viernes, 13 de noviembre de 2015

Lolita, Vladimir Nabokov




A propósito: me he preguntado a menudo qué se hizo después de esas nínfulas. En este mundo hecho de hierro forjado, de causas y efectos entrecruzados, ¿podría ocurrir que el oculto latido que les robé no afectara su futuro? Yo la había poseído, y ella nunca lo supo. Muy bien. Pero; ¿eso no habría de descubrirse en el futuro? Implicando su imagen en mi voluptuosidad, ¿no interfería yo su destino? ¡Oh, fuente de grande y terrible obsesión! Sin embargo, llegué a saber cómo eran esas nínfulas encantadoras, enloquecedoras, de brazos frágiles, una vez crecidas. Recuerdo que caminaba un día por una calle animada en un gris ocaso de primavera, cerca de la Madeleine. Una muchacha baja y delgada pasó junto a mí con paso rápido y vacilante sobre sus altos tacones. Nos volvimos para mirarnos al mismo tiempo. Ella se detuvo. Me acerqué. Tenía esa típica carita redonda y con hoyuelos de las muchachas francesas, y apenas me llegaba al pelo del pecho.



Vladimir Nabokov, Lolita,Ediciones Grijalbo, S. A., 1975.
seleccionado por Paola Moreno Díaz , segundo de bachillerato, curso 2015-2016.







Adiós a las armas,Ernest Hemingway


-No, aún no. El doctor está con ella.
-¿Es grave?
-Muy grave.
La enfermera entró en la habitación y cerró la puerta. Me senté en el corredor. Me
sentí vacío. No pensaba, no podía pensar. Sabía que iba a morir y recé para que no
muriera. No la dejes morir. Oh, Dios mío, te lo ruego, no la dejes morir. Haré todo lo
que quieras si no la dejas morir. Te lo ruego, te lo ruego, te lo ruego. Dios mío, no la
dejes morir... Dios mío, no la dejes morir... Te lo ruego, te lo ruego, te lo ruego, no la
dejes morir... Dios mío, te lo ruego, no la dejes morir... Haré todo lo que quieras si no
la dejas morir... El niño ha muerto, pero a ella no la dejes morir. Tenías razón, pero
no la dejas morir... Te lo ruego, te lo ruego, Dios mío, no la dejes morir..
La enfermera abrió la puerta y, con el dedo, me indicó que entrase. La seguí a la
habitación. Catherine no levantó la vista cuando entré. Me acerqué a la cama. El
doctor estaba de pie al otro lado. Catherine me miró y sonrió. Me incliné sobre la
cama llorando.
-Mi pobre querido -dijo Catherine dulcemente. Tenía mal aspecto.
-No es nada, Cat -dije-, te curarás.
-Voy a morir -dijo. Se calló y añadió-: Y no quiero morir... no quiero.
Le cogí la mano.
-No me toques -dijo.
Le solté la mano. Sonrió.
-Mi pobre querido... sí, ya, tócame tanto como quieras.
-Te curarás, Cat. Sé que te curarás.
-Quería escribirte una carta por si pasaba algo, pero no lo hice.
-¿Quieres que vaya a buscar un sacerdote o alguien para que te vea?
-No quiero ver a nadie más que a ti. -Luego, después de un silencio-. No tengo
miedo, pero la idea de la muerte me causa horror.
-No debe hablar tanto -dijo el doctor.
-Bueno -dijo Catherine.
-¿Puedo hacer algo por ti, Cat? ¿Puedo ir a buscarte algo?
Catherine sonrió.
-No. -Un momento después añadió-: Lo que hacíamos juntos, ¿no lo harás con otra
mujer, dime? ¿No le dirás las mismas cosas?
-Nunca.
-Sin embargo, quiero que vayas con otras mujeres.

   Ernest Heingway, Adiós a las armashttp://www.novelas.rodriguezalvarez.com, pág.243
   Seleccionado por Daniel Carrasco Carril, segundo de bachillerato,curso 2015-2016.

La perla, John Steinbeck


 



-Han cogido la perla; la he perdido. Ya se acabó todo  -se lamentó- ahora 
que no tenemos la perla
 Juana le tranquilizó como si fuera un chiquillo.
 -Calla -le dijo-. Aquí está tu perla; la encontré en el camino. ¿Me oyes? Aquí
está tu perla. ¿Entiendes? Has matado a un hombre y debemos irnos antes 
 de que amanezca.
-Me atacaron -explicó Kino con voz temblorosa- y luché por salvar mi vida.
-¿Recuerdas lo que pasó ayer? -preguntó Juana - ¿Recuerdas cómo son los 
hombres de la ciudad? ¿Crees que esta explicación podrá salvarte?
Kino exhaló un largo suspiro y trató de vencer su modorra.
-No  -contestó-. Tienes razón.  -Su voluntad se tonificó y volvió a ser un
hombre.
-Ve a casa y trae a Coyotito -ordenó- y to do el maíz que encuentres. Sacaré 
la canoa y nos iremos.
Recogió el cuchillo y se separó de ella. Dando   traspiés llegó hasta su canoa, 
y cuando la luz lunar se hizo más fuerte vio un gran orificio practicado en el 
fondo de la embarcación. Una ira destructora lo invadió dándole fuerzas. 
Las tinieblas se cernían sobre su familia, la música maldita llenaba la noche, 
silbando sobre los mangles, acompasada por el batir de las olas. Aquella era 
la canoa de su abuelo, heredada por varias generaciones, y ahora estaba 
inutilizada. Era una maldad que superaba toda imaginación. El asesinato de 
un hombre no era tan grave pecado como el asesinato de su canoa, porque 
una canoa no tiene hijos, no puede protegerse, y sus heridas no cicatrizan.
 Había pena en la rabia de Kino, pero esta última desgracia le había
endurecido como para resistir cualquier golpe. Era ya como una bestia, 
escondiéndose, atacando y viviendo tan sólo para proteger a su familia. No 
tenía conciencia clara del dolor que atenazaba su cabeza. Caminaba por la 
playa hacia su cabaña sin ocurrírsele tomar una de las canoas de sus
vecinos. Ni una sola vez pasó esta idea por su cabeza, como no se le 
hubiera ocurrido destrozar una de ellas.
Los gallos alzaban sus voces y el alba no estaba lejana. Por las paredes de 
las chozas escapaba el humo de tempranos fuegos, y en el aire se notaba 
ya el aroma de las tortas. Ya se agitaban los pajarillos en los matorrales, la 
luna debilitaba su luminosidad y las nubes se apelmazaban hacia el sur. El 
viento era fresco y penetraba en el estuario, un viento inquieto y nervioso 
que olía a tormenta.
Kino estaba recobrando algo de su animación. Y no eran confusas sus ideas; 
sólo quedaba una cosa por hacer, y sus manos acariciaban primero la perla 
luego el cuchillo.




John Steinbeck, La perla, perso.wanadoo.es
Seleccionado por Maria Alegre Trujillo, segundo de bachillerato, curso 2015-2016

El color púrpura, Alice Walker. Obra completa.

El color púrpura, A. Walker. Obra completa.

lunes, 9 de noviembre de 2015

El fantasma de canterville

cuando el diplomático norteamericano Hiram B. otis compró la mansión de los canterville, todo el mundo le dijo que hacía una locura, porque no cabía la menor duda de que el lugar estaba encantado. Hasta el propio Lord canterville, hombre de honradez escrupulosa, se creyó en el deber de comentárselo cuando hablaron de las condiciones.
-Nosotros mismos dejamos de residir allí-dijo Lord canterville-desde que mi tía abuela, la duquesa viuda de Bolton, sufrió un ataque de nervios, del que nunca llegó a recuperarse, cuando las manos de un esqueleto se le apoyaron en los hombros mientras se vestía para la cena, y me siento obligado a advertirle, señor Otis, que al fantasma lo han visto varios miembros de la familia, lo mismo el párroco, el reverendo Augustus Dampier, miembro del King's College de cambridge. Tras el desafortunado accidente de la duquesa, la servidumbre más joven no quiso seguir con nosotros, y era frecuente que Lady Canterville no pudiera conciliar el sueño a causa de los ruidos misteriosos que venían del pasillo y de la biblioteca.
-Milord-contestó el diplomático-, por el mismo precio me quedo con el mobiliario y el fantasma. Vengo de un país moderno, donde hay de todo lo que el dinero puede comprar. Con una juventud bulliciosa como la nuestra, que se gasta el dinero a manos lleno en el Viejo continente y se lleva sus mejores actores y cantantes de ópera, estoy seguro de que, si en Europa existiera algo parecido a un fantasma, pronto lo exhibiríamos en alguno de nuestros museos o en algún espectáculo ambulante.
-Me temo que el fantasma existe-dijo Lord canterville, sonriendo-, aunque puede que se haya resistido a las ofertas de sus activos empresarios teatrales. Hace tres siglos que se sabe de él: para ser exactos, desde 1584, y siempre se presenta antes de que fallezca algún miembro de la familia.
-Bueno, lo mismo que el médico de cabecera, Lord canterville. Los fantasmas no existen, milord, e imagino que la aristocracia británica no es una excepción a las naturaleza.



Oscar wilde, el fantasma de canterville,España,vicens vives,1993,53. Seleccionado por Jennifer Garrido Gutiérrez, primero de bachillerato,2015

Publicado por el alumno I.E.S Pérez comendador

Cuentos de fantasmas, M.R. James

               La noche a que aludo,  Stephen Elliott creyó encontrarse ante el papel de cristal. La luna iluminaba  el cuarto de baño y él pudo ver una imagen en la bañera.
               Vio algo cuya descripción me recuerda lo que yo mismo tuve ocasión de observar en las famosas criptas de la iglesia de Saint Michan, en Dublín, que poseen la atroz característica de preservar los cadáveres de la descomposición durante siglos. Una figura increíblemente delgada y patética, de un color entre terroso y plomizo, envuelta en algo similar a una mortaja, en cuyo lívido rostro los labios se curvaban en una sonrisa débil y espantosa; convulsivamente, apretaba las manos sobre el corazón.
               De sus labios, mientras Stephen la miraba, pareció brotar un gemido distante y casi inaudible, y sus brazos comenzaron a agitarse. El terror hizo retroceder a Stephen, que despertó para comprobar que, en efecto, estaba de pie sobre el helado piso de madera del pasillo, bajo la luz de la luna. Con una audacia poco común en un niño de su edad, se acercó a la puerta del baño para comprobar si la figura de su sueño realmente estaba allí. Nada vio, y regresó luego a su cama.
               Su relato, a la mañana siguiente, impresionó tanto a Mrs. Bunch que volvió a colocar de inmediato la cortina de muselina sobre la puerta del baño. Mr. Abney, por su parte, demostró vivo interés desde cuando Stephen le confió sus experiencias durante el desayuno, e hizo anotaciones en lo que él llamaba ``su libro``.


         M. R. James, Cuentos de fantasmas, Madrid, Siruela, ed. 5, página 281.
         Seleccionado por Delia Bulau, Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.

El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad

     >>¡Pobre insensato! Si hubiera dejado en paz aquel postigo... No tenía ningún autocontrol, ninguno... igual que Kurtz... era como un árbol mecido por el viento. En cuanto me hube puesto un par de zapatillas secas, le llevé a rastras afuera, después de haberle arrancado la lanza del costado, operación que confieso que realicé con los ojos bien cerrados. Sus dos talones saltaron a la vez sobre el pequeño escalón de la puerta; sus hombros oprimían mi pecho; le abracé por detrás con desesperación. ¡Oh! Era pesado, muy pesado; más pesado que ningún otro hombre sobre la tierra, me atrevería a decir. Luego le tiré por la borda sin más. La corriente lo atrapó como si fuera una brizna de hierba, y vi al cuerpo dar dos vueltas antes de perderle de vista para siempre. El director y todos los peregrinos se congregaron entonces en la cubierta entoldada, alrededor de la garita del timonel, parloteando unos con otros como una bandada de urracas excitadas, y hubo un murmullo escandalizado ante mi despiadada diligencia. No puedo imaginar para qué querían conservar aquel cuerpo por ahí rodando. Para embalsamarlo, tal vez. Pero también había oído otro murmullo, y muy ominoso, en la cubierta de abajo. Mis amigos los leñadores estaban igualmente escandalizados, y con mayor razón, aunque admito que la razón era un si misma bastante inadmisible. ¡Oh, bastante! Yo había decidido que si mi difunto timonel había de ser devorado, sólo los peces lo harían. EN vida había sido un timonel de muy segunda clase, pero ahora que estaba muerto podría haberse convertido en una tentación de primera clase, y causar posiblemente algún problema serio. Además, yo estaba ansioso por tomar el timón, ya que el hombre del pijama rosa había demostrado ser una nulidad sin esperanza en la materia.
     >> Eso es lo que hice en cuanto terminó el sencillo funeral. Íbamos a media máquina, manteniéndonos justo en el centro de la corriente, y yo escuchaba lo que se hablaba a mi alrededor. Daban por perdido a Kurtz, daban por perdida la estación; Kurtz estaba muerto y la estación había sido incendiada, y así sucesivamente. El peregrino pelirrojo estaba fuera de sí, con la idea de que al menos ese pobre Kurtz había sido debidamente vengado. "¿Qué opináis? Debemos haber hecho una buena matanza en la maleza. ¿Eh? ¿Qué pensáis? ¿Verdad que sí?" Hasta bailaba el pequeño y sanguinario mendigo pelirrojo. ¡Y casi se desmayó cuando vio al herido! No pude evitar decir: "Han producido ustedes una fantástica humareda en todo caso." Yo había visto, por el modo en que las copas de los arbustos crujían y se agitaban, que casi todos los disparos habían sido demasiado altos. No se puede hacer blanco en nada a menos que se apunte y se dispare con el arma apoyada en el hombro; pero aquellos individuos disparaban con el arma apoyada en la cadera y los ojos cerrados. La retirada, mantenía yo (y tenía razón) la había causado el pitido del silbato. Con esto se olvidaron de Kurtz y empezaron a vociferar protestas de indignación.

     Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, Madrid, Ediciones Cátedra, Colección Letras Universales, 2005, pág. 209-210.
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez. Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.

Madame Bovary, Gustave Flaubert

      Poco después de casados, la novela cuenta las reacciones y los pensamientos del matrimonio Bovary.
     Carlos era dichoso [...]. Hasta entonces, ¿qué había habido de bueno en su existencia? ¿Acaso el tiempo del colegio, donde permanecía encerrado entre cuatro paredes, solo, en medio de sus camaradas, más ricos o más fuertes que él, a quienes hacía reír con su tosco acento, que se burlaban de su traje, cuyas madres, cuando iban a verlos, les llevaban dulces y pasteles en el manguito? ¿Acaso más tarde, cuando estudiaba  medicina, y no tenía nunca la bolsa bastante llena para pagar la contradanza a cualquier obrerilla que hubiera podido convertir en su querida? Después había vivido durante catorce meses con la viuda, cuyos pies en la cama estaban fríos como el hielo. ¡Pero ahora!... Ahora poseía para siempre aquella preciosa mujer a quien adoraba; el universo para él estaba concentrado en el límite de su falda; se reprochaba no amarla bastante y tenía ganas de volverla a ver. Regresaba acelerado y subía la escalera golpeándose el corazón. Emma estaba peinándose, en su cuarto; él llegaba sin hacer ruido, la besaba en la espalda, y ella lanzaba un grito. No podía dejar de tocar constantemente su peine, sus sortijas, sus pañuelos; algunas veces le daba en las mejillas a boca llena grandes besos; otras eran besitos delicados a toda la longitud de su brazo desnudo, desde la punta de los dedos hasta el hombro. Ella lo rechazaba, sonriente y aburrida, como se hace con un niño que se cuelga al cuello y no acaba de dar besos. Antes de casarse había creído sentir amor; pero no, no habiéndole acudido la dicha que debía resultar de este amor, creyó haberse engañado, y pretendía saber qué se entendía en la vida por las palabras felicidad, pasión, embriaguez,que tan bonitas le habían parecido en los libros. [...]
       Cuando cumplió trece años, su padre la llevó a la ciudad para meterla en un convento. [...] Había en el convento una vieja solterona que acudía ocho días al mes a coser la ropa blanca. [...] Se había convertido en confidente de todas ellas y prestaba ocultamente a las mayores algunas novelas que siempre tenía en los bolsillos de su delantal [...]; no había en ellas más que amor, amadas, amadores, damas perseguidas que se desvanecen en pabellones solitarios, postillones a quienes se asesinaba en cada descanso, caballos que se reventaban en todas las páginas, bosques, sombríos, tormentas del corazón, juramentos, sollozos, lágrimas, besos, paseos, por el lago a la luz de la luna, ruiseñores en los bosques, caballeros bravos como leones, dulces como corderos, virtuosos como no lo es nadie, siempre elegantes y siempre llorando como sauces.Emma, que tenía  quince años, [...] hubiera deseado vivir en alguna vieja fortaleza como aquellas castellanas de largo talle que, bajo el trébol de las ojivas, pasaban sus días con el codo apoyado sobre la piedra y la barbilla sobre la mano mirando si veían venir desde el fondo del campo un caballero con plumas blancas galopando sobre un caballo negro.


Gustave Flaubert, Madame Bovary, Madrid, Anaya, Página 120.
Selecionado por Coral García Domínguez, Primero de Bachillerato, Curso 2015/2016

viernes, 6 de noviembre de 2015

Desayuno en Tiffany's, Truman Capote


Capítulo 1.


Siempre me siento atraído por los lugares en donde he vivido, por las casas y los barrios. Por ejemplo, hay un edificio de roja piedra arenisca en la zona de las Setenta Este donde, durante los primeros años de la guerra, tuve mi primer apartamento neoyorquino. Era una sola habitación atestada de muebles de trastero, un sofá y unas obesas butacas tapizadas de ese especial y rasposo terciopelo rojo que solemos asociar a los trenes en día caluroso. Tenía las paredes estucadas, de un color tirando a esputo de tabaco mascado. Por todas partes, incluso en el baño, había grabados de ruinas romanas que el tiempo había salpicado de pardas manchas. La única ventana daba a la escalera de incendios. A pesar de estos inconvenientes, me embargaba una tremenda alegría cada vez que notaba en el bolsillo la llave de este apartamento; por muy sombrío que fuese, era, de todos modos, mi casa, mía y de nadie más, y la primera, y tenía allí mis libros, y botes llenos de lápices por afilar, todo cuanto necesitaba, o eso me parecía, para convertirme en el escritor que quería ser. Jamás se me ocurrió, en aquellos tiempos, escribir sobre Holly Golightly, y probablemente tampoco se me hubiese ocurrido ahora de no haber sido por la conversación que tuve con Joe Bell, que reavivó de nuevo todos los recuerdos que guardaba de ella.


Truman Capote, Desayuno en Tiffany´s, Editorial Anagrama S.A. 1990
Seleccionado por Paola Moreno Díaz, Segundo de Bachillerato, curso 2015-2016




Fiesta, Hemingway_Ernest

En fin, bajamos al bar y tomamos un whisky con soda. Cohn miraba las botellas colocadas en sus nichos por tosas las paredes.
-Es un buen sitio -dijo.
-Hay una buena cantidad de alcohol -admití.
-Oye Jake -dijo inclinándose hacia delante para apoyarse en la barra-, ¿no has tenido nunca la impresión de que tu vida se te escurre sin que tú le saques el jugo? ¿Te das cuenta de que has vivido ya casi la mitad de lo que durará tu vida?
-Sí, de vez en cuando.
-¿Sabes que dentro de treinta y cinco años habremos muerto?
-Pero, ¿qué sandeces estás estás diciendo, Robert? -exclamé.
-Hablo en serio.
-Es algo que no me preocupa.
-Pues tendría que preocuparte.

Ernest Hemingway, Fiesta, http://www.latertuliadelagranja.com/sites/default/files/Hemingway,%20Ernest%20-%20Fiesta_0.pdf.
Seleccionado por Lidia Rodríguez Suárez. Segundo de bachillerato, curso 2015-2016.

A sangre fría, Truman Capote





   
 —Mis ojos ya no ven muy bien y me pregunto si no me habrían jugado una mala
pasada —recordaba después— Pero no. Tenía la seguridad de que no. Tenía la
seguridad de que no se trataba de un fantasma. Porque yo no creo en fantasmas.
Entonces, ¿quién podía ser? Husmeando por allá dentro, donde nadie está
autorizado a entrar más que la policía... ¿Y cómo había conseguido entrar? Con
todo cerrado a cal y canto como si la radio hubiese anunciado tornado. Eso es lo
que me intrigaba. Pero no tenía ganas de descubrirlo, por lo menos no por mi
cuenta. Interrumpí lo que estaba haciendo y me fui campo atraviesa hasta
Holcomb. En cuanto llegué, telefoneé al sheriff Robinson. Le dije que alguien
andaba dando vueltas por la casa de los Clutter. Bueno, llegaron en un santiamén.
Policía del estado. El sheriff y los suyos. Los del KBI. Al Dewey. Y justo cuando
estaban rodeando la casa, como preparándose para la acción, se abrió la puerta
principal.
       Por ella salió una persona que ninguno de los presentes había visto jamás, un
hombre de unos treinta y cinco años, de ojos apagados, pelo alborotado, que
llevaba una pistolera con una pistola de calibre 38.
        —Supongo que todos los que allí estábamos tuvimos la misma idea: éste era él, el
que había llegado y quien los había matado —continuó el señor Helm—. No hizo
movimiento alguno. Se quedó quieto. Parpadeando. Le quitaron el arma y
empezaron a hacerle preguntas.
El hombre se llamaba Adrian, Jonathan Daniel Adrian. Iba de camino hacia Nuevo
México y en el presente no tenía dirección alguna. ¿Con qué intenciones se había
introducido en casa de los Clutter y, además, cómo lo había hecho? Les explicó
cómo. (Había levantado la tapa de un pozo y se había deslizado por la tubería que
daba al sótano.) En cuanto al porqué, había leído lo ocurrido allí y sintió curiosidad
por ver qué aspecto tenía aquello.
          —Y entonces —según recordaba el señor Helm el episodio— alguien le preguntó si
viajaba haciendo auto-stop. «¿Hacer auto-stop hasta Nuevo México? No», contestó.
Tenía coche. Y estaba aparcado en la avenida, un poco más allá. Así que todos
fueron para ver el coche. Cuando encontraron lo que llevaba en él, uno de los
hombres, quizás Al Dewey, le dijo, a ese Jonathan Daniel Adrian: «Muy bien, señor,
parece que tenemos algunas cosas de que hablar.» Porque dentro del coche lo que
encontraron era un fusil calibre 12. Y un cuchillo de caza.
Una habitación de hotel en la Ciudad de México. En la habitación, una horrible
cómoda moderna con un espejo de color lavanda que tenía insertado en una
esquina un aviso impreso de la Dirección:
                         Su día termina a las 2 de la tarde
          En otras palabras, los huéspedes tenían que desalojar la habitación a la hora fijada
o pagar un día más de alojamiento, lujo que los actuales ocupantes no estaban
dispuestos a considerar. Les hubiese gustado saber más bien cómo conseguir la
suma que ya debían. Pues todo había sucedido como Perry había pronosticado:
Dick había vendido el coche y, al cabo de tres días, el dinero (algo menos de
doscientos dólares) se había esfumado. Al cuarto día, Dick partió en busca de un
trabajo honrado y esa noche le anunció a Perry:
         —¡Maldita sea! ¿Sabes cuál es la paga? ¿Qué salario dan? ¿A un mecánico
especialista? Dos dólares al día. ¡México! Ya tengo bastante, rico. Hay que largarse
de aquí. Volver a los Estados Unidos. No, esta vez no voy a escuchar nada. Ni
brillantes, ni tesoros enterrados. Anda, despierta, enano. Los cofres de oro no
existen. Ni los barcos hundidos. Y aún si los hubiera... demonios, ni siquiera sabes
nadar.



Truman Capote, A sangre fría diskokosmiko.mx
Seleccionado por  María Alegre Trujillo, Segundo de bachillerato, curso 2015-2016.

A sangre fría, Truman Capote

A sangre fría, Truman Capote. Obra completa

Desayuno en Tiffany`s, Truman Capote. Obra completa

Desayuno en Tiffany`s, Truman Capote. Obra completa

El ruido y la furia, William Faulkner


La metí a rastras en el comedor. Se le desabrochó el quimono que flotaba a su alrededor, dejándola casi desnuda, la muy... Dilsey nos siguió
renqueando. Me volví y le cerré la puerta en las narices de
una patada.
«Fuera de aquí», digo.
Quentin estaba apoyada en la mesa ciñéndose el
quimono. La miré.
«Ahora», digo, «quiero saber qué pretendes, escapándote de la escuela y contándole mentiras a tu abuela y
falsificando su firma en las notas y matándola a disgustos.
¿Qué pretendes con todo eso?».
Ella no dijo nada. Estaba cerrándose el quimono
alrededor del cuello ajustándoselo, mirándome. Todavía
no había tenido tiempo de pintarse y tenía aspecto de haberse frotado la cara con una bayeta. Me acerqué y la cogí de la muñeca.
 «¿Qué pretendes?», digo.
«No es asunto tuyo», dice. «Suéltame.»
Dilsey apareció en la puerta.
 «Eh, Jason», dice.
«Sal ahora mismo de aquí como te he dicho», digo, sin volverme. «Quiero saber adónde vas cuando haces
novillos», digo. «¿O es que ni pisas la calle? Porque yo te
vería. ¿Con quién te escapas? ¿Es que te vas al bosque con
alguno de esos asquerosos niñatos? ¿Es eso?»
«¡Eres un... eres un...!» dice. Intentó soltarse pero la sujeté. «Eres un pedazo de...», dice.
«Yo te enseñaré», digo. «Quizás puedas asustar a una vieja, pero ya te enseñaré yo quién manda aquí ahora.» La sujeté con una mano, entonces dejó de forcejear y
me observó con los ojos negros abiertos de par en par.
«¿Qué vas a hacer?», dice.
«Espera a que me quite el cinto y lo verás», digo
quitándome el cinturón. Entonces Dilsey me cogió del
brazo.
«¡Jason!», dice. «Jason, ¿es que no le da vergüenza?»
«Dilsey», dice Quentin, «Dilsey».
«No se lo permitiré», dice Dilsey, «no te preocupes, preciosa». Me tenía cogido del brazo. Entonces saqué
el cinturón y me solté y la eché a un lado. Chocó contra la
mesa. Era tan vieja que apenas podía moverse. Pero no
importa: necesitamos que alguien en la cocina se coma lo
que los jóvenes desprecian. Se interpuso torpemente entre
nosotros, intentando volver a sujetarme. «Pues pégueme a
mí», dice, «si lo único que quiere es pegar a alguien, pé-
gueme a mí», dice.
«¿Crees que no sería capaz de hacerlo?», digo.
«No hay nadie peor que usted», dice. Entonces oí
a Madre en la escalera. Debería haberme imaginado que
no estaba dispuesta a mantenerse al margen. La solté.

W.Faulkner, El ruido y la furiahttp://www.serlib.com, pdf.pág 188-189
Seleccionado por Daniel Carrsasco Carril, Segundo de bachillerato, Curso 2015-2016

Lolita, V. Nabokov

Lolita, Vladimir Nabokov. Obra completa.