Un lugar común de los estudiantes de Literatura Universal donde publicamos una antología de textos seleccionados por nosotros mismos con el fin de aprender a conocernos mejor a través de los más variados personajes que pueblan el universo literario.
viernes, 6 de noviembre de 2015
El ruido y la furia, William Faulkner
La metí a rastras en el comedor. Se le desabrochó el quimono que flotaba a su alrededor, dejándola casi desnuda, la muy... Dilsey nos siguió
renqueando. Me volví y le cerré la puerta en las narices de
una patada.
«Fuera de aquí», digo.
Quentin estaba apoyada en la mesa ciñéndose el
quimono. La miré.
«Ahora», digo, «quiero saber qué pretendes, escapándote de la escuela y contándole mentiras a tu abuela y
falsificando su firma en las notas y matándola a disgustos.
¿Qué pretendes con todo eso?».
Ella no dijo nada. Estaba cerrándose el quimono
alrededor del cuello ajustándoselo, mirándome. Todavía
no había tenido tiempo de pintarse y tenía aspecto de haberse frotado la cara con una bayeta. Me acerqué y la cogí de la muñeca.
«¿Qué pretendes?», digo.
«No es asunto tuyo», dice. «Suéltame.»
Dilsey apareció en la puerta.
«Eh, Jason», dice.
«Sal ahora mismo de aquí como te he dicho», digo, sin volverme. «Quiero saber adónde vas cuando haces
novillos», digo. «¿O es que ni pisas la calle? Porque yo te
vería. ¿Con quién te escapas? ¿Es que te vas al bosque con
alguno de esos asquerosos niñatos? ¿Es eso?»
«¡Eres un... eres un...!» dice. Intentó soltarse pero la sujeté. «Eres un pedazo de...», dice.
«Yo te enseñaré», digo. «Quizás puedas asustar a una vieja, pero ya te enseñaré yo quién manda aquí ahora.» La sujeté con una mano, entonces dejó de forcejear y
me observó con los ojos negros abiertos de par en par.
«¿Qué vas a hacer?», dice.
«Espera a que me quite el cinto y lo verás», digo
quitándome el cinturón. Entonces Dilsey me cogió del
brazo.
«¡Jason!», dice. «Jason, ¿es que no le da vergüenza?»
«Dilsey», dice Quentin, «Dilsey».
«No se lo permitiré», dice Dilsey, «no te preocupes, preciosa». Me tenía cogido del brazo. Entonces saqué
el cinturón y me solté y la eché a un lado. Chocó contra la
mesa. Era tan vieja que apenas podía moverse. Pero no
importa: necesitamos que alguien en la cocina se coma lo
que los jóvenes desprecian. Se interpuso torpemente entre
nosotros, intentando volver a sujetarme. «Pues pégueme a
mí», dice, «si lo único que quiere es pegar a alguien, pé-
gueme a mí», dice.
«¿Crees que no sería capaz de hacerlo?», digo.
«No hay nadie peor que usted», dice. Entonces oí
a Madre en la escalera. Debería haberme imaginado que
no estaba dispuesta a mantenerse al margen. La solté.
W.Faulkner, El ruido y la furia, http://www.serlib.com, pdf.pág 188-189
Seleccionado por Daniel Carrsasco Carril, Segundo de bachillerato, Curso 2015-2016
viernes, 30 de octubre de 2015
La perla, John Steinbeck
Capítulo 3.
Una ciudad se parece mucho a un animal. Tiene un sistema nervioso, un cabeza, unos hombros y unos pies.
Está separada de las otras ciudades, de tal modo que no existen dos idénticas. Y es además un todo emocional. Cómo viajan las noticias a su través es un misterio de difícil solución. Las noticias parecen ir más de prisa que la rapidez con que los muchachos pueden correr a transmitirlas, más de prisa delo que las mujeres pueden vocearlas de ventana en ventana.
John Steinbeck, La perla, Ediciones Primera Plana, S.A.
Seleccionado por Paola Moreno Díaz, Segundo de Bachillerato curso 2015-2016
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La perla (1948),
Steinbeck_John (1902-1968)
El viejo y el mar, Ernest Hemingway
Era un viejo que pescaba solo en un bote en el Golf Stream y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez. En los primeros cuarenta días había tenido consigo a un muchacho. Pero después de cuarenta días sin haber pescado, los padres del muchacho le habían dicho que el viejo estaba definitiva y rematadamente salao, lo cual era la peor forma de mala suerte, y por orden de sus padres el muchacho había salido en otro bote que cogió tres buenos peces la primera semana. Entristecía al muchacho ver al viejo regresar todos los días con el bote vacío, y siempre bajaba a ayudarle a cargar los rollos de sedal o el bichero y el arpón y la vela enrollada al mástil.
Ernest Hemingway, El viejo y el mar, Editorial planeta, S.A.,
Seleccionado por Julia Mateos Gutiérrez curso 2015-2016
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El viejo y el mar (1953),
Hemingway_Ernest (1899-1856)
Adiós a las armas, E. Hemingway
Me callé. Siempre me han confundido las palabras: sagrado, glorioso, sacrificio, y la expresión “en vano”. Las habíamos oído de pie, a veces, bajo la lluvia, casi más allá del alcance del oído, cuando sólo nos llegaban las palabras gritadas. Las habíamos leído en las proclamas que los que pegaban carteles fijaban desde hacia mucho tiempo sobre otras proclamas. No había visto nada sagrado, y lo que llamaban glorioso no tenía gloria, y los sacrificios recordaban los mataderos de Chicago con la diferencia de que la carne sólo servía para ser enterrada. Habían muchas palabras que no se podían tolerar y, a fin de cuentas, sólo los hombres de las localidades habían conservado cierta dignidad. Pasaba lo mismo con algunos números y algunas fechas. Los nombres de las localidades era lo único que aún parecía tener algún significado. Las palabras abstractas como gloria, honor, valentía o santidad eran indecentes, comparadas con los nombres concretos de los pueblos, con los números de las carreteras, con los nombres de los ríos, con los números de los regimientos, con las fechas. Gino era patriota. Por eso decía cosas que a veces nos distanciaban; pero era un muchacho muy agradable y comprendía su patriotismo. Había nacido patriota. Se marchó con Peduzzi en el coche para ir a Goritzia. Hizo mal tiempo todo el día. El viento azotaba la lluvia y por todas partes sólo había charcos de agua y lodo. El yeso de las casas derruidas era gris y mojado. Por la tarde cesó la Lluvia y, desde el punto número dos, podía ver la campiña de otoño, desnuda y mojada, con las nubes sobre la cima de las montañas y sobre la carretera, y los túneles de paja, mojados y goteando. El sol salió un momento antes de ponerse e iluminó los bosques desnudos más allá de la cresta. En los bosques sobre esta cresta, había muchos cañones austriacos, pero sólo algunos tiraban. Me distraje mirando las volutas de humo de los proyectiles que de repente aparecían en el cielo sobre alguna granja destruida, cerca de la línea de fuego; humaredas blancas con una centella blancoamarilla en el centro. Se veía el relámpago, se oía la detonación, después se veía cómo el penacho se deformaba y desaparecía en el viento. Las piedras de las casas estaban acribilladas por el plomo de los proyectiles. También las había en la carretera, junto a la casa derrumbada donde habían instalado el puesto de socorro; pero aquel día no bombardearon el puesto. Cargamos dos ambulancias y bajamos por la carretera que estaba protegida por las esteras mojadas, y los últimos rayos del sol se filtraban a través de las junturas de las esteras. Aún no habíamos llegado a la carretera descubierta, cuando el sol ya se había puesto. Seguimos por la carretera abierta y, al llegar al sitio donde, en un recodo, volvía a introducirse en la abertura cuadrada de un túnel de paja, se puso a llover de nuevo.
E. Hemingway, Adiós a las armas, www.medellindigital.gov.com/Mediateca/repositorio%20de%recursos/Hemingway,%20Ernest%20(1899%20%20-%201961)/adios-a-las-armas[1].pdf, Pág. 135-136.
Seleccionado por Clara Fuentes Gómez. Segundo de bachillerato. Curso 2015-2016.
París era una fiesta, Ernest Hemingway
El cuento se estaba escribiendo solo y trabajo me daba seguirle el paso. Pedí otro
ron Saint James y sólo por la muchacha levantaba los ojos, o aprovechaba para
mirarla cada vez que afilaba el lápiz con un sacapuntas y las virutas caían rizándose
en el platillo de mi copa.
Te he visto, monada, y ya eres mía, por más que esperes a quien quieras y aunque
nunca vuelva a verte, pensé. Eres mía y todo París es mío y yo soy de este cuaderno
y de este lápiz.
Luego otra vez a escribir, y me metí tan adentro en el cuento que allí me perdí. Ya lo
escribía yo y no se escribía solo, y no levanté los ojos ni supe la hora ni guardé
noción del lugar ni pedí otro ron Saint James. Estaba harto de ron Saint James sin
darme cuenta de que estaba harto. Al fin el cuento quedó listo y yo cansado. Leí el
último párrafo y luego levanté los ojos y busqué a la chica y se había marchado. Por
lo menos que esté con un hombre que valga la pena, pensé. Pero me dio tristeza.
Cerré la libreta con el cuento dentro y me la metí en el bolsillo de la cartera, y pedí al
camarero una docena de portuguesas y media jarra del blanco seco que allí servían.
Al terminar un cuento me sentía siempre vaciado y a la vez triste y contento, como si
hubiera hecho el amor, y aquella vez estaba seguro de que era un buen cuento,
aunque para saber hasta dónde era bueno había que esperar a releerlo al día
siguiente.
Comiendo las ostras con su fuerte sabor a mar y su deje metálico que el vino blanco
fresco limpiaba, dejando sólo el sabor a mar y la pulpa sabrosa, y bebiendo el frío
líquido de cada concha y perdiéndolo en el neto sabor del vino, dejé atrás la
sensación de vacío y empecé a ser feliz y a hacer planes.
Ya que el mal tiempo había llegado, nos convenía caminar un poco París por un
lugar donde aquella lluvia fuera nieve cayendo entre pinos y cubriendo la carretera y
las laderas empinadas, a una altura bastante para que la nieve nos crujiera al andar
de vuelta a casa por la noche. Al pie de Les Avants había un chalet con una pensión
estupenda, donde estaríamos juntos y con los libros y calientes en la cama juntos por
la noche con las ventanas abiertas y las estrellas brillando. Era el lugar que nos
convenía. Viajar en tercera no es caro. La pensión cuesta poco más de lo que
gastamos en París.
Ernest,Hemingway, París era una fiesta, infotematica.com.ar
Seleccionado por Maria Alegre Trujillo ,Segundo de bachillerato, Curso 2015-2016.
La perla, John Steinbeck
"Por la ciudad se cuenta la historia de la gran perla, de cómo fue hallada y cómo la perdieron. Cuentan la historia de Kino, el pescador, de su esposa Juana y de su bebé CoyoTito. Y tantas veces la han contado que ha quedado grabado en la mente de todos. Y, como en todos los cuentos que van de boca en boca y calan en los corazones de la gente, sólo existen los extremos: lo bueno o lo malo, lo blanco o lo negro, cosas virtuosas y malignas, y no hay posiciones intermedias-
Si se toma esa historia como una parábola, es probable que cada uno le dé una interpretación particular y pueda aplicársela a su propio caso. Sea como fuere, dicen en la ciudad que..."
John Steinbeck, La perla, Barcelona, Vicens Vives, 2008, Pág. 27, seleccionado por Lidia Rodríguez Suárez. Segundo de bachillerato. Curso 2015-2016.
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La perla (1948),
Steinbeck_John (1902-1968)
A sangre fría, Truman Capote
Capítulo I
Mientras
tanto, el señor Ewalt había decidido que quizá no debió haber
dejado entrar a las chicas solas en la casa. Bajaba del coche para
reunirse con ellas cuando oyó los alaridos. Pero antes de que
pudiera llegar a la casa, las jóvenes corrían ya a su encuentro. Su
hija gritaba:
—¡Está
muerta! —y refugiándose en sus brazos, añadió—: De verdad,
papá. ¡Nancy está muerta!
Susan se
volvió contra ella:
—No, no
está muerta. Y no lo digas. No te atrevas a decirlo. Sólo es que le
sale sangre de la nariz. Le ocurre muchas veces, le sangra la nariz
muchísimo y no le pasa nada más.
—Hay
demasiada sangre por las paredes. No te has fijado bien.
—No
conseguía entender lo que decían —testimonió posteriormente
Ewalt—. Imaginé que quizá la chica estuviera herida. Se me
ocurrió que había que llamar una ambulancia. La señorita Kidwell,
Susan, me dijo que había un teléfono en la cocina. Lo encontré
exactamente donde ella me dijo. Pero el auricular estaba descolgado,
y cuando lo levanté vi que el hilo había sido cortado.
Larry
Hendricks, profesor de inglés de veintisiete años, vivía en el
último piso de la casa del Profesorado. Quería escribir pero su
apartamento no era el refugio ideal para un aspirante a escritor,
pues era más pequeño que el de las Kidwell y además lo compartía
con su esposa y tres niños vivarachos, amén de una televisión
siempre en marcha. («Es el único sistema de tener a los niños
quietos.») Si bien hasta ahora no ha publicado nada, el joven
Hendricks, ex marino muy viril, nacido en Oklahoma, que fuma en pipa,
lleva bigote y posee un indomable pelo negro, tiene aspecto de
literato, en realidad se parece mucho a Ernest Hemingway, el escritor
que él más admira, en las fotografías de joven. Para redondear su
sueldo de profesor conduce además el autobús del colegio.
—A
veces hago
noventa
kilómetros al
día —le
dijo a
un conocido—.
Lo cual
no me
deja mucho
tiempo para
escribir. A
no ser
los domingos.
Pues bien,
aquel
domingo, 15
de noviembre,
estaba yo
en el
apartamento
leyendo los
periódicos. La
mayor parte
de las
ideas para
escribir un
cuento las
saco de
los periódicos,
¿sabe? Bueno,
la televisión
estaba en
marcha y
los niños
estaban más
bien bulliciosos,
pero aun
así, pude
oír voces.
Abajo. En
el apartamento
de la
señora Kidwell.
Pero pensé
que no
era asunto
mío ya
que yo
era nuevo
aquí, pues
llegué a
Holcomb a
principios de
curso. Pero
entonces Shirley,
que estaba
afuera tendiendo
ropa, mi
esposa Shirley,
entró corriendo
y dijo:
»—Cariño,
será mejor que bajes. Están todos histéricos.
»Las
dos chicas,
desde luego,
estaban en
pleno ataque
de histeria.
Si quiere
que les
diga lo
que pienso,
Susan nunca
se recobró
del todo.
Ni nunca
se recobrará.
Ni la
pobre señora
Kidwell. Es
de poca
salud; siempre
está nerviosa.
No dejaba
de decir,
claro, yo
no entendí
de qué
se trataba
hasta mucho
después, no
dejaba de
decir: "Oh,
Bonnie, Bonnie,
¿qué ha
ocurrido? Pero
si estabas
tan contenta,
si me
dijiste que
todo había
terminado y
que no
volverías a
estar mala."
Y cosas
así. Hasta
el señor
Ewalt estaba
tan alterado
como puede
estarlo un
hombre así.
Hablaba por
teléfono con
el despacho
del sheriff,
el sheriff
de Garden
City, y
le decía
que sucedía
"algo
absolutamente
impropio en
casa de
los Clutter".
El sheriff
prometió que
iría
inmediatamente y
el señor
Ewalt le
contestó que
iría hacia
la autopista
a su
encuentro.
Shirley bajó
para quedarse
con las
mujeres y
tratar de
calmarlas, como
si alguien
hubiera podido.
Y yo
fui con
Ewalt a
la autopista
a esperar
al sheriff
Robinson. Por
el camino
me contó
lo que
había sucedido.
Cuando llegó
a lo
de haber
descubierto que
el hilo
telefónico
estaba cortado,
entonces, me
dije: "¡Huy!
Mejor será
que tengas
los ojos
bien abiertos
y tomes
nota de
todos los
detalles. Por
si acaso
has de
declarar ante
un tribunal."
Truman Capote, A Sangre Fría, www.elejendria.com/libros/fichas/Capote,%20Truman/A%20sangre%20fría/24
Seleccionado por Daniel Carrasco Carril. Segundo de Bachillerato, curso 2015-2016.
El gran Gatsby, F. Scott Fitzgerald
-El césped se ve bien, si a eso es a lo que te refieres.
-¿Qué césped? -preguntó inexpresivo-. Ah, el del jardín.
Se asomó por la ventana pero, a juzgar por su expresión, creo que nada vio.
-Se ve muy bien -anotó vagamente-. Uno de los diarios dijo que creían que dejaría de llover hacia las
cuatro. Creo que fue el Journal. ¿Lo tienes todo dispuesto para servir el... el té?
Lo llevé a la despensa, donde miró con gesto adusto a la finlandesa. Juntos revisamos los doce pasteles
de limón de la salsamentaria.
-¿Serán suficientes? -pregunté.
-¡Claro, claro! ¡Están perfectos! -y añadió con voz hueca ... viejo amigo.
La lluvia cedió, un poco después de las tres y media, dejando una neblina húmeda, a través de la cual
nadaban ocasionales gotitas como de rocío. Gatsby miraba con ojos ausentes una copia de la Economía de
Clay, sobresaltado por los pasos de la finlandesa que sacudían el piso de la cocina y mirando de vez en
cuando hacia las empacadas ventanas como si una serie de acontecimientos invisibles pero alarmantes
estuvieran teniendo lugar afuera. Al cabo se levantó y me informó con voz insegura que se marchaba a
casa.
-¿Y eso por qué?
-Nadie va a venir a tomar el té. ¡Está demasiado tarde! - miró su reloj como si tuviera algo urgente que
hacer en otra parte-. No puedo esperar todo el día.
-No seas tonto; sólo faltan dos minutos para las cuatro.
Se sentó, sintiéndose miserable, como si yo lo hubiese empujado, en el preciso instante en que se oyó
el ruido de un motor que daba la vuelta por el camino hacia la casa. Ambos brincamos y, un poco inquieto
yo también, salí al prado.
Bajo los desnudos árboles de lila, que aún goteaban, un auto grande subía por el sendero. Se detuvo.
El rostro de Daisy, ladeado bajo un sombrero color lavanda de tres picos, me miro con una brillante
sonrisa de éxtasis.
-¿Es éste el mismísimo lugar donde vives, querido mío?
El estimulante rizo de su voz era un salvaje tónico en la lluvia. Tuve que seguir su sonido por un
momento, alto y bajo, sólo con mi oído, antes de que salieran las palabras. Un mechón de pelo mojado caía
como una pincelada de pintura azul en su mejilla, y su mano estaba húmeda de brillantes gotas cuando le
di la mía para ayudarla a bajar del carro.
-¿Estás enamorado de mí? -me dijo en voz baja al oído-, o, ¿por qué tenía que venir sola?
-Este es el secreto del Castillo Rackrent. Dile a tu chofer que se vaya lejos y deje pasar una hora.
-Regresa dentro de una hora, Ferdie -entonces, con un solemne murmullo-. Su nombre es Ferdie.
-¿Le afecta la gasolina la nariz?
-No creo dijo inocente-. ¿por qué?
Entramos. Quedé anonadado por la sorpresa al ver que la sala estaba desierta.
-Pero, ¡esto sí es gracioso!
-¿Qué es gracioso?
F. Scott Fitzgerald, El gran Gatsby, iesvelesevents.edu.gva.es/wptemp/wp-content/uploads/2013/03/Scott-Fitgerald.-El-gran-Gatsby.pdf, Pág. 42.
Seleccionado por Clara Fuentes Gómez. Segundo de bachillerato. Curso 2015-2016.
Fiesta, E. Hemigway
Capítulo IX
El combate de boxeo entre Ledoux y Kid Francis fue la noche del veinte de junio. Fue un
buen combate. El día siguiente por la mañana, recibí una carta de Robert Cohn, escrita desde
Hendaya. Decía que estaba pasando una temporada muy tranquila: se bañaba, jugaba un poco
al golf y mucho al bridge. Hendaya era una playa estupenda, pero estaba ansioso de empezar
la excursión de pesca. ¿Cuándo iría yo? Si le compraba un sedal de dos hebras me lo pagaría
cuando llegara.
Aquella misma mañana, desde la oficina, escribí a Cohn que Bill y yo nos marcharíamos
de París el 25, a no ser que le telegrafiara volviéndome atrás, y que nos encontraríamos en
Bayona; allí tomaríamos un autobús que cruzaba las montañas y que nos llevaría hasta
Pamplona. El mismo día por la tarde, hacia las siete, me detuve en el Select para ver a Michael
y a Brett. Como no estaban allí, me fui al Dingo, donde los encontré sentados a la barra.
—Hola, querido —dijo Brett.
—Hola, Jake —dijo Mike—. Ya me doy cuenta de que ayer por la noche estaba borracho.
—¡Vaya si lo estabas! —dijo Brett—. ¡Qué asunto tan vergonzoso!
—Oye, ¿cuándo te vas a España? —preguntó Mike—. ¿Te importaría que fuéramos
contigo?
—Sería estupendo.
—¿De veras no te importaría? Yo ya he estado en Pamplona, pero Brett tiene unas ganas
locas de ir. ¿Seguro que no seríamos un estorbo?
—No digas estupideces.
—Estoy un poco bebido, ¿sabes? No te lo preguntaría de esta forma si no lo estuviera.
¿Seguro que no te importa?
—¡Oh, cállate, Michael! —dijo Brett—. ¿Cómo va el hombre a decir ahora que le molesta?
Pregúntaselo más adelante.
—Pero a ti no te importa, ¿verdad?
—No me lo preguntes otra vez si no quieres hacerme poner de mal humor. Bill y yo
marchamos el 25 por la mañana.
—Por cierto, ¿dónde está Bill? —preguntó Brett.
—Cena con una gente en Chantilly.
—Es un buen chico.
—Un chico espléndido —dijo Mike—. Vaya si lo es.
—Tú no te acuerdas de él.
—Sí que me acuerdo. Le recuerdo perfectamente. Oye, Jake, nosotros nos iremos el 25
por la noche. Brett no es capaz de levantarse por la mañana.
—¡Por supuesto que no!
—Si nuestro dinero llega, y si es seguro que a ti no te importa.
—Sí que va a llegar. Yo me ocuparé de eso.
—Dime qué equipo tengo que enviar a buscar.
—Compra dos o tres cañas con carretes, sedales y algunas moscas.
—Yo no voy a pescar —dijo Brett interviniendo.
—Entonces compra dos cañas; así Bill no tendrá que comprar ninguna.
—Bueno —dijo Mike—, enviaré un telegrama al administrador.
—¿Verdad que será magnífico? —dijo Brett—. ¡España! ¡Qué bien lo vamos a pasar!
—¿En qué cae el 25?
—En sábado.
—Tendremos que prepararnos ya.
—Oye —dijo Mike—, voy a la barbería.
—Yo tengo que bañarme —dijo Brett—. Ven conmigo hasta el hotel, Jake. Sé buen chico.
—Tenemos el más adorable de los hoteles —dijo Mike—. Creo que es un burdel.
—Cuando llegamos, dejamos las maletas aquí, en el Dingo, y en el hotel nos preguntaron
si queríamos una habitación sólo para la tarde. Parecieron tremendamente complacidos
cuando dijimos que íbamos a quedarnos durante toda la noche.
E. Hemingway, Fiesta, www.latertuliadelagranja.com/sites/default/files/Hemingway,%20Ernest%20-%20Fiesta_0.pdf, Pág. 44-45.
Seleccionado por Clara Fuentes Gómez. Segundo de bachillerato. Curso 2015-2016.
lunes, 26 de octubre de 2015
EL CORAZÓN DELATOR, E. ALLAN POE
-¿Quién está ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando [...]
Oí de prono un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con u espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo e viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado desierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "no es más que el viento en la chimenea...o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era lo que lo moví a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.
Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo del buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par...y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es solo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podía hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas sí respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquel me llenó de un horror incontrolable. Si embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar y una nueva ansiedad se apoderó de mi...
Allan Poe, Edgar, El corazón delator, Libro de primero de bachillerato (Literatura Universal), seleccionado por Edith González Ramos, primero de bachillerato, curso 2015-2016.
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando [...]
Oí de prono un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con u espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo e viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado desierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "no es más que el viento en la chimenea...o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era lo que lo moví a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.
Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo del buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par...y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es solo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podía hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas sí respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquel me llenó de un horror incontrolable. Si embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar y una nueva ansiedad se apoderó de mi...
Allan Poe, Edgar, El corazón delator, Libro de primero de bachillerato (Literatura Universal), seleccionado por Edith González Ramos, primero de bachillerato, curso 2015-2016.
El Fantasma de Canterville y otros cuentos, Oscar Wilde
Cuatro días después de estos curiosos incidentes, un cortejo fúnebre partía de Canterville hacia las once de la noche. Del carruaje tiraban ocho caballos negros, tocados con un gran penacho ondulante de plumas de avestruz, y el feŕetro de plomo iba cubierto con un suntuoso paño de color púrpura, sobre el que se veía bordado en oro el escudo de los Canterville. Acompañaban al carruaje y demás vehículos los sirvientes con teas encendidas y todo el cortejo resultaba extrañamente impresionante. Lord Canterville había acudido ex profeso desde Gales y presidía el funeral, sentado en el primer coche al lado de la pequeña Virginia. Venía después el diplomático estadounidense con su esposa, luego Washington y los tres muchachos, y en el último coche la señora Umney. Todos opinaban que, aterrorizada más de cincuenta años por el fantasma, tenía derecho a acompañar el duelo. Se había excavado una fosa profunda en un rincón del cementerio, justo al pie de un tejo añoso, y el reverendo Augustus Dampier ofició la ceremonia con toda solemnidad.
Oscar Wilde, El fantasma de Canterville, Barcelona, Vicens Vives, ed. 15, página 139.
Seleccionado por Delia Marinela Bulau, Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.
Oscar Wilde, El fantasma de Canterville, Barcelona, Vicens Vives, ed. 15, página 139.
Seleccionado por Delia Marinela Bulau, Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.
La perla
Kino se despertó cuando aún estaba oscuro. Todavía brillaban las estrellas y el día sólo había podido desteñir con su pálida luz la parte más oriental del cielo junto al horizonte. Hacía ya rato que los gallos cantaban, y los cerdos más madrugadores habían comenzado a rebuscar incesantemente por entre la leña y los restos de madera para ver si daban con algo de comer, algo que se les hubiera pasado por alto hasta entonces. Fuera de la casa, hecha de ramas, una bandada de pajarillos piaba y agitaba frenéticamente las alas en medio de un campo de higos chumbos.
Kino abrió los ojos y miró hacia el iluminado rectángulo de la puerta, y luego hacia la caja colgada del techo en la que dormía coyotito. Después se volvió hacia Juana, su esposa, que yacía junto a él sobre la estera, cubriéndose con el mantón azul la cara hasta la nariz, el pecho y la espalda. Juana tenía también los ojos abiertos. Kino no recordaba haberlos visto jamás cerrados cuando se despertaba. Los ojos oscuros de la mujer reflejaban las estrellitas del cielo. Ella lo miraba del mismo modo que lo miraba día tras día al despertarse.
Kino escuchó el ligero murmullo de las olas de la mañana al deshacerse sobre la playa. Era muy agradable, así que Kino volvió a cerrar los ojos para escuchar aquella melodía. Tal vez era el único que hacía esto, o quizá lo hiciera también toda su gente. Su pueblo había tenido grandes creadores de canciones, y todo lo que veían, pensaban, hacían o escuchaban, lo convertían en canción. Pero de eso hacía ya mucho tiempo. Las canciones perduraban. Kino las conocía; pero no se había agregado ninguna nueva. Esto no significaba que no existieran canciones personales. Kino tenía una en la cabeza en aquel preciso instante, una canción clara y delicada, y si hubiera sido capaz de escribir su letra, la hubiera llamado Canción de la Familia.
Se cubrió hasta la nariz con la manta para resguardarse de la desagradable humedad ambiental. Parpadeó al oír su rumor a su lado.
John steinbeck, La perla, Barcelona, Vicens vives,1994, 112, Seleccionado por Jennifer garrido gutierrez, primero de bachiller, 2015/2016. Publicado por el alumno I.E.S Peréz comendador
Kino abrió los ojos y miró hacia el iluminado rectángulo de la puerta, y luego hacia la caja colgada del techo en la que dormía coyotito. Después se volvió hacia Juana, su esposa, que yacía junto a él sobre la estera, cubriéndose con el mantón azul la cara hasta la nariz, el pecho y la espalda. Juana tenía también los ojos abiertos. Kino no recordaba haberlos visto jamás cerrados cuando se despertaba. Los ojos oscuros de la mujer reflejaban las estrellitas del cielo. Ella lo miraba del mismo modo que lo miraba día tras día al despertarse.
Kino escuchó el ligero murmullo de las olas de la mañana al deshacerse sobre la playa. Era muy agradable, así que Kino volvió a cerrar los ojos para escuchar aquella melodía. Tal vez era el único que hacía esto, o quizá lo hiciera también toda su gente. Su pueblo había tenido grandes creadores de canciones, y todo lo que veían, pensaban, hacían o escuchaban, lo convertían en canción. Pero de eso hacía ya mucho tiempo. Las canciones perduraban. Kino las conocía; pero no se había agregado ninguna nueva. Esto no significaba que no existieran canciones personales. Kino tenía una en la cabeza en aquel preciso instante, una canción clara y delicada, y si hubiera sido capaz de escribir su letra, la hubiera llamado Canción de la Familia.
Se cubrió hasta la nariz con la manta para resguardarse de la desagradable humedad ambiental. Parpadeó al oír su rumor a su lado.
John steinbeck, La perla, Barcelona, Vicens vives,1994, 112, Seleccionado por Jennifer garrido gutierrez, primero de bachiller, 2015/2016. Publicado por el alumno I.E.S Peréz comendador
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La perla (1948),
Steinbeck_John (1902-1968)
La cabaña del tío Tom, Harriet E. Beecher Stowe
CAPÍTULO II
LA MADRE
Desde su infancia Elisa había sido educada por su ama como una favorita consentida.
Los que hayan viajado por el sur deben haberse dado cuenta con frecuencia, de ese estilo peculiar de refinamiento, de esa dulzura de la voz y del gesto, que en muchos casos parece ser un regalo especial de las mujeres negras y mulatas. La gracia natural va casi siempre unida en ellas a una belleza muy notable, y a un aspecto agradable. Elisa, como la hemos descrito, no es un retrato de fantasía, sino un recuerdo de la mujer que vimos en Kentucky hace algunos años. A salvo bajo la vigilante protección de su ama, Elisa creció lejos de las tentaciones que hacen de la belleza una herencia fatal para el esclavo. Se casó con un joven mulato, inteligente y despejado, esclavo de una hacienda vecina, que se llamaba Jorge Harris.
Este joven, entregado en alquiler por su amo a un industrial de los alrededores, que tenía una fábrica de sacos, había mostrado en su trabajo una inteligencia y una habilidad que le hacía ser considerado por todos como el mejor obrero. Había inventado una máquina para blanquear el cáñamo, que, considerando el nacimiento y la educación del inventor, denotaba un genio para la mecánica igual al de Whitney.
Su personalidad era agradable y sus gestos amables, y era en realidad el favorito de la fábrica. Sin embargo, como este joven a los ojos de la ley no era un hombre sino una cosa, todas esas cualidades superiores las controlaba un amo de mentalidad estrecha y tirano. Ese mismo caballero, al enterarse de la fama del invento de Jorge, se fue a la factoría a ver qué hacía su objeto inteligente. El industrial recibió con gran entusiasmo al amo, y le felicitó por poseer un esclavo tan valioso.
Le enseñaron toda la factoría , le mostraron la máquina de Jorge, quien, muy emocionado, habló habló con tal elocuencia, se mantuvo tan tieso, parecía tan hermoso y tan señorial, que su amo comenzó a sentir un sentimiento incómodo de inferioridad. ¿Qué demonios tenía que ver ese esclavo con el conocimiento del país, la invención de máquinas, y mantenerse tan orgulloso entre caballeros? Tendría que acabar con todo eso. Le volvería a llevar a su finca, le pondría a cavar tierra hasta agotarse <>. Y por eso, el industrial y todos los empleados se asombraron de que pidiera que le dieran todo el sueldo acumulado de Jorge, indicándoles su intención de llevárselo a casa.
—Pero señor Harris -insistía el industrial- ¿por qué esas prisas?
—¿Y a usted qué le importa? Ese hombre es mío.
—Estaría dispuesto, señor, a aumentar la tasa de compensación.
—No serviría de nada, señor. No necesito alquilar a ninguno de mis hombres, si no quiero hacerlo.
—Pero, señor, parece especialmente apto para este negocio.
—Es muy posible. Sin embargo, jamás ha hecho ninguna de las cosas que yo le he encargado.
—Pero piense tan sólo en el invento de esa máquina -añadió uno de los trabajadores, de forma bastante inapropiada.
—¡Ah, claro! Una máquina para ahorrar trabajo, ¿no? Eso es lo que ha inventado, naturalmente. Para eso los negros son muy inteligentes. Todos ellos son máquinas que evitan el trabajo. ¡Hacer trampas, eso es lo que les gusta!
Jorge se quedó petrificado al oír el destino pronunciado repentinamente por un poder ante el que no podía hacer nada. Cruzó los brazos y se mordió los labios, pero un volcán inmenso de amargura le ardía en el pecho y enviaba oleadas de fuego por sus venas. Anhelante, y echando fuego por sus grandes ojos, podría haber estallado en alguna ebullición peligrosa, sino hubiera sido por el industrial amable, que le tocó el brazo y le dijo en voz baja:
—Acéptalo, Jorge. Márchate con él por ahora. Trataremos de ayudarte; ya lo verás.
El tirano observó el murmullo e hizo conjeturas sobre su contenido, aunque no pudiera oír las palabras; y en su interior se afianzó en la determinación de mantener el poder que poseía sobre su víctima.
Harriet E. Beecher Stowe, La cabaña del tío Tom, León, Ediciones Gaviota, Colección Clásicos Jóvenes Gaviota, pág. 22-23.
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez. Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez. Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.
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