Capítulo 1
El intenso perfume de las rosas embalsaba el estudio y, cuando la ligera brisa agitaba los árboles del jardín, entraba, por la puerta abierta, un intenso olor a lilas o el aroma más delicado de las flores rosadas de los espinos .
Lord Henry Wotton, que había consumido ya, según su costumbre, innumerables cigarrillos, vislumbraba, desde el extremo del sofá donde estaba tumbado-tapizado al estilo de las alfombras persas el resplandor de las floraciones de un codeso, de dulzura y color miel, cuyas ramas estremecidas apenas parecían capaces de soportar peso de una belleza tan deslumbrante como la suya; y, de cuando en cuando, las sombras fantásticas de pájaros en vuelo de deslizaban sobre largas cortinas de seda india colgadas delante de las inmensas ventanas, produciendo algo así como un efecto japonés, lo que le hacía pensar en los pintores de Tokyo, de rostros tan pálidos como el jade, que, por medio de un arte necesariamente inmóvil, tratan de transmitir la sensación de velocidad y de movimiento. El zumbido obstinado de las abejas, abriéndose camino entre el alto césped sin segar, o dando vueltas con monótona insistencia en torno a los polvorientos cuernos dorados de las desordenadas madreselvas, parecían hacer más opresiva la quietud, mientras los ruidos confusos de Londres eran como las notas graves de un órgano lejano.
En el centro de la pieza, sobre un caballete recto, descansaba el retrato de cuerpo entero de un joven de extraordinaria belleza; y, delante, a cierta distancia, estaba sentado el artista en persona, el Basil Hallward cuya repentina desaparición, hace algunos años, tanto conmoviera a la sociedad y diera origen a tan extrañas suposiciones.
Al contemplar la figura apuesta y elegante que con tanta habilidad había reflejado gracias a su arte, una sonrisa de satisfacción, que quizá hubiera podido prolongarse, iluminó su rostro.
Pero el artista se incorporó bruscamente y, cerrando los ojos, se cubrió los párpados con los dedos, como si tratara de aprisionar en su cerebro algún extraño sueño del que temiese despertar.
Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray, Madrid, Millenium, 1999, pág 256.
Seleccionado por Jennifer Garrido Gutiérrez primero de bachillerato, curso 2015-2016
Un lugar común de los estudiantes de Literatura Universal donde publicamos una antología de textos seleccionados por nosotros mismos con el fin de aprender a conocernos mejor a través de los más variados personajes que pueblan el universo literario.
lunes, 9 de mayo de 2016
Los crímenes de la calle Morgue, Edgar Allan Poe
Las características de la inteligencia que suelen calificarse de analíticas son en sí mismas poco susceptibles de análisis. Sólo las apreciamos a través de sus resultados. Entre otras sabemos que, para aquel que las posee en alto grado, son fuente del más vivo goce. Así como el hombre robusto se complace en su destreza física y se deleita con aquellos ejercicios que reclaman la acción de sus músculos, así el analista halla su placer en esa actividad del espíritu consistente en desenredar. Goza incluso con las ocupaciones más triviales, siempre que pongan en juego su talento. Le encantan los enigmas, los acertijos, los jeroglíficos, y al solucionarlos muestra un grado de perspicacia que, para la mente ordinaria, parece sobrenatural. Sus resultados, frutos del método en su forma más esencial y profunda, tienen todo el aire de una intuición. La facultad de resolución se ve posiblemente muy vigorizada por el estudio de las matemáticas, y en especial por su rama más alta, que, injustamente y tan sólo a causa de sus operaciones retrógradas, se denomina análisis, como se si tratara del análisis par excellence. Calcular, sin embargo, no es en sí mismo analizar. Un jugador de ajedrez, por ejemplo, efectúa lo primero sin esforzarse en lo segundo. De ahí se sigue que el ajedrez, por lo que concierne a sus efectos sobre la naturaleza de la inteligencia, es apreciado erróneamente. No he de escribir aquí un tratado, sino que me limito a prolongar un relato un tanto singular, con algunas observaciones pasajeras; aprovecharé por eso la oportunidad para afirmar que el máximo grado de la reflexión se ve puesto a prueba por el modesto juego de damas de forma más intensa y beneficiosa que por toda la estudiada frivolidad del ajedrez. En este último, donde las piezas tienen movimientos diferentes y singulares, con varios y variables valores, lo que sólo resulta complejo es equivocadamente confundido (error nada inusual) con lo profundo. Aquí se trata, sobre todo, de la atención. Si ésta cede un solo instante, se comete un descuido que da por resultado una pérdida o la derrota. Como los movimientos posibles no sólo son múltiples, sino intrincados, las posibilidades de descuido se multiplican y, en nueve casos de diez, triunfa el jugador más concentrado y no el más penetrante. En las damas, por el contrario, donde hay un solo movimiento y las variaciones son mínimas, las probabilidades de inadvertencia disminuyen, lo cual deja un tanto de lado a la atención, y las ventajas obtenidas por cada uno de los adversarios provienen de una perspicacia superior.
Para hablar menos abstractamente, supongamos una partida de damas en la que las piezas se reducen a cuatro y donde, como es natural, no cabe esperar el menor descuido. Resulta obvio que (si los jugadores tienen fuerza pareja) sólo puede decidir la victoria algún movimiento sutil, resultado de un penetrante esfuerzo intelectual. Desprovisto de los recursos ordinarios, el analista penetra en el espíritu de su oponente, se identifica con él y con frecuencia alcanza a ver de una sola ojeada el único método (a veces absurdamente sencillo) por el cual puede provocar un error o precipitar a un falso cálculo.
Edgar Allan Poe,El escarabajo de oro y otros cuentos, Barcelona, Vicens Vives, Aula de Literatura, 2011, pág. 53-55.
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez, Primero de Bachillerato, curso 2015-2016.
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez, Primero de Bachillerato, curso 2015-2016.
viernes, 29 de abril de 2016
lunes, 25 de abril de 2016
La línea de sombra, Conrad Joseph
La línea de sombra
I
Sólo los jóvenes conocen momentos semejantes. No quiero decir los muy jóvenes, no. Los muy jóvenes, a decir verdad, carecen de momentos. Vivir los días por anticipado, en esa magnífica continuidad de esperanza que ignora toda pausa y toda introspección, es el privilegio de la primera juventud.
Cierra uno tras de sí la puertecilla de su infancia y penetra en un jardín encantado, cuyas mismas sombras guardan un resplandor de promesas. Cada recodo del sendero ofrece su seducción. Y no porque se trate de un país sin descubrir, pues de sobra sabe uno que toda la humanidad ha seguido ese camino. Es el encanto de una experiencia universal, de la que esperamos obtener una sensación extraordinaria y personal, la revelación de un fragmento de nuestro propio yo.
Emocionados y expectantes, caminamos reconociendo los límites marcados por nuestros predecesores, y aceptando tal como se presentan la buena suerte y la mala - estando a las duras y a las maduras, como reza el dicho-, el pintoresco destino común que tantas posibilidades guardan para quien las merece o tiene la fortuna de su parte. Sí; uno camina y el tiempo también camina, hasta que uno advierte ante sí una línea de sombra, señal de que también habrá que dejar atrás la región de la temprana juventud.
Es el período de la vida en el que suelen producirse esos momentos de que hablaba. ¿Cuáles? ¡Cuáles van a ser! Son momentos de hastío, de cansancio, de descontento; momentos de inconsciencia. Es decir, esos momentos en que los todavía jóvenes tienden a comer actos irresponsables, como un matrimonio repentino o el abandono injustificado de un empleo.
Esta no es una historia conyugal. No, no fue tan terrible como eso. Mi acto, por atolondrado que fuese, tuvo más bien en el carácter de un divorcio, casi de una deserción. Sin motivo alguno que pudiera justificarme, arrojé mi empleo por la borda, abandoné el barco en que servía, barco del que lo peor que podía decirse es que era de vapor y quizá, por lo tanto, sin derecho a esa fidelidad ciega que... Pero de nada sirve disculpar un acto que incluso en aquel momento me pareció un simple capricho.
Sucedió en un puerto de Oriente. Era un barco oriental, puesto que estaba inscrito en aquel puerto. Traficaba entre islas sombrías, por un mar azul sembrado de arrecifes, con el rojo pabellón ondeando a popa y, en palo mayor, la enseña de nuestra compañía naviera, roja también, pero con un ribete verde y una media luna blanca.
Conrad Joseph, La línea de sombra, Madrid, Anaya, 1989, 219
Seleccionado por Jennifer Garrido Gutiérrez, primero de bachillerato, 2016/2017.
Las flores del mal, Charles Baudelaire
LVIII
CANCIÓN DE SIESTA
Aunque tus cejas malignas
te den un aspecto raro
que no es propio de un ángel,
bruja de ojos tentadores,
frívola mía, te adoro,
oh mi terrible pasión,
con la devoción que siente
un sacerdote por su ídolo.
Los desiertos y los bosques
aroman tus trenzas ásperas,
y hay en tu rostro expresiones
del enigma y del secreto.
Ronda el perfume tu carne
como en torno a un incensario,
y hechizas como el crepúsculo,
ninfa tenebrosa y cálida.
¡Ah, los filtros más intensos
no son como tu pereza,
y dominas la caricia
que resucita a los muertos.
Hay amor en tus caderas
por tu espalda y por tus pechos,
y cautivas los cojines
con tus lánguidas posturas.
A veces para calmar
tu misterioso furor,
prodigas, siempre muy seria,
la mordedura y el beso;
me desgarras, oh morena,
con una risa burlona,
y ojos suaves como lunas
posas sobre el corazón.
Bajo el zapato de raso,
bajo tus pies hechos seda,
pongo toda mi alegría,
lo que es mi genio y destino,
el alma mía curada
por ti, oh luz y color.
¡Oh caluroso estallido
en mi Siberia negrísima!
Charles Baudelaire, Las flores del mal, Barcelona, Editorial Planeta, Clásicos Universales Planeta, 1987, pág. 83-84.
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez ,Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.
CANCIÓN DE SIESTA
Aunque tus cejas malignas
te den un aspecto raro
que no es propio de un ángel,
bruja de ojos tentadores,
frívola mía, te adoro,
oh mi terrible pasión,
con la devoción que siente
un sacerdote por su ídolo.
Los desiertos y los bosques
aroman tus trenzas ásperas,
y hay en tu rostro expresiones
del enigma y del secreto.
Ronda el perfume tu carne
como en torno a un incensario,
y hechizas como el crepúsculo,
ninfa tenebrosa y cálida.
¡Ah, los filtros más intensos
no son como tu pereza,
y dominas la caricia
que resucita a los muertos.
Hay amor en tus caderas
por tu espalda y por tus pechos,
y cautivas los cojines
con tus lánguidas posturas.
A veces para calmar
tu misterioso furor,
prodigas, siempre muy seria,
la mordedura y el beso;
me desgarras, oh morena,
con una risa burlona,
y ojos suaves como lunas
posas sobre el corazón.
Bajo el zapato de raso,
bajo tus pies hechos seda,
pongo toda mi alegría,
lo que es mi genio y destino,
el alma mía curada
por ti, oh luz y color.
¡Oh caluroso estallido
en mi Siberia negrísima!
Charles Baudelaire, Las flores del mal, Barcelona, Editorial Planeta, Clásicos Universales Planeta, 1987, pág. 83-84.
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez ,Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.
Casa de muñecas, Henrik Ibsen
HELMER.-Eres una criatura singular. Lo mismito que tu padre. Te ingenias a maravilla para proporcionarte dinero; pero, apenas lo consigues, se te escurre entre los dedos y no averiguas jamás en qué lo has invertido. En fin, hay que tomarte conforme eres. Lo llevas en la sangre. Sí, Nora, esos rasgos son hereditarios, indudablemente.
NORA.-¡Bien quisiera yo haber heredado algunas cualidades de papá!
HELMER.-Y yo te quiero tal cual eres, alondra mía adorada. Pero escucha: hoy tienes un aire distinto, un aire desconcertante...
NORA.-¿Yo?
HELMER.-Sí, tú. Mírame con fijeza a los ojos (NORA le mira.) ¿No habrá hecho la golosilla alguna escapatoria en la ciudad?
NORA.-No. ¿Por qué me lo preguntas?
HELMER.-¿De veras no habrá metido la golosilla su nariz en la confitería?
NORA.-No, Torvaldo; te lo aseguro.
HELMER.-¿Ni siquiera habrá husmeado algún dulce?
NORA.-Ni por asomo.
HELMER.-¿Ni ronchado una o dos almendras?
NORA.-Y tanto que no; te lo confirmo.
HELMER.-Bueno, bueno; estaba de broma.
NORA (Acercándose a la mesita de la derecha).-No me asaltaría la menor intención de hacer algo que te disgustara. Puedes estar bien seguro de ello.
HELMER.-De sobra me consta. ¿No me has dado tu palabra? (Se acerca a NORA.) ¡Ea!, reśervate para ti tus secretitos de Navidad, que ya los descubriremos esta noche cuando se encienda el árbol.
NORA.-¿Te has acordado de invitar al doctor Rank a cenar?
HELMER.-No, ni es necesario, puesto que está al corriente. Por lo demás, le invitaré dentro de un rato, cuando venga. He encargado un buen vino. No puedes imaginarte, Nora, con qué ilusión aguardo a que llegue la noche.
NORA.-Yo también. ¡Y cuánta alegría van a sentir los niños, Torvaldo!
HELMER.- Reconforta pensar que ha logrado una gozar de una situación estable, garantizada, para vivir con holgura. ¡Cómo tranquiliza pensarlo!
NORA.-Por supuesto, es maravilloso, igual que un sueño.
HELMER.-¿Recuerdas la Navidad pasada? Desde tres semanas antes te encerrabas hasta la medianoche larga, a fin de confeccionar flores para el árbol de Navidad y darnos numerosas sorpresas. ¡Uf!, ha sido la época más aburrida desde que tengo memoria.
NORA.-Pues yo no me aburría en modo alguno.
HELMER.-Y bastante deplorable fue el resultado, Nora.
Henrik Ibsen, Casa de muñecas, Madrid, Unidad Editorial, Colección Millenium, 1999, pág. 16-17.
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez ,Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.
lunes, 18 de abril de 2016
Otra vuelta de tuerca, Henry James
1
Recuerdo que en los siguientes días mi espíritu se vio embargado por una sucesión de altibajos. Después de aceptar su oferta, recuerdo que pasé dos días en Londres con una gran intranquilidad. Todas mis dudas resurgían de nuevo y estaba casi convencida de haber cometido una gran equivocación. En este estado de ánimo subí a la diligencia que habría de conducirme, después de varias horas de un viaje traqueteante, hasta una posada en el camino, donde alguien me esperaba. Efectivamente, un elegante simón se hallaba estacionado en la puerta del albergue. Y una vez acomodada en él, partimos por sendas campestres que, con su estival fragancia, hicieron que mi espíritu reviviera. La llegada a la villa fue mucho más grata de lo que yo había esperado. Recuerdo aún la agradable impresión que produjo en mí su amplia fachada, sus ventanas abiertas, las cortinas estremecidas al viento y las dos criadas que entre ellas se asomaban. Recuerdo el césped y las alegres flores que lo cubrían y el crujido de las ruedas al detenerse sobre la gravilla y las altas copas de los árboles sobre las que trazaban círculos y graznaban las cornejas. Todo ello tenía un aire muy diferente al del humilde hogar en el que me había criado, y en aquel momento apareció en la puerta una persona distinguida que llevaba de la mano a una niña y que me hizo una reverencia como si yo fuera una ilustre visitante. Realmente, la idea que yo me había hecho de aquel lugar era mucho más sórdida. A la vista de tan elegante mansión, aumentó aún más la estima en la que ya tenía a su propietario.
Las primeras horas que pasé en aquella casa no pudieron ser más felices. En seguida caí bajo el embrujo de aquella pequeña criatura que acompañaba a la señora Grose y que habría de ser mi nueva alumna. Era la niña más adorable que yo jamás había conocido y recuerdo que me pregunté a mí misma por qué el caballero no me había hablado de ella con más entusiasmo. Recuerdo también que aquella noche dormí muy poco-estaba demasiado nerviosa después de tan calurosa acogida-. Todo me sorprendía: la inmensa habitación que me habían concedido, una de las mejores de la casa, el gran lecho que casi resultaba fastuoso con sus cortinajes bordados, los grandes espejos en los que podía contemplarme, por primera vez en mi vida, de cuerpo entero, y tantas otras cosas, que apenas podía dar crédito a mis ojos.
Henry James, Otra vuelta de tuerca, Madrid, Anaya, 1999, 190
Seleccionado por Jennifer Garrido Gutiérrez, primero de bachillerato, 2016/2017
Recuerdo que en los siguientes días mi espíritu se vio embargado por una sucesión de altibajos. Después de aceptar su oferta, recuerdo que pasé dos días en Londres con una gran intranquilidad. Todas mis dudas resurgían de nuevo y estaba casi convencida de haber cometido una gran equivocación. En este estado de ánimo subí a la diligencia que habría de conducirme, después de varias horas de un viaje traqueteante, hasta una posada en el camino, donde alguien me esperaba. Efectivamente, un elegante simón se hallaba estacionado en la puerta del albergue. Y una vez acomodada en él, partimos por sendas campestres que, con su estival fragancia, hicieron que mi espíritu reviviera. La llegada a la villa fue mucho más grata de lo que yo había esperado. Recuerdo aún la agradable impresión que produjo en mí su amplia fachada, sus ventanas abiertas, las cortinas estremecidas al viento y las dos criadas que entre ellas se asomaban. Recuerdo el césped y las alegres flores que lo cubrían y el crujido de las ruedas al detenerse sobre la gravilla y las altas copas de los árboles sobre las que trazaban círculos y graznaban las cornejas. Todo ello tenía un aire muy diferente al del humilde hogar en el que me había criado, y en aquel momento apareció en la puerta una persona distinguida que llevaba de la mano a una niña y que me hizo una reverencia como si yo fuera una ilustre visitante. Realmente, la idea que yo me había hecho de aquel lugar era mucho más sórdida. A la vista de tan elegante mansión, aumentó aún más la estima en la que ya tenía a su propietario.
Las primeras horas que pasé en aquella casa no pudieron ser más felices. En seguida caí bajo el embrujo de aquella pequeña criatura que acompañaba a la señora Grose y que habría de ser mi nueva alumna. Era la niña más adorable que yo jamás había conocido y recuerdo que me pregunté a mí misma por qué el caballero no me había hablado de ella con más entusiasmo. Recuerdo también que aquella noche dormí muy poco-estaba demasiado nerviosa después de tan calurosa acogida-. Todo me sorprendía: la inmensa habitación que me habían concedido, una de las mejores de la casa, el gran lecho que casi resultaba fastuoso con sus cortinajes bordados, los grandes espejos en los que podía contemplarme, por primera vez en mi vida, de cuerpo entero, y tantas otras cosas, que apenas podía dar crédito a mis ojos.
Henry James, Otra vuelta de tuerca, Madrid, Anaya, 1999, 190
Seleccionado por Jennifer Garrido Gutiérrez, primero de bachillerato, 2016/2017
Las aventuras de Tom Sawyer, Mark Twain
Capítulo II
Llegó la mañana del sábado y el mundo estival apareció luminoso, fresco y rebosante de vida. En cada corazón resonaba un canto, y si el corazón era joven, la música subía hasta los labios. Todas las caras parecían alegres, y los cuerpos, anhelosos de movimiento. Las acacias estaban en flor y su fragancia sturaba el aire.
El monte Cardiff, al otro lado del pueblo, y alzándose por encima de él, estaba todo cubierto de verde vegetación y lo bastante alejado para parecer como una deliciosa tierra prometida que invitaba al reposo y al ensueño.
Tom apareció en la calle con un cubo de lechada y una brocha atada en la punta de una pértiga. Echó una mirada a la cerca y la naturaleza perdió toda su alegría, y una aplanadora tristeza descendió sobre su espíritu. ¡Treinta varas de valla de nueve pies de altura! Le pareció que la vida era vana y sin objeto y la existencia una pesadumbre. Lanzando un suspiro, mojó la brocha y la pasó a lo largo del tablón más alto; repitió la operación; la volvió a repetir; comparó la insignificante franja enjalbegada con el vasto continente de cerca sin encalar, y se sentó sobre el boj, descorazonado. Jim salió a la puerta haciendo cabriolas, con un balde de cinc y cantando «Las muchachas de Buffalo». Acarrear agua desde la fuente del pueblo había sido siempre a los ojos de Tom cosa aborrecible; pero entonces no le pareció así. Se acordó de que allí no faltaba compañía. Allí había siempre rapaces de ambos sexos, blancos, mulatos y negros, esperando vez, y entretanto halgazaneaban, hacían cambios, reñían, se pegaban y bromeaban. Y se acordó de que, aunque la fuente sólo distaba ciento cincuenta varas, jamás estaba de vuelta Jim con un balde de agua en menos de una hora, y aun entonces era porque alguno había tenido que ir en su busca. Tom le dijo:
- Oye, Jim: yo iré a traer el agua si tú encalas un pedazo.
Jim sacudió la cabeza y contestó:
- No puedo, amo Tom. El ama vieja me ha dicho que tengo que traer el agua y no entretenerme con nadie. Ha dicho que se figuraba que el amo Tom me pediría que encalase, y que lo que tenía yo que hacer era andar listo y no ocuparme más que de lo mío...
- No te importe lo que haya dicho, Jim. Siempre dice lo mismo. Déjame el balde y no tardo ni un minuto. Ya verás cómo no se entera.
- No me atrevo, amo Tom. El ama me va a cortar el pescuezo. ¡De veras que sí!
- ¿Ella?... Nunca pega a nadie. Da capirotazos con el dedal, y eso ¿a quién le importa? Amenaza mucho, pero aunque hable no hace daño, a menos que se ponga a llorar. Jim, te daré una canica. Te daré una de las blancas.
Jim empezó a vacilar.
- Una blanca, Jim, y es de primera.
- ¡Anda! ¡De ésas se ven pocas! Pero tengo un miedo muy grande al ama vieja.
Pero Jim era débil, de carne mortal. La tentación era demasiado fuerte. Puso el cubo en el suelo y cogió la canica. Un instante después iba volando calle abajo con el cubo en la mano y un gran escozor en las posaderas; Tom enjalbegaba con furia, y la tía Polly se retiraba del campo de batalla con una zapatilla en la mano y el brillo de la victoria en los ojos.
Mark Twain, Las aventuras de Tom Sawyer, Madrid, Unidad Editorial, Colección Millenium, 1999, pág. 17-18.
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez ,Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.
- No te importe lo que haya dicho, Jim. Siempre dice lo mismo. Déjame el balde y no tardo ni un minuto. Ya verás cómo no se entera.
- No me atrevo, amo Tom. El ama me va a cortar el pescuezo. ¡De veras que sí!
- ¿Ella?... Nunca pega a nadie. Da capirotazos con el dedal, y eso ¿a quién le importa? Amenaza mucho, pero aunque hable no hace daño, a menos que se ponga a llorar. Jim, te daré una canica. Te daré una de las blancas.
Jim empezó a vacilar.
- Una blanca, Jim, y es de primera.
- ¡Anda! ¡De ésas se ven pocas! Pero tengo un miedo muy grande al ama vieja.
Pero Jim era débil, de carne mortal. La tentación era demasiado fuerte. Puso el cubo en el suelo y cogió la canica. Un instante después iba volando calle abajo con el cubo en la mano y un gran escozor en las posaderas; Tom enjalbegaba con furia, y la tía Polly se retiraba del campo de batalla con una zapatilla en la mano y el brillo de la victoria en los ojos.
Mark Twain, Las aventuras de Tom Sawyer, Madrid, Unidad Editorial, Colección Millenium, 1999, pág. 17-18.
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez ,Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.
lunes, 11 de abril de 2016
Cuentos, Edgar Allan Poe
La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall
Edgar Allan Poe, Cuentos, Madrid, Alianza, 1983, 521.
Seleccionado por Jennifer Garrido Gutiérrez, Primero de Bachillerato, 2015/2016
Según los informes que llegan de Rotterdam, esta ciudad parece hallarse en alto grado de excitación intelectual. Han ocurrido allí fenómenos tan inesperados, tan novedosos, tan diferentes de las opiniones ordinarias, que no cabe duda de que a esta altura toda Europa debe estar revolucionada, la física conmovida, y la astronomía dándose de puñadas.
Parece ser que el día... de... (ignoro la fecha exacta), una vasta multitud se había reunido, por razones que no se mencionan, en la gran plaza de la Bolsa de la muy ordenada ciudad de Rotterdam. La temperatura era excesivamente tibia para la estación y apenas se movía una hoja; la multitud no perdía su buen humor por el hecho de recibir algún amistoso chaparrón de cuando en cuando, proveniente de las enormes nubes blancas profusamente suspendidas en la bóveda azul del firmamento. Hacía melodía, sin embargo, se advirtió una notable agitación entre los presentes; restalló el parloteo de diez mil lenguas; un segundo más tarde, diez mil caras estaban vueltas hacia el cielo, diez mil pipas caían simultáneamente de la comisura de diez bocas, y un grito sólo comparable al rugido del Niágara resonaba larga, poderosa y furiosamente a través de la ciudad y los alrededores de Rotterdam.
No tardó en descubrirse la razón de este alboroto. Por detrás de la enorme masa de una de las nubes perfectamente delineadas que ya hemos mencionado, vióse surgir con toda claridad, en un espacio abierto de cielo azul, una sustancia extraña, heterogénea pero aparentemente sólida, de forma tan singular, de composición tan caprichosa, que escapaba por completo a la comprensión, aunque no a la admiración de la muchedumbre de robustos burgueses que desde abajo la contemplaban boquiabiertos.
¿Que podía ser? En nombre de todos los diablos de Rotterdam, ¿qué pronosticaba aquella aparición? Nadie lo sabía
Edgar Allan Poe, Cuentos, Madrid, Alianza, 1983, 521.
Seleccionado por Jennifer Garrido Gutiérrez, Primero de Bachillerato, 2015/2016
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Cuentos,
Poe_Edgar Allan (1809-1849)
La obra, Émile Zola
-¡Ah!, nosotros, ¿ves?, amigo, nos hemos librado.
Entonces le asaltaron otros recuerdos que hacían latir aceleradamente sus corazones, los bonitos días al aire libre y a pleno sol que habían vivido allí, fuera del colegio. Desde pequeños, a partir de sexto, los tres inseparables habían sentido pasión por las largas caminatas. Aprovechando la menor oportunidad, se iban a hacer lenguas, más enardecidos a medida que crecían, hasta que acabaron por recorrer la región entera, y eran unos viajes que duraban a menudo varios días. Y se acostaban a la buena de Dios por el camino, en la concavidad de una roca o en una empedrada cálida aún, donde la paja de trigo trillado les hacían de blanda yacija, en alguna casa de labor abandonada, cuyo suelo enladrillado recubrían con un lecho de tomillo y de lavanda. Eran huidas lejos el mundo, una absorción instintiva en el seno de la buena Madre Naturaleza, una adoración irracional de chiquillos por los árboles, las aguas, los montes, por aquella alegría sin límites de estar solos y de ser libres.
Dubuche, que era interno, no se unían a los otros dos más que por vacaciones. Tenía, por lo demás, las piernas pesadas, la carne adormecida del buen empollón. Pero Claude y Sandoz eran infatigables, iban cada domingo a despertarse a las cuatro de la noche lanzándose piedras en las persianas. En verano, sobre todo, soñaban con la Viorne, el torrente cuyo delgado hilo de agua baña las praderas bajas de Plassans. Contaban apenas doce años y ya sabían nadar; y era apasionante chapotear en el fondo de los pozos, donde se remansaba el agua, pasar allí días enteros, completamente desnudos, secándose en la abrasadora arena para volver a zambullirse a continuación, vivir en el río, tumbados de espaldas o boca abajo, rebuscando entre las hierbas de las orillas, hundiéndose en él hasta las orejas y acechando durante horas los escondites de las anguilas. Aquel continuo baño de agua pura que les templaba a plena luz del día prolongaba su infancia, provocaba sus frescas risas de pilluelos que hacen novillos, cuando, vueltos ya unos jóvenes más formales, volvía, a la ciudad con el molesto calor abrasador de las noches de julio. Luego, andando el tiempo, se aficionaron a la caza, pero a la caza tal como se practica en aquella región sin caza, seis leguas hechas para matar media docena de papafigos, temibles expediciones de las que regresaba a menudo con el morral vacío, con algún murciélago imprudente abatido a la entrada del arrabal cuando descargaban sus escopetas. Sus ojos se humedecían al simple recuerdo de aquellas caminatas interminables: volvían a ver los blancos caminos, hasta el infinito, cubiertos de una capa de polvo, como si de una densa nevada se tratase: los seguían siempre sin descanso, felices de oír crujir sus zapatones, luego atajaban a campo traviesa por unas tierras rojas, ferruginosas, donde seguían siempre adelante; y con un cielo plomizo, sin una sombra, sólo los olivos enanos y almendros de ralo follaje; y, en cada recodo, la delicioso modorra provocada por el cansancio, la fanfarronada triunfal de haber caminado más incluso que la vez anterior, el gusto de sentirse llevar y de avanzar sólo simple inercia, dándose ánimos con alguna terrible canción de soldado que les acunaba como desde el fondo de un sueño.
Seleccionado por Delia Marinela Bulau, Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016
El escarabajo de oro, Edgar Allan Poe
Acompañé a mi amigo, con el corazón apesadumbrado. A cosa de las cuatro nos pusimos en el camino Legrand, Júpiter, el perro y yo. Júpiter cogió la guadaña y las azadas. Insistió en cargar con todo ello, más bien me pareció por temor a dejar una de aquellas herramientas en manos de su amo que por un exceso de celo o de complacencia. Mostraba un humor de perros, y estas palabras, «condenado escarabajo», fueron las únicas que se escaparon de sus labios durante el viaje. Por mi parte, estaba encargado de un par de linternas, mientras Legrand se había contentado con el scarabaemus, que llevaba atado al extremo de un trozo de cuerda; lo hacía girar de un lado para otro, con un aire de nigromante, mientras caminaba. Cuando observaba yo aquel último y supremo síntoma del trastorno mental de mi amigo, no podía apenas contener las lágrimas. Pensé, no obstante, que era preferible acceder a su fantasía, al menos por el momento, hasta que pudiese yo adoptar algunas medidas más energéticas con una probabilidad de éxito. Entre tanto, intenté, aunque en vano, sondearle respecto al objeto de la expedición. Habiendo conseguido inducirme a que le acompañase, parecía mal dispuesto a entablar conversación sobre un tema de tan poca importancia, y a todas mis preguntas no les concedía otra respuesta que un «ya veremos».
Atravesamos en una barca la ensenada en la punta de la isla, y trepando por los altos terrenos de la orilla del continente, seguimos la dirección noroeste, a través de una región sumamente salvaje y desolada, en la que no se veía rastro de un pie humano. Legrand avanzaba con decisión, deteniéndose solamente algunos instantes, aquí y allá, para consultar ciertas señales que debía de haber dejado él mismo en una ocasión anterior.
Caminamos así cerca de dos horas, e iba a ponerse el sol, cuando entramos en una región infinitamente más triste que todo lo que habíamos visto antes. Era una especie de meseta cercana a la cumbre de una colina casi inaccesible, cubierta de espesa arboleda desde la base a la cima y sembrada de enormes bloques de piedra que parecían esparcidos en mezcolanza sobre el suelo, como si muchos de ellos se hubieran precipitado a los valles inferiores sin la contención de los árboles en que se apoyaban. Profundos barrancos, que se abrían en varias direcciones, daban un aspecto más lúgubre al paisaje.
La plataforma natural sobre la cual habíamos trepado estaba tan repleta de zarzas, que nos dimos cuenta muy pronto que sin la guadaña nos hubiera sido imposible abrirnos paso. Júpiter, por orden de su amo, se dedicó a despejar el camino hasta el pie de un enorme tulípero que se alzaba, entre ocho o diez robles, sobre la plataforma, y que los sobrepasaba a todos, así como a los árboles que había yo visto hasta entonces, por la belleza de su follaje y la majestad general de su aspecto. Cuando hubimos llegado a aquel árbol, Legrand se volvió hacia Júpiter y le preguntó si se creía capaz de trepar por él.
Edgar Allan Poe, El escarabajo de oro y otros cuentos, Madrid, Anaya, 1990, pág. 47-49.
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez. Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.
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