lunes, 24 de noviembre de 2014

El nacimiento de Cupido, Eugenio Fuentes Pulido.

      En realidad, toda la culpa la habían tenido los gallegos el día que decidieron introducir nuevos modos de contrabando en las rías. El tabaco americano y búlgaro dejaba pocas ganancias y pensaron que un simple agiotaje, de más valor y menos calderilla, de menos paja y más grano, los enriquecería rápidamente. Sin pudor, habían puesto su infraestructura y sus tradiciones vías de contrabando al servicio de la droga, hachís y coca fundamentalmente. La seculares rutas del desembarco nocturno de los grandes bultos de cartones pasaron a ser vías de entrada para fardos más pequeños, pero mucho más valiosos. Desaparecieron las hebras marrones y en su lugar se derramaba sobre el agua, cuando el helicóptero de Aduanas aparecía con sus reflectores o cuando se oía el potente motor de las zodiacs de la Guardia Civil -nunca tan rápidas como las planeadoras que ellos utilizaban-,un polvo blanco y suave o una pasta verdosa de la que hasta la más golosas merluzas huían como de un anzuelo.
      El miedo de Madrid a estos nuevos métodos, al peligro potencial que esta metamorfosis suponía, había disparado la alarma en toda la frontera occidental. Y así, nos habían sorprendido inermes aquella noche, trescientos quilómetros (sic.) más abajo de los prestigios, el camión lleno hasta reventar de cartones frente a las metralletas con una bala inquieta en la recámara,  los focos encendidos como en un decorado y los perros ladrando con una furia nacida de la decepción de no oler los olores para cuya detección habían sido adiestrados.


Eugenio Fuentes Pulido, El nacimiento de cupido, Sevilla, Editorial Muñoz Moya y Montraveta, 1993, pág. 13 y 14. Seleccionado por: Nuria Muñoz Flores. Segundo de bachillerato. Curso 2014-2015




EL LIBRO DE LAS TIERRAS VÍRGENES, Rudyard Kipling

                                             ¡TIGRE! ¡TIGRE!



     ¿Cómo ha ido la caza, audaz cazador?
     Hermano, frío y largo ha sido el acecho.
     ¿Y qué tal la presa que fuiste a matar?
     Hermano, todavía pace por la selva.
     ¿Y dónde está el poder en el que basas tu orgullo?
     Hermano, se me escapa por el flanco y el costado.
     ¿Y a qué viene la prisa con que corres todavía?
     ¡Hermano, porque voy a mi cubil... a morir!



     Volvamos ahora a la primera historia**. Cuando Mowgli abandonó la cueva de los lobos tras la pelea con la Manada en el Roquedal del Consejo, bajó a las tierras labradas en donde vivían los campesinos, pero no se detuvo allí, pues estaba demasiado cerca de la selva y sabía que en el Consejo se había hecho por lo menos un enemigo muy malo. Corrió, por tanto, siguiendo el camino que bajaba por el valle a un paso bastante rápido durante casi 35 kilómetros, hasta llegar a una zona que no conocía. El valle se abría a una gran llanura salpicada de rocas y cortada por los barrancos. En un extremo había un pequeño pueblo, y en el otro la densa selva descendía hasta las tierras de pasto, deteniéndose allí como si la hubieran cortado con un azadón. Las reses y los búfalos pastaban en la llanura, y cuando los muchachitos que estaban a cargo de los rebaños vieron a Mowgli, gritaron y echaron a correr, mientras que los perros vagabundos de color amarillo que andan por todos los pueblos indios comenzaban a ladrar. Mowgli siguió andando, pues tenía hambre, y, al llegar a la puerta del pueblo, vio que habían apartado a un lado el arbusto espinoso que colocaban ante ella al anochecer.
     -¡Vaya! -dijo, pues ya se había encontrado con más de una barricada semejante en sus correrías nocturnas en busca de alimento-. Así que los hombres tambien aquí tienen miedo del Pueblo de la Selva.




   Rudyard Kipling,El libro de las tierras vírgenes, Madrid, ed. Akal literaturas, col. Akal literaturas, 2003, páginas 127 y 128. Seleccionado por Pablo del Castillo Baquerizo. Segundo de Bachillerato. Curso 2014-2015.





La vida de las abejas, Maurice Maeterlinck

La fundación de la colmena

     Veamos más bien lo que hace en la colmena ofrecida por el apicultor el enjambre recogido. Recordemos el sacrificio que han hecho las cincuenta mil vígenes que, según la frase de Ronsard, ''llevan un gentil corazón en un pequeño cuerpo'', y admiremos una vez más el valor que necesitan para volver a empezar la vida en el desierto donde han venido a parar. Han olvidado la colmena opulenta y magnífica en que nacieron, en que la existencia era tan segura y estaba tan admirablemente organizada, en que el jugo de todas las flores que se acuerdan del sol permitía sonreír a las amenazas del invierno. Han dejado allí, dormidas en el fondo de sus cunas, millares y millares de hijas a quienes no volverán a ver. Han abandonado allí, además del enorme tesoro de cera, de propóleos y de polen acumulado por ellas, más de ciento veinte libras de miel; es decir, doce veces el peso del pueblo entero, cerca de cien mil veces el peso de cada abeja, lo que representa para el hombre ochenta y dos mil toneladas de víveres, toda una flotilla de grandes buques cargados de alimentos más preciosos y más perfectos que ninguno de los que concíamos, pues la miel es para las avejas (sic.) una especie de vida líquida, una especie de quilo inmediatamente asimilable y casi sin desperdicio.

Maurice Maeterlinck, La vida de las abejas, Madrid, ed.Espasa-Calpe, col. Austral, 1980, página 73.
Seleccionado por Alain Presentación Muñoz. Segundo de Bachillerato. Curso 2014-2015.

El capitán del Polestar, Arthur Conan Doyle

LA RELACIÓN DE J. HABAKUK JEPHSON


                                                                                                                                   Octubre 20 y 21
     Sigue haciendo frío, llovizna constantemente y no me ha sido posible salir del camarote. Estar así encerrado me debilita y me deprime. Entró Goring a visitarme, pero su compañía  no contribuyó a alegrar mi ánimo, porque apenas habló, limitándose a mirarme fijamente, de un modo raro e irritante. Luego se levantó y salió del camarote sin decir palabra. Empiezo a sospechar que es un lunático. Creo haber dicho ya que su camarote es antiguo al mío. Ambos están separados por un delgado tabique de madera agrietado en muchos sitios, siendo algunas de las grietas lo bastante anchas como para que, cuando estoy tendido en la litera, le vea ir y venir por su camarote. Sin el menor propósito de espiarle, observo que está continuamente inclinado sobre algo que da la impresión de una carta de navegación, haciendo cálculos con el lápiz y los compases. Me ha llamado la atención el interés que demuestra por los temas relacionados con la navegación, pero me sorprende que se tome el trabajo de hacer el cálculo de la derrota de nuestra embarcación. Sin embargo, me  parece una diversión bastante inocente, y estoy seguro de que compara los resultados que obtiene con los del capitán. 
     No querría pensar tanto en ese hombre. La noche del 20 tuve una pesadilla, y en ella creí que mi litera se había convertido en un féretro, que me habían metido en él y que Goring trataba de clavar la tapa del mismo, en tanto que yo forcejeaba por levantarla. Ni siquiera cuando me desperté acabé de convencerme de que no estaba metido en un féretro. Yo, como médico que soy, sé que toda pesadilla no es otra cosa que un desarreglo vascular de los hemisferios del cerebro; pero dado el estado de debilidad en que me encuentro no consigo sacudir la mórbida impresión que me producen.



Arthur Conan Doyle, El capitán del Polestar, Madrid, colección Valdemar, 1998, páginas 99 y 100. Seleccionado por Andrea González García. Segundo de bachillerato. Curso 2014-2015.

Amores, Ovidio

      Libro II Amores 6
     Ovidio dedica esta pieza de sus Amores a la muerte del papagayo de Corina,siguiendo en intencionada variación a Catulo, que había llorado en endecasílabos falecios al gorrón muerto de su amada Lesbia. El poema es, pues, elegíaco en su más primitiva acepción, al igual que el estricto con ocasión de la muerte de Tibulo (III 9). Pero aquí es obvio el tono paródico. Comprende una exhortación al duelo dirigida a las aves, un elogio del pájaro muerto, una visión de su acogida en el Elisio, y finalmente, noticia de su epitafio.

     El papagayo, ave imitadora de la voz procedente de la tierra oriental de los indios, ha muerto: aves, venid en bandada a sus exequias. Venid, aves piadosas, golpeaos  el pecho con las alas y arañaos las tiernas mejillas con lasuñas córneas; en lugar de los tristes cabellos, arrancaos las erizadas plumas y escúchense vuestros trinos en vez de la larga trompeta.
     En cuanto al crimen que lamentas, Filomela, del tirano del Ísmaro, ese lamento se ha completado ya a lo largo de los años que has vivido. Quéjate ahora por la muerte desgraciada de este pájaro exótico: gran motivo de dolor de Itis, pero ya antiguo.




Ovidio, Amores, Madrid, Edit.Gredos, col. Biblioteca Básica Gredos, páginas 59, 60.
Seleccionado por Lucía Pintor del Mazo. Segundo de bachillerato. Curso 2014-2015

Canción de Navidad, Charles Dickens

Segunda estrofa:
El primero de los tres espíritus

     Cuando Scrooge despertó, había tal oscuridad que, al mirar desde la cama, apenas pudo distinguir la transparente ventana de los opacos muros de su dormitorio. Estaba esforzándose en traspasar las tinieblas con sus ojos de hurón cuando el repique de las campanas de una iglesia vecina dio los cuatro cuartos. Así que estuvo atento a que sonase la hora.
     Para su mayor sorpresa, las campanadas graves pasaron de las seis a las siete, y de las siete a las ocho, y así, regularmente, hasta las doce; y entonces se detuvieron. ¡Las doce! Eran más de las doce cuando él se había ido a la cama. El reloj estaba equivocado. Algún carámbano de hielo debía de haber caído dentro de la maquinaria. ¡Las doce!
     Tocó el resorte de su reloj de repetición, para poner en hora tan absurdo objeto. Sus rápidas y suaves pulsaciones dieron las doce; y luego se detuvo.
     ''¡Cómo! No es posible -se dijo Scrooge- que haya estado durmiendo un día entero hasta bien entrada la noche. ¡No es posible que algo le haya sucedido al sol y que ahora sean las doce del mediodía!''

Charles Dickens, Canción de Navidad, Madrid, ed. Alianza Editorial, col. Biblioteca juvenil, 2001, página 40. Seleccionado por Alain Presentación Muñoz. Segundo de bachillerato. Curso 2014-2015.

Jules Verne, Viaje al centro de la Tierra



 1

     El 24 de mayo de 1863, un domingo, mi tío, el profesor Lidenbock, regresó precipitadamente a su pequeña casa, situada en el número 19 de la Königstrasse, una de las más antiguas calles del barrio viejo de Hamburgo.
      La buena Marta debió creer que se había atrasado mucho, ya que la comida apenas había empezado a hervir en el fogón.
     ¡Vaya! - me dije-, como vengacon hambre mi tío, que es el hombre más impaciente del mundo, la va a armar.
     ¡El señor Lidenbrock ya aquí! -exclamó, estupefacta, la buena Marta, al tiempo que entreabría la puerta del comedor.
     -Sí, Marta. Pero es natural que la comida no esté hecha todavía. Aún no son las dos. Apenas si acaba de sonar la media en San Miguel.
     -Entonces, ¿por qué está ya de vuelta el señor Lidenbrock?
     -Supongo que él nos lo dirá.
     - ¡Ahí está! Yo me voy, señor Axel. Hágale entrar en razón.
     Marta volvió a su laboratorio culinario  y medejó solo. Hacer entrar en razón al mas irascible de los profesores era algo por encima de las fuerzas de un carácter ta irresoluto como el mío. Así, pues, me suponía, prudentemente, a volver arriba, a mi cuarto, cuando se oyó chirriar la puerta de la calle sobre sus goznes. La escalera de madera crujió bajo las fuertes oisadas del dueño de la casa, quien, tras atravesar el comedor, se precipitó hacia su gabinete de trabajo.
     Pero ya, al paso, había arrojado a un rincón su bastón lanzado sobre la mesa su sombrero y dicho, con voz estentórea, a su sobrino:
    - Axel, sígueme.



Jules Verne, Viaje al centro de la Tierra, Madrid, Alianza, 1998, páginas 23 y 24. Seleccionado por Guillermo Arjona Fernández. Segundo de bachillerato. Curso 2014-2015.

EL FANTASMA DE CANTERVILLE, Oscar Wilde

                                                  VII



     Cuatro días después de estos curiosus sucesos, a eso de las once de la noche, salía un fúnebre cortejo de Canterville-House.
     El carro iba arrastrado por ocho caballos negros, cada uno de los cuales llevaba adornada la cabeza con un gran penacho de plumas de avestruz, que se balanceaban.
     La caja, de plomo, iba cubierta con un rico paño de púrpura, sobre el cual estaban bordadas en oro las armas de los Canterville.
     A cada lado del carro y de los coches marchaban los criados llevando antorchas encendidas.
     Toda aquella comitiva tenía un aspecto grandioso e impresionante.
     Lord Canterville presidía el duelo; había venido del país  de Gales expresamente para asistir al entierro, y ocupaba el primer coche, con la pequeña Virginia.
     Después iban el ministro de los Estados Unidos y su esposa, y detrás Washington y los dos muchachos.
     En el último coche iba mistress Umney. Todo el mundo convino en que, después de haber sido atemorizada por el fantasma, por espacio de más de cincuenta años, tenía realmente derecgo de verle desaparecer para siempre.
     Cavaron una profunda fosa en un rincón del cementerio, precisamente bajo el tejo centenario, y dijo las últimas oraciones, del modo más patético, el reverendo Augusto Dampier.
     Una vez terminada aquella ceremonia, los criados, siguiendo una antigua costumbre establecida en la familia Canterville, apagaron sus antorchas.




Oscar Wilde, El fantasma de Canterville y otros cuentos, Madrid, ed. Alianza, col. El libro de Bolsillo, 1988, página 41
Seleccionado por Pablo del Castillo Baquerizo. Segundo de Bachillerato. Curso 2014-2015.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Tragedias, Agamenón, Esquilo




Agamenón

    Por esto debemos pagar a los dioses una gratitud que nunca se olvide, puesto que hicimos que nos pagaran el desprecio rapto de Helena, y, por una mujer, el monstruo argivo -la cría del caballo, la tropa portadora de escudos -, que dio un salto enorme al ponerse las Pléyades, redujo a polvo una ciudad. L uego de haber saltado más allá de la torre un león carnicero, fue lamiendo la regia sangre hasta saciarse.

     En honor de los diosas alargué este preludio.
    En cuanto a tus sentimientos , tal cual los oigo en mi memoria los tengo anotados. Te digo lo mismo: tienes en mí un defensor.
      A pocos hombres les es connatural el rendir honores sin sentir envidia al amigo que tienes suerte. Un veneno malévolo que se la agarra al corazón dobla el color del que ya tiene esa enfermedad. Se mortifica personalmente con sus propios padecimientos y gime al ver la dicha ajena. Como lo sé, lo puedo decir, pues conozco muy bien el espejismo del trato amistoso. Una imagen de sombra eran realmente quienes parecían serme leales




Esquilo, Tragedias, AgamenónBarcelona, Biblioteca básica Gredos, 2000, página 137.
Seleccionado por Pablo Galindo Cano. Segundo de bachillerato. Curso 2014-2015

La llamada de lo salvaje, Jack London

Capítulo I:

HACIA LO PRIMITIVO

     Cuando hombres llevaron cautelosamente el cajón a un pequeño patio de altas tapias. Un hombre corpulento, con un suéter rojo muy escotado, salió y firmó el recibo de entrega al conductor. Ése era el hombre, presintió Buck, el próximo verdugo, y se lanzó fieramente contra los barrotes. El hombre sonrió torvamente, y fue a por un hacha y un barrote.
     -¿No irás a soltarlo ahora?- le preguntó el conductor.
     -Claro que sí- contestó el hombre, y comenzó a abrir el cajón con el hacha.
     Inmediatamente, los cuatro hombres que lo habían traído pusieron pies en polvorosa, se encaramaron a lo largo de la tapia y se dispusieron a contemplar el espectáculo.
     Buck se arrojó sobre las maderas astilladas, hincándoles los dientes, zarandeándolas y luchando contra ellas. Allá donde el hacha golpeaba, atacaba él, rugiendo y gruñendo, tan rabiosamente ansioso por salir del cajón como el hombre del suéter rojo estaba decidido a sacarlo de allí sin alterarse.
     -¡Vamos, demonio de ojos rojos!- dijo cuando el boquete era lo suficientemente grande como para que pasara el cuerpo de Buck. Al mismo tiempo soltó el hacha y se pasó el garrote a la mano derecha.
     Buck era un verdadero demonio de ojos rojos cuando se dispuso a saltar, con el pelo erizado, la boca echando espuma y un brillo demente en los ojos inyectados de sangre. Se lanzó directo contra el hombre con sus sesenta y tres kilos de furia, acrecentada por la cólera acumulada durante los dos días y las dos noches de encierro. Ya en el aire, cuando sus mandíbulas se disponían a cerrarse sobre el hombre, recibió un golpe que lo detuvo en seco y que le ensambló las mandíbulas en una dentellada de dolor. Giró en el aire y cayó al suelo sobre su lomo y uno de sus costados.Como nunca en su vida le habían pegado con un garrote, no entendía lo que estaba pasando. Con un gruñido que era más un grito que un ladrido, se incorporó de nuevo y se lanzó al aire. Y una vez más se encontró con un golpe que lo dejó aplastado contra el suelo. Esta vez se dio cuenta de que era el garrote, pero su locura le impedía ser prudente. Atacó una docena de veces, y otras tantas el garrote desbarató su ataque y lo derribó.
     Tras un golpe particularmente violento, se arrastró hacia los pies del hombre, completamente aturdido como para atacar. Se tambaleaba sin fuerzas, le manaba sangre de la nariz, la boca y los oídos, y su bonito pelaje estaba salpicado y recubierto de babas sanguinolentas.



Jack London, la llamada de lo salvaje, Barcelona, Editorial VICENS VIVES, S.A., 1996, páginas 14,15,16 y 17. Seleccionado por Andrea González García. Segundo de bachillerato. Curso 2014-2015.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Virgilio, Geórgicas

       Libro IV
     Prosiguiendo cantaré el don divino de la miel, que baja de los cielos: y dije tu mirada, oh Mecenas, también hacia esta parte. Voy a referir el espectáculo de pequeñas cosas que causarán tu admiración, magnánimos caudillos y, siguiendo su orden, las costumbres, aficiones, pueblos y combates de toda una nación. Mezquino el argumento de mi empresa pero no será mezquina la gloria, si al poeta las divinidades desfavorables no le impiden y si Apolo invocado le es propicio.
     Primeramente hay que elegir para la abejas una morada y lugar fijo, donde ni los vientos tengan entrada (pues los vientos les impiden llevar a sus casas el pasto), ni las ovejas ni los cabritos retozones trisquen entre las flores, o la ternera errante que le campo sacuda al rocío y tronche la hierba cuando crece.
     Lejos también de las colmenas bien abastecidas los lagartos pintados en su escamosa espalda, los abejarucos y otras aves, y Procne, que trae el pecho señalado con sus sangrientas manos, por que le desvastan todo por doquier y a las mismas abejas las atrapan al vuelo con el pico, comida dulce para sus crueles nidos. Pero que haya cristalinas fuentes y estanque que verdezcan con el musgo, y un arroyuelo que se deslice suavemente entre la hieba, y una palmera, o un acebuche corpulento, que den sombra al vestíbulo.



Virgilio, Geórgicas, Madrid, Edit.Gredos, col.Biblioteca Báscia Gredos, 2000, páginas 161, 162.
Seleccionado por Lucía Pintor del Mazo. Segundo de bachillerato. Curso 2014-2015.

Amores, Ovidio

                 Ningún amor vale tanto (¡aléjate, Cupido, y llévate tu aljaba!) como para que yo sienta una y otra vez deseos tan intensos de morir. Pues morir es mi deseo cuando pienso en tu delito, mujer nacida, ¡ay!, para mi eterna desgracia. Ni un mensaje sorprendido me revela tus actos, ni unos regalos dados furtivamente te acusan. ¡Ojalá mis argumentos fueran tales, que no pudiera vencer!; desgraciado de mi, ¿por que mi razones son tan buenas? Feliz aquel que se atreve a defender tercamente aquello que ama, aquél a quien su amiga puede decir "no lo hice". Es de hierro y concede demasiada importancia a su dolor aquel que pretende una victoria sangrienta, tras haber dejado a su amada convicta de culpa.

                 Yo mismo vi, desgraciado, vuestra traición, estando, sobrio aun con el vino junto a mí, cuando creías que estaba dormido; os vi diciéndoos muchas palabras con movimiento de cejas; en vuestros movimientos de cabeza había buena parte de voz. No se callaron tus ojos ni la mesa escrita con vino, y también en tus dedos hubo letras. Me di cuenta, aunque no lo pareciera, de la conversación que manteníais y de las palabras de las que habíais acordado dar un cierto significado. Y ya muchos convidados se habían retirado de la mesa; ambos amantes estaban el uno junto al otro: entonces los vi intercambiar lascivos besos (era evidente para mí que habían juntado sus lenguas) como una hermana no se los da a su severo hermano, sino como una tierna amante se los da a su apasionado amigo; como no es creíble que Diana se los diera a Febo, sino como Venus muchas veces se los dio a su querido Marte.

                "¿Qué estás haciendo? -exclamó- ¿adónde te llevas ahora goces que son míos? Mis manos caerán sobre aquello que por derecho les pertenece, Esto lo tienes que hacer conmigo y yo contigo en común: ¿por qué un tercero viene a tomar parte de nuestros bienes?" Eso dije y todo lo que el dolor dictó a mi lengua; a ella un vergonzoso rubor le subió al rostro culpable; un rubor como aquél con que colorea el cielo la esposa de Titono, o como el de una joven cuando la mira su reciente prometido; como resplandecen las rosas entre sus amigos los lirios, o como el marfil asirio que, para evitar que se ponga amarillo con el transcurso del tiempo, lo tiñe la mujer de Meonia. Ése era el color que ellos tenían o muy parecido a alguna de las cosas que he dicho, y ella en ninguna otra ocasión estuvo más hermosa. Miraba al suelo, y mirar al suelo le sentaba bien; había tristeza en su expresión, y ese tristeza le sentaba bien. Tal y como estaban sus cabellos (y estaban bien peinados), me dieron ganas de arrancárselos, y de lanzarme contra sus delicadas mejillas. Mas cuando vi su rostro, cayeron mis brazos vigorosos: mi amada se defendió con sus armas. Yo, que poco antes me había mostrado cruel, le pedía suplicante y tomando la iniciativa que no por eso me diera besos menos sentidos. Sonrío ella y de todo corazón me los dio lo mejor que pudo, besos tales que podrían quitar a Júpiter encolerizado su arma de tres puntas.

                  Pero, infeliz de mí, me atormenta el pensar que tal vez el otro los haya recibido tan buenos, y quisiera que no hubieran sido de igual calidad. Además los que ella me dio eran mucho mejores que los que yo le había enseñado, y me pareció que añadía algo recientemente aprendido. Es una desgracia que me hayan resultado más dulces que de costumbre, que su lengua haya entrado por entero entre mis labios y la mía entre los suyos. Y a pesar de todo no me aflije sólo esto: no me quejo únicamente de besos apretados, aunque también me quejo de estos besos apretados: tales no se han podido aprender en ningún otro sitio sino en la cama; no sé qué maestro ha conseguido la gran recompensa.
         
Ovidio, Amores, Libro II, Capítulo 5, Madrid, Editorial Gredos, Colección Biblioteca Básica Gredos, 2001, págs 56-57, Seleccionado por Rosa María Perianes Calle, Segundo de Bachillerato, Curso 2014-2015

El sueño de una noche de verano, William Shakespeare

ACTO PRIMERO

ESCENA PRIMERA


Entra TESEO, HIPÓLITA, FILÓSTRATO y acompañamiento


      TESEO.- No está lejos, hermosa Hipólita, la hora de nuestras nupcias, y dentro de cuatro felices días principiará la luna nueva; pero, ¡ah!, ¡con cuánta lentitud se desvanece la anterior! Provoca mi impaciencia como una suegra o una tía que no acaba de morirse nunca y va consumiendo las rentas del heredero.
     HIPÓLITA.- Pronto declinarán cuatro días en cuatro noches, y cuatro noches harán pasar rápidamente en sueños el tiempo; y entonces la luna, que parece en el cielo un arco encorvado, verá la noche de nuestras solemnidades.
    TESEO.- Ve, Filóstrato, a poner en movimiento la juventud ateniense y prepararla a las diversiones: despierta el espíritu vivaz y oportuno de la alegría, y quede la tristeza relegada a los funerales. Esa pálida compañera no conviene a nuestras fiestas. (Sale Filóstrato.) Hipólita, gané tu corazón con mi espada, causándote sufrimientos; pero me desposaré contigo de otra manera; en la pompa, el triunfo y los placeres.





William Shakespeare, El sueño de una noche de verano, Madrid, ed. Edaf, 1997,  páginas 45 y 46.
Seleccionado por Laura Tomé Pantrigo. Segundo de Bachillerato. Curso 2014-2015.






Arthur Conan Doyle, El capitán del Polestar



EL COFRE PINTADO A FRANJAS


    - ¿Qué saca usted en consecuencia de esa embarcación, Allarddyce? - le pregunte.
     El segundo oficial estaba a mi lado en la popa, con sus piernas cortas, gruesas y abiertas en el ancho compás, porque el ventarrón había dejado tras sí una considerable marejada y las dos lanchas de cuarta casi tocaban la superficie de las aguas a cada balanceo de la embarcación. Asentó sus gemelos en los obenques de mesana y miró largo rato fijamente al barco desconocido y lamentable, mientras lo levantaba la cresta de una ola y permanecía en alto durante algunos segundos antes de hundirse por el lado contrario de aquélla. Estaba tan hundido en el agua que solo pude vislumbrar en algunas ocasiones la línea verdosa de las amuradas. 
     Era un bergantín, pero su palo mayo había sido arrancado de cuajo a unos diez pies por encima de la cubierta y no parecía que hubiese hecho para cortar y desembarcarse de aquella ruina que flotaba con sus velas y vergas, igual que el ala rota de una gaviota herida junto al costado  de la embarcación. El palo de trinquete seguía en pie, pero la vela cangreja flotaba en libertad, y las delanteras ondeaban como largos gallardetes blanco. Jamás he visto embarcación más maltratada que aquélla.



 Arthur Conan Doyle, El capitán del Polestar, Madrid, Valdemar, 1998, página 47. Seleccionado por Guillermo Arjona Fernández. Segundo de bachillerato. Curso 2014-2015.

Moby Dick, Herman Melville

Capítulo V
Desayuno 

     Yo le seguí rápidamente, y, bajando al bar, me acerqué muy contento al sonriente patrón. No le guardaba rencor, aunque él se había burlado de mí no poco en el asunto de mi compañero de cama.
     Sin embargo, una buena risa es una cosa excelente, y una cosa buena que anda más bien demasiado escasa: lo cual es una lástima. Así que si cualquiera, en su propia persona, concede materia para una buena broma a cualquiera, que no se eche atrás, sino empléese y déjese emplear de ese modo. Y si un hombre lleva en sí algo abundantemente risible, estad seguros de que hay más en ese hombre de lo que quizá imagináis.
     El bar estaba ahora lleno de los huéspedes que se habían dejado caer por allí la noche anterior, y a quienes yo no había mirado todavía bastante. Casi todos eran balleneros: primeros, segundos y terceros oficiales, carpinteros, toneleros y herreros de marina, arponeros y guardianes; una gente tostada y musculosa, de barbas boscosas; un grupo hirsuto y rudo, todos con sus chaquetones a modo de batines mañaneros.

Herman Melville, Moby Dick. Barcelona. Ed. Planeta. Páginas 54 y 55.
Seleccionado por Alain Presentación Muñoz. Segundo de Bachillerato. Curso 2014-2015.