viernes, 8 de enero de 2016

Final de partida, Samuel Becket

 (...)Dios sabe por qué razones sobrevivió, por así decir, a la invasión, en aquella cama había sufrido el ladrón de automóviles indecibles dolores, tal vez por eso haya quedado en ella un aura de padecimiento que hizo alejarse a la gente. Son disposiciones del destino, misterios de los arcanos, y esta casualidad no ha sido la primera, lejos de eso, basta reparar que a esta sala llegaron todos los pacientes de la vista que se encontraban en el consultorio cuando apareció el primer ciego, entonces todavía se pensaba que la cosa no iba a más. Bajito, como de costumbre, para no descubrir el secreto de su presencia, la mujer del médico susurró al oído del marido, Quizá haya sido también enfermo tuyo, es un hombre ya de edad, calvo, de pelo blanco, y lleva una venda negra en uno de los ojos, recuerdo que me hablaste de él, En qué ojo, En el izquierdo, Tiene que ser él. El médico avanzó por el corredor y dijo, levantando un poco la voz, Me gustaría poder tocar a la persona que acaba de unirse a nosotros, le ruego que venga andando en esta dirección, yo iré a su encuentro. Coincidieron en medio del camino, los dedos con los dedos, como dos hormigas que se reconocieran por el manejo de las antenas, no será así en este caso, el médico pidió permiso, tanteó con las manos la cara del viejo, encontró rápidamente la venda, No hay duda, era el último que nos faltaba aquí. El paciente de la venda negra, exclamó, Qué quiere decir, quién es usted, preguntó el viejo, Soy, era su oftalmólogo, se acuerda, estuvimos hablando de la fecha de su operación de cataratas, Y cómo me ha reconocido, Sobre todo por la voz, la voz es la vista de quien no ve, Sí, la voz, también yo reconozco la suya, quién nos lo iba a decir, doctor, ahora ya no necesito que me opere, Si hay remedio para esto, los dos lo necesitamos, Recuerdo que usted, doctor, me dijo que después de operado no iba a reconocer el mundo en que vivimos, ahora sabemos cuánta razón tenía, Cuándo se quedó ciego, Ayer por la noche, Y lo han traído ya, Hay tanto miedo ahí fuera que pronto van a matar a las personas cuando descubran que se han quedado ciegas, Aquí ya liquidaron a diez, dijo una voz de hombre, Los encontré, dijo el viejo de la venda negra simplemente, Eran de otra sala, a los nuestros los enterramos inmediatamente, añadió la misma voz como si acabase un informe. La chica de las gafas oscuras se había ido acercando, Se acuerda de mí, llevaba puestas unas gafas oscuras, Me acuerdo muy bien, a pesar de la catarata recuerdo que era muy bonita, la chica sonrió, Gracias, dijo, y volvió a su sitio. Desde allí añadió,(...)


Becket, Samuel, Final de partida
http://web.seducoahuila.gob.mx/biblioweb/upload/Saramago,%20Jose%20-%20Ensayo%20sobre%20la%20ceguera.pdf
texto seleccionado por Paola Moreno Díaz, segundo de bachillerato, curso 2015-2016





El proceso, Franz Kafka

Una mañana de invierno ––fuera caía la nieve y la luz era mortecina––, K estaba sentado en su despacho, exhausto a pesar de encontrarse in las primeras horas de la mañana. Para protegerse de los funcionarios inferiores, había encargado a su ordenanza que no dejase pasar a nadie; puso como excusa que estaba muy ocupado. Pero en vez de trabajar, giraba en su sillón, desplazaba lentamente distintos objetos sobre el escritorio y, sin ser muy consciente de lo que hacía, terminó por extender el brazo sobre la mesa y permanecer inmóvil con la cabeza inclinada. El proceso ya no abandonaba sus pensamientos. Con frecuencia había considerado la posibilidad de redactar un escrito de defensa y Presentarlo al tribunal. En él incluiría una corta descripción de su vida y aclararía, respecto a cada acontecimiento importante, por qué motivos había actuado así, si esa forma de actuar, según su juicio actual, era reprochable o no, y las justificaciones que se podían aducir en uno u otro caso. Las ventajas de un escrito de defensa con un contenido similar, en comparación con la simple defensa a través del abogado, por lo demás tampoco libre de objeciones, eran indudables. K no sabía lo que el abogado emprendía; en todo caso no era mucho, hacía un mes que no le llamaba y en ninguna de las visitas previas tuvo la impresión de fue ese hombre pudiera alcanzar algo. Ni siquiera le había preguntado apenas nada. Y, sin embargo, había tanto que preguntar. Preguntar era, sin duda, lo principal. K tenía la sensación de que él mismo podía plantear todas las preguntas necesarias del caso. El abogado, por el contrario, en vez de preguntarle, contaba cosas él mismo o permanecía en silencio, inclinándose sobre el escritorio ––tal vez por su dureza de oído––, tirándose de un pelo de la barba y mirando fijamente la alfombra, es posible que hacia el lugar en el que habían yacido K y Leni.

Franz Kafka, El proceso, http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/K/Kafka,%20Franz%20-%20El%20Proceso.pdf
Seleccionado por Lidia Rodríguez Suárez. Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016.

La muerte de un viajante, Arthur Miller


LINDA: ¿Qué has dicho? 
BIFF: Nada. Sólo he preguntado: «¿Qué mujer?». 
HAPPY: ¿Qué pasa con ella? 
LINDA: Veréis, parece ser que esa mujer iba andando por la carretera y vio el coche. Dice que Willy no conducía rápido, ni mucho menos, y que el vehículo no patinó. Fue hacia el puentecillo a propósito, rompió el pretil, y lo único que le salvó fue la poca profundidad del agua. 
BIFF: Lo más probable es que hubiera vuelto a dormirse. 
LINDA: No creo que se durmiera. 
BIFF: ¿Por qué no? 
LINDA: El mes pasado...  (Con gran dificultad:)  ¡Qué difícil resulta contar una cosa así, hijos míos! Le tomáis por un estúpido, pero os digo que hay más bondad en él que en la mayoría de la gente. (La emoción le embarga la voz, y se enjuga los ojos.) Yo estaba buscando un fusible. Hubo un apagón y bajé al sótano. Y detrás de la caja de fusibles... caído..., vi un tubo de goma bastante corto. 
HAPPY: ¿En serio? 
LINDA: En el extremo tiene un pequeño accesorio de fijación, y, como me temía, bajo la caldera había un nuevo manguito de unión en la tubería del gas. 
HAPPY (enojado): Ese... memo. 
BIFF: ¿Lo has quitado? 
LINDA: Yo... Me da apuro. ¿Cómo puedo decírselo? Cada día bajo al sótano y retiro el tubo corto de goma. Pero cuando él vuelve a casa, lo dejo donde estaba. ¿Cómo podría insultarle de esa manera? No sé qué hacer. Vivo con el corazón en un puño, hijos míos. Creedme,  sé lo que le está rondando por la cabeza. Parece anticuado y estúpido, pero os digo que os ha dedicado su vida entera, y vosotros le habéis dado la espalda.  (Está inclinada en la silla, llorando, el rostro entre las manos.)  ¡Te lo juro, Biff, tienes su vida en tus 
manos! 
HAPPY (a Biff): ¡Mira con qué nos sale el muy idiota! 
BIFF (besándola): De acuerdo, mamá, de acuerdo. No hay más que hablar. He sido un descuidado. Lo sé, mamá, pero voy a quedarme, y te juro que haré las cosas como es debido.  (Arrodillándose ante ella lleno de remordimiento:) Es sólo que... no sirvo para estar  atado a un empleo, ¿sabes? Pero voy a intentarlo, sí, voy a intentarlo, y tendré éxito. 
HAPPY: Claro que lo tendrás. Lo malo de ti, por lo que se refiere al trabajo, es que nunca has tratado de agradar a la gente. 
BIFF: Lo sé, yo... 
HAPPY: Como cuando trabajabas con  Harrison. Bob Harrison decía que valías mucho, y entonces vas y te pones a hacer idioteces, a silbar canciones enteras en el ascensor, como un comediante. 
BIFF (en contra de Happy): ¿Y qué? Me gusta silbar de vez en cuando. 
HAPPY: ¡No dan un puesto de responsabilidad a un empleado que silba en el ascensor! 
LINDA: No discutáis ahora sobre eso, por favor. 

Arthur Miller, La muerte de un viajante, https://escuelapreoletaria.files.wordpress.com/2010/09/milller-arthur-muerte-de-un-viajante.pdf
Seleccionado por Clara Fuentes Gómez, Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016.


Opiniones de un payaso, Heinrich Böll


  • En Bonn las cosas sucedían siempre de modo muy distinto; allí nunca he salido a escena, allí vivo, y el taxi que tomaba nunca me llevaba a un hotel, sino a mi propio piso. Debí decir: nos llevaba, a Marie y a mi. Ningún conserje en la casa, a quien pudiese yo confundir con un empleado del tren y, sin embargo, este piso, en el cual paso de tres a cuatro semanas cada año, es para mí más extraño que cualquier hotel. Tuve que contenerme para no tomar un taxi en la estación de Bonn: este gesto lo tengo tan bien ensayado que casi me pone en un apuro. Me quedaba un solo marco en el bolsillo. Permanecí en la escalinata y comprobé mis llaves: para la puerta de la casa, para la del piso, para mi escritorio; en el escritorio encontraría las llaves de la bicicleta. Hace tiempo que pienso en una pantomima con llaves: pienso en un manojo de llaves de hielo, que se van derritiendo mientras transcurre el número.
Böll, Heinrich, opiniones de payaso, 
https://aullidosdelacalledotnet.files.wordpress.com/2014/08/heinrich-boll-opiniones-de-un-payaso.pdf. Texto seleccionado por Paola Moreno Díaz , segundo de bachillerato, curso 2015-2016.

El hombre que fue Jueves, G.K. Chesterton


                                               Capítulo Tres
     

        Antes de que penetrase en la estancia ninguno de los recién llegados, Gregory se había 
repuesto de su sorpresa. De un salto, y con un rugido de fiera, se acercó a la mesa, cogió el 
revólver y apuntó a Syme. 
        Syme, sin conmoverse, levantó su mano pálida y elegante. 
        —No  sea  usted ridículo, Gregory —dijo con una dignidad afeminada de eclesiástico—. 
¿No ve usted que es inútil? ¿No ve usted que nos hemos embarcado juntos y juntos hemos 
de aguantar el mareo? 
        Nada pudo responderle Gregory, pero tampoco acertó a disparar; sólo interrogaba con los 
ojos. 
       —¿No ve usted que los dos estamos en jaque? —continuó Syme—. Yo no puedo decir a 
la policía que usted es anarquista, y usted no puede decir a  los  anarquistas  que  yo  soy 
policía.  Lo  único que puedo hacer, ya conociéndolo, es vigilarlo. Y usted, conociéndome, 
tampoco puede hacer conmigo otra cosa. Aquí se trata de un duelo intelectual y singular: mi 
cabeza contra la de usted. Yo soy un policía desprovisto del auxilio de la policía, y usted, 
pobre  amigo mío, un anarquista desprovisto de toda esa complicada organización tan 
esencial  para  la  buena marcha  de  la anarquía. Aquí, si alguno lleva ventaja, es usted: a 
usted no le rodea la mirada inquisitiva de los guardias, y yo voy a estar rodeado  de  la 
desconfiada  muchedumbre  anarquista. No puedo traicionarlo a usted, pero puedo 
traicionarme a mí mismo al menor descuido. Paciencia, pues: espere usted a ver cómo me 
traiciono. Ya verá usted qué bien lo hago. 
       Gregory  dejó  la pistola, y miraba con asombrados ojos a Syme, como si fuera un 
monstruo marino. 
       —No creo en la inmortalidad —dijo al fin—. Pero si, después de todo esto, falta usted a 
su palabra, creo que Dios haría un infierno para usted solo, para hacerle aullar eternamente. 
       —¡Oh! —dijo Syme, orgulloso— yo no falto nunca  a mi  palabra.  Haga  usted  como  yo. 
Aquí están sus amigotes.  
       La  multitud de anarquistas entró en el cuarto pesadamente, con aire fatigoso. Un 
hombrecillo  de  gafas  y  barbilla  negra,  que llevaba unos papeles en la mano —un tipo 
parecido a Mr. Tim Healy— se desprendió del grupo, y acercándose, dijo: 
       —Camarada Gregory, supongo que este señor es un delegado foráneo. 
       Cogido de repente, Gregory bajó los ojos y balbuceó el nombre de Syme, pero Syme, con 
un tono casi impertinente, respondió: 
       —Me complazco en reconocer que esta puerta está lo bastante bien custodiada, para que 
sea imposible a un extraño entrar hasta aquí, si no es delegado foráneo. 
Pero el hombrecillo arrugaba el entrecejo con cierta desconfianza. 
       —¿Qué sección representa usted? —preguntó—. ¿Qué rama?  
       —¡Hombre! Tanto como rama... —dijo Syme riendo—. Más bien la llamaría yo raíz. 
       —¿Qué quiere usted decir con eso? 
       —Quiero  decir —contestó Syme parsimoniosamente— que soy un sabatino, y qué he 
sido enviado aquí especialmente para ver si se guarda el debido respeto al Domingo. 
       El hombrecillo soltó uno de los papeles que traía. Un estremecimiento de espanto recorrió 
la asistencia. Por lo visto, el temible Presidente que respondía al nombre de Domingo tenía 
la costumbre de enviar a estas justas algunos embajadores irregulares. 
       —Muy bien camarada —dijo el de los papeles—. Creo que debemos darle a usted sitio en 
nuestra sesión. 
       —Si me lo pregunta usted como amigo —dijo Syme con severidad—, creo que eso es lo 
mejor. 
       Cuando  vio  terminado  el  peligrosísimo diálogo con la inesperada salida de su rival, 
Gregory se puso a pasear la estancia, pensativo. 
       Presa de todas las agonías diplomáticas, se daba cuenta de que Syme saldría airoso de 
cualquier trance, gracias a su inteligencia y su audacia. Nada había, pues, que esperar por 
este lado. Él, personalmente, tampoco podía traicionarlo, ante todo por el punto de honor; 
pero, además, porque si Syme, traicionado, lograba escapar, quedaría libre de su juramento 
y se encaminaría al próximo cuartel de gendarmes. Y después de todo ¿qué más daba que 
un solo policía presenciara una sola de sus  reuniones  nocturnas?  A  lo  sumo,  podría 
sorprender una parte pequeñísima de sus planes. Después de lo cual se largaría, y asunto 
concluido. 
       Pasó por entre los grupos que estaban discutiendo acaloradamente en los bancos, y dijo: 
       —Creo que es tiempo de comenzar. La lancha estará ya dispuesta en el río. Propongo 
que el camarada Buttons ocupe la presidencia. 
      Todos aprobaron alzando la mano, y el hombrecito de los papeles se hundió en el sillón 
presidencial. Con voz que parecía un pistoletazo, comenzó a hablar: 
       —¡Camaradas! Este mitin es de gran importancia, aunque conviene que no sea largo. A 
nuestra  sección  le  ha correspondido siempre el honor de elegir Jueves para el Consejo 
Central  Europeo.  Hemos  elegido  ya muchos Jueves, famosos en nuestros fastos. 
Lamentamos todos la triste muerte del heroico obrero que ocupó este sitio hasta hace unos 
cuantos días. Ya sabéis cuán importantes han sido sus servicios para la causa. Fue él quien 
organizó el gran golpe dinamitero de Brighton que, a  haber  ayudado  las  circunstancias 
habría  hecho  perecer  a cuantos se encontraban en el muelle. Sabéis asimismo que su 
muerte fue tan altruista como su vida, pues murió mártir de la fe que tenía en una mezcla 
higiénica de la cal y del agua, como sustitutivo de la leche, bebida que consideraba como 
propia de bárbaros, por la crueldad que supone para con las vacas. La crueldad y cuanto de 
cerca o de lejos se le pareciera, lo ponían fuera de sí... Pero no nos hemos reunido para 
hacer el elogio de sus virtudes, sino para más difícil tarea. Si difícil es elogiarlo como él se 
merece, más difícil es reemplazarlo, A vosotros camaradas, toca el elegir esta noche, de 
entre el concurso de los presentes, el que ha de ser Jueves. Pondré a voto las candidaturas 
que salgan. Si nadie propone candidatura, entonces no me quedará más remedio que decir 
que aquel querido dinamitero se llevó consigo a la tumba todos los secretos de la virtud y de 
la inocencia. A esto sucedió un movimiento de aprobación, discreto y unos imperceptibles 
aplausos, como a veces se oyen en las iglesias. Después, un anciano de larga y venerable 
barba, que tal vez era el único obrero positivo entre toda aquella gente,  se  levantó 
trabajosamente y dijo: 
      —Propongo para Jueves al camarada Gregory. 

    G.K.Chesterton, El hombre que fue Jueves, ://www13.shu.edu/catholic-mission/upload/El-Hombre-Que-Fue-Jueves.pdf
        Seleccionado por Daniel Carrasco Carril, segundo de bachillerato,curso 2015-2016.

El proceso, Franz Kafka


        K ya no respondió. «¿Acaso ––pensó–– debo dejarme confundir por la cháchara de estos empleados subalternos, como ellos mismos reconocen serlo? Hablan de cosas que no entienden en absoluto. Su seguridad sólo se basa en su necedad. Un par de palabras que intercambie con una persona de mi nivel y todo quedará incomparablemente más claro que en una conversación larga con éstos». Paseó de un lado a otro de la habitación, seguía viendo enfrente a la anciana, que ahora había arrastrado hasta allí a una persona aún más anciana, a la que mantenía abrazada. K tenía que poner punto final a ese espectáculo.
  ––Condúzcanme hasta su superior ––dijo K. 
  ––Cuando él lo diga, no antes ––dijo el vigilante llamado Willem––. y ahora le aconsejo –– añadió–– que vaya a su habitación, se comporte con tranquilidad y espere hasta que se disponga algo sobre su situación. Le aconsejamos que no se pierda en pensamientos inútiles, sino que se concentre, pues tendrá que hacer frente a grandes exigencias. No nos ha tratado con la benevolencia que merecemos. Ha olvidado que nosotros, quienes quiera que seamos, al menos frente a usted somos hombres libres, y esa diferencia no es ninguna nimiedad. A pesar de todo, estamos dispuestos, si tiene dinero, a subirle un pequeño desayuno de la cafetería. 
    K no respondió a la oferta y permaneció un rato en silencio. Tal vez no le impidieran que abriera la puerta de la habitación contigua o la del recibidor, tal vez ésa fuera la solución más simple, llevarlo todo al extremo. Pero también era posible que se echaran sobre él y, una vez en el suelo, habría perdido toda la superioridad que, en cierta medida, aún mantenía sobre ellos. Por esta razón, prefirió a esa solución la seguridad que traería consigo el desarrollo natural de los acontecimientos, y regresó a su habitación, sin que ni él ni los vigilantes pronunciaran una palabra más. 

 Franz Kafka, El proceso, http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/K/Kafka,%20Franz%20-%20El%20Proceso.pdf. Seleccionado por Julia Mateos Gutiérrez. Segundo de bachillerato, curso 2015-2016.

El nombre de la rosa, Umberto Eco



Pero Guillermo los había mirado con frialdad y me había dicho que aquella no
era verdadera penitencia. Hacía un momento me lo había repetido: el período
de la gran purificación penitencial había acabado, y lo que veíamos era obra de
los propios predicadores, que organizaban la devoción de las muchedumbres
para evitar que éstas fuesen presa de otro deseo de penitencia... Este sí
herético, y al que todos tenían miedo. Pero yo era incapaz de percibir la
diferencia, aunque existiese. Me parecía que esa diferencia no residía en lo
que hacían unos y otros, sino en la mirada con que la iglesia juzgaba los actos
de unos y de otros.
 Pensé en la discusión con Ubertino. Sin duda, Guillermo había argumentado
bien, había intentado decirle que no era mucha la diferencia entre su fe mística
(y ortodoxa) y la fe perversa de los herejes. Llbertino se había indignado, como
si para él la diferencia estuviese clarísima. Y yo me había quedado con la
impresión de que Ubertino era diferente precisamente porque era el que sabía
percibir la diferencia. Guillermo se había sustraído a los deberes de la
Inquisición porque ya no era capaz de percibirla. Por eso no podía hablarme de
aquel misterioso fray Dulcino. Pero entonces (me
decía) era evidente que Guillermo había perdido la ayuda del Señor, que no
sólo enseña a percibir la diferencia, sino que también, por decirlo así, señala a
sus elegidos otorgándoles tal capacidad de discriminación. Ubertino y Chiara
da Montefalco (a pesar de estar rodeada de pecadores) habían conservado la
santidad justamente porque eran capaces de discriminar. Esa y no otra cosa
era la santidad.

Umberto Eco, El nombre de la rosa, http://www.ignaciodarnaude.com/textos_diversos/Eco,Umberto,El%20nombre%20de%20la%20rosa.pdf
Seleccionado por Laura Agustín Críspulo, Segundo de bachillerato. Curso 2015-2016

Umberto Eco, El nombre de la rosa





      Regresamos al laboratorio, y  nos costó entrar porque los novicios ya estaban  sacando el cadáver. Había otros curiosos en la habitación. Guillermo se precipitó hacia la mesa y se puso a revisar los libros en busca del volumen  fatídico. Los iba arrojando al suelo ante la mirada atónita de los presentes,  después los abría y volvía a abrir todos dos veces. Pero, ¡ay!, el manuscrito  árabe no estaba allí. Recordaba vagamente la vieja tapa, no muy robusta, bastante gastada, reforzada con finas bandas de metal.

       -¿Quién ha entrado desde que me marché? -preguntó Guillermo, a un monje.

         Este se encogió de hombros: era evidente que habían entrado todos, y
ninguno.
      Tratamos de pensar quién podía haber sido. ¿Malaquías? Era verosímil, sabía  lo que quería, quizá nos había vigilado, nos había visto salir con las manos  vacías, y había regresado seguro de que lo encontraría. ¿Bencio? Recordé  que, cuando se había producido nuestro altercado a propósito del texto árabe,  había reído. En aquel momento me había parecido que se reía de mi ignorancia, pero quizá riera de la ingenuidad de Guillermo, pues él sabía bien  de cuántas formas diferentes puede presentarse un viejo manuscrito, y quizá  había pensado en ese momento lo que nosotros sólo pensamos más tarde, y
que habríamos tenido que pensar en seguida, o sea que Severino no sabía  árabe y que por tanto era extraño que entre sus libros hubiese un texto que no  podía leer. ¿0 acaso había un tercer personaje?

      Guillermo se sentía profundamente humillado. Traté de consolarlo, diciéndole  que hacía tres días que estaba buscando un texto en griego y era natural que  hubiese descartado todos los libros que no estaban en griego. El respondió que  sin duda es humano cometer errores, pero que hay seres humanos que los
cometen mas que otros, y a ésos se los llama tontos, y que él se contaba entre  estos últimos, y se preguntaba si había valido la pena que estudiase en París y  en Oxford para después no ser capaz de pensar que los manuscritos también  se encuadernan en grupos, cosa que hasta los novicios saben, salvo los estúpidos como yo, y una pareja de estúpidos tan buena como la nuestra  hubiera podido triunfar en las ferias, y eso era lo que teníamos que hacer en  vez de tratar de resolver misterios, sobre todo cuando nos enfrentábamos con  gente mucho más astuta que nosotros.

     -Pero es inútil llorar --concluyó después-. Si lo ha cogido Malaquías, ya lo habrá  devuelto a la biblioteca. Y sólo podremos recuperarlo si descubrimos la manera  de entrar en el finis Africae. Si lo ha cogido Bencio, habrá imaginado que tarde o temprano se me ocurriría lo que acaba de ocurrírseme y regresaría al laboratorio, o no habría procedido tan aprisa. De modo que se habrá escondido, y el único sitio donde no existe ninguna probabilidad de que se haya  escondido es aquel donde primero lo buscaríamos, es decir, su celda. Por tanto, volvamos a la sala capitular y veamos si, durante la instrucción del caso, el cillerero dice algo que pueda sernos útil. Porque al fin y al cabo aún no veo claro que se propone Bernardo: buscaba a su hombre antes de la muerte de Severino, y con otros fines.


Regresamos a la sala capitular. Habríamos hecho bien en ir a la celda de  Bencio, porque, como supimos más tarde, nuestro o joven amigo no valoraba  tanto a Guillermo y no se le había ocurrido que éste regresaría tan pronto al  laboratorio, de modo que, creyendo que no lo buscarían, había ído a esconder  el libro precisamente en su celda.

 Pero de eso ya hablaré en su momento. En el ínterin sucedieron hechos tan  dramáticos e inquietantes como para hacernos olvidar el libro misterioso. Y, si  bien no lo olvidamos, tuvimos que ocuparnos de otras tareas más urgentes, vinculadas con la misión que, de todos modos, debía Guillermo desempeñar.


Umberto Eco, El nombre de la rosa www.ignaciodarnaude.com
Selecionado por Maria Alegre Trujillo. Segundo de Bachillerato, curso 2015-2016


Un tranvía llamado deseo, Tennessee Williams


BLANCHE: -¿Dónde está Stella?
(Inspecciona su ropa revuelta en el baúl.)
STANLEY: -Afuera, en el porche.
BLANCHE  (se pone el vestido. Después de una rápida mirada al porche):  -Voy a pedirle un
favor.
(Stella va hacia la escalera de caracol y se reclina contra el pasamanos.)
STANLEY (se quita la chaqueta y la tira sobre la cama): -¿Qué será, digo yo?
BLANCHE: -¡Que me abotone el vestido! (Descorriendo las cortinas.) ¡Puede entrar!
(Va a la sala. Stanley se le acerca. Está furioso.)
BLANCHE (retrocede un poco y lo enfrenta): -¿Qué tal estoy?
STANLEY: -Perfectamente.
BLANCHE: -¡Muchas gracias! ¡Ahora, los botones!
(Le vuelve la espalda.)
STANLEY (acercándose por detrás, hace una torpe tentativa de abotonarla): -No puedo hacer
nada con estos botones.
BLANCHE: -¡Oh, ustedes los hombres, con sus dedos grandes y torpes!  (Lo mira.)  ¿Me deja
probar su cigarro?
STANLEY  (dándole el cigarro que tiene detrás de la oreja):  -Tome... Aquí tiene éste para
usted.
BLANCHE (tomándolo): -¡Oh, gracias! Se diría que mi baúl ha reventado.
STANLEY (encendiéndole el cigarro): -Yo y Stella la ayudaremos a desempaquetar.
BLANCHE  (acercándose al baúl, saca una piel):  -Pues han hecho un trabajo rápido y
concienzudo.
STANLEY: -Parecería que usted hizo una incursión a varias de las tiendas más elegantes de
París.
(Se acerca a Blanche.)
BLANCHE (arreglando el vestido en el baúl): -Sí... ¡Los vestidos son mi pasión! STANLEY: -¿Cuánto cuesta una sarta de pieles como ésta?
BLANCHE: -¡Pero si son un homenaje de un admirador mío!...
(Se pone la piel.)
STANLEY: -Pues debe haberla admirado mucho.
BLANCHE  (pavoneándose con la piel):  -Cuando era muchacha, provoqué cierta admiración.
Pero míreme ahora. (Le sonríe, radiante.) ¿Le parece posible que, en otros tiempos, me hayan
considerado... atractiva?
STANLEY: -Su aspecto es agradable.
BLANCHE (ríe, y reintegra la piel al baúl): -Me estaba buscando una galantería, Stanley.
STANLEY: -A mí no me pescan con ésas.
BLANCHE: -Con ésas... ¿qué?
STANLEY (mientras Blanche alisa los vestidos del baúl): -Con los cumplidos a las mujeres por
su belleza. Nunca he conocido a una mujer que no supiera si era bonita o no sin que se lo
dijesen, y algunas se creen más bonitas de lo que son. En cierta ocasión, salí con una que me
dijo: «Tengo el tipo de la mujer fascinante.»  (Imita a la muchacha, poniendo la mano con
aire remilgado sobre su nuca.) «¡Tengo el tipo de la mujer fascinante!» Yo le contesté: «¿Y
qué?»
BLANCHE (yendo hacia la mesa para tomar su joyero): -¿Y qué dijo ella?
STANLEY: -Nada. Eso la obligó a encerrarse en sí misma como una almeja.
BLANCHE (yendo hacia el baúl con el joyero): -¿Eso le puso término al romance?
STANLEY: -Le puso término a la conversación... Eso fue todo. (Blanche ríe y guarda el joyero
en el baúl.) Hay hombres a quienes se les puede embaucar con esa fábula de la fascinación a
lo Hollywood y otros a quienes no.
BLANCHE  (junto al baúl. De frente a Stanley):  -Estoy segura de que usted pertenece a la
segunda categoría.
STANLEY: -Así es.
BLANCHE: -No puedo imaginarme a ninguna mujer, por más bruja que sea, hechizándolo.
STANLEY: -Así... es.
BLANCHE: -Usted es sencillo, franco y honrado. Un poco primitivo, diría yo. Para interesarlo,
una mujer tendría que...


Tennessee Williams, Un tranvía llamado deseo, http://www.danielcinelli.com.ar/archivos/Obras/Segundo_nivel/Realismo_Norteamericano/Obras/Tennesse_Williams/Un_tranvia_llamado_deseo.pdf
Seleccionado por Clara Fuentes Gómez, Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016.


viernes, 18 de diciembre de 2015

El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Robert Louis Stevenson


Su paciencia acabó resultando premiada.Era una noche hermosa y seca, hielo en el aire de las calles tan limpias como el suelo de un salón de baile; ni el más leve soplo movía la llama de las lámparas, que trazaba un dibujo exacto de luz y sombra. A eso de las diez de la noche con las tiendas ya cerradas,la callejuela  estaba muy solitaria, y a pesar de que la envolvía por todas partes el sordo murmullo de Londres, estaba también muy silenciosa. Los ruidos más pequeños se oían desde lejos uno y  otro lado de la calzada se percebían con toda claridad los ruidos de la vida doméstica que salían de las casas;el rumor de sus propios pasos precedían con mucho a todos los transeúntes.


Stevenson, Robert Louis , el extraño caso del dr Jekyll y mr Hyde, http://web.uchile.cl/archivos/uchile/revistas/autor/rstevenson/jekyll01.pdf, seleccionado por Paola Moreno Díaz, segundo de bachillerato, curso 2015-2016.

Lewis Carroll, Alicia a través des espejo

        Capitulo II. El jardín de las flores vivas.
     _Veré mucho mejor cómo es el jardín-se dijo Alicia- si puedo subir a la cumbre de aquella colina; y aquí veo un sendero que conduce derecho allá arriba...; bueno, lo que es derecho, desde luego no va...-aseguró cuando al andar unos cuantos metros se encontró con que daba toda clase de vueltas y revueltas-...pero supongo que llegará allá arriba al final. Pero¡qué de vueltas nos dará este camino!¡Ni que fuera un sacacorchos! Bueno, al menos esta curva parece que va en dirección a la colina. Pero no, no es así.¡Por aquí vuelvo derecho a la casa! Bueno, probaré entonces por el otro lado.
   Y así lo hizo, errando de un lado para otro, probando por una curva y luego por otra; pero siempre acababa frente a la casa, hiciera lo que hiciese. Incluso una vez, al doblar la esquina con mayor rapidez que las otras, se dio contra la pared antes de que pudiera detenerse.


Lewis Carroll, Alicia a través del espejo, http://www.ucm.es/data/cont/docs/119-2014-02-19-Carroll.ATravesDelEspajo.pdf.
Seleccionado por Julia Mateos Gutiérrez. Segundo de bachillerato. Curso 2015-2016.

Las elegías de Duino, Rainer Maria Rilke


Segunda Elegía

Terrible es todo ángel.
No obstante, a sabiendas yo os invoco y nombro,
Pájaros mortales casi para el alma.
¡Qué lejos los tiempos de Tobías, cuando
frente a la sencilla puerta de la choza
levantábase uno de los más radiantes
disfrazado apenas para el viaje, a punto de no ser temible.
Joven para el joven:
¡con qué ojos curiosos miraba a lo lejos!
Si ahora, imponente, llegara el arcángel tras de las estrellas
y hacia acá tan sólo descendiera un paso:
latiendo a su encuentro
los golpes del corazón ansioso
nos abatirían.
Primeras criaturas perfectas, mimados del mundo,
líneas en alturas, rojizas crestas matinales
de todo lo creado, polen de la divinidad floreciente,
espacios de la esencia, escudos de gozo,
bravíos tumultos de impetuosos éxtasis
y de pronto, aislados
espejos que en ondas vuelcan la belleza
y la reproducen en su propio rostro.
Pues, para nosotros sentir es diluirnos.
¡Ay! Nos exhalamos y nos disipamos.
Y de brasa en brasa damos un perfume cada vez más débil.
Entonces alguno nos dice:
“Pasas a mi sangre... esta sala y esta primavera
se llenan contigo”.
Pero, ¿de qué vale? No puede él tenernos
y en él y en su torno desapareceremos.
¿Y a ésos que son tan bellos? ¡Oh! ¿Quién los retiene?
A su rostro sube de modo constante la apariencia y váse.
Como de la hierba temprana el rocío,
Trasciende lo nuestro de nosotros, como
de un manjar caliente trasciende el calor.
¿Sonreír? ¿Adónde? Levantar los ojos:
una nueva y cálida onda que del propio
corazón se escapa.
¡Ay de mí! No obstante, somos eso. ¿Acaso
tiene el universo donde nos diluimos un sabor humano?
¿No toman los ángeles
realmente lo suyo, lo que de ellos mana?
¿O también, a veces, hay al mismo tiempo, como por descuido,
siquiera una parte de la esencia nuestra?
¿Acaso en sus rasgos estamos mezclados
tanto cual lo vago lo está en el semblante de mujer encinta?
¡Cómo lo sabrían!
Los que aman podrían, si lo comprendieran,
decir en la noche palabras extrañas.
Contempla los árboles: son. Y todavía
subsisten las casas en donde vivimos.
Tan sólo nosotros pasamos delante de todas las cosas como aire furtivo.
Y para acallarnos todo se concierta, medio por vergüenza
tal vez y otro tanto como una inefable esperanza.
¡Oh, amantes, vosotros que os bastáis a solas! A vosotros quiero
preguntar qué somos. Os tomáis las manos. ¿Poseéis las pruebas?
Mirad: me acontece que entre sí mis manos
se saben o en ellas mi rostro gastado se halaga.
Y así, soy un tanto conciente de mí.
Mas, ¿quién osaría ser por esto sólo?
Vosotros, en cambio,
que en el éxtasis del otro os agrandáis
hasta que él os ruega, subyugado: ¡Basta!...
los que entre las manos os hacéis más plenos,
cual los años las uvas;
los que muchas veces desaparecéis
sólo porque el otro prevalece en todo,
de nuevo os pregunto: ¿Qué somos?... Lo sé:
hay en vuestros besos beatitud tan grande
porque la caricia retiene, y el sitio
que vuestra ternura recubre, persiste;
porque en el hechizo del amor la pura duración sentís.
Tanto que al abrazo lo creéis promesa de una eternidad.
Y, no obstante, cuando
os habéis repuesto del susto del primer encuentro
y de la nostalgia junto a la ventana
y de ese paseo,
el único, juntos a través del huerto:
¡Oh, amantes!... Entonces, ¿lo sois todavía?
Cuando el uno al otro os alzáis en brazos
bebiendo en la boca... sorbo contra sorbo...
¡con qué extraña prisa se evade del acto luego el bebedor!
¿No habéis contemplado con asombro sobre las estelas áticas
toda la prudencia del humano gesto?
¿Sobre las espaldas el Amor no estaba
y el Adiós posados, tan ligeros como
hechos e materia distinta a la nuestra?
Recordaos cómo descansan sus manos ingrávidas
por más que en los torsos el vigor perdura.
Dueños de sí mismos, ellos bien lo sabían:
Hasta aquí llegamos... Lo nuestro es rozarnos así.
Con más fuerza en nosotros presionan los dioses.
Pero éste es asunto que concierne a ellos.
Ojalá nosotros también encontráramos
siquiera una escasa, duradera y pura porción de lo humano,
una franja nuestra de tierra fecunda
entre río y roca, Pues, aún el propio
corazón, como ellos, sin cesar se eleva
por sobre nosotros. Y nuestra miradas no pueden seguirlo
hasta en las imágenes que lo tranquilizan,
ni aún en los cuerpos divinos en donde,
más grande, se calma.


Rainer Maria Rilke, Las elegías de Duino, medicinayarte.com/img/rilke_elegias_duino.pdf

 Seleccionado por Clara Fuentes Gómez, Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016.

El libro de la selva. Rudyard Kipling

Por su parte, Baloo y Bagheera se sentían consumir de furor. Bagheera subió hasta los árboles más 
altos. En más de una ocasión se rompieron las ramas. Lo que hacía era una temeridad que jamás había cometido. Cuando caía al suelo solía llevar las garras llenas de corteza. Tenía que aminorar el golpe de la caída agarrándose a las ramas y al tronco. 
––¿Por qué no pusiste al cachorro humano sobre aviso? ––decía en un tremendo rugido a Baloo, 
que con su trote pesado esperaba adelantarse a la loca carrera de los monos––. Fue una estupidez matarlo 
casi a golpes y, en cambio, no ponerle en guardia contra este peligro. 
––Date prisa. Es posible que los alcancemos ––decía Baloo extenuado. 
––Creo que llevamos un paso que podría seguir cómodamente hasta una vaca. Gran Maestro de la 
Ley de la Selva, azotacachorros. Bastaría una corta  distancia para hacerte reventar. Descansa y piensa. 
Piensa un plan. Sería peligroso hasta que los alcanzáramos. Asustados, lo podrían dejar caer. 
––¡Brrr! Es posible incluso que ya lo hayan hecho, cansados de llevarlo. ¿Quién se puede fiar de 
los monos? Corona mi cabeza con murciélagos muertos. Aliméntame solamente a base de huesos viejos. 
Hazme caer de cabeza en una colmena de abejas furiosas que me piquen hasta matarme. Y, luego, entié-
rrame cerca de la madriguera de una hiena. Soy el oso más desgraciado que haya nacido. ¡Brrr! ¡Ah! 
¡Mowgli! ¡Mowgli! ¿Por qué fui tan estúpido y, en vez de golpearte, no te previne contra los monos? Es 
posible incluso que mis golpes le hayan sacado de la cabeza mis lecciones y en estos momentos se encuentre en la Selva desamparado, al no acordarse de las Palabras Mágicas. 
Baloo metió la cabeza entre las patas delanteras y se convirtió en un puro sollozo. 
––Ten en cuenta que a mí me las dijo correctamente hace muy poco tiempo todavía ––dijo Bagheera impaciente––. Baloo ––continuó––, has perdido completamente la cabeza y el respeto a ti mismo. 
Ponte en mi lugar y juzga lo que pensaría la Selva si me hiciera una bola como Ikki, el puerco espín, y me 
dedicará a lamentarme. 
––Nada me importa lo que piense la Selva de mí. Es posible que a estas horas Mowgli ya haya 
muerto. ––Sólo por pereza o por juego lo dejarían caer. Pero no hay que temer demasiado por el cachorro 
humano. Es listo, está bien formado y nadie es capaz de aguantar su mirada. Pero hay que reconocer que la 
situación es grave. Está en poder de los monos. Nadie puede llegar hasta donde ellos viven. A nadie temen 
––Bagheera mordisqueaba nerviosamente una de sus patas delanteras.  
––¡Tonto y necio de mí! No soy más que un desenterrador de raíces ––dijo Baloo enderezándose 
de un salto––. Es una verdad evidente lo que afirma el sabio Hathi, el elefante, cuando dice: Cada uno tiene 
su propio miedo. El miedo de los monos es Kaa, la serpiente de la Roca. Sube a los árboles tan bien como 
ellos; les roba sus crías por la noche. Cuando oyen su nombre les castañetean los dientes. Vamos a hacer 
una visita a Kaa.  
––¿Para qué? No es de nuestro pueblo, porque no tiene patas. Y está claro que es un saco de maldad. Lo lleva escrito en los ojos ––dijo Bagheera. 
––Tan vieja como astuta. Y siempre hambrienta. Prométele un rebaño entero de cabras ––dijo Baloo lleno de esperanza. 
––Sabes como yo que en cuanto come una se pasa durmiendo un mes entero. Es posible incluso 
que en estos momentos se encuentre durmiendo. Y es posible también que prefiera cazar ella misma las 
cabras ––Bagheera, que desconocía casi por completo a Kaa, desconfiaba de todo lo que concernía a la serpiente. 
––Entre nosotros dos, viejo amigo, somos capaces de convencerla ––Baloo frotó amistosamente 
con su paletilla la piel de la pantera. Y los dos juntos se fueron en busca de Kaa, la pitón que vive en la 
Roca. 
La encontraron tendida al sol en el saliente de un peñasco. Contemplaba con admiración su propia 
piel, hermosa y brillante, nueva. Le había costado diez días cambiarla. Lo había hecho en el retiro más absoluto. Parecía una enorme joya, con su cabeza roma y su cuerpo de nueve metros enroscado en fantásticos 
anillos. Soñaba con su próxima presa. 

     Rudyard Kipling,El libro de la selva, http://livros01.livrosgratis.com.br/bk000310.pdf,
     Seleccionado por Daniel Carrasco Carril, Segundo de Bachillerato, Curso 2015-2016.

El proceso, Frank Kafka



 

  ––Que el escrito judicial no esté terminado se puede deber a múltiples causas justificadas –
  –dijo el comerciante––. Por lo demás, en lo que respecta a mis escritos resultó que no habían  tenido ningún valor. Yo mismo he leído uno de ellos gracias a un funcionario judicial. Era  erudito pero sin              contenido alguno. Ante todo mucho latín, que yo no entiendo, también  interminables apelaciones generales al tribunal; adulaciones a determinados funcionarios,  que, aunque no eran nombrados, cualquier especialista podía deducir fácilmente de quién se  trataba; un elogio de sí mismo del abogado, humillándose como un perro ante el tribunal y,  finalmente, algo de jurisprudencia. Las diligencias, por lo que pude comprobar, parecían  haber sido hechas con todo cuidado. Tampoco quiero juzgar en base a ellas el trabajo del  abogado; además, el escrito que leí no era más que uno entre muchos, aunque, en todo caso,  y de eso quiero hablar ahora, no percibí el más pequeño progreso en mi causa.

    ––¿Qué progreso quería usted ver? ––preguntó K.
    ––Sus preguntas son muy razonables ––dijo el  comerciante sonriendo––, raras veces se  pueden ver progresos en este procedimiento. Pero eso no lo sabía al principio. Soy  comerciante, y antaño lo era más que ahora; yo quería ver progresos tangibles, todo tenía que  aproximarse al final o, al menos, tomar el camino adecuado. En vez de eso sólo había  interrogatorios, casi siempre con el mismo contenido. Las respuestas ya las tenía preparadas,  como una letanía. Varias veces a la semana venían ujieres a mi negocio, a mi casa o a donde  pudieran encontrarme, eso era una molestia––hoy, con el teléfono, es mucho mejor––,  además, se empezaron a difundir rumores sobre mi proceso entre amigos de negocios y,  especialmente, entre mis parientes, sufría perjuicios por todas partes, pero no había el más  mínimo signo de que se fuera a producir en un tiempo prudencial la primera vista. Así que  fui a ver al abogado y me quejé. Él me dio largas explicaciones, pero rechazó con decisión  hacer algo en mi favor, nadie tenía poder, según él, para influir en la fijación de la fecha de la  vista. Insistir sobre ello en un escrito, como yo pedía, era algo inaudito y nos llevaría a los  dos a la ruina. Yo pensé: «Lo que este abogado ni quiere ni puede, es posible que otro  abogado lo quiera y pueda». Así que busqué otro  abogado. Se lo voy a  anticipar: nadie ha  impuesto o solicitado la fijación de la vista principal, eso es imposible, con una excepción de  la que le hablaré a continuación. Respecto a  ese punto el abogado no me había engañado.  Pero tampoco tuve que lamentar haberme dirigido a otro abogado. Ya habrá oído algo sobre  los abogados intrusos a través del Dr. Huld, él se los habrá presentado como seres bastante  despreciables y así son en la realidad. Pero cuando habla de ellos y se compara siempre omite  un pequeño detalle. Denomina a los abogados de su círculo los «grandes abogados». Eso es  falso, cada cual puede llamarse, naturalmente, si le place, «grande», pero en este caso sólo  deciden los usos judiciales. Este abogado y  sus colegas son, sin embargo, los pequeños  abogados, los grandes, de los que sólo he oído hablar y a los que no he visto nunca, están en  un rango comparablemente superior al que ocupan éstos respecto a los despreciables abogados intrusos.


     ––¿Los grandes abogados? ––preguntó K––. ¿Quiénes son? ¿Cómo se puede establecer
contacto con ellos?
    ––Así que usted aún no ha oído hablar de ellos ––dijo el comerciante––. Apenas hay un  acusado que después de haber conocido su existencia no sueñe largo tiempo con ellos. Pero  no se deje seducir por la idea. Yo no sé quiénes son los grandes abogados y no tengo ningún  acceso a ellos. No conozco ningún caso en el que se pueda decir con seguridad que han  intervenido. Defienden a algunos, pero no se puede lograr su defensa por propia voluntad,  sólo defienden a los que quieren defender. Sin embargo, los asuntos que aceptan ya tienen  que haber pasado  de las instancias inferiores. Por lo demás,  es mejor no pensar en ellos,  pues de otro modo todas las entrevistas con los otros abogados, todos sus consejos y ayudas,  aparecerán como algo completamente inútil, yo o lo he experimentado, a uno le entran ganas  de arrojarlo todo r la borda, irse a casa, meterse en la cama y no querer saber nada más  asunto. Pero eso sería, una vez más, una gran necedad, tampoco en cama se podría gozar por  mucho tiempo de tranquilidad.

Frank Kafka, El proceso, www.edu.mec.gub.uy
Seleccionado por Maria Alegre Trujillo. Segundo de bachillerato, Curso 2015-2016.


Pelando la cebolla, Günter Grass


    Ella, que no tenía tiempo para una pedagogía precavida que considerase todas las repercusiones —cuando se trataba de una pelea entre mi hermana y yo que resultara demasiado ruidosa, les decía a los clientes: «Un momentico», salía apresurada de la tienda y no preguntaba: «Quién ha empezado», sino que abofeteaba en silencio a sus dos hijos y volvía a ocuparse, amable, de la clientela—; ella, cariñosamente tierna, calurosa, fácil de conmover hasta las lágrimas; ella, a la que, cuando tenía tiempo, le gustaba perderse en ensoñaciones y calificaba todo lo que consideraba hermoso de «auténticamente romántico»; ella, la más preocupada de todas las madres, dio a su hijo un día el cuadernillo y me ofreció el cinco por ciento, en florines y centavos, de las deudas que cobrara si estaba dispuesto a visitar, armado sólo de buena labia —¡la tenía!— y de aquella libreta llena de cifras en hileras, todas las tardes, o cuando encontrara tiempo al margen de aquel servicio, en su opinión pueril, de la Jungvolk, a los clientes morosos, a fin de que se vieran abocados, si no a saldar sus deudas, al menos a pagarlas a plazos.

    Luego me aconsejó que pusiera especial celo la tarde de un día de la semana determinado: «Los viernes las empresas pagan, y entonces hay que ir y cobrar».

   De esa forma, con diez u once años, siendo alumno de primero o segundo de secundaria, me convertí en recaudador de deudas astuto y en definitiva con éxito. A mí no se me podía despedir con una manzana o unos caramelos. Se me ocurrían palabras para ablandar el corazón de los deudores. Hasta sus excusas piadosas y untadas con vaselina me resbalaban por los oídos. Aguantaba las amenazas. Cuando alguien quería cerrar de golpe la puerta desu casa, se encontraba con mi pie interpuesto. Los viernes, aludiendo al salario semanal abonado, me mostraba especialmente exigente. Ni siquiera los domingos eran para mí sagrados. Y durante las vacaciones, cortas o largas, trabajaba el día entero.

   Pronto liquidé sumas que, por razones pedagógicas, indujeron a la madre a reducir las desmesuradas ganancias de su hijo, del cinco al tres por ciento. Yo lo acepté refunfuñando. Sin embargo me dijo: «Para que no te crezcas demasiado».

   En fin de cuentas, sin embargo, disponía de más fondos que muchos de mis compañeros de colegio que vivían en el Uphagenweg o el Steffensweg, en villas de doble tejado con portal de columnas, terraza abalconada y entrada de servicio, y cuyos padres eran abogados, médicos, comerciantes en cereales o, incluso, fabricantes o navieros. Mis ingresos netos se acumulaban en una caja de tabaco vacía, escondida en el nicho de la ventana. Me compraba blocs de dibujo en grandes cantidades y libros: varios volúmenes de La vida de los animales de A. E. Brehm. Al apasionado espectador le resultaba ahora asequible ir a los «palacios del cine» más alejados del barrio viejo, incluso el Roxi, cerca del parque del palacio de Oliva, incluida la ida y vuelta en tranvía. No se le escapaba ningún programa.

   Entonces, en la época del Estado Libre, pasaban todavía el noticiario Fox Tönende Wochenschau, antes del documental y el largometraje. A mí me fascinaba Harry Piel. Me reía con el Gordo y el Flaco. A Charlot buscador de oro lo vi comerse un zapato, incluidos los cordones. A Shirley Temple la encontraba tonta y sólo moderadamente monilla. Me llegó el dinero para ver varias veces una película muda de Buster Keaton, cuya comicidad me entristecía y cuya tristeza me hacía reír.

Günter Grass, Pelando la cebolla, Madrid, Santillana, Ediciones generales, páginas 36-38.
  Seleccionado por Clara Fuentes Gómez, Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016.