pico audaz en el pecho de la vaca color de nieve y le arrancó mechones de pelo blanco.
       Ella, después de algún tiempo de duda, dejó aquel lugar y al toro, pero ya tenía una obscura mancha en el pecho. Y cuando vio desde lejos toros pastando (pues unos toros pastaban a lo lejos en la herbosa dehesa), marchosé rápida hacia ellos, se juntó a la manada y buscó un suelo de hierba más abundante.



Ovideo, Amores, Libro III, Capítulo 5, Madird, editorial Gredos, S.A.,colección Biblioteca básica de Gredos, 2001, páginas 105-106. Seleccionado por: Paloma Montero Jiménez,segundo de bachilletaro, curso 2013-2014.

Tragedias, 'Heracles', Eurípides:

   
      Anfitrión. --- ¿Quién de los hombres no conoce al que compartió el lecho con Zeus, al argivo Anfitrión, Heracles? Soy yo, que poseí esta ciudad de Tebas donde floreció la espiga terrena de los "Hombres Sembrados". Ares salvó un pequeño número de su estirpe y estos llenaron la ciudad de Tebas con los hijos de sus hijos. De ellos nació Creonte, el hijo de Meneceo, soberano de esta tierra. Y Creonte fue el padre de Mégara, aquí presente, a la que un dia todos los Cadmeos celebraron con cantos de esponsales, al son de la flauta, cuando el ilustre Heracles la trajo a mi casa como esposa.
      Abandonando Tebas, donde yo habito, y dejando aquí a Mégara y a sus suegros, mi hijo se ha dirigido a la ciudad amurallada de Argos, a la ciudad ciclópea de donde yo estoy exiliado por haber matado a Electrión. Por aligerar mi infortunio y querer que yo vuelva a habitar en mi patria, está pagando a Euristeo un gran precio por mi retorno, librar de monstruos a la tierra, sometido por los aguijones de Hera o impelido por el destino.
      Ya ha llevado a cabo los demás trabajos y ahora, para terminar, ha bajado al Hades, a través de la abertura del Ténaro, para traerse a la luz al Can de tres cuerpos y no ha regresado de allí.
      Pues bien, según una antigua tradición tebana, existió un tal Lico, esposo de Dirce, que tenia tiranizada a esta ciudad de siete puertas antes de que la rigieran los blancos potros gemelos Anfión y Zeto, hijos de Zeus.
      Un hijo de Lico, del mismo nombre que su padre, que no es Cadmeo, sino procedente de Eubea, ha matado a Creonte y, tras el crimen, domina esta tierra. Ha caido sobre esta ciudad enferma y dividida en facciones. Así que el parentesco que nos une a Creonte se nos ha tornado en terrible mal, como es obvio.
    

Eurípides, Tragedias II, Heracles
Madrid,Editorial Gredos, Colección Biblioteca Clásica Gredos 7 , 2000, páginas 23-24-25
Seleccionado por: Adrián Hernández García, segundo de bachillerato, curso 2013-2014

lunes, 25 de noviembre de 2013

En el camino, Jack Kerouac

       Caminé hasta Sabinal autopista abajo comiendo nueces negras de un nogal. Me dirigí a las vías del tren y seguí por ellas haciendo equilibrios. Pasé por delante del depósito de agua y de una fábrica. Era el final de algo. Fui a la oficina de telégrafos de la estación en busca de mi giro de Nueva York. Estaba cerrada. Lancé un juramento y me senté en las escaleras a esperar. El que vendía los billetes me invitó a entrar. El dinero había llegado; mi tía me había salvado de nuevo.
       -¿Quién cree usted que ganará el campeonato mundial este año?- dijo el viejo y flaco empleado. De repente, comprendí que había llegado el otoño y regresaba a Nueva York.
       Caminé de nuevo por las vías a la triste luz de octubre del valle, con la esperanza de que pasara un tren de carga y unirme así a los vagabundos que comían uvas y leían tebeos. No pasó ningún tren. Bajé hasta la autopista y me recogieron enseguida. Fue el más rápido y estimulante trayecto de toda mi vida. El conductor era un violinista de una orquesta californiana de vaqueros. Tenía un coche último modelo y corría a ciento treinta por hora.
       -No bebo cuando conduzco- dijo, tendiéndome una botella. Tomé un trago y se la pasé-. ¡Qué coño!- añadió, y bebió.
       Cubrimos la distancia de Sabinal a LA en el tiempo asombroso de cuatro horas justas para los cuatrocientos kilómetros. Me dejó exactamente delante de la Columbia Pictures de Hollywood; tuve el tiempo justo de entrar y recoger mi guión rechazado. Entonces compré un billete de autobús hasta Pittsburgh. No tenía bastante dinero para ir hasta Nueva York. Ya me preocuparía de ello cuando llegara a Pittsburgh.
       Como el autobús salía a las diez, tenía cuatro horas para recorrer Hollywood solo. Primero compré una hogaza de pan y salchichón y me hice diez emparedados para mantenerme durante el camino. Me quedaba un dólar. Me senté en la valla de cemento de un aparcamiento y me hice los emparedados. Mientras llevaba a cabo esta absurda tarea, grandes haces de focos de un estreno de Hollywood surcaban el cielo, el susurrante cielo de la Costa Oeste. A mi alrededor oía los ruidos de esta frenética ciudad de la costa de oro. Y a esto se redujo mi carrera en Hollywood... Era mi última noche en Hollywood, y estaba extendiendo mostaza sobre pan en la parte trasera de un aparcamiento.


Jack Kerouac, En el camino, ed. Anagrama, col. Compactos, Barcelona, 2004, páginas 123-124. Seleccionado por Sara Paniagua Núñez, segundo de bachillerato, curso 2013-2014.

Las aventuras de Tom Sawyer, Mark Twain

Capítulo XVIII


         Aquél era el gran secreto de Tom: la idea de regresar con sus compañeros en piratería y asistir a sus propios funerales. Habían remado hasta la orilla del Missouri, a horcajadas sobre un tronco, al atardecer del sábado, tomando tierra a cinco o seis millas más abajo del pueblo; habían dormido en los bosques, a poca distancia de las casas, hasta la hora del alba, y entonces se habían deslizado por entre callejuelas desiertas y habían dormido lo que les faltaba de sueño en la galería de la iglesia, entre un caos de bancos perniquebrados.
          Durante el desayuno, el lunes por la mañana, tía Polly y Mary se deshicieron en amabilidad con Tom y en agasajarle y servirle. Se habló mucho, y en el curso de la conversación dijo tía Polly:
                -La verdad es que no puede negarse que ha sido un buen bromazo, Tom, tenernos sufriendo a todos casi una semana, mientras vosotros lo pasabais en grande, pero ¡qué pena que hayas tenido tan mal corazón para dejarme sufrir a mí de esa manera! Si podías venirte sobre un tronco para ver tu funeral, también podías haber venido y haberme dado a entender de algún modo que no estabas muerto, sino únicamente de escapatoria.
              -Sí, Tom, debías haberlo hecho -dijo Mary-, y creo que no habrías dejado de hacerlo si llegas a pensar en ello.
                  -¿De veras, Tom? -dijo tía Polly con expresión de viva ansiedad-. Dime, ¿lo hubieras hecho si llegas a acordarte?
                  -Yo..., pues no lo sé. Hubiera echado todo a perder.
                  -Tom, creí que me querías siquiera para eso -dijo la tía con dolorido tono, que desconcertó al muchacho-. Algo hubiera sido el quererme lo bastante para pensar en ello, aunque no lo hubieses hecho.

La señora del perrito y otros cuentos, Anton Chejov

LA SEÑORA DEL PERRITO


        Se decía que en el paseo marítimo había aparecido una cara nueva: una señora con un perrito. Dmitri Dmitrich Gurov, que llevaba quince días en Yalta y era ya de los habituados, empezaba también a interesarse por las caras nuevas. Sentado en el restaurante de Vernet, vio pasar por la explanada a una señora joven, rubia, de mediana estatura y tocada de boina. Tras ella corría un perrito de Pomerania blanco. Más tarde tropezó con ella varias veces al día en el jardín municipal y en la glorieta. Paseaba sola, siempre con la misma boina y con el perro blanco. Nadie sabía quien era y la llamaban sencillamente "la señora del perrito".
       "Si está aquí sin el marido y no tiene amistades -pensaba Gurov-, valdría la pena trabar conocimiento con ella".
       Gurov no había llegado todavía a la cuarentena, pero tenía ya una hija de doce años y dos hijos en la escuela secundaria. Le habían casado temprano, cuando aún estaba en el segundo año de universidad, y ahora su mujer parecía tener veinte años más que él. Era alta, tiesa, de cejas oscuras, grave, altanera y, como ella misma decía, intelectual. Leía mucho, usaba una ortografía abreviada en sus cartas y llamaba a su marido no Dmitri, sino Dimitri. Él, allá en sus adentros, la tenía por necia, angosta en su espíritu y desaliñada. Le tenía miedo y no gustaba de quedarse en casa. Ya hacía tiempo que la engañaba, la engañaba a menudo y quizá por ello decía pestes de las mujeres. Cuando en su presencia se hablaba de ellas exclamaba:
       -Son una raza inferior.
      Creía que la amarga experiencia le había enseñado lo bastante para llamarlas lo que le viniera en gana; y, sin embargo no hubiera podido vivir dos días sin la"raza inferior". En compañía de hombres se aburría, se encontraba a disgusto, era frío e incomunicativo; pero cuando estaba con mujeres se sentía libre, sabía qué decirles y cómo comportarse. Le era fácil incluso guardar silencio ante ellas. En su aspecto, en su carácter, en toda su persona, había algo inasible y atrayente que subyugaba y seducía a las mujeres. Él lo sabía y, a su vez, se sentía arrastrado hacia ellas por una fuerza desconocida.

 La señora del perrito y otros cuentos, Anton Chéjov. Capítulo décimo. Editorial: Alianza, Madrid, 1995, páginas  169 y 170. Seleccionado por: Natalia Sánchez Martín. Curso: Segundo de bachillerato.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Aventuras de Robinsón Crusoe, Defoe_Daniel

       Comencé a observar el movimiento regular de cada estación lluviosa o seca, y aprendí a preverlas y a tomar las precauciones necesarias; pero ese estudio me costó caro,y lo que voy a referir es una de las experiencias que me desanimó más. He dicho ya que había conservado un poco de cebada y arroz que había crecido de un modo casi milagroso; poco más o menos, tendría unas treinta espigas de arroz y unas veinte de cebada. Creí que pasada la estación de las lluvias sería el momento propicio para sembrar, entrando el Sol en el solsticio de verano y alejándose de mí.
       Cavé,pues, del mejor modo que pude y supe con mi azadón de madera un tozo de tierra, en la cual hice dos divisiones, y empecé a sembrar el grano. Afortunadamente, en medio de la operación se me ocurrió que sería conveniente no sembrarlo todo en primera vez, pues ignoraba cuál fuera estación más propia para la siembra; no aventuré, pues, más que las dos terceras partes de mi grano, reservando poco más de un puñado de cada especie.
       Fue una sabía precaución. De todo lo que había sembrado no germinó ni un solo grano, porque los meses siguientes formaban parte de la estación seca, y se hallaba la tierra privada de agua, y faltó la humedad necesaria para germinar la semilla. Nada, pues, germinó entonces ; pero cuando vino la estación lluviosa, vi crecer aquellos granos como si acabase de sembrarlos.
      Viendo que mi primera siembra había tenido mal éxito, y comprendiendo que la sequía era la única causa,busqué un terreno húmedo para hacer un segundo ensayo. Cavé una pieza de de tierra cerca de mi tienda, y sembré el resto del grano en el mes de febrero, un poco antes del equinoccio de primavera. Esta siembra, humedecida con las aguas de marzo y abril, salió perfectamente, y dio muy buena cosecha ; pero como había empleado no más que una parte de la semilla que tenía en reserva, no queriendo aventurarla toda, recogí no más que una pequeña cosecha, cerca de un celemín mitad de arroz y mitad de cebada. Por lo demás, aquella prueba me había hecho muy experto en la materia : yo sabía ya cuando era necesario sembrar, y había descubierto que podía hacer en el año dos siembras y dos recolecciones.





 Daniel Defoe, Aventuras de Robinsón Crusoe. Cápitulo VII. Espasa-Calpe, Madrid, 1981, páginas 98-99. Seleccionado por Laura Tovar García, segundo de bachillerato,curso 2013-2014.

Almas muertas, Nikolai Gogol

       Durante este tiempo Chíchikov tuvo el placer de experimentar los agradables minutos que todos los viajeros conocen, cuando la maleta está hecha y el suelo queda lleno de cuerdas, papeles y basura, cuando uno no pertenece ni al camino ni al lugar en que se encuentra, cuando ve por la ventana a las gentes que pasan hablando de sus pequeños asuntos, levantan la vista con una estúpida curiosidad, lo miran y siguen adelante, circunstancia ésta que aumenta el mal humor del pobre viajero que no viaja.
       A uno le repugna todo lo que ve: la tienda de la otra acera, la cabeza de la vieja de la casa de enfrente, que se acerca a la ventana de menguadas cortinillas, pero no se aparta. Sigue mirando, ya sin darse cuenta de lo que ve, ya con una atención embotada, mira lo que se mueve y aplasta furioso una mosca que zumba y da golpes contra el cristal.
       Pero todo tiene su fin, y así llegó el momento deseado. Todo estaba dispuesto: la delantera del coche había sido arreglada, la rueda reforzada con una llanta nueva y los caballos abrevados; los bandidos de los herreros se marcharon, contando el dinero recibido y deseándole un buen viaje. El coche fue enganchado, colocaron en él dos hogazas recién salidas del horno que acababan de comprar, Selifán guardó algo en la bolsa del pescante y, por último, nuestro héroe subió al coche despedido por el mozo de la fonda, vestido con su eterna levita de bocací, por los demás criados de la fonda y los sirvientes y cocheros de otros señores, gente que siempre aprovechaba la ocasión para asistir al espectáculo de la salida de un vehículo, y el coche aquel, del tipo como el que suelen emplear los solterones, que tanto tiempo se había detenido en la ciudad, y que acaso haya cansado al lector, salió del portal de la fonda. <<¡Gracias a Dios!>>, pensó Chíchikov, persignándose.


       Gógol, Almas muertas, ed. RBA, col. Historia de la Literatura, Barcelona, 1994, pag 196. Seleccionado por Sara Paniagua Núñez, segundo de bachillerato, curso 2013-2014.

El grillo del hogar, Dickens_Charles

       El reloj holandés del rincón daba las diez cuando el recado tomaba asiento junto a la chimeneas de su casa. Estaba tan turbado y tan lleno de aflicción y de congoja que pareció asustar al cuco, el cual, abreviando sus diez melodiosos avisos todo lo posible, volvió precipitadamente al interior de su palacio moruno y cerró de golpe tras él su puertecilla, como si el inusitado espectáculo fuera algo demasiado fuerte para sus sentimientos.
       Si el segadorcito hubiera estado armado con la más afilada de las guadañas y hubiera llegado en cada envite al corazón del recadero, jamás se lo habría partido y herido como Dot lo había hecho.
       Porque era un corazón tan lleno de amor por ella, tan ligado y unido a ella por innumerables hilos de recuerdos cautivadores, forjado en la demostración cotidiana de sus muchas cualidades de mujer hacendosa; un corazón en el que ella había entronizado tan dócil, tan puro y tan sincero en su Verdad, tan firme en el bien, tan flojo para el mal, que al principio no fue capaz de abrigar sentimientos pasionales ni de venganza, y sólo había sitio en él para albergar la quebrantada imagen de su ídolo.
       Pero luego, lenta, muy lentamente, sentado el recadero al borde de su hogar, ahora frío y oscuro, con sus cavilaciones empezaron a surgir en su alma otros pensamientos más violentos, como un viento enfurecido que se levanta en la noche. El forastero estaba allí mismo, bajo su propio techo ultajado. Tres pasos le llevarían  ante la puerta de su cuarto. De un solo golpe la echarían abajo."Podríais perpetrar un asesinato antes de daros cuenta", había dicho Tackleton.¿Cómo iba a ser un asesinato, si le daba al canalla la oportunidad de enzarzarse con él a brazo partido, y si de los dos, era el otro más joven?
       Era una idea inoportuna, mala para el humor tétrico que lo dominaba. Una idea inesperada por la cólera, acicate para un acto de venganza que transformaría la casa, tan alegre hasta entonces, en un lugar maldito que evitarían de noche los viandantes solitarios, por miedo a las apariciones, y donde los más medrosos verían sombras peleando en las ruinosas ventanas cuando palideciera la luna, y oirían ruidos estremecedores en medio de la tempestad.
       ¡El otro era el más joven! Sí, claro; algún galán que había conquistado el corazón que él, en cambio, jamás había conmovido. Algún galán que la había enamorado en su juventud, objeto de sus pensamientos y de sus sueños y por el que había venido suspirando y suspirando, mientras él imaginaba tan feliz a su lado. ¡Qué tortura pensarlo!



Charles Dickens, El grillo del hogar. Tercer canto del grillo, Acento Editorial, Madrid, 1998, páginas 101-103. Seleccionado por: Paloma Montero Jiménez, segundo de bachillerato, curso 2013/2014.

lunes, 4 de noviembre de 2013

El sabueso de los Baskerville "Capítulo VI: La mansión de los Baskerville", Arthur Conan Doyle

  El día señalado, Sir Henry Baskerville y el doctor Mortimer estaban listos para emprender viaje y, tal como habíamos convenido, salimos los tres camino de Devonshire. Sherlock Holmes me acompañó a la estación y antes de partir me dio las últimas instrucciones y consejos.       -No quiero influir sobre usted sugiriéndole teorías o sospechas, Watson. Limítese a informarme de los hechos de la manera más completa posible y deje para mi las teorías.
       -¿Qué clase de hechos? -pregunté yo.
       -Cualquier cosa que pueda tener relacion con el caso, por indirecta que sea, y sobre todo las relaciones del joven Baskerville con sus vecinos, o cualquier elemento nuevo relativo a la muerte de Sir Charles. Por mi parte he hecho algunas investigaciones en los últimos días, pero mucho me temo que los resultados han sido negativos. Tan sólo una cosa parece cierta, y es que el señor James Desmond, el próximo heredero, es un caballero virtuoso de edad avanzada, por lo que no cabe pensar en él como responsable de esta persecución. Creo sinceramente que podemos eliminarlo de nuestros cálculos. Nos quedan las personas que en el momento presente conviven con Sir Henry en el páramo.
       -¿No habría que librarse en primer lugar del matrimonio Barrymore?
       -No, no; eso sería un error imperdonable. Si son inocentes cometeríamos una gran injusticia y si son culpables estaríamos renunciando a toda posibilidad de demostrarlo. No, no; los conservaremos en nuestra  lista de sospechosos. Hay además un mozo de cuadra en la mansión,si no recuerdo mal. Tampoco debemos olvidar a los dos granjeros que cultivan las tierras del páramo. Viene a continuación nuestro amigo el doctor Mortimer, de cuya honradez estoy convencido, y su esposa, de quien nada sabemos. Hay que añadir a Stapleton, el naturalista, y a su hermana quien, según se dice, es una joven muy atractiva. Luego está el señor Frankland, de la mansión Lafter, que también es un factor desconocido, y uno o dos vecinos más. Ésas son las personas que han de ser para usted objeto muy especial de estudio.
       -Haré todo lo que esté en mi mano.
       -¿Lleva usted algún arma?
       -Sí, he pensado que sería conveniente.
       -Sin duda alguna. No se aleje de su revólver ni de día ni de noche y manténgase alerta en todo momento.
       Nuestros amigos ya habían reservado asientos en un vagón de primera clase y nos esperaban en el andén.


Athur Conan Doyle, El sabueso de los Baskerville. Capítulo sexto, La mansión de los Baskerville, Editorial: Vincens Vives, Barcelona, 2007, páginas  71 y 72.
Seleccionado por: Natalia Sánchez Martín, curso segundo bachillerato