viernes, 15 de enero de 2016

Opiniones de un payaso, Heinrich Böll


Capítulo 1.

     Oscurecía ya cuando llegué a Bonn, y me forcé esta vez a no poner en marcha el piloto automático que en cinco años de viajar se ha formado en mi interior: bajar las escaleras del andén, subir las escaleras del andén, dejar maleta, sacar billete del bolsillo del abrigo, recoger maleta, entregar billete, al puesto de periódicos, comprar periódicos de la tarde, salir a la calle, llamar un taxi. Durante cinco años partí yo casi todos los días de algún punto y llegué a cualquier otro punto, por la mañana subía y bajaba las escaleras de la estación, por la tarde bajaba y subía la escaleras de la estación, tomaba taxis, buscaba dinero en el bolsillo de mi chaqueta para pagar al conductor, compré periódicos en el quiosco, y en algún rincón de mi conciencia disfruté la incuria minuciosamente estudiada de este piloto automático.Desde que Marie me ha abandonado para casarse con este católico, Züpner, el funcionamiento se ha hecho todavía más automático, sin perder su
incuria. Para el trayecto de la estación al hotel, del hotel a la estación, hay una unidad de medida: el taxímetro.

Heinrich Böll, Opiniones de un payaso, https://aullidosdelacalledotnet.files.wordpress.com/2014/08/heinrich-boll-opiniones-de-un-payaso.pdf
Seleccionado por Laura Agustín Críspulo, Segundo de Bachillerato, curso 2015-2016.

La letra escarlata, Nathaniel Hawthome


      

De esta intensa sensación y convencimiento de ser el objeto de las miradas severas y escudriñadoras de todo el mundo, salió al fin la mujer de la letra escarlata al percibir, en las últimas filas de la multitud, una figura que irresistiblemente embargó sus pensamientos. Allí estaba en pie un indio vestido con el traje de su tribu; pero los hombres de piel cobriza no eran visitas tan raras en las colonias inglesas, que la presencia de uno pudiera atraer la atención de Ester en aquellas circunstancias, y mucho menos distraerla de las ideas que preocupaban su espíritu. Al lado del indio, y evidentemente en compañía suya, había un hombre blanco, vestido con una extraña mezcla de traje semi civilizado y semi salvaje.

      Era de pequeña estatura, con semblante surcado por numerosas arrugas y que sin embargo no podía llamarse el de un anciano. En los rasgos de su fisonomía se revelaba una inteligencia notable, como la de quien hubiera cultivado de tal modo sus facultades mentales, que la parte física no podía menos que amoldarse a ellas y revelarse por rasgos inequívocos. Aunque merced a un aparente desarreglo de su heterogénea vestimenta había tratado de ocultar o disimular cierta peculiaridad de su figura, para Ester era evidente que uno de los hombros de este individuo era mas alto que el otro. No bien hubo percibido aquel rostro delgado y aquella ligera deformidad de la figura, estrechó a la niña contra el pecho, con tan convulsiva fuerza, que la pobre criaturita dio otro grito de dolor.Pero la madre no pareció oírlo.

      Desde que llegó a la plaza del mercado, y algún tiempo antes que ella le hubiera visto, aquel desconocido había fijado sus miradas en Ester. Al principio, de una manera descuidada, como hombre acostumbrado a dirigirlas principalmente dentro de sí mismo, y para quien las cosas externas son asunto de poca monta, a menos que no se relacionen con algo que preocupe su espíritu. Pronto, sin embargo, las miradas se volvieron fijas y penetrantes. Una especie de horror puede decirse que retorció visiblemente su fisonomía, como serpiente que se deslizara ligeramente sobre las facciones, haciendo una ligera pausa y verificando todas sus circunvoluciones a la luz del día. Su rostro se oscureció a impulsos de alguna poderosa emoción que pudo sin embargo dominar instantáneamente, merced a un esfuerzo de su voluntad, y de tal modo, que excepto un rápido instante, la expresión de su rostro habría parecido completamente tranquila. Después de un breve momento, la convulsión fue casi imperceptible, hasta que al fin se desvaneció totalmente. Cuando vio que las miradas de Ester se habían fijado en las suyas, y notó que parecía haberle reconocido, levantó lenta y tranquilamente el dedo, hizo con una señal con en el aire, y lo llevó sus labios.

      Entonces, tocando en el hombro a una de las personas que estaban a su lado, le dirigió la palabra con la mayor cortesía, diciéndole:
     
     —Le ruego a Ud., buen señor, se sirva decirme ¿quién es esa mujer, y por qué la
exponen de tal modo a la vergüenza pública?
    
  —Ud. tiene que ser un extranjero recién llegado, amigo, —le respondió el hombre, dirigiendo al mismo tiempo una mirada curiosa al que hizo la pregunta a el y a su salvaje compañero.


Nathaniel Hawthome, La letra escarlata, www.avempace.com
Seleccionado por MarÍa Alegre Trujillo, Segundo de bachillerato, curso 2015-2016.

El corazón de las tinieblas, Josph Conrad

 "Cuando  al día  siguiente partimos  a mediodía,  la multitud, de  cuya presencia tras  la cortina de árboles había sido agudamente consciente todo el tiempo, volvió a salir de la maleza, llenó el patio de la estación, cubrió el declive de  la  colina  con una masa de  cuerpos desnudos que respiraban, que  se  estremecían, bronceados. Remonté un poco  el  río, luego  viré  y  navegué  con  la  corriente.  Dos  mil  ojos  seguían  las
evoluciones  del  demonio  del  río,  que  chapoteaba  dando  golpes impetuosos, azotando el agua con su cola terrible y esparciendo humo negro  por  el  aire.  Frente  a  la  primera  fila,  a  lo  largo  del  río,  tres hombres, cubiertos de un fango rojo brillante de los pies a la cabeza, se contoneaban  impacientes.  Cuando  llegamos  de  nuevo  frente  a  ellos, miraban  al  río,  pateaban,  movían  sus  cuerpos  enrojecidos;  sacudían hacia  el  feroz demonio del  río un manojo de plumas negras, una piel repugnante con una cola colgante, algo que parecía una calabaza seca.Y a  la vez gritaban periódicamente series extrañas de palabras que no se parecían a ningún sonido humano, y los profundos murmullos de la multitud  interrumpidos de pronto eran  como  los  responsos de alguna letanía satánica.
    "Transportamos  a  Kurtz  a  la  cabina  del  piloto:  allí  había más  aire. Tendido  sobre  el  lecho,  miraba  fijamente  por  los  postigos  abiertos. Hubo  un  remolino  en  la masa  de  cuerpos  humanos,  y  la mujer  de  la cabeza  en  forma  de  yelmo  y  las mejillas  teñidas  corrió  hasta  la  orilla misma  de  la  corriente.  Él  tendió  las  manos,  gritó  algo,  toda  aquella multitud salvaje continuó el grito en un coro rugiente, articulado, rápido e incesante.  
   "'¿Entiende lo que dicen?', le pregunté.
    "Él  continuaba  mirando  hacia  el  exterior,  más  allá  de  mí,  con ferocidad, con ojos ardientes, añorantes, con una expresión en que se mezclaban  la avidez y el odio. No respondió. Pero vi una sonrisa, una sonrisa de  indefinible significado, aparecer en sus  labios descoloridos,que un momento después se crisparon convulsivamente. 'Por supuesto', dijo  lentamente,  en  sílabas  entrecortadas,  como  si  las  palabras  se  le hubieran escapado por obra y gracia de una fuerza sobrenatural.
   "Tiré del cordón de la sirena, y lo hice porque vi a los peregrinos en la cubierta preparar sus rifles con el aire de quien se dispone a participar en una alegre francachela. Ante el súbito silbido, hubo un movimiento
de abyecto terror en aquella apiñada masa de cuerpos. 'No haga usted eso,  no  lo  haga.  ¿No  ve  que  los  ahuyenta  usted?',  gritó  alguien desconsoladamente  desde  cubierta.  Tiré  de  cuando  en  cuando  del cordón. Se separaban y corrían, saltaban, se agachaban, se apartaban, se evadían del terror del sonido. Los tres tipos embadurnados de rojo se habían tirado boca abajo, en la orilla, como si hubieran sido fusilados.
Sólo  aquella  mujer  bárbara  y  soberbia  no  vaciló  siquiera,  y  extendió trágicamente  hacia  nosotros  sus  brazos  desnudos,  sobre  la  corriente oscura y brillante.


J. Conrad, El corazón de las tinieblas, mural.uv.es/deladel/El%20corazon%20de%20las%20tinieblas.pdf
Seleccionado por Clara Fuentes Gómez, Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016.

Mientras agonizo, William Faulkner

Y comienza a proferir lamentos, inclinada sobre la cama, con las manos un poco levantadas, moviendo el abanico como lo ha hecho durante diez días. Su voz es sonora, juvenil, trémula y clara, arrobada en su propio timbre y volumen; y mueve el abanico enérgicamente, arriba y abajo, arrancando murmullos del aire inútil. Después se echa entre las rodillas de Addie Bundren y, agarrándola, la sacude con la furiosa energía de una persona joven, tendiéndose rápidamente entre el manojo de huesos carcomidos que Addie Bundren dejó, haciendo crujir la cama entera con el seco chirrido de las hojas del jergón; tiene los brazos extendidos, y el abanico, todavía en una de sus manos, se agita aún, casi sin aliento, sobre la alcoba. Desde detrás de la pierna de padre, Vardaman escudriña, boquiabierto, asomándosele a la boca todo el calor de su cara, como si, en cierto modo, se hubiese hincado los dientes en su propia carne, chupando. Poco a poco empieza a retirarse de la cama, redondos los ojos, pálida su cara, que se desvanece en las sombras como un trozo de papel pegado a una tapia ruinosa. Y así sale por la puerta.

William Faulkner, Mientras agonizo,http://www.ddooss.org/libros/William_Faulkner.pdf. Seleccionado por Lidia Rodríguez Suárez, segundo de bachillerato, curso 2015-2016.

El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde.Robert Louis Stevenson

No habían pasado quince días cuando por una casualidad que Utterson juzgó providencial, el doctor Jekyll reunió en una de sus agradables comidas a cinco o seis viejos compañeros, todos excelentes e inteligentes personas además de expertos en buenos vinos; y el notario aprovechó para quedarse una vez que los otros se fueron. No resultó extraño porque sucedía muy a menudo, ya que la compañía de Utterson era muy estimada, donde se le estimaba. Para quien le invitaba era un placer retener al taciturno notario, cuando los demás huéspedes, más locuaces e ingeniosos, ponían el pie en la puerta; era agradable quedarse todavía un rato con ese hombre discreto y tranquilo, casi para hacer práctica de soledad y fortalecer el espíritu de su rico silencio, después de la fatigosa tensión de la alegría. Y el doctor Jekyll no era una excepción a esta regla; y si lo mirábamos sentado con Utterson junto al fuego -un hombre alto y guapo, sobre los cincuenta, de rasgos finos y proporcionados que reflejaban quizás una cierta malicia, pero también una gran inteligencia y bondad de ánimo- se veía con claridad que sentía un afecto cálido y sincero por el notario. -¡Escucha, Jekyll, hace tiempo que quería hablar contigo! dijo Utterson—. ¿Recuerdas aquel testamento tuyo? El médico, como habría podido notar un observador atento, tenía pocas ganas de entrar en ese tema, pero supo salir con gran desenvoltura. -¡Mi pobre Utterson -dijo-, eres desafortunado al tenerme como cliente! ¡No he visto a nadie tan afligido como tú por ese testamento mío, si quitamos al insoportable pedante de Lanyon por ésas que él llama mis herejías científicas! Sí, ya sé que es una buena persona, no me mires de esa forma. Una buenísima persona. Pero es un insoportable pedante, un pedante ignorante y presuntuoso. Nadie me ha desilusionado tanto como Lanyon. 




Stevenson, Robert Louis, el extraño caso de doctor Jekyll y Mr. Hyde.http://www.cva.itesm.mx/biblioteca/Files/Robert_Louis_Stevenson_-_El_extrano_caso_del_Dr_Jekyll_y_Mr_Hyde.pdf
seleccionado por Paola Moreno Díaz , segundo de bachillerato, curso 2015-2016

lunes, 11 de enero de 2016

Nocilla Dream, Agustín Fernández Mallo

79
El nómada oma por hogar una idea. Los grandes nómadas son personas de ides inmóviles, en tanto van dejando atrás personas y ciudades. Michael Landon llegó cansado y muy tarde de los estudios de la Fox; la casa estaba fría, desordenada y desprovista de personalidad. Unos muebles regalados. El cubo de la basura desbordado. La grabación de los capítulos de la 5ª temporada de Autopista al Cielo consumía toda su capacidad de nomadismo; ahora esta casa era el eventual refugio que todo viajero tarde o temprano necesita. Se sirvió un güisqui sin hielo y escogió al azar un vídeo porno de la estantería. Mientras la cinta giraba se calentó un sándwich que había traído del catering. Una mujer corría por un bosque perseguida por dos hombres, al final caía rendida debajo de un árbol y allí se dejaba penetrar. No atendió demasiado a la película. Se despertó cuando pasaban los créditos, según los cuales, los exteriores habían sido grabados en el bosque del Estado de Nevada, el mismo bosque en el que hacía 20 años él había localizado un capítulo de La casa de la pradera, 1972, recordó con nostalgia, la crisis del petróleo, Berkeley era un hervidero, Bertolucci estrenaba El último tango en París, en los Juegos Olímpicos de Munich un comando palestino secuestraba a 9 atletas israelíes y les daba muerte, Nixon era el primer presidente norteamericano en visitar China, Susan Sontang había publicado Contra la interpretación. Volvió a caer dormido en el sofá. Esa noche fue la más nómada de todas pués tomó como hogar la idea definitiva, la única involuntaria, la muerte.

Agutín Fernández Mallo, Nocilla Dream, Sant Josp, Editorial Candaya, S.L., 2010, texto seleccionado por Edith González Ramos, primero de bachillerato.

Los viajes de Gulliver, Jonathan Swift

   En el ínterin el emperador convocó repetidos Consejos para discutir qué debía hacerse conmigo. Según me aseguró con posteridad un amigo íntimo, persona de prestigio que estaba en el secreto como ningún otro, la corte estaba teniendo serios problemas relativos a mi persona. Sospechaban que me escaparía, que mi manutención iba a resultar sumamente cara y podría causar un hambre general. A veces decidieron dejarme perecer de hambre, o, cuanto menos, dispararme flechas envenenadas a la cara y las manos, lo que en poco tiempo acabaría conmigo; pero volvían a reconsiderar la cuestión, pues el hedor de un cadáver tan corpulento podría producir una peste que probablemente se propagaría por todo el reino. En mirad de estas consultas se presentaron varios oficiales del ejército ante las puertas de la Cámara del Gran Consejo, adonde se hizo pasar a dos de ellos, quienes dieron cuenta de mi comportamiento para con los seis sinvergüenzas antes mencionados, circunstancia que causó una impresión tan favorable en el corazón de Su Majestad y de todo el Consejo, en mi provecho, que se despachó una Comisión Imperial que obligaba a todas las villas a novecientos metros en redondo de la ciudad a suministrarme cada mañana seis bueyes, cuarenta ovejas y otras viandas para mi manutención, junto a una proporcional cantidad de pan, vino y otros licores, para subvenir al pago de lo cual Su Majestad libró unas asignaciones con cargo al Tesoro. Porque este príncipe vive principalmente de su propia fortuna personal, y muy de vez en cuando, de modo excepcional, en las grandes ocasiones, recauda tributos de sus súbditos, los cuales están obligados a ayudarle en sus guerras a expensas propias. Se creó también un cuerpo de seiscientas personas en calidad de sirvientes míos a los que se asignaron unos salarios como pensión alimentario, y para los que se levantaron tiendas, con muy buen criterio, a cada lado de mi puerta. Del mismo modo se dio orden de que trescientos sastres me hicieran unos trajes a la moda del país; que seis de los más célebres filólogos de Su Majestad se emplearan en enseñarme su lengua, y, finalmente, que los caballos del emperador, así como los de la nobleza y de la tropa de guardia hicieran frecuentes ejercicios en mi presencia a fin de que se acostumbraran a mí. Pusiéronse todas estas órdenes luego debidamente en práctica y, al cabo de tres semanas, había hecho considerables progresos en el aprendizaje de su lengua, tiempo durante el cual el emperador me honraba con frecuentes visitas y se complacía en colaborar con mis maestros en enseñarme. Empezamos, pues, ya a conversar entre nosotros de algún modo, y las primeras palabras que aprendí fueron para expresarle mi deseo de que tuviera la bondad de concederme la libertad, cosa que le repetía diariamente puesto de rodillas. Su respuesta, a lo que pude entender, fue que aquello debía ser labor de mucho tiempo y en la que no podía pensarse sin contar con el parecer de su Consejo, y que, antes de nada, yo debía Lumos Kelmin pesso desmar lon Emposo; esto es, «jurar la paz con él y su reino».

   Jonathan Swift, Los viajes de Gulliver, Madrid, Unidad Editorial, S.A. , Colección Millenium, 1999, pág. 26-27.
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez. Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.

La llamada de lo salvaje, Jack London

                                                          Capítulo II

          El primer día que buck pasó en la playa de Dyea fue como una pesadilla. Cada hora estuvo repleta de sorpresas y sobresaltos. Lo habían extirpado del corazón de la civilización para precipitarlo al de las cosas primitivas. Su vida ya no era ociosa ni bañada por las caricias del sol, sin nada mejor que hacer que holgazanear y aburrirse. Allí no había paz, ni descanso, ni una mínima seguridad. Todo era confusión y actividad y, a cada instante, la propia vida o algún miembro del cuerpo corrían peligro.Había una necesidad imperiosa de estar en permanente alerta, pues aquellos perros y aquellos hombres no estaban civilizados. Eran salvajes que no conocían más ley que la del garrote y el colmillo.
         Nunca había visto perros que peleasen como lo hacían aquellas fieras lobunas, y su primera experiencia ajena, pues, de lo contrario, no hubiera vivido para beneficiarse de ella. La víctima fue Curly. Estaban acampados cerca del almacén y ella, con la jovialidad que la caracterizaba, se le insinuó a un perro esquimal del tamaño de un lobo adulto, aunque ni siquiera la mitad de grande que ella.
         No hubo aviso previo: el perro saltó sobre Curly como un relámpago, dio un tenazazo metálico con los dientes, saltó hacia atrás con la misma rapidez, y la cara de Curly quedó rajada desde el ojo a la mandíbula.
         Era la manera de pelear de los lobos: atacaban y se retiraban al instante. Pero ahí no acabó todo. Treinta o cuarenta perros esquimales salieron corriendo hacia el lugar y rodearon a los contendientes en un círculo expectante y silencioso. Buck no comprendía aquella silenciosa atención, ni el ansia con la que se relamían el hocico. El siguiente ataque de Curly lo afrontó con el pecho, de una manera tan peculiar que la derribó.Curly ya no volvió a incorporarse.Esto era lo que los perros esquimales que la observaban habían estado esperando.Cerraron el círculo sobre ella, emitiendo gruñidos y gañidos, y Curly quedó sepultada, gritando de dolor, bajo un revoltijo de cuerpos.


     La llamada de lo salvaje, Jack London, Barcelona, Vicens Vives, 1988, página 154
     Seleccionado por Jennifer Garrido Gutiérrez,2016-2017




Chulas y famosas, Terenci Weix

        Buscaba yo la ocasión de efectuar mi óbolo cultural en la sección de jardinería cuando la abundancia de títulos me produjo lo que los franceses llamaban l'embarras du choix, que quiere decir la especie de horror cósmico que la invade a una cuando tiene que elegir entre prendas de distintos modistos cada uno de los cuales nos gusta igual que los otros y sabemos que de todos modos tanto monta monta tanto Hermés como Valentino. Y hallábame ya en el trance de decir entre un libro dedicado a la vida interior de los geranios y otro sobre los distintos métodos de enfrentarse a los períodos mensuales de las gladiolas -que deben de ser los gladiolos hembras porque de otro modo no sé cómo podrían menstruar a gusto- cuando hete aquí que una dependienta me llevó aparte para mostrarme un libro tipo coffe-table que explicaba el modo de confeccionar ramos, centros de mesa y rinconeras de flores secas y distribuirlos sagazmente por los salones de la casa de campo y aun del piso de la ciudad (eso para las que son partidarias de transportar a su vida urbana un soplo de naturaleza viva y un no sé qué de jardín umbrío con aromas de lavanda por aquí y de tomillo por acullá) .
         De pronto dejé de interesarme por los centros de mesa al modo tirolés y toda mi atención quedó focalizada completamente centrada en la silueta de la dependienta, que estaba cañón al modo de las castizas de antes: mucha carne y poca yerba. Pero todo el encanto se rompió, cuando la dependienta de puso a gritar contra mí, aludiendo a mis manos como profanadoras de su honor o algo parecido. Y venga a gritar y venga acusarme sin que yo pudiera comprender una sola palabra. Y es que no podía precisar con certeza qué habían hecho mis manos. De verdad que lo ignoraba por completo. En ese momento yo estaba más para allá que para acá.

         Terenci Weix, Chulas y famosas, Barcelona, Delibes, ed. 2, 1997, página 160
         Seleccionado por Edith González Ramos, Primero de Bachillerato, curso 2015-2016


Los sótanos del Vaticano, André Gide

                                                Libro tercero, Amédée Fleurissoire

                     »EL PAPA ESTÁ ESPERANDO
          Y luego levantó los brazos al cielo.
     -¡Cómo! ¿Tiene usted el insigne honor de disponer de su libertad y se hace esperar? Tema, señora, tema que Dios, cuando le llegue a usted la hora suprema, no haga esperar de igual manera a su alma insuficiente a las puertas del paraíso.
     Se tornaba amenazador, terrible. Luego, bruscamente, se llevó a los labios el crucifijo de un rosario y se recogió en una breve oración.
     -Por lo menos, mientras escribo a París y me contestan- gimió la condesa, confusa.
     -¡Ponga un telegrama! Que su banquero abone los sesenta mil francos al Crédit Foncier de París que, a su vez, telegrafiará al Crédit Foncier de Pau para que le abone a usted la cantidad inmediatamente. Es sencillísimo.
     -Tengo algún dinero depositado en Pau - se atrevió a decir la condesa.
     -¿En un banco?
     -En el Crédit Foncier, precisamente.
   Entonces llegó al colmo de la indignación.
     -¡Ay, señora! ¿Por qué tantos rodeos para decírmelo?
  ¿Esa es la diligencia que manifiesta? ¿Qué diría usted ahora si me negara a admitir su ayuda?
 Luego, paseando por la habitación con las manos cruzadas en la espalda, y como predispuesto en adelante contra todo cuanto pudiera escuchar, comentó:
     -Eso es más que tibieza - y manifestaba su repugnancia chasqueando con la lengua repetidas veces-, es casi doblez. 
     -Padre, por favor.
    Durante algunos instantes, el sacerdote continuó paseándose con las cejas fruncidas, inflexible. Por fin, dijo:
     -Ya sé que usted conoce al padre Boudin, con quien he de comer hoy- sacó el reloj-... y voy a llegar tarde. Extienda un cheque a su nombre: él cobrará en mi lugar los sesenta billetes y me los entregará luego. Cuando usted lo vea, dígale sencillamente que era «para la capilla expiatoria»; es un hombre discreto, que no se complica la vida y no insistirá. ¡Vamos! ¿Qué está usted esperando? 
    La condesa, postrada en el canapé, se incorporó, fue como a rastras hacia un pequeño escritorio, lo abrió, sacó un talonario alargado, verde oliva, y llenó una de sus hojitas con su letra picuda.


        André Gide, Los sótanos del Vaticano, Madrid, Alianza, ed. 2, página 113.
        Seleccionado por Delia Marinela Bulau, Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.

Vivir al día, Miguel Delibes

UN NUEVO NADAL
Después de seguir a una las votaciones del Nadal 1956 me he reafirmado en el convencimiento de que también la maltratada literatura puede dar sus cardíacos. Este es el lado malo de estas eliminatorias cuantitativas, de un acentuado sabor futbolístico. Tamaña sorpresa ya empezó a roerme allápor el año 48, cuando uno no era sino aspirante al Premio Nadal, y el Premio Nadal, a su vez, otro aspirante al Premio Nadal, con mayúsculas, que ha llegado a ser hoy, después de su XIII edición. Por lo de atañe a éste, las cosas empezaron a enredarse sobre las doce de la noche- y me refiero a Valladolid, tan afortunado en este gordo de las letras españolas-, hora en que Radio Nacional de Barcelona se desentendió, al fin, de la interferencia de una emisora extranjera y dejó oír claramente que "La frontera de Dios", del padre Martín Descalzo, marchaba lanzada hacia el triunfo. Quedaban en liza aún cinco contringantes, mas "La frontera de Dios" caminaba bien arropada en una esperanzadora unanimidad del Jurado. Conocía la novela del padre Martín, la que, por encima de toda posible objeción técnico literaria, desarrollaba un tema nuevo, de una fuerza sobrecogedora, que no invitaba precisamente a reparar en virtuosismos de construcción o fórmulas expresivas.

Miguel Delibes, Vivir al día, Barcelona, Ediciones Destino, S.A., 1968,pág. 60-61, texto selecciono por Edith González Ramos, primero de bachillerato, curso 2015-2016.


El guardián entre el centeno, Jerome David Saligner

     Por entre las cortinas de la ducha se filtraba en su cuarto un poco de luz. Estaba en la cama, pero se le notaba que no dormía.
     —Ackley -le pregunté-. ¿Estás despierto?
     —Sí.
     Había tan poca luz que tropecé con un zapato y por poco me rompo la crisma. Ackley se incorporó en la cama y se quedó apoyado sobre un brazo. Se había puesto por toda la cara una pomada blanca para los granos. Daba miedo verle así en medio de aquella oscuridad.
     —¿Qué haces?
     —¿Cómo que qué hago? Estaba a punto de dormirme cuando os pusisteis a armar ese escándalo. ¿Por qué os peleábais?
     —¿Dónde está la llave de la luz? -tanteé la pared con la mano.
     —¿Para qué quieres luz? Está ahí, a la derecha.
     Al fin la encontré. Ackley se puso la mano a modo de visera para que el resplandor no le hiciera daño a los ojos.
     —¡Qué barbaridad! -dijo-. ¿Qué te ha pasado?
     Se refería a la sangre.
     — Me peleé con Stradlater -le dije. Luego me senté en el suelo. Nunca tenían sillas en esa habitación. No sé qué hacían con ellas-. Oye -le dije-, ¿jugamos un poco a la canasta? -era un adicto a la canasta.
     —Estás sangrando. Yo que tú me pondría algo ahí.
     —Déjalo, ya parará. Bueno, ¿qué dices? ¿Jugamos a la canasta o no?
     —¿A la canasta ahora? ¿Tienes idea de la hora que es?
     —No es tarde. Deben ser sólo como las once y media.
     —¿Y te parece pronto? -dijo Ackley-. Mañana tengo que levantarme temprano para ir a misa y a vosotros no se os ocurre más que pelearos a media noche. ¿Quieres decirme qué os pasaba?
     —Es una historia muy larga y no quiero aburrirte. Lo hago por tu bien, Ackley - le dije.
     Nunca le contaba mis cosas, sobre todo porque era un estúpido. Stradlater comparado con él era un verdadero genio.
     —Oye -le dije-, ¿puedo dormir en la cama de Ely esta noche? No va a volver hasta mañana, ¿no?
     Ackley sabía muy bien que su compañero de cuarto pasaba en su casa todos los fines de semana.
     —¡Yo qué sé cuándo piensa volver! -contestó. ¡Jo! ¡Qué mal me sentó aquello!
     — ¿Cómo que no sabes cuándo piensa volver? Nunca vuelve antes del domingo por la noche.
     —Pero yo no puedo dar permiso para dormir en su cama a todo el que se presente aquí por las buenas.
     Aquello era el colmo. Sin moverse de donde estaba, le di unas palmaditas en el hombro.
     —Eres un verdadero encanto, Ackley, tesoro. Lo sabes, ¿verdad?
     —No, te lo digo en serio. No puedo decirle a todo el que...
     —Un encanto. Y un caballero de los que ya no quedan -le dije. Y era verdad.
     —¿Tienes por casualidad un cigarrillo? Dime que no, o me desmayaré del susto.

     Jerome David Saligner, El guardián entre el centeno, Madrid, Alianza Editorial, S.A. , El libro de bolsillo, 1996, pág. 54-55.
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez. Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.

viernes, 8 de enero de 2016

Final de partida, Samuel Becket

 (...)Dios sabe por qué razones sobrevivió, por así decir, a la invasión, en aquella cama había sufrido el ladrón de automóviles indecibles dolores, tal vez por eso haya quedado en ella un aura de padecimiento que hizo alejarse a la gente. Son disposiciones del destino, misterios de los arcanos, y esta casualidad no ha sido la primera, lejos de eso, basta reparar que a esta sala llegaron todos los pacientes de la vista que se encontraban en el consultorio cuando apareció el primer ciego, entonces todavía se pensaba que la cosa no iba a más. Bajito, como de costumbre, para no descubrir el secreto de su presencia, la mujer del médico susurró al oído del marido, Quizá haya sido también enfermo tuyo, es un hombre ya de edad, calvo, de pelo blanco, y lleva una venda negra en uno de los ojos, recuerdo que me hablaste de él, En qué ojo, En el izquierdo, Tiene que ser él. El médico avanzó por el corredor y dijo, levantando un poco la voz, Me gustaría poder tocar a la persona que acaba de unirse a nosotros, le ruego que venga andando en esta dirección, yo iré a su encuentro. Coincidieron en medio del camino, los dedos con los dedos, como dos hormigas que se reconocieran por el manejo de las antenas, no será así en este caso, el médico pidió permiso, tanteó con las manos la cara del viejo, encontró rápidamente la venda, No hay duda, era el último que nos faltaba aquí. El paciente de la venda negra, exclamó, Qué quiere decir, quién es usted, preguntó el viejo, Soy, era su oftalmólogo, se acuerda, estuvimos hablando de la fecha de su operación de cataratas, Y cómo me ha reconocido, Sobre todo por la voz, la voz es la vista de quien no ve, Sí, la voz, también yo reconozco la suya, quién nos lo iba a decir, doctor, ahora ya no necesito que me opere, Si hay remedio para esto, los dos lo necesitamos, Recuerdo que usted, doctor, me dijo que después de operado no iba a reconocer el mundo en que vivimos, ahora sabemos cuánta razón tenía, Cuándo se quedó ciego, Ayer por la noche, Y lo han traído ya, Hay tanto miedo ahí fuera que pronto van a matar a las personas cuando descubran que se han quedado ciegas, Aquí ya liquidaron a diez, dijo una voz de hombre, Los encontré, dijo el viejo de la venda negra simplemente, Eran de otra sala, a los nuestros los enterramos inmediatamente, añadió la misma voz como si acabase un informe. La chica de las gafas oscuras se había ido acercando, Se acuerda de mí, llevaba puestas unas gafas oscuras, Me acuerdo muy bien, a pesar de la catarata recuerdo que era muy bonita, la chica sonrió, Gracias, dijo, y volvió a su sitio. Desde allí añadió,(...)


Becket, Samuel, Final de partida
http://web.seducoahuila.gob.mx/biblioweb/upload/Saramago,%20Jose%20-%20Ensayo%20sobre%20la%20ceguera.pdf
texto seleccionado por Paola Moreno Díaz, segundo de bachillerato, curso 2015-2016





El proceso, Franz Kafka

Una mañana de invierno ––fuera caía la nieve y la luz era mortecina––, K estaba sentado en su despacho, exhausto a pesar de encontrarse in las primeras horas de la mañana. Para protegerse de los funcionarios inferiores, había encargado a su ordenanza que no dejase pasar a nadie; puso como excusa que estaba muy ocupado. Pero en vez de trabajar, giraba en su sillón, desplazaba lentamente distintos objetos sobre el escritorio y, sin ser muy consciente de lo que hacía, terminó por extender el brazo sobre la mesa y permanecer inmóvil con la cabeza inclinada. El proceso ya no abandonaba sus pensamientos. Con frecuencia había considerado la posibilidad de redactar un escrito de defensa y Presentarlo al tribunal. En él incluiría una corta descripción de su vida y aclararía, respecto a cada acontecimiento importante, por qué motivos había actuado así, si esa forma de actuar, según su juicio actual, era reprochable o no, y las justificaciones que se podían aducir en uno u otro caso. Las ventajas de un escrito de defensa con un contenido similar, en comparación con la simple defensa a través del abogado, por lo demás tampoco libre de objeciones, eran indudables. K no sabía lo que el abogado emprendía; en todo caso no era mucho, hacía un mes que no le llamaba y en ninguna de las visitas previas tuvo la impresión de fue ese hombre pudiera alcanzar algo. Ni siquiera le había preguntado apenas nada. Y, sin embargo, había tanto que preguntar. Preguntar era, sin duda, lo principal. K tenía la sensación de que él mismo podía plantear todas las preguntas necesarias del caso. El abogado, por el contrario, en vez de preguntarle, contaba cosas él mismo o permanecía en silencio, inclinándose sobre el escritorio ––tal vez por su dureza de oído––, tirándose de un pelo de la barba y mirando fijamente la alfombra, es posible que hacia el lugar en el que habían yacido K y Leni.

Franz Kafka, El proceso, http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/K/Kafka,%20Franz%20-%20El%20Proceso.pdf
Seleccionado por Lidia Rodríguez Suárez. Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016.

La muerte de un viajante, Arthur Miller


LINDA: ¿Qué has dicho? 
BIFF: Nada. Sólo he preguntado: «¿Qué mujer?». 
HAPPY: ¿Qué pasa con ella? 
LINDA: Veréis, parece ser que esa mujer iba andando por la carretera y vio el coche. Dice que Willy no conducía rápido, ni mucho menos, y que el vehículo no patinó. Fue hacia el puentecillo a propósito, rompió el pretil, y lo único que le salvó fue la poca profundidad del agua. 
BIFF: Lo más probable es que hubiera vuelto a dormirse. 
LINDA: No creo que se durmiera. 
BIFF: ¿Por qué no? 
LINDA: El mes pasado...  (Con gran dificultad:)  ¡Qué difícil resulta contar una cosa así, hijos míos! Le tomáis por un estúpido, pero os digo que hay más bondad en él que en la mayoría de la gente. (La emoción le embarga la voz, y se enjuga los ojos.) Yo estaba buscando un fusible. Hubo un apagón y bajé al sótano. Y detrás de la caja de fusibles... caído..., vi un tubo de goma bastante corto. 
HAPPY: ¿En serio? 
LINDA: En el extremo tiene un pequeño accesorio de fijación, y, como me temía, bajo la caldera había un nuevo manguito de unión en la tubería del gas. 
HAPPY (enojado): Ese... memo. 
BIFF: ¿Lo has quitado? 
LINDA: Yo... Me da apuro. ¿Cómo puedo decírselo? Cada día bajo al sótano y retiro el tubo corto de goma. Pero cuando él vuelve a casa, lo dejo donde estaba. ¿Cómo podría insultarle de esa manera? No sé qué hacer. Vivo con el corazón en un puño, hijos míos. Creedme,  sé lo que le está rondando por la cabeza. Parece anticuado y estúpido, pero os digo que os ha dedicado su vida entera, y vosotros le habéis dado la espalda.  (Está inclinada en la silla, llorando, el rostro entre las manos.)  ¡Te lo juro, Biff, tienes su vida en tus 
manos! 
HAPPY (a Biff): ¡Mira con qué nos sale el muy idiota! 
BIFF (besándola): De acuerdo, mamá, de acuerdo. No hay más que hablar. He sido un descuidado. Lo sé, mamá, pero voy a quedarme, y te juro que haré las cosas como es debido.  (Arrodillándose ante ella lleno de remordimiento:) Es sólo que... no sirvo para estar  atado a un empleo, ¿sabes? Pero voy a intentarlo, sí, voy a intentarlo, y tendré éxito. 
HAPPY: Claro que lo tendrás. Lo malo de ti, por lo que se refiere al trabajo, es que nunca has tratado de agradar a la gente. 
BIFF: Lo sé, yo... 
HAPPY: Como cuando trabajabas con  Harrison. Bob Harrison decía que valías mucho, y entonces vas y te pones a hacer idioteces, a silbar canciones enteras en el ascensor, como un comediante. 
BIFF (en contra de Happy): ¿Y qué? Me gusta silbar de vez en cuando. 
HAPPY: ¡No dan un puesto de responsabilidad a un empleado que silba en el ascensor! 
LINDA: No discutáis ahora sobre eso, por favor. 

Arthur Miller, La muerte de un viajante, https://escuelapreoletaria.files.wordpress.com/2010/09/milller-arthur-muerte-de-un-viajante.pdf
Seleccionado por Clara Fuentes Gómez, Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016.