lunes, 16 de mayo de 2016

Las aventuras de Tom Sawyer, Mark Twain

       Al empezar la tarde, grupos de hombres derrengados fueron llegando al pueblo; pero los más vigorosos de entre los vecinos continuaron la busca. Todo lo que se llegó a saber fue que se estaban registrando profundidades tan remotas de la cueva que jamás habían sido exploradas; que no había recoveco ni hendidura que no fuera minuciosamente examinada; que por cualquier lado que se fuese por entre el laberinto de galerías se veían luces que se movían de aquí para allá, y los gritos y las detonaciones de pistola repercutían en los ecos de los oscuros subterráneos. En un sitio muy lejos de donde iban ordinariamente los turistas habían sido encontrados los nombres de Tom Becky trazados como humo sobre la roca, y, a poca distancia, un trozo de cinta manchado de sebo. La señora de Thatcher lo había reconocido deshecha en lágrimas, y dijo que aquello sería el más preciado de todos, porque sería el último que habría dejado en el mundo antes de su horrible fin. Contaban que, de cuando en cuando, se veía oscilar en la cueva un débil destello de luz en la lejanía, y un tropel de hombres se lanzaba corriendo hacia allá con gritos de alegría, y se encontraban con el amargo desengaño de que no estaban allí los niños, no era sino la luz de algunos de los exploradores.

       Tres días y tres noches pasaron lentos, abrumadores, y el pueblo fue cayendo en un sopor sin esperanza. Nadie tenía ánimos para nada. El descubrimiento casual de que el propietario de la Posada de Templanza escondía licores en el establecimiento casi no interesó a la gente, a pesar de la tremenda importancia y magnitud del acontecimiento. En un momento de lucidez, Huck, con débil voz, llevó la conversación a recaer sobre las posadas, y acabó por preguntar, temiendo vagamente lo peor, si se había descubierto algo, desde que él estaba malo, en la Posada de Templanza.


       Mark Twain, Las aventuras de Tom Sawyer, Madrid, Unidad Editorial, Milenium, 1999, pág.162-163
       Seleccionado por  Coral García Domínguez, Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.


lunes, 9 de mayo de 2016

Las flores del mal, Charles Baudelaire

XCVII

DANZA MACABRA

     Como un vivo orgullosa de su noble estatura,
con su gran ramillete, su pañuelo y sus guantes,
desenvuelta, indolente, tiene todo el aspecto
de una flaca coqueta que presume de excéntrica.

     ¿Es que ha habido en el baile tan esbelta cintura?
Su vestido excesivo, de amplitud soberana,
se derrama abundante sobre pies descarnados
con zapatos de gala, bellos como una flor.

     Los encajes se frunces ocultando clavículas
como arroyo lascivo que se arrima al roquedo,
y así, púdicos, velan de ridículas chanzas
los encantos ya fúnebres que prefiere ocultar.

     Son sus ojos hundidos de vacío y tinieblas,
y su cráneo, adornado con las más bellas flores,
blandamente se mece sobre frágiles vértebras,
¡oh, atracción de la nada con adornos grotescos!

     Siempre habrá quien te llame adefesio, los ebrios
de gozar toda carne, y que nunca comprenden
la elegancia sin nombre del humano armazón.
¡Oh, esqueleto, me agradas más que nada en el mundo?

    ¿Has venido a turbar con tu mueca espantosa
nuestra fiesta de Vida? ¿O algún viejo deseo
puede aún espolear tu viviente osamenta,
para hacerte acudir a un placer de aquelarre?

     Entre el son de violines y entre llamas de velas,
¿crees poder olvidar pesadillas burlonas?
¿O confías pedir a un torrente de orgías
que refresque el infierno que arde en tu corazón?

     Eres pozo insondable de pecados y errores,
del antiguo dolor alambique sin fin.
Veo aún la serpiente insaciable que vaga
por la reja que forman tus curvadas costillas.

     Aunque temo, coqueta, para serte sincero,
que no obtengas el fruto de tan grandes esfuerzos.
¿Hay acaso un mortal que aún entienda la burla?
El horror sólo atrae y arrebata a los fuertes.

     Son tus ojos abismos que contienen horrores
y que exhalan el vértigo, y si es cauto el que baila
no querrá contemplar sin amargas arcadas
la sonrisa perenne de tus treinta y dos dientes.

     Pero, ¿quién no abrazó algún día a esqueletos,
quién jamás no probó sepulcrales manjares?
¿Y qué importa el perfume, el tocado o la ropa?
Sólo por presumir alguien hace remilgos.

     Bayadera muy roma, oh ramera triunfal,
grita a quienes desdeñan el bailar en tus brazos:
«Currutacos altivos, aunque uséis tanto afeite,
oléis todos a muerte. Esqueletos fragantes,

     Antinoos marchitos, palidísimos dandys,
oh pulidos cadáveres, lovelaces canosos,
el vaivén general de la danza macabra
os arrastra a lugares ignorados por todos.

     Desde el frígido Sena hasta el Ganges ardiente,
el rebaño mortal va brincando, sin ver
en un hueco del techo la trompeta del Ángel
que amenaza siniestra como un negro trabuco.

     Bajo todos los cielos te contempla la Muerte
hacer mil contorsiones, hombre siempre risible,
y a menudo, imitándote, se perfume la mirra,
y así mezcla su burla con tu propia locura.»

       Charles Baudelaire, Las flores del mal, Barcelona, Planeta, Clásicos Universales Planeta, 1984, pág. 137-139.
        Seleccionado por Paula Ginarte Pérez, Primero de Bachillerato, curso 2015-2016.

El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde

                                                                      Capítulo 1

       El intenso perfume de las rosas embalsaba el estudio y, cuando la ligera brisa agitaba los árboles del jardín, entraba, por la puerta abierta, un intenso olor a lilas o el aroma más delicado de las flores rosadas de los espinos .
       Lord Henry Wotton, que había consumido ya, según su costumbre, innumerables cigarrillos, vislumbraba, desde el extremo del sofá donde estaba tumbado-tapizado al estilo de las alfombras persas el resplandor de las floraciones de un codeso, de dulzura y color miel, cuyas ramas estremecidas apenas parecían capaces de soportar peso de una belleza tan deslumbrante como la suya; y, de cuando en cuando, las sombras fantásticas de pájaros en vuelo de deslizaban sobre largas cortinas de seda india colgadas delante de las inmensas ventanas, produciendo algo así como un efecto japonés, lo que le hacía pensar en los pintores de Tokyo, de rostros tan pálidos como el jade, que, por medio de un arte necesariamente inmóvil, tratan de transmitir la sensación de velocidad y de movimiento. El zumbido obstinado de las abejas, abriéndose camino entre el alto césped sin segar, o dando vueltas con monótona insistencia en torno a los polvorientos cuernos dorados de las desordenadas madreselvas, parecían hacer más opresiva la quietud, mientras los ruidos confusos de Londres eran como las notas graves de un órgano lejano.
       En el centro de la pieza, sobre un caballete recto, descansaba el retrato de cuerpo entero de un joven de extraordinaria belleza; y, delante, a cierta distancia, estaba sentado el artista en persona, el Basil Hallward cuya repentina desaparición, hace algunos años, tanto conmoviera a la sociedad y diera origen a tan extrañas suposiciones.
       Al contemplar la figura apuesta y elegante que con tanta habilidad había reflejado gracias a su arte, una sonrisa de satisfacción, que quizá hubiera podido prolongarse, iluminó su rostro.
       Pero el artista se incorporó bruscamente y, cerrando los ojos, se cubrió los párpados con los dedos, como si tratara de aprisionar en su cerebro algún extraño sueño del que temiese despertar.


        Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray, Madrid, Millenium, 1999, pág 256.
        Seleccionado por Jennifer Garrido Gutiérrez primero de bachillerato, curso 2015-2016


Los crímenes de la calle Morgue, Edgar Allan Poe

       Las características de la inteligencia que suelen calificarse de analíticas son en sí mismas poco susceptibles de análisis. Sólo las apreciamos a través de sus resultados. Entre otras sabemos que, para aquel que las posee en alto grado, son fuente del más vivo goce. Así como el hombre robusto se complace en su destreza física y se deleita con aquellos ejercicios que reclaman la acción de sus músculos, así el analista halla su placer en esa actividad del espíritu consistente en desenredar. Goza incluso con las ocupaciones más triviales, siempre que pongan en juego su talento. Le encantan los enigmas, los acertijos, los jeroglíficos, y al solucionarlos muestra un grado de perspicacia que, para la mente ordinaria, parece sobrenatural. Sus resultados, frutos del método en su forma más esencial y profunda, tienen todo el aire de una intuición. La facultad de resolución se ve posiblemente muy vigorizada por el estudio de las matemáticas, y en especial por su rama más alta, que, injustamente y tan sólo a causa de sus operaciones retrógradas, se denomina análisis, como se si tratara del análisis par excellence. Calcular, sin embargo, no es en sí mismo analizar. Un jugador de ajedrez, por ejemplo, efectúa lo primero sin esforzarse en lo segundo. De ahí se sigue que el ajedrez, por lo que concierne a sus efectos sobre la naturaleza de la inteligencia, es apreciado erróneamente. No he de escribir aquí un tratado, sino que me limito a prolongar un relato un tanto singular, con algunas observaciones pasajeras; aprovecharé por eso la oportunidad para afirmar que el máximo grado de la reflexión se ve puesto a prueba por el modesto juego de damas de forma más intensa y beneficiosa que por toda la estudiada frivolidad del ajedrez. En este último, donde las piezas tienen movimientos diferentes y singulares, con varios y variables valores, lo que sólo resulta complejo es equivocadamente confundido (error nada inusual) con lo profundo. Aquí se trata, sobre todo, de la atención. Si ésta cede un solo instante, se comete un descuido que da por resultado una pérdida o la derrota. Como los movimientos posibles no sólo son múltiples, sino intrincados, las posibilidades de descuido se multiplican y, en nueve casos de diez, triunfa el jugador más concentrado y no el más penetrante. En las damas, por el contrario, donde hay un solo movimiento y las variaciones son mínimas, las probabilidades de inadvertencia disminuyen, lo cual deja un tanto de lado a la atención, y las ventajas obtenidas por cada uno de los adversarios provienen de una perspicacia superior.
       Para hablar menos abstractamente, supongamos una partida de damas en la que las piezas se reducen a cuatro y donde, como es natural, no cabe esperar el menor descuido. Resulta obvio que (si los jugadores tienen fuerza pareja) sólo puede decidir la victoria algún movimiento sutil, resultado de un penetrante esfuerzo intelectual. Desprovisto de los recursos ordinarios, el analista penetra en el espíritu de su oponente, se identifica con él y con frecuencia alcanza a ver de una sola ojeada el único método (a veces absurdamente sencillo) por el cual puede provocar un error o precipitar a un falso cálculo.

Edgar Allan Poe,El escarabajo de oro y otros cuentos, Barcelona, Vicens Vives, Aula de Literatura, 2011, pág. 53-55.
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez, Primero de Bachillerato, curso 2015-2016.

lunes, 25 de abril de 2016

La línea de sombra, Conrad Joseph

                                                         La línea de sombra
                                           
                                                                       I
   
      Sólo los jóvenes conocen momentos semejantes. No quiero decir los muy jóvenes, no. Los muy jóvenes, a decir verdad, carecen de momentos. Vivir los días por anticipado, en esa magnífica continuidad de esperanza que ignora toda pausa y toda introspección, es el privilegio de la primera juventud.
      Cierra uno tras de sí la puertecilla de su infancia y penetra en un jardín encantado, cuyas mismas sombras guardan un resplandor de promesas. Cada recodo del sendero ofrece su seducción. Y no porque se trate de un país sin descubrir, pues de sobra sabe uno que toda la humanidad ha seguido ese camino. Es el encanto de una experiencia universal, de la que esperamos obtener una sensación extraordinaria y personal, la revelación de un fragmento de nuestro propio yo.
       Emocionados y expectantes, caminamos reconociendo los límites marcados por nuestros predecesores, y aceptando tal como se presentan la buena suerte y la mala - estando a las duras y a las maduras, como reza el dicho-, el pintoresco destino común que tantas posibilidades guardan para quien las merece o tiene la fortuna de su parte. Sí; uno camina y el tiempo también camina,  hasta que uno advierte ante sí una línea de sombra, señal de que también habrá que dejar atrás la región de la temprana juventud.
        Es el período de la vida en el que suelen producirse esos momentos de que hablaba. ¿Cuáles? ¡Cuáles van a ser! Son momentos de hastío, de cansancio, de descontento; momentos de inconsciencia. Es decir, esos momentos en que los todavía jóvenes tienden a comer actos irresponsables, como un matrimonio repentino o el abandono injustificado de un empleo.
         Esta no es una historia conyugal. No, no fue tan terrible como eso. Mi acto, por atolondrado que fuese, tuvo más bien en el carácter de un divorcio, casi de una deserción. Sin motivo alguno que pudiera justificarme, arrojé mi empleo por  la borda, abandoné el barco en que servía, barco del que lo peor que podía decirse es que era de vapor y quizá, por lo tanto, sin derecho a esa fidelidad ciega que... Pero de nada sirve disculpar un acto que incluso en aquel momento me pareció un simple capricho.
          Sucedió en un puerto de Oriente. Era un barco oriental, puesto que estaba inscrito en aquel puerto. Traficaba entre islas sombrías, por un mar azul sembrado de arrecifes, con el rojo pabellón ondeando a popa y, en palo mayor, la enseña de nuestra compañía naviera, roja también, pero con un ribete verde y una media luna blanca.

       Conrad Joseph, La línea de sombra, Madrid, Anaya, 1989, 219
       Seleccionado por Jennifer Garrido Gutiérrez, primero de bachillerato, 2016/2017.



Las flores del mal, Charles Baudelaire

LVIII

CANCIÓN DE SIESTA

     Aunque tus cejas malignas
te den un aspecto raro
que no es propio de un ángel,
bruja de ojos tentadores,

     frívola mía, te adoro,
oh mi terrible pasión,
con la devoción que siente
un sacerdote por su ídolo.

     Los desiertos y los bosques
aroman tus trenzas ásperas,
y hay en tu rostro expresiones
del enigma y del secreto.

     Ronda el perfume tu carne
como en torno a un incensario,
y hechizas como el crepúsculo,
ninfa tenebrosa y cálida.

     ¡Ah, los filtros más intensos
no son como tu pereza,
y dominas la caricia
que resucita a los muertos.

     Hay amor en tus caderas
por tu espalda y por tus pechos,
y cautivas los cojines
con tus lánguidas posturas.

     A veces para calmar
tu misterioso furor,
prodigas, siempre muy seria,
la mordedura y el beso;

     me desgarras, oh morena,
con una risa burlona,
y ojos suaves como lunas
posas sobre el corazón.

     Bajo el zapato de raso,
bajo tus pies hechos seda,
pongo toda mi alegría,
lo que es mi genio y destino,

     el alma mía curada
por ti, oh luz y color.
¡Oh caluroso estallido
en mi Siberia negrísima!


     Charles Baudelaire, Las flores del malBarcelona, Editorial Planeta, Clásicos Universales Planeta, 1987, pág. 83-84.
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez ,Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.

Casa de muñecas, Henrik Ibsen

HELMER.-Eres una criatura singular. Lo mismito que tu padre. Te ingenias a maravilla para proporcionarte dinero; pero, apenas lo consigues, se te escurre entre los dedos y no averiguas jamás en qué lo has invertido. En fin, hay que tomarte conforme eres. Lo llevas en la sangre. Sí, Nora, esos rasgos son hereditarios, indudablemente.
NORA.-¡Bien quisiera yo haber heredado algunas cualidades de papá!
HELMER.-Y yo te quiero tal cual eres, alondra mía adorada. Pero escucha: hoy tienes un aire distinto, un aire desconcertante...
NORA.-¿Yo?
HELMER.-Sí, tú. Mírame con fijeza a los ojos (NORA  le mira.) ¿No habrá hecho la golosilla alguna escapatoria en la ciudad?
NORA.-No. ¿Por qué me lo preguntas?
HELMER.-¿De veras no habrá metido la golosilla su nariz en la confitería?
NORA.-No, Torvaldo; te lo aseguro.
HELMER.-¿Ni siquiera habrá husmeado algún dulce?
NORA.-Ni por asomo.
HELMER.-¿Ni ronchado una o dos almendras?
NORA.-Y tanto que no; te lo confirmo.
HELMER.-Bueno, bueno; estaba de broma.
NORA (Acercándose a la mesita de la derecha).-No me asaltaría la menor intención de hacer algo que te disgustara. Puedes estar bien seguro de ello.
HELMER.-De sobra me consta. ¿No me has dado tu palabra? (Se acerca a NORA.) ¡Ea!, reśervate para ti tus secretitos de Navidad, que ya los descubriremos esta noche cuando se encienda el árbol.
NORA.-¿Te has acordado de invitar al doctor Rank a cenar?
HELMER.-No, ni es necesario, puesto que está al corriente. Por lo demás, le invitaré dentro de un rato, cuando venga. He encargado un buen vino. No puedes imaginarte, Nora, con qué ilusión aguardo a que llegue la noche.
NORA.-Yo también. ¡Y cuánta alegría van a sentir los niños, Torvaldo!
HELMER.- Reconforta pensar que ha logrado una gozar de una situación estable, garantizada, para vivir con holgura. ¡Cómo tranquiliza pensarlo!
NORA.-Por supuesto, es maravilloso, igual que un sueño.
HELMER.-¿Recuerdas la Navidad pasada? Desde tres semanas antes te encerrabas hasta la medianoche larga, a fin de confeccionar flores para el árbol de Navidad y darnos numerosas sorpresas. ¡Uf!, ha sido la época más aburrida desde que tengo memoria.
NORA.-Pues yo no me aburría en modo alguno.
HELMER.-Y bastante deplorable fue el resultado, Nora.

Henrik Ibsen, Casa de muñecas, Madrid, Unidad Editorial, Colección Millenium, 1999, pág. 16-17.
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez ,Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.

lunes, 18 de abril de 2016

Otra vuelta de tuerca, Henry James

                                                                             1
     Recuerdo que en los siguientes días mi espíritu se vio embargado por una sucesión de altibajos. Después de aceptar su oferta, recuerdo que pasé dos días en Londres con una gran intranquilidad. Todas mis dudas resurgían de nuevo y estaba casi convencida de haber cometido una gran equivocación. En este estado de ánimo subí a la diligencia que habría de conducirme, después de varias horas de un viaje traqueteante, hasta una posada en el camino, donde alguien me esperaba. Efectivamente, un elegante simón se hallaba estacionado en la puerta del albergue. Y una vez acomodada en él, partimos por sendas campestres que, con su estival fragancia, hicieron que mi espíritu reviviera. La llegada a la villa fue mucho más grata de lo que yo había esperado. Recuerdo aún la agradable impresión que produjo en mí su amplia fachada, sus ventanas abiertas, las cortinas estremecidas al viento y las dos criadas que entre ellas se asomaban. Recuerdo el césped y las alegres flores que lo cubrían y el crujido de las ruedas al detenerse sobre la gravilla y las altas copas de los árboles sobre las que trazaban círculos y graznaban las cornejas. Todo ello tenía un aire muy diferente al del humilde hogar en el que me había criado, y en aquel momento apareció en la puerta una persona distinguida que llevaba de la mano a una niña y que me hizo una reverencia como si yo fuera una ilustre visitante. Realmente, la idea que yo me había hecho de aquel lugar era mucho más sórdida. A la vista de tan elegante mansión, aumentó aún más la estima en la que ya tenía a su propietario.
      Las primeras horas que pasé en aquella casa no pudieron ser más felices. En seguida caí bajo el embrujo de aquella pequeña criatura que acompañaba a la señora Grose y que habría de ser mi nueva alumna. Era la niña más adorable que yo jamás había conocido y recuerdo que me pregunté a mí misma por qué el caballero no me había hablado de ella con más entusiasmo. Recuerdo también que aquella noche dormí muy poco-estaba demasiado nerviosa después de tan calurosa acogida-. Todo me sorprendía: la inmensa habitación que me habían concedido, una de las mejores de la casa, el gran lecho que casi resultaba fastuoso con sus cortinajes bordados, los grandes espejos en los que podía contemplarme, por primera vez en mi vida, de cuerpo entero, y tantas otras cosas, que  apenas podía dar crédito a mis ojos.


   Henry James, Otra vuelta de tuerca, Madrid, Anaya, 1999, 190
   Seleccionado por Jennifer Garrido Gutiérrez, primero de bachillerato, 2016/2017

Las aventuras de Tom Sawyer, Mark Twain

Capítulo II

     Llegó la mañana del sábado y el mundo estival apareció luminoso, fresco y rebosante de vida. En cada corazón resonaba un canto, y si el corazón era joven, la música subía hasta los labios. Todas las caras parecían alegres, y los cuerpos, anhelosos de movimiento. Las acacias estaban en flor y su fragancia sturaba el aire.
     El monte Cardiff, al otro lado del pueblo, y alzándose por encima de él, estaba todo cubierto de verde vegetación y lo bastante alejado para parecer como una deliciosa tierra prometida que invitaba al reposo y al ensueño.
     Tom apareció en la calle con un cubo de lechada y una brocha atada en la punta de una pértiga. Echó una mirada a la cerca y la naturaleza perdió toda su alegría, y una aplanadora tristeza descendió sobre su espíritu. ¡Treinta varas de valla de nueve pies de altura! Le pareció que la vida era vana y sin objeto y la existencia una pesadumbre. Lanzando un suspiro, mojó la brocha y la pasó a lo largo del tablón más alto; repitió la operación; la volvió a repetir; comparó la insignificante franja enjalbegada con el vasto continente de cerca sin encalar, y se sentó sobre el boj, descorazonado. Jim salió a la puerta haciendo cabriolas, con un balde de cinc y cantando «Las muchachas de Buffalo». Acarrear agua desde la fuente del pueblo había sido siempre a los ojos de Tom cosa aborrecible; pero entonces no le pareció así. Se acordó de que allí no faltaba compañía. Allí había siempre rapaces de ambos sexos, blancos, mulatos y negros, esperando vez, y entretanto halgazaneaban, hacían cambios, reñían, se pegaban y bromeaban. Y se acordó de que, aunque la fuente sólo distaba ciento cincuenta varas, jamás estaba de vuelta Jim con un balde de agua en menos de una hora, y aun entonces era porque alguno había tenido que ir en su busca. Tom le dijo:
     - Oye, Jim: yo iré a traer el agua si tú encalas un pedazo.
     Jim sacudió la cabeza y contestó:
     - No puedo, amo Tom. El ama vieja me ha dicho que tengo que traer el agua y no entretenerme con nadie. Ha dicho que se figuraba que el amo Tom me pediría que encalase, y que lo que tenía yo que hacer era andar listo y no ocuparme más que de lo mío...
     - No te importe lo que haya dicho, Jim. Siempre dice lo mismo. Déjame el balde y no tardo ni un minuto. Ya verás cómo no se entera.
     - No me atrevo, amo Tom. El ama me va a cortar el pescuezo. ¡De veras que sí!
     - ¿Ella?... Nunca pega a nadie. Da capirotazos con el dedal, y eso ¿a quién le importa? Amenaza mucho, pero aunque hable no hace daño, a menos que se ponga a llorar. Jim, te daré una canica. Te daré una de las blancas.
     Jim empezó a vacilar.
     - Una blanca, Jim, y es de primera.
     - ¡Anda! ¡De ésas se ven pocas! Pero tengo un miedo muy grande al ama vieja.
     Pero Jim era débil, de carne mortal. La tentación era demasiado fuerte. Puso el cubo en el suelo y cogió la canica. Un instante después iba volando calle abajo con el cubo en la mano y un gran escozor en las posaderas; Tom enjalbegaba con furia, y la tía Polly se retiraba del campo de batalla con una zapatilla en la mano y el brillo de la victoria en los ojos.

Mark Twain, Las aventuras de Tom Sawyer, Madrid, Unidad Editorial, Colección Millenium, 1999, pág. 17-18.
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez ,Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.

lunes, 11 de abril de 2016

Cuentos, Edgar Allan Poe

                                 La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall

  Según los informes que llegan de Rotterdam, esta ciudad parece hallarse en alto grado de excitación intelectual. Han ocurrido allí fenómenos tan inesperados, tan novedosos, tan diferentes de las opiniones ordinarias, que no cabe duda de que a esta altura toda Europa debe estar revolucionada, la física conmovida, y la astronomía dándose de puñadas.
   Parece ser que el día... de... (ignoro la fecha exacta), una vasta multitud se había reunido, por razones que no se mencionan, en la gran plaza de la Bolsa de la muy ordenada ciudad de Rotterdam. La temperatura era excesivamente tibia para la estación y apenas se movía una hoja; la multitud no perdía su buen humor por el hecho de recibir algún amistoso chaparrón de cuando en cuando, proveniente de las enormes nubes blancas profusamente suspendidas en la bóveda azul del firmamento. Hacía melodía, sin embargo, se advirtió una notable agitación entre los presentes; restalló el parloteo de diez mil lenguas; un segundo más tarde, diez mil caras estaban vueltas hacia el cielo, diez mil pipas caían simultáneamente de la comisura de diez bocas, y un grito sólo comparable al rugido del Niágara resonaba larga, poderosa y furiosamente a través de la ciudad y los alrededores de Rotterdam.
   No tardó en descubrirse la razón  de este alboroto. Por detrás de la enorme masa de una de las nubes perfectamente delineadas que ya hemos mencionado, vióse surgir con toda claridad, en un espacio abierto de cielo azul, una sustancia extraña, heterogénea pero aparentemente sólida, de forma tan singular, de composición tan caprichosa, que escapaba por completo a la comprensión, aunque no a la admiración de la muchedumbre de robustos burgueses que desde abajo la contemplaban boquiabiertos.
  ¿Que podía ser? En nombre de todos los diablos de Rotterdam, ¿qué pronosticaba aquella aparición? Nadie lo sabía


        Edgar Allan Poe, Cuentos, Madrid, Alianza, 1983, 521.
        Seleccionado por Jennifer Garrido Gutiérrez, Primero de Bachillerato, 2015/2016