lunes, 6 de octubre de 2014

El perfume, Patrick Süskind

CAPÍTULO CATORCE


     -Fórmula, fórmula- graznó Grenouille, enderezándose un poco ante la puerta-; yo no necesito ninguna fórmula. Tengo la receta en la nariz. ¿Queréis que os haga la mezcla, maestro, queréis que os la haga?
¿Me lo permitís?
     -¿Qué dices? - gritó Baldini, alzando bastante la voz y sosteniendo el candelero ante el rostro del gnomo-. ¿Qué mezcla?
     Por primera vez, Grenouille no retrocedió.
     -Todos los olores que se necesitan están aquí, todos aquí,en esta habitación- dijo, señalando hacia la oscuridad-. ¡Esencia de rosas! ¡Azahar! ¡Clavel! ¡Romero...!
     -¡Ya sé que están aquí!- rugió Baldini-. ¡Todos están aquí! ¡Pero ya te he dicho, cabezota, que no sirven de nada cuando no se tiene la fórmula!
     -¡...Y el jazmín! ¡El alcohol! ¡La bergamota! ¡El estoraque!- continuó graznando Grenouille, indicando con cada nombre un punto distinto de la habitación, tan sumida en tinieblas que apenas podía adivinarse la sombra de la estantería con los frascos.
     -¿Acaso también puedes ver de noche?- le gritó Baldini-. No sólo tienes la nariz más fina, sino también la vista más aguda de París, ¿verdad? Pues si también gozas de buen oído, agúzalo para escucharme: eres un pequeño embustero.
   







Patrick Süskind, El perfume, Barcelona, Seix Barral, S.A., booket, página 95. Seleccionado por Laura Tomé Pantrigo. Segundo de bachillerato, curso 2014-2015.

lunes, 29 de septiembre de 2014

El tambor de hojalata, Günter Grass

LA MARIPOSA Y LA BOMBILLA

       Leí a Bruno una parte de mi relato de la balsa, rogándole que fuera objetivo, le formulé mi pregunta.
       -¡Hermosa suerte! -dijo Burno entusiasmado, y acto seguido empezó, sirviéndose de sus cordeles, a plasmar a mi abuelo ahogado en uno de sus muñecos de nudos. Debería darme por satisfecho con su respuesta y no permitir que mis pensamientos temerarios emigren a América en pos de una herencia.
        Mis amigos Klepp y Vittlar vinieron a verme. Klepp me trajo un disco de jazz con King Oliver en las dos caras; Vittlar me ofreció con mucha afectación un corazón de chocolate suspendido de una cinta de color de rosa. Hicieron toda clase de bromas, parodiaron algunas escenas de mi proceso, y yo, por mi parte, para ponerlos contentos, me mostré de buen humor y me reí aun con sus chanzas más estúpidas. Pero como sin querer, y antes de Klepp pudiera dar comienzo a su inevitable conferencia didáctica sobre las conexiones entre el jazz y el marxismo, conté la historia de un hombre que el año trece, osea antes de que todo el lío empezara, fue a parar bajo una balsa interminable y no volvió a aparecer, sin que nunca llegara a hallarse su cadáver.




       Günter Grass, El tambor de hojalata. Editorial, Santillana Ediciones Generales, S.L. página, 44.
       Seleccionado por Alejandro López Sánchez. Segundo de bachillerato, curso 2014/2015

El niño con el pijama de rayas, John Boyne

CAPÍTULO DIECINUEVE

      Miró hacia abajo e hizo algo poco propio de él: le tomó una diminuta mano y se la apretó con fuerza.
      -Tú eres mi mejor amigo- dijo-. Mi mejor amigo para toda la vida.
      Es posible que Shmuel abriera la boca para contestar, pero Bruno nunca escuchó lo que dijo porque en aquel momento se oyó una fuerte exclamación de asombro de todas las personas del pijama de rayas que habían entrado allí, y al mismo tiempo la puerta se cerró con un resonante sonido metálico.
      Bruno arqueó una ceja; no entendía qué pasaba, pero dedujo que tenía que ver con protegerlos de la lluvia para que la gente no se resfriara.
        Y entonces la larga habitación quedó a oscuras.
      Pese al caos que se produjo, de algún modo Bruno logró seguir sujetando la mano de Shmuel; no la habría soltado por nada del mundo.
      


     
John Boyne, El niño con el pijama de rayas, Barcelona, ed. Salamandra, S.A., páginas 212,213. Seleccionado por Andrea González García. Segundo de bachillerato, curso 2014-2015.


El libro de las tierras virgenes, Rudyard Kipling

Los perros jaros 

  No se metió Mowgli en este asunto, porque, como él dijo, ya sabía lo que eran frutas agrias y en qué árboles se cogían; pero cuando Fao, hijo de Faona ( cuyo padre era el que indicaba las pistas en los tiempos de la jefatura de Akela ) ganó en buena lid el derecho de dirigir la manada, de acuerdo con la ley de la Selva, y cuando, a la luz de las estrellas, resonaron una vez más los antiguos gritos y canciones, Mowgli volvió a asistir al Consejo de la Peña, como en memoria de tiempos que pasaron. Si se le antojaba hablar, la manada guardaba hasta que hubiera terminado, y se sentaba en la Peña al lado de Akela, más arriba del sitio ocupado por Fao. Eran, aquéllos, días en que se cazaba bien y se dormía mejor. Ningún forastero se atrevía a entrar en las selvas que pertenecían al pueblo de Mowgli, como llamaban a la manada; los lobos más jóvenes crecían fuertes y gordos, y abundaban los lobatos en la inspección que había que hacer de ellos al llevarlos a la Peña. Iba siempre Mowgli a estas reuniones, acordándose de aquella noche en que una pantera negra compró a la manada la vida de un chiquillo moreno y desnudo, y al prolongado grito de: " ¡ Mirad, mirad bien, lobos!", latía con fuerza su corazón. Otras veces se alejaba, internándose en la selva con los que él consideraba como sus cuatro hermanos, probando, tocando y viendo toda clase de cosas nuevas. 







El libro de las tierras vírgenes, Rudyard Kipling, Madrid, ed. Alianza,  1993, Página 150.
 Seleccionado por Rosa María Perianes Calle, Segundo de bachilerato, curso 2014-2015.

Otra vuelta de tuerca "Capítulo 7", Henry James

                    


         Abordé a la señora Grose tan pronto como pude encontrarla.
 - ¡Es terrible, señora Grose, terrible! - le decía mientras lloriqueaba en sus brazos -.¡Pero lo saben todo!¡Todo!
 -¿Que es lo que saben? - la señora Grose me miraba con incredulidad.
 - Saben todo lo que nosotras sabemos.¡Y sabe Dios cuántas cosas más!
 Poco a poco, mientras me desprendía de sus brazos, pude reunir el valor suficiente para decirle:
 - Hace  apenas dos horas...en el jardín...la pequeña Flora... -apenas podía articular las palabras -...lo vio todo.
 Mis palabras fueron como un golpe bajo para la buena señora.Su rostro se encrespó al preguntarme:
 -¿Acaso se lo has dicho?
 - Ni una palabra...¡De eso me quejo!Una criatura que apenas tiene ocho años ¡y ya ha aprendido a disimular!
 Ni yo misma podía dar crédito a lo que estaba diciendo.
 La señora Grose estaba cada vez más asombrada.
 - Si no se lo ha dicho,¿cómo es que usted lo sabe?
 - Porque lo vi con mis propios ojos...,vi cómo ella se daba cuenta...
-¿Se daba cuenta de la presencia de él?
 -No era él...¡era ella! -durante unos instantes pude observar el impacto que mis palabras habían causado en el rostro de mi interlocutora.





Henry James,Otra vuelta de tuerca,Getafe(Madrid), Anaya, 1999,página 65, Guillermo Arjona Fernández.Segundo de bachillerato. Curso 2014-2015.

La quimera del oro, Jack London

CAPÍTULO SEGUNDO

     -Carmen no durará más de un par de días.
     Mason escupió un trozo de hielo y observó compasivamente al pobre animal. Luego se llevó una de sus patas a la boca y la comenzó a arrancar a bocados el hielo que cruelmente se apiñaba entre los dedos del animal.
     -Nunca vi un perro de nombre presuntuoso que valiera algo -dijo, concluyendo su tarea y apartando a un lado al animal-. Se extinguen y mueren bajo el peso de la responsabilidad. ¿Viste alguna vez a uno que acabase mal llamándose Cassiar, Siwash o Huskey? ¡No, señor! Echale una ojeada a Shookum, es...
     ¡Zas! El flaco animal se lanzó contra él y los blancos dientes casi alcanzaron la garganta de Mason.
     -Conque sí, ¿eh?
     Un hábil golpe detrás de la oreja con la empuñadura del látigo tendió al animal sobre la nieve, temblando débilmente, mientras una baba amarilla le goteaba por los colmillos.
     -Como iba diciendo, mira a Shookum, tiene brío. Apuesto a que se come a Carmen antes de que acabe la semana.
     -Yo añadiré otra apuesta contra ésa -contestó Malemute Kid, dándole la vuelta al pan helado puesto junto al fuego para descongelarse -. Nosotros nos comeremos a Shookum antes de que termine el viaje. ¿Qué te parece, Ruth?
     La india aseguró la cafetera con un trozo de hielo, paseó la mirada de Malemute Kid a su esposo, luego los perros, pero no se dignó a responder. Era una verdad tan palpable, que no requería respuesta. La perspectiva de doscientas millas de camino sin abrir, con apenas comida para seis días para ellos y sin nada para los perros, no admitía otra alternativa. Los dos hombres y la mujer se agruparon en torno al fuego y empezaron su parca comida. Los perros yacían tumbados en sus arneses, pues era el descanso de medio día, y observaba con envidia cada bocado. 



Jack London, La quimera del oro, Pinto (Madrid), ed. Anaya, 1991, página 23.
Seleccionador por Alain Presentación Muñoz. Segundo de bachillerato. Curso 2014/2015

lunes, 5 de mayo de 2014

Las aventuras de Huckleberry Finn, Mark Twain

                                                           CAPÍTULO XV

      Calculamos que en tres noches llegaríamos al Cairo, al sur de Illinois, en la confluencia con el río Ohio, y ésa era nuestra meta. Una vez allí pensábamos vender la balsa y con ello comprar un pasaje para el vapor y remontar Ohio hasta llegar a los Estados libres, donde ya no tendríamos problema.
       Bien, pues a la segunda noche vimos acercarse una espesa niebla y buscamos una ensenada para amarrar la balsa, porque con niebla no es bueno navegar. Me adelanté yo en la canoa con la amarra en la mano, pero no encontraba más que pequeños serpollos para fijarla. Al fin me decidí y amarré la cuerda a uno de ellos, pero la corriente era muy fuerte, y vino una violenta sacudida que se llevó a la balsa, arrancando el arbusto de raíz. Vi cómo la niebla esperaba y me cercaba, y me entró tal pánico que estuve como medio minuto inmóvil, sin capacidad para reaccionar, y entre tanto la balsa se esfumó en la niebla. No se podía ver a más de veinte metros de distancia. Salté a la canoa, me fui a la popa, empuñé el remo, y quise separarla de la orilla apoyándome en él, pero la canoa no cedía. Me di cuenta de que con las prisas me había olvidado de soltar la amarra. Volví a saltar a tierra e intenté desatarla, pero estaba tan nervioso y me temblaban tanto las manos que no daba pie con bola.
       En cuento pude soltarla, me lancé con toda mi alma a la persecución de la balsa, siguiendo en línea recta desde el serpollo donde la había atado. Mientras navegué por la pequeña ensenada en que nos habíamos refugiado, todo fue bien porque lograba orientarme algo, pero ésta no tenía más de sesenta metros de largo, y en el momento en que la dejé atrás me vi sumergido en una espesa capa blanca, y perdí totalmente la noción de hacia dónde me dirigía.
       Pensé que era más prudente no remar, porque podía chocar contra una orilla o algo; lo mejor era quedarse quieto y dejarse llevar por la corriente; aunque me costaba Dios y ayuda eso de dejar las manos quietas en un momento así. Di una voz y escuché. De algún punto lejano, río abajo, me llegó débilmente la respuesta y eso me levantó los ánimos. Me lancé hacia donde me había parecido oír la voz, escuchando con todos mis sentidos. La segunda vez que oí la llamada me di cuenta de que en vez de ir hacia ella me estaba desviando a la derecha. Y a  la siguiente vez me había pasado demasiado a la izquierda. Me daba cuenta e que no ganaba mucho terreno, pues yo iba tanto tumbos de un lado a otro, mientras la balsa seguía en línea recta hacia delante. <<¿Cómo no se le ocurrirá al tonto ese dar golpes sin parar con una sartén o con algo?>>, pensaba. Pero no se le ocurrió y lo que a mí más me desorientaba eran esos espacios vacíos entre llamada me llegó esta vez por la espalda. Estaba hecho un lío. O era la voz de otra persona que  llamaba esta vez, o había girado yo en redondo sin advertirlo.




Mark Twain, Las aventuras de Huckleberry Finn. Editorial Magisterio Español, S.A., páginas 104 y 105. Seleccionado por Paula Sánchez Gómez. Segundo de bachillerato, curso 2013-2014.

El libro de la selva, Rudyard Kipling

LA CANCIÓN DE MOWGLI
       La que cantó en el Roquedal del Consejo cuando bailó sobre la piel de Shere Khan.
       
       La canción de Mowgli, yo, Mowgli, la canto. Que la selva escuche las cosas que he hecho.
       Dijo Shere Khan que me mataría...¡Que me mataría! ¡Que en el umbral del crepúsculo mataría a Mowgli, la Rana!
       Pero comió y bebió. ¡Bebe mucho, Shere Khan! ¿Pues cuándo volverás a beber? Duerme y sueña con la muerte.

       Solo estoy en los campos de pasto. ¡Ven conmigo, Hermano Gris! ¡Ven tú también, Lobo Solitario! Que hay caza mayor.
       Subid a los grandes búfalos machos, a los  toros de piel azul y ojos coléricos. Llevadlos de aquí para allá como os ordeno.
       ¿Aún duermes todavía, Shere Khan? ¡Pues despierta, hey despierta! Que aquí vengo yo, y los toros vienen detrás.
       Rama, el  rey de los búfalos, el suelo golpeó con sus patas. Decidme, aguas de Waingunga, ¿adónde se fue Shere Khan?
       No es él Ikki, para cavar agujeros, ni Mao, el pavo real, para salir volando. Tampoco es Mang, el murciélago , para colgarse de las ramas. Pequeños bambúes, que juntos crujís, decidme adónde escapó.
       ¡Oh! Allí está. ¡Hey! Allí esta. ¡Bajo las patas de Rama está el cojo! ¡Arriba, Shere Khan! ¡Levántate y mata! Que aquí tienes carne; rompe los huesos de los toros.
       ¡Chiss!, que está dormido. Cuidad de no despertarlo, que es mucha su fuerza. Los milanos han bajado a verlo. Las hormigas negras se le han subido para conocerlo.¡Qué reunión tan grande en su honor!
       ¡Pero ay! No tengo ropa para envolverme. Los milanos van a verme desudo. Qué vergüenza delante de tanta gente.
       Déjame tu abrigo, Shere Khan. Déjame tu bonito abrigo rayado para que pueda acudir al Roquedal del Consejo.
       Por el toro que se compró mi vida, hice una promesa... una promesa sin importancia. Sólo tu abrigo me falta para cumplir mi palabra.
       Con el cuchillo, con el cuchillo del cazador, del hombre, me agacharé a por mi regalo.
       Aguas del Waingunga, sois testigos de que Shere Khan me da su abrigo,por el amor que me tiene. ¡Tira, Hermano Gris! ¡Akela, tira! Como pesa la piel de Shere Khan.

       Enfadada está la manada de hombres. Me tiraron piedras y hablaban con lengua de niños. Mi boca sangraba. Escapemos.
       Cruzando la noche, cruzando la calurosa noche, corred veloces conmigo, hermanos míos. Nos despediremos de las luces del pueblo y nos iremos cuando la luna está aún baja.
       Aguas del Waingunga, la manada de los hombres me ha arrojado fuera. Yo no les hice daño, pero ellos me tuvieron miedo. ¿Por qué?
       Manada de lobos, también vosotros me expulsasteis. La selva se me ha cerrado, lo mismo que las puertas de la aldea. ¿Por qué?
       Como Mang vuela entre las fieras y las aves, así vuelo yo entre la selva y el pueblo. ¿Por qué? Bailo sobre la piel de Shere Khan, pero mi corazón es pesado. Mi boca está cortada y herida por las piedras de los aldeanos,pero siento el corazón ligero por haber vuelto a la selva. ¿Por qué?
       Ambas cosas luchan en mí, como luchaban las serpientes en la primavera.
       Brota el agua de mis ojos; y río mientras cae. ¿Por qué?
       Dos Mowglis hay en mí, mientras la piel de Shere Khan está bajo mis pies.
       Toda la selva sabe que he matado a Shere Khan. ¡Mirad!... ¡Mirad bien, lobos!
       ¡Ahae! Me pesa el corazón por las cosas que no entiendo.




Rudyard Kipling, El libro de la selva, ed. Akal, col. Akal Literaturas, Madrid, 2003, página 152, 153, 154. Seleccionado por Sara Paniagua Núñez. Segundo de bachillerato, curso 2013/2014.

       

El aeródromo, Rex Warner

     

      En lo alto del prado, adonde conducía el camino de tablas, estaban el estrado y las tribunas para los concursos de equitación y salto, a punto de empezar; y allí cerca, en las largas tiendas con cortinas de yute, toros, ovejas y cabras aguardaban a los jueces. Por invitación de la hermana del hacendado nos acercamos a una de esas tiendas; estaba ansiosa por ver al toro premiado, Slazenger, propiedad de su hermano, que ya había sido expuesto ese año.
     Entramos en la fila apartando la cortina de cáñamo y recorrimos el estrecho pasadizo que corría a los largo de los establos donde estaban los animales atados. Había un olor caliente a paja, estiércol y carne; íbamos palmeando los húmedos flancos de las bestias recostadas. La hermana del hacendado conocía los nombres de los propietarios de muchos de los animales exhibidos; y me señalaba, lo recuerdo, un ejemplar especialmente hermoso, de color castaño claro,que, tendido sobre el macizo flanco, en la paja, respiraba pesadamente, cuando oímos una exclamación frente a nosotros y volviéndonos hacia el origen del sonido vimos al teniente de aviación que se nos acervaba tendiéndonos la mano.
      Llevaba uniforme y lucía una amplia sonrisa. En su hermoso rostro no se veía señal de turbación; en realidad la sentíamos todos. Porque quizás hubiéramos decidido en secreto no darnos por enterados de su presencia en caso de encontrarlo. Pero en aquel estrecho espacio era imposible disimular la vista de una persona que obstruía el pasadizo entero y que además parecía resuelto a hablar primero. Y cualquier franco desaire bien podía terminar en altercado. Las señoras sonrieron de un modo distante, y el rector, si bien no se mostró contento de ver al joven, fingió interés por lo que éste tenía que decir.
    El teniente nos saludó animadamente.
    -Esperaba encontrarme con ustedes -dijo-; me parece que anoche les agüé la fiesta.
    Se detuvo y miró inquisitivamente las caras una por una.
    -Oh, sí - continuó, aunque nadie mostrara intención de contradecirlo-. En cierto modo di un espectáculo desagradable.




   Rex Warner, El aeródromo, ed. Edhasa, Barcelona, 1988, páginas 50-51. Seleccionado por Laura Tovar García, segundo de bachillerato, curso 2013/2014.

lunes, 28 de abril de 2014

Rojo y negro, Stendhal

CAPÍTULO XXVI

EL AMOR MORAL

       "Es un tanto extravagante la manera de pensar de toda esta familia -pensaba la viuda del mariscal-; están maravillados con su joven clérigo, que no sabe hacer otra cosa que escuchar con unos ojos bastante hermosos, eso es cierto."
       Julien, por su parte encontraba que la manera de ser del mariscal  venía a ser un ejemplo típico de esa calma  patricia que evidencia una educación perfecta ymás aún la incapacidad de sentir ninguna emoción intensa. Los gestos impulsivos, la falta de autodominio, le hubieran escandalizado a la señora de Fervaques casi tanto como la falta de majestad para con sus inferiores. Lamenor señal de sensibilidad le hubiera parecido como una especie de borrachera moral que hace sonrojarse, y que puede perjudicar mucho al propio respeto que se debe toda persona de categoría. Su mayor felicidad consistía en hablar de la última partida de caza del rey; su libro preferido, las Memorias del duque de Saint-Simon, sobre todopor laparte genealógica.
       Julien sabía cual era el sitio, que según la colocación de las luces, le convenía más altipo de belleza de la señora de Fervaques. Solía estar ya de antemano, pero con gran cuidado de volver su silla para no ver a Mathilde. Asombrada por aquel constante esconderse de ella, dejó un día el canapé azul y fue a bordar junto a una mesita cercana alsillón de la señora del mariscal. Julien la veía desde bastante cerca, por debajo del sombrero de la señora de Fervaques. Aquellos ojos, dueños de su destino, alprincipio le asustaron, luego, le hicieron salir rápidamente de su apatía habitual; se puso a hablar, y muy bien.
       Se dirigía a la señora del mariscal pero su única finalidad consistía en causar impresión sobre Mathilde. Se excitó de tal manera que la  señora Fervaques acabó por no entender lo que decía. 
       Era ya un éxito. Si a Julien se le hubiera ocurrido completarlo con unas cuantas frases de misticismo alemán, de sublime fervor y de jesuitismo,la viuda del mariscal le hubiera catalogado definitivamente entre los hombres eminentes llamados a regentar el siglo.
      

El primo Basilio, José Maria Eça de Queirós.

       VII
 
        Por aquel tiempo, una mañana que Luisa iba al Paraíso, de pronto vio salir de un portal, un poco más allá de la plaza Santa Bárbara, la presurosa figura de Ernestito.
        -¿Cómo por aquí, prima Luisa? -exclamó él muy sorprendido-. ¿Qué haces por estos barrios? ¡Vaya milagro!
        Estaba sofocado, llevaba desabrochada la levita de alpaca y echaba hacia atrás, y agitaba con visible excitación un grueso rollo de papeles.
        Luisa se quedó sin saber qué hacer ni qué decir, pero al instante le dijo que había ido a hacer una visita a una amiga... Él no la conocía, había llegado de Oporto...
        -Bueno... Bien, bien... ¿Y qué tal lo pasas? ¿Cuándo vuelve Jorge?
        Luego se disculpó por no haber ido a verla, pero no le quedaba ni un solo minuto libre. Por la mañana, a la Aduana; por la noche,a los ensayos...
       -¿Marcha bien todo? ¿No es eso? -preguntó Luisa.
       -Sí, todo marcha. -Y entusiasmado-: ¡Y muy bien! ¡Un verdadero primor! ¡Pero es mucho trabajo! ¡Mucho trabajo!
       Salía de casa el actor Pinto, que hacía el papel de amante, de conde de Monte Redondo; venía de oírle decir las palabras finales del tercer acto: ¡Maldición! ¡La suerte funeste me persigue! ¡Pues bien! ¡Lucharé cara a cara contra la suerte! ¡A la lucha!  ¡Aquellos era una maravilla! ¡También venía de decirle que acortase el monólogo del segundo acto! Al empresario le parecía largo...
        -¿Es que el empresario sigue metiéndose con la obra?
       -Sí, un poco. -Y con expresión radiante-: ¡Pero está entusiasmado! ¡Todos están entusiasmados! Ayer mismo me decía: <> ¡Es muy buen hombre! Y ahora me voy a casa de Bastos, el folletinista de La verdad. ¿No le conoces?




José Maria Eça de Queirós, El primo Basilio, editorial Planeta S.A., colección Hans Romberg, páginas 195 y 196. Seleccionado por Paula Sánchez Gómez, segundo de bachillerato, curos 2013-2014.

Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carrol



        Conque dejó en el suelo al animal, y se sintió aliviada al verlo alejarse trotando tranquilamente hacia el bosque. “Y empezó a pensar en los niños que conocía y que podrían pasar muy bien por cerditos; y se estaba diciendo a sí misma: "Ójala supiese la manera de cambiarlos...!", cuando se llevó un ligero sobresalto al descubrir al Gato de Cheshire sentado en la rama de un árbol, a unas yardas.
       El Gato se limitó a sonreír al ver a Alicia. Parecía bueno, pensó Alicia; sin embargo, tenía unas uñas larguísimas, y muchísimos dientes, así que comprendió que debía tratarlo con respeto.
       -Minino de Cheshire -empezó, un poco tímidamente, ya que no sabía si le gustaba que le llamasen así; pero al Gato se le ensanchó la sonrisa. <>, pensó Alicia, y prosiguió-: ¿te importaría decirme, por favor, qué dirección debo tomar desde aquí?
       -Eso depende en gran medida de adónde quieres ir -dijo el Gato.
       -No me importa mucho adónde... -dijo Alicia.
       -Entonces, da igual la dirección -dijo el Gato.
       -... con tal de que llegue a alguna parte -añadió Alicia a modo de explicación.
       -¡Ah!, ten la seguridad de que llegarás -dijo el Gato-, si andas lo bastante.
       Alicia comprendió que eso era innegable, así que aventuró otra pregunta:
       -¿Qué clase de gente vive por aquí?
       -En esa dirección -dijo el Gato, haciendo un gesto amplio con la zarpa derecha- vive un Sombrerero; y en esa otra -hizo un movimiento con la otra zarpa-, una Liebre de Marzo. Ve a ver a quien quieras, los dos están locos.
       -Pero yo no quiero andar entre locos -comentó Alicia.
       -¡Ah, eso es algo que no puedes evitar! -dijo el Gato-; aquí estamos todos locos. Yo estoy loco. Y tú estás loca.
       -¿Cómo sabes que yo estoy loca? -dijo Alicia.
       -Tienes que estarlo -dijo el Gato-, de lo contrario no habrías venido aquí.







Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas, Madrid, ed. Akal, col. Akal Literaturas, 2005, páginas 152, 153, 154.
Seleccionado por Sara Paniagua Núñez. Segundo de bachillerato. Curso 2013-2014.

Crimen y castigo, Fedor Dostoievski

         II

       Eran ya cerca de las ocho; los dos encamináronse aprisa a la pensión Bakaliev con objeto de llegar allí antes que Luchin.
      -Bueno; pero ¿quién era ese tío? -inquirió Razúmijin, no bien se encontraron en la calle.
      -Pues Svidrigáilov, ese mismo burgués en cuya casa ofendieron de aqeul modo a mi hermana cuando prestaba allí mismo servicios como institutriz. Por culpa de sus amorosos asedios tuvo que salirse de la casa, echada de allí por su mujer, María Petrovna. La tal María Petrovna pidióle luego perdón a Dunia, y ahora resulta que ha muerto de repente. Eso dijeron antes, refiriéndose a ella. No sé por qué, pero me inspira mucho temor ese hombre. Se vino acá inmediatamente después de sepelio su mujer. Es un hombre muy raro, y seguramente abriga algún sedignio... Parece vomo si supiese algo... ES necesario defender de él a Dunia... Mira: quería decirte esto a ti, ¿oyes?
     -¡Defenderte! Pero ¿qué puede hacer él contra Avdotia Románovna? Bueno; te agradezco, Rodia, que me hables de ese modo...¡La defenderemos, la defenderemos!...¿dónde vive él?
     - Lo ignoro.
     -¿Por qué no se lo preguntaste? ¡Oh, qué lastima! ¡Aunque, por lo demás, me enteraré!
     -¿Lo viste tú a él? -inquirió Raskólnikov tras breve silencio.
     -Claro que sí; me fijé en él; me fijé bien.
     -¿Lo viste bien? ¿Lo viste con toda claridad? -insistió Raskólnikov.
     -Claro que sí. lo recuerdo con toda claridad; entre mil lo reconocería, yo soy buen fisonomista.
      Otra vez guardaron silencio.
     -¡Hum!... Es que... -balbució Raskólnikov-. ¿Sabes una cosa?...pues que se me ha ocurrido...,me parece...,que todo esto pudiera ser solo una fantasía.
    -¿Qué dices? no te entiendo bien.
    -Mira: todos vosotros -prosiguió Raskólnikov, frunciendo los labios en una sonrisa- andáis diciendo que yo estoy loco; pues a mi también me parece ahora que pudiera ser que estuviera loco y que hubiese visto un fantasma.
    -Pero ¿qué estas diciendo?
    -¡Si, quien sabe! pudiera suceder que yo estuviese declarando loco y que todo cuanto ha ocurrido estos días, todo, fuese únicamente obra de la imaginación...
    -¡Ah Rodia! ¡Otra vez te han trastornado!... ¿Qué fue lo que él te dijo, a qué venía?
    Raskólnikov no respondió; Razúmijin permaneció pensativo un momento.
 




     Fedor Dostoievski, crimen y castigo, ed.RBA, col. Historia de la literatura, Barcelona 1994, páginas 271-272, seleccionado por Laura Tovar García, segundo de bachillerato, curso 2013-2014.

Primeros relatos, Anton Chejov


El álbum


      El consejero honorario Kratérov, delgado y fino como la aguja del Almirantazgo, se adelantó y, dirigiéndose a Zhmíjov, dijo:
      -¡ Su excelencia ! Movidos y conmovidos hasta el fondo del alma por sus largos año de jefatura y por su patriarcal tutela...
      -Durante más de diez años enteros- le apuntó Zakusin.
      -Durante más de diez años enteros, sus subordinados, en este... día... tan señalado para nosotros, ofrecemos a Su Excelencia, como prueba de nuestro respeto y profundo agradecimiento, este álbum con nuestros retratos y deseamos que todavía durante mucho tiempo, mucho, hasta la misma muerte, no nos deje en el trancurso de toda su vida...
      -Con  sus paternales admoniciones para que sigamos el camino de la verdad y del progreso... - Añadió Zakusin, secándose el sudor que de pronto lehabía perlado la frente; por lo visto, sus deseos de hablar eran muchos y tenía preparado un discurso-. ¡ Y que tremole su estandarte -terminó diciendo- todavía durante muchos años, muchos, por los campos del genio, del trabajo y de la conciencia social !
      Una lágrima se deslizó por la mejilla izquierda, surcada de arrugas, de Zhmíjov.
      -¡ Señores! -dijo éste con voz temblorosa-. No esperaba, no tenía la menor noción de que se disponían a conmemorar este modesto aniversario mío... Estoy emocionado... muy emocionado... Recordaré este momento hasta la tumba y crean... crean, amigos mios,que nadie deséa tanto su bien como lo deseo yo... Si alguna vez he sido severo, ha sido únicamente en beneficio de ustedes mismos...
      Zhmíjov, consejero de Estado, besó al consejero honorario Kratérov, quien no esperaba tanto honor y palideció de emoción. Luego, el jefe, dando a entender que la suya le impedía seguir hablando, hizo un gesto con la mano y se puso a llorar como si en vez de recibir en ofrenda el valioso álbum se lo quitaran... Sosegado un poco, después de pronunciar aún otras palabras que le salían del corazón, y despues de permitir que todos le estrecharan la mano, bajó a la calle entre jubilosos gritos, subió al coche y partió, acompañado de un sinfín de bendiciones. Al tomar asiento en el coche sintió en el pecho un aflujo de gozosos sentimientos, ignotos para él hasta entonces.

Antón Pávlovich Chéjov, Primeros relatos. Planeta, Barcelona 1981, páginas 131-132.Seleccionado por Adrián Hernández García, segundo de Bachillerato, curso 2013-2014.

Las aventuras de Tom Sawyer, Mark Twain

CAPÍTULO VIII

       Tom se escabulló de aquí para allá por entre callejas hasta apartarse del camino de los que regresaban a la escuela, y después siguió caminando lenta y desmayadamente. Cruzó dos o tres veces un regato, por ser creencia entre los chicos que cruzar el agua desorientaba a los perseguidores. Media hora después desapareció tras la mansión de Douglas, en la cumbre del monte, y ya apenas se divisaba la escuela en el valle, que iba dejando atrás. Se metió por un denso bosque, dirigiéndose, fuera de toda senda, hacia el centro de la espesura, y se sentó sobre el musgo, bajo un roble de ancho ramaje. No se movía la menor brisa; el intenso calor del mediodía había acallado hasta los cantos de los pájaros; la naturaleza toda yacía en su sopor no turbado por ruido alguno, a no ser, de cuando en cuando, por el lejano martilleo de un picamaderos, y aun esto parecía hacer más profundo el silencio, la obsesionante sensación de soledad. Tom era todo melancolía y su estado de ánimo estaba a tono con la escena. Permaneció sentado largo rato meditando, con los codos en las rodillas y la barbilla en las manos. Le parecía que la vida no era más que una carga, y casi envidiaba a Jimmy Hodges, que hacía poco se había librado de ella. Qué apacible debía de ser, pensó, yacer y dormir y soñar por siempre jamás, con el viento murmurando por entre los árboles y meciendo las flores y las hierbas de la tumba, y no tener ya nunca molestias ni dolores que sufrir. Si al menos tuviera una historia limpia, hubiera podido desear que llegase al fin y acabar con todo de una vez. Y en cuanto a Becky, ¿qué había hecho él? Nada. Había obrado con la mejor intención del mundo y le habían tratado como a una perro. Algún día lo sentiría ella...; quizás cuando ya fuera demasiado tarde. ¡Ah, si pudiera morirse por unos días!


Mark Twain, Las aventuras de Tom Sawyer, ed.Bibliotex, col. El mundo, Madrid, 1999, páginas 54-55. Seleccionado por Paloma Montero Jiménez, segundo de bachillerato, curso 2013/2014.