viernes, 1 de abril de 2016

La educación sentimental, Gustave Flaubert

Una mañana del mes de diciembre, cuando se dirigía al curso de práctica forense, creyó observar en la calle -Saint, Jacques más animación que de ordinario. Los estudiantes salían precipitadamente de los cafés, o, por las ventanas abiertas, se llamaban de una casa a otra; los tenderos, en las aceras, miraban con inquietud; se cerraban las contraventanas, y cuando llegó a la calle Soufflot vio una gran multitud alrededor del Panteón. Grupos desiguales de cinco a doce jóvenes se paseaban tomados del brazo y se acercaban a otros grupos mayores estacionados en diversos lugares; en el fondo de la plaza, junto a las verjas, unos hombres de blusa peroraban, mientras los guardias municipales, con el tricornio ladeado y las manos a la espalda, iban y venían a lo largo de las paredes haciendo resonar el pavimento con sus gruesas botas. Todos tenían un aire misterioso y turulato; algo se esperaba, evidentemente, y había en el borde de todos los labios una interrogación. Federico se encontró junto a un joven rubio, de rostro simpático, con bigote y perilla como un refinado de la época de Luis XIII. Preguntole por la causa de aquel desorden. -No sé nada ---contestó el otro-, ni tampoco ellos lo saben. ¡Es la moda del día! ¡Qué buena farsa! Y se echó a reír. Las peticiones para la Reforma que obligaban a firmar en la guardia nacional, juntamente con el empadronamiento Humann y otros acontecimientos producían desde hacía seis meses en París tumultos inexplicables, e incluso se repetían con tanta frecuencia que los diarios ya no hablaban de ellos. -Esto no tiene contorno ni color-continuó el vecino de Federico Tengo la impresión, señor, de que hemos degenerado. En la buena época de Luis XI, y aun en la de Benjamín Constant, había más rebeldía entre los estudiantes. Me parecen pacíficos como carneros, estúpidos como pepinillos e idóneos para horteras. ¡Pascua de Dios! ¡Y a esto se le llama juventud escolar! Y abrió ampliamente los brazos, como Federico Lemaître en Robert Macaire. -¡Juventud escolar, yo te bendigo!

Gustave Flaubert, La educación sentimental,  http://www.catedras.fsoc.uba.ar/varela/archivos/Flaubert.pdf.
Seleccionado por Lidia Rodríguez Suárez. Segundo de bachillerato. Curso 2015-2016-

Las aventuras de Oliver Twist, Charles Dickens

Cuando Oliver se despertó a la mañana siguiente, vio, sorprendido, que sus viejos zapatos habían desaparecido y que, en su lugar, se encontraban otros nuevos y lustrosos. No tardó mucho en entender tal cambio. -Esta noche irás a casa de Sikes -le dijo Fagin. No le dio ninguna explicación más y Oliver tampoco se atrevió a hacer preguntas. Pero antes de marcharse dejando de nuevo a Oliver solo en la casa, el ladrón le dijo: -Ahí tienes un libro para que lo leas mientras vienen a buscarte. Oliver cogió el libro; en él se contaban las vidas de grandes malhechores; eran relatos de espantosos crímenes que helaban la sangre, de asesinatos secretos y cadáveres escondidos. En un ataque de pavor, arrojó el libro lejos de él, se hincó de rodillas y empezó a rezar -¡Oh, Dios mío! ¡Líbrame de ser autor o víctima de crímenes tan espantosos! Estaba todavía en aquella postura, con la cabeza hundida entre las manos, cuando se sobresaltó al oír un leve ruido. -Tranquilo, Oli, soy yo, Nancy -dijo la muchacha con un susurro. -¿Qué te pasa, Nancy? Estás muy pálida. -¡Esta habitación es tan húmeda! -disimuló la muchacha, abrigándose con su manto-. Vamos. Te tengo que llevar a casa de B¡ll. Sin decir una palabra, Oliver se cogió de su mano y, tras un breve pero profundo silencio, Nancy respiró hondo y dijo: -Mina, Oliver, he intentado hacer algo por ti, pero ha sido en vano. Ahora no es el momento de escapar Te libré una vez de ser maltratado, y lo volveré a hacer pero esta vez debes portarte bien. Si no, sólo conseguirás perjudicarte a ti mismo, y también a mí. Luego, enseñándole unos cardenales que tenía en el cuello y en los brazos, añadió en voz muy baja: -¡Mira, Oliver! Todo esto lo he pasado por ti. Si pudiera ayudarte, lo haría, pero no tengo los medios.

Charles Dickens, Las aventuras de Oliver Twist, http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/d/dickens,%20charles%20-%20oliver%20twist.pdf. Seleccionado por Lidia Rodríguez Suárez. Segundo de bachillerato. Curso 2015-2015.

Los Novios, Alessandro Manzoni.


Capítulo XIV.
 —Te daré una razón, querido posadero mío, y lo entenderás. Si los bandos que hablan bien, en favor de los buenos  cristianos, no cuentan; tanto menos deben contar los que hablan mal. De modo que quita de ahí todos esos enredos, y trae en cambio otro frasco; porque éste está rajado —diciendo esto, lo golpeó ligeramente con los nudillos, y agregó—: Escucha, escucha, posadero, cómo suena a hueco. 
 También esta vez, Renzo, poco a poco, había atraído la atención de los que estaban a su alrededor: y también esta vez fue aplaudido por el auditorio. 
 —¿Qué debo hacer? —dijo el posadero, mirando a aquel desconocido, que no era tal para él. 
 —Vamos, vamos —gritaron muchos de los parroquianos—: tiene razón, ese joven: todo eso son vejaciones, trampas, estorbos: ley nueva hoy, ley nueva. 
 En medio de estos gritos, el desconocido, lanzando al posadero una ojeada de reproche, por aquel interrogatorio demasiado descubierto: 
 —Dejad que haga lo que le parece: no hagáis escenas. 
 —He cumplido con mi deber —dijo  el posadero en voz alta; y después para sí: 
 —Ahora estoy entre la espada y la pared. —Y cogió papel, pluma y tintero, el bando y el frasco vacío, para entregárselo al mozo. 
 —Trae del mismo —dijo Renzo—: que  lo encuentro bueno; y volvió a sentarse bajo la campana de la chimenea. «¡Pedazo de liebre!», pensaba, haciendo de nuevo arabescos en la ceniza: «¡En buenas manos has ido a caer!, ¡So asno! Si quieres ahogarte, ahógate; pero el posadero de la Luna llena no pagará los platos rotos por tus locuras.» 
 Renzo dio las gracias a su guía, y a todos los otros que se habían puesto de su parte. 
 —¡Bien por los amigos! —dijo—. Ahora veo que los hombres de bien se echan una mano, y se apoyan—. Luego, extendiendo la diestra en el aire por encima de la mesa, y adoptando otra vez la actitud de orador —¡Gran cosa —exclamó— que todos los que gobiernan el mundo, quieran meter en todo papel, pluma y tintero! ¡Siempre con la pluma en el aire! ¡Qué manía tienen esos señores de manejar la pluma! 
 —¡Eh, buen labriego! ¿Queréis saber por qué?  —dijo riendo uno de aquellos jugadores, que iba ganando. 
 —Oigámoslo —respondió Renzo.
Alessandro Manzoni, Los Novios,https://ysseg14.files.wordpress.com/2011/06/los-novios-alessandro-manzoni1.pdf,texto seleccionado por  Daniel Carrasco Carril, Segundo de Bachillerato, curso 2015-2016.

La hija del capitán, Alexandre Pushkin

CAPITULO II

El cochero puso los caballos a galope, pero no dejaba de mirar al este. Los caballos iban a buena marcha. Entre tanto, el viento iba siendo más fuerte por momentos. La nubecilla se había convertido en una nube blanca que se levantaba lentamente y crecía hasta cubrir poco a poco todo el cielo. Empezó a caer una nieve menuda, y de repente cayeron grandes copos. Aullaba el viento; había empezado la tormenta. En un instaste, el cielo se juntó con el mar de nieve. Todo desapareció.
-¡Señor!  -gritó el cochero ¡Estamos perdidos! ¡La tormenta!
Me asomé a la ventanilla de la kibitka todo era oscuridad y remolinos. El viento aullaba con una expresión tan feroz, que parecía un ser vivo; la nieve nos cubría a Savélich y a mi; los caballos se pusieron al paso y luego se pararon.
-¿Por qué no sigues?  -pregunté impaciente al cochero.
-¿Y para qué quiere que siga? -respondió bajando del pescante-. No sé ni dónde estamos; no hay camino, todo está oscuro.
Me puse a reñirle, pero Savélich le defendió:
-Todo ha sido por no hacernos caso  --decía malhumorado-. Ya estaba en la posada, habrías tomado té y dormido hasta mañana; la tormenta se habría calmado y podríamos seguir adelante. ¿Qué prisa tenemos? Ni que fuéramos a una boda.

Alexandre Pushkin, La hija del capitán, http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/P/Pushkin,%20Alexander%20-%20La%20hija%20del%20capitan.pdf
Seleccionado por Laura Agustín Críspulo, Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016.




Nuestra señora de París, Victor Hugo


IV LOS INCONVENIENTES DE IR TRAS UNA
BELLA MUJER DE NOCHE POR LAS CALLES
     Gringoire por lo que pudiera pasar, quiso seguir a la gitana. La había visto tomar, con su cabra, la calle de la Coutellerie y él había hecho lo mismo.
     -¿Y por qué no? -se dijo.
     Gringoire, filósofo práctico de las calles de París, se había dado cuenta de que nada es tan propicio al ensueño como seguir a una mujer bella sin saber a dónde va. Existe en esta abdicación voluntaria del libre albedrío, en esta fantasía, que a su vez se somete a otra fantasía, una mezcla de independencia fantástica y de obediencia ciega, un no sé qué intermedio entre la libertad y la esclavitud, que agradaba a Gringoire. En efecto, su espíritu era esencialmente mixto, complejo a indeciso, interesado en todos los temas y pendiente un poco de todas las propensiones humanas, pero neutralizando cada una de ellas con su contraria.
     Le gustaba compararse a la tumba de Mahoma, atraída en sentidos contrarios por dos piedras de imán, dudando eternamente entre lo alto y lo bajo, entre la bóveda y el suelo, entre la caída y la elevación entre, el cenit y el nadir.
     Si Gringoire viviera en nuestros días ¡qué bien sabría mantenerse en un término medio entre lo clásico y lo romántico!, pero no era lo suficientemente primitivo como para vivir trescientos años y era una lástima. Su ausencia es un vacío que hoy día lamentamos.
     Por otra parte, para seguir por las calles a los transeúntes (y sobre todo a las transeúntes), cosa que Gringoire hacía con cierta frecuencia, lo mejor es no saber en dónde va uno a dormir.
     Iba, pues, pensativo detrás de la muchacha, que aceleraba el paso y hacía ir al trote a su cabritilla al ver que la gente se recogía ya y que las tabernas, únicos establecimientos abiertos aquel día se iban cerrando.
     Después de todo, iba pensando Gringoire, en algún lugar tendrá que dormir y las gitanas suelen tener buen corazón. ¡Quién sabe si...!, y él llenaba esos puntos suspensivos con no se sabe muy bien qué ideas peregrinas.
     Sin embargo, de vez en cuando, al pasar junto a los últimos grupos de burgueses que se despedían ya para retirarse, cogía al vuelo algún retazo de sus conversaciones que venían a romper la lógica de sus optimistas hipótesis.
     A veces se trataba de dos viejos que comentaban...
     -Maese Thibaut Femicle, ¿sabéis que hace frío?
     ¡Gringoire lo sabía bien desde el comienzo del invierno!
     -Ya lo creo maese Bonifacio Disome. ¿Tendremos un invierno como el de hace tres años, el del 80, en el que la madera costó a ocho sueldos el haz?
     -¡Bah! ¡Eso no eso no fue nada, maese Thibaut! ¿Se acuerda de aquel invierno de 1407, que no paró de helar desde San Martín hasta la Candelaria? Lo hacía con tal fuerza que hasta la pluma del parlamento se helaba a cada tres palabras y por eso hubo que suspender las actuaciones de la justicia...
     Un poco más allá eran unas vecinas a la ventana, alumbradas con candiles que el viento hacía chisporrotear.
     -¿Vuestro marido os ha contado ya la desgracia, señora Boudraque?
     -No. ¿De qué se trata, señora Tourquant?
     -Del caballo del señor Gilles Godin, el notario del Châtelet, que se ha desbocado, al ver a los flamencos y la procesión, y ha tirado por los suelos a maese Philipot Avrillot, oblato de los celestinos.
     -¿De verdad?
     -Ya lo creo.
     -¡Un caballo burgués! ¡Quién lo iba a pensar! ¡Si al menos hubiera sido un caballo del ejército!
     Y se iban cerrando las ventanas y Gringoire, distraído con las conversaciones, perdía el hilo de sus ideas.
     Por suerte lo volvía a encontrar enseguida y enlazaba sin dificultad, gracias sobre todo a la bohemia que, con su cabra, marchaba por delante; eran dos delicadas finas y encantadoras criaturas, en las que admiraba sus pequeños pies, sus lindas formas, sus graciosos ademanes, confundiendo casi a las dos en su imaginación, al considerarlas mujeres por su inteligencia y su amistad y cabritillas por su ligereza y agilidad y por la destreza de sus andares.
     Las calles se iban haciendo cada vez más oscuras y solitarias. Hacía bastante tiempo que había sonado el toque de queda y sólo se veía ya, muy de cuando en cuando, a un transeúnte por las calles o una luz en las ventanas.
     Gringoire se había internado, siguiendo a la egipcia, en aquel dédalo inextricable de callejuelas, encrucijadas y callejones sin salida, que rodean el antiguo sepulcro de los inocentes y que se asemeja a un ovillo enmarañado por un gato.
     -Desde luego estas callejuelas tienen muy poca lógica -decía Gringoire, perdido en esos mil caminos, que venían a desembocar en ellos mismos, y que la joven daba la impresión de conocer tan bien, moviéndose entre ellos con pasos ligeros sin la más pequeña duda.
     En cuanto a él, no habría tenido la menor idea del lugar en donde se encontraba, si no hubiera sido porque, al paso, a la vuelta de una calleja, descubrió la masa octogonal de la picota del mercado, cuyo tejadillo abierto destacaba vivamente su silueta negra contra una ventana iluminada aún en la calle Verdelet.
     Hacía ya un ratito que la joven se había dado cuenta de que la seguían y varias veces había vuelto hacia él su cabeza con cierta preocupación. Incluso una vez se había parado en seco y, aprovechando un rayo de luz que se escapaba de la puerta entreabierta de una panadería, le había mirado fijamente de arriba a abajo.
     Después Gringoire había visto hacer a la gitana la mueca aquella que debía resultarle familiar, y había seguido su camino.
     La mueca dio que pensar a Gringoire pues había burla y desdén en aquel gesto, hasta cierto punto gracioso, y por eso comenzó a bajar la cabeza y a contar los adoquines, siguiendo a la joven a una distancia mayor cuando, al doblar una calle, en donde momentáneamente la había perdido de vista, oyó un grito penetrante.
     Apresuró el paso. La calle estaba totalmente a oscuras; sin embargo, una lamparita que ardía en una hornacina a los pies de la Virgen, en un rincón de la calle permitió a Gringoire distinguir a la gitana debatiéndose en los brazos de dos hombres que procuraban ahogar sus gritos. La cabritilla, asustada, bajaba los cuernos y se ponía a balar.
     -¡Socorro! ¡A mí la ronda! ¡Socorro, guardianes! -gritó Gringoire al mismo tiempo que se dirigía valientemente hacia allí. Uno de los que sujetaban a la joven se volvió hacia él; era la formidable figura de Quasimodo.
     Gringoire no emprendió la huida pero tampoco dio un paso más adelante.
     Quasimodo se llegó hasta él y de un revés lo lanzó a cuatro pasos contra el empedrado; luego se adentró rápidamente hacia la oscuridad llevándose a la joven bajo el brazo como si fuera un echarpe de seda, seguido de su compañero; mientras la pobre cabra corría tras ellos balando quejumbrosa.
     -¡Asesinos! ¡Socorro! -gritaba la desdichada gitana.
     -¡Alto ahí, miserables! ¡Soltad a esa mujer! -dijo con voz de trueno un caballero que surgió de repente de una plazuela próxima. Se trataba de un capitán de los arqueros, armado de pies a cabeza y con un espadón en la mano.
     Arrancó a la bohemia de los brazos de Quasimodo, estupefacto; la colocó de través en la silla de montar y en el momento en que el terrible jorobado, recuperado de la sorpresa, se lanzaba sobre él para recuperar a su presa, surgieron quince o más arqueros que seguían a su capitán armados todos con espadas.
     Se trataba de un escuadrón de la guardia real que hacía la contrarronda por orden de micer Roberto d'Estouteville, guardián del prebostazgo de París.
     Entre todos cercaron a Quasimodo, lo cogieron y lo ataron. Rugía, echaba espuma por la boca, mordía y, si no hubiera sido de noche, podemos estar seguros de que su horripilante cara, más repulsiva aún por hallarse encolerizado, habría puesto en fuga a todo el escuadrón. Pero, por la noche, carecía de su arma más temible; su fealdad.
     Su compañero se escabulló durante la refriega.
     La gitana se irguió con elegancia en la silla del oficial, apoyó sus dos manos en los hombros del capitán y le miró fijamente durante unos segundos, como encantada de su atractivo aspecto y de la ayuda que acababa de prestarle. Después, rompiendo a hablar la primera, le dijo haciendo más dulce aún su dulce voz:    -¿Cómo os llamáis, señor gendarme?
     -Capitán Febo de Cháteaupers para serviros, preciosa respondió el capitán irguiéndose.
     -Gracias -le dijo.
     Y mientras el capitán se entretenía atusándose su bigote a la borgoñona, ella se deslizó hasta el suelo, desde el caballo, como una flecha que cae a tierra y huyó tan rápidamente, que un relámpago habría tardado más en desvanecerse.
     -¡Por el ombligo del papa! -dijo apretando las ligaduras de Quasimodo-. A fe mía que habría preferido quedarme con la mozuela.
     -¡Qué queréis capitán! -dijo uno de los guardias-. La pájara ha levantado el vuelo pero nos queda el murciélago.

Victor Hugo, Nuestra señora de París, http://www.pdf-libros.com/2015/07/nuestra-senora-paris-pdf.html
Seleccionado por Clara Fuentes Gómez, Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016

Los miserables, Victor Hugo


V


Noche que deja entrever el día

Oyendo llamar a la puerta, Jean Valjean dijo con voz débil:
-Entrad, está abierto.
Aparecieron Cosette y Marius. Cosette se precipitó en el cuarto. Marius permaneció de pie en el umbral.
-¡Cosette! -dijo Jean Valjean y se levantó con los brazos abiertos y trémulos, lívido, siniestro, mostrando una alegría inmensa en los ojos.
Cosette, ahogada por la emoción, cayó sobre su pecho, exclamando:
-¡Padre!
Jean Valjean, fuera de sí, tartamudeaba:
-¡Cosette! ¡Es ella! ¡Sois vos, señora! ¡Eres tú! ¡Ah, Dios mío!
Y sintiéndose estrechar por los brazos de Cosette, añadió:
-¡Eres tú, sí! ¡Me perdonas, entonces!
Marius, bajando los párpados para detener sus lágrimas, dio un paso, y murmuró:
-¡Padre!
-¡Y vos también me perdonáis! -dijo Jean Valjean.
Marius no encontraba palabras y el anciano añadió:
-Gracias.
Cosette se sentó en las rodillas del anciano, separó sus cabellos blancos con un gesto adorable, y le besó la frente. Jean Valjean extasiado, no se oponía, y balbuceaba:
-¡Qué tonto soy! Creía que no la volvería a ver. Figuraos, señor de Pontmercy, que en el mismo momento en que entrabais, me decía: "¡Todo se acabó! Ahí está su trajecito; soy un miserable,y no veré más a Cosette". Decía esto mientras subíais la escalera. ¿No es verdad que me había vuelto idiota? No se cuenta con la bondad infinita de Dios. Dios dijo: "¿Crees que lo van a abandonar, tonto? No. No puede ser así. Este pobre viejo necesita a su ángel". ¡Y el ángel vino, y he vuelto a ver a mi Cosette, a mi querida Cosette! ¡Ah, cuánto he sufrido!

Victor Hugo, Los miserables, http://www.claseshistoria.com/general/pdf/miserables.pdf

Seleccionado por Laura Agustín Críspulo, Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016

lunes, 14 de marzo de 2016

La llamada de lo salvaje, Jack London

                                                              Capítulo V
                                       El Trabajo Agotador Del Tiro y De Las Pisas
 A los treinta días de haber abandonado Dawson, el correo de Salt Water, con Buck y sus compañeros al frente, llegó a Skaguay. Se encontraban en un estado lamentable, rendidos y agotados. Los sesenta y tres kilos que solía pesar Buck habían quedado reducidos a cincuenta y dos. Sus compañeros, aunque eran más pequeños que él, habían perdido relativamente más peso. Pike, el haragán, que en su vida llena de engaños a menudo había fingido que tenía una pata herida, cojeaba ahora de veras. Sol-leks también cojeaba, y Dub tenía la paletilla dislocada.
 Todos tenían los pies terriblemente lastimados, y habían perdido toda su elasticidad y su resistencia. Sus patas caían pesadamente sobre el camino, sacudiéndoles el cuerpo entero y duplicando, por tanto, el cansancio de cada viaje.
 No les ocurrirá nada, sólo que estaban muertos de cansancio.
 No era profundo cansancio que aparece tras un esfuerzo breve y desmesurado, del que te recuperas en cuestión de horas, sino el profundo cansancio que aparece tras el agotamiento lento y prolongado de las fuerzas a lo largo de varios meses de arduo trabajo. Ya no tenían capacidad de recuperación, ni fuerzas de reserva a las que recurrir. Las habían agotado todas, hasta la última gota. Cada uno de sus músculos, de sus nervios, de sus células, estaban cansados, profundamente cansados. Y con razón. En menos de cinco meses habían recorrido cuatro mil kilómetros, y en los últimos tres mil sólo habían disfrutado de cinco días de descanso.
 Cuando llegaron a Skaguay, parecían en las últimas. Apenas podían mantener las riendas tirantes Y, cuando iban cuesta abajo, les costaba trabajo evitar que el trineo los atropellase.

Jack London, La llamada de lo salvaje, Barcelona, vicens vives, 1988, 154.
Seleccionado por Jennifer Garrido Gutiérrez , Bachillerato. Curso 2015/16

Nuestra Señora de París, Victor Hugo

IV
EL PERRO Y EL DUEÑO

     Existía sin embargo un ser humano hacia el que Quasimodo no manifestaba el odio y la maldad que sentía para con los otros y a quien amaba, quizás tanto, como a su catedral; era Claude Frollo.
La razón era muy sencilla; Claude Frollo le había recogido, le había adoptado, le había alimentado y le había criado. De pequeñito venía a refugiarse entre las piernas de Claude Frollo cuando los perros y los niños le perseguían ladrando. Claude Frollo le había enseñado a hablar, a leer y a escribir y haberle dado, en fin, la gran campana en matrimonio era como entregar Julieta a Romeo.
     Por todo ello el agradecimiento de Quasimodo era profundo, apasionado, sin límites y aunque el rostro de su padre adoptivo fuese con demasiada frecuencia hosco y severo, aunque sus palabras fuesen habitualmente escasas, duras e imperativas, nunca aquella gratitud se había desmentido y el archidiácono tenía en Quasimodo al esclavo más sumiso, al criado más dócil y al guardián más vigilante. Cuando el desdichado campanero se quedó sordo se había establecido entre él y Claude Frollo un misterioso lenguaje de signos que sólo ellos dos comprendían, así que el archidiácono era el único ser humano con quien Quasimodo podía comunicarse. Sólo dos cosas había en este mundo con las que Quasimodo tuviera relación: Nuestra Señora y Claude Frollo.
     Nada se podía comparar a la autoridad del archidiácono para con el campanero si no eran la dependencia del campanero para con el archidiácono. No habría sido necesaria más que una señal de Claude y la convicción de que aquello iba a agradarle para que Quasimodo se precipitara desde lo más alto de las torres de Nuestra Señora. Era algo admirable el ver que toda aquella fuerza física, tan extraordinariamente desarrollada por Quasimodo, se sometiera ciegamente a la disposición de otra persona; había en aquel hecho una devoción filial y una sumisión servil y también la fascinación de un espíritu para con otro. Se trataba de un torpe, pobre y burdo organismo que se mantenía con la cabeza baja y los ojos suplicantes, sometido a una inteligencia elevada y profunda, dominante y muy superior; existía agradecimiento por encima de todo.
     Agradecimiento llevado a límites tan extremos que no sabríamos con qué compararlo pues esta virtud no es de las que cuenten con muchos ejemplos entre los hombres, así que diremos que Quasimodo amaba al archidiácono como jamás perro alguno o elefante o caballo haya amado a su dueño.

Victor Hugo, Nuestra Señora de París, Madrid, Ediciones Cátedra, Colección Letras Universales, 1985, pág. 190-191.
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez. Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.

Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carroll

V

EL CONSEJO DE UNA ORUGA



     La Oruga y Alicia se miraron durante un rato en silencio: por último, la Oruga se quitó el narguile de la boca, y le habló con voz lánguida y soñolienta.
     ¿Quién eres ? -dijo la Oruga.

     No era ésta una forma alentadora de iniciar una conversación. Alicia replicó con cierta timidez: «Pues... pues creo que en este momento no lo sé, señora...sí sé quién era cuando me levanté esta mañana; pero he debido de cambiar varias veces desde entonces».

     ¿Qué quieres decir? -dijo la Oruga con severidad-. ¡Explícate!
     Me temo que no me puedo explicar, señora -dijo Alicia-; porque, como ve, no soy yo misma.
     Pues no lo veo -dijo la Oruga.
     Me temo que no se lo puedo explicar con más claridad -replicó Alicia muy cortésmente-; porque para empezar, yo misma no consigo entenderlo; y el cambiar de tamaño tantas veces en un día es muy desconcertante.
    No lo es -dijo la Oruga.
    Bueno, quizás no lo encuentre usted desconcertante -dijo Alicia-; pero cuando se convierta en crisálida, como le ocurrirá algún día, y después en mariposa, creo que le parecerá un poquito raro, ¿no?
    De ninguna manera -dijo la Oruga.
   Bueno, tal vez sus sensaciones sean diferentes -dijo Alicia-; lo que sí puedo decirle es que yo me sentiría muy rara.
    ¡Tú! -dijo la Oruga con desprecio -. ¿Quién eres ?
     Lo que les devolvió al principio de la conversación. Alicia se sintió un poco irritada ante los comentarios tan secos de la Oruga; así que se acercó y dijo muy seria:
    Creo que debería decirme quién es usted, primero.
    ¿Por qué? -dijo la Oruga.
     Ésta era otra pregunta desconcertante; y como a Alicia no se le ocurrió una buena razón, y la Oruga parecía estar de muy mal talante, dio media vuelta.


Lewis Carroll, Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, Yuncos (Toledo), Ediciones Akal, S.A.; Colección Akal Literaturas, 2005, pág. 131-132. 
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez. Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.

viernes, 11 de marzo de 2016

El conde de Montecristo, Alexandre Dumas

                                                            Capítulo II
     Y dejando que Danglars diera rienda suelta a su odio inventando alguna calumnia contra su camarada, sigamos a Dantés, que después de haber recorrido la Cannebière en toda su longitud, se dirigió a la calle de Noailles, entró en una casita situada al lado izquierdo de las alamedas de Meillán, subió de prisa los cuatro tramos de una escalera oscurísima, y comprimiendo con una mano los latidos de su corazón se detuvo delante de una puerta entreabierta que dejaba ver hasta el fondo de aquella estancia; allí era donde vivía el padre de Dantés.
      La noticia de la arribada de El Faraón no había llegado aún hasta el anciano, que encaramado en una silla, se ocupaba en clavar estacas con mano temblorosa para unas capuchinas y enredaderas que trepaban hasta la ventana. De pronto sintió que le abrazaban por la espalda, y oyó una voz que exclamaba:
 -¡Padre! ..., ¡padre mío!
      El anciano, dando un grito, volvió la cabeza; pero al ver a su hijo se dejó caer en sus brazos pálido y tembloroso. 
-¿Qué tienes, padre? -exclamó el joven lleno de inquietud-. ¿Te encuentras mal? 
-No, no, querido Edmundo, hijo mío, hijo de mi alma, no; pero no lo esperaba, y la alegría... la alegría de verte así..., tan de repente... ¡Dios mío!, me parece que voy a morir... 
-Cálmate, padre: yo soy, no lo dudes; entré sin prepararte, porque dicen que la alegría no mata. Ea, sonríe, y no me mires con esos ojos tan asustados. Ya me tienes de vuelta y vamos a ser felices. 
   

     Alexandre Dumas, El conde de Montecristo, Barcelona, Vicens Vives, ed. 3, pág. 49                                  
     Seleccionado por Julia Mateos Gutiérrez, segundo de bachillerato,curso 2015-2016.

Don Juan, Lord Byron


La buena doña Inés, madre del mancebo que se vio precisado a recorrer media Sevilla poco menos que desnudo, a fin de distraer los comentarios de un acontecimiento que vino a resultar el más escandaloso en muchos siglos, tras hacer arder por su cuenta muchos quilos de cirios en la capilla de los santos de su devoción, se decidió a enviar a su hijo a Cádiz, para que allí embarcase, siguiendo el consejo dedignísimas señoras de edad, amigas suyas. Deseaban todas ellas que don Juan viajase por tierra y por mar, a través de Europa, a fin de que se olvidase el horroroso incidente, y para que él se corrigiese de sus defectos, haciendo progresos en la práctica de la virtud y fortificándose en los principios de la buena moral, en las escuelas de Francia y de Italia. A lo menos allí es donde suelen ir a estudiar las más sabias disciplinas la mayor parte de los jóvenes descarriados.

En cuanto a doña Julia, tan linda dama fue encerrada en un convento sombrío. Entró en él, como es natural, con mucha pena, y la carta siguiente servirá para que el lector conozca mejor, que a través de mis palabras, sus sentimientos más secretos. La dirigió a don Juan:
"Me han dicho que partís, y no puedo negar que haciéndolo así obráis prudentemente. Ello no deja de ser penoso para mí, sin embargo. En adelante, no ostento ningún derecho sobre vuestro corazón, y el mío es solamente la víctima. He amado demasiado. He aquí el único artificio de que he hecho uso. Os escribo toda prisa. Si alguna mancha ensucia este papel, no es, don Juan; lo que parece. Mis ojos están llenos de fuego y no brota de ellos lágrima alguna."

Lord Byron,  Don Juan,
 www.ataun.net/BIBLIOTECAGRATUITA/Clásicos%20en%20Español/Lord%20Juan.pdf

Seleccionado por Clara Fuentes Gómez, Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016.




Los miserables, Victor Hugo.


    Continuó viviendo con la misma sencillez que el primer día.
Tenía los cabellos grises, la mirada seria, la piel bronceada de un obrero y el rostro pensativo de un filósofo. Usaba una larga levita abotonada hasta el cuello y un sombrero de ala ancha. Vivía solo. Hablaba con poca gente. A medida que su fortuna crecía, parecía que aprovechaba su tiempo libre para cultivar su espíritu. Se notaba que su modo de hablar se había ido haciendo más fino, más escogido, más suave.
   Tenía una fuerza prodigiosa. Ofrecía su ayuda a quien lo necesitaba; levantaba un caballo, desatrancaba una rueda, detenía por los cuernos un toro escapado. Llevaba siempre los bolsillos llenos de monedas menudas al salir de casa, y los traía vacíos al volver. Cuando veía un funeral en la iglesia entraba y se ponía entre los amigos afligidos, entre las familias enlutadas.
   Entraba por la tarde en las casas sin moradores, y subía furtivamente las escaleras. Un pobre diablo al volver a su chiribitil, veía que su puerta había sido abierta, algunas veces forzada en su ausencia. El pobre hombre se alarmaba y pensaba: "Algún malhechor habrá entrado aquí". Pero lo primero que veía era alguna moneda de oro olvidada sobre un mueble. El malhechor que había entrado era el señor Magdalena.
Era un hombre afable y triste.
   Su dormitorio era una habitación adornada sencillamente con muebles de caoba bastante feos, y tapizada con papel barato. Lo único que chocaba allí eran dos candelabros de forma antigua que estaban sobre la chimenea, y que parecían ser de plata.
  Se murmuraba ahora en el pueblo que poseía sumas inmensas depositadas en la Casa Laffitte, con la particularidad de que estaban siempre a su disposición inmediata, de manera que, añadían, el señor Magdalena podía ir una mañana cualquiera, firmar un recibo, y llevarse sus dos o tres millones de francos en diez minutos. En realidad, estos dos o tres millones se reducían a seiscientos treinta o cuarenta mil francos.

Victor Hugo, Los miserables, http://www.claseshistoria.com/general/pdf/miserables.pdf,
Texto seleccionado por Daniel Carrasco Carril, segundo de bachillerato, curso 2015-2016.


Diccionario Filosófico, Voltaire. François-Marie Arouet

ABUSO DE LAS PALABRAS. Las conversaciones y los libros raras veces nos proporcionan ideas precisas. Se suele leer en demasía y conversar inútilmente. Es, pues, oportuno recordar lo que Locke recomienda: Definid los términos. Una dama que come con exceso y no hace ejercicio cae enferma El médico le dice que domina en ella un humor pecante, impurezas, obstrucciones y vapores, y le prescribe un Librodot Diccionario Filosófico Voltaire Librodot 15 15 medicamento que le purificará la sangre. ¿Qué idea exacta puede tener de todas esas palabras? La paciente y la familia que las oyen no las comprenden; ni el médico tampoco. Antiguamente, el facultativo recetaba buenamente una infusión de hierbas caliente o fría. Un jurisconsulto, en el ejercicio de su profesión, anuncia que por la inobservancia de las fiestas y los domingos se comete crimen de lesa majestad divina en la persona del Hijo, esto es, el segundo jefe. La expresión majestad divina nos da la idea del más enorme de los crímenes y, desde luego, del más horrendo de los castigos. Pero, ¿a propósito de qué la pronunció el jurisconsulto? Por no haber observado las fiestas de guardar, lo que puede suceder al hombre más honrado del mundo. En todas las polémicas que se entablan acerca de la libertad, uno de los argumentadores entiende casi siempre una cosa y su adversario otra. Luego surge un tercero en discordia, que no entiende al primero ni al segundo, pero que tampoco lo entienden a él. En las disputas sobre la libertad, uno posee la potencia de pensamiento de imaginar, otro la de querer y el tercero el deseo de ejecutar; corren los tres, cada uno dentro de su círculo, y no se encuentran nunca. Igual sucede en las quejas sobre la gracia. ¿Quién puede comprender su naturaleza, sus operaciones, la suficiente que no basta y la eficaz a la que nos resistimos? Hace dos mil años que se viene pronunciando la frase «forma sustancial» sin tener la menor noción de ella; esta frase se ha sustituido ahora por la de «naturaleza plástica», sin ganar nada en el cambio. Se detiene un viajero ante un torrente y pregunta a un labriego que ve al otro lado por dónde está el vado: «Id hacia la derecha», contesta el buen hombre. El viajero toma la derecha y se ahoga. El labriego va corriendo hacia él y le grita: «No os dije que avanzarais hacia vuestra mano derecha, sino hacia la mía». El mundo está lleno de estas equivocaciones. Al leer un noruego esta fórmula que usa el papa: servidor de los servidores de Dios, ¿cómo ha de comprender que el que la dice es el obispo de los obispos y el rey de los reyes? En la época en que los papeles fragmentarios de Petronio gozaban de fama en la literatura, Meibomins, sabio de Lubeck, leyó en una carta que imprimió otro sabio de Bolonia lo siguiente: «Aquí tenemos un Petronio completo, y lo he visto y lo he admirado». Ni corto ni perezoso, Meibomins emprende viaje a Italia, se dirige a Bolonia, busca al bibliotecario Capponi y le pregunta si es verdad que tiene allí el Petronio completo. Capponi le responde que es público y notorio, y acto seguido le conduce a la iglesia donde descansa el cuerpo de san Petronio. Meibomins toma la diligencia y huye. Si el jesuíta Daniel tomó a un abad guerrero, martialem abbatem, por el abad Marcial, cien historiadores han incurrido en mayores errores. El jesuita Dorleans, en su obra Revoluciones de Inglaterra, habla indiferentemente de Northampton y de Southampton, no equivocándose más que de Norte a Sur. Frases metafóricas tomadas en un sentido propio han decidido muchas veces la opinión de muchas naciones. Conocida es la metáfora de Isaías: «¿Cómo caíste del cielo, estrella brillante que apareces al rayar el alba?» Supusieron que en esa imagen aludían al diablo, y como la voz hebrea que corresponde a la estrella de Venus se tradujo en latín por la palabra Lucifer, desde entonces se ha llamado siempre Lucifer al diablo. Librodot Diccionario Filosófico Voltaire Librodot 16 16 El ejemplo más singular del abuso de las palabras, de los equívocos voluntarios y de los errores que han producido más trastornos, nos lo ofrece la voz Kin-Tien, de China. Varios misioneros de Europa disputaron acaloradamente sobre la significación de esa palabra y Roma envió un francés llamado Maigrot, nombrándolo obispo imaginario de una provincia de China, para que decidiera el sentido de tal palabra. Maigrot desconocía por completo el idioma chino. El emperador se dignó explicarle lo que en su lengua significaba Kin-Tien, Maigrot no lo quiso creer y logró que Roma excomulgase al emperador de China. No acabaríamos nunca si hubiéramos de referir todos los abusos de palabras que nos acuden a la mente. 


François-Marie Arouet, diccionario filosófico, http://biblio3.url.edu.gt/Libros/dic_fi.pdf, seleccionado por Paola Moreno Díaz, Segundo de bachillerato, curso 2015-2016.


Sentido y sensibilidad, Jane Austen

                                         Capitulo II:
La señora Dashwood permaneció en Norland durante varios meses, y ello no porque no deseara salir de allí una vez que los lugares que tan bien conocía dejaron de despertarle la violenta emoción que durante un tiempo le habían producido; pues cuando su ánimo comenzó a revivir y su mente pudo dedicarse a algo más que agudizar su dolor mediante recuerdos tristes, se llenó de impaciencia por partir e infatigablemente se dedicó a averiguar por alguna residencia adecuada en las vecindades de Norlarid, ya que le era imposible irse lejos de ese tan amado lugar. Pero no le llegaba noticia alguna de lugares que a la vez satisficieran sus nociones de comodidad y bienestar y se adecuaran a la prudencia de su hija mayor, que con más sensato juicio rechazó varias casas que su madre habría aprobado, considerándolas demasiado grandes para sus ingresos.
La señora Dashwood había sido informada por su esposo respecto de la solemne promesa hecha por su hijo en favor de ella y sus hijas, la cual había llenado de consuelo sus últimos pensamientos en la tierra. Ella no dudaba de la sinceridad de este compromiso más de lo que el difunto había dudado, y sentía al respecto gran satisfacción, sobre todo pensando en el bienestar de sus hijas; por su parte, sin embargo, estaba convencida de que mucho menos de siete mil libras como capital le permitirían vivir en la abundancia. También se regocijaba por el hermano de sus hijas, por la bondad de ese hermano, y se reprochaba no haber hecho justicia a- sus méritos antes, al creerlo incapaz de generosidad. Su atento comportamiento hacia ella y sus hermanas la convencieron de que su bienestar era caro a sus ojos y, durante largo tiempo, confió firmemente en la generosidad de sus intenciones. 

Jane Austen, Sentidoysensibilidad http://www.dominiopublico.es/libros/Jane_Austen/Jane%20Austen%20-%20Sentido%20y%20Sensibilidad.pdf .
 Sleccionado por Julia Mateos Gutiérrez, segundo de bachillerato curso 2015-2016                                                                                                                                                                                                                                                     

Orgullo y prejuicio, Jane Austen

Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa. Sin embargo, poco se sabe de los sentimientos u opiniones de un hombre de tales condiciones cuando entra a formar parte de un vecindario. Esta verdad está tan arraigada en las mentes de algunas de las familias que lo rodean, que algunas le consideran de su legítima propiedad y otras de la de sus hijas. ––Mi querido señor Bennet ––le dijo un día su esposa––, ¿sabías que, por fin, se ha alquilado Netherfield Park? El señor Bennet respondió que no. ––Pues así es ––insistió ella––; la señora Long ha estado aquí hace un momento y me lo ha contado todo. El señor Bennet no hizo ademán de contestar. ––¿No quieres saber quién lo ha alquilado? ––se impacientó su esposa. ––Eres tú la que quieres contármelo, y yo no tengo inconveniente en oírlo. Esta sugerencia le fue suficiente. ––Pues sabrás, querido, que la señora Long dice que Netherfield ha sido alquilado por un joven muy rico del norte de Inglaterra; que vino el lunes en un landó de cuatro caballos para ver el lugar; y que se quedó tan encantado con él que inmediatamente llegó a un acuerdo con el señor Morris; que antes de San Miguel vendrá a ocuparlo; y que algunos de sus criados estarán en la casa a finales de la semana que viene. ––¿Cómo se llama? ––Bingley. ––¿Está casado o soltero? ––¡Oh!, soltero, querido, por supuesto. Un hombre soltero y de gran fortuna; cuatro o cinco mil libras al año. ¡Qué buen partido para nuestras hijas! ––¿Y qué? ¿En qué puede afectarles? ––Mi querido señor Bennet ––contestó su esposa––, ¿cómo puedes ser tan ingenuo? Debes saber que estoy pensando en casarlo con una de ellas. ––¿Es ese el motivo que le ha traído? ––¡Motivo! Tonterías, ¿cómo puedes decir eso? Es muy posible que se enamore de una de ellas, y por eso debes ir a visitarlo tan pronto como llegue. ––No veo la razón para ello. Puedes ir tú con las muchachas o mandarlas a ellas solas, que tal vez sea mejor; como tú eres tan guapa como cualquiera de ellas, a lo mejor el señor Bingley te prefiere a ti. ––Querido, me adulas. Es verdad que en un tiempo no estuve nada mal, pero ahora no puedo pretender ser nada fuera de lo común. Cuando una mujer tiene cinco hijas creciditas, debe dejar de pensar en su propia belleza. ––En tales casos, a la mayoría de las mujeres no les queda mucha belleza en qué pensar. ––Bueno, querido, de verdad, tienes que ir a visitar al señor Bingley en cuanto se instale en el vecindario. ––No te lo garantizo. ––Pero piensa en tus hijas. Date cuenta del partido que sería para una de ellas. Sir Willam y lady Lucas están decididos a ir, y sólo con ese propósito. Ya sabes que normalmente no visitan a los nuevos vecinos. De veras, debes ir, porque para nosotras será imposible visitarlo si tú no lo haces.(...) 

Jane Austen, Orgullo y prejuicio, www.edu.mec.gub.uy
Seleccionado por Paola Moreno Díaz. Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016