Al referirme al funeral de Marley recuerdo el punto de partida de este relato.No había ninguna duda: Marley estaba muerto. Si no lo entendemos claramente, no surgirá nada maravilloso de la historia que voy a relatar.Si no estuviéramos totalmente convencidos de que el padre de Hamlet murió antes de comenzar la tragedia, no sería nada extraño que se paseara por las noches, cuando soplaba el viento del este, por sus propias murallas, como no resulta extraño que otro caballero de mediana edad se apareciera de improvisto a la caída del sol en mediana edad se apareciera de improvisto a la caída del sol en un lugar agitado por el viento --el cementerio de San Pablo, por ejemplo--, literalmente para asombrar la mente débil de su hijo.
Scrooge nunca borró el nombre del viejo Marley. Y se mantuvo año tras año, en la puerta de la oficina este letrero: Scrooge y Marley. La empresa se llamaba Scrooge y Marley. Algunos, que conocieron la empresa más tarde, le llamaban a Scrooge, Scrooge, y a veces Marley; pero contestaba, indistintamente, y ambos nombres le parecían iguales.
¡Oh! Pero era avaro como un puño, Scrooge. ¡Era un viejo pecador, astuto, que empujaba, arañaba, asía y agarraba! Duro y afilado como el pedernal, del que jamás ningún acero logró sacar el fuego generoso; secreto e introvertido; solitario como una ostra. El frío de su interior había congelado sus rasgos, afilado su nariz apuntada y arrugado sus mejillas. Dio rigidez a su paso, enrojeció sus ojos e hizo palidecer sus labios. Su voz astuta y enfadosa sonaba con desagrado. Una escarcha brillaba en su cabeza, en sus cejas y en su tiesa barba. Con él iba siempre una temperatura baja, helaba en su oficina en los días de mayor calor, y no le calentaba ni un grado en Navidad.
El calor y el frío externos tenían poca influencia en Scrooge. Ni el calor le calentaba, nie el tiempo malo podía enfriarlo. No había viento más amargo que el suyo, ni caía nieve con peores intenciones que las suyas, ni había lluvia menos abierta a la compasión. El tiempo inestable no podía molestarle. Tan sólo en algo se diferenciaban de él la pesada lluvia, la nieve, la helada o la ventisca: con frecuencia se calmaban de forma admirable. Scrooge no se calmaba nunca.
Nadie le paraba en la calle para decirle, con mirada alegre «Querido Scrooge, ¿cómo estás? ¿Cuándo vendrás a visitarme?». Ningún mendigo le pidió limosna, ningún niño le preguntó la hora que era, nunca jamás en sus vidas ni hombres ni mujeres le preguntaban ninguna dirección a Scrooge. Hasta el perro del ciego parecía conocerle, y si le veía aparecer, arrastraba de su amo hasta que entrara en un callejón o en un portal, y luego agitaba el rabo como si dijera: «Mejor no ver, que recibir mal de ojo, amo en tinieblas»
Charles Dickens, Cuentos de Navidad, Madrid, Gaviota, 2005, 15
Selecionado por; Coral García Domínguez, primero de bachillerato, 2015-2016
Un lugar común de los estudiantes de Literatura Universal donde publicamos una antología de textos seleccionados por nosotros mismos con el fin de aprender a conocernos mejor a través de los más variados personajes que pueblan el universo literario.
lunes, 15 de febrero de 2016
La llamada de lo salvaje, jack london
Capítulo V
El trabajo agotador del tiro y de las pistas
A los treinta días de haber abandonado Dawson, el correo de Salt Water, con Buck y sus compañeros al frente, llegó a Skaguay. Se encontraban en un estado lamentable, rendidos y agotados. Loa sesenta y tres kilos que solía pesar Buck habían quedado reducidos a cincuenta y dos. Sus compañeros, aunque eran más pequeños que él, habían perdido relativamente más peso. Pike, el haragán, que en su vidallena de engañosa menudo había fingido que tenía una pata herida, cojeaba ahora de veras. Sol-leks también cojeaba, y Dub tenía la paletilla dislocada.
Todos tenían los pies terriblemente lastimados, y habían perdido toda su elasticidad y su resistencia. Sus patas caían pesadamente sobre el camino, sacudiéndose el cuerpo entero y duplicando, por tanto, el cansancio de cada día de viaje. No les ocurría nada, sólo que estaban muertos de cansancio. No era el profundo cansancio que aparece tras un esfuerzo breve y desmesurado, del que te recuperas en cuestión de horas, sino el profundo cansancio que aparece tras el agotamiento lento y prolongado de las fuerzas a lo largo de varios meses de arduo trabajo. Ya no tenía capacidad de recuperación, ni fuerzas de reserva a las que recurrir. Las habían agotado todas, hasta la última gota. Cada uno de sus músculos, de sus nervios, de sus células, estaban cansados, profundamente cansados. Y con razón. En menos de cinco meses habían recorrido cuatro mil kilómetros, y en los últimos tres mil sólo habían disfrutado de cinco días de descanso.
Cuando llegaron a Skaguay, parecían en las últimas. Apenas podían mantener las riendas tirantes y, cuando iban cuesta abajo, les costaba trabajo evitar que el trineo los atropellase.
-¡Adelante, patitas doloridas!-les gritaba el perrero para animarlos cuando bajaban tambaleantes por la calle mayor de Skaguay-. Esto ya es el final. Luego nos tomaremos un largo descanso. ¿Vale? Claro que sí. Un descanso de primera.
Loa perreros confiaban en disfrutar de unos días de reposo. También ellos habían recorrido dos mil kilómetros con tan sólo dos días de descanso y, con toda razón y justicia, merecían un período de asueto. Pero eran tantos los hombres que habían acudido al Klondike, y tantas las novias, esposas y parientes que se habían quedado en casa, que el correo acumulado estaba tomando proporciones gigantescas; y además, había despachos. Varias remesas de perros, recién llegados de la bahía de hudson, iban a sustituir a los que ya no servían para la ruta. Había que deshacerse de los inútiles y, como los perros apenas si valen nada comparados con los dólares, tuvieron que venderlos.
Pasaron tres días, durante los cuales Buck y sus compañeros se dieron cuenta de lo cansados y débiles que se encontraban. Al cabo, en la mañana del cuarto día, llegaron dos hombres de Estados Unidos y los compraron, con arreos y todo, medio regalados.
london jack, la llamada de lo salvaje, barcelona, vicens vives, 1988, 154, seleccionado por Jennifer garrido gutiérrez, 2016/2017
publicado por el alumno I.E.S Peréz comendador
El trabajo agotador del tiro y de las pistas
A los treinta días de haber abandonado Dawson, el correo de Salt Water, con Buck y sus compañeros al frente, llegó a Skaguay. Se encontraban en un estado lamentable, rendidos y agotados. Loa sesenta y tres kilos que solía pesar Buck habían quedado reducidos a cincuenta y dos. Sus compañeros, aunque eran más pequeños que él, habían perdido relativamente más peso. Pike, el haragán, que en su vidallena de engañosa menudo había fingido que tenía una pata herida, cojeaba ahora de veras. Sol-leks también cojeaba, y Dub tenía la paletilla dislocada.
Todos tenían los pies terriblemente lastimados, y habían perdido toda su elasticidad y su resistencia. Sus patas caían pesadamente sobre el camino, sacudiéndose el cuerpo entero y duplicando, por tanto, el cansancio de cada día de viaje. No les ocurría nada, sólo que estaban muertos de cansancio. No era el profundo cansancio que aparece tras un esfuerzo breve y desmesurado, del que te recuperas en cuestión de horas, sino el profundo cansancio que aparece tras el agotamiento lento y prolongado de las fuerzas a lo largo de varios meses de arduo trabajo. Ya no tenía capacidad de recuperación, ni fuerzas de reserva a las que recurrir. Las habían agotado todas, hasta la última gota. Cada uno de sus músculos, de sus nervios, de sus células, estaban cansados, profundamente cansados. Y con razón. En menos de cinco meses habían recorrido cuatro mil kilómetros, y en los últimos tres mil sólo habían disfrutado de cinco días de descanso.
Cuando llegaron a Skaguay, parecían en las últimas. Apenas podían mantener las riendas tirantes y, cuando iban cuesta abajo, les costaba trabajo evitar que el trineo los atropellase.
-¡Adelante, patitas doloridas!-les gritaba el perrero para animarlos cuando bajaban tambaleantes por la calle mayor de Skaguay-. Esto ya es el final. Luego nos tomaremos un largo descanso. ¿Vale? Claro que sí. Un descanso de primera.
Loa perreros confiaban en disfrutar de unos días de reposo. También ellos habían recorrido dos mil kilómetros con tan sólo dos días de descanso y, con toda razón y justicia, merecían un período de asueto. Pero eran tantos los hombres que habían acudido al Klondike, y tantas las novias, esposas y parientes que se habían quedado en casa, que el correo acumulado estaba tomando proporciones gigantescas; y además, había despachos. Varias remesas de perros, recién llegados de la bahía de hudson, iban a sustituir a los que ya no servían para la ruta. Había que deshacerse de los inútiles y, como los perros apenas si valen nada comparados con los dólares, tuvieron que venderlos.
Pasaron tres días, durante los cuales Buck y sus compañeros se dieron cuenta de lo cansados y débiles que se encontraban. Al cabo, en la mañana del cuarto día, llegaron dos hombres de Estados Unidos y los compraron, con arreos y todo, medio regalados.
london jack, la llamada de lo salvaje, barcelona, vicens vives, 1988, 154, seleccionado por Jennifer garrido gutiérrez, 2016/2017
publicado por el alumno I.E.S Peréz comendador
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Literatura estadounidense,
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Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carroll
—Estoy segura de que no son ésas las palabras correctas -dijo la pobre Alicia, y se le llenaron los ojos de lágrimas otra vez, mientras proseguía-: Debo de ser Mabel, y me va a tocar vivir en esa casucha, sin casi juguetes para jugar, y, ¡ay!, ¡con un montón de lecciones que aprender! No, sobre eso estoy decidida: ¡si soy Mabel, me quedaré aquí abajo! ¡De nada les va a valer que asomen la cabeza y digan: «Sube ya, cariño»! Me limitaré a mirarlos, y les diré: «A ver, ¿quién soy? Decídmelo primero; entonces, si me gusta lo que decís, subiré; pero si no, me quedaré aquí hasta que sea otra...» pero, ¡Dios mío! -exclamó Alicia, con una súbita explosión de lágrimas-. ¡Ojalá asomen la cabeza! ¡Estoy cansadísima de estar aquí sola!
Al decir esto, se miró las manos, y se quedó sorprendida al ver que se había puesto uno de los pequeños guantes de cabritilla del Conejo mientras hablaba. «¿Cómo he podido hacerlo?» pensó. «He debido de estar haciéndome pequeña otra vez». Se levantó y fue a la mesa a medirse con ella, y descubrió que, por lo que podía calcular, tenía ahora como unos dos pies de altura, y que seguía disminuyendo a toda prisa: no tardó en comprobar que la causa de esto era el abanico que tenía en la mano, así que lo soltó apresuradamente, a tiempo de evitar su completa desaparición.
—¡Me he librado por los pelos! -dijo Alicia, bastante asustada ante el súbito cambio, pero muy contenta de verse todavía con vida-. Y, ahora, ¡al jardín! -y echó a correr a toda prisa hacia la puertecita; pero ¡ay!, la puertecita estaba cerrada otra vez, y la llavecita de oro estaba sobre la mesa de cristal como antes, «y la situación ahora ha empeorado», pensó la pobre niña,«ya que antes no era tan pequeña, ¡ni mucho menos! ¡Lo cual es una rabia, desde luego!»
Mientras decía estas palabras le resbaló el pie, y un instante después, ¡plash!, estaba en agua salada hasta la barbilla. Lo primero que pensó fue que, de alguna forma, se había caído al mar; «en cuyo caso puedo regresar en tren», se dijo (Alicia había ido a la playa una vez en su vida, y había llegado a la conclusión general de que, a cualquiera de las costas inglesas que una fuese, encontraría en el agua un montón de máquinas de bañarse, niños cavando en la arena con palitas de madera, luego una fila de hoteles, y detrás una estación de ferrocarril). Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que estaba en el charco de lágrimas que ella misma había derramado cuando medía nueve pies.
—¡Ojalá no hubiera llorado tanto! -dijo Alicia al tiempo que nadaba, tratando de salir-. ¡Ahora, en castigo me ahogaré en mis propias lágrimas! ¡Será una cosa muy rara, desde luego! Pero hoy todo resulta raro.
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez, Primero de Bachillerato, curso 2015-16.
La muerte en Venecia, Thomas Mann
IV
Un día y otro día, el dios de ardientes mejillas recorría con su cuadriga generadora del cálido estío los espacios del cielo, y su dorada cabellera flotaba en el viento huracanado que venía del Este. Por los confines del mar indolente flotaba una blanquecina, sedosa niebla. La arena ardía. Bajo el azul encendido de éter se extendían, frente a las casetas, unas amplias zonas, y en la mancha de sombra secretamente dibujada que ofrecían, parábanse las horas de la mañana. Las noches eran deliciosas; las plantas del parque que esparcían su perfume penetrante, mientras en la altura seguían su carrera los astros, y el murmullo del mar, envuelto en tinieblas, hablaba íntimamente al alma. Aquellas noches traían la alegre promesa de un nuevo día de sol, con ocio ordenado, enjoyado de las infinitas posibilidades que podría ofrecer.
El huésped, a quien un oportuno fracaso había detenido allí, al recobrar su equipaje no pensó, ni mucho menos, en una nueva partida.
Durante dos días había tenido que privarse de algunas cosas, viéndose obligado a comer en el gran comedor en traje de viaje. Pero cuando el equipaje extraviado apareció su cuarto, lo deshizo inmediatamente y llenó armarios y cajones con sus cosas, enteramente decidido a quedarse por un tiempo indefinido, satisfecho de poder caminar por la playa con su traje de seda y de presentarse de etiqueta en el comedor.
Thomas Mann, La muerte en Venecia, Barcelona, Seix Barral, 1983, ed. 16, pág. 78
Seleccionado por Delia Marinela Bulau, Primero de Bachillerato, curso 2015-2016.
viernes, 12 de febrero de 2016
Eugenè Lonesco, La cantante calva
Escena IV:
La señora y el señor MARTIN se sientan el uno frente al otro, sin hablarse. Se sonríen con timidez.
SR. MARTIN (el diálogo que sigue debe ser dicho con una voz lánguida, monótona, un poco cantante, nada
matizada):
– Discúlpeme, señora, pero me parece, si no me engaño, que la he encontrado ya en alguna parte.
SRA. MARTIN:
– A mí también me parece, señor, que lo he encontrado ya en alguna parte.
SR. MARTIN:
– ¿No la habré visto, señora, en Manchester, por casualidad?
SRA. MARTIN:
– Es muy posible. Yo soy originaria de la ciudad de Manchester. Pero no recuerdo muy bien, señor, no podría afirmar
si lo he visto allí o no.
SR. MARTIN:
– ¡Dios mío, qué curioso! ¡Yo también soy originario de la ciudad de Manchester!
SRA. MARTIN:
– ¡Qué curioso!
SR. MARTIN:
– ¡Muy curioso!... Pero yo, señora, dejé la ciudad de Manchester hace cinco semanas, más o menos.
SRA. MARTIN:
– ¡Qué curioso! ¡Qué extraña coincidencia! Yo también, señor, dejé la ciudad de Manchester hace cinco semanas, más
o menos.
SR. MARTIN:
– Tomé el tren de las ocho y media de la mañana, que llega a Londres a las cinco menos cuarto, señora.
SRA. MARTIN:
– ¡Qué curioso! ¡Qué extraño! ¡Y qué coincidencia! ¡Yo tomé el mismo tren, señor, yo también!
SR. MARTIN:
¡Dios mío, qué curioso! ¿Entonces, tal vez, señora, la vi en el tren?
SRA. MARTIN:
– Es muy posible, no está excluido, es posible y, después de todo, ¿por qué no?... Pero yo no lo recuerdo, señor.
SR. MARTIN:
– Yo viajaba en segunda clase, señora. No hay segunda clase en Inglaterra, pero a pesar de ello yo viajo en segunda
clase.
SRA. MARTIN:
11
– ¡Qué extraño, qué curioso, qué coincidencia! ¡Yo también, señor, viajaba en segunda clase!
SR. MARTIN:
– ¡Qué curioso! Quizás nos hayamos encontrado en la segunda clase, estimada señora.
SRA. MARTIN:
– Es muy posible y no queda completamente excluido Pero lo recuerdo muy bien, estimado señor.
SR. MARTIN:
– Yo iba en el coche número 8, sexto compartimiento, señora.
SRA. MARTIN:
– ¡Qué curioso! Yo iba también en el coche número 8, sexto compartimiento, estimado señor.
SR. MARTIN:
– ¡Qué curioso y qué coincidencia extraña! Quizá nos hayamos encontrado en el sexto compartimiento, estimada
señora.
SRA. MARTIN:
– Es muy posible, después de todo. Pero no lo recuerdo, estimado señor.
Eugenè Lonesco, La cantante calva, http://www.ict.edu.mx/acervo_hermeneutica_teatro_La%20cantante%20calva_Ionesco.pdf. Seleccionado por Julia Mateos Gutiérrez, segundo de bachillerato, curso 2015-2016.
Émile Zola, La taberna
Todas las mujeres se volvieron. Gervasia reconoció a Claudio y a Esteban. Apenas la divisaron corrieron hacia ella por entre los charcos, taconeando sobre las baldosas con sus zapatos desatados. Claudio, el mayor, daba la mano a su hermanito. A su paso, las lavanderas dirigíanles palabras cariñosas al verlos un poco asustados, pero sonrientes.
Sin soltarse, los niños se detuvieron delante de su madre, levantando hacia ella sus cabecitas rubias.
–¿Es papá quien os envía? – preguntó Gervasia.
Pero al agacharse para atar los cordones de los zapatos de Esteban vio que el niño balanceaba, colgada de su dedo, la llave de la habitación, con su número de cobre.
–¡Vamos, me has traído la llave! –dijo muy sorprendida–. ¿Por qué?
Cuando el niño vio la llave, que había olvidado, pareció hacer memoria y exclamó con voz clara:
–Papá se ha ido.
–¿Ha ido a comprar el almuerzo y os ha dicho que vinieseis a buscarme aquí?
Claudio miró a su hermano, vaciló y no dijo nada. Luego, de un tirón, prosiguió:
–Papá se fue... Se levantó de la cama, metió todas las cosas en el baúl, lo bajó a un coche... Y se marchó.
Gervasia, que estaba agachada, se puso lentamente en pie, con la cara descompuesta, y llevóse las manos a las mejillas y a las sienes, como si sintiese crujir su cabeza. No pudo sino pronunciar dos palabras, que repitió como veinte veces:
–¡Dios mío! ¡Dios mío!... ¡Dios mío!...
Émile Zola, La taberna, https://esteticaliterarialamm.files.wordpress.com/2013/02/zola-emile-los-rougon-macquart-la-taberna.pdf
Seleccionado por Laura Agustín Críspulo, Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016.
El libro de la selva, Rudyard Kipling
Las vacas marinas se habían separado y
comían perezosamente cerca de las playas
más hermosas que Kotick había visto jamás.
Había largas extensiones de rocas perfectamente
lisas, maravillosamente dispuestas para
la instalación de criaderos. Detrás había
terrenos, aptos para jugar, de arena dura,
que se remontaban suavemente hacia el interior.
Y rompientes magníficos para el baile.
Y una hierba blanda sobre la que podrían revolcarse.
Y dunas que subir y bajar. Y lo mejor
de todo, algo que Kotick supo en cuanto
tocó el agua, que jamás ha engañado a un
auténtico garra del mar: que el hombre jamás
había puesto el pie allí.
Lo primero que hizo fue asegurarse de que
las aguas eran abundantes en peces. Luego,
bordeó las playas y reconoció las islas, encantadoras,
bajas y de arena perfecta, disimuladas
por la niebla, que desprendía infinitas
tonalidades. Hacia el norte, lejos, se veía
claramente una franja de arena, escollos y
rocas. Eso impediría que un barco se acercase
a la playa a menos de seis millas. Entre las
islas y la zona de tierra más extensa había un
canal profundo, que corría casi paralelo y
muy cercano a los acantilados de la costa.
Bajo éstos se abría el túnel de acceso.
«Es otro Novastosna, pero diez veces mejor»,
se dijo Kotick. Vaca Marina debe ser
más inteligente de lo que yo pensaba. Los
hombres no podrían descender por estos
acantilados, eso en el caso de que hubiera
hombres por aquí. Y los bajíos costeros harían pedazos cualquier barco. Si hay algún lugar
seguro en la superficie de los mares, sin
duda éste es el mejor.»
Kipling, Rudyard, http://www.bibliotecaspublicas.es/donbenito/imagenes/Rudyard_Kipling_-_El_libro_de_la_Selva_-_v1.0.pdf
Seleccionado por Paola Moreno Díaz, Segundo de bachillerato, Curso 2015-2016.
Kipling, Rudyard, http://www.bibliotecaspublicas.es/donbenito/imagenes/Rudyard_Kipling_-_El_libro_de_la_Selva_-_v1.0.pdf
Seleccionado por Paola Moreno Díaz, Segundo de bachillerato, Curso 2015-2016.
Seis personajes en busca de autor, Luigi Pirandello
Al entrar en la sala del teatro, los espectadores encontrarán el telón levantado y el escenario tal
como está de día, sin bastidores ni decorados, casi a oscuras, vacío, para que tengan desde el
principio la impresión de un espectáculo no preparado de antemano.
Dos escalerillas, una a la derecha y otra a la izquierda, comunicarán el escenario con la sala.
Sobre el escenario, la concha del apuntador estará junto al foso. Al otro lado, cerca del
proscenio, una mesita y un sillón de espaldas al público, para el DIRECTOR.
Otras dos mesitas, una más grande, una más pequeña, con muchas sillas alrededor, colocadas
para tenerlas a mano, si hubiera necesidad, en el ensayo. Otras sillas, aquí y allá, a derecha e
izquierda, para los ACTORES, y un piano, en el fondo, a un costado, casi oculto.
Apagadas las luces de la sala, se verá entrar por la puerta del foro al TRAMOYISTA con un
mono azulado y una bolsa atada a la cintura; cogerá de un rincón al fondo algunos listones, los
colocará en el proscenio y se arrodillará para fijarlos. Al escucharse los martillazos, saldrá de la
puerta de los camerinos el DIRECTOR DE ESCENA.
EL DIRECTOR DE ESCENA. ¿Qué haces?
EL TRAMOYISTA. ¿Qué hago? Estoy clavando.
EL DIRECTOR DE ESCENA. ¿A estas horas? (Mirará el reloj.) Son las diez y media. En un
momento llegará el Director para el ensayo.
EL TRAMOYISTA. Bueno, ¡yo también necesito mi tiempo para trabajar!
EL DIRECTOR DE ESCENA. Lo tendrás, pero no ahora.
EL TRAMOYISTA. ¿Cuándo, entonces?
EL DIRECTOR DE ESCENA. Cuando no sea la hora de ensayo. Apresúrate y llévatelo todo.
Déjame disponer la escena para el segundo acto de El juego de los papeles.
EL TRAMOYISTA. Resoplando, refunfuñando, recogerá los listones y se irá.
Luigi Pirandello, Seis personajes en busca de un autor, http://biblio3.url.edu.gt/Libros/6%20personajes%20en%20busca%20de%20un%20autor.pdf. Seleccionado por Julia Mateos Gutiérrez, segundo de bachillerato, curso 2015-2016.
El conde de Montecristo, Alexandre Dumas
Capítulo séptimo: La promesa
Era Morrel, en efecto, que, desde la víspera,no vivía ya; con ese instinto particular de los amantes y de las madres, había adivinado que, a consecuencia de la vuelta de la señora de Saint-Merán y de la muerte del marqués, iba a ocurrir algo en casa de Villefort que afectaría a su amor.
Como se verá, sus presentimientos se habían realizado, y ya no era una simple inquietud lo que le llevó tan preocupado y tembloroso a la valla.
Pero Valentina no estaba prevenida de la visita de Morrel; no era aquella la hora en que solía venir, y fue una pura casualidad, o si se quiere mejor, una feliz simpatía la que le condujo al jardín.
En cuanto se presentó en él, Morrel la llamó; ella corrió a la valla.
-¿Vos a esta hora? -dijo.
-Sí, pobre amiga mía -respondió Morrel-; vengo a traer y a buscar malas noticias.
-¡Esta es la casa de la desgracia! -dijo Valentina-; hablad, Maximiliano; pero os aseguro que la cantidad de dolores es bastante crecida.
-Escuchadme, querida Valentina -dijo Morrel procurando contener su emoción para poderse explicar-, os lo suplico, porque todo lo que voy a decir es solemne: ¿cuándo piensan casaros?
-Escuchad -dijo a su vez Valentina-, no quiero ocultaros nada, Maximiliano. Esta mañana se ha hablado de mi boda, y mi abuela,con la que contaba yo como un poderoso aliado, no solamente se ha declarado a su favor, sino que la desea hasta tal punto, que en cuanto llegue el señor d'Epinay será firmado el contrato.
Alexandre Dumas, El conde de Montecristo, www.ataun.net/BIBLIOTECAGRATUITA/Clásicos%20en%20Español/Alejandro%20Dumas/El%20conde%20de%20Montecristo.pdf
Seleccionado por Clara Fuentes Gómez, Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016.
Los tres mosqueteros, Alexandre Dumas
-¡Así se ríe del caballo quien no osaría reírse
del amo! -exclamó el émulo de Tréville, furioso.
-Señor -prosiguió el desconocido-, no río
muy a menudo, como vos mismo podéis ver
por el aspecto de mi rostro; pero procuro conservar el privilegio de reír cuando me place.
-¡Y yo -exclamó D'Artagnan- no quiero que
nadie ría cuando no me place!
-¿De verdad, señor? -continuó el desconocido más tranquilo que nunca .
- Pues bien, es muy justo -y girando sobre sus talones se dispuso a
entrar de nuevo en la hostería por la puerta principal, bajo la que D'Artagnan, al llegar, había observado un caballo completamente ensillado. Pero D'Artagnan no tenía carácter para soltar así a un hombre que había tenido la insolencia de burlarse de él. Sacó su espada por entero de la funda y comenzó a perseguirle gritando:
-¡Volveos, volveos, señor burlón, para que no os hiera por la espalda!
-¡Herirme a mí! -dijo el otro girando sobre sus talones y mirando al joven con tanto asombro como desprecio.
-¡Vamos, vamos, querido, estáis loco!
Luego, en voz baja y como si estuviera hablando consigo mismo:
-Es enojoso -prosiguió-. ¡Qué hallazgo para su majestad, que busca valientes de cualquier sitio para reclutar mosqueteros!
Acababa de terminar cuando D'Artagnan le alargó una furiosa estocada que, de no haber dado con presteza un salto hacia atrás, es probable que hubiera bromeado por última vez. El desconocido vio entonces que la cosa pasaba de broma, sacó su espada, saludó a su adversario y se puso gravemente en guardia. Pero en el
mismo momento, sus dos oyentes, acompañados del hostelero, cayeron sobre D'Artagnan a bastonazos, patadas y empellones. Lo cual fue una diversión tan rápida y tan completa en el ataque, que el adversario de D'Artagnan, mientras éste se volvía para hacer frente a aquellalluvia de golpes, envainaba con la misma precisión, y, de actor que había dejado de ser, se volvía de nuevo espectador del combate, papel
que cumplió con su impasibilidad de siempre, mascullando sin embargo:
-¡Vaya peste de gascones! ¡Ponedlo en su caballo naranja, y que se vaya!
-¡No antes de haberte matado, cobarde! -gritaba D'Artagnan mientras hacía frente lo mejor que podía y sin retroceder un paso a sus tres enemigos, que lo molían a golpes.
Alexandre Dumas, Los tres mosqueteros, http://www2.ayto-sanfernando.com/biblioteca/files/Los-tres-mosqueteros.pdf , seleccionado por Daniel Carrasco Carril, segundo de bachillerato, curso 2015-2016.
rebelión en la granja, George Orwell
Los Mandamientos fueron escritos sobre la pared
alquitranada con letras blancas, y tan grandes, que podían
leerse a treinta yardas de distancia. La inscripción decía así:
LOS SIETE MANDAMIENTOS
1. Todo lo que camina sobre dos pies es un enemigo.
2. Todo lo que camina sobre cuatro patas, o tenga alas, es un
amigo.
3. Ningún animal usará ropa.
4. Ningún animal dormirá en una cama.
5. Ningún animal beberá alcohol.
6. Ningún animal matará a otro animal.
7. Todos los animales son iguales.
Estaba escrito muy claramente y exceptuando que donde
debía decir «amigo», se leía «imago» y que una de las «S» estaba
al revés, la redacción era correcta. Snowball lo leyó en voz
alta para los demás. Todos los animales asintieron con una inclinación
de cabeza demostrando su total conformidad y los más
inteligentes empezaron enseguida a aprenderse de memoria los
Mandamientos.
Orwell, George, rebelión en la granja, http://www.copan.edu.mx/docs/DESSECU14-15/rebelion%20en%20la%20granja.pdf , seleccionado por Paola Moreno Díaz, segundo de bachillerato, curso 2015-2016.
Papá Goriot, Honoré de Balzac
Papá Goriot, anciano de sesenta y nueve años, habíase retirado a la casa de la señora Vauquer en 1813, después de haber abandonado los negocios. Primero había tomado el apartamento ocupado por la señora
Couture, y pagaba entonces mil doscientos francos de pensión, como hombre para quien cinco luises más o menos eran una bagatela. La señora Vauquer había arreglado las tres habitaciones de aquel apartamento mediante una cantidad previa que pagó, según dicen, el valor de un mal mobiliario compuesto de cortinas de algodón amarillo, sillones de madera barnizada tapizados de terciopelo de Utrecht, algunas pinturas a la cola y unos papeles que las tabernas de los suburbios rechazaban. Quizá la despreocupada generosidad que puso en dejarse atrapar papá Goriot, que por aquel entonces era llamado respetuosamente señor Goriot, le hizo considerar como un imbécil que no entendía de negocios. Goriot llegó provisto de una guardarropa bien abastecido, el magnífico ajuar del negociante que no quiere privarse de nada al retirarse del comercio. La señora Vauquer había admirado dieciocho camisas muy finas, cuya calidad resaltaba aún más porque el antiguo fabricante de fideos llevaba en la pechera dos agujas unidas por una cadenilla, y cada una de las cuales llevaba un diamante de gran tamaño.
Honoré de Balzac, Papá Goriot, https://clasesparticularesenlima.files.wordpress.com/2015/04/balzacpapa-goriot.pdf
Seleccionado por Laura Agustín Críspulo, Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016.
Sentido y sensibilidad, Jane Austen
Al terminar la tarde, Elinor había descubierto que la naturaleza de una persona no se modifica materialmente con un cambio de residencia; pues aunque recién se habían instalado en la ciudad, sir John había conseguido reunir a su alrededor a cerca de veinte jóvenes y entretenerlos con un baile. Lady Middleton, sin embargo, no aprobaba esto. En el campo, un baile improvisado era muy aceptable; pero en Londres, donde la reputación de elegancia era más importante y más difícil de ganar, era arriesgar mucho, para complacer a unas pocas muchachas, que se supiera que lady Middleton había ofrecido un pequeño baile para ocho o nueve parejas, con dos violines y un simple refrigerio en el aparador.
El señor y la señora Palmer formaban parte de la concurrencia; el primero, al que no habían visto antes desde su llegada a la ciudad dado que él evitaba cuidadosamente cualquier apariencia de atención hacia su suegra y así jamás se le acercaba, no dio ninguna señal de haberlas reconocido al entrar. Las miró apenas, sin parecer saber quiénes eran, y a la señora Jennings le dirigió una mera inclinación de cabeza desde el otro lado de la habitación. Marianne echó una mirada a su alrededor no bien entró; fue suficiente: él no estaba ahí... y luego se sentó, tan poco dispuesta a dejarse entretener como a entretener a los demás. Tras haber estado reunidos cerca de una hora, el señor Palmer se acercó distraídamente hacia las señoritas Dashwood para comunicarles su sorpresa de verlas en la ciudad, aunque era en su casa que el coronel Brandon había tenido la primera noticia de su llegada, y él mismo había dicho algo muy gracioso al saber que iban a venir.
-Creía que las dos estaban en Devonshire -les dijo.
-¿Sí? -respondió Elinor.
-¿Cuándo van a regresar?
-No lo sé.
Y así terminó la conversación.
Nunca en toda su vida había estado Marianne tan poco deseosa de bailar como esa noche, y nunca el ejercicio la había fatigado tanto. Se quejó de ello cuando volvían a Berkeley Street.
-Ya, ya -dijo la señora Jennings-, sabemos muy bien a qué se debe eso; si una cierta persona a quien no nombraremos hubiera estado allí, no habría estado ni pizca de cansada; y para decir verdad, no fue muy bonito de su parte no haber venido a verla, después de haber sido invitado.
-¡Invitado! -exclamó Marianne.
-Así me lo ha dicho mi hija, lady Middleton, porque al parecer sir John se encontró con él en alguna parte esta mañana.
Jane Austen, Sentido y sensibilidad, www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/a/Austen,%20Jane%20-%20Sentido%20y%20sensibilidad%20%5BDOC%5D.pdf
Seleccionado por Clara Fuentes Gómez, Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016.
Rebelión en la granja, George Orwell
Capitulo 1:
El señor Jones, propietario de la Granja Manor,
cerró por la noche los gallineros, pero estaba
demasiado borracho para recordar que había
dejado abiertas las ventanillas. Con la luz de
la linterna danzando de un lado al otro cruzó el
patio, se quitó las botas ante la puerta trasera,
se sirvió una última copa de cerveza del barril
que estaba en la cocina y se fue derecho a la
cama, donde ya roncaba la señora Jones.
Apenas se hubo apagado la luz en el dormitorio,
empezó el alboroto en toda la granja. Durante
el día se corrió la voz de que el Viejo Mayor,
el cerdo premiado, había tenido un sueño
extraño la noche anterior y deseaba comunicárselo
a los demás animales. Habían acordado
reunirse todos en el granero principal cuando el
señor Jones se retirara. El Viejo Mayor (así le
llamaban siempre, aunque fue presentado en la
exposición bajo el nombre de “Willingdon Beauty”)
era tan altamente estimado en la granja,
que todos estaban dispuestos a perder una hora
de sueño para oír lo que él tuviera que decirles.
En un extremo del granero principal, sobre una
especie de plataforma elevada, Mayor ya se encontraba
ubicado en su cama de paja, bajo una
linterna que pendía de una viga. Tenía doce años
de edad y últimamente se había puesto bastante
gordo, pero aún era un cerdo majestuoso de
aspecto sabio y bonachón, a pesar de que sus
colmillos nunca habían sido cortados. Hacía un
rato que habían empezado a llegar los demás
animales y a ubicarse cómodamente, cada cual
a su modo. Primero llegaron los tres perros,
Bluebell, Jessie y Pincher, y luego los cerdos,
quienes se arrellanaron en la paja delante de la
plataforma. Las gallinas se situaron en el alféizar
de las ventanas, las palomas revolotearon
hacia los tirantes de las vigas, las ovejas y las
vacas se echaron detrás de los cerdos y se dedicaron
a rumiar. Los dos caballos de tiro, Boxer
y Clover, entraron juntos, caminando despacio
y posando con gran cuidado sus enormes
cascos peludos, por temor de que algún animalito
pudiera hallarse oculto en la paja.
George Orwell, Rebelión en la granja, http://argentina.indymedia.org/uploads/2011/03/rebeli_n_en_la_granja.pdf. Seleccionado por Julia Mateos Gutiérrez, segundo de bachillerato, curso 2015-2016.
viernes, 5 de febrero de 2016
Alicia a través del espejo, Lewis Carroll
VII EL LEÓN Y EL UNICORNIO
Al momento comenzaron a acudir soldados corriendo desde todas partes del bosque,primero de a dos y de tres, luego en grupos de diez y veinte y finalmente en cohortes tan numerosas que parecían llenar el bosque entero. Alicia se refugió tras un árbol por miedo a que fueran a atropellarla y estuvo así viéndolos pasar.
Pensó que no había visto en toda su vida soldados de pie tan poco firme: constantemente estaban tropezando con una cosa u otra de la manera más torpe, y cada vez que uno de ellos daba un traspiés , y rodaba por el suelo muchos otros más caían detrás sobre él, de forma que todo el rato todo el suelo estaba cubierto de soldados apisados en pequeños montones.
Entonces aparecieron los caballos.Como tenían cuatro patas se las arreglaban mejor que los soldados;pero incluso aquellos tropezaban de vez en cuando y a juzgar por el resultado, parecía ser una regla bien establecida la que de cada vez un caballo su jinete debía caer al suelo en el acto.De esta manera la confusión iba aumentando por momentos y Alicia se alegro de poder salir del bosque por un lugar abierto en donde se encontró con el Rey blanco sentado al suelo muy atareado escribiendo en su cuaderno de notas.
Lewis Carroll ,Alicia A través del espejo www.umc.es/data/
Seleccionado por María Alegre Trujillo Segundo de Bachillerato Curso 2015-2016
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