lunes, 26 de enero de 2015

Relato de Arthur Gordon Pym, Edgar Alan Poe

CAPÍTULO VI

     Mientras estuvimos junto a la caja, Augusto no me comunicó sino los principales detalles de este relato. Sólo hasta más tarde no entró de lleno en todos los pormenores. Le inquietaba que pudiesen echarle de menos, y yo ardía de impaciencia por salir de mi odioso lugar de reclusión. Decidimos dirigirnos en seguida hacia la abertura del castillo de proa, cerca de la cual debía yo permanecer por el momento, mientras él iría de reconocimiento. Dejar a Tigre en la caja era una cosa que n podíamos soportar ninguno de los dos; pero ¿qué íbamos a hacer? Ésta era la cuestión. El animal parecía ahora perfectamente tranquilo, y aplicando el oído sobre la caja, no podíamos percibir siquiera el ruido de su respiración. Estaba yo convencido de que había muerto, y decidí abrir la puerta. Lo encontramos tendido cuan largo era, sumido, al parecer, en un estupor profundo, aunque con vida aún.
     No había tiempo que perder, y aun así, no podía resignarme a abandonar a un animal que había sido dos veces el instrumento que salvó mi vida sin hacer ahora algún esfuerzo por salvarle... Lo arrastramos por eso con nosotros como pudimos, si bien con la mayor dificultad y fatiga; Augusto se veía obligado, la mayor parte del tiempo, a trepar por los obstáculos de nuestro camino con el enorme perro en brazos, una proeza que la debilidad en que me encontraba habríame hecho por completo incapaz de realizar.

Edgar Alan Poe, Relato de Arthur Gordon Pym, Barcelona, ed. Planeta, col.Clásicos Universales, 1978, página 59.
Seleccionado por Alain Presentación Muñoz. Segundo de Bachillerato. Curso 2014-2015.

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