viernes, 23 de octubre de 2015

Al Este Del Edén, John Steinbeck.

En los últimos metros que le separaban de la casa de Trask, al salir del valle Salinas y ascenderla llana carretera que pasaba bajo los corpulentos robles, Samuel intentó dominar su turbación, animándose con palabras de aliento.
Adam estaba todavía más flaco de lo que Samuel recordaba. sus ojos tenían una expresión abotargada, como si  no los emplease mucho para ver. Adam tardó algún tiempo en darse cuenta de que Samuel estaba ante él. Una mueca de enojo contrajo sus labios.
-Me siento algo incómodo -se excusó Samuel- al venir sin que usted me haya invitado.
-¿Qué quiere? -preguntó Adam-. ¿No le pagué ya?
- ¿Pagarme? -respondió Samuel-. Sí, claro que me pagó. ¡Sí, desde luego! Pero mucho menos de lo que valgo.
-¿Qué? ¿Qué quiere usted decir?
La ira de Samuel aumentó y estalló:
-Un hombre, la vida de un hombre, no tiene precio. Y si yo he pasado toda mi vida intentando descubrir cuánto valgo, ¿cómo puede un despojo de hombre como usted saberlo al instante?
-Le pagaré- exclamó Adam-. Le prometo que le pagaré. ¿Cuánto quiere?
-Pagará, pero no a mí.
-Entonces, ¿para qué ha venido? Márchese.
-Usted me invitó una vez.
-Pero no ahora.
Samuel puso los brazos en jarra y se echó hacia delante.
-Tranquilo, ya se lo digo. Durante una noche glacial y oscura, que fue precisamente anoche, un buen pensamiento cruzó mi mente, y la oscuridad comenzó a disiparse al venir el día.Y ese pensamiento perduró desde la aparición de la estrella vespertina hasta despuntar el día. Por eso me he invitado.
-Usted no es bienvenido.
-Me han dicho -contestó Samuel- que sus hijos poseen una singular belleza.

John Steinbeck, Al este del Edén, Barcelona, Tusquets Editores, 2002, Pág. 297.
Seleccionado por Clara Fuentes Gómez. Segundo de bachillerato. Curso 2015-2016.
Capítulo 20

Los que iban montados en la carga, los niños y Connie y Rose of Sharon y el predicador, sentían los miembros rígidos y acalambrados. Habían estado sentados bajo el sol delante de la oficina del forense de Baskersfield, mientras los padres y el tío John estaban dentro. Luego alguien sacó una cesta y bajaron del camión el largo fardo. Y permanecieron al sol mientras proseguía el examen, se averiguó la causa de la muerte y de firmó el certificado.

John Steinbeck, Las uvas de la ira, Alianza Editorial, pág.365.
Seleccionado por Daniel Carrasco Carril. Segundo de Bachillerato, curso 2015-2016.

El guardián entre el centeno, J.D. Salinger

Capítulo 6.

Hay cosas que cuesta un poco recordarlas. Estoy pensando en cuando Stradlater volvió aquella noche después de salir con Jane. Quiero decir que no sé qué estaba haciendo yo exactamente cuando oí sus pasos acercarse por el pasillo. Probablemente seguía mirando por la ventana, pero la verdad es que no me acuerdo. Quizá porque estaba muy preocupado, y cuando me preocupo mucho me pongo tan mal que hasta me dan ganas de ir al baño. Sólo que no voy porque no puedo dejar de preocuparme para ir. Si ustedes hubieran conocido a Stradlater les habría pasado lo mismo. He salido con él en plan de parejas un par de veces, y sé perfectamente por qué lo digo. No tenía el menor escrúpulo. De verdad. El pasillo tenía piso de linóleum  y se oían perfectamente las pisadas acercándose a la habitación. Ni siquiera sé donde estaba sentado cuando entró, si en la repisa de la ventana, en mi sillón, o en el suyo. Les juro que no me acuerdo. Entró quejándose del frío que hacía. Luego dijo: -¿Dónde se ha metido todo el mundo? Esto parece el depósito de cadáveres. Ni me molesté en contestarle. Si era tan imbécil que no se daba cuenta de que todos estaban durmiendo o pasando el fin de semana en casa, no iba a molestarme yo en explicárselo.

J.D Salinger, El guardián entre el centeno, Madrid, Alianza Editorial, Libro de bolsillo, 1997, Pág 48-49.
Seleccionado por Laura Agustín Críspulo. Segundo de bachillerato. Curso 2015-2016.

viernes, 16 de octubre de 2015

Las uvas de la ira, John Steinbeck

Capítulo 25.


La primavera es hermosa en California. Valles en los que las frutas maduras son fragantes aguas rosas y blancas de un mar poco profundo. Luego los primeros zarcillos de las uvas, hinchándose desde las viejas vides nudosas, caen como una cascada y cubren los troncos. Las verdes colinas llenas son redondeadas y suaves como senos. Y a ras del suelo las tierras de verduras y hortalizas dan hileras de millas de longitud con lechugas verde claro y pequeñas coliflores esbeltas, plantas de alcachofa verde-grisáceas, que no parecen de esta tierra. Y entonces las hojas salen en los árboles y los pétalos caen de los frutales y alfombran la tierra de rosa y blanco. Los centros de las flores se hinchan, crecen y se colorean: cerezas y manzanas, melocotones y peras, higos cuya flor se cierra sobre la fruta. Toda California se acelera con productos de la tierra, y la fruta se hace pesada y las ramas se van inclinando poco a poco bajo su peso, de modo que deben ponerse bajo ellas pequeñas horquillas para soportarlo.

John Steinback, Las uvas de la ira, Alianza Editorial, 2007, pág 524.
Seleccionado por Laura Agustín Críspulo. Segundo de bachillerato. 2015-2016.

El guardián entre el centeno, J.D. Salinger

Capítulo 10

Era aún bastante temprano. No estoy seguro de qué hora sería, pero desde luego no  muy tarde. Me revienta irme a la cama cuando ni siquiera estoy cansado, así que abrí las maletas, saqué una camisa limpia, me fui al baño, me lavé y me cambié. Había decidido bajar a ver qué pasaba en el Salón Malva.
Mientras me cambiaba de camisa se me ocurrió llamar a mi hermana Phoebe. Tenía muchas ganas de hablar con ella por teléfono. Necesitaba hablar con alguien que tuviera un poco de sentido común. Pero no podía arriesgarme porque, como era muy pequeña, no podía estar levantada a esa hora y, menos aún, cerca del teléfono. Pensé que podía colgar en seguida si contestaban mis padres, pero no hubiera dado resultado. Se habrían dado cuenta de que era yo. A mi madre no se le escapa una. Es de las que te adivinan el pensamiento. Una pena, porque me habría gustado charlar un buen rato con mi hermana.
No se imaginan ustedes lo guapa y lo lista que es. Les juro que es listísima. Desde que empezó a ir al colegio no ha sacado mas que sobresalientes. La verdad es que el único torpe de la familia soy yo. MI hermano D.B. es escritor, ya saben, y mi hermano Allie, el que les he dicho que murió, era un genio. Yo soy el único tonto. Pero no saben cuánto me gustaría que conocieran a Phoebe. Es pelirroja, un poco como era Allie, y en el verano se corta el pelo muy cortito y se lo remete por detrás de las orejas. Tiene unas orejitas muy monas, muy pequeñitas. En el invierno lo lleva largo. Unas veces mi madre le hace trenzas y otras se lo deja suelto, pero siempre le queda muy bien. Tiene solo diez años. Es muy delgada, como yo, pero de esas delgadas graciosas, de las que parecen que han nacido para patinar. Una vez la vi desde la ventana cruzar la Quinta Avenida para ir al parque y pensé que tenía el tipo exacto de patinadora. Les gustaría mucho conocerla. En el momento en que uno habla, Phoebe entiende perfectamente lo que se l quiere decir. Y se la puede llevar a cualquier parte. Si se la lleva a ver una película mala, enseguida se da cuenta de que es mala. Si se la lleva a ver una película buena, enseguida se da cuenta de que es buena. D.B. y yo la llevamos una vez a ver una película francesa de Raimu que se llamaba La mujer del panadero. Le gustó muchísimo. Pero su preferida es Los treinta y nueve escalones, de Robert Donat. Se la sabe de memoria porque la ha visto como diez veces.

J.D. Salinger, El guardián entre el centeno, Madrid, Alianza Editorial, Libro de bolsillo, 1997, Pág. 76-77.
Seleccionado por Clara Fuentes Gómez. Segundo de bachillerato. Curso 2015-2016.


Capitulo 9


En las pequeñas casas los arrendatarios seleccionaron entre sus pertenencias, y entre las de sus padres y abuelos. Escogieron entre ellas para su viaje hacia el oeste. Los hombres eran implacables porque el pasado se había echado a perder, pero las mujeres sabían que el pasado las llamaría en días venideros. Los hombres se ocuparon de los graneros y cobertizos.
     El arado, la grada, ¿recuerdas cuando plantamos mostaza durante la guerra?¿Recuerdas aquel tipo que quería que plantásemos ese arbusto de goma que llaman guayule? Os haréis ricos, dijo. Saca esas herramientas nos darán por ellas unos cuantos dolares. Dieciocho dolares costo el arado, mas el flete... Sears Roebuck.
      Arreos, carros, sembradoras, esas azadas.Sácalas. Apílalos.Cárgalos en el carro. Llévelos a la ciudad. Véndelos por lo que te den. Vende también el carro y el tiro. Ya no nos van a servir.
      Cincuenta centavos no es suficiente por un buen arado.Esa sembradora me costó treinta y ocho dólares. Dos dólares no es bastante.No podemos volver a casa con todo... Bueno quédenselo  y quédense otro poco de amargura con ello. Quédense la bomba y el arnés. Quédese con los ronzales los collares, los arneses y los tiradores.Quedese también con los pequeños objetos de bisutería, rosas rojas bajo el cristal,




John Steinbeck, Las uvas de la ira, Alianza editorial, 1939,  pág 134
Seleccionado por María Alegre Trujillo, Segundo de bachillerato. 2015-2016

Al este del Edén, John Steinbeck.

Capítulo 46.

A finales de verano, Lee salió a la calle con su gran cesta de la compra . Desde que vivían en Salinas, Lee se había vuelto un norteamericano conservador a la hora de vestir. Por lo general, llevaba trajes de paño fino negro cuando salía de casa. Usaba camisas blancas, con altos cuellos duros, y lucía con afectación corbatas de lazo de estrechas cintas negras, semejantes a las que solían llevar antaño, como distintivo, los senadores del sur. Sus sombreros eran siempre negros, de copa redonda y de ala ancha, y abombados como si tuviera que ocultar aún su coleta recogida. Iba siempre inmaculadamente vestido.

John Steinbeck, Al Este Del Edén, Barcelona, Editorial Fabulas Tusquets Editores, Coleción Andanzas,2002, pág.586.
Seleccionado por Daniel Carrasco Carril, Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016.

viernes, 9 de octubre de 2015

La vuelta al mundo en ochenta días, Jules Verne.

Capítulo 18. En el que Phileas Fogg, Passepartout y Fix, cada uno por su lado, van a lo suyo.

     El tiempo fue bastante malo durante los últimos días de la travesía. Un viento muy fuerte del noroeste contrarió la marcha del paquebote, al que sometió a un fuerte balanceo que la inestabilidad del Rangoon agravaba considerablemente. Los pasajeros tuvieron motivos para guardar rencor a las grandes olas que el viento levantaba. Esas condiciones viraron a la tempestad durante las jornadas del 3 y del 4 de noviembre. La borrasca encrespó el mar con vehemencia. El Rangoon tuvo que estarse a la capa durante medio día, manteniéndose con diez vueltas de hélice solamente a fin de tomar las olas al sesgo. Se arriaron todas las velas, y aún sobraban todos esos aparejos que silbaban al paso de las ráfagas.

Jules Verne, La vuelta al mundo en ochenta días, Alianza Editorial, 1997, pág 159.
Seleccionado por Laura Agustín Críspulo. Segundo de bachillerato. 2015-2016.



Robinsón Crusoe, Daniel Defoe

Capítulo VIII, Viaje por el mar.

     En una palabra, la naturaleza y la experiencia de las cosas me enseñaron, después de la debida reflexión, que todas las cosas buenas de este mundo, sólo son buenas por el servicio que nos prestan; y que de todo lo que atesoramos para tener más, disfrutamos únicamente de lo que podemos servirnos.

   Daniel Defoe, Robinson Crusoe, Barcelona, Ediciones Planeta, 1999, pág. 117
   Seleccionado por Daniel Carrasco Carril, Segundo de Bachillerato. Curso  2015-2016.



El perfume, Patrick Süskind




   En aquella época había en París una docena de perfumistas.Seis de ellos vivían en la orilla derecha, seis en la orilla izquierda y justo en medio, en el Pont au Change, que unía la orilla derecha con la île de la Cité.En ambos lados de este puente se apiñaban hasta tal punto las casas de cuatro pisos, que al cruzarlo no se podía ver el rió y se tenia la impresión de andar por una calle normal, trazada sobre tierra firme, que era, ademas, muy elegante.De echo el Pont au Change pasaba por ser el centro comercial mas distinguido de la ciudad.En el se encontraba las tiendas mas famosas, los joyeros y ebanistas, los mejores fabricantes de pelucas y bolsos los confeccionistas de las medidas y ropa interior mas delicada, los comercios de marcos, botas de montar y bordados de carretas, los fundidores de botones de oro y los banqueros.





 Patrick Süskind, El perfume, Barcelona, Booket Seix Barral, 1985, pág 58-59.
 Seleccionado por María Alegre Trujillo, Segundo de bachillerato. Curso 2015-2016

Jane Eyre, Charlotte Brontë





¡Qué extraños son los presentimientos! Aunque también lo son las simpatías humanas, así como las señales que nos transmiten las cosas. Estos tres fenómenos combinados constituyen un misterio del que la humanidad no ha encontrado la clave todavía. Jamás me he reído de los presentimientos, porque yo misma los he tenido muy extraños. Creo que existen las simpatías (por ejemplo, entre parientes que, a pesar de no tratarse durante largos períodos, reafirman el origen común del que proceden), y sus mecanismos desafían la comprensión de cualquier mortal. Y en cuanto a las señales, cuanto sabemos sobre ellas es que bien pudieran ser el resultado de la simpatía que la naturaleza le profesa al hombre.

Charlotte Brontë, Jane Eyre, León, Editorial Everest, Versión íntegra, 2013, Pág. 356.
Seleccionado por Paola Moreno Díaz. Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016.

Viaje al centro de la tierra, Jules Verne


       -Ante todo- dijo mi tío-, hay que hallar la lengua de este documento cifrado. No debe ser difícil.
Al oír esto levanté vivamente la cabeza. Mi tío reanudó su soliloquio.
       -Nada más fácil. Hay en este documento ciento treinta y dos letras, con sesenta y nueve consonantes contra cincuenta y tres vocales. Ahora bien: esta es, poco más o menos, la proporción  existente en las palabras de las lenguas meridionales, en tanto que los idiomas del norte son infinitamente más ricos en consonantes. Se trata, pues, de una lengua del sur.
       Estas conclusiones eran muy justas.
       -Pero ¿cuál es esta lengua?
       Ahí es donde yo esperaba a mi sabio, en quién descubría yo un profundo analista.
-      Ese Saknussemm -continuó- era un hombre instruido. Y de noescribir en su lengua materna habría optado preferentemente por la lengua de uso corriente entre los hombres cultos del siglo XVI, es decir, el latín. Si me equivoco, probaré con el español, el francés, el italiano o el hebreo. Pero los sabios del siglo XVI escribían generalmente en latín. Tengo, pues, el derecho de decir a priori: esto es latín.

       Jules Verne, Viaje al centro de la tierra, Madrid, España, Alianza Editorial, Libro de bolsillo, 1998, pág. 37.
       Seleccionado por Lidia Rodríguez Suárez. Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016

lunes, 5 de octubre de 2015

Odisea, Canto IV, Homero

                     Cuando al valle fragoso de Lacedemonia llegaron,
                     a la casa del rey Menelao dirigiénrose, y viéronlo,
                     entre muchos parientes en pleno festín de los dobles
                     desposorios perfectos de su hijo y de su hija; a ella enviaba
                     para el hijo de Aquiles, aquel que secciones rompía,
                     porque en Troya acordó y prometió tiempo atrás concedérsela,
                     y los dioses eternos ahora las nupcias cumplían.
                    Así. pues, con su carro y caballos, se la enviaría
                    al monarca de los mirmidones, el pueblo famoso.
                    Ya él había elegido en Esparta a una hija de Aléctor
                    y con ella casó a Megapentes el fuerte, su hijo,
                    de una esclava nacido, que a Helena negaron los dioses
                    otros hijos después de alumbrada una hija amorosa,
                    con la misma belleza de la áurea Afrodita: Hermíone.

                    Bajo los altos techos, parientes y amigos del noble
                    Menelao, en la excelsa mansión, el festín celebraban
                    deleitándose, y luego un hado divino cantaba
                    y pulsaba la cítara y dos saltadores danzaban
                    al compás de su canto y saltaban en medio de todos.
                    A la puerta sus bravos corceles los dos detuvieron,
                    el magnífico hijo de Néstor y el héroe Telémaco.
                    El ilustre Eteoneo, el veloz servidor del glorioso
                    Menelao los vio al punto en que iba a salir de la casa.
                    Y a la casa volvió, a dar la nueva al pastor de los hombres,
                    y, llegado ante el rey, pronunció estas palabras aladas:
                 
                    -¡Menelao, descendiente de Zeus! Han llegado dos héroes
                   a esta casa, en los cuales la estirpe de Zeus se adivina.
                   Dime, pues, si hemos de desuncir sus veloces corceles,
                   o enviarlos a donde les den acogida, a otra casa.


                  Homero, La Odisea, Madrid, Planeta, Historia de la Literatura, 1995, páginas 48 y 49.
                  Seleccionado por Delia Marinela Bulau, Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.



El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad

     Mi primera entrevista con el director fue curiosa. No me invitó a sentarme después de mi caminata de veinte millas de aquella mañana. Su aspecto, sus rasgos, sus modales y su voz eran vulgares. Era de mediana estatura y de constitución corriente. Sus ojos, de un azul corriente, eran notablemente fríos, y sin duda podía hacer que su mirada cayera sobre uno tan incisiva y pesadamente como un hacha. Pero incluso en estas ocasiones el resto de su persona parecía desmentir tal intención. Por lo demás, únicamente en sus labios había una expresión relajada, difícil de definir, algo furtivo entre sonrisa y no sonrisa; lo recuerdo, pero no lo puedo explicar. Era inconsciente (me refiero a la sonrisa), aunque se intensificaba momentáneamente cada vez que había dicho algo. Aparecía al final de sus discursos, como un sello estampado sobre las palabras, que convertía el significado de la frase más usual en algo absolutamente inescrutable. Era un vulgar comerciante, empleado en esta región desde su juventud; nada más. Se le obedecía, aunque no inspiraba ni afecto, ni fervor, ni siquiera respeto. Inspiraba malestar. ¡Eso era! Malestar. No una clara desconfianza definida; siempre malestar, nada más. No tenéis idea de lo eficaz que puede ser semejante...facultad. No tenía talento para organizar, para la iniciativa, ni siquiera para el orden. Eso se evidenciaba en cosas tales como el lamentable estad de la estación. No tenía estudios ni inteligencia. Su puesto había venido a él, ¿por qué? Tal vez porque nunca estaba enfermo... Había servido tres períodos de tres años allí... Porque una salud triunfante sobre la derrota general de los organismos constituye por sí misma una especie de poder. Cuando iba a su casa con permiso cometía todo tipo de excesos de una manera ostentosa. Marinero en tierra, pero con la diferencia de que lo era sólo en lo externo. Esto se podía deducir de su conversación superficial. No creaba nada; podía mantener la rutina, pero nada más. Sin embargo, era extraordinario. Era extraordinario por el pequeño detalle de que era imposible imaginar qué podía controlar a semejante hombre. Nunca reveló ese secreto. Quizás no había nada dentro de él. Tal sospecha le hacía a uno reflexionar, puesto que allí no había controles externos. Una vez, cuando varias enfermedades tropicales tenían postrados a casi todos los "agentes" agentes de la estación, le oyeron decir: "Los hombres que vienen aquí no deberían tener entrañas." Selló el comentario con aquella sonrisa tan suya, como si fuera una puerta que se abría a una oscuridad de la que él era custodio. Uno se imaginaba haber visto cosas, pero el sello se interponía. Cuando se hartó de las constantes peleas entre los blancos por cuestiones de precedencia de las comidas, ordenó fabricar una inmensa mesa redonda, para la cual hubo de ser construida una casa especial. Éste era el comedor de la estación. El lugar donde él se sentaba era la presidencia; el resto no contaba. Era obvio que ésta era su convicción inalterable. No era cortés ni descortés. Era tranquilo. Consentía que su boy, un negro joven y sobrealimentado de la costa tratara en su presencia a los blancos con una insolencia provocativa.


Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, Madrid, Ediciones Cátedra, Colección Letras Universales, 2005, pág. 160-161.
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez. Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.

La montaña magica, Thomas Mann

          -¿Qué? ¿Ya se ha acabado el verano?- preguntó Hans Castorp irónicamente a su primo el tercer día.
           El tiempo había cambiado de un modo terrible.
         El segundo día completo pasado por el visitante allá arriba fue un esplendor verdaderamente estival.             El azul profundo del cielo brillaba por encima de las copas puntiagudas de los abetos;  la aldea, en el fondo del valle, resplandecía bajo una claridad que se había hecho vibrátil por el calor, mientras el tintineo de las esquilas de las vacas que pacían en la hierba corta y tibia de las praderas animaba el aire con una alegría dulcemente contemplativa.
       A la hora del desayuno las señoras habían aparecido ya con ligeras blusas de lino: alguna de ellas incluso con los brazos al aire, lo que no sentaba igualmente bien a todas. La señora Stoehr, por ejemplo, no resultaba muy favorecida; sus brazos eran demasiado esponjosos y la transparencia del vestido no le sentaba bien.             


Thomas Mann, La montaña mágica, Barcelona, Plaza & Janes, El ave fenix, 1987, 3ª ed., pág 98, Seleccionado por Delia Marinela Bulau, Primero de Bachillerato, curso 2015-2016