lunes, 28 de octubre de 2013

Romeo y Julieta, William Shakespeare

       ROMEO. Si lo haré, a fe. Voy a examinar este rostro: ¡el pariente de Mercurio, el noble conde Paris! ¿Qué dijo mi criado mientras mi agitada alma no le hacía caso cuando cabalgábamos? Creo que me dijo que Paris se había de casar con Julieta: ¿lo dijo, o no? ¿Lo he soñado? ¿O estoy loco, al oírle hablar de Julieta, pensando que era así? ¿Ah, dame la mano, tú, inscrito conmigo en el triste libro de la desgracia! Te enterraré en tumba de triunfo: ¿tumba? Ah no, un faro, joven sucumbido; pues aquí yace Julieta, y su belleza hace que esta bóveda sea una festiva aparición llena de luz. Muerte, yace aquí, enterrada por un muerto. (Pone a Paris en la tumba.) ¡Cuántas veces los hombres en punto de muerte se sienten alegres! Sus guardianes suelen llamarlo en relámpago antes de la muerte: ¡ah! ¿Cómo puedo llamarlo el relámpago? ¡Ah mi amor, mi esposa! La muerte que ha libado la miel de tu aliento, no ha tenido poder sobre tu belleza: no estás vencida; aún la enseñanza de la belleza es carmesí en tus labios y tus mejillas, sin que haya avanzado hasta allí la pálida bandera de la muerte. Tebaldo, ¿yaces ahí tu en tu sangriento sudario? ¡Ah! ¿Qué más favor puedo hacerte, sino, con esta mano que quebró en dos tu juventud, romper la de quien fue tu enemigo? ¡Perdóname primo! Querida Julieta, ¿por qué sigues siendo tan bella? ¿He  de creer que el incorpóreo genio de la Muerte esté enamorado, y que ese flaco monstruo aborrecido te guarde aquí en lo oscuro para que seas su amante?  Por miedo de eso,  quiero quedarme siempre contigo, sin volver jamás a marchar de este palacio de noche sombría: aquí, aquí, me he de quedar con gusanos que son tus camareras: ah, aquí pondré mi descanso eterno, y sacudiré el yugo de las estrellas enemigas quitándolo de esta carne harta del mundo. ¡Ojos, mirad por última vez! ¡Brazos dad vuestro último abrazo! ¡Y vosotros, labios, puertas del aliento, sellad con legítimo beso una concesión sin término a la muerte rapaz! Vamos, amargo conductor, vamos, repugnante guía! ¡Piloto desesperado, estrella contra las destructoras rocas tu barca fatigada y mareada! ¡Brindo por mi amor! (Bebe) ¡Ah veraz boticario! Tu droga es rápida: así muero con un beso. (Muere.)


William Shakespeare, Romeo y Julieta, Acto V, ed. Planeta, col. Clásicos Universales Planeta, Barcelona, 1981, pag 89-90. Seleccionado por Sara Paniagua Núñez, segundo de bachillerato, curso 2013-2014.

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