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viernes, 22 de enero de 2016

Una temporada en el infierno,Arthur Rimbaud

Un príncipe estaba molesto por no haberse dedicado nunca más que a la perfección de las generosidades vulgares. Preveía sorprendentes revoluciones del amor, y a sus mujeres las sospechaba capaces de algo mejor que aquella complacencia adornada de cielo y de lujo. Quería ver la verdad, la hora del deseo y de la satisfacción esenciales. Fuera ello o no fuera una aberración de piedad, así lo quiso. Poseía al menos un poder humano bastante amplio. Todas las mujeres que lo habían conocido fueron asesinadas. ¡Qué saqueo del jardín de la belleza! Bajo el sable, lo bendijeron. Él no encargó otras nuevas. — Las mujeres desaparecieron. Mató a todos aquellos que lo seguían, después de la caza o de las libaciones. — Todos lo seguían. Se divirtió degollando animales de lujo. Hizo llamear los palacios. Se abalanzaba sobre las gentes y las cortaba en pedazos. — La multitud, los techos de oro, los bellos animales seguían existiendo. ¡Puede alguien extasiarse en la destrucción, rejuvenecerse por la crueldad! El pueblo no murmuró. Nadie ofreció la con- 58 tribución de sus opiniones. Una tarde galopaba orgullosamente. Un genio apareció, de belleza inefable, inconfesable incluso. ¡De su fisonomía y su porte se desprendía la promesa de un amor múltiple y complejo! ¡De una felicidad, indecible, insoportable incluso! El Príncipe y el Genio se aniquilaron probablemente en la salud esencial. ¿Cómo no iban a morir por ello? Juntos pues murieron. Pero el Príncipe falleció, en su palacio, a una edad corriente. El Príncipe era el Genio. El Genio era el Príncipe. La música sabia falta a nuestro deseo.

 Rimbaud,Arthur,Una temporada en el infierno,http://www.bsolot.info/wp-content/uploads/2011/02/Rimbaud_Arthur-Una_temporada_en_el_infierno-Iluminaciones-Las_cartas_del_vidente.pdf
seleccionado por Paola Moreno Díaz segundo de bachillerato,curso 2015-2016.

Una temporada en el infierno, Jean Arthur Rimbaud


¿Conozco al menos la naturaleza? ¿Me conozco? Basta de palabras. Sepulto a los
muertos en mi vientre. ¡Gritos, tambor, danza, danza, danza, danza! Ni siquiera se me
ocurre que a la hora en que los blancos desembarquen, yo caeré en la nada.
¡Hambre, sed, gritos, danza, danza, danza, danza!
Los blancos desembarcan. ¡El cañón! Hay que someterse al bautismo, vestirse, trabajar.
He recibido en el corazón el rayo de la gracia. ¡Ah, no lo había previsto!
No he cometido mal alguno. Los días me van a ser ligeros, me será ahorrado el
arrepentimiento. No habré padecido los tormentos del alma casi muerta para el bien, en
la que vuelve a subir la luz, severa como los cirios funerarios. La suerte del hijo de
familia, féretro prematuro cubierto de límpidas lágrimas. No hay duda de que el
libertinaje es tonto, el vicio es tonto; hay que arrojar lejos la podredumbre. ¡Pero el reloj
no habrá llegado a sonar solamente la hora del puro dolor! ¿Voy a ser arrebatado como
un niño para jugar en el paraíso olvidado de toda la desgracia?
¡Pronto! ¿Hay otras vidas? El sueño en medio de la riqueza es imposible. La riqueza
siempre ha sido bien público. Sólo el amor divino otorga las llaves de la ciencia. Veo
que la naturaleza no es más que un espectáculo de bondad. Adiós quimeras, ideales,
errores.

Jean Arthur Rimbaud, Una temporada en el infiernohttp://www.biblioteca.org.ar/libros/133650.pdf , seleccionado por Daniel Carrasco Carril, segundo de bachillerato,curso 2015-2016.