La doncella sitiada (vs. 1699-2974)
El novel caballero se separa de su huésped; le apremia mucho llegar a ver a su madre y encontrarla sana y viva. Se va por las florestas solitarias, que prefiere a las llanuras, como buen conocedor del bosque, y a fuerza de cabalgar llega hasta un castillo fuerte y bien plantado, fuera de cuyos muros no había nada más que mar, agua y tierra yerma. Se encamina apresurado hacia el castillo y llega frente a la puerta, para acceder a la cual tiene que cruzar un puente tan endeble que a duras penas cree que pueda sostenerle. Sube al puentecillo, y lo atraviesa sin que le sobrevenga obstáculo, vergüenza ni daño alguno. Al llegar junto a la puerta, la halla cerrada con llave. La golpea, no muy suavemente, y llama gritando no muy bajo. Golpeó tanto que al cabo apareció en las ventanas de la sala una doncella delgada y pálida, que dijo:
-¿Quién llama?
El miró hacia la doncella, la vio y dijo:
-Buena amiga, soy un caballero que os ruega que invitéis a pasar dentro y me deis posada por esta noche.
-Señor -dice ella-, os será concedido, pero me lo agradeceréis poco, a pesar de que os daremos tan buen albergue como podamos.
La doncella se retira, y él, que permanecía junto a la puerta, temiendo que le hicieran esperar demasiado, se pone a llamar de nuevo. Rápidamente llegaron cuatro servidores con hachas en las manos, y con una buena espada ceñida cada uno de ellos, que abrieron la puerta y le dijeron:
-Entrad.
Si los servidores vivieran en prosperidad, serían muy gentiles, pero habían pasado tanta miseria que su estado, entre ayunos y vigilias, era cosa digna de asombro; y si el muchacho había encontrado fuera una tierra desnuda y desierta, dentro encontró poca cosa, ya que por dondequiera que pasara tan sólo hallaba calles destrozadas y veía casas en ruinas, abandonadas de hombres y mujeres. Había en la villa dos monasterios, uno de monjas atemorizadas, otro de monjes indefensos, que en sus tiempos fueron abadías. No los encontró bellamente adornados ni con pinturas, sino que vio caídos y agrietados los muros y desmochadas las torres. Las casas permanecían abiertas tanto de día como de noche. En todo el castillo no hay horno que cueza ni molino que muela; allí no había vino ni pasteles ni cosa ninguna a la venta que se pudiera comprar con dinero. En tal miseria encontró al castillo, donde no había pan, ni pasta, ni vino, sidra ni cerveza. Los cuatro servidores le conducen a un palacio techado con pizarras, le apean y le desarman.
Chrètien de Troyes, La Historia de Perceval o Cuento del Grial, Capítulo 6, La doncella sitiada, Madrid, Editorial Magisterio Español, Colección Novelas y Cuentos, 1979, págs 55-56, Seleccionado por Rosa María Perianes Calle, Segundo de Bachillerato, Curso 2014-2015.
Un lugar común de los estudiantes de Literatura Universal donde publicamos una antología de textos seleccionados por nosotros mismos con el fin de aprender a conocernos mejor a través de los más variados personajes que pueblan el universo literario.
lunes, 12 de enero de 2015
Fancesco Petrarca, Cancionero II "Soneto CCXXXVIII"
CCXXXVIII
Real natura, angélica intelecto,
pronta vista, alma clara, ojo de lince,
providencia veloz, mente elevada,
y digna ciertamente de aquel pecho;
de damas siendo un número escogido
para adornar el gran festivo día,
enseguida eligió el criterio honrado
aquel que era perfecto entre los bellos.
A las otras mayores o más ricas
con su mano ordenó quedarse aparte,
y acogió con cariño a la que es una.
Ojos y frente con semblante afable
besóle, y se alegraron las restantes,
y yo envidié aquel raro y dulce gasto.
Francisco Petrarca, Cancionero II, Madrid, ed.Cátedra, col.Tercera, página 721
Seleccionado por Lucía Pintor del Mazo. Segundo de bachillerato. Curso 2014-2015
Mark Twain, Las aventuras de Tom Sawyer
Capítulo VIII
No había más que hablar; su suerte estaba echada. Se escaparía de casa y emprendería una vida nueva. Empezaría a la mañana siguiente sin falta. Así que tenía que comenzar los preparativos. Reuniría todos sus recursos. Se acercó a un tronco podrido que había allí cerca y empezó a cavar debajo de un extremo con su navaja Barlow. Pronto chocó con madera que sonaba a hueco. Metió la mano allí y con voz solemne pronunció este conjuro:
-¡Lo que no ha venido aquí, que venga! ¡Lo que ya está aquí, que se quede!
Entonces raspó la suciedad, y dejó al descubierto una teja de madera de pino... la levantó y apareció un cofrecito muy bien hecho, con el fondo y los laterales de tejas de pino. Dentro había una canica. ¡Tom no salía de su asombro! Se rascó la cabeza, con aire perplejo y dijo:
-Vaya, ¡esto no hay quien lo entienda!
Luego tiró la canica malhumorado y se quedó reflexionando. La verdad es que les había fallado una superstición que él y todos sus compañeros siempre habían considerado infalible. Si entierras una canica diciendo unas palabras mágicas y no la tocas durante dos semanas y luego descubres el escondite con las miasmas palabras que habías pronunciado te encuentras allí juntas todas las canicas que se te hayan perdido, por muy lejos que estuvieran.
Mark Twain, Las aventuras de Tom Sawyer, Madrid, Ed. castellana, Editorial Anaya, 1984, página 73 y 74. Seleccionado por Pablo del Castillo Baquerizo. Segundo de bachillerato. Curso 2014-2015.
La vuelta al mundo en ochenta días, Jules Verne
17. Que trata de unas y otras cosas durante la travesía de Singapur a Hong-Kong
Desde ese día, Passepartout y el policía se encontraron con frecuencia, pero ya Fix se mostró siempre más reservado y se abstuvo de tirarle de la lengua. Tan sólo una o dos veces entrevió a Phileas Fogg, quien permanecía a menudo en el gran salón del Rangoon, bien haciendo compañía a Aouda, bien jugando al whist, según su invariable costumbre.
A Passeapartout había empezado a darle que pensar ese singular azar que ponía una vez más a Fix en su camino. Era muy extrañi, en efecto. Ese caballero tan amable y complaciente al que encuentra en Suez, que se embarca en el Mongolia, que desembarca en Bombay, donde dice que va a permanecer, al que halla de nuevo en el Rangoon en ruta hacia Hong-Kong, en una palabra, ese hombre que sigue paso a paso el itirenario de Phileas Fogg, daba que pensar. Era una serie de coincidencias más bien extrañas. ¿Qué pretendía Fix? Passepartout habría apostado sus babuchas, que conservaba como un bien precioso, a que Fix saldría de Hong-Kong al mismo tiempo que ellos y probablemente en el mismo barco.
Jules Verne, La vuelta al mundo en ochenta días, Madrid, El libro de bolsillo, Editorial Alianza, 1997, página 49. Seleccionado por Alejandro López Sánchez. Segundo de bachillerato. Curso 2014-2015.
Decameron, Giovanni Boccaccio
-¡Oh, Lisabetta!, no haces más que llamarme y te entristeces por mi larga tardanza y me acusas ferozmente con tus lágrimas; por lo que debes saber que ya no puedo regresar aquí, pues el último día que me viste tus hermanos me mataron.
E indicándole exactamente el lugar donde le habían enterrado, le dijo que no lo llamase más ni lo esperase, y desapareció.
La joven, al despertarse y creerse la visión, lloró amargamente. Después, cuando se levantó por la mañana, como no osaba decirles nada a sus hermanos, decidió que quería ir al lugar indicado y ver si era cierto lo que se le había aparecido en sueños. Y obteniendo permiso para alejarse algo de la ciudad dando un paseo, se fue allá ki antes que pudo en compañía de una que antes había trabajado para ellos y sabía todo lo suyo; y quitando las hojas secas que había allí, cavó donde la tierra le pareció menos dura; y no hubo cavado mucho cuando encontró el cuerpo de sus desdichado amante no estropeado aún ni corrompido; por lo que supo manifiestamente que su visión había sido verdadera. Y más afligida que mujer alguna por ello, sabiendo que allí no había que llorar, si hubiese podido de buen grado se habría llevado todo el cuerpo para darle más adecuada sepultura; pero al ver que esto no podía ser, con un cuchillo, lo mejor que pudo, le separó la cabeza del cuerpo, y envolviéndola en una toalla, tras echar la tierra sobre el resto del cuerpo, poniéndosela en el regazo de la sirvienta, si que nadie le hubiese visto, se marchó de allí y se volvió a su casa.
Giovanni Boccaccio, Decamerón. Fuenlabrada (Madrid), ed. Catedra, col. Letras universales, 1998, página 535-536.
Seleccionado por Alain Presentación Muñoz. Segundo de bachillerato. Curso 2014-2015.
John Banville, Copérnico.
"Orbitas lumenque"
A la luz de la vela espiaba a su madre arrodillada junto a él por encima de las manos unidas en actitud de rezo. Bajo la brillante mata de cabello recogido, su rostro estaba pálido y hermoso, como la cara de la virgen en el cuadro. Tenía los ojos cerrados y sus labios se movían y pronunciaban para sí las piadosas frases que él recitaba en voz alta . Cuando tropezaba con palabras difíciles, ella lo ayudaba dulcemente, con una voz tierna y maravillosa. Le dijo que la quería más que a nadie, y ella lo acunó en sus brazos y le cantó una canción.
Margery Daw sube y baja,
este pequeño poñuelo
se perdió entre la caja.
Le gustaba estar despierto en la cama, escuchar los ruidos furtivos de la noche a su alrededor, los crujidos, gemidos y súbditos estallidos ahogados que a él parecían la voz de la casa que se lamentaba bajo el peso de la enorme oscuridad del exterior y, con sigilo, intentaba cambiar de posición o estirar los doloridos huesos de su espalda.
John Banville, Copérnico, Madrid, editorial Edhasa, 1990, página 12-13. Seleccionado por Pablo Galindo Cano. Segundo de bachillerato. Curso 2014-2015.
Anónimo, Cantar de Roldán
III
Entre gente pagana es Blancandrín oído:
por su gran valentía era buen caballero
y n gran hombre de pro al servicio del rey.
Díjoles: Rey, no es hora de sucumbir al miedo;
enviad al rey Carlos, hombre orgulloso y fiero,
palabras de vasallo y mensaje de amigo.
Mandad como presente leones, osos, perros,
setecientos camellos, mil azores mudados
y cuatrocientos mulos de oro y plata cargados,
también cincuenta carros, con que hará un buen convoy:
muy bien podrá pagar con esto a sus soldados.
Decidle que esta tierra la tiene ya asolada,
que lo mejor sería volverse a Aix, a Francia,
que el día de San Miguel estaréis en su corte en donde tomaréis la fe de los cristianos:
con gran honor y bien os haréis su vasallo.
Si quisiera rehenes, vos debéis enviarlos,
que sean diez o veinte, por darle confianza.
Aunque sean los hijos de nuestra propia esposa,
yo enviaría al mío aun si fuera a su muerte.
Más valdría que todos perdieran sus cabezas
que perdamos nosotros honor y señorío,
ni alcemos nuestras manos ansiosas de limosnas.
Anónimo, Cantar de Roldán, Madrid, Catedra, 1999, página 36-37. Seleccionado por Guillermo Arjona Fernández. Segundo de bachillerato. Curso 2014-2015.
La vuelta al mundo en ochenta días, Jules Verne
4. En el que Phileas Fogg asombra a Passepartout
A las siete y veinticinco, Phileas Fogg, que había ganado una veintena de guineas al whist, se despidió de sus honorables contertulios y abandonó el Reform-Club.
A las siete cincuenta, entraba en su casa.
Passepartout, que había estudiado concienzudamente su programa, quedó sorprendido al ver al señor Fogg, culpable de inexactitud, aparecer a hora tan insólita, pues el programa prescribía el regreso del inquilino de Savillerow a las doce en punto de la noche.
Phileas Fogg subió a su habitación y llamó a Passepartout.
Passepartout no respondió. No podía ser él el destinatario de la llamada. No era la hora.
-¡Passepartout! -repitió el señor Fogg, sin elevar la voz.
Passpartout se presentó.
-Es la segunda vez que le llamo. -dijo el señor Fogg.
-¡Pero si no es medianoche! -respondió Passepartout, reloj en mano.
Jules Verne, La vuelta al mundo en ochenta días, Madrid, El libro de bolsillo, Editorial Alianza, 1997, páginas 151-152. Seleccionado por Pablo del Castillo Baquerizo. Segundo de bachillerato. Curso 2014-2015.
lunes, 15 de diciembre de 2014
Arthur Conan Doyle, El capitán del Polestar y otros cuentos de misterio en el mar
"El viaje de Mr. Jelland"
-Verán ustedes -dijo nuestro anglojaponés en el momento en que acercábamos los sillones para colocarlos alrededor de la chimenea del salón de fumar-. Lo que voy a contarles es allí una vieja historia y es posible que haya aparecido ya en letra impresa. No quiero convertir este salón en un puesto de castañas, pero queda mucho viaje hasta el mar Amarillo, y es muy probable que ninguno de ustedes haya oído hablar de la balandra Matilda y de lo que a bordo de ella les ocurrió a Henry Jelland y a Willy McEvoy.
Arthur Conan Doyle, El capitán del Polestar y otros cuentos de misterio en el mar, Madrid, El club diógenes, Editorial Valdemar, 1995, página 69. Seleccionado por Pablo del Castillo Baquerizo. Segundo de bachillerato. Curso 2014-2015.
-Verán ustedes -dijo nuestro anglojaponés en el momento en que acercábamos los sillones para colocarlos alrededor de la chimenea del salón de fumar-. Lo que voy a contarles es allí una vieja historia y es posible que haya aparecido ya en letra impresa. No quiero convertir este salón en un puesto de castañas, pero queda mucho viaje hasta el mar Amarillo, y es muy probable que ninguno de ustedes haya oído hablar de la balandra Matilda y de lo que a bordo de ella les ocurrió a Henry Jelland y a Willy McEvoy.
Arthur Conan Doyle, El capitán del Polestar y otros cuentos de misterio en el mar, Madrid, El club diógenes, Editorial Valdemar, 1995, página 69. Seleccionado por Pablo del Castillo Baquerizo. Segundo de bachillerato. Curso 2014-2015.
D.H. Lawrence, El amante de lady Chatterley
II
El párroco era un hombre amable de unos sesenta años, consciente de su deber, y personalmente reducido casi a la nulidad por el mundo, ¡déjame en paz! de la gente del pueblo. Las mujeres de los mineros eran casi todas metodistas. Los mineros no eran nada. Pero aun así, el uniforme oficial del cura bastaba para ocultar enteramente el hecho de que era un hombre como cualquier otro. No, él era el señor Ashby, una especie de aparato automático para predicar y rezar.
El obstinado, instintivo <<¡Nos consideramos tanto como usted, por muy lady Chatterley que sea!>>, confundió y desconcertó al principio a Connie. La rara, sospechosa y falsa amabilidad con que las esposas de los mineros acogía sus atenciones; el extrañamente ofensivo matiz del <<¡Válgame Dios! ¡Qué importante soy, con lady Chatterley dirigiéndome la palabra! ¡Pero que no se crea ella por eso que es más que yo!>>, que siempre notaba como tiñendo las medio aduladoras palabras de las mujeres, era insufible. No había forma de soportarlo. Era irremisible e injuriosamente contestatario.
Lawrence D.H., El amante de lady Chatterley, Madrid, Bibliotex, S.L., 1960 Página: 23
Seleccionado por Alejandro López Sánchez. Segundo de Bachillerato. Curso 2014-2015
Jules Verne, Viaje al centro de la tierra
Altona, verdadero arrabal de Hamburgo, es cabecera de línea de ferrocarril de Kiel, que debía conducirnos hasta las orillas de los Belt. En menos de veinte minutos habíamos entrado en el territorio del Holstein.
A las seis y media el coche se detuvo ante la estación. Rápidamente se descargó, transportó, pesó, etiquetó y trasladó al furgón del tren los numerosos paquetes y artículos de viaje de mi tío. Y a las siete estábamos ya sentados uno frente al otro comportamiento.
Silbó el vapor, y la locomotora se puso en movimiento. Estábamos ya en ruta.
¿Iba yo resignado? Aún no. Pero el aire fresco de la mañana y los detalles del paisaje, rápidamente renovados por la velocidad, me distrajeron de mis preocupaciones.
En cuanto al profesor, era evidente que su pensamiento se anticipaba al movimiento del tren, demasiado lento para su impaciencia.
Jules Verne, Viaje al centro de la tierra, Madrid, Editorial Alianza, 1998, pág 71. Seleccionado por Pablo Galindo Cano, Segundo de Bachillerato, Curso 2014-2015.
La Divina Comedia, Dante Alighieri
EL INFIERNO
Canto primero
Perdido una noche el Poeta en una enmaranañada y obscura selva va por fin a salir de ella por una colina que ve iluminada con el resplandor del sol, cuando se le presentan delante, interceptándole el paso, tres animales feroces. Atemorízase su ánimo, mas de pronto se le aparece la sombra de Virgilio, que le infunde aliento y promete sacarle de allí, haciéndole atravesar el reino de los muertos, primero el Infierno, después el Purgatorio; hasta que finalmente Beatriz le conduce al Paraíso. Echa andar la sombra, y síguela Dante.
Hallábame a la mitad de la carrera de nuestra vida, cuando me vi en medio de una oscura selva, fuera de todo camino recto.
¡Ah! ¡Cuán penoso es referir lo horrible e intransitable de aquella cerrada selva, y recordar el pavor que puso en mi pensamiento!No es de seguro más penoso el recuerdo de la muerte. Mas para hablar del consuelo que allí encontré, diré las más cosas que me acaecieron.
No sé fijamente cómo entré en aquel sitio: tan trastornado me tenía el sueño cuando abandoné la senda que me guiaba.
Mas viéndome después al pie de la colina, en el punto donde terminaba el valle que tanta angustia había infundido en mi corazón, miré a lo alto, y vi su cima dorada ya por los rayos del planeta que conduce al hombre seguro por todas partes.
Dante Alighieri, La Divina Comedia, Barcelona, ed. Océano, página 3.
Seleccionado por Laura Tomé Pantrigo. Segundo de Bachillerato. Curso 2014-2015.
Hallábame a la mitad de la carrera de nuestra vida, cuando me vi en medio de una oscura selva, fuera de todo camino recto.
¡Ah! ¡Cuán penoso es referir lo horrible e intransitable de aquella cerrada selva, y recordar el pavor que puso en mi pensamiento!No es de seguro más penoso el recuerdo de la muerte. Mas para hablar del consuelo que allí encontré, diré las más cosas que me acaecieron.
No sé fijamente cómo entré en aquel sitio: tan trastornado me tenía el sueño cuando abandoné la senda que me guiaba.
Mas viéndome después al pie de la colina, en el punto donde terminaba el valle que tanta angustia había infundido en mi corazón, miré a lo alto, y vi su cima dorada ya por los rayos del planeta que conduce al hombre seguro por todas partes.
Dante Alighieri, La Divina Comedia, Barcelona, ed. Océano, página 3.
Seleccionado por Laura Tomé Pantrigo. Segundo de Bachillerato. Curso 2014-2015.
Decamerón, Giovanni Boccaccio
Amor, si yo logro soltarme de tus garras,
apenas creer puedo
que de otro garfio nunca más caiga fuera.
Entré, siendo muy joven, en tus lides
que dulce y suma paz me parecían,
y pronto todas mis armas depuse,
como hace quien se cree estar seguro;
tú, rapaz, áspero y desleal tirano,
pronto me acometiste
con tus ingenios y tus crudas uñas,
para darme, ceñida en tus cadenas,
al que nació para la muerte mía,
toda llorosa y llena de congoja,
y así, él en su poder me tiene,
y tan dura señor se me muestra,
que jamás le han movido
suspiros, o este llanto me aja.
Todas mis súplicas las lleva el aire;
nadie me escucha, ni oírlas se apresta,
y crece mi tormento de hora en hora,
por lo que sin morir, vivo sin ganas.
Duélgate, Señor, pues, de mi infortunio,
y haz lo que no podría:
dámelo atado en tus lazos estrechos.
Sí esto hacer no quieres, desata
aquellos que aún a la esperanza me unen.
Hazlo, Señor así; si tal hicieres,
yo confío que, alejada mi pena,
bella cual fui, ceñir pueda corona
hecha de blancas y encarnadas flores.
Giovanni Boccaccio, Decamerón, Barcelona, ed. Planeta, 1982, página 375-376.
Seleccionado por Alain Presentación Muñoz. Segundo de Bachillerato. Curso de 2014-2015.
apenas creer puedo
que de otro garfio nunca más caiga fuera.
Entré, siendo muy joven, en tus lides
que dulce y suma paz me parecían,
y pronto todas mis armas depuse,
como hace quien se cree estar seguro;
tú, rapaz, áspero y desleal tirano,
pronto me acometiste
con tus ingenios y tus crudas uñas,
para darme, ceñida en tus cadenas,
al que nació para la muerte mía,
toda llorosa y llena de congoja,
y así, él en su poder me tiene,
y tan dura señor se me muestra,
que jamás le han movido
suspiros, o este llanto me aja.
Todas mis súplicas las lleva el aire;
nadie me escucha, ni oírlas se apresta,
y crece mi tormento de hora en hora,
por lo que sin morir, vivo sin ganas.
Duélgate, Señor, pues, de mi infortunio,
y haz lo que no podría:
dámelo atado en tus lazos estrechos.
Sí esto hacer no quieres, desata
aquellos que aún a la esperanza me unen.
Hazlo, Señor así; si tal hicieres,
yo confío que, alejada mi pena,
bella cual fui, ceñir pueda corona
hecha de blancas y encarnadas flores.
Giovanni Boccaccio, Decamerón, Barcelona, ed. Planeta, 1982, página 375-376.
Seleccionado por Alain Presentación Muñoz. Segundo de Bachillerato. Curso de 2014-2015.
Anónimo, Cantar de Roldán
CXIV (CXVI)
Hay allí un sarraceno, viene de Zaragoza
(de toda la ciudad, una mitad es suya);
su nombre es Climborín, mas no es de los notables:
fue quien tomó la jura del conde Ganelón
y en prueba de amistad le besara en la boca
y que le regalara un yelmo y un carbunclo.
Nuestra tierra francesa deshonrará, eso dice,
y que al emperador quitará la corona,
Cabalga en su caballo, que llama Barbamosca,
que un gavilán más rápido, o que una golondrina.
Lo aguija cuanto puede, lo deja a rienda suelta
y se va a acometer a Engelier de Gascuña.
No puede protegerlo la cota ni el escudo:
la punta de la pica se la mete en el cuerpo
y, apoyando con fuerza, le pasa todo el hierro
y, sacudiendo el asta, lo abate muerto al suelo.
Va gritando después: <<¡Muy fáciles son éstos!
¡Paganos, golpead y deshaced la hueste!>>
Y los franceses: <<¡Dios, qué valiente perdimos!>>
Anónimo, Cantar de Roldán, Madrid, LETRAS UNIVERSALES, Editorial Cátedra, 1999, página 96 y 97. Seleccionado por Pablo del Castillo Baquerizo. Segundo de bachillerato. Curso 2014-2015.
Hay allí un sarraceno, viene de Zaragoza
(de toda la ciudad, una mitad es suya);
su nombre es Climborín, mas no es de los notables:
fue quien tomó la jura del conde Ganelón
y en prueba de amistad le besara en la boca
y que le regalara un yelmo y un carbunclo.
Nuestra tierra francesa deshonrará, eso dice,
y que al emperador quitará la corona,
Cabalga en su caballo, que llama Barbamosca,
que un gavilán más rápido, o que una golondrina.
Lo aguija cuanto puede, lo deja a rienda suelta
y se va a acometer a Engelier de Gascuña.
No puede protegerlo la cota ni el escudo:
la punta de la pica se la mete en el cuerpo
y, apoyando con fuerza, le pasa todo el hierro
y, sacudiendo el asta, lo abate muerto al suelo.
Va gritando después: <<¡Muy fáciles son éstos!
¡Paganos, golpead y deshaced la hueste!>>
Y los franceses: <<¡Dios, qué valiente perdimos!>>
Anónimo, Cantar de Roldán, Madrid, LETRAS UNIVERSALES, Editorial Cátedra, 1999, página 96 y 97. Seleccionado por Pablo del Castillo Baquerizo. Segundo de bachillerato. Curso 2014-2015.
Louisa May Alcott, Mujercitas
CAPÍTULO 1
La ruta del peregrino
-La celebración de navidad sin bonitos regalos o va a parecer Navidad -murmuró Jo, tumbaba sobre la alfrombra.
-¡Qué desgracia tan grande es ser pobre! -exclamó Meg mientras se miraba el viejo vestido que la cubría.
-Creo que no es justo que haya chica que naden en la abundancia mientras otras carecen de todo -agregó Amy, la menor, con un mamá, y con un ademán de protesta. -Tenemos a papá y a mamá, y también a nosotras mismas -repuso Beth en tono jovial desde la esquina en que se hallaba.
Con tan optimistas palabras, se animaron los cuatro rostros juveniles, iluminados por los reflejos de la lumbre; pero volvieron a ensombrecerse cunado Jo se lamentó tristemente:
-Pero a papá no lo tenemos ni lo tendremos con nosotras en mucho tiempo. No se atrevió a decir tal vez nunca más, pero cada una lo pensó para sí, imaginando a su padre tan lejos, en los campos de batalla. Tras un minuto de angustioso silencio, Meg, cambienado de tono, reaccionó:
-Ya sabéis que mamá nos expuso que la falta de regalos para esta navidad se debía a la previsión de que todo vamos a pasar un invierno muy malo; mamá piensa que no debemos malgastar en caprichos personales mientras nuestros hombres sufren tanto en plena guerra. No es mucho lo que opdemos aportar; pero podemos ofrecer generosamente nuestros pequeños sacrificios. Aunque tengo miedo de no saber hacerlo -y Meg acompañó las últimas palabras con un gesto de contrariedad por la renuncia de los valiosos obsequios que tanto anhelaba.
Louisa May Alcott, Mujercitas, La Coruña, Everest, 2013, página 15-16. Seleccionado por Guillermo Arjona Fernández. Segundo de bachillerato. Curso 2014-2015.
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