lunes, 21 de octubre de 2013

Cuentos de Navidad, Charles Dickens "Quinta estrofa: El final"

       ¡Era cierto! Y la columna era de su cama. La cama era la suya, la habitación era la suya. Pero lo mejor y lo más feliz de todo era que el tiempo que le quedaba era todo suyo, ¡para corregir su vida!
      -Viviré en el pasado, en e presente y ne el futuro- repetía Scrooge, al salir de la cama-. Los tres espíritus vivirán en mí. ¡Oh, Jacob Marley! ¡Benditosea el cielo, y la fiesta de Navidad, por todo esto! Lo digo de rodillas, viejo Jacob, de rodllas.
      Estaba tan agitado y tan ferviente debido a sus buenas intenciones que su voz cascada apenas si podía responder a sus deseos. Había estado llorando copiosamente, en su lucha con el espíritu y su rostro estaba húmedo.
      -¡No me las han quitado!- gritó Scrooge, agarrando con sus brazos una de las cortinas de su cama-. ¡No me las han quitado, con anillas y todo! Están aqui; Las sombras de lo que hubiera ocurrido han desaparecido. Y así permanecerán ¡Seguro que nunca volverán a aparecer!
Sus manos se ocupaban en coger la ropa, dándole la vuelta, poniendo todo boca abajo, desgarrándola, poniéndosela mal, haciendo de ella el cómplice de todo tipo de extravagancias.
      -¡No sé lo que estoy haciendo!- gritó Scrooge, riendo y llorando al mismo tiempo, convertido gracias a sus medias, en un perfecto Laoconte-. Me siento tan ligero como una pluma, tan feliz como un ángel, tan alegre como un estudiante. Y estoytan aturdido como un borracho. ¡Feliz Navidad a todos! ¡Feliz año nuevo al mundo entero! ¡Hola! ¡Viva! ¡Hola!
Había entrado, a saltos, en la sala y se encontraba alli en pie, resoplando perfectamente.
      -¡Aquí está la cacerola de las gachas!- gritó Scrooge, comenzando de nuevo sus cabriolas y dando saltos alrededor de la chimenea-. ¡Esa es la puerta por donde entró el espectro de Jacob Marley! ¡En ese rincón estaba sentado el espectro de las Navidades actuales! ¡Esa es la ventana por dnde vi todos aquellos espíritus revoloteando! Todo es cierto. Todo es verdad. Todo ha sucedido. ¡Ja, ja, ja!
      ¡En verdad, para alguien que no lo había practicado durante tantos años, resultó una risa espléndida, una risa ilustre, la madre de una larga descendencia de risotadas brillantes!
      Fue interrumpido en sus transportes de alegría por el sonido de las campanas, con los repiques más alegres que jamás hubiera oído. ¡Tin, ton! ¡Tin, ton! ¡Tin, ton! ¡Tin, ton! ¡Oh! ¡Que maravilla! ¡Que maravilla!
      Corriendo hacia la ventana llegó a ella, la abrió y sacó la cabeza. No había niebla ni bruma; el tiempo era claro, brillante, jubiloso, punzante, frio, pidiendo a la sangre que bullera, dorada luz de sol, cielo celestial, culce aire fresco, campanas alegres, ¡Oh! ¡Glorioso todo! ¡Glorioso!


Charles Dickens, Cuentos de Navidad, Quinta estrofa, León, Evergráficas,2005, páginas 91-92.
Seleccionado por: Adrián Hernández García, segundo de bachillerato, curso 2013-2014

Germinal, Zola_Émile

       En la llanura lisa, bajo la noche sin estrellas, de una oscuridad y un espesor de tinta, un hombre avanzaba solo por la carretera de Marchiennes a Montsou, diez kilómetros de empedrado que cortaba todo recto a través de los campos de remolacha. Delante de él no veía siquiera el suelo negro ni tenía la sensación del inmenso horizonte llano más que por el soplo del viento de marzo, ráfagas amplias como las que se producen sobre un mar, heladas por haber barrido leguas de marismas y de tierras desnudas. Ninguna sombra de árbol manchaba el cielo, el empedrado se extendía con la rectitud de una escollera, en medio de la bruma cegadora de las tinieblas.
       El hombre había salido de Marchiennes hacia las dos. Caminaba con paso largo, tiritando bajo el delgado algodón de su chaqueta y de su pantalón de veludillo. Anudado en un pañuelo de cuadros, un paquete pequeño le molestaba, y lo apretaba contra sus costados, ahora con un codo, luego con el otro, para meter hasta el fondo de sus bolsillos las dos manos a la vez, manos entumecidas que los latigazos del viento de Este hacían sangrar. Una sola idea llenaba su cabeza vacía de obrero sin trabajo y sin techo, la esperanza de que el frío sería menos vivo tras el alba. Hacía una hora que caminaba así cuando a la izquierda, a dos kilómetros de Montsou, divisó unas fogatas rojas, tras braseros ardiendo en pleno aire, y como colgados. Al principio vaciló, asaltado por el miedo; luego no pudo resistir a la necesidad dolorosa de calentarse un momento las manos.




     Émile Zola, Germinal. Parte primera, Alianza Editorial, Madrid, 2005, páginas 7-8.
     Seleccionado por: Paloma Montero Jiménez, segundo de bachillerato, curso 2013/2014.




Cuentos de Canterbury. "Cuento de la mujer de Bath", Geoffrey Chaucer

       En los antiguos tiempos del rey Arturo, de quien los bretones hablan con gran reverencia, toda esta tierra se hallaba llena de huestes de hadas. La reina de ellas, con su alegre acompañamiento, danzaba muy a menudo en las verdes praderas. Tal era la creencia antigua, según he leído. Hablo de muchos cientos de años ha; mas ahora ya no puede ver nadie ningún hada, pues en estos tiempos la gran caridad y las oraciones de los mendicantes y otros santos frailes, que recorren todas las tierras y todos los ríos con tanta frecuencia como motas de polvo en el rayo de sol, bendiciendo salones, cámaras, cocinas, alcobas, ciudades, pueblos, castillos, altas torres, aldeas, granjas, establos y lecherías son causa de que no haya hadas. Porque allí donde acostumbraban pasear las hadas, va ahora el mendicante, mañana, y tarde, rezando sus maitines y sus santas preces mientras visita su demarcación. Pueden las mujeres caminar con seguridad en todas direcciones, por todos los matorrales, o bajo cualquier arboleda; que allí no hay otro ser sino el fraile, quien no les hará afrenta alguna.
       Sucedió, pues, que el rey Arturo alojaba en su mansión a un alegre caballero. Éste, cierto día, volviendo a caballo desde el río, vio a una muchacha que caminaba delante de él tan sola como había nacido. Y, asaltando a la doncella inmediatamente, y a pesar de todo cuanto ella hizo, la despojó de su virginidad a viva fuerza. Por cuya violación levantose tal clamor y tales instancias cerca del rey Arturo, que el caballero fue condenado a muerte según las leyes. En virtud de las reglas de entonces, hubiera perdido la cabeza si no fuese porque la reina y otras damas pidieron de tal modo gracia al rey, que éste, en aquel punto, perdonó al ofensor la vida, sometiéndole por completo a la voluntad de la reina, para que ella eligiera si quería salvarle o hacerle perecer.


Geoffrey Chaucer, Cuentos de Canterbury, ed. Planeta, col. Clásicos Universales Planeta, Barcelona, 1984, página 200. Seleccionado por Sara Paniagua Núñez, segundo de bachillerato, curso 2013/2014.


Cartas de mi molino, Alphonse Daudet

       
 LAS NARANJAS.


En París, las naranjas tienen el desolado aspecto de los frutos caídos, recogidos bajo el árbol. En la época en que llegan, en pleno invierno lluvioso y frío, su deslumbrante cortezay su perfume, que se ve exagerado en estos países de sabores apagados, les dan un aspecto exótico, algo bohemio. En los atardeceres brumosos se extienden tristemente a lo largo de las aceras, apiladas en los carricoches ambulantes, al fulgor mortecino de un farolillo de papel rojo. Un grito monótono y agudo las escolta, perdido entre la circulación de los coches y el fragor de los ómnibus:
       "¡A dos perras la de Valencia!"
       Para las tres cuartas partes de los parisienses ese fruto cosechado lejos, trivial en su redondez, que no conserva del árbol más que un delgado rabillo verde, está estrechamente relacionado con las golosinas y dulces. El papel de seda que le envuelve y las fiestas en las que se le encuentra contribuyen a esta impresión. Al acercarse enero especialmente, los millares de naranjas diseminadas por las calles, todas esas cortezas arrastrándose en el barro de las cunetas, nos sugieren un gigantesco árbol de Navidad que hubiera sacudido sobre París sus ramas cargadas de frutos artificiales. No hay un solo rincón donde no se las encuentre. En las claras vitrinas de los escaparates, seleccionadas y colocadas en orden: en las puertas de las prisiones y hospicios, entre los paquetes de bizcochos y los montones de manzanas; a la entrada de los bailes y espectáculos domingueros. Y su exquisito perfume se mezcla con el olor a gas, el ruido de la charanga y el polvo de las banquetas del gallinero. Acabamos olvidando que son necesarios los naranjos para la producción de naranjas, ya que mientras que el fruto nos llega directamente de las regiones meridionales en remesas de cajas, el árbol, podado, transformado, disfrazado, del tibio invernadero en el que pasa el invierno, no hace más que una fugaz aparición al aire libre de los jardines públicos.
      

  Alphonse Daudet, Cartas a mi molino. Capítulo vigésimo primero, Las Naranjas, Editorial: Magisterio Español, Madrid, 1976, páginas  138-139.
Seleccionado por: Natalia Sánchez Martín, curso segundo bachillerato

La Metamorfosis, Kafka_Franz

       La grave herida de Gregor, de la que tardó más de un mes en recuperarse -la manzana siguió incrustada en su carne como un recuerdo visible, ya que nadie se atrevía a retirarla-, parecía haber hecho recordar, incluso al padre, que Gregor era, a pesar de su triste y repugnante aspecto actual, un miembro de la familia a quien no se podía tratar como a un enemigo y que era el deber de la familia reprimir la repulsión y tener resignación, nada más que resignación.
       Y aunque Gregor había perdido a causa de su herida, y probablemente para siempre, parte de su movilidad y, de momento, necesitaba largos minutos para atravesar su habitación, como un viejo inválido     -trepar por la pared impensable-, obtuvo por este empeoramiento de su estado un compensación, según él, completamente suficiente, por el hecho de que siempre al anochecer la puerta del cuarto de estar, que él solía observar atentamente una o dos horas antes, se abría, de manera que, echado en la oscuridad de su habitación, podía escuchar sin ser visto, por así decirlo, con el permiso general, es decir, de una manera muy distinta de la de antes, a toda la familia que charlaba alrededor de la mesa iluminada.


Franz Kafka, La Metamorfosis. Capítulo 3, Acento Editorial, Madrid, 1998, páginas 66-67. Seleccionado por: Paloma Montero Jiménez, segundo de bachillerato, curso 2013/2014.

Robinsón Crusoe. Capítulo 7, Daniel Defoe

CAPÍTULO VII

       Mientras que mi trigo crecía, hice un descubrimiento, que después me fue de mucha utilidad. Tan pronto como pasaron las lluvias y el tiempo comenzó a ser bueno, que fue hacia el mes de noviembre, hice una visita a mi casa de verano. Después de una ausencia de varios meses, lo encontré todo en el mismo estado que lo había dejado. No sólo se conservaba en buen estado la doble empalizada que había formado, sino que las estacas que había cortado de algunos árboles cercanos habían echado largas ramas, como habría podido suceder con los sauces que se hubiesen podado de nuevo. Ignoro el nombre de los árboles de donde había cortado las estacas. Sorprendido y encantado de ver la rapidez con que habían crecido aquellos jóvenes árboles, los podé lo mejor que me fue posible. Es difícil dar idea de su belleza al cabo de tres años: aunque el nuevo cercado tenía cerca de veinticinco varas de diámetro, aquellos árboles, pues ya podía darles este nombre, formaron pronto una sombra bastante espesa para guarecerme en ella durante las épocas de los calores.



Daniel Defoe, Aventuras De Robinsón Crusoe, Capítulo VII, Espasa Calpe S.A., Colección Austral, página 99. Seleccionado por Paula Sánchez Gómez, segundo de bachillerato, curso 2013/2014.




lunes, 14 de octubre de 2013

Germinal, Zola_Émile

       Eran ya las ocho cuando la Maheude apareció, con Estelle en su regazo y seguida por la chiquillería: Alzire, Henri y Lénore. Había ido directamente en busca de su hombre, sin temor a equivocarse. Cenarían más tarde, nadie tenía hambre, los estómagos estaban inundados de café e hinchados de cerveza. Llegaban otras mujeres y empezaron a cuchichear al ver entrar, detrás de la Maheude, a la Levaque, acompañada por Bouteloupm, que traía de la mano a Achille y a Desirée, los hijos de Philomène. Las dos vecinas parecían muy amigas, una se volvía y hablaba con la otra. Durante el camino habían tenido una explicación, la Maheude se había resignado al matrimonio de Zacharie, desolada por perder el sueldo de su hijo mayor mayor , pero convencida de la razón de que no podía conservarlo más tiempo a su lado sin ser injusta. Trataba, por tanto, de poner buena cara, con el corazón lleno de ansiedad, como ama de casa que se pregunta cómo llegar al final de la quincena, ahora que empezaba a írsele lo más claro de sus ingresos.
      -Ponte ahí, vecina-le dijo señalando una mesa cercana aquella en la que Maheu bebía con Étinnee y Pierron.
       -¿No está mi marido con vosotros? -preguntó la Levaque.
       Los compañeros le que volvería enseguida. Todo el mundo se apiñaba, Bouteloup, los críos, y, ante la concurrencia de bebedores, juntaron las dos mesas y pidieron unas jarras. Al ver a su madre y a sus hijos, Philomène se había decidido a acercarse. Aceptó una silla y pareció contenta al enterarse de que por fin la casaban; luego, cuando preguntaron por Zacharie, respondió con su voz blanda:
     -Estoy esperándole, anda por ahí.
     Maheu había cruzado una mirada con su mujer. ¿Consentía, por tanto, la boda? Se puso furioso y fumó en silencio. También a él le preocupaba el futuro, ante la ingratitud de aquellos hijos que irían casándose uno a uno y dejando a sus padres en la miseria.


Émile Zola, Germinal. Tercera parte,capítulo 1, Alianza Editorial, Madrid, 2005, páginas 182-183.
Seleccionado por: Laura Tovar García, curso segundo bachillerato

Anna Karenina, León Tolstói

 Primera Parte. Capítulo VI
       Las familias Lievin y Scherbatski, ambas de antiguo linaje aristocrático en Moscú, habían mantenido siempre excelentes relaciones, las cuales se hicieron aún más estrechas en la época en que Lievin y el joven príncipe Scherbastki, hermano de Dolli y Kiti, se preparaban para el examen de ingreso en la universidad y mientrats estudiaron la carrera en aquella docta institución. Por aquel tiempo, Lievin, que frecuentaba la casa de los Scherbatski, se enamoró de esa casa. Sí, por extraño que parezca, Konstantín Lievin estaba enamorado de la casa, de la familia, y, sobretodo, del elemento femenino de la familia Scherbastki. Como no podía recordar a su madre por haber ésta fallecido siendo él muy niño, y la única hermana que tenía era mayor que él, fue en aquella casa donde aprendió los hábitos honestos y cultivados de nuestra antigua aristocracia, y en donde halló de nuevo el ambiente de que le había privado la muerte de sus padres. Veía a todos los individuos de esa familia, sobre todo a las mujeres, a través de un velo poético y misterioso.



León Tolstoi, Anna Karenina, capítulo VI, ed. Catedra, col. Letras Universales, páginas 78-79, seleccionado por Sara Paniagua Núñez, segundo de bachillerato, curso 2013/2014.





viernes, 12 de abril de 2013

Oda sobre la melancolía, John Keats

I

No vayas al Leteo ni exprimas la raíz
del acónito y bebas su vino ponzañoso;
ni dejes que tu pálida frente sea besada
por la noche, rubí uva de Proserpina;
no te hagas un rosario con las bayas del tejo,
ni que el escarabajo o la mortal falena
sea tu Psiquis fúnebre, ni el búho, de plumaje
esponjoso, partícipe de tus misterios sea;
pues sombra a sombra irán llegando con sopor
a ahogar la desvelada angustia de tu alma.

II

Pero cuando el acceso melancólico caiga
de pronto desde el cielo como una nube en llanto
que da vida a las flores cabizbajas y esconde
a la verde colina en mortaja de abril,
con una mañanera rosa cubre tu pena,
o con ek arco iris de la ola en le duna,
o con las peonías, en globos de riqueza;
o si tu amada muestra una ira abundante,
aprisiona su suave mano, y que se enfurezca,
y nútrete muy hondo en sus ojos sin par.

III

Con Belleza ella mora, Belleza que es mortal;
y el Gozo, que está siempre con la mano en los labios
diciendo adiós, y cerca del Placer doloroso,
hecho veneno, cuando la boca -como abeja-
la liba: aún en el templo del placer tiene un alto
sagrario la velada Melancolía, visto
sólo por quien con lengua audaz puede estallar
la uva de Jove contra su paladar sutil:
gustará la tristeza de ese poder en su alma
y entre sus nebulosos trofeos colgará.

Oda la melancolía, Biblioteca, Seleccionado por Sandra Sánchez Perianes, segundo de Bachillerato, curso 2012-2013.



viernes, 5 de abril de 2013

Carmen, Posper Mérimée

España es uno de los países donde se encuentran aún hoy en mayor número esos nómadas dispersos por toda Europa y conocidos con los nombres de Bohémiens, Gitanos, Gypsies, Zigeuner, etc. La mayor parte habitan, o más bien llevan vidas errante, en las provincias del sur y del este, en Andalucía, Extremadura y el reino de Murcia; hay muchos en Cataluña. Estos últimos pasan frecuentemente a Francia. Se les encuentra en todas nuestras ferias del sur. Los hombres ejercen de ordinario los oficios de chalán, veterinario y esquilador de mulos; a ello unen la industria de arreglar calderos y utensilios de cobre, sin hablar del contrabando y otras prácticas ilícitas. Las mujeres dicen la buenaventura, mendigan y venden toda clase de drogas inocuas o no.
Los rasgos físicos de los gitanos son más fáciles de distinguir que de describir, y cuando se ha visto a uno solo, se reconocería entre mil a un individuo de esta raza. La fisonomía, la expresión, es, sobre todo, lo que les separa de los pueblos que habitan en el mismo país. Su tez es muy morena, siempre más oscura que la de las gentes entre las que viven. De ahí el nombre de calé, los negros, con el que ellos se designan frecuentemente. Los ojos, sensiblemente oblicuos, bien rasgados, muy negros, están sombreados por pestañas largas y espesas. Su mirada sólo puede compararse a la de una fiera. En ella se manifiestan al mismo tiempo la audacia y la timidez, y a este respecto los ojos revelan bastante bien  el carácter de esta raza, astuta, atrevida, pero con temor natural a los golpes como Panurgo.

Prosper Mérimée, Carmen, Editora Catedra.  Seleccionado por Esther Hernández Calvo,  segundo de Bachillerato, curso 2012/2013.

Los novios, Alessandro Manzoni


La hija del capitán, Alexander Pushkin

Al recobrar el conocimiento, estuve un tiempo aturdido, sin entender lo que me había pasado. Yacía en una cama, en un cuarto extraño y me dominaba una gran debilidad. Ante mí se encontraba Savélich con una vela en la mano. alguien me quitaba delicadamente las vendas que envolvían mi pecho y hombro. Poco a poco se me fue aclarando la mente. Me acordé del duelo y comprendí que estaba herido. En aquel instante chirrió la puerta.
-¿Qué?¿Cómo va? - pronunció una voz en un susurro que me hizo estremecer.
-En el mismo estado - respondió Savélich con un suspiro -: sin recobrar el conocimiento, y ya va para el quinto día.
Quise volverme, pero no pude.
-¿Dónde estoy? ¿Quién hay aquí? - pronuncié con gran esfuerzo.
María Ivánovna se acercó a la cama y se inclinó sobre mí.
-¿Qué?¿Cómo se siente usted? - dijo.
-Gracias a Dios - logré decir con voz débil -. ¿Es usted, María Ivánovna? Dígame... -no me sentí con fuerzas para continuar y callé.
Una expresión de alegría se dibujó en el rostro de Sanvélich.
Exclamó:
-¡Ha vuelto en sí!¡Ha vuelto en sí! - repetía -. ¡Gracias te doy, Dios Todopoderoso! ¡Ay, hijo mío, Piotr Andreich, qué susto me has dado!¡Se dice pronto!¡El quinto día!.
María Ivánovna interrumpió sus palabras.
-No hables mucho con él, Sávelich -dijo -. Aún está débil.
La muchacha salió del cuarto y entornó silenciosamente la puerta.
Los pensamientos se me soliviantaron. Así pues, me encontraba en casa del comandante. María Ivánovna entraba en mi cuarto. Quería hacerle unas cuantas preguntas a Savélich, pero el anciano meneó la cabeza y se tapó los oídos. Yo cerré contrariado los ojos y pronto caí en un profundo sueño.
Al despertarme llamé a Savélich, pero en su lugar encontré ante mí a María Ivánovna; su voz angelical me enviaba un saludo. No podria expresar el dulce sentimiento que invadió en aquel instante todo mi ser.  Tomé su mano y la estreché contra mí cubriéndola de emocionadas lágrimas. Masha no la apartaba...De pronto sus delicados labios rozaron mi mejilla y yo sentí su ardiente y fresco beso. Una ola de fuego recorrió todo mi cuerpo.



Aleksandr Pushkin, La hija del capitán, editorial Alianza, seleccionado por Beatriz Iglesias, segundo de Bachillerato, curso 2012/2013

Ivanhoe, Walter Scott

La habitación adonde lady Rowena fuera conducida estaba amueblada y decorada con tosca magnificencia, y su elección podía considerarse como una prueba de respeto de que no se había creído dignos a los demás prisioneros. Pero la mujer de Frente de Buey, para la cual se alhajara en otro tiempo, había muerto hacía muchos años, de suerte que se hallaban deteriorados por el abandono y la vejez los raros adornos con que aquélla se complaciera en embellecerla. En muchos lados los tapices colgaban hechos jirones, mientras en otros el sol había deslucido sus colores o se hallaban apolillados y destruidos por el tiempo. Estropeada y todo estaba, habíales parecido la pieza más decente del castillo para albergar a la heredera sajona, y en ella habíanla dejado reflexionar acerca de su situación, hasta que los actores de este abominable drama se hubieran repartido los papeles diferentes que debían representar. El reparto se hizo en una conferencia celebrada entre Frente de Buey, Bracy y el templario, y tras una larga y acalorada discusión sobre las ventajas que cada cual pretendía sacar de la empresa, quedó decidida, al fin, la suerte de los desgraciados prisioneros.


Walter Scott, Ivanhoe, Historia de la Literatura, seleccionado por Laura Mahillo, segundo de Bachillerato, curso 2012/13