Cuando seas anciana, de noche, junto a la vela
hilando y devanando, sentada junto al fuego,
dirás maravillada, mientras cantas mis versos:
«Ronsard me celebraba, cuando yo era hermosa»,
Ya no tendrás sirvienta que tales nuevas oiga
y que medio dormida ya por la labor
se despierte al oír el sonido de mi nombre,
bendiciendo el tuyo con inmortal alabanza.
Yo estaré bajo tierra, y fantasma sin huesos
reposaré junto a la sombra de los mirtos,
y tú serás una anciana junto al hogar encogida.
Lamentando mi amor y tu desdén altivo
Vive, créeme, no aguardes a mañana:
Coge desde hoy las rosas de la vida.
Pierre de Ronsard, Soneto para Helena, http://www.ciudadseva.com/textos/poesia/fran/ronsard/helena.htm, Seleccionado por Susana Sánchez Custodio, Curso 2009-2010, Sengundo de Bachillerato.
Un lugar común de los estudiantes de Literatura Universal donde publicamos una antología de textos seleccionados por nosotros mismos con el fin de aprender a conocernos mejor a través de los más variados personajes que pueblan el universo literario.
viernes, 12 de febrero de 2010
El sueño de una noche de verano "Acto III", William Shakespeare
FONDÓN
¿Estamos todos?
MEMBRILLO
Y a la hora. Este sitio es formidable para ensayar. El césped será la escena; esta mata de espino, el
vestuario, y actuaremos igual que después ante el duque.
FONDÓN
¡Membrillo!
MEMBRILLO
¿Qué quiere mi gran Fondón?
FONDÓN
En esta comedia de Píramo y Tisbe hay cosas que no gustarán. Primera, Píramo desenvaina y se mata: las
damas no pueden soportarlo. ¿Qué me dices?
MORROS
Diantre, es para temerlo.
HAMBRóN
Al final tendremos que quitar las muertes.
FONDÓN
Nada de eso: con mi idea quedará bien. Escribid un prólogo en el que se diga que no haremos daño con
las espadas y que Píramo no muere de verdad; y, para más seguridad, decidles que yo, Píramo, no soy
Píramo, que soy Fondón el tejedor. Esto los tranquilizará.
MEMBRILLO
Bien, escribiremos el prólogo, y en versos de ocho y seis sílabas.
FONDÓN
No, añádeles dos: en versos de ocho y ocho.
MORROS
¿Y el león no asustará a las damas?
HAMBRÓN
Me lo temo, os lo aseguro.
FONDÓN
Señores, tenéis que pensarlo bien. Meter un león entre damas (¡Dios nos libre!) es cosa de espanto, pues
no hay pájaro salvaje más terrible que el león. Habría que llevar cuidado.
MORROS
Pues, nada: otro prólogo diciendo que no es un león.
FONDÓN
Sí, y dando el nombre del actor, y que se le vea media cara por el cuello del león, y que hable él mismo,
diciendo esto o algo de su parecencia: «Damas...», o «Bellas damas, desearía...», o «Yo os rogaría...», o
«Yo os suplicaría que no temáis, que no tembléis: mi vida por la vuestra. Si creéis que vengo aquí como
león, no merezco vivir. No, no soy tal cosa: soy un hombre como otro cualquiera.» Y entonces que diga
su nombre, y les diga claramente que es Ajuste el ebanista.
MEMBRILLO
Muy bien, se hará. Quedan dos dificultades: una es meter la luz de la luna en el salón. Ya sabéis que
Píramo y Tisbe se encuentran a la luz de la luna.
MORROS
¿Habrá luna la noche de la función?
FONDÓN
¡Un calendario, un calendario! Míralo en el almanaque. Mira cuándo hay luna, cuándo hay luna.
MEMBRILLO
Sí, esa noche hay luna.
FoNDóN
Entonces se puede dejar abierta una hoja de la ventana del salón donde actuaremos, y la luz de la luna
podrá entrar por la ventana.
MEMBRILLO
Eso o, si no, que entre alguno con un manojo de espinos y una lámpara diciendo que viene a empersonar
o representar la luz de la luna. La otra cosa que necesitamos es un muro en el salón, pues, según la
historia, Píramo y Tisbe se hablaron por la grieta de un muro.
MORROS
Un muro no se puede meter. ¿Tú qué dices, Fondón?
FONDÓN
Pues que alguien tendrá que hacer de muro. Que venga con yeso, argamasa o revoque para indicar que es
un muro. O que ponga los dedos así y por este hueco pueden musitar Píramo y Tisbe .
MEMBRILLO
Si puede hacerse, todo irá bien. Vamos, todo hijo de vecino a sentarse y ensayar su papel. Píramo, tú empiezas. Al acabar tu recitado, te metes en ese matorral. Y así los demás, según os toque.
Wlliam Shakespeare,El sueño de una noche de verano,"Acto III",http://www.google.es/search?hl=es&client=firefox&rls=org.mozilla%3Aes-ES%3Aunoffic.
Seleccionado por Fabiola Muñoz, Segundo bachillerato, curso 2009/2010
¿Estamos todos?
MEMBRILLO
Y a la hora. Este sitio es formidable para ensayar. El césped será la escena; esta mata de espino, el
vestuario, y actuaremos igual que después ante el duque.
FONDÓN
¡Membrillo!
MEMBRILLO
¿Qué quiere mi gran Fondón?
FONDÓN
En esta comedia de Píramo y Tisbe hay cosas que no gustarán. Primera, Píramo desenvaina y se mata: las
damas no pueden soportarlo. ¿Qué me dices?
MORROS
Diantre, es para temerlo.
HAMBRóN
Al final tendremos que quitar las muertes.
FONDÓN
Nada de eso: con mi idea quedará bien. Escribid un prólogo en el que se diga que no haremos daño con
las espadas y que Píramo no muere de verdad; y, para más seguridad, decidles que yo, Píramo, no soy
Píramo, que soy Fondón el tejedor. Esto los tranquilizará.
MEMBRILLO
Bien, escribiremos el prólogo, y en versos de ocho y seis sílabas.
FONDÓN
No, añádeles dos: en versos de ocho y ocho.
MORROS
¿Y el león no asustará a las damas?
HAMBRÓN
Me lo temo, os lo aseguro.
FONDÓN
Señores, tenéis que pensarlo bien. Meter un león entre damas (¡Dios nos libre!) es cosa de espanto, pues
no hay pájaro salvaje más terrible que el león. Habría que llevar cuidado.
MORROS
Pues, nada: otro prólogo diciendo que no es un león.
FONDÓN
Sí, y dando el nombre del actor, y que se le vea media cara por el cuello del león, y que hable él mismo,
diciendo esto o algo de su parecencia: «Damas...», o «Bellas damas, desearía...», o «Yo os rogaría...», o
«Yo os suplicaría que no temáis, que no tembléis: mi vida por la vuestra. Si creéis que vengo aquí como
león, no merezco vivir. No, no soy tal cosa: soy un hombre como otro cualquiera.» Y entonces que diga
su nombre, y les diga claramente que es Ajuste el ebanista.
MEMBRILLO
Muy bien, se hará. Quedan dos dificultades: una es meter la luz de la luna en el salón. Ya sabéis que
Píramo y Tisbe se encuentran a la luz de la luna.
MORROS
¿Habrá luna la noche de la función?
FONDÓN
¡Un calendario, un calendario! Míralo en el almanaque. Mira cuándo hay luna, cuándo hay luna.
MEMBRILLO
Sí, esa noche hay luna.
FoNDóN
Entonces se puede dejar abierta una hoja de la ventana del salón donde actuaremos, y la luz de la luna
podrá entrar por la ventana.
MEMBRILLO
Eso o, si no, que entre alguno con un manojo de espinos y una lámpara diciendo que viene a empersonar
o representar la luz de la luna. La otra cosa que necesitamos es un muro en el salón, pues, según la
historia, Píramo y Tisbe se hablaron por la grieta de un muro.
MORROS
Un muro no se puede meter. ¿Tú qué dices, Fondón?
FONDÓN
Pues que alguien tendrá que hacer de muro. Que venga con yeso, argamasa o revoque para indicar que es
un muro. O que ponga los dedos así y por este hueco pueden musitar Píramo y Tisbe .
MEMBRILLO
Si puede hacerse, todo irá bien. Vamos, todo hijo de vecino a sentarse y ensayar su papel. Píramo, tú empiezas. Al acabar tu recitado, te metes en ese matorral. Y así los demás, según os toque.
Wlliam Shakespeare,El sueño de una noche de verano,"Acto III",http://www.google.es/search?hl=es&client=firefox&rls=org.mozilla%3Aes-ES%3Aunoffic.
Seleccionado por Fabiola Muñoz, Segundo bachillerato, curso 2009/2010
William Shakespeare, "Soneto de Amor LXV"
Si la muerte domina al poderío
de bronce, roca, tierra y mar sin límites,
¿cómo le haría frente la hermosura
cuando es más débil que una flor su fuerza?
Con su hálito de miel, ¿podrá el verano
resistir el asedio de los días,
cuando peñascos y aceradas puertas
no son invulnerables para el Tiempo?
¡Atroz meditación! ¿Dónde ocultarte,
joyel que para su arca el Tiempo quiere?
¿Qué mano detendrá sus pies sutiles?
Y ¿quién prohibirá que te despojen?
Ninguno a menos que un prodigio guarde
el brillo de mi amor en negra tinta.
William Shakespeare, "Soneto de Amor LXV", http://www.foroamor.com/soneto-de-amor-lxv-de-william-shakespeare-38032/#post337167
Seleccionado por Susana Sánchez Custodio, Curso 2009-2010, Segundo de Bachillerato.
de bronce, roca, tierra y mar sin límites,
¿cómo le haría frente la hermosura
cuando es más débil que una flor su fuerza?
Con su hálito de miel, ¿podrá el verano
resistir el asedio de los días,
cuando peñascos y aceradas puertas
no son invulnerables para el Tiempo?
¡Atroz meditación! ¿Dónde ocultarte,
joyel que para su arca el Tiempo quiere?
¿Qué mano detendrá sus pies sutiles?
Y ¿quién prohibirá que te despojen?
Ninguno a menos que un prodigio guarde
el brillo de mi amor en negra tinta.
William Shakespeare, "Soneto de Amor LXV", http://www.foroamor.com/soneto-de-amor-lxv-de-william-shakespeare-38032/#post337167
Seleccionado por Susana Sánchez Custodio, Curso 2009-2010, Segundo de Bachillerato.
Las desventuras de joven Werther "libro primero, 19 de julio", Johann Wolfgang von Goethe
Wilhem, ¿qué sería sin amor el mundo para nuestro corazón? ¡Una linterna mágica sin luz! ¡Apenas pones la lamparilla aparecen sobre tu blanca pared imágenes de todos los colores! ¡Y aun cuando no fueran más que eso, fantasmas pasajeros, constituyen nuestra felicidad si los contemplamos como niños pequeños y nos extasiamos ante esas maravillosas apariciones! Hoy no he podido ver a Lotte, me retuvo una visita ineludible. ¿Qué hacer?. Le envié mi criado solamente por tener a mi alrededor alguien que hoy hubiera estado cerca de ella. ¡Con que impaciencia le estuve esperando, con que alegría volví a verlo! Si no me hubiera dado vergüenza me habría gustado tomar su cabeza y la habría besado.
Cuentan de la piedra de Bolonia que si se la pone al sol absorbe rayos y resplandece algún tiempo durante la noche. Lo mismo me sucedió a mí con el criado. La sensación de los ojos de ella se habían posado en su rostro, en sus mejillas, en sus botones y en el cuello de su casaca ¡hacíamelo tan sagrado, tan valioso!. En aquel instante no hubiera cambiado mi criado por mil táleros. ¡Me sentía tan a gusto en su presencia...! ¡Dios te libre de reírte! Wilhem , ¿será la felicidad producto de la fantasía?
Goethe, Las desventuras de joven Werther, libro primero, 19 de julio, Madrid, Cátedra, Letras Universales, 1986, págs. 90-91. Seleccionado por Cristina Perianes Calle, segundo de bachillerato, curso 2009-2010.
Cuentan de la piedra de Bolonia que si se la pone al sol absorbe rayos y resplandece algún tiempo durante la noche. Lo mismo me sucedió a mí con el criado. La sensación de los ojos de ella se habían posado en su rostro, en sus mejillas, en sus botones y en el cuello de su casaca ¡hacíamelo tan sagrado, tan valioso!. En aquel instante no hubiera cambiado mi criado por mil táleros. ¡Me sentía tan a gusto en su presencia...! ¡Dios te libre de reírte! Wilhem , ¿será la felicidad producto de la fantasía?
Goethe, Las desventuras de joven Werther, libro primero, 19 de julio, Madrid, Cátedra, Letras Universales, 1986, págs. 90-91. Seleccionado por Cristina Perianes Calle, segundo de bachillerato, curso 2009-2010.
viernes, 5 de febrero de 2010
Las desventuras del joven Werther "libro primero, 18 de julio", Johann Wolfgang von Goethe.
"Wilhem, ¿qué sería sin amor el mundo para nuestro corazón? ¡Una linterna mágica sin luz! ¡Apenas pones la lamparilla aparecen sobre tu blanca pared imágenes de todos los colores! ¡Y aun cuando no fueran más que eso, fantasmas pasajeros, constituyen nuestra felicidad si los contemplamos como niños pequeños y nos extasiamos ante esas maravillosas apariciones! Hoy no he podido ver a Lotte, me retuvo una visita ineludible. ¿Qué hacer?. Le envié mi criado solamente por tener a mi alrededor alguien que hoy hubiera estado cerca de ella. Con que impaciencia le estuve esperando, con que alegría volví a verlo. Si no me hubiera dado vergüenza me habría gustado tomar su cabeza y la habría besado. Cuentan de la piedra de Bolonia que si se la pone al sol absorbe rayos y resplandece algún tiempo durante la noche. Lo mismo me sucedió a mí con el criado. La sensación de los ojos de ella se habían posado en su rostro, en sus mejillas, en sus botones y en el cuello de su casaca ¡hacíamelo tan sagrado, tan valioso!. En aquel instante no hubiera cambiado mi criado por mil táleros. ¡Me sentía tan a gusto en su presencia...! ¡Dios te libre de reírte! Wilhem , ¿será la felicidad producto de la fantasía?
Goethe, Las desventuras del joven Werther , libro primero, 18 de julio, Madrid, Cátedra, Letras Universales, 1989, pp 90-91. Seleccionado por Cristina Perianes Calle, segundo de bachillerato, curso 2009-2010.
Goethe, Las desventuras del joven Werther , libro primero, 18 de julio, Madrid, Cátedra, Letras Universales, 1989, pp 90-91. Seleccionado por Cristina Perianes Calle, segundo de bachillerato, curso 2009-2010.
William Shakespeare, Macbeth "Escena VI"
LADY MACBETH.- Lo que a ellos emborracha me da valor; lo que
a ellos apaga me enciende. ¡Silencio! Era el búho que ulula, fatal
mensajero, que da sus siniestras «buenas noches». Eso hace. Las puertas
abiertas y los guardias borrachos se mofan de su cargo roncando.
Drogué sus vasos de tal forma que vida y muerte se rifan sus cuerpos.
MACBETH.- ¡Eh! ¿Quién va? (Desde dentro.)
LADY MACBETH.- ¡Silencio! No vayan a despertarse y quede
todo sin hacer. Es el intento y no el acto lo que nos pierde. ¡Silencio!
Dejé allí los puñales. Tiene que verlos. Duncan durmiendo me
recordaba a mi padre, si no, yo misma lo habría hecho.
(Entra MACBETH.)
¡Esposo!
MACBETH.- Está hecho. ¿No has oído nada?
LADY MACBETH.- El grito del búho y el llanto de los grillos. ¿Y
tú no hablaste?
MACBETH.- ¿Cuándo?
LADY MACBETH.- Hace poco.
MACBETH.- ¿Cuándo bajaba?
LADY MACBETH.- Sí.
MACBETH.- ¡Escucha! ¿Quién duerme en la alcoba de al lado?
LADY MACBETH.- Donalbain.
MACBETH.- ¡Qué triste imagen!
LADY MACBETH.- Qué estúpido es decir «triste imagen».
MACBETH.- Uno reía en sueños y el otro despertándose gritó:
«¡Asesino!». Me paré a escucharlos. Rezaban. Y se volvieron a dormir.
LADY MACBETH.- Y juntos siguen durmiendo.
MACBETH.- Uno gritó: «¡Dios nos bendiga!»; y el otro: «Amén»,
como si hubieran visto mis manos de asesino. Los oí con tanto miedo
que al decir: «Dios nos salve», yo no supe decir: «Amén».
LADY MACBETH.- No pienses en ello.
MACBETH.- ¿Pero porqué no supe decir ese «Amén» bendito? ¿Por
qué ese «Amén» se me quedó en la garganta?
LADY MACBETH.- No pienses en ello o acabaremos locos.
MACBETH.- Oí un grito: «¡No durmáis más!» «¡Macbeth mata el
sueño!», el inocente sueño que repara el cansancio, la muerte de cada
día, el baño de las fatigas, bálsamo de la mente herida, primer sustento
en el banquete de la vida.
LADY MACBETH.- ¿Qué quieres decir?
MACBETH.- Y el grito todavía: «¡No durmáis más!» por toda la
casa. «Glamis mató el sueño y por lo tanto Cawdor no dormirá, M acbeth
no dormirá» nunca más.
LADY MACBETH.- ¿Pero quién gritaba? Valeroso señor, ¿por qué
aflojas tu entereza y torturas tu mente? Vamos, coge agua y limpia tus
manos de tan pegajoso testigo. Los puñales. ¿Por qué los has traído? Ve,
llévalos y mancha de sangre a los guardas dormidos.
MACBETH.- No. No me atrevo a mirarlo. M e da horror pensar en lo
que he hecho.
LADY MACBETH.- ¡Débil voluntad! Los puñales. Dámelos.
Sueño y muerte son imágenes falsas del diablo que sólo asustan a los
niños. Si todavía sangra pintaré con sangre la cara de los guardas. Que
parezca suya la culpa. (Sale.)
William Shakespeare, Macbeth "EscenaVI", http://www.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?Ref=14179)
Seleccionado por Fabiola Muñoz, segundo de Bachillerato, curso 2009/2010.
a ellos apaga me enciende. ¡Silencio! Era el búho que ulula, fatal
mensajero, que da sus siniestras «buenas noches». Eso hace. Las puertas
abiertas y los guardias borrachos se mofan de su cargo roncando.
Drogué sus vasos de tal forma que vida y muerte se rifan sus cuerpos.
MACBETH.- ¡Eh! ¿Quién va? (Desde dentro.)
LADY MACBETH.- ¡Silencio! No vayan a despertarse y quede
todo sin hacer. Es el intento y no el acto lo que nos pierde. ¡Silencio!
Dejé allí los puñales. Tiene que verlos. Duncan durmiendo me
recordaba a mi padre, si no, yo misma lo habría hecho.
(Entra MACBETH.)
¡Esposo!
MACBETH.- Está hecho. ¿No has oído nada?
LADY MACBETH.- El grito del búho y el llanto de los grillos. ¿Y
tú no hablaste?
MACBETH.- ¿Cuándo?
LADY MACBETH.- Hace poco.
MACBETH.- ¿Cuándo bajaba?
LADY MACBETH.- Sí.
MACBETH.- ¡Escucha! ¿Quién duerme en la alcoba de al lado?
LADY MACBETH.- Donalbain.
MACBETH.- ¡Qué triste imagen!
LADY MACBETH.- Qué estúpido es decir «triste imagen».
MACBETH.- Uno reía en sueños y el otro despertándose gritó:
«¡Asesino!». Me paré a escucharlos. Rezaban. Y se volvieron a dormir.
LADY MACBETH.- Y juntos siguen durmiendo.
MACBETH.- Uno gritó: «¡Dios nos bendiga!»; y el otro: «Amén»,
como si hubieran visto mis manos de asesino. Los oí con tanto miedo
que al decir: «Dios nos salve», yo no supe decir: «Amén».
LADY MACBETH.- No pienses en ello.
MACBETH.- ¿Pero porqué no supe decir ese «Amén» bendito? ¿Por
qué ese «Amén» se me quedó en la garganta?
LADY MACBETH.- No pienses en ello o acabaremos locos.
MACBETH.- Oí un grito: «¡No durmáis más!» «¡Macbeth mata el
sueño!», el inocente sueño que repara el cansancio, la muerte de cada
día, el baño de las fatigas, bálsamo de la mente herida, primer sustento
en el banquete de la vida.
LADY MACBETH.- ¿Qué quieres decir?
MACBETH.- Y el grito todavía: «¡No durmáis más!» por toda la
casa. «Glamis mató el sueño y por lo tanto Cawdor no dormirá, M acbeth
no dormirá» nunca más.
LADY MACBETH.- ¿Pero quién gritaba? Valeroso señor, ¿por qué
aflojas tu entereza y torturas tu mente? Vamos, coge agua y limpia tus
manos de tan pegajoso testigo. Los puñales. ¿Por qué los has traído? Ve,
llévalos y mancha de sangre a los guardas dormidos.
MACBETH.- No. No me atrevo a mirarlo. M e da horror pensar en lo
que he hecho.
LADY MACBETH.- ¡Débil voluntad! Los puñales. Dámelos.
Sueño y muerte son imágenes falsas del diablo que sólo asustan a los
niños. Si todavía sangra pintaré con sangre la cara de los guardas. Que
parezca suya la culpa. (Sale.)
William Shakespeare, Macbeth "EscenaVI", http://www.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?Ref=14179)
Seleccionado por Fabiola Muñoz, segundo de Bachillerato, curso 2009/2010.
Amor, honor y confianza, Percy Bysshe Shelley.
Amor, Honor, Confianza, como nubes
parten y vuelven, préstamo de un día.
Si el hombre inmortal fuese, omnipotente,
Tú -ignoto y sublime como eres-
dejarías tu séquito en su alma.
Tú, emisario de los afectos,
que creces en los ojos del amante;
¡Tú que nutres al puro pensamiento
cual penumbra a una llama que agoniza!
No partas cuando al fin llega tu sombra:
sin Ti, como la vida y el temor,
la tumba es una oscura realidad.
Bysshe Shelley, Amor, honor y confianza, http://www.poesiaspoemas.com/percy-bysshe-shelley/himno-a-la-belleza-intelectual, Seleccionado por Susana Sánchez Custodio, segundo de bachillerato, curso 2009 - 2010.
parten y vuelven, préstamo de un día.
Si el hombre inmortal fuese, omnipotente,
Tú -ignoto y sublime como eres-
dejarías tu séquito en su alma.
Tú, emisario de los afectos,
que creces en los ojos del amante;
¡Tú que nutres al puro pensamiento
cual penumbra a una llama que agoniza!
No partas cuando al fin llega tu sombra:
sin Ti, como la vida y el temor,
la tumba es una oscura realidad.
Bysshe Shelley, Amor, honor y confianza, http://www.poesiaspoemas.com/percy-bysshe-shelley/himno-a-la-belleza-intelectual, Seleccionado por Susana Sánchez Custodio, segundo de bachillerato, curso 2009 - 2010.
Hamlet, William Shakespeare
Morir…, dormir; no más! ¡Y pensar que con un sueño damos fin al pesar del corazón y a los mil naturales conflictos que constituyen la herencia de la carne! ¡He aquí un término devotamente apetecible! ¡Morir…, dormir! ¡Dormir!… ¡Tal vez soñar! ¡Sí, ahí está el obstáculo! ¡Porque es forzoso que nos detenga el considerar qué sueños pueden sobrevenir en aquel sueño de la muerte, cuando nos hayamos librado del torbellino de la vida! ¡He aquí la reflexión que da existencia tan larga al infortunio! Porque ¿quién aguantaría los ultrajes y desdenes del mundo, la injuria del opresor, la afrenta del soberbio, las congojas del amor desairado, las tardanzas de la justicia, las insolencias del poder y las vejaciones que el paciente mérito recibe del hombre indigno, cuando uno mismo podría procurar su reposo con un simple estilete? ¿Quién querría llevar tan duras cargas, gemir y sudar bajo el peso de una vida afanosa, si no fuera por el temor de un algo, después de la muerte, esa ignorada región cuyos confines no vuelve a traspasar viajero alguno, temor que confunde nuestra voluntad y nos impulsa a soportar aquellos males que nos afligen, antes que lanzarnos a otros que desconocemos? "
William Shakespeare, Hamlet, http://www.epdlp.com/texto.php?id2=1344
Seleccionado por Susana Sánchez Custodio, curso 2009-2010, Segundo de Bachillerato.
William Shakespeare, Hamlet, http://www.epdlp.com/texto.php?id2=1344
Seleccionado por Susana Sánchez Custodio, curso 2009-2010, Segundo de Bachillerato.
William Shakespeare, Hamlet
Ser o no ser, esa es la cuestión:
si es más noble para el alma soportar
las flechas y pedradas de la áspera Fortuna
o armarse contra un mar de adversidades
y darles fin en el encuentro. Morir: dormir,
nada más. Y si durmiendo terminaran
las angustias y los mil ataques naturales
herencia de la carne, sería una conclusión
seriamente deseable. Morir, dormir:
dormir, tal vez soñar. Sí, ese es el estorbo;
pues qué podríamos soñar en nuestro sueño eterno
ya libres del agobio terrenal,
es una consideración que frena el juicio
y da tan larga vida a la desgracia. Pues, ¿quién
soportaría los azotes e injurias de este mundo,
el desmán del tirano, la afrenta del soberbio,
las penas del amor menospreciado,
la tardanza de la ley, la arrogancia del cargo,
los insultos que sufre la paciencia,
pudiendo cerrar cuentas uno mismo
con un simple puñal? ¿Quién lleva esas cargas,
gimiendo y sudando bajo el peso de esta vida,
si no es porque el temor al más allá,
la tierra inexplorada de cuyas fronteras
ningún viajero vuelve, detiene los sentidos
y nos hace soportar los males que tenemos
antes que huir hacia otros que ignoramos?
La conciencia nos vuelve unos cobardes,
el color natural de nuestro ánimo
se mustia con el pálido matiz del pensamiento,
y empresas de gran peso y entidad
por tal motivo se desvían de su curso
y ya no son acción.
William Shakespeare, Hamlet, http://www.alohacriticon.com/viajeliterario/article934.html
Seleccionado por Susana Sánchez Custodio, curso 2009-2010, Segundo de Bachillerato.
si es más noble para el alma soportar
las flechas y pedradas de la áspera Fortuna
o armarse contra un mar de adversidades
y darles fin en el encuentro. Morir: dormir,
nada más. Y si durmiendo terminaran
las angustias y los mil ataques naturales
herencia de la carne, sería una conclusión
seriamente deseable. Morir, dormir:
dormir, tal vez soñar. Sí, ese es el estorbo;
pues qué podríamos soñar en nuestro sueño eterno
ya libres del agobio terrenal,
es una consideración que frena el juicio
y da tan larga vida a la desgracia. Pues, ¿quién
soportaría los azotes e injurias de este mundo,
el desmán del tirano, la afrenta del soberbio,
las penas del amor menospreciado,
la tardanza de la ley, la arrogancia del cargo,
los insultos que sufre la paciencia,
pudiendo cerrar cuentas uno mismo
con un simple puñal? ¿Quién lleva esas cargas,
gimiendo y sudando bajo el peso de esta vida,
si no es porque el temor al más allá,
la tierra inexplorada de cuyas fronteras
ningún viajero vuelve, detiene los sentidos
y nos hace soportar los males que tenemos
antes que huir hacia otros que ignoramos?
La conciencia nos vuelve unos cobardes,
el color natural de nuestro ánimo
se mustia con el pálido matiz del pensamiento,
y empresas de gran peso y entidad
por tal motivo se desvían de su curso
y ya no son acción.
William Shakespeare, Hamlet, http://www.alohacriticon.com/viajeliterario/article934.html
Seleccionado por Susana Sánchez Custodio, curso 2009-2010, Segundo de Bachillerato.
Wiliiam Shakespeare, Macbeth "Escena I"
MACBETH.- Jamás vi un día tan hermoso y tan cruel.
BANQUO.- ¿Cuánto queda para llegar al castillo?
(Entre risas aparecen las Brujas.)
BRUJA 1a.- Salve, M acbeth, señor de Glamis, salve.
BRUJA 2a.- Salve, M acbeth, señor de Cawdor, salve.
BRUJA 3a.- Salve, M acbeth, salve a ti que serás rey.
BANQUO.- ¿Y para mí no tenéis nada?
BRUJA 1a.- Salve.
BRUJA 2a.- Banquo.
BRUJA 3a.- Salve.
BRUJA 1a.- Tú, menos grande que M acbeth, aunque más grande.
BRUJA 2a.- Tú, menos dichoso, pero más dichoso.
BRUJA 3a.- Padre de reyes, aunque tú no serás rey.
BRUJAS .- Salve, M acbeth, salve, Banquo. Salve, Banquo, salve,
M acbeth. (Entre risas desaparecen las Brujas.)
MACBETH.- Tus hijos serán reyes.
BANQUO.- Y tú serás rey.
MACBETH.- ¿Quién se acerca?
(Sale un MENSAJERO.)
3
MENSAJERO .- Salve, M acbeth, el rey ha recibido con gozo las
nuevas de tu victoria en la batalla. Por eso os otorga el título de señor de
Cawdor y os llama a su presencia.
MACBETH.- Gracias por eso. Dile a tu señora que llegaré pronto.
Vayamos hacia el rey .
(Salen MACBETH y BANQUO.)
MENSAJERO.- Lo bello es feo y lo feo es bello. Vuelo entre bruma
y en aire espeso. (Sale.)
William Shakespeare, Macbeth "Escena !", http://www.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?Ref=14179 .Seleccionado por Fabiola Muñoz, segundo bachillerato, curso 2009/2010.
BANQUO.- ¿Cuánto queda para llegar al castillo?
(Entre risas aparecen las Brujas.)
BRUJA 1a.- Salve, M acbeth, señor de Glamis, salve.
BRUJA 2a.- Salve, M acbeth, señor de Cawdor, salve.
BRUJA 3a.- Salve, M acbeth, salve a ti que serás rey.
BANQUO.- ¿Y para mí no tenéis nada?
BRUJA 1a.- Salve.
BRUJA 2a.- Banquo.
BRUJA 3a.- Salve.
BRUJA 1a.- Tú, menos grande que M acbeth, aunque más grande.
BRUJA 2a.- Tú, menos dichoso, pero más dichoso.
BRUJA 3a.- Padre de reyes, aunque tú no serás rey.
BRUJAS .- Salve, M acbeth, salve, Banquo. Salve, Banquo, salve,
M acbeth. (Entre risas desaparecen las Brujas.)
MACBETH.- Tus hijos serán reyes.
BANQUO.- Y tú serás rey.
MACBETH.- ¿Quién se acerca?
(Sale un MENSAJERO.)
3
MENSAJERO .- Salve, M acbeth, el rey ha recibido con gozo las
nuevas de tu victoria en la batalla. Por eso os otorga el título de señor de
Cawdor y os llama a su presencia.
MACBETH.- Gracias por eso. Dile a tu señora que llegaré pronto.
Vayamos hacia el rey .
(Salen MACBETH y BANQUO.)
MENSAJERO.- Lo bello es feo y lo feo es bello. Vuelo entre bruma
y en aire espeso. (Sale.)
William Shakespeare, Macbeth "Escena !", http://www.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?Ref=14179 .Seleccionado por Fabiola Muñoz, segundo bachillerato, curso 2009/2010.
William Shakespeare,El mercader de Venecia "Escena III"
Venecia. -Una calle.
Entran SHYLOCK, SALARINO, ANTONIO y un carcelero.
SHYLOCK.- Carcelero, vigiladle. No me habléis de clemencia; ahí está el imbécil que prestaba
dinero gratis. Carcelero, vigiladle.
ANTONIO.- Escuchadme aún, mi buen Shylock.
SHYLOCK.- Quiero que las condiciones de mi pagaré se cumplan; he jurado que serían
ejecutadas. Me has llamado perro cuando no tenías razón ninguna para hacerlo; pero, puesto
que soy un perro, ten cuidado con mis dientes. El dux me otorgará justicia. Me extraña, inútil
carcelero, que seas lo bastante idiota para salir con él cuando te lo pide.
ANTONIO.- Te lo ruego, escúchame.
SHYLOCK.- Quiero que se cumplan las condiciones de mi pagaré; no quiero escucharte; por
consiguiente, no me hables más. No haréis de mí uno de esos buenazos imbéciles, plañideros
que van a agitar la cabeza, ablandarse, suspirar y ceder a los intermediarios cristianos. No me
sigas; no quiero discursos; quiero el cumplimiento del pagaré. (Sale.)
SALARINO.- Es realmente el perro más impenetrable a la piedad que haya tratado en la vida
con los hombres.
ANTONIO.- Dejadle tranquilo; no le fatigaré más con súplicas inútiles. Pretende mi vida, y sé
por qué; a menudo he sacado de sus garras a los deudores que venían a gemir ante mí; por eso
me odia.
SALARINO.- Estoy seguro de que el dux no otorgará jamás la ejecución de ese contrato.
ANTONIO.- El dux no puede impedir a la ley que siga su curso, a causa de las garantías
comerciales que los extranjeros encuentran cerca de nosotros en Venecia; suspender la ley sería atentar contra la justicia del Estado, puesto que el comercio y la riqueza de la ciudad
dependen de todas las naciones. Por tanto, marchemos; estos disgustos y estas pérdidas me
han aplanado tanto, que apenas si estaré mañana en estado de suministrar una libra de carne
a mi cruel acreedor. ¡Vamos, carcelero, marchemos! ¡Dios quiera que Bassanio venga para
verme pagar su deuda, y después no tendré ya más preocupaciones. (Salen.)
William Shakespeare, El mercader de Venecia "Escena III", http://www.acanomas.com/Libros-Clasicos/36289/El-mercader-de-Venecia-(William-Shakespeare).htm .
Seleccionado por Fabiola Muñoz, Segundo bachillerato, curso 2009/2010.
Entran SHYLOCK, SALARINO, ANTONIO y un carcelero.
SHYLOCK.- Carcelero, vigiladle. No me habléis de clemencia; ahí está el imbécil que prestaba
dinero gratis. Carcelero, vigiladle.
ANTONIO.- Escuchadme aún, mi buen Shylock.
SHYLOCK.- Quiero que las condiciones de mi pagaré se cumplan; he jurado que serían
ejecutadas. Me has llamado perro cuando no tenías razón ninguna para hacerlo; pero, puesto
que soy un perro, ten cuidado con mis dientes. El dux me otorgará justicia. Me extraña, inútil
carcelero, que seas lo bastante idiota para salir con él cuando te lo pide.
ANTONIO.- Te lo ruego, escúchame.
SHYLOCK.- Quiero que se cumplan las condiciones de mi pagaré; no quiero escucharte; por
consiguiente, no me hables más. No haréis de mí uno de esos buenazos imbéciles, plañideros
que van a agitar la cabeza, ablandarse, suspirar y ceder a los intermediarios cristianos. No me
sigas; no quiero discursos; quiero el cumplimiento del pagaré. (Sale.)
SALARINO.- Es realmente el perro más impenetrable a la piedad que haya tratado en la vida
con los hombres.
ANTONIO.- Dejadle tranquilo; no le fatigaré más con súplicas inútiles. Pretende mi vida, y sé
por qué; a menudo he sacado de sus garras a los deudores que venían a gemir ante mí; por eso
me odia.
SALARINO.- Estoy seguro de que el dux no otorgará jamás la ejecución de ese contrato.
ANTONIO.- El dux no puede impedir a la ley que siga su curso, a causa de las garantías
comerciales que los extranjeros encuentran cerca de nosotros en Venecia; suspender la ley sería atentar contra la justicia del Estado, puesto que el comercio y la riqueza de la ciudad
dependen de todas las naciones. Por tanto, marchemos; estos disgustos y estas pérdidas me
han aplanado tanto, que apenas si estaré mañana en estado de suministrar una libra de carne
a mi cruel acreedor. ¡Vamos, carcelero, marchemos! ¡Dios quiera que Bassanio venga para
verme pagar su deuda, y después no tendré ya más preocupaciones. (Salen.)
William Shakespeare, El mercader de Venecia "Escena III", http://www.acanomas.com/Libros-Clasicos/36289/El-mercader-de-Venecia-(William-Shakespeare).htm .
Seleccionado por Fabiola Muñoz, Segundo bachillerato, curso 2009/2010.
William Shakespeare, El mercader de Venecia "Escena V"
Venecia. -Delante de la casa de SHYLOCK.
Entran SHYLOCK y LAUNCELOT.
SHYLOCK.- Bien; tú verás; tus ojos harán la distinción entre el viejo Shylock y Bassanio. ¡Eh,
Jessica! No te atracarás, como has hecho en mi casa. ¡Eh, Jessica! Ni te darás a dormir y a
roncar y a destrozar el traje. ¡Eh, Jessica, digo!
LAUNCELOT.- ¡Eh, Jessica!
SHYLOCK.- ¿Quién te manda llamar? No te he ordenado que llames.
LAUNCELOT.- Vuestra señoría tenía el hábito de reprocharme el no poder jamás hacer nada sin
órdenes.
(Entra JESSICA.)
JESSICA.- ¿Me llamáis? ¿Qué queréis?
SHYLOCK.- Estoy invitado a cenar, Jessica; he aquí mis llaves. Pero ¿por qué había de ir? No es
por afecto por lo que me invitan; quieren adularme. ¡Bah! Iré por odio, nada más que por
hartarme a expensas del pródigo cristiano. Jessica, hija mía, vigila en la casa. Salgo
verdaderamente contra mi deseo; algo se fragua contra mi reposo, pues he soñado esta noche
con sacos de dinero.
LAUNCELOT.- Os ruego, señor, que vayáis; mi joven amo aguarda vuestra «desgracia».
SHYLOCK.- Y yo la suya.
LAUNCELOT.- Y han conspirado juntos...; no quiero deciros que veréis una mascarada, pero si
la veis no fue entonces baldío el que mi nariz sangrara el último lunes de Pascua, a las seis de
la mañana, que caía este año el mismo día que el miércoles de Ceniza de hace cuatro años por
la tarde.
SHYLOCK.- ¡Cómo! ¿Hay máscaras? Escúchame bien, Jessica. Cierra con cerrojo mis puertas, y cuando escuches el tambor o el silbido ridículo del pífano de cuello encorvado, no te
encarames a las ventanas, ni alargues tu cabeza sobre la vía pública para embobarte ante los
payasos cristianos de pintados semblantes, sino, al contrario, tapa los oídos de mi casa, quiero
decir mis ventanas; no dejes entrar en mi severa morada los ruidos inútiles de la disipación.
William Shakespeare, El mercader de Venecia "Escena V", http://www.acanomas.com/Libros-Clasicos/36269/El-mercader-de-Venecia-(William-Shakespeare).htm
Seleccionado por Fabiola Muñoz, Segundo bachillerato, curso 2009/2010)
Entran SHYLOCK y LAUNCELOT.
SHYLOCK.- Bien; tú verás; tus ojos harán la distinción entre el viejo Shylock y Bassanio. ¡Eh,
Jessica! No te atracarás, como has hecho en mi casa. ¡Eh, Jessica! Ni te darás a dormir y a
roncar y a destrozar el traje. ¡Eh, Jessica, digo!
LAUNCELOT.- ¡Eh, Jessica!
SHYLOCK.- ¿Quién te manda llamar? No te he ordenado que llames.
LAUNCELOT.- Vuestra señoría tenía el hábito de reprocharme el no poder jamás hacer nada sin
órdenes.
(Entra JESSICA.)
JESSICA.- ¿Me llamáis? ¿Qué queréis?
SHYLOCK.- Estoy invitado a cenar, Jessica; he aquí mis llaves. Pero ¿por qué había de ir? No es
por afecto por lo que me invitan; quieren adularme. ¡Bah! Iré por odio, nada más que por
hartarme a expensas del pródigo cristiano. Jessica, hija mía, vigila en la casa. Salgo
verdaderamente contra mi deseo; algo se fragua contra mi reposo, pues he soñado esta noche
con sacos de dinero.
LAUNCELOT.- Os ruego, señor, que vayáis; mi joven amo aguarda vuestra «desgracia».
SHYLOCK.- Y yo la suya.
LAUNCELOT.- Y han conspirado juntos...; no quiero deciros que veréis una mascarada, pero si
la veis no fue entonces baldío el que mi nariz sangrara el último lunes de Pascua, a las seis de
la mañana, que caía este año el mismo día que el miércoles de Ceniza de hace cuatro años por
la tarde.
SHYLOCK.- ¡Cómo! ¿Hay máscaras? Escúchame bien, Jessica. Cierra con cerrojo mis puertas, y cuando escuches el tambor o el silbido ridículo del pífano de cuello encorvado, no te
encarames a las ventanas, ni alargues tu cabeza sobre la vía pública para embobarte ante los
payasos cristianos de pintados semblantes, sino, al contrario, tapa los oídos de mi casa, quiero
decir mis ventanas; no dejes entrar en mi severa morada los ruidos inútiles de la disipación.
William Shakespeare, El mercader de Venecia "Escena V", http://www.acanomas.com/Libros-Clasicos/36269/El-mercader-de-Venecia-(William-Shakespeare).htm
Seleccionado por Fabiola Muñoz, Segundo bachillerato, curso 2009/2010)
El Rey Lear
" ¡He aquí la excelente estupidez del mundo; que, cuando nos hallamos a mal con la Fortuna, lo cual acontece con frecuencia por nuestra propia falta, hacemos culpables de nuestras desgracias al sol, a la luna y a las estrellas; como si fuésemos villanos por necesidad, locos por compulsión celeste; pícaros, ladrones y traidores por el predominio de las esferas; beodos, embusteros y adúlteros por la obediencia forzosa al influjo planetario, y como si siempre que somos malvados fuese por empeño de la voluntad divina! ¡Admirable subterfugio del hombre putañero, cargar a cuenta de un astro su caprina condición! Mi padre se unió con mi madre bajo la cola del Dragón y la Osa Mayor presidió mi nacimiento; de lo que se sigue que yo sea taimado y lujurioso. ¡Bah! Hubiera sido lo que soy, aunque la estrella más virginal hubiese parpadeado en el firmamento cuando me bastardearon.
William Shakespeare, El rey Lear, http://www.epdlp.com/texto.php?id2=1342, Seleccionado por Susana Sánchez Custodio, Curso 2009-2010, Segundo de Bachillerato
William Shakespeare, El rey Lear, http://www.epdlp.com/texto.php?id2=1342, Seleccionado por Susana Sánchez Custodio, Curso 2009-2010, Segundo de Bachillerato
jueves, 4 de febrero de 2010
Los viajes de Gulliver, segunda parte, capítulo primero, Jonathan Swift.
Condenado por mi naturaleza y por mi suerte a una vida activa y sin reposo, dos meses después de mi regreso volví a dejar mi país natal y me embarqué en las Dunas el 20 de junio de 1702, a bordo del Adventure, navío mandado por el capitán John Nicholas, de Liverpool, y destinado para Surat. Tuvimos muy buen viento hasta que llegamos al Cabo de Buena Esperanza, donde tomamos tierra para hacer aguada; pero habiéndose abierto una vía de agua en el navío, desembarcamos nuestras mercancías e invernamos allí, pues atacado el capitán de una fiebre intermitente, no pudimos dejar el Cabo hasta fines de marzo. Entonces nos dimos a la vela, y tuvimos buena travesía hasta pasar los estrechos de Madagascar; pero ya hacia el Norte de esta isla, y a cosa de cinco grados Sur de latitud, los vientos, que se ha observado que en aquellos mares soplan constantes del Noroeste desde principios de diciembre hasta principios de mayo, comenzaron el 9 de abril a soplar con violencia mucho mayor y más en dirección Oeste que de costumbre. Siguieron así por espacio de veinte días, durante los cuales fuimos algo arrastrados al Este de las islas Molucas y unos tres grados hacia el Norte de la línea, según comprobó nuestro capitán por observaciones hechas el 2 de mayo, tiempo en que el viento cesó y vino una calma absoluta, de la que yo me regocijé no poco. Pero el patrón, hombre experimentado en la navegación por aquellos mares, nos previno para que nos dispusiéramos a guardarnos de la tempestad, que, en efecto, se desencadenó al día siguiente, pues empezó a formalizarse el viento llamado monzón del Sur.
Creyendo que la borrasca pasaría, cargamos la cebadera y nos dispusimos para aferrar el trinquete; pero, en vista de lo contrario del tiempo, cuidamos de sujetar bien las piezas de artillería y aferramos la mesana. Como estábamos muy enmarados, creímos mejor correr el tiempo con mar en popa que no capear o navegar a palo seco. Rizamos el trinquete y lo cazamos. El timón iba a barlovento. El navío se portaba bravamente. Largamos la cargadera de trinquete; pero la vela se rajó y arriamos la verga; y una vez dentro la vela, la desaparejamos de todo su laboreo. La tempestad era horrible; la mar se agitaba inquietante y amenazadora. Se afirmaron los aparejos reales y reforzamos el servicio del timón. No calamos los masteleros, sino que los dejamos en su lugar, porque el barco corría muy bien con mar en en popa y sabíamos que con los masteleros izados el buque no sufría y surcaba el mar sin riesgo. Cuando pasó la tempestad largamos el nuevo trinquete y nos pusimos a la capa; luego largamos la mesana, la gavia y el velacho. Llevábamos rumbo Nordeste con viento Sudoeste. Amuramos a estribor, saltamos las brazas y amantillos de barlovento, cazamos las brazas de sotavento, halamos de las bolinas y las amarramos; se amuró la mesana y gobernamos a buen viaje en cuanto nos fue posible.
Durante esta tempestad, a la que siguió un fuerte vendaval Oeste, fuimos arrastrados, según mi cálculo, a unas quinientas leguas al Este; así, que el marinero más viejo de los que estaban a bordo no podía decir en qué parte del mundo nos hallábamos. Teníamos aún bastantes provisiones, nuestro barco estaba sano de quilla y costados y toda la tripulación gozaba de buena salud; pero sufríamos la más terrible escasez de agua. Creímos mejor seguir el mismo rumbo que no virar más hacia el Norte, pues esto podría habernos llevado a las regiones noroeste de la Gran Tartaria y a los mares helados.
El 16 de junio de 1703 un grumete descubrió tierra desde el mastelero. El 17 dimos vista de lleno a una gran isla o continente -que no sabíamos cuál de ambas cosas fuera-, en cuya parte sur había una pequeña lengua detierra que avanzaba en el mar y una ensenada sin fondo bastante para que entrase un barco de más de cien toneladas. Echamos el ancla a una legua de esta ensenada, y nuestro capitán mandó en una lancha a una docena de hombres bien armados con vasijas para agua, por si pudieran encontrar alguna. Le pedí licencia para ir con ellos, a fin de ver el país y hacer algún descubrimiento a serme posible. Al llegar a tierra no hallamos río ni manantial alguno, así como tampoco señal de habitantes. En vista de ello, nuestros hombres recorrieron la playa en varios sentidos para ver si encontraban algo de agua dulce cerca del mar, y yo anduve solo sobre una milla por el otro lado, donde encontré el suelo desnudo y rocoso. Empecé a sentirme cansado, y no divisando nada que despertase mi curiosidad, emprendí despacio el regreso a la ensenada; como tenía a la vista el mar, pude advertir que nuestros hombres habían reembarcado en el bote y remaban desesperadamente hacia el barco. Ya iba a gritarles, aunque de nada hubiera servido, cuando observé que iba tras ellos por el mar una criatura enorme corriendo con todas sus fuerzas. Vadeaba con agua poco más que a la rodilla y daba zancadas prodigiosas; pero nuestros hombres le habían tomado media legua de delantera, y como el mar por aquellos contornos estaba lleno de rocas puntiagudas, el monstruo no pudo alcanzar el bote. Esto me lo dijeron más tarde, porque yo no osé quedarme allí para ver el desenlace de la aventura; antes al contrario, tomé a todo correr otra vez el camino que antes había llevado y trepé a un escarpado cerro desde donde se descubría alguna perspectiva del terreno. Estaba completamente cultivado; pero lo que primero me sorprendió fue la altura de la hierba, que en los campos que parecían destinarse para heno alcanzaba unos veinte pies de altura.
Fuí a dar en una carretera, que por tal la tuve yo, aunque a los habitantes les servía sólo de vereda a través de un campo de cebada. Anduve por ella algún tiempo sin ver gran cosa por los lados, pues la cosecha estaba próxima y la mies levantaba cerca de cuarenta pies. Me costó una hora llegar al final de este campo, que estaba cercado con un seto de lo menos ciento veinte pies de alto; y los árboles eran tan elevados, que no pude siquiera calcular su altura. Había en la cerca para pasar de este campo al inmediato una puerta con cuatro escalones para salvar el desnivel y una piedra que había que trasponer cuando se llegaba al último. Me fue imposible trepar esta gradería, porque cada escalón era de seis pies de alto, y la piedra última, de más de veinte. Andaba yo buscando por el cercado algún boquete, cuando descubrí en el campo inmediato, avanzando hacia la puerta, a uno de los habitantes, de igual tamaño que el que había visto en el mar persiguiendo nuestro bote. Parecía tan alto como un campanario de mediana altura y avanzaba de cada zancada unas diez yardas por lo que pude apreciar. Sobrecogido de terror y asombro, corrí a esconderme entre la mies, desde donde le vi detenerse en lo alto de la escalera y volverse a mirar al campo inmediato hacia la derecha, y le oí llamar con una voz muchísimo más potente que si saliera de una bocina; pero el ruido venía de tan alto, que al pronto creí ciertamente que era un trueno. Luego de esto, siete monstruos como él se le aproximaron llevando en las manos hoces, cada una del grandor de seis guadañas. Estos hombres no estaban tan bien ataviados como el primero y debían de ser sus criados o trabajadores, porque a algunas palabras de él se dirigieron a segar la mies del campo en que yo me hallaba. Me mantenía de ellos a la mayor distancia que podía, aunque para moverme encontraba dificultad extrema porque los tallos de la mies no distaban más de un pie en muchos casos, de modo que apenas podía deslizar mi cuerpo entre ellos. No obstante, me di traza para ir avanzando hasta que llegué a una parte del campo en que la lluvia y el viento habían doblado la mies. Aquí me fue imposible adelantar un paso, pues los tallos estaban de tal modo entretejidos, que no podía escurrirme entre ellos, y las aristas de las espigas caídas eran tan fuertes y puntiagudas, que a través de las ropas se me clavaban en las carnes. Al mismo tiempo oía a los segadores a no más de cien yardas tras de mí. Por completo desalentado en la lucha y totalmente rendido por la pesadumbre y la desesperación, me acosté entre dos caballones, deseando muy de veras encontrar allí el término de mis días. Lloré por mi viuda desolada y por mis hijos huérfanos de padre; lamenté mi propia locura y terquedad al emprender un segundo viaje contra el consejo de todos mis amigos y parientes. En medio de esta terrible agitación de ánimo, no podía por menos de pensar en Liliput, cuyos habitantes me miraban como el mayor prodigio que nunca se viera en el mundo, donde yo había podido llevarme de la mano una flota imperial y realizar aquellas otras hazañas que serán recordadas por siempre en las crónicas de aquel imperio y que la posteridad se resistirá a creer, aunque atestiguadas por millones de sus antecesores. Reflexionaba yo en la mortificación que para mí debía representar aparecer tan insignificante en esta nación como un simple liliputiense aparecería entre nosotros; pero ésta pensaba que había de ser la última de mis desdichas, pues si se ha observado en las humanas criaturas que su salvajismo y crueldad están en proporción de su corpulencia, ¿qué podía yo esperar sino ser engullido por el primero de aquellos enormes bárbaros que acertase a atraparme? Indudablemente los filósofos están en lo cierto cuando nos dicen que nada es grande ni pequeño sino por comparación. Pudiera cumplir a la suerte que los liliputienses encontrasen alguna nación cuyos pobladores fuesen tan diminutos respecto de ellos como ellos respecto de nosotros. ¿Y quién sabe si aun esta enorme raza de mortales será igualmente aventajada en alguna distante región del mundo ignorada por nosotros todavía?
Amedrentado y confuso como estaba, no podía por menos de hacerme estas reflexiones, cuando uno de los segadores, habiéndose acercado a diez yardas del caballón tras el que yo yacía, me hizo caer en que a otro paso que diera me despachurraría con el pie o me dividiría en dos pedazos con su hoz, y, en consecuencia, cuando estaba a punto de moverse, grité todo lo fuerte que el miedo podía hacerme gritar. Entonces la criatura enorme se adelantó un poco, y, mirando por bajo y alrededor de sí algún tiempo, me divisó tendido en el suelo por fin. Me consideró un rato, con la precaución de quien se propone echar mano a una sabandija peligrosa de tal modo que no pueda arañarle ni morderle, como yo tengo hecho tantas veces con las comadrejas en Inglaterra. Por último, se atrevió a alzarme, cogiéndome por la mitad del cuerpo con el índice y el pulgar, y me llevó a tres yardas de los ojos para poder apreciar mi figura más detalladamente. Adiviné su intención, y mi buena fortuna me dio tanta presencia de ánimo, que me resolví a no resistirme lo más mínimo cuando me sostenía en el aire, a unos sesenta pies del suelo, aunque me apretaba muy dolorosamente los costados por temor de que me escurriese de entre sus dedos. Todo lo que me atreví a hacer fue levantar los ojos al cielo, juntar las manos en actitud suplicante y pronunciar algunas palabras en tono humilde y melancólico, adecuado a la situación en que me hallaba, pues temía a cada momento que me estrellase contra el suelo, como es uso entre nosotros cuando queremos dar fin de alguna sabandija. Pero quiso mi buena estrella que pareciesen gustarle mi voz y mis movimientos y empezase a mirarme como una curiosidad, muy asombrado de oírme pronunciar palabras articuladas, aunque no pudiese entenderlas. En tanto, no dejaba yo de gemir y verter lágrimas, y, volviendo la cabeza hacia los lados, darle a entender como me era posible cuán cruelmente me dañaba la presión de sus dedos. Pareció que se daba cuenta de lo que quería decirle, porque levantándose un faldón de la casaca me colocó suavemente en él e inmediatamente echó a correr conmigo en busca de su amo, que era un acaudalado labrador y el mismo a quien yo había visto primeramente en el campo.
El labrador, a quien, según deduje por los hechos, su servidor había dado acerca de mí las explicaciones que había podido, tomó una pajita, del tamaño de un bastón aproximadamente, y con ella me alzó los faldones, que parecía tener por una especie de vestido que la Naturaleza me hubiese dado. Me sopló los cabellos hacia los lados, para mejor verme la cara. Llamó a sus criados y les preguntó -por lo que supe después- si habían visto alguna vez en los campos bicho que se me pareciese. Luego me dejó blandamente en el suelo, a cuatro pies; pero yo me levanté inmediatamente y empecé a ir y venir despacio, para que aquella gente viese que no tenía intención de escaparme. Ellos se sentaron en círculo a mi alrededor a fin de observar mejor mis movimientos. Yo me quité el sombrero e hice al labrador una inclinación profunda; caí de rodillas, y alzando al cielo las manos y los ojos pronuncié varias palabras todo lo fuerte que pude, y me saqué de la faltriquera una bolsa de oro, que le ofrecí humildemente. La recibió en la palma de la mano, se la acercó al ojo para ver lo que era y luego la volvió varias veces con la punta de un alfiler que se había quitado de la solapa, sin lograr nada con ello. Le hice entonces seña de que pusiera la mano en el suelo; tomé la bolsa, y luego de abrirla le derramé todo el oro en la palma. Había seis piezas españolas de a cuatro pistolas cada una, aparte de veinte o treinta monedas más pequeñas. Le vi humedecerse la punta del dedo pequeño con la lengua y alzar una de las piezas más grandes y luego otra, pero aparentando ignorar por completo lo que fuesen. Me hizo seña de que volviese de nuevo las monedas a la bolsa y la bolsa a la faltriquera, partido que acabé por tomar después de renovar repetidas veces mi ofrecimiento.
A la sazón debía de estar ya el hacendado convencido de que yo era un ser racional. Me hablaba a menudo; pero el ruido de su voz me lastimaba los oídos como el de una aceña, aunque articulaba las palabras bastante bien. Le respondí lo más fuerte que pude en varios idiomas, y él frecuentemente inclinaba el oído hasta dos yardas de mí; pero todo fue en vano, porque éramos por completo ininteligibles el uno para el otro. Mandó luego a los criados a su trabajo, y sacando su pañuelo del bolsillo lo dobló y se lo tendió en la mano izquierda, que puso de plano en el suelo con la palma hacia arriba, al mismo tiempo que me hacía señas para que me subiese en ella, lo que pude hacer con facilidad porque no tenía más de un pie de grueso. Entendí que mi único camino era obedecer, y por miedo a caerme me tumbé a la larga sobre el pañuelo, con cuyo sobrante él me envolvió hasta la cabeza para mayor seguridad, y de este modo me llevó a su casa. Una vez allí llamó a su mujer y me mostró a ella, que dio un grito y echó a correr como las mujeres en Inglaterra a la presencia de un sapo o de una araña. No obstante, cuando hubo visto mi comportamiento un rato y lo bien que obedecía a las señas que me hacía su marido, se reconcilió conmigo pronto y poco a poco fue prodigándome los más solícitos cuidados.
Eran sobre las doce del día y un criado trajo la comida. Consistía en un plato fuerte de carne -propio de la sencilla condición de un labrador- servido en una fuente de veinticuatro pies de diámetro, poco más o menos. Formaban la compañía el granjero y su mujer, tres niños y una anciana abuela. Cuando estuvieron sentados, el granjero me puso a alguna distancia de él encima de la mesa, que levantaba treinta pies del suelo. Yo tenía un miedo atroz y me mantenía todo lo apartado que me era posible del borde por temor de caerme. La esposa picó un poco de carne, desmigajó luego algo de pan en un trinchero y me lo puso delante. Le hice una profunda reverencia, saqué mi cuchillo y mi tenedor y empecé a comer, lo que les causó extremado regocijo. La dueña mandó a su criada por una copita de licor capaz para unos dos galones y me puso de beber; levantó la vasija muy trabajosamente con las dos manos y del modo más respetuoso bebí a la salud de la señora, hablando todo lo más fuerte que pude en inglés, lo que hizo reír a la compañía de tan buena gana, que casi me quedé sordo del ruido. El licor sabía como una especie de sidra ligera y no resultaba desagradable. Después el dueño me hizo seña de que me acercase a su plato; pero cuando iba andando por la mesa, como tan grande era mi asombro en aquel trance -lo que fácilmente comprenderá y disculpará el indulgente lector-, me aconteció tropezar con una corteza de pan y caí de bruces, aunque no me hice daño. Me levanté inmediatamente, y advirtiendo en aquella buena gente muestras de gran pesadumbre, cogí mi sombrero -que llevaba debajo del brazo, como exige la buena crianza- y agitándolo por encima de la cabeza di tres vivas en demostración de que no había recibido en la caída perjuicio ninguno. Pero cuando en seguida avanzaba hacia mi amo -como le llamaré de aquí en adelante-, su hijo menor, que se sentaba al lado suyo -un travieso chiquillo de unos diez años- me cogió por las piernas y me alzó en el aire a tal altura, que las carnes se me despegaron de los huesos; el padre me arrebató de sus manos y le dio un bofetón en la oreja derecha, con el que hubiera podido derribar un ejército de caballería europea, al mismo tiempo que le mandaba retirarse de la mesa. Temeroso yo de que el muchacho me la guardase, y recordando bien cuán naturalmente dañinos son los niños entre nosotros para los gorriones, los conejos, los gatitos y los perritos, me dejé caer de rodillas, y, señalando hacia el muchacho, hice entender a mi amo como buenamente pude que deseaba que perdonase a su hijo. Accedió el padre, el chiquillo volvió a sentarse en su puesto, y en seguida yo me fui a él y le besé la mano, la cual mi amo le cogió e hizo que con ella me acariciase suavemente.
En medio de la comida, el gato favorito de mi ama le saltó al regazo. Oía yo detrás de mí un ruido como si estuviesen trabajando una docena de tejedores de medias, y volviendo la cabeza, descubrí que procedía del susurro que en su contento hacía aquel animal, que podría ser tres veces mayor que un buey, según el cálculo que hice viéndole la cabeza y una pata mientras su dueña le daba de comer y le hacía caricias. El aspecto de fiereza de este animal me descompuso totalmente, aunque yo estaba al otro lado de la mesa, a más de cincuenta pies de distancia, y aunque mi ama le sostenía temiendo que diese un salto y me cogiese entre sus garras. Pero resultó no haber peligro ninguno, pues el gato no hizo el menor caso de mí cuando despues mi amo me puso a tres yardas de él; y como he oído siempre, y la experiencia me lo ha confirmado en mis viajes, que huir o demostrar miedo ante un animal feroz es el medio seguro de que nos persiga o nos ataque, resolví en esta peligrosa coyuntura no aparentar cuidado ninguno. Pasé intrépidamente cinco veces o seis ante la misma cabeza del gato y me puse a media yarda de él, con lo cual retrocedió, como si tuviese más miedo él que yo. Los perros me importaban menos. Entraron tres o cuatro en la habitación, como es corriente en las casas de labradores; había un mastín del tamaño de cuatro elefantes, y un galgo un poco más alto que el mastín, pero no tan corpulento.
Cuando ya casi estaba terminada la comida entró el ama de cría con un niño de un año en brazos, el cual me divisó inmediatamente y empezó a gritar -en el modo que todos habréis oído seguramente y que desde London Bridge hasta Chelsea es la oratoria usual entre los niños- para que me entregasen a él en calidad de juguete. La madre, llena de amorosa indulgencia, me levantó y me presentó al niño, que en seguida me cogió por la mitad del cuerpo y se metió mi cabeza en la boca. Di yo un rugido tan fuerte, que el bribonzuelo se asustó y me dejó caer, y me hubiera infaliblemente desnucado si la madre no hubiese puesto su delantal. Para callar al nene, el ama hizo uso de un sonajero que era una especie de tonel lleno de grandes piedras y sujeto con un cable a la cintura del niño; pero todo fue en vano; así, que se vio obligada a emplear el último recurso dándole de mamar. Debo confesar que nada me causó nunca tan mala impresión como ver su pecho monstruoso, que no encuentro con qué comparar para que el lector pueda formarse una idea de su tamaño, forma y color. La veía yo de cerca, pues se había sentado cómodamente para dar de mamar, y yo estaba sobre la mesa. Esto me hacía reflexionar acerca de los lindos cutis de nuestras damas inglesas, que nos parecen a nosotros tan bellas sólo porque son de nuestro mismo tamaño y sus defectos no pueden verse sino con una lente de aumento, aunque por experimentación sabemos que los cutis más suaves y más blancos son ásperos y ordinarios y de feo color.
Recuerdo que cuando estaba yo en Liliput me parecían los cutis de aquellas gentes diminutas los más bellos del mundo, y hablando sobre este punto con una persona de estudios de allá, que era íntimo amigo mío, me dijo que mi cara le parecía mucho más blanca y suave cuando me miraba desde el suelo que viéndola más de cerca, cuando le levantaba yo en la mano y le aproximaba. Al principio constituía para el, según me confesó, un espectáculo muy desagradable. Me dijo que descubría en mi cutis grandes hoyos, que los cañones de mi barba eran diez veces más fuertes que las cerdas de un verraco, y mi piel de varios colores totalmente distintos. Y permítaseme que haga constar que yo soy tan blanco como la mayor parte de los individuos de mi sexo y de mi país, y que el sol me ha tostado muy poco en mis viajes. Por otra parte, cuando hablábamos de las damas que formaban la corte del emperador, solía decirme que la una tenía pecas; la otra, una boca demasiado grande; una tercera, la nariz demasiado larga, nada de lo cual podía yo distinguir. Reconozco que esta reflexión era bastante obvia, pero, sin embargo, no he querido omitirla porque no piense el lector que aquellas inmensas criaturas eran feas, pues les debo la justicia de decir que son una raza de gentes bien parecidas.
Cuando la comida se hubo terminado, mi amo se volvió con sus trabajadores, y, según pude colegir de su voz y su gesto, encargó muy especialmente a su mujer que tuviese cuidado de mí. Estaba yo muy cansado y con sueño, y advirtiéndolo mi ama me puso sobre su propio lecho y me cubrió con un pañuelo blanco limpio, que era mayor y más basto que la vela mayor de un buque de guerra.
Dormí unas dos horas y soñé que estaba en casa con mi mujer y mis hijos, lo que vino a gravar mis cuitas cuando desperté y me vi solo en un vasto aposento de doscientos a trescientos pies de ancho y más de doscientos de alto, acostado en una cama de veinte yardas de anchura. Mi ama se había ido a los quehaceres de la casa, y dejádome encerrado. La cama levantaba ocho yardas del suelo. En tal situación yo, treparon dos ratas por la cortina y se dieron a correr por encima del lecho, olfateando de un lado para otro. Una de ellas llegó casi hasta mi misma cara, lo que me hizo levantarme aterrorizado y sacar mi alfanje para defenderme. Estos horribles animales tuvieron el atrevimiento de acometerme por ambos lados y uno de ellos llegó a echarme al cuello una de sus patas delanteras, pero tuve la buena fortuna de rajarle el vientre antes que pudiera hacerme daño. Cayó a mis pies, y la otra, al ver la suerte que había corrido su compañera, emprendió la huída, pero no sin una buena herida en el lomo que pude hacerle cuando escapaba, y que dejó un rastro de sangre. Después de esta hazaña me puse a pasear lentamente por la cama para recobrar el aliento y la tranquilidad. Aquellos animales eran del tamaño de un mastín grande, pero infinitamente más ligeros y feroces; así que, de haberme quitado el cinto al acostarme, infaliblemente me hubieran despedazado y devorado. Medí la cola de la rata muerta y encontré que tenía de largo dos yardas menos una pulgada; mas no tuve estómago para tirar de la cama el cuerpo exánime, que yacía en ella sangrando. Noté que tenía aún algo de vida; pero de una fuerte cuchillada en el pescuezo la despaché enteramente.
Poco después entró mi ama en la habitación, y viéndome todo lleno de sangre corrió hacia mí y me cogió en la mano. Yo señalé a la rata muerta, sonriendo y haciendo otras señas para significar que no estaba herido, de lo que ella recibió extremado contento. Llamó a la criada para que cogiese con unas tenazas la rata muerta y la tirase por la ventana. Después me puso sobre una mesa, donde yo le enseñé mi alfanje lleno de sangre, y limpiándolo en la vuelta de mi casaca lo volví a envainar.
Espero que el paciente lector sabrá excusar que me detenga en detalles que, por insignificantes que se antojen a espíritus vulgares de a ras de tierra, pueden ciertamente ayudar a un filósofo a dilatar sus pensamientos y su imaginación y a dedicarlos al beneficio público lo mismo que a la vida privada. Tal es mi intención al ofrecer estas y otras relaciones de mis viajes por el mundo, en las cuales me he preocupado principalmente de la verdad, dejando aparte adornos de erudición y estilo. Todos los lances de este viaje dejaron tan honda impresión en mi ánimo y están de tal modo presentes en mi memoria, que al trasladarlos al papel no omití una sola circunstancia interesante. Sin embargo, al hacer una escrupulosa revisión, taché varios pasajes de menos momento que figuraban en el primer original por miedo de ser motejado de fastidioso y frívolo.
JONATHAN SWIFT, Los viajes de Gulliver , Segunda parte:
Un viaje a Brobdingnag, capítulo primero
http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/56817398763481662165679/p0000002.htm
(Seleccionado por Cristina Perianes Calle, Segundo de Bachillerato, curso 2009-2010)
Creyendo que la borrasca pasaría, cargamos la cebadera y nos dispusimos para aferrar el trinquete; pero, en vista de lo contrario del tiempo, cuidamos de sujetar bien las piezas de artillería y aferramos la mesana. Como estábamos muy enmarados, creímos mejor correr el tiempo con mar en popa que no capear o navegar a palo seco. Rizamos el trinquete y lo cazamos. El timón iba a barlovento. El navío se portaba bravamente. Largamos la cargadera de trinquete; pero la vela se rajó y arriamos la verga; y una vez dentro la vela, la desaparejamos de todo su laboreo. La tempestad era horrible; la mar se agitaba inquietante y amenazadora. Se afirmaron los aparejos reales y reforzamos el servicio del timón. No calamos los masteleros, sino que los dejamos en su lugar, porque el barco corría muy bien con mar en en popa y sabíamos que con los masteleros izados el buque no sufría y surcaba el mar sin riesgo. Cuando pasó la tempestad largamos el nuevo trinquete y nos pusimos a la capa; luego largamos la mesana, la gavia y el velacho. Llevábamos rumbo Nordeste con viento Sudoeste. Amuramos a estribor, saltamos las brazas y amantillos de barlovento, cazamos las brazas de sotavento, halamos de las bolinas y las amarramos; se amuró la mesana y gobernamos a buen viaje en cuanto nos fue posible.
Durante esta tempestad, a la que siguió un fuerte vendaval Oeste, fuimos arrastrados, según mi cálculo, a unas quinientas leguas al Este; así, que el marinero más viejo de los que estaban a bordo no podía decir en qué parte del mundo nos hallábamos. Teníamos aún bastantes provisiones, nuestro barco estaba sano de quilla y costados y toda la tripulación gozaba de buena salud; pero sufríamos la más terrible escasez de agua. Creímos mejor seguir el mismo rumbo que no virar más hacia el Norte, pues esto podría habernos llevado a las regiones noroeste de la Gran Tartaria y a los mares helados.
El 16 de junio de 1703 un grumete descubrió tierra desde el mastelero. El 17 dimos vista de lleno a una gran isla o continente -que no sabíamos cuál de ambas cosas fuera-, en cuya parte sur había una pequeña lengua detierra que avanzaba en el mar y una ensenada sin fondo bastante para que entrase un barco de más de cien toneladas. Echamos el ancla a una legua de esta ensenada, y nuestro capitán mandó en una lancha a una docena de hombres bien armados con vasijas para agua, por si pudieran encontrar alguna. Le pedí licencia para ir con ellos, a fin de ver el país y hacer algún descubrimiento a serme posible. Al llegar a tierra no hallamos río ni manantial alguno, así como tampoco señal de habitantes. En vista de ello, nuestros hombres recorrieron la playa en varios sentidos para ver si encontraban algo de agua dulce cerca del mar, y yo anduve solo sobre una milla por el otro lado, donde encontré el suelo desnudo y rocoso. Empecé a sentirme cansado, y no divisando nada que despertase mi curiosidad, emprendí despacio el regreso a la ensenada; como tenía a la vista el mar, pude advertir que nuestros hombres habían reembarcado en el bote y remaban desesperadamente hacia el barco. Ya iba a gritarles, aunque de nada hubiera servido, cuando observé que iba tras ellos por el mar una criatura enorme corriendo con todas sus fuerzas. Vadeaba con agua poco más que a la rodilla y daba zancadas prodigiosas; pero nuestros hombres le habían tomado media legua de delantera, y como el mar por aquellos contornos estaba lleno de rocas puntiagudas, el monstruo no pudo alcanzar el bote. Esto me lo dijeron más tarde, porque yo no osé quedarme allí para ver el desenlace de la aventura; antes al contrario, tomé a todo correr otra vez el camino que antes había llevado y trepé a un escarpado cerro desde donde se descubría alguna perspectiva del terreno. Estaba completamente cultivado; pero lo que primero me sorprendió fue la altura de la hierba, que en los campos que parecían destinarse para heno alcanzaba unos veinte pies de altura.
Fuí a dar en una carretera, que por tal la tuve yo, aunque a los habitantes les servía sólo de vereda a través de un campo de cebada. Anduve por ella algún tiempo sin ver gran cosa por los lados, pues la cosecha estaba próxima y la mies levantaba cerca de cuarenta pies. Me costó una hora llegar al final de este campo, que estaba cercado con un seto de lo menos ciento veinte pies de alto; y los árboles eran tan elevados, que no pude siquiera calcular su altura. Había en la cerca para pasar de este campo al inmediato una puerta con cuatro escalones para salvar el desnivel y una piedra que había que trasponer cuando se llegaba al último. Me fue imposible trepar esta gradería, porque cada escalón era de seis pies de alto, y la piedra última, de más de veinte. Andaba yo buscando por el cercado algún boquete, cuando descubrí en el campo inmediato, avanzando hacia la puerta, a uno de los habitantes, de igual tamaño que el que había visto en el mar persiguiendo nuestro bote. Parecía tan alto como un campanario de mediana altura y avanzaba de cada zancada unas diez yardas por lo que pude apreciar. Sobrecogido de terror y asombro, corrí a esconderme entre la mies, desde donde le vi detenerse en lo alto de la escalera y volverse a mirar al campo inmediato hacia la derecha, y le oí llamar con una voz muchísimo más potente que si saliera de una bocina; pero el ruido venía de tan alto, que al pronto creí ciertamente que era un trueno. Luego de esto, siete monstruos como él se le aproximaron llevando en las manos hoces, cada una del grandor de seis guadañas. Estos hombres no estaban tan bien ataviados como el primero y debían de ser sus criados o trabajadores, porque a algunas palabras de él se dirigieron a segar la mies del campo en que yo me hallaba. Me mantenía de ellos a la mayor distancia que podía, aunque para moverme encontraba dificultad extrema porque los tallos de la mies no distaban más de un pie en muchos casos, de modo que apenas podía deslizar mi cuerpo entre ellos. No obstante, me di traza para ir avanzando hasta que llegué a una parte del campo en que la lluvia y el viento habían doblado la mies. Aquí me fue imposible adelantar un paso, pues los tallos estaban de tal modo entretejidos, que no podía escurrirme entre ellos, y las aristas de las espigas caídas eran tan fuertes y puntiagudas, que a través de las ropas se me clavaban en las carnes. Al mismo tiempo oía a los segadores a no más de cien yardas tras de mí. Por completo desalentado en la lucha y totalmente rendido por la pesadumbre y la desesperación, me acosté entre dos caballones, deseando muy de veras encontrar allí el término de mis días. Lloré por mi viuda desolada y por mis hijos huérfanos de padre; lamenté mi propia locura y terquedad al emprender un segundo viaje contra el consejo de todos mis amigos y parientes. En medio de esta terrible agitación de ánimo, no podía por menos de pensar en Liliput, cuyos habitantes me miraban como el mayor prodigio que nunca se viera en el mundo, donde yo había podido llevarme de la mano una flota imperial y realizar aquellas otras hazañas que serán recordadas por siempre en las crónicas de aquel imperio y que la posteridad se resistirá a creer, aunque atestiguadas por millones de sus antecesores. Reflexionaba yo en la mortificación que para mí debía representar aparecer tan insignificante en esta nación como un simple liliputiense aparecería entre nosotros; pero ésta pensaba que había de ser la última de mis desdichas, pues si se ha observado en las humanas criaturas que su salvajismo y crueldad están en proporción de su corpulencia, ¿qué podía yo esperar sino ser engullido por el primero de aquellos enormes bárbaros que acertase a atraparme? Indudablemente los filósofos están en lo cierto cuando nos dicen que nada es grande ni pequeño sino por comparación. Pudiera cumplir a la suerte que los liliputienses encontrasen alguna nación cuyos pobladores fuesen tan diminutos respecto de ellos como ellos respecto de nosotros. ¿Y quién sabe si aun esta enorme raza de mortales será igualmente aventajada en alguna distante región del mundo ignorada por nosotros todavía?
Amedrentado y confuso como estaba, no podía por menos de hacerme estas reflexiones, cuando uno de los segadores, habiéndose acercado a diez yardas del caballón tras el que yo yacía, me hizo caer en que a otro paso que diera me despachurraría con el pie o me dividiría en dos pedazos con su hoz, y, en consecuencia, cuando estaba a punto de moverse, grité todo lo fuerte que el miedo podía hacerme gritar. Entonces la criatura enorme se adelantó un poco, y, mirando por bajo y alrededor de sí algún tiempo, me divisó tendido en el suelo por fin. Me consideró un rato, con la precaución de quien se propone echar mano a una sabandija peligrosa de tal modo que no pueda arañarle ni morderle, como yo tengo hecho tantas veces con las comadrejas en Inglaterra. Por último, se atrevió a alzarme, cogiéndome por la mitad del cuerpo con el índice y el pulgar, y me llevó a tres yardas de los ojos para poder apreciar mi figura más detalladamente. Adiviné su intención, y mi buena fortuna me dio tanta presencia de ánimo, que me resolví a no resistirme lo más mínimo cuando me sostenía en el aire, a unos sesenta pies del suelo, aunque me apretaba muy dolorosamente los costados por temor de que me escurriese de entre sus dedos. Todo lo que me atreví a hacer fue levantar los ojos al cielo, juntar las manos en actitud suplicante y pronunciar algunas palabras en tono humilde y melancólico, adecuado a la situación en que me hallaba, pues temía a cada momento que me estrellase contra el suelo, como es uso entre nosotros cuando queremos dar fin de alguna sabandija. Pero quiso mi buena estrella que pareciesen gustarle mi voz y mis movimientos y empezase a mirarme como una curiosidad, muy asombrado de oírme pronunciar palabras articuladas, aunque no pudiese entenderlas. En tanto, no dejaba yo de gemir y verter lágrimas, y, volviendo la cabeza hacia los lados, darle a entender como me era posible cuán cruelmente me dañaba la presión de sus dedos. Pareció que se daba cuenta de lo que quería decirle, porque levantándose un faldón de la casaca me colocó suavemente en él e inmediatamente echó a correr conmigo en busca de su amo, que era un acaudalado labrador y el mismo a quien yo había visto primeramente en el campo.
El labrador, a quien, según deduje por los hechos, su servidor había dado acerca de mí las explicaciones que había podido, tomó una pajita, del tamaño de un bastón aproximadamente, y con ella me alzó los faldones, que parecía tener por una especie de vestido que la Naturaleza me hubiese dado. Me sopló los cabellos hacia los lados, para mejor verme la cara. Llamó a sus criados y les preguntó -por lo que supe después- si habían visto alguna vez en los campos bicho que se me pareciese. Luego me dejó blandamente en el suelo, a cuatro pies; pero yo me levanté inmediatamente y empecé a ir y venir despacio, para que aquella gente viese que no tenía intención de escaparme. Ellos se sentaron en círculo a mi alrededor a fin de observar mejor mis movimientos. Yo me quité el sombrero e hice al labrador una inclinación profunda; caí de rodillas, y alzando al cielo las manos y los ojos pronuncié varias palabras todo lo fuerte que pude, y me saqué de la faltriquera una bolsa de oro, que le ofrecí humildemente. La recibió en la palma de la mano, se la acercó al ojo para ver lo que era y luego la volvió varias veces con la punta de un alfiler que se había quitado de la solapa, sin lograr nada con ello. Le hice entonces seña de que pusiera la mano en el suelo; tomé la bolsa, y luego de abrirla le derramé todo el oro en la palma. Había seis piezas españolas de a cuatro pistolas cada una, aparte de veinte o treinta monedas más pequeñas. Le vi humedecerse la punta del dedo pequeño con la lengua y alzar una de las piezas más grandes y luego otra, pero aparentando ignorar por completo lo que fuesen. Me hizo seña de que volviese de nuevo las monedas a la bolsa y la bolsa a la faltriquera, partido que acabé por tomar después de renovar repetidas veces mi ofrecimiento.
A la sazón debía de estar ya el hacendado convencido de que yo era un ser racional. Me hablaba a menudo; pero el ruido de su voz me lastimaba los oídos como el de una aceña, aunque articulaba las palabras bastante bien. Le respondí lo más fuerte que pude en varios idiomas, y él frecuentemente inclinaba el oído hasta dos yardas de mí; pero todo fue en vano, porque éramos por completo ininteligibles el uno para el otro. Mandó luego a los criados a su trabajo, y sacando su pañuelo del bolsillo lo dobló y se lo tendió en la mano izquierda, que puso de plano en el suelo con la palma hacia arriba, al mismo tiempo que me hacía señas para que me subiese en ella, lo que pude hacer con facilidad porque no tenía más de un pie de grueso. Entendí que mi único camino era obedecer, y por miedo a caerme me tumbé a la larga sobre el pañuelo, con cuyo sobrante él me envolvió hasta la cabeza para mayor seguridad, y de este modo me llevó a su casa. Una vez allí llamó a su mujer y me mostró a ella, que dio un grito y echó a correr como las mujeres en Inglaterra a la presencia de un sapo o de una araña. No obstante, cuando hubo visto mi comportamiento un rato y lo bien que obedecía a las señas que me hacía su marido, se reconcilió conmigo pronto y poco a poco fue prodigándome los más solícitos cuidados.
Eran sobre las doce del día y un criado trajo la comida. Consistía en un plato fuerte de carne -propio de la sencilla condición de un labrador- servido en una fuente de veinticuatro pies de diámetro, poco más o menos. Formaban la compañía el granjero y su mujer, tres niños y una anciana abuela. Cuando estuvieron sentados, el granjero me puso a alguna distancia de él encima de la mesa, que levantaba treinta pies del suelo. Yo tenía un miedo atroz y me mantenía todo lo apartado que me era posible del borde por temor de caerme. La esposa picó un poco de carne, desmigajó luego algo de pan en un trinchero y me lo puso delante. Le hice una profunda reverencia, saqué mi cuchillo y mi tenedor y empecé a comer, lo que les causó extremado regocijo. La dueña mandó a su criada por una copita de licor capaz para unos dos galones y me puso de beber; levantó la vasija muy trabajosamente con las dos manos y del modo más respetuoso bebí a la salud de la señora, hablando todo lo más fuerte que pude en inglés, lo que hizo reír a la compañía de tan buena gana, que casi me quedé sordo del ruido. El licor sabía como una especie de sidra ligera y no resultaba desagradable. Después el dueño me hizo seña de que me acercase a su plato; pero cuando iba andando por la mesa, como tan grande era mi asombro en aquel trance -lo que fácilmente comprenderá y disculpará el indulgente lector-, me aconteció tropezar con una corteza de pan y caí de bruces, aunque no me hice daño. Me levanté inmediatamente, y advirtiendo en aquella buena gente muestras de gran pesadumbre, cogí mi sombrero -que llevaba debajo del brazo, como exige la buena crianza- y agitándolo por encima de la cabeza di tres vivas en demostración de que no había recibido en la caída perjuicio ninguno. Pero cuando en seguida avanzaba hacia mi amo -como le llamaré de aquí en adelante-, su hijo menor, que se sentaba al lado suyo -un travieso chiquillo de unos diez años- me cogió por las piernas y me alzó en el aire a tal altura, que las carnes se me despegaron de los huesos; el padre me arrebató de sus manos y le dio un bofetón en la oreja derecha, con el que hubiera podido derribar un ejército de caballería europea, al mismo tiempo que le mandaba retirarse de la mesa. Temeroso yo de que el muchacho me la guardase, y recordando bien cuán naturalmente dañinos son los niños entre nosotros para los gorriones, los conejos, los gatitos y los perritos, me dejé caer de rodillas, y, señalando hacia el muchacho, hice entender a mi amo como buenamente pude que deseaba que perdonase a su hijo. Accedió el padre, el chiquillo volvió a sentarse en su puesto, y en seguida yo me fui a él y le besé la mano, la cual mi amo le cogió e hizo que con ella me acariciase suavemente.
En medio de la comida, el gato favorito de mi ama le saltó al regazo. Oía yo detrás de mí un ruido como si estuviesen trabajando una docena de tejedores de medias, y volviendo la cabeza, descubrí que procedía del susurro que en su contento hacía aquel animal, que podría ser tres veces mayor que un buey, según el cálculo que hice viéndole la cabeza y una pata mientras su dueña le daba de comer y le hacía caricias. El aspecto de fiereza de este animal me descompuso totalmente, aunque yo estaba al otro lado de la mesa, a más de cincuenta pies de distancia, y aunque mi ama le sostenía temiendo que diese un salto y me cogiese entre sus garras. Pero resultó no haber peligro ninguno, pues el gato no hizo el menor caso de mí cuando despues mi amo me puso a tres yardas de él; y como he oído siempre, y la experiencia me lo ha confirmado en mis viajes, que huir o demostrar miedo ante un animal feroz es el medio seguro de que nos persiga o nos ataque, resolví en esta peligrosa coyuntura no aparentar cuidado ninguno. Pasé intrépidamente cinco veces o seis ante la misma cabeza del gato y me puse a media yarda de él, con lo cual retrocedió, como si tuviese más miedo él que yo. Los perros me importaban menos. Entraron tres o cuatro en la habitación, como es corriente en las casas de labradores; había un mastín del tamaño de cuatro elefantes, y un galgo un poco más alto que el mastín, pero no tan corpulento.
Cuando ya casi estaba terminada la comida entró el ama de cría con un niño de un año en brazos, el cual me divisó inmediatamente y empezó a gritar -en el modo que todos habréis oído seguramente y que desde London Bridge hasta Chelsea es la oratoria usual entre los niños- para que me entregasen a él en calidad de juguete. La madre, llena de amorosa indulgencia, me levantó y me presentó al niño, que en seguida me cogió por la mitad del cuerpo y se metió mi cabeza en la boca. Di yo un rugido tan fuerte, que el bribonzuelo se asustó y me dejó caer, y me hubiera infaliblemente desnucado si la madre no hubiese puesto su delantal. Para callar al nene, el ama hizo uso de un sonajero que era una especie de tonel lleno de grandes piedras y sujeto con un cable a la cintura del niño; pero todo fue en vano; así, que se vio obligada a emplear el último recurso dándole de mamar. Debo confesar que nada me causó nunca tan mala impresión como ver su pecho monstruoso, que no encuentro con qué comparar para que el lector pueda formarse una idea de su tamaño, forma y color. La veía yo de cerca, pues se había sentado cómodamente para dar de mamar, y yo estaba sobre la mesa. Esto me hacía reflexionar acerca de los lindos cutis de nuestras damas inglesas, que nos parecen a nosotros tan bellas sólo porque son de nuestro mismo tamaño y sus defectos no pueden verse sino con una lente de aumento, aunque por experimentación sabemos que los cutis más suaves y más blancos son ásperos y ordinarios y de feo color.
Recuerdo que cuando estaba yo en Liliput me parecían los cutis de aquellas gentes diminutas los más bellos del mundo, y hablando sobre este punto con una persona de estudios de allá, que era íntimo amigo mío, me dijo que mi cara le parecía mucho más blanca y suave cuando me miraba desde el suelo que viéndola más de cerca, cuando le levantaba yo en la mano y le aproximaba. Al principio constituía para el, según me confesó, un espectáculo muy desagradable. Me dijo que descubría en mi cutis grandes hoyos, que los cañones de mi barba eran diez veces más fuertes que las cerdas de un verraco, y mi piel de varios colores totalmente distintos. Y permítaseme que haga constar que yo soy tan blanco como la mayor parte de los individuos de mi sexo y de mi país, y que el sol me ha tostado muy poco en mis viajes. Por otra parte, cuando hablábamos de las damas que formaban la corte del emperador, solía decirme que la una tenía pecas; la otra, una boca demasiado grande; una tercera, la nariz demasiado larga, nada de lo cual podía yo distinguir. Reconozco que esta reflexión era bastante obvia, pero, sin embargo, no he querido omitirla porque no piense el lector que aquellas inmensas criaturas eran feas, pues les debo la justicia de decir que son una raza de gentes bien parecidas.
Cuando la comida se hubo terminado, mi amo se volvió con sus trabajadores, y, según pude colegir de su voz y su gesto, encargó muy especialmente a su mujer que tuviese cuidado de mí. Estaba yo muy cansado y con sueño, y advirtiéndolo mi ama me puso sobre su propio lecho y me cubrió con un pañuelo blanco limpio, que era mayor y más basto que la vela mayor de un buque de guerra.
Dormí unas dos horas y soñé que estaba en casa con mi mujer y mis hijos, lo que vino a gravar mis cuitas cuando desperté y me vi solo en un vasto aposento de doscientos a trescientos pies de ancho y más de doscientos de alto, acostado en una cama de veinte yardas de anchura. Mi ama se había ido a los quehaceres de la casa, y dejádome encerrado. La cama levantaba ocho yardas del suelo. En tal situación yo, treparon dos ratas por la cortina y se dieron a correr por encima del lecho, olfateando de un lado para otro. Una de ellas llegó casi hasta mi misma cara, lo que me hizo levantarme aterrorizado y sacar mi alfanje para defenderme. Estos horribles animales tuvieron el atrevimiento de acometerme por ambos lados y uno de ellos llegó a echarme al cuello una de sus patas delanteras, pero tuve la buena fortuna de rajarle el vientre antes que pudiera hacerme daño. Cayó a mis pies, y la otra, al ver la suerte que había corrido su compañera, emprendió la huída, pero no sin una buena herida en el lomo que pude hacerle cuando escapaba, y que dejó un rastro de sangre. Después de esta hazaña me puse a pasear lentamente por la cama para recobrar el aliento y la tranquilidad. Aquellos animales eran del tamaño de un mastín grande, pero infinitamente más ligeros y feroces; así que, de haberme quitado el cinto al acostarme, infaliblemente me hubieran despedazado y devorado. Medí la cola de la rata muerta y encontré que tenía de largo dos yardas menos una pulgada; mas no tuve estómago para tirar de la cama el cuerpo exánime, que yacía en ella sangrando. Noté que tenía aún algo de vida; pero de una fuerte cuchillada en el pescuezo la despaché enteramente.
Poco después entró mi ama en la habitación, y viéndome todo lleno de sangre corrió hacia mí y me cogió en la mano. Yo señalé a la rata muerta, sonriendo y haciendo otras señas para significar que no estaba herido, de lo que ella recibió extremado contento. Llamó a la criada para que cogiese con unas tenazas la rata muerta y la tirase por la ventana. Después me puso sobre una mesa, donde yo le enseñé mi alfanje lleno de sangre, y limpiándolo en la vuelta de mi casaca lo volví a envainar.
Espero que el paciente lector sabrá excusar que me detenga en detalles que, por insignificantes que se antojen a espíritus vulgares de a ras de tierra, pueden ciertamente ayudar a un filósofo a dilatar sus pensamientos y su imaginación y a dedicarlos al beneficio público lo mismo que a la vida privada. Tal es mi intención al ofrecer estas y otras relaciones de mis viajes por el mundo, en las cuales me he preocupado principalmente de la verdad, dejando aparte adornos de erudición y estilo. Todos los lances de este viaje dejaron tan honda impresión en mi ánimo y están de tal modo presentes en mi memoria, que al trasladarlos al papel no omití una sola circunstancia interesante. Sin embargo, al hacer una escrupulosa revisión, taché varios pasajes de menos momento que figuraban en el primer original por miedo de ser motejado de fastidioso y frívolo.
JONATHAN SWIFT, Los viajes de Gulliver , Segunda parte:
Un viaje a Brobdingnag, capítulo primero
http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/56817398763481662165679/p0000002.htm
(Seleccionado por Cristina Perianes Calle, Segundo de Bachillerato, curso 2009-2010)
El cuento del caballero, Geoffrey Chaucer
Nos cuentan viejas leyendas que había una vez un duque llamado Teseo, dueño y señor de Atenas. No existía por entonces conquistador más poderoso bajo el sol. Había conquistado muchos reinos de inigualable riqueza y, por su caudillaje y valor caballeresco, incluso el país de las Amazonas, que por aquel entonces se llamaba Escitia, y se había casado con Hipólita, su reina. Se la llevó a vivir con él a su propio país, con la mayor pompa y esplendor, junto con Emilia, la hermana menor de aquélla. Y aquí dejo a este noble duque y a sus huestes armadas cabalgando victoriosamente y al son de la música hacia Atenas.
Si no resultara demasiado largo de narrar, describiría pormenorizadamente cómo fue vencido por Teseo y sus caballeros el país de las Amazonas y, muy especialmente, la enconada batalla que sostuvieron los atenienses con ellas; cómo Hipólita, la feroz y hermosa reina de Escitia, fue asediada; la fiesta que se celebró cuando su boda y la gran tormenta que les sobrevino en la travesía hacia su patria. Pero, de momento, debo omitir estos detalles, pues Dios sabe muy bien que tengo un gran campo que arar y que dispongo de débiles bueyes para tal menester. El resto de mi relato es bastante largo, y no quiero robar el tiempo a los demás. Que cada uno relate su cuento cuando le corresponda, y veremos quién gana el banquete. Voy, pues, a reanudar mi narración donde la dejé.
El duque del que iba hablando estaba ya en las inmediaciones de la ciudad cuando, en medio de su alegría y triunfo, observó por el rabillo del ojo a un grupo de mujeres vestidas de negro, arrodilladas de dos en dos, en hilera, a lo largo del camino. Sus lloros y lamentos eran tales que jamás criatura viviente alguna había oído algo semejante; no cesaron en sus gemidos hasta que consiguieron agarrar la brida y la rienda de su caballo.
-¿Quiénes sois que así turbáis mi regreso al hogar y la alegría general con vuestras lamentaciones? preguntó Teseo. ¿Por qué os quejáis y lamentáis así? ¿Acaso os molesta que reciba estos honores? ¿0 es que alguien os ha insultado u ofendido? Decidme qué es lo que debo enderezar y por qué razón vais así vestidas de negro.
Casi a punto de desmayo, con un semblante pálido como la muerte que partía el corazón, la dama de más edad empezó a hablar:
-Mi señor, a quien la diosa Fortuna ha concedido la victoria y todos los honores dignos de un conquistador, no nos molestan ni vuestros laureles ni vuestro triunfo, sino que os pedimos ayuda y gracia. ¡Tened piedad de nuestra pena y de nuestro infortunio! Que de la nobleza de vuestro corazón caiga al menos una gota de piedad sobre nosotras, pobres mujeres, pues, mi señor, no hay ninguna de nosotras que, en el pasado, no haya sido duquesa o reina. Pero ahora, como podéis ver, somos las más infelices de las mujeres, gracias a la rueda traicionera de la diosa Fortuna que hace que los asuntos no nos sean propicios. Creednos, mi señor: hemos estado aguardando vuestra llegada en el templo de la diosa de la Piedad durante dos semanas enteras. Ahora, señor, ¡ayudadnos, ya que podéis hacerlo!
»Yo, que lloro aquí mi desgracia, fui en el pasado la esposa del rey Capaneo, el que sucumbió en Tebas. ¡Maldito sea aquel infausto día! Todas las que aquí sollozamos, vestidas de negro, perdimos a nuestros esposos durante el asedio de la ciudad. ¡Ay de nosotras! En este preciso momento, el anciano Creón, ahora señor de Tebas, lleno de cólera e iniquidad está deshonrando sus cadáveres: con desprecio tiránico ha hecho amontonar los cuerpos degollados de nuestros esposos y no quiere ni oír hablar de quemarlos o de darles sepultura, sino que, lleno de desprecio, los arroja a los perros para que los devoren.
Al decir esto cayeron de bruces, gritando lastimosamente: -Tened compasión de nosotras, infortunadas mujeres, y dejad que nuestro dolor penetre en vuestro corazón. Cuando el duque les oyó hablar, de un salto se apeó del caballo, con el corazón lleno de compasión al ver la desgracia y abandono de aquellas mujeres que habían tenido tan alto rango. Sintió tan intensa piedad, que parecía que el corazón le iba a estallar. Levantó con sus brazos a cada una de ellas y trató de infundirles ánimo, jurando por su condición de caballero que utilizaría todo su poder en vengarlas del tirano, hasta que toda Grecia conociera la forma en que Teseo iba a dar a Creón la muerte a que se había hecho acreedor. Entonces, desplegó de inmediato su estandarte para congregar a sus hombres y se dirigió contra Tebas con todo su ejército. Ni siquiera media jornada se acercó a Atenas para descansar, sino que aquella noche pernoctó en el camino que conducía a Tebas. Envió a la reina Hipólita y a su joven y encantadora hermana Emilia a la ciudad de Atenas para que permanecieran allí mientras él seguía cabalgando. ¿Qué más puedo decir?
La roja imagen de Marte con su lanza y escudo resaltaba su gran estandarte blanco hasta que su reflejo brilló en todos los puntos de los campos que atravesó, junto al estandarte llevaba un pendón de oro, bordado con la figura del Minotauro, que había conquistado en Creta. De esta guisa el duque conquistador cabalgó con sus huestes -la flor de la caballería- hasta llegar a Tebas, donde se desplegaron en perfecto orden de batalla.
Para abreviar el relato: luchó con Creón, el rey de Tebas, y le mató en noble combate, como corresponde a un valiente caballero. Entonces, tras derrotar a los hombres de Creón, asaltó la ciudad, derribando murallas, vigas y puntales. Luego, Teseo restituyó a las mujeres los cadáveres de sus esposos para que recibieran sepultura siguiendo los ritos funerarios de costumbre. Tardaría demasiado en describir el griterío de las mujeres como expresión de su dolor cuando fueron incinerados los restos de sus esposos o en relatar la solemne ceremonia con que el noble conquistador de Teseo las obsequió en su despedida, pues quiero que mi cuento sea lo más breve posible.
Tras haber matado a Creón, tomado Tebas y dispuesto de todo el reino a su antojo, el noble duque Teseo pemoctó en el campamento al aire libre. A continuación dispuso del país a su gusto; los saqueadores se dedicaron al pillaje de los cadáveres, despojándolos de armas y ropajes. Sucedió que entre los cuerpos amontonados encontraron a dos jóvenes caballeros, que yacían uno al lado del otro y que iban vestidos con el mismo escudo de armas. Sus armaduras, ricamente elaboradas, estaban perforadas por varios golpes mortales. Uno de los caballeros se llamaba Arcite; el otro, Palamón. Aunque estaban medio vivos o medio muertos, como queráis, los heraldos los reconocieron, sobre todo por su equipo y sus escudos de armas, como primos y miembros, a su vez, de la real casa de Tebas. Los saqueadores los apartaron del montón de cadáveres y los transportaron con todo cuidado a la tienda de Teseo, quien, rechazando cualquier clase de rescate, los envió inmediatamente a Atenas condenados a cadena perpetua. Después de dictar estas disposiciones, el noble duque y su ejército se dirigieron directamente a casa, coronados con los laureles conquistados allí, y, no hace falta decirlo, vivió honrado y alegre el resto de sus días.
Mientras, Palamón y su amigo Arcite permanecían encerrados para siempre en un torreón, sufriendo pena y oprobio. Con ninguna cantidad de oro podría comprarse su libertad.
Así transcurrían los días y los años. Una mañana del mes de mayo ocurrió que Emilia -más hermosa que un lirio en su tallo verde y más lozana que el mes de mayo en su florido esplendor, pues su tez competía ventajosamente con las rosas- se había levantado y vestido antes de romper el alba como solía hacer a menudo.
Las noches de mayo no son propicias para el sueño. En esta época del año los corazones nobles se agitan y salen a su conjuro de su sopor:
-¡Levántate y rinde homenaje a la primavera!
Esto hizo recordar a Emilia que debía rendirse a los encantos del mes de mayo y se levantó de la cama. Imagináosla vestida con ropajes nuevos, con su cabello de un dorado rubio cayéndole por la espalda en forma de trenza de casi una yarda de longitud, vagando sin rumbo por el jardín al amanecer para recoger flores blancas y rojas y tejer con ellas una guirnalda para su cabeza y cantando con voz celestial como la de un ángel.
Un torreón enorme, de gruesos y recios muros, en el que estaban encarcelados los dos caballeros protagonistas de mi relato, constituía la mazmorra más importante del castillo y tenía una pared común con el muro que rodeaba el jardín en el que Emilia se estaba solazando. El sol brillaba aquella mañana con todo su esplendor y el pobre cautivo Palamón se había levantado como de costumbre. Por condescendencia de su carcelero paseaba por una habitación elevada desde la que podía contemplarse la bella perspectiva de la ciudad y también el verdoso jardín por el que Emilia, tan radiante y lozana, se estaba paseando. Mientras, el cautivo Palamón andaba tristemente de un extremo a otro del aposento, compadeciéndose de sí mismo y lamentándose en voz alta con cierta frecuencia: «¡Ay de mí! ¿Por qué habré nacido?» Fuera por casualidad o porque el destino lo había dispuesto así, su mirada se posó en Emilia, a través de una ventana fuertemente protegida con barrotes de hierro, cuadrados y macizos como si fueran estacas de madera. Al verla retrocedió dando un grito que le brotó de lo más profundo de su corazón. Al percibir el ruido, Arcite se puso en pie y preguntó:
-¿Qué te pasa, primo? ¿Por qué tienes esta mortal palidez? ¿Por qué has gritado? ¿Qué te ha alterado de esta forma? ¡Por el amor de Dios!, resígnate con nuestro encierro. No tienes otra alternativa. Estas penalidades son el designio de la diosa Fortuna; alguna disposición maligna de Saturno64 y de las constelaciones lo permite, a pesar de todo lo que podamos hacer. Estaba ya escrito en las estrellas cuando nacimos; por duro que sea, debemos aceptar nuestro destino. Palamón replicó:
-Verdaderamente, primo, estás muy equivocado. No fue esta cárcel la que me ha hecho gritar, sino porque mi ojo ha sido herido por una saeta que me ha llegado al corazón y me temo que resulte mortal. La belleza de la dama que he visto vagar por el jardín ha sido la única causa de mi grito y mi dolor. No puedo asegurar si se trata de una diosa o de una mujer, pero creo que se trata de la propia Venus.
Entonces cayó de rodillas y dijo:
Venus, si es tu voluntad manifestarte en este jardín a una criatura tan apenada y desgraciada como yo, ayúdanos a escapar de esta cárcel; sin embargo, si mi destino está irrevocablemente escrito y debo morir en cautividad, ten piedad de esta noble sangre humillada por la tiranía.
Pero mientras Palamón estaba hablando, los ojos de Arcite divisaron también a la dama que paseaba por el jardín. Quedó tan conmovido ante su belleza, que si Palamón había resultado herido, Arcite lo fue también en el mismo o mayor grado. Con tristeza dijo: -La lozana belleza de esa muchacha que pasea por ahí me ha asestado un golpe tan repentino como mortal; si no llego a obtener su piedad y su favor para que, al menos, pueda verla, seré hombre muerto. Es todo lo que puedo decir.
Cuando Palamón oyó estas palabras, replicó secamente: -¿Dices esto en broma o en serio?
-En serio y de buena fe -repuso Arcite-. Dios es testigo de que no estoy de humor para chanzas.
Palamón frunció el ceño y contestó:
-No te honraría mucho serme desleal o traicionarme, si consideras que no solamente soy tu primo, sino tu hermano por juramento. Estamos unidos mutuamente por las más solemnes promesas hasta que la muerte nos separe. Ni tan sólo la muerte por tortura debe permitir que uno de nosotros estorbe al otro en cuestiones de amor o de cualquier otra naturaleza. Al revés. Tú, mi querido hermano, debes acudir en mi ayuda fielmente, de la misma forma en que yo debo acudir en la tuya. Esta fue la promesa que nos juramos, y sé perfectamente que no te atreverás a negarlo. Por esta razón yo confié completamente en ti; pero ahora tú estás tratando traicioneramente de amar a la dama que deberé querer y servir siempre hasta que mi corazón deje de latir. No, tú no lo harás, falaz Arcite, ¡te aseguro que no lo harás! Yo fui el primero en amarla; te comuniqué lo que me pasaba porque, como te dije, tú eres el confidente de mis secretos. Mi hermano por juramento dio su palabra de acudir a ayudarme y, por tanto, está obligado, en su calidad de caballero, a prestarme toda la ayuda que requiera. En otro caso te llamaré perjuro.
Arcite le reconvino desdeñosamente:
-Tú eres, más que yo, el que mayor probabilidad tiene de cometer perjurio. Tú si que has faltado a tu promesa, te lo digo francamente. Yo la amé con verdadera pasión antes que tú. ¿Qué dices a eso? Hasta ahora no sabías aún si era mujer o diosa. Tu amor es un efecto espiritual, mientras que el mío es el amor de un ser humano; por eso te he contado lo que me ha sucedido, como primo mío y hermano por juramento.
»Demos por supuesto, dentro de esta discusión, que tú la amas en primer lugar. ¿No has oído jamás el viejo adagio que dice: "¿Quién puede imponer la ley a un amante?”. Por mi alma te aseguro que el amor es una ley más poderosa que cualquier otra decretada por hombres mortales. Por consiguiente, todas las leyes hechas por los hombres y mandatos parecidos son quebrantados cada día por motivos de amor por todo tipo de gente. Un hombre ama contra toda razón.
Aunque tuviera que costarle la vida no tiene escapatoria, tanto si ella es doncella, viuda o esposa. De todas formas, es muy dificil que uno de los dos conquistemos sus favores, puesto que, como muy bien sabes, estamos condenados a prisión perpetua y no existe rescate que pueda redimimos.
»Estamos peleando como aquellos dos perros que lucharon todo el día por un hueso y no lo consiguieron; mientras ellos reñían, llegó un gavilán y se lo llevó delante de sus propias narices. Por ello, hermano mío, como en la alta política, que cada uno luche por sí mismo. Esto es todo lo que se puede hacer. Ámala si quieres, pero yo la amo y siempre la amaré. Querido hermano, cada uno de nosotros debe soportar estas cadenas y aceptar su suerte. Eso es todo.
Si tuviera tiempo describiría con todo detalle su larga y enconada pelea, pero para abreviar os diré que, al final, un noble duque llamado Peroteo, que había sido amigo del duque Teseo desde que eran niños, llegó un día a Atenas. Solía hacer esto para tomarse unas vacaciones y visitar a su antiguo compañero de juegos. No había nadie a quien quisiera más en este mundo, y Teseo, en justa correspondencia, lo apreciaba con la misma intensidad y ternura. Tan grande era el aprecio mutuo que se tenían, que los ancianos escribas refieren que cuando uno de ellos murió, su amigo fue y le bajó a buscar a los infiernos. Pero ésa es otra historia.
El duque Peroteo sentía un gran aprecio por Arcite, pues durante muchos años le había tratado en Tebas. Después de mucho insistir, a instancias de Peroteo, el duque Teseo dejó salir a Arcite de la cárcel sin pagar rescate alguno y con libertad de ir a donde quisiera bajo la siguiente condición.
En términos sencillos, el convenio entre Teseo y Árcite fue éste: si Arcite era cogido vivo a cualquier hora del día o de la noche en los dominios de Teseo, sería decapitado; no tenía otra alternativa que despedirse y, sin dilación, volver a su patria. Era conveniente que no olvidase: el precio era su cabeza.
¡Qué angustia sufrió entonces Arcite! Sintió a la muerte penetrar en su corazón; lloró y se lamentó y lanzó quejidos lastimeros, esperando secretamente una oportunidad para suicidarse.
-¡Ay del día en que nací! -gritaba-, pues ahora mi cárcel es más dura que antes. Estoy eternamente condenado a vivir, y no en el purgatorio, sino en el infierno. ¡Ay de mí! ¿Por qué conocí a Peroteo? De lo contrario habría permanecido con Teseo, encadenado en su cárcel para siempre. Entonces hubiera vivido en la felicidad en vez de la desesperación. El simple hecho de ver a la mujer que adoro habría sido más que suficiente para mí, aunque nunca conquistase su cariño. Querido primo Palamón -prosiguió-, en este caso saliste ganando. ¡Con qué felicidad sigues en la cárcel! ¿Qué digo? ¿Cárcel? ¡Paraíso!
»La diosa Fortuna ha cargado los dados en tu favor: tú disfrutas de la presencia de Emilia, yo sufro su ausencia. Y es posible (pues tú estás cerca de ella y eres un caballero valiente lleno de recursos) que tú, por casualidad -pues la Fortuna es veleidosa-, más tarde o temprano alcances lo que deseas. En cuanto a mí, exiliado y desprovisto de toda esperanza, me hallo en tal estado de desesperación, que ni la tierra, ni el fuego, ni el agua, ni el aire, ni criatura alguna hecha de estos elementos puede proporcionarme consuelo o remedio. Bien puedo perecer de desesperación y tristeza. ¡Adiós vida, alegría y felicidad!
»¡Ay! ¿Por qué la gente, en general, se queja de lo que disponen Dios o la Fortuna, quienes con frecuencia y de tan diverso modo arreglan los acontecimientos mejor de lo que ellos mismos podrían imaginar? Uno tiene riquezas, que pueden causar su muerte o pérdida de la salud; otro es liberado de la cárcel, sólo para perecer bajo el cuchillo de sus criados al llegar a casa. Infinitas calamidades provienen de esta forma de proceder: no sabemos qué es lo que pedimos en oración a los dioses aquí abajo. Nos comportamos como un hombre borracho como una cuba: sabe perfectamente que tiene un hogar al que dirigirse, pero desconoce dónde se halla. Y el hombre bebido camina por senda resbaladiza. Así es como nosotros andamos por el mundo, en busca desesperada de la felicidad, pero, generalmente, donde no se encuentra. Esto es cierto para todos nosotros, pero muy particularmente para mí. Yo que tenía la idea de que si lograba escapar de la prisión mi felicidad y bienestar estarían asegurados, ahora me encuentro en el exilio y sin reposo para mi espíritu. Si no puedo verte, Emilia, no soy mejor que un cadáver viviente; no hay solución.
Cuando Palamón comprobó que Arcite se había marchado, dio tales gritos que la gran torre vibró con sus voces descompasadas. Los grilletes que cercaban sus hinchados tobillos quedaron humedecidos por sus saladas y amargas lágrimas.
-¡Oh primo Arcite! -exclamó-, Dios sabe que has salido el mejor librado en nuestra pelea. Ahora puedes andar a tus anchas por Tebas sin pensar en mi desgracia. Siendo un hombre astuto y decidido, tienes ocasión de reunir nuestras gentes y declarar contra Atenas una guerra tan feroz, que mediante un ataque osado o algún tratado consigas a Emilia por dama y esposa -por quien yo debo perecer aquí. Comparando nuestras posibilidades, tu situación es muy superior a la mía, pues aquí estoy muriendo enjaulado. Tú eres un príncipe que ya no está en prisión, sino en libertad. Pero yo tengo que llorar y lamentar toda mi vida la desgracia que acarrea el estar encarcelado, más las punzadas de dolor que provoca en mí el amor, lo que duplica mi tormento y mi pena.
Entonces se encendió en su pecho la llama de los celos y agarró su corazón con tal fuerza, que el color de su piel adoptó el del boj o el de las cenizas de un fuego apagado, y gritó:
-¡Oh, vosotros, dioses crueles que gobernáis el mundo, sometiéndolo con vuestras leyes implacables y escribiendo vuestras decisiones y decretos eternos en tablas diamantinas!, ¿cómo puede preocuparos más la humanidad que las ovejas de un redil? Pues el hombre muere igual que cualquier otro animal y, a menudo, sufre arrestos y cárcel o padece pestes y adversidades sin culpa alguna. ¿Qué designio figura en vuestra presciencia al atormentar al inocente y al que carece de toda culpa? Y lo que acrecienta toda esta penitencia es que el hombre se ve obligado a caminar según las leyes de Dios y debe reprimir sus deseos, mientras que una bestia es libre de hacer lo que le parece; una vez muerto, no se siente dolor; sin embargo, después de la muerte el hombre debe llorar y sufrir aunque haya padecido mucho en este mundo. No hay duda de que, como están las cosas, se debe dejar a los teólogos que proporcionen la respuesta; pero de una cosa estoy seguro: que aquí en la tierra hay muchos padecimientos. »¡Ay!, veo a una víbora, a un ladrón que ha hecho daño a muchos hombres buenos, quedar libre para ir a donde le plazca, mientras yo tengo que languidecer en prisión porque Saturno y Juno en su furor celoso han destruido por completo la mejor sangre de Tebas, cuyas espesas murallas yacen ahora derruidas, y por otro lado Venus me mata de celos y temor por causa de Arcite.
Ahora voy a dar descanso a Palamón y lo dejaré en prisión, mientras me extiendo en mi relato sobre Arcite.
Pasa el verano y sus largas noches doblan los violentos tormentos del amante Arcite y del prisionero Palamón. No sé cuál de los dos es el que debe soportar más dolor. Para abreviar, Palamón está condenado a prisión perpetua, cargado de cadenas y grilletes hasta que muera. Arcite, en cambio, exiliado bajo pena de muerte, no podrá ver jamás a su dama en los dominios de Teseo.
Ahora, vosotros que amáis, dejadme que os formule una pregunta: ¿quién sufre más por ello, Arcite o Palamón? ¿El que ve a su dama diariamente, pero está encerrado para siempre, o el que es libre de ir donde le plazca, pero no verá nunca más a su dama? Aquellos de vosotros que podáis, elegid entre las dos situaciones a voluntad; yo, por mi parte, continuaré como he empezado.
Geoffrey Chaucer, El Cuento del Caballero, http://www.ddooss.org/articulos/cuentos/Canterbury_1.htm, Seleccionado por Susana Sánchez Custodio, curso 2009-2010, segundo de Bachillerato.
Si no resultara demasiado largo de narrar, describiría pormenorizadamente cómo fue vencido por Teseo y sus caballeros el país de las Amazonas y, muy especialmente, la enconada batalla que sostuvieron los atenienses con ellas; cómo Hipólita, la feroz y hermosa reina de Escitia, fue asediada; la fiesta que se celebró cuando su boda y la gran tormenta que les sobrevino en la travesía hacia su patria. Pero, de momento, debo omitir estos detalles, pues Dios sabe muy bien que tengo un gran campo que arar y que dispongo de débiles bueyes para tal menester. El resto de mi relato es bastante largo, y no quiero robar el tiempo a los demás. Que cada uno relate su cuento cuando le corresponda, y veremos quién gana el banquete. Voy, pues, a reanudar mi narración donde la dejé.
El duque del que iba hablando estaba ya en las inmediaciones de la ciudad cuando, en medio de su alegría y triunfo, observó por el rabillo del ojo a un grupo de mujeres vestidas de negro, arrodilladas de dos en dos, en hilera, a lo largo del camino. Sus lloros y lamentos eran tales que jamás criatura viviente alguna había oído algo semejante; no cesaron en sus gemidos hasta que consiguieron agarrar la brida y la rienda de su caballo.
-¿Quiénes sois que así turbáis mi regreso al hogar y la alegría general con vuestras lamentaciones? preguntó Teseo. ¿Por qué os quejáis y lamentáis así? ¿Acaso os molesta que reciba estos honores? ¿0 es que alguien os ha insultado u ofendido? Decidme qué es lo que debo enderezar y por qué razón vais así vestidas de negro.
Casi a punto de desmayo, con un semblante pálido como la muerte que partía el corazón, la dama de más edad empezó a hablar:
-Mi señor, a quien la diosa Fortuna ha concedido la victoria y todos los honores dignos de un conquistador, no nos molestan ni vuestros laureles ni vuestro triunfo, sino que os pedimos ayuda y gracia. ¡Tened piedad de nuestra pena y de nuestro infortunio! Que de la nobleza de vuestro corazón caiga al menos una gota de piedad sobre nosotras, pobres mujeres, pues, mi señor, no hay ninguna de nosotras que, en el pasado, no haya sido duquesa o reina. Pero ahora, como podéis ver, somos las más infelices de las mujeres, gracias a la rueda traicionera de la diosa Fortuna que hace que los asuntos no nos sean propicios. Creednos, mi señor: hemos estado aguardando vuestra llegada en el templo de la diosa de la Piedad durante dos semanas enteras. Ahora, señor, ¡ayudadnos, ya que podéis hacerlo!
»Yo, que lloro aquí mi desgracia, fui en el pasado la esposa del rey Capaneo, el que sucumbió en Tebas. ¡Maldito sea aquel infausto día! Todas las que aquí sollozamos, vestidas de negro, perdimos a nuestros esposos durante el asedio de la ciudad. ¡Ay de nosotras! En este preciso momento, el anciano Creón, ahora señor de Tebas, lleno de cólera e iniquidad está deshonrando sus cadáveres: con desprecio tiránico ha hecho amontonar los cuerpos degollados de nuestros esposos y no quiere ni oír hablar de quemarlos o de darles sepultura, sino que, lleno de desprecio, los arroja a los perros para que los devoren.
Al decir esto cayeron de bruces, gritando lastimosamente: -Tened compasión de nosotras, infortunadas mujeres, y dejad que nuestro dolor penetre en vuestro corazón. Cuando el duque les oyó hablar, de un salto se apeó del caballo, con el corazón lleno de compasión al ver la desgracia y abandono de aquellas mujeres que habían tenido tan alto rango. Sintió tan intensa piedad, que parecía que el corazón le iba a estallar. Levantó con sus brazos a cada una de ellas y trató de infundirles ánimo, jurando por su condición de caballero que utilizaría todo su poder en vengarlas del tirano, hasta que toda Grecia conociera la forma en que Teseo iba a dar a Creón la muerte a que se había hecho acreedor. Entonces, desplegó de inmediato su estandarte para congregar a sus hombres y se dirigió contra Tebas con todo su ejército. Ni siquiera media jornada se acercó a Atenas para descansar, sino que aquella noche pernoctó en el camino que conducía a Tebas. Envió a la reina Hipólita y a su joven y encantadora hermana Emilia a la ciudad de Atenas para que permanecieran allí mientras él seguía cabalgando. ¿Qué más puedo decir?
La roja imagen de Marte con su lanza y escudo resaltaba su gran estandarte blanco hasta que su reflejo brilló en todos los puntos de los campos que atravesó, junto al estandarte llevaba un pendón de oro, bordado con la figura del Minotauro, que había conquistado en Creta. De esta guisa el duque conquistador cabalgó con sus huestes -la flor de la caballería- hasta llegar a Tebas, donde se desplegaron en perfecto orden de batalla.
Para abreviar el relato: luchó con Creón, el rey de Tebas, y le mató en noble combate, como corresponde a un valiente caballero. Entonces, tras derrotar a los hombres de Creón, asaltó la ciudad, derribando murallas, vigas y puntales. Luego, Teseo restituyó a las mujeres los cadáveres de sus esposos para que recibieran sepultura siguiendo los ritos funerarios de costumbre. Tardaría demasiado en describir el griterío de las mujeres como expresión de su dolor cuando fueron incinerados los restos de sus esposos o en relatar la solemne ceremonia con que el noble conquistador de Teseo las obsequió en su despedida, pues quiero que mi cuento sea lo más breve posible.
Tras haber matado a Creón, tomado Tebas y dispuesto de todo el reino a su antojo, el noble duque Teseo pemoctó en el campamento al aire libre. A continuación dispuso del país a su gusto; los saqueadores se dedicaron al pillaje de los cadáveres, despojándolos de armas y ropajes. Sucedió que entre los cuerpos amontonados encontraron a dos jóvenes caballeros, que yacían uno al lado del otro y que iban vestidos con el mismo escudo de armas. Sus armaduras, ricamente elaboradas, estaban perforadas por varios golpes mortales. Uno de los caballeros se llamaba Arcite; el otro, Palamón. Aunque estaban medio vivos o medio muertos, como queráis, los heraldos los reconocieron, sobre todo por su equipo y sus escudos de armas, como primos y miembros, a su vez, de la real casa de Tebas. Los saqueadores los apartaron del montón de cadáveres y los transportaron con todo cuidado a la tienda de Teseo, quien, rechazando cualquier clase de rescate, los envió inmediatamente a Atenas condenados a cadena perpetua. Después de dictar estas disposiciones, el noble duque y su ejército se dirigieron directamente a casa, coronados con los laureles conquistados allí, y, no hace falta decirlo, vivió honrado y alegre el resto de sus días.
Mientras, Palamón y su amigo Arcite permanecían encerrados para siempre en un torreón, sufriendo pena y oprobio. Con ninguna cantidad de oro podría comprarse su libertad.
Así transcurrían los días y los años. Una mañana del mes de mayo ocurrió que Emilia -más hermosa que un lirio en su tallo verde y más lozana que el mes de mayo en su florido esplendor, pues su tez competía ventajosamente con las rosas- se había levantado y vestido antes de romper el alba como solía hacer a menudo.
Las noches de mayo no son propicias para el sueño. En esta época del año los corazones nobles se agitan y salen a su conjuro de su sopor:
-¡Levántate y rinde homenaje a la primavera!
Esto hizo recordar a Emilia que debía rendirse a los encantos del mes de mayo y se levantó de la cama. Imagináosla vestida con ropajes nuevos, con su cabello de un dorado rubio cayéndole por la espalda en forma de trenza de casi una yarda de longitud, vagando sin rumbo por el jardín al amanecer para recoger flores blancas y rojas y tejer con ellas una guirnalda para su cabeza y cantando con voz celestial como la de un ángel.
Un torreón enorme, de gruesos y recios muros, en el que estaban encarcelados los dos caballeros protagonistas de mi relato, constituía la mazmorra más importante del castillo y tenía una pared común con el muro que rodeaba el jardín en el que Emilia se estaba solazando. El sol brillaba aquella mañana con todo su esplendor y el pobre cautivo Palamón se había levantado como de costumbre. Por condescendencia de su carcelero paseaba por una habitación elevada desde la que podía contemplarse la bella perspectiva de la ciudad y también el verdoso jardín por el que Emilia, tan radiante y lozana, se estaba paseando. Mientras, el cautivo Palamón andaba tristemente de un extremo a otro del aposento, compadeciéndose de sí mismo y lamentándose en voz alta con cierta frecuencia: «¡Ay de mí! ¿Por qué habré nacido?» Fuera por casualidad o porque el destino lo había dispuesto así, su mirada se posó en Emilia, a través de una ventana fuertemente protegida con barrotes de hierro, cuadrados y macizos como si fueran estacas de madera. Al verla retrocedió dando un grito que le brotó de lo más profundo de su corazón. Al percibir el ruido, Arcite se puso en pie y preguntó:
-¿Qué te pasa, primo? ¿Por qué tienes esta mortal palidez? ¿Por qué has gritado? ¿Qué te ha alterado de esta forma? ¡Por el amor de Dios!, resígnate con nuestro encierro. No tienes otra alternativa. Estas penalidades son el designio de la diosa Fortuna; alguna disposición maligna de Saturno64 y de las constelaciones lo permite, a pesar de todo lo que podamos hacer. Estaba ya escrito en las estrellas cuando nacimos; por duro que sea, debemos aceptar nuestro destino. Palamón replicó:
-Verdaderamente, primo, estás muy equivocado. No fue esta cárcel la que me ha hecho gritar, sino porque mi ojo ha sido herido por una saeta que me ha llegado al corazón y me temo que resulte mortal. La belleza de la dama que he visto vagar por el jardín ha sido la única causa de mi grito y mi dolor. No puedo asegurar si se trata de una diosa o de una mujer, pero creo que se trata de la propia Venus.
Entonces cayó de rodillas y dijo:
Venus, si es tu voluntad manifestarte en este jardín a una criatura tan apenada y desgraciada como yo, ayúdanos a escapar de esta cárcel; sin embargo, si mi destino está irrevocablemente escrito y debo morir en cautividad, ten piedad de esta noble sangre humillada por la tiranía.
Pero mientras Palamón estaba hablando, los ojos de Arcite divisaron también a la dama que paseaba por el jardín. Quedó tan conmovido ante su belleza, que si Palamón había resultado herido, Arcite lo fue también en el mismo o mayor grado. Con tristeza dijo: -La lozana belleza de esa muchacha que pasea por ahí me ha asestado un golpe tan repentino como mortal; si no llego a obtener su piedad y su favor para que, al menos, pueda verla, seré hombre muerto. Es todo lo que puedo decir.
Cuando Palamón oyó estas palabras, replicó secamente: -¿Dices esto en broma o en serio?
-En serio y de buena fe -repuso Arcite-. Dios es testigo de que no estoy de humor para chanzas.
Palamón frunció el ceño y contestó:
-No te honraría mucho serme desleal o traicionarme, si consideras que no solamente soy tu primo, sino tu hermano por juramento. Estamos unidos mutuamente por las más solemnes promesas hasta que la muerte nos separe. Ni tan sólo la muerte por tortura debe permitir que uno de nosotros estorbe al otro en cuestiones de amor o de cualquier otra naturaleza. Al revés. Tú, mi querido hermano, debes acudir en mi ayuda fielmente, de la misma forma en que yo debo acudir en la tuya. Esta fue la promesa que nos juramos, y sé perfectamente que no te atreverás a negarlo. Por esta razón yo confié completamente en ti; pero ahora tú estás tratando traicioneramente de amar a la dama que deberé querer y servir siempre hasta que mi corazón deje de latir. No, tú no lo harás, falaz Arcite, ¡te aseguro que no lo harás! Yo fui el primero en amarla; te comuniqué lo que me pasaba porque, como te dije, tú eres el confidente de mis secretos. Mi hermano por juramento dio su palabra de acudir a ayudarme y, por tanto, está obligado, en su calidad de caballero, a prestarme toda la ayuda que requiera. En otro caso te llamaré perjuro.
Arcite le reconvino desdeñosamente:
-Tú eres, más que yo, el que mayor probabilidad tiene de cometer perjurio. Tú si que has faltado a tu promesa, te lo digo francamente. Yo la amé con verdadera pasión antes que tú. ¿Qué dices a eso? Hasta ahora no sabías aún si era mujer o diosa. Tu amor es un efecto espiritual, mientras que el mío es el amor de un ser humano; por eso te he contado lo que me ha sucedido, como primo mío y hermano por juramento.
»Demos por supuesto, dentro de esta discusión, que tú la amas en primer lugar. ¿No has oído jamás el viejo adagio que dice: "¿Quién puede imponer la ley a un amante?”. Por mi alma te aseguro que el amor es una ley más poderosa que cualquier otra decretada por hombres mortales. Por consiguiente, todas las leyes hechas por los hombres y mandatos parecidos son quebrantados cada día por motivos de amor por todo tipo de gente. Un hombre ama contra toda razón.
Aunque tuviera que costarle la vida no tiene escapatoria, tanto si ella es doncella, viuda o esposa. De todas formas, es muy dificil que uno de los dos conquistemos sus favores, puesto que, como muy bien sabes, estamos condenados a prisión perpetua y no existe rescate que pueda redimimos.
»Estamos peleando como aquellos dos perros que lucharon todo el día por un hueso y no lo consiguieron; mientras ellos reñían, llegó un gavilán y se lo llevó delante de sus propias narices. Por ello, hermano mío, como en la alta política, que cada uno luche por sí mismo. Esto es todo lo que se puede hacer. Ámala si quieres, pero yo la amo y siempre la amaré. Querido hermano, cada uno de nosotros debe soportar estas cadenas y aceptar su suerte. Eso es todo.
Si tuviera tiempo describiría con todo detalle su larga y enconada pelea, pero para abreviar os diré que, al final, un noble duque llamado Peroteo, que había sido amigo del duque Teseo desde que eran niños, llegó un día a Atenas. Solía hacer esto para tomarse unas vacaciones y visitar a su antiguo compañero de juegos. No había nadie a quien quisiera más en este mundo, y Teseo, en justa correspondencia, lo apreciaba con la misma intensidad y ternura. Tan grande era el aprecio mutuo que se tenían, que los ancianos escribas refieren que cuando uno de ellos murió, su amigo fue y le bajó a buscar a los infiernos. Pero ésa es otra historia.
El duque Peroteo sentía un gran aprecio por Arcite, pues durante muchos años le había tratado en Tebas. Después de mucho insistir, a instancias de Peroteo, el duque Teseo dejó salir a Arcite de la cárcel sin pagar rescate alguno y con libertad de ir a donde quisiera bajo la siguiente condición.
En términos sencillos, el convenio entre Teseo y Árcite fue éste: si Arcite era cogido vivo a cualquier hora del día o de la noche en los dominios de Teseo, sería decapitado; no tenía otra alternativa que despedirse y, sin dilación, volver a su patria. Era conveniente que no olvidase: el precio era su cabeza.
¡Qué angustia sufrió entonces Arcite! Sintió a la muerte penetrar en su corazón; lloró y se lamentó y lanzó quejidos lastimeros, esperando secretamente una oportunidad para suicidarse.
-¡Ay del día en que nací! -gritaba-, pues ahora mi cárcel es más dura que antes. Estoy eternamente condenado a vivir, y no en el purgatorio, sino en el infierno. ¡Ay de mí! ¿Por qué conocí a Peroteo? De lo contrario habría permanecido con Teseo, encadenado en su cárcel para siempre. Entonces hubiera vivido en la felicidad en vez de la desesperación. El simple hecho de ver a la mujer que adoro habría sido más que suficiente para mí, aunque nunca conquistase su cariño. Querido primo Palamón -prosiguió-, en este caso saliste ganando. ¡Con qué felicidad sigues en la cárcel! ¿Qué digo? ¿Cárcel? ¡Paraíso!
»La diosa Fortuna ha cargado los dados en tu favor: tú disfrutas de la presencia de Emilia, yo sufro su ausencia. Y es posible (pues tú estás cerca de ella y eres un caballero valiente lleno de recursos) que tú, por casualidad -pues la Fortuna es veleidosa-, más tarde o temprano alcances lo que deseas. En cuanto a mí, exiliado y desprovisto de toda esperanza, me hallo en tal estado de desesperación, que ni la tierra, ni el fuego, ni el agua, ni el aire, ni criatura alguna hecha de estos elementos puede proporcionarme consuelo o remedio. Bien puedo perecer de desesperación y tristeza. ¡Adiós vida, alegría y felicidad!
»¡Ay! ¿Por qué la gente, en general, se queja de lo que disponen Dios o la Fortuna, quienes con frecuencia y de tan diverso modo arreglan los acontecimientos mejor de lo que ellos mismos podrían imaginar? Uno tiene riquezas, que pueden causar su muerte o pérdida de la salud; otro es liberado de la cárcel, sólo para perecer bajo el cuchillo de sus criados al llegar a casa. Infinitas calamidades provienen de esta forma de proceder: no sabemos qué es lo que pedimos en oración a los dioses aquí abajo. Nos comportamos como un hombre borracho como una cuba: sabe perfectamente que tiene un hogar al que dirigirse, pero desconoce dónde se halla. Y el hombre bebido camina por senda resbaladiza. Así es como nosotros andamos por el mundo, en busca desesperada de la felicidad, pero, generalmente, donde no se encuentra. Esto es cierto para todos nosotros, pero muy particularmente para mí. Yo que tenía la idea de que si lograba escapar de la prisión mi felicidad y bienestar estarían asegurados, ahora me encuentro en el exilio y sin reposo para mi espíritu. Si no puedo verte, Emilia, no soy mejor que un cadáver viviente; no hay solución.
Cuando Palamón comprobó que Arcite se había marchado, dio tales gritos que la gran torre vibró con sus voces descompasadas. Los grilletes que cercaban sus hinchados tobillos quedaron humedecidos por sus saladas y amargas lágrimas.
-¡Oh primo Arcite! -exclamó-, Dios sabe que has salido el mejor librado en nuestra pelea. Ahora puedes andar a tus anchas por Tebas sin pensar en mi desgracia. Siendo un hombre astuto y decidido, tienes ocasión de reunir nuestras gentes y declarar contra Atenas una guerra tan feroz, que mediante un ataque osado o algún tratado consigas a Emilia por dama y esposa -por quien yo debo perecer aquí. Comparando nuestras posibilidades, tu situación es muy superior a la mía, pues aquí estoy muriendo enjaulado. Tú eres un príncipe que ya no está en prisión, sino en libertad. Pero yo tengo que llorar y lamentar toda mi vida la desgracia que acarrea el estar encarcelado, más las punzadas de dolor que provoca en mí el amor, lo que duplica mi tormento y mi pena.
Entonces se encendió en su pecho la llama de los celos y agarró su corazón con tal fuerza, que el color de su piel adoptó el del boj o el de las cenizas de un fuego apagado, y gritó:
-¡Oh, vosotros, dioses crueles que gobernáis el mundo, sometiéndolo con vuestras leyes implacables y escribiendo vuestras decisiones y decretos eternos en tablas diamantinas!, ¿cómo puede preocuparos más la humanidad que las ovejas de un redil? Pues el hombre muere igual que cualquier otro animal y, a menudo, sufre arrestos y cárcel o padece pestes y adversidades sin culpa alguna. ¿Qué designio figura en vuestra presciencia al atormentar al inocente y al que carece de toda culpa? Y lo que acrecienta toda esta penitencia es que el hombre se ve obligado a caminar según las leyes de Dios y debe reprimir sus deseos, mientras que una bestia es libre de hacer lo que le parece; una vez muerto, no se siente dolor; sin embargo, después de la muerte el hombre debe llorar y sufrir aunque haya padecido mucho en este mundo. No hay duda de que, como están las cosas, se debe dejar a los teólogos que proporcionen la respuesta; pero de una cosa estoy seguro: que aquí en la tierra hay muchos padecimientos. »¡Ay!, veo a una víbora, a un ladrón que ha hecho daño a muchos hombres buenos, quedar libre para ir a donde le plazca, mientras yo tengo que languidecer en prisión porque Saturno y Juno en su furor celoso han destruido por completo la mejor sangre de Tebas, cuyas espesas murallas yacen ahora derruidas, y por otro lado Venus me mata de celos y temor por causa de Arcite.
Ahora voy a dar descanso a Palamón y lo dejaré en prisión, mientras me extiendo en mi relato sobre Arcite.
Pasa el verano y sus largas noches doblan los violentos tormentos del amante Arcite y del prisionero Palamón. No sé cuál de los dos es el que debe soportar más dolor. Para abreviar, Palamón está condenado a prisión perpetua, cargado de cadenas y grilletes hasta que muera. Arcite, en cambio, exiliado bajo pena de muerte, no podrá ver jamás a su dama en los dominios de Teseo.
Ahora, vosotros que amáis, dejadme que os formule una pregunta: ¿quién sufre más por ello, Arcite o Palamón? ¿El que ve a su dama diariamente, pero está encerrado para siempre, o el que es libre de ir donde le plazca, pero no verá nunca más a su dama? Aquellos de vosotros que podáis, elegid entre las dos situaciones a voluntad; yo, por mi parte, continuaré como he empezado.
Geoffrey Chaucer, El Cuento del Caballero, http://www.ddooss.org/articulos/cuentos/Canterbury_1.htm, Seleccionado por Susana Sánchez Custodio, curso 2009-2010, segundo de Bachillerato.
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