viernes, 11 de diciembre de 2015

La náusea, Jean Paul Sartre


Pero a la fotografía siguiente, es el delirio. Lanza un grito de gozo.
—¡Segovia! ¡Segovia! Yo he leído un libro sobre Segovia.
Agrega, con cierta nobleza:
—Señor, ya no recuerdo el nombre del autor. A veces tengo distracciones.
Na... No... Nod...
—Imposible —le digo vivamente —, está usted en Lavergne.
Lamento en seguida mis palabras; después de todo nunca me habló de este
método de lectura; ha de ser un delirio secreto. En efecto, queda desconcertado, y
se le hinchan los gruesos labios, con aire llorón. Luego baja la cabeza y mira unas
diez postales sin decir palabra.
Pero al cabo de treinta segundos, veo que un poderoso entusiasmo lo colma y
que va a reventar si no habla:
—Cuando termine mi instrucción (todavía calculo seis años más), me uniré, si
me lo permiten, a los estudiantes y profesores que hacen un crucero anual al
Cercano Oriente. Quisiera aclarar ciertos conocimientos —dice con unción— y
además, me gustaría que me sucedieran cosas inesperadas, nuevas, aventuras,
para decirlo de una vez.
Ha bajado la voz; tiene un gesto pícaro.
—¿Qué clase de aventuras?—le pregunto, asombrado.
—De todas clases, señor. Usted se equivoca de tren. Baja en una ciudad
desconocida. Pierde la valija, lo detienen por error, pasa la noche en la cárcel.
Señor, creo que la aventura puede definirse así: un acontecimiento que sale de lo
ordinario sin ser forzosamente extraordinario. Se habla de la magia de las
aventuras. ¿Le parece justa esta expresión? Quisiera hacerle una pregunta, señor.
—¿Qué?
Se ruboriza y sonríe.
—Tal vez sea indiscreta.
—No importa, diga.
Se inclina hacia mí y pregunta, con los ojos entrecerrados:
—¿Ha tenido usted muchas aventuras, señor?
Respondo maquinalmente:
—Algunas—, echándome hacia atrás, para evitar su aliento pestífero.
Sí, lo dije maquinalmente, sin pensarlo. En efecto, por lo general más bien me
enorgullezco de haber tenido tantas aventuras. Pero hoy, en cuanto pronuncio
estas palabras, siento una gran indignación contra mí mismo: me parece que
miento,  que  en  mi  vida  he  tenido  la  menor aventura, o mejor, ni siquiera sé qué
quiere decir esa palabra. Al mismo tiempo pesa sobre mis hombros el mismo
desaliento que me asaltó en Hanoi, hace cerca de cuatro años, cuando Mercier me
apremiaba para que me uniera a él, y yo, sin contestar, miraba fijo una estatuita
kmer. Y la IDEA, esa gran masa blanca que tanto me desagradó entonces, está ahí;
no había vuelto a verla durante estos cuatro años.
—¿Podría preguntarle...?—dice el Autodidacto.
¡Diantre! Que le cuente una de esas famosas aventuras. Pero ya no quiero
decir una palabra sobre el tema.
—Ahí —digo inclinado sobre sus hombros estrechos, y apoyando el dedo en
una foto—, ahí está Santillana, el pueblo más lindo de España.
—¿Santillana, el pueblo de Gil Blas? No creí que existiera. ¡Ah, señor, qué
provechosa es su conversación! Bien se ve que usted ha viajado.


 Seleccionado por Daniel Carrasco Carril. Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016.

El barón rampante, Italo Calvino

 

     Cósimo estaba en la encina. Las ramas se agitaban, altos puentes sobre la tierra. Soplaba un viento ligero; hacía sol. El sol se filtraba entre las hojas, y nosotros, para ver a Cósimo, teníamos que hacer pantalla con la mano. Cósimo miraba el mundo desde el árbol: todo, visto desde allá arriba, era distinto, y eso ya era una diversión. La avenida tenía una perspectiva bien diferente, y los parterres, las hortensias, las camelias, la mesita de hierro para tomar el café en el jardín. Más allá las copas de los árboles se hacían menos espesas y la huerta descendía en pequeños campos escalonados, sostenidos por muros de piedras; detrás estaba oscurecido por los olivares, y, más allá, asomaban los tejados de la población de Ombrosa, de ladrillos descoloridos y pizarra, y se distinguían las vergas de los navíos, allí donde debía de estar el puerto. Al fondo se extendía el mar, con el horizonte alto, y un lento velero lo atravesaba. El barón y la generala, después del café, salían ahora al jardín. Miraban un rosal, simulaban no apercibirse de Cósimo. Iban del brazo, pero en seguida se separaban para discutir y gesticular. Yo, en cambio, llegué hasta la encina, como jugando por mi cuenta, aunque en realidad trataba de llamar la atención de Cósimo; pero él me guardaba rencor y continuaba mirando a lo lejos. Cesé en mi empeño, y me acurruqué detrás de un banco para poder seguir observándolo sin ser visto.
 Italo Calvino, El barón rampante  http://portalacademico.cch.unam.mx/materiales/al/cont/tall/tlriid/tlriid4/circuloLectores/docs/el-baron-rampante.pdf
 Seleccionado por Julia Mateos Gutiérrez curso 2015-2016

La náusea, Jean-Paul Sartre

     La mano del muchacho sale de la sombra, planea un instante, blanca, indolente; luego cae de improviso como un milano y aprieta un naipe contra el tapete. El gordo colorado salta por el aire: —¡Mierda! Éste alza. La silueta del rey de corazones aparece entre dedos crispados después alguien la vuelve de narices y el juego continúa. Hermoso rey, venido de tan lejos, preparado por tantas combinaciones, por tantos gestos desaparecidos. Ahora desaparece a su vez, para que nazcan otras combinaciones y otros gestos, ataques, réplicas, vueltas de la fortuna, multitud de pequeñas aventuras. Estoy emocionado, siento mi cuerpo como una máquina de precisión en reposo. Yo he tenido verdaderas aventuras. No recuerdo ningún detalle, pero veo el encadenamiento riguroso de las circunstancias. He cruzado mares, he dejado atrás ciudades y be remontado ríos; me interné en las selvas buscando siempre nuevas ciudades. He tenido mujeres, he peleado con individuos, y nunca pude volver atrás, como no puede un disco girar al revés. ¿Y a dónde me llevaba todo aquello? A este instante, a esta banqueta, a esta burbuja de claridad rumorosa de música.
                                                     
                                                         And when you leave me

      Sí, yo que tanto gusté de sentarme en Roma a orillas del Tíber; de bajar y remontar cien veces las Ramblas de Barcelona, a la noche; yo que cerca de Angkor, en el islote de Baray de Prah-Kan vi una baniana que anudaba sus raíces alrededor de la capilla de los nagas, estoy aquí, vivo en el mismo instante que los jugadores de malilla, escucho a una negra que canta mientras afuera vagabundea la noche débil. El disco se ha detenido. La noche entra dulzona, vacilante. Es invisible, pero está ahí, vela las lámparas; en el aire se respira algo espeso: es ella. Hace frío. Uno de los jugadores empuja las cartas en desorden hacia otro que las recoge. Un naipe ha quedado atrás. ¿No lo ven? Es el nueve de corazones. Por fin alguien lo entrega al joven de cabeza perruna. —¡Ah! Es el nueve de corazones. Está bien. Voy a irme. El viejo violáceo se inclina sobre ana hoja chupando la punta de un lápiz. Madeleine lo mira con ojos claros y vacíos. El muchacho da vueltas entre sus dedos al nueve de corazones. ¡Dios mío ...! Me levanto penosamente; en el espejo, sobre el cráneo del veterinario, veo deslizarse un rostro inhumano.



Jean-Paul Sartre, La náusea,http://www.infojur.ufsc.br/aires/arquivos/Jean%20Paul%20Sartre%20-%20La%20Nausea.pdf , seleccionado por Paola Moreno Díaz , segundo de bachillerato, curso 2015-2016.

viernes, 4 de diciembre de 2015

La naranja mecánica, Anthony Burgess


-Y- dijo mi papá- estabas como imponente en un charco de sangre y no podías contestar los golpes.
-Eso era realmente lo contrario de lo que ocurría, de modo que otra vez sonreí discretamente para mis adentros, y luego saqué todo el dengo que tenía en los carmanos, y lo hice sonar sobre el mantel de colores chillones.
-Toma, papá, no es gran cosa-le dije-. Es lo que gané anoche. Pero tal vez les alcance para una piteada de whisky que se pueden tomar los dos por ahí.
-Gracias, hijo- replicó pe- Pero ahora no salimos mucho. No nos atrevemos, en vista de que las calles están muy peligrosas. Matones jóvenes, y todo eso. De cualquier modo, gracias. Mañana traeré una botella de algo.- Y pe se metió el dengo mal habido en los carmanos del pantalón, mientras ma chistaba los platos en la cocina. Yo me marché repartiendo sonrisas cariñosas.  
Cuando llegué al pie de la escalera me sentí un poco sorprendido. Más todavía. Abrí la boca mostrando verdadero asombro. Habían venido a buscarme. Me esperaban junto a la pared garabateada, como ya expliqué: ve cos y chinas desnudos en una actitud severa exhibiendo la naga dignidad del trabajo, frente a las ruedas de la industria, y toda esa basura que es brotaba de las rotas, obra de los málchicos perversos. El Lerdo tenía en la mano una gruesa barra de color, y estaba dibujando slovos sucios muy grandes sobre todo el cuadro, y estallando en las risotadas del viejo Lerdo, bu ju ju, mientras escribía. Pero se volvió cuando Georgie y Pete me saludaron, mostrándome los subos drugos y brillantes, y trompeteó:
-Ya está aquí, ya ha venido, hurrah- e hizo una torpe pirueta que quería ser un paso de baile.

Anthony Burgess, La naranja mecánica, www.rodriguezalvarez.com/novelas/pdfs/Burgess,%20Anthony%20"A%20Clokwork%20Orange"-Xx-En-Sp.pdf
 Seleccionado por Clara Fuentes Gomez. Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016.

Paris era una fiesta, Ernest Hemingway




   Antes de que llegaran los ricos a que me refiero, ya otros ricos nos habían contaminado, usando la más vieja artimaña que el mundo conoce. Consiste en lograr que una joven soltera se convierta por un tiempo en la mejor amiga de otra joven que está casada, que se ponga a convivir con la esposa y con el marido, y que, inconsciente e inocente e implacablemente, inicie una maniobra para casarse con el marido. Cuando el marido es un escritor ocupado en un trabajo arduo que le lleva mucho tiempo, y durante la mayor parte del día no puede hacer compañía ni dar apoyo a su mujer, el plan parece estar lleno de ventajas, hasta que se descubre cómo funciona el mecanismo. Al terminar su jornada de trabajo, el marido se encuentra a su alrededor con dos muchachas atractivas. Una es nueva y  desconocida, y con un poco de mala suerte el marido se encuentra enamorado de ambas a la vez.

   Entonces, en vez de los dos y su hijo, ahí tenemos a los tres.  AI principio es divertido y estimulante, y   sigue siéndolo por largo tiempo. Todas las verdaderas maldades nacen en estado de inocencia. Uno vive al día, y goza de lo que tiene y no se apura. Uno empieza a decir mentiras, y no quisiera decirlas, y empieza el desmoronamiento y cada día crece el peligro, pero uno va viviendo al día, como en la guerra. Tuve que dejar Schruns e ir a Nueva York para ponerme de acuerdo con los editores. Una vez listo el asunto en Nueva York, volví a París con el propósito de tomar el primer tren que saliera de la Gare de 1’Est para Austria. Pero la chica de quien me había enamorado estaba entonces en París, y no tomé el primer tren, ni
tampoco el segundo ni el tercero.

     Cuando al fin vi a mi mujer de pie junto a las vías, mientras el tren entraba en la estación entre grandes pilas de troncos, antes hubiera querido haberme muerto que haberme enamorado de otra. Ella sonreía, el sol daba en su hermosa cara morena por la nieve y el sol, y su cuerpo era hermoso, y centelleaba el sol en el oro rojizo de su pelo que era hermoso y había crecido cu desorden todo el invierno, y de pie a su lado estaba Mr. Bumby, rubio y corpulento y con sus mejillas rojas por el invierno, con el aspecto de un buen hijo del Vorarlberg.

—Oh Tatie mío —dijo ella entre mis brazos—, qué suerte que estés de vuelta y que le hayan salido tan bien los negocios con los editores. Te quiero tanto y te eché tanto de menos. Yo la quería y no quería a nadie mas, y el tiempo que pasamos solos fue de mágica maravilla. Trabajé a gusto y juntos hicimos grandes excursiones, y me creí de nuevo invulnerable, y el otro asunto no volvió a empezar hasta que, a fines de la primavera, dejamos las sierras y volvimos a París. Aquello fue el final de la primera parte de París. París no volvería nunca a ser igual, aunque seguía siendo París, y uno cambiaba a medida que cambiaba la ciudad.
Nunca volvimos al Vorarlberg, ni tampoco volvieron los ricos. París no se acaba nunca, y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí es distinto del recuerdo de cualquier otra. Siempre hemos vuelto, estuviéramos donde estuviéramos, y sin importarnos lo trabajoso o lo fácil que fuera llegar allí. París siempre valía la pena, y uno recibía siempre algo a trueque de lo que allí dejaba. Yo he hablado de París según era en los primeros tiempos, cuando éramos muy pobres y muy felices.


Ernest Hemingway, Paris era una fiesta, www.infotematica.com
Seleccionado por Maria Alegre Trujillo Segundo de bachillerato, Curso 2015 -2016 

El cuaderno dorado, Doris Lessing

«Estáis siendo indoctrinados. Todavía no hemos encontrado un sistema educativo que no sea de indoctrinación. Lo sentimos mucho, pero es lo mejor que podemos hacer. Lo que aquí se os está enseñando es una amalgama de los prejuicios en curso y las selecciones de esta cultura en particular. La más ligera ojeada a la historia os hará ver lo transitorios que pueden ser. Os educan personas que han sido capaces de habituarse a un régimen de pensamiento ya formulado por sus predecesores. Se trata de un sistema de autoperpetuación. A aquellos de vosotros que sean más fuertes e individualistas que los otros, les animaremos para que se vayan y encuentren medios de educación por sí mismos, educando su propio juicio. Los que se queden deben recordar, siempre y constantemente, que están siendo modelados y ajustados para encajar en las necesidades particulares y estrechas de esta sociedad concreta.»

Doris Lessing, El cuaderno dorado, https://ferrusca.files.wordpress.com/2013/11/el-cuaderno-dorado_dorislessing.pdf. Seleccionado por Lidia Rodríguez Suárez. Segundo de bachillerato. Curso 2015-2016.

Muerte en Venecia, Thomas Mann

Capítulo V.

Eso sucedía hacia el mediodía. Después, de comer, Aschenbach se fue por mar a
Venecia, a pesar de la calma y del calor, acosado por la manía de perseguir a los
hermanos polacos, a quienes había visto tomar el camino del embarcadero con su
institutriz. No encontró a su ídolo en San Marcos. Pero, estando sentado a una de las.
mesitas instaladas en la parte sombreada de la playa, ante su taza de té, advirtió de
pronto en el aire un aroma peculiar. Le pareció que aquel aroma venía envolviéndolo
todos los días, sin él haberse dado cuenta; un olor dulzón, oficial, que hacía pensar en
plagas y pestes y en una sospechosa limpieza. Lo examinó y reconoció poniéndose
pensativo; y, terminando su colación, abandonó la plaza por el lado frontal del templo.
Al penetrar en las calles estrechas, el olor se hizo aún más agudo. En las esquinas se
veían pegados bandos de alarma, en los cuales se advertía a la población que debía
privarse de ostras y mariscos, así como del agua de canales, a consecuencia de
ciertos desarreglos gástricos que el calor hacía muy frecuentes. El carácter de tales
admoniciones era patente. En los puentes y plazas había silenciosos grupos de gente
del pueblo mientras el forastero se paraba junto a ellos inquisitivo y caviloso.

Thomas Mann, Muerte en Venecia, https://ia601701.us.archive.org/23/items/LaMuerteEnVeneciaThomasMann/La%20Muerte%20en%20Venecia%20-%20Thomas%20Mann.pdf
Seleccionado por Laura Agustín Críspulo, Segundo de bachillerato, curso 2015-2016.


El señor de las moscas, William Golding


             La gran marea del Pacífico se disponía ya a subir y a cada pocos segundos las aguas de la laguna, relativamente tranquilas, se alzaban y avanzaban un par de centímetros. Ciertas criaturas habitaban en aquella última proyección del mar, seres diminutos y transparentes que subían con el agua a husmear en la cálida y seca arena. Con impalpables órganos sensorios examinaban este nuevo territorio. Quizás hallasen ahora alimentos que no habían encontrado en su última incursión; excrementos de pájaros, incluso insectos o cualquier detrito de la vida terrestre. Extendidos como una miríada de diminutos dientes de sierra llegaban los seres transparentes a la playa en busca de desperdicios. Aquello fascinaba a Henry. Hurgó con un palito, también vagabundo y desgastado y blanqueado por las olas, tratando de dominar con él los movimientos de aquellos carroñeros. Hizo unos surcos, que la marea cubrió, e intentó llenarlos con esos seres. Encontró tanto placer en verse capaz de ejercer dominio sobre unos seres vivos, que su curiosidad se convirtió en algo más fuerte que la mera alegría. Les hablaba, dándoles ánimos y órdenes. Impulsados hacia atrás por la marea, caían atrapados en las huellas que los pies de Henry dejaban sobre la arena. Todo eso le proporcionaba la ilusión de poder. Se sentó en cuclillas al borde del agua, con el pelo caído sobre la frente y formándole pantalla ante los ojos, mientras el sol de la tarde vaciaba sobre la playa sus flechas invisibles. También Roger esperaba.
 
      William Golding, El señor de las moscas, https://cidetac.files.wordpress.com/2015/08/golding-william-el-senor-de-las-moscas.pdf
      Seleccionado por Julia Mateos Gutiérrez, segundo de bachillerato curso 2015-2016

El corazón de las tinieblas J.Conrad


    Todo aquello era grandioso,
esperanzador,  mudo,  mientras  aquel  hombre  charlaba  banalmente
sobre  sí  mismo.  Me  pregunté  si  la  quietud  del  rostro  de  aquella
inmensidad que nos contemplaba a ambos significaba un buen presagio
o  una  amenaza.  ¿Qué  éramos  nosotros,  extraviados  en  aquel  lugar?
¿Podíamos dominar aquella cosa muda, o sería ella la que nos manejaría
a nosotros? Percibí cuán grande, cuán inmensamente grande era aquella
cosa que no podía hablar, y que tal vez también fuera sorda. ¿Qué había
allí? Sabía que parte del marfil llegaba de allí y había oído decir que el
señor Kurtz estaba allí. Había oído ya bastante. ¡Dios es testigo! Pero sin
embargo aquello no producía en mí ninguna imagen; igual que si me
hubiesen dicho que un ángel o un demonio vivían allí. Creía en aquello
de la misma manera  en que  cualquiera de  vosotros podría  creer que
existen habitantes en el planeta Marte.

 Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, http://mural.uv.es/deladel/El%20corazon%20de%20las%20tinieblas.pdf, 
Seleccionado por Daniel Carrasco Carril, segundo de bachillerato,curso 2015/2016

El mito de Sísifo, Albert Camus




      No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Las demás, si el mundo tiene tres dimensiones, si el espíritu tiene nueve o doce categorías, vienen a continuación. Se trata de juegos; primeramente hay que responder. Y si es cierto, como pretende Nietzsche, que un filósofo, para ser estimable, debe predicar con el ejemplo, se advierte la importancia de esa respuesta, puesto que va a preceder al gesto definitivo. Se trata de evidencias perceptibles para el corazón, pero que se debe profundizar a fin de hacerlas claras para el espíritu. Si me pregunto en qué puedo basarme para juzgar si tal cuestión es más apremiante que tal otra, respondo que en los actos a los que obligue. Nunca vi morir a nadie por el argumento ontológico. Galileo, que defendía una verdad científica importante, abjuró de ella con la mayor facilidad del mundo, cuando puso su vida en peligro. En cierto sentido, hizo bien. Aquella verdad no valía la hoguera. Es profundamente indiferente saber cuál gira alrededor del otro, si la tierra o el sol. Para decirlo todo, es una cuestión baladí.


Albert Camus, el mito de sísifo,http://www.correocpc.cl/sitio/doc/el_mito_de_sisifo.pdf,
seleccionado por Paola Moreno Díaz, segundo de bachillerato,curso 2015-2016





Últimos poemas W.B.Yeats

Los hombres mejoran con los años.

Estoy cansado de sueños; 
Un tritón de mármol, gastado por el clima
en los riachuelos; 
Y durante todo el día observo 
la belleza de esta dama 
como si hubiese hallado en un libro 
una belleza imaginada, 
satisfecho de tener repletos mis ojos 
o mis oídos que perciben, 
encantado de no ser más que sabio, 
pues los hombres mejoran con los años; 
Pero aún así, aún así, 
¿Es ese mi sueño, o la verdad? 
Oh, ¡cómo quisiera que nos hubiésemos conocido 
cuando yo tenía mi ardiente juventud! 
Pero envejezco entre sueños, 
un tritón de mármol, gastado por el clima 
en los riachuelos.


Últimos poema,shttp://www.dim.uchile.cl/~anmoreir/escritos/yeats.html#menimprove,Seleccionado por Daniel Carrasco Carril, segundo de bachillerato,curso 2015/2016

El señor de las moscas, William Golding


Al otro lado de la pantalla de hojas, el sol vertía sus rayos y en el centro del espacio libre las mariposas seguían su interminable danza. Se arrodilló y le alcanzaron las flechas del sol. La vez anterior el aire parecía  simplemente vibrar de calor; pero ahora le amenazaba. No tardó en caerle el sudor por su larga melena lacia. Se movió de un lado a otro, pero no había manera de evitar el sol. Al rato sintió sed; después una sed enorme.
Permaneció sentado.
En la playa, en una parte alejada, Jack se encontraba frente a un pequeño grupo de muchachos. Parecía radiante de felicidad.
- A cazar - dijo. Examinó a todos detenidamente. Portaban los restos andrajosos de una gorra negra, y, en tiempo lejanísimo, aquellos muchachos habían formado en dos filas ceremoniosas para entonar con sus voces el canto de los ángeles.
- Nos dedicaremos a cazar y yo seré el jefe. Asintieron, y la crisis pasó imperceptiblemente.
- Y ahora... en cuanto a esa fiera... Se agitaron; todas las miradas se volvieron hacia el bosque.
- Os voy a decir una cosa. No vamos a hacer caso de esa fiera.
Les dirigió un ademán afirmativo con la cabeza:
- Nos vamos a olvidar de la fiera.
- ¡Eso es!
- ¡Eso!
- ¡Vamos a olvidarla!
Si Jack sintió asombro ante aquel fervor, no lo demostró.
- Y otra cosa. Aquí ya no tendremos tantas pesadillas. Estamos casi al final de la isla.
Desde lo más profundo de sus atormentados espíritus, asintieron apasionadamente.
- Y ahora, escuchad. Podemos acercarnos luego al peñón del castillo, pero ahora voy a apartar de la caracola y de todas esas historias a otro de los mayores. Luego mataremos un cerdo y podremos darnos una comilona.
Hizo un silencio y después continuó con voz más pausada:
- Y en cuanto a la fiera, cuando matemos algo le dejaremos un trozo a ella. Así a lo mejor no nos molesta. Bruscamente se puso en pie.
- Ahora, al bosque, a cazar.

William Golding, El señor de las moscas, Madrid, Alianza editorial (versión digital), https://cidetac.files.wordpress.com/2015/08/golding-william-el-senor-de-las-moscas.pdf.
 Seleccionado por Clara Fuentes Gomez. Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016.

lunes, 30 de noviembre de 2015

La flecha negra,Robert louis stevenson

Aquella noche pasáronla sir Daniel y sus hombres en Kettley, cómodamente acuertelados y bien patrullados. Mas el caballero de tunstall era uno de esos hombres que jamás ven satisfecha su avaricia, y aun en este momento, a punto de empeñarse en una aventura que no sabía si había de favorecerle o perjudicarle, ya estaba levantado, a la una de la madrugada, dispuesto a esquilmar a sus pobres vecinos. Su tráfico consistía principalmente en las herencias en litigio; su método era comprar los derechos del demandante menos provisto de razón, y luego, ganando la voluntad de los que gozaban del favor del rey, procurábase injustas sentencias a favor suyo; o, si eso era andarse en demasiados rodeos, apoderábase de la mansión disputa por la fuerza de las armas, confiando en su influencia y en las marrullerías de sir Oliverio para burlar la ley, a fin de conservar lo que había arrebatado. Kettley era uno de semejantes lugares; recientemente había caído en sus garras, y todavía luchaba con la oposición de sus arrendatarios; por tal motivo, para intimidar a los descontentos, hubo de conducir allí a sus tropas.
Serían las dos de la madrugada cuando sir Daniel hallábase sentado en su habitación de la posada al amor de la lumbre, ya que aquella hora era intenso el frío en los marjales de Kattley. Tenía a la mano un jarro de cerveza sazonada con especias; habíase despojado de su yelmo y mostraba su cabeza calva, en tanto apoyaba su rostro enjusto y oscuro sobre la mano, vuelto su cuerpo en una capa de color sangriento. En uno de los extremos de la estancia, cerca de una docena de hombres de los suyos daban guardia a la puerta o dormitaban sobre unos bancos, y más próximo a él, un jovenzuelo, que aparentaba tener de doce a trece años, hallábase tendido cuan largo era sobre una manta que cubría el suelo. El dueño de la posada del Sol permanecía en pie ante nuestro gran personaje.


La flecha negra,Madrid,alfaguara,1994/1996,311,Seleccionado por Jennifer Garrido Gutiérrez, primero de bachillerato,2015/2016

El último abencerraje, François René de Chateaubriand

           Cuando Boabdil, último rey de Granada, se vio obligado a abandonar el reino de sus padres, se detuvo en la cima del monte Padul, desde donde se descubría el mar en que el desventurado monarca iba a embarcarse para África; descubríase también a Granada, la vega y el Genil, en cuyas orillas se alzaban las tiendas de campamento de Fernando e Isabel. A la vista de tan delicioso país, y de los cipreses que aún señalaban aquí y acullá los sepulcros de los musulmanes, Boabdil rompió en acerbo el llanto. Su madre, la sultana Aixa, que le acompañaba en el destierro con los grandes que un tiempo componían su corte, le dijo: <> Bajaron de la montaña, y Granada se ocultó para siempre de sus ojos.
           Los moros españoles que compartieron la suerte de su rey, se dispersaron por el el África. Las tribus de los cegríes y los gomeles se establecieron en el reino de Fez, de que eran descendientes. Los vanegas y los alabes se detuvieron en la costa, desde Orán hasta Argel; y por último, los abencerrajes fijaron su morada en las mediaciones de Túnez, formando enfrente de las ruinas de Cartago una colonia que todavía se distingue de los moros africanos por la elegancia de sus costumbres y la benignidad de sus leyes.
           Estas familias llevaron a su nueva patria el recuerdo de la antigua. El Paraíso de Granada no se borraba de su memoria; las madres repetían su nombre a sus hijos aun en la lactancia, y los adormecían con los romances de los cegríes y los abencerrajes. De cinco en cinco días oraban en la mezquita, volviéndose hacia Granada, para conseguir de Alá restituyese a sus elegidos aquella tierra de delicias.



    François René de Chateaubriand, El último abencerraje, Sevilla, Paréntesis, ed. 24, Orfeo, página 17.
    Seleccionado por Delia Marinela Bulau, Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.

Frankenstein, Mary Shelley

       Nos criamos juntos; no nos llevábamos ni un año de diferencia. No hace falta decir que no conocimos ningún tipo de desunión o disputa. La armonía era el alma de nuestro compañerismo, y la diversidad y contraste que existía en nuestros caracteres nos acercaba aún más. Elizabeth era de disposición más serena y concentrada; yo, con todo mi ardor, era capaz de una dedicación más intensa y estaba más profundamente dominado por la sed de saber. Ella se ocupaba en seguir las creaciones de los poetas, y encontraba en los solemnes y maravillosos escenarios que rodeaban nuestra casa en Suiza, en las formas sublimes de las montañas, en los cambios de las estaciones, en la tempestad y en la calma, en el silencio del invierno, y en la vida y turbulencia de nuestros veranos alpinos, amplios motivos para la admiración y el deleite. Mientras mi compañera contemplaba con espíritu grave y satisfecho la magnífica apariencia de las cosas, yo disfrutaba investigando sus causas. El mundo era para mí un secreto que deseaba desentrañar. Entre las primeras sensaciones de que tengo recuerdo, están la curiosidad, la investigación seria de las leyes ocultas de la naturaleza y un gozo rayano en el éxtasis cuando se me relevaban.
       Cuando les nació el segundo hijo, siete años menor que yo, mis padres abandonaron por completo su vida viajera y se establecieron en su país natal. Poseíamos una casa en Ginebra,y una campagne en Belrive, en la orilla oriental del lago, a algo más de una legua de la ciudad. Residíamos principalmente en esta última, y la vida de mis padres transcurría en considerable aislamiento.