lunes, 3 de noviembre de 2014

Viaje al centro de la Tierra, Jules Verne


     Salí, de noche, a dar un breve paseo por la orilla del mar. Regresé pronto, me acosté en un lecho de grandes tablas y me dormí profundamente.
     Cuando me desperté, oí a mi tío hablar ininterrumpidamente en la sala contigua. Me levanté en seguida y me apresuré a unirme a él.
     Estaba hablando en danés con un hombre de elevada estatura y de constitución muy vigorosa. Debía tener una fuerza poco común. Sus ojos, alojados en un rostro muy grande y de ingenua expresión, me parecieron muy inteligentes. Eran de un intenso color azul. Su larga cabellera, que hasta en Inglaterra hubiera pasado por rojiza, caía sobre sus atléticos hombros. Era un indígena de movimientos elásticos, pero movía muy poco sus brazos, como si ignorara o desdeñara el lenguaje de los gestos. Todo en él revelaba un temperamento de una calma perfecta, no indolente sino tranquilo. Daba la impresión de ser un hombre que no pedía nada a nadie, que trabajaba a su conveniencia y que, en este mundo, su filosofía le hacía impermeable a la sorpresa y a la turbación.




Jules Verne, Viaje al centro de la Tierra, Madrid, ed. Alianza, col. El libro de Bolsillo, 1998, páginas 93 y 94.
Seleccionado por Laura Tomé Pantrigo. Segundo de Bachillerato. Curso 2014-2015.




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