lunes, 20 de octubre de 2014

La quimera del oro, Jack London




EL SILENCIO BLANCO


    El sonido de la oscuridad es piadoso, amortajándole a uno como para protegerle, y exhalando mil consuelos intangibles: pero el brillante silencio blanco, claro y frio bajo cielos de acero, es despiadado.
       Pasó una hora, dos horas, pero el hombre no moría. A media tarde el sol, sin elevar su cerco sobre el horizonte meridional, lanzó una insinuación de fuego a través de los cielos, y rápidamente la retiró. Malemute Kid se levantó y arrastró al lado de su compañero. Lanzó una mirada a su alrededor. El silencio blanco pareció burlarse y un gran temor se apoderó de él. Sonó un disparo agudo: Mason voló a su sepulcro aéreo, y Malemute Kid obligó a los perros a latigazos a emprender una salvaje carrera mientras huía veloz sobre la nieve.



Jack London, La quimera del oro, Madrid, Anaya, 1991,página 35. Seleccionado por Pablo Galindo Cano.Segundo de bachillerato. Curso 2014-2015.

CAPÍTULO: LA LEY DE LA SELVA, Rudyard Kipling



CAPÍTULO: LA LEY DE LA SELVA    




          Hemos de retroceder ahora hasta la época del primer cuento.Cuando abandonó Mowgli la caverna    de los lobos, después de la lucha que sostuvo con la manada en el Consejo de la Peña, fuése hacia las  tierras de labor donde vivían los campesinos; pero no quiso quedarse allí por hallarse demasiado cerca de la Selva y por saber que en el Consejo había dejado, por lo menos, un enemigo acérrimo. Así, pues, apretó el paso siguiendo un mal camino que iba a parar hasta el valle, y no lo abandonó, corriendo al trote largo durante cosa de unas cinco leguas, hasta que llegó a un país que le era desconocido. El valle se abría allí convirtiéndose en gran llanura, salpicada de rocas y cortada a trechos por barrancos. A un extremo veíase una aldea, y al otro la espesa selva descendía súbitamente hasta las tierras de pastos, parándose de golpe como si la hubieran cortado con la azada. Por toda la llanura pacían búfalos y ganado, y cuando lo muchachos que lo cuidaban vieron a Mowgli, comenzaron a gritas huyendo, mientras los amarillos perros vagabundos que andan siempre alrededor de toda aldea india pusiéronse a ladrar. Siguió Mowgli  adelante, porque se sentía hambriento, y al llegar a la entrada del lugarejo, vio que el gran arbusto espinoso que colocaban frente a ella al oscurecer, para interceptar el paso, estaba entonces corrido hacia un lado.




Rudyard Kipling,El libro de las tierras vírgenes,Madrid,Alianza,1993,páginas 90-91,Seleccionado por Guillermo Arjona Fernández. Segundo de bachillerato,curso 2014/2015.

Nuestra Señora de París, Victor Hugo

     Capítulo 1: El gran salón

     Hace hoy tresciento cuarenta y ocho años, seis meses y diecinueve días que los vecinos de París fueron despertados por el ruido de todas las campanas de la ciudad repicando a todo repicar dentro del triple recinto de la Cité, la universidad y la VIlla.
     Aquel 6 de enero de 1482 no es, sin embargo, un día del que la historia haya guardado un recuerdo especial.
El acontecimiento que agitaba desde muy de mañana las campanas y a los burgueses de París no tenía nada de particular. No se trataba de un asalto de las gentes de Picardía o de Borgoña, ni de una reliquia llevada en procesión, ni de una revuelta de estudiantes en la viña de Laas, ni la entrada de nuestro muy timido y respetado señor el rey, ni tan siquiera de una hermosa ceremonia en el patíbulo de París, colgando de la horca a un buen racimo de ladrones y ladronas. Tampoco se trataba de la llegada, tan frecuente en el siglo XV, de alguna embajada empenachada y emperifollada. Hacía apenas dos días que la última de esas cabalgatas, la de los embajadores flamencos encargados de concertar el matrimonio del delfín con Margarita de Flandes, había hecho su entrada en París, con gran disgusto de monseñor el cardenal de Borbón que, para complacer al rey, había tenido que poner buena cara a toda aquella rústica multitud de burgomaestres flamencos, y obsequiarles, en su palacio de Borbón, con la representación de <> mientras que una lluvia torrencial empapaba los magníficos tapices colocados a la entrada.





Victor Hugo, Nuestra señora de París. Editorial, Alianza, Madrid, 2008, páginas 17 y 18.
Seleccionado por Pablo del Castillo Baquerizo. Segundo de bachillerato, curso 2014/2015

lunes, 6 de octubre de 2014

Las flores del mal, Charles Baudelaire

Correspondencias

Naturaleza es templo cuyos vivos pilares 
dejan, algunas veces, salir confusos nombres;
es un bosque simbólico que recorren los hombres
a los que siempre mira con ojos familiares.

Igual que largos ecos de lejos confundidos
es una tenebrosa y profunda unidad, 
basta como la noche, y con claridad 
se responden colores, aromas y sonidos.

Hay perfumes tan frescos como carnes de infantes,
dulces como los oboes, verdes cual prado inmenso, 
- y los hay corrompidos, ricos y triunfantes.

Charles Baudelaire, Las flores del mal, Madrid, Cátedra,2008, página 136, seleccionado por: Pablo Galindo Cano, 2º de Bachillerato 2014-2015

Los miserables, Victor Hugo

                                                         LIBRO OCTAVO
                       LOS CEMENTERIOS TOMAN LO QUE LES DAN

         Capítulo I DONDE SE TRATA DE CÓMO SE PUEDE ENTRAR EN UN CONVENTO 

     En esta casa había <> Juan Valjean, según decía Fauchelevent.
     Había saltado por la pared del jardín que formaba el ángulo de la calle Polonceau ;el himno angélico que había oío en medio de la noche era el canto de maitines de las monjas ; la sala que había visto en la oscuridad , era la capilla ; la fantasma tendida en tierra , era la hermana en el acto del desagravio ; la campanilla cuyo ruido le había sorprendido tanto , era el cencerro del jardinero sjeto a la pierna del tío Fauchelevent.
     Acostada ya Cosette , Juan Valjean y Fauchelevent habían cenado , como hemos dicho , un pedazo de queso y una copa de vino al amor de una buena leña ; y como la única cama que había estaba ocupada por Cosette , se habían echado cada uno en un haz de paja. Juan Valejean antes de cerrar los ojos , había dicho : << Es preciso que me quede aquí>>, y estas palabra habían estado dando vuelta toda la noche en el cerebro de Fauchelevent.






Victor Hugo , Los miserables , Barcelona , RBA , 1994 , página 496.
Seleccionado por Lucía Pintor del Mazo. Segundo de bachillerato. Curso 2014/2015





DRÁCULA "CAPÍTULO 17" DIARIO DEL DOCTOR SEWARD




  29 de septiembre. Me  ensimismé tanto el la lectura del extraordinario diario de Jonathan Harker y en la del  de su esposa que el tiempo pasó sin darme cuenta.La señora Harker no estaba abajo cuando la doncella nos llamó para cenar,así que le comenté a esta: 
 -Probablemente este cantada;vamos a esperar una hora más.
Seguí con mi trabajo.Acababa de terminar el diario de la señora Harker cuando ella entró.Estaba dulcemente encantadora, pero muy triste y tenia los ojos irritados de llorar.Esto me conmovió mucho.Dios sabe que en los últimos tiempos he tenido motivos sobrados para llorar, pero el consuelo de las lágrimas me ha sido negado.Y ahora la visión de esos dulces ojos brillando por las lágrimas recientes me llegó directamente al corazón.Le dije, lo más amablemente que pude:
 - Temo haberla perturbado de alguna manera.
 - ¡Oh no!,en absoluto -contestó -;pero su dolor me ha emocionado más de lo que le puedo decir.Es un aparato maravilloso , pero cruelmente sincero. Me ha contado, con el sentimiento de aquellos momentos, la angustia de su corazón.Era como el alma gritando a Dios todopoderoso.¡Que nadie mas vuelva a oír esas palabras!Miré, he intentado ser útil.He copiado todo a máquina, y ahora nadie tendrá que oír mas los gemidos de su corazón como yo lo he hecho

El perfume, Patrick Süskind

CAPÍTULO CATORCE


     -Fórmula, fórmula- graznó Grenouille, enderezándose un poco ante la puerta-; yo no necesito ninguna fórmula. Tengo la receta en la nariz. ¿Queréis que os haga la mezcla, maestro, queréis que os la haga?
¿Me lo permitís?
     -¿Qué dices? - gritó Baldini, alzando bastante la voz y sosteniendo el candelero ante el rostro del gnomo-. ¿Qué mezcla?
     Por primera vez, Grenouille no retrocedió.
     -Todos los olores que se necesitan están aquí, todos aquí,en esta habitación- dijo, señalando hacia la oscuridad-. ¡Esencia de rosas! ¡Azahar! ¡Clavel! ¡Romero...!
     -¡Ya sé que están aquí!- rugió Baldini-. ¡Todos están aquí! ¡Pero ya te he dicho, cabezota, que no sirven de nada cuando no se tiene la fórmula!
     -¡...Y el jazmín! ¡El alcohol! ¡La bergamota! ¡El estoraque!- continuó graznando Grenouille, indicando con cada nombre un punto distinto de la habitación, tan sumida en tinieblas que apenas podía adivinarse la sombra de la estantería con los frascos.
     -¿Acaso también puedes ver de noche?- le gritó Baldini-. No sólo tienes la nariz más fina, sino también la vista más aguda de París, ¿verdad? Pues si también gozas de buen oído, agúzalo para escucharme: eres un pequeño embustero.
   







Patrick Süskind, El perfume, Barcelona, Seix Barral, S.A., booket, página 95. Seleccionado por Laura Tomé Pantrigo. Segundo de bachillerato, curso 2014-2015.

lunes, 29 de septiembre de 2014

El tambor de hojalata, Günter Grass

LA MARIPOSA Y LA BOMBILLA

       Leí a Bruno una parte de mi relato de la balsa, rogándole que fuera objetivo, le formulé mi pregunta.
       -¡Hermosa suerte! -dijo Burno entusiasmado, y acto seguido empezó, sirviéndose de sus cordeles, a plasmar a mi abuelo ahogado en uno de sus muñecos de nudos. Debería darme por satisfecho con su respuesta y no permitir que mis pensamientos temerarios emigren a América en pos de una herencia.
        Mis amigos Klepp y Vittlar vinieron a verme. Klepp me trajo un disco de jazz con King Oliver en las dos caras; Vittlar me ofreció con mucha afectación un corazón de chocolate suspendido de una cinta de color de rosa. Hicieron toda clase de bromas, parodiaron algunas escenas de mi proceso, y yo, por mi parte, para ponerlos contentos, me mostré de buen humor y me reí aun con sus chanzas más estúpidas. Pero como sin querer, y antes de Klepp pudiera dar comienzo a su inevitable conferencia didáctica sobre las conexiones entre el jazz y el marxismo, conté la historia de un hombre que el año trece, osea antes de que todo el lío empezara, fue a parar bajo una balsa interminable y no volvió a aparecer, sin que nunca llegara a hallarse su cadáver.




       Günter Grass, El tambor de hojalata. Editorial, Santillana Ediciones Generales, S.L. página, 44.
       Seleccionado por Alejandro López Sánchez. Segundo de bachillerato, curso 2014/2015

El niño con el pijama de rayas, John Boyne

CAPÍTULO DIECINUEVE

      Miró hacia abajo e hizo algo poco propio de él: le tomó una diminuta mano y se la apretó con fuerza.
      -Tú eres mi mejor amigo- dijo-. Mi mejor amigo para toda la vida.
      Es posible que Shmuel abriera la boca para contestar, pero Bruno nunca escuchó lo que dijo porque en aquel momento se oyó una fuerte exclamación de asombro de todas las personas del pijama de rayas que habían entrado allí, y al mismo tiempo la puerta se cerró con un resonante sonido metálico.
      Bruno arqueó una ceja; no entendía qué pasaba, pero dedujo que tenía que ver con protegerlos de la lluvia para que la gente no se resfriara.
        Y entonces la larga habitación quedó a oscuras.
      Pese al caos que se produjo, de algún modo Bruno logró seguir sujetando la mano de Shmuel; no la habría soltado por nada del mundo.
      


     
John Boyne, El niño con el pijama de rayas, Barcelona, ed. Salamandra, S.A., páginas 212,213. Seleccionado por Andrea González García. Segundo de bachillerato, curso 2014-2015.


El libro de las tierras virgenes, Rudyard Kipling

Los perros jaros 

  No se metió Mowgli en este asunto, porque, como él dijo, ya sabía lo que eran frutas agrias y en qué árboles se cogían; pero cuando Fao, hijo de Faona ( cuyo padre era el que indicaba las pistas en los tiempos de la jefatura de Akela ) ganó en buena lid el derecho de dirigir la manada, de acuerdo con la ley de la Selva, y cuando, a la luz de las estrellas, resonaron una vez más los antiguos gritos y canciones, Mowgli volvió a asistir al Consejo de la Peña, como en memoria de tiempos que pasaron. Si se le antojaba hablar, la manada guardaba hasta que hubiera terminado, y se sentaba en la Peña al lado de Akela, más arriba del sitio ocupado por Fao. Eran, aquéllos, días en que se cazaba bien y se dormía mejor. Ningún forastero se atrevía a entrar en las selvas que pertenecían al pueblo de Mowgli, como llamaban a la manada; los lobos más jóvenes crecían fuertes y gordos, y abundaban los lobatos en la inspección que había que hacer de ellos al llevarlos a la Peña. Iba siempre Mowgli a estas reuniones, acordándose de aquella noche en que una pantera negra compró a la manada la vida de un chiquillo moreno y desnudo, y al prolongado grito de: " ¡ Mirad, mirad bien, lobos!", latía con fuerza su corazón. Otras veces se alejaba, internándose en la selva con los que él consideraba como sus cuatro hermanos, probando, tocando y viendo toda clase de cosas nuevas. 







El libro de las tierras vírgenes, Rudyard Kipling, Madrid, ed. Alianza,  1993, Página 150.
 Seleccionado por Rosa María Perianes Calle, Segundo de bachilerato, curso 2014-2015.

Otra vuelta de tuerca "Capítulo 7", Henry James

                    


         Abordé a la señora Grose tan pronto como pude encontrarla.
 - ¡Es terrible, señora Grose, terrible! - le decía mientras lloriqueaba en sus brazos -.¡Pero lo saben todo!¡Todo!
 -¿Que es lo que saben? - la señora Grose me miraba con incredulidad.
 - Saben todo lo que nosotras sabemos.¡Y sabe Dios cuántas cosas más!
 Poco a poco, mientras me desprendía de sus brazos, pude reunir el valor suficiente para decirle:
 - Hace  apenas dos horas...en el jardín...la pequeña Flora... -apenas podía articular las palabras -...lo vio todo.
 Mis palabras fueron como un golpe bajo para la buena señora.Su rostro se encrespó al preguntarme:
 -¿Acaso se lo has dicho?
 - Ni una palabra...¡De eso me quejo!Una criatura que apenas tiene ocho años ¡y ya ha aprendido a disimular!
 Ni yo misma podía dar crédito a lo que estaba diciendo.
 La señora Grose estaba cada vez más asombrada.
 - Si no se lo ha dicho,¿cómo es que usted lo sabe?
 - Porque lo vi con mis propios ojos...,vi cómo ella se daba cuenta...
-¿Se daba cuenta de la presencia de él?
 -No era él...¡era ella! -durante unos instantes pude observar el impacto que mis palabras habían causado en el rostro de mi interlocutora.





Henry James,Otra vuelta de tuerca,Getafe(Madrid), Anaya, 1999,página 65, Guillermo Arjona Fernández.Segundo de bachillerato. Curso 2014-2015.

La quimera del oro, Jack London

CAPÍTULO SEGUNDO

     -Carmen no durará más de un par de días.
     Mason escupió un trozo de hielo y observó compasivamente al pobre animal. Luego se llevó una de sus patas a la boca y la comenzó a arrancar a bocados el hielo que cruelmente se apiñaba entre los dedos del animal.
     -Nunca vi un perro de nombre presuntuoso que valiera algo -dijo, concluyendo su tarea y apartando a un lado al animal-. Se extinguen y mueren bajo el peso de la responsabilidad. ¿Viste alguna vez a uno que acabase mal llamándose Cassiar, Siwash o Huskey? ¡No, señor! Echale una ojeada a Shookum, es...
     ¡Zas! El flaco animal se lanzó contra él y los blancos dientes casi alcanzaron la garganta de Mason.
     -Conque sí, ¿eh?
     Un hábil golpe detrás de la oreja con la empuñadura del látigo tendió al animal sobre la nieve, temblando débilmente, mientras una baba amarilla le goteaba por los colmillos.
     -Como iba diciendo, mira a Shookum, tiene brío. Apuesto a que se come a Carmen antes de que acabe la semana.
     -Yo añadiré otra apuesta contra ésa -contestó Malemute Kid, dándole la vuelta al pan helado puesto junto al fuego para descongelarse -. Nosotros nos comeremos a Shookum antes de que termine el viaje. ¿Qué te parece, Ruth?
     La india aseguró la cafetera con un trozo de hielo, paseó la mirada de Malemute Kid a su esposo, luego los perros, pero no se dignó a responder. Era una verdad tan palpable, que no requería respuesta. La perspectiva de doscientas millas de camino sin abrir, con apenas comida para seis días para ellos y sin nada para los perros, no admitía otra alternativa. Los dos hombres y la mujer se agruparon en torno al fuego y empezaron su parca comida. Los perros yacían tumbados en sus arneses, pues era el descanso de medio día, y observaba con envidia cada bocado. 



Jack London, La quimera del oro, Pinto (Madrid), ed. Anaya, 1991, página 23.
Seleccionador por Alain Presentación Muñoz. Segundo de bachillerato. Curso 2014/2015

lunes, 5 de mayo de 2014

Las aventuras de Huckleberry Finn, Mark Twain

                                                           CAPÍTULO XV

      Calculamos que en tres noches llegaríamos al Cairo, al sur de Illinois, en la confluencia con el río Ohio, y ésa era nuestra meta. Una vez allí pensábamos vender la balsa y con ello comprar un pasaje para el vapor y remontar Ohio hasta llegar a los Estados libres, donde ya no tendríamos problema.
       Bien, pues a la segunda noche vimos acercarse una espesa niebla y buscamos una ensenada para amarrar la balsa, porque con niebla no es bueno navegar. Me adelanté yo en la canoa con la amarra en la mano, pero no encontraba más que pequeños serpollos para fijarla. Al fin me decidí y amarré la cuerda a uno de ellos, pero la corriente era muy fuerte, y vino una violenta sacudida que se llevó a la balsa, arrancando el arbusto de raíz. Vi cómo la niebla esperaba y me cercaba, y me entró tal pánico que estuve como medio minuto inmóvil, sin capacidad para reaccionar, y entre tanto la balsa se esfumó en la niebla. No se podía ver a más de veinte metros de distancia. Salté a la canoa, me fui a la popa, empuñé el remo, y quise separarla de la orilla apoyándome en él, pero la canoa no cedía. Me di cuenta de que con las prisas me había olvidado de soltar la amarra. Volví a saltar a tierra e intenté desatarla, pero estaba tan nervioso y me temblaban tanto las manos que no daba pie con bola.
       En cuento pude soltarla, me lancé con toda mi alma a la persecución de la balsa, siguiendo en línea recta desde el serpollo donde la había atado. Mientras navegué por la pequeña ensenada en que nos habíamos refugiado, todo fue bien porque lograba orientarme algo, pero ésta no tenía más de sesenta metros de largo, y en el momento en que la dejé atrás me vi sumergido en una espesa capa blanca, y perdí totalmente la noción de hacia dónde me dirigía.
       Pensé que era más prudente no remar, porque podía chocar contra una orilla o algo; lo mejor era quedarse quieto y dejarse llevar por la corriente; aunque me costaba Dios y ayuda eso de dejar las manos quietas en un momento así. Di una voz y escuché. De algún punto lejano, río abajo, me llegó débilmente la respuesta y eso me levantó los ánimos. Me lancé hacia donde me había parecido oír la voz, escuchando con todos mis sentidos. La segunda vez que oí la llamada me di cuenta de que en vez de ir hacia ella me estaba desviando a la derecha. Y a  la siguiente vez me había pasado demasiado a la izquierda. Me daba cuenta e que no ganaba mucho terreno, pues yo iba tanto tumbos de un lado a otro, mientras la balsa seguía en línea recta hacia delante. <<¿Cómo no se le ocurrirá al tonto ese dar golpes sin parar con una sartén o con algo?>>, pensaba. Pero no se le ocurrió y lo que a mí más me desorientaba eran esos espacios vacíos entre llamada me llegó esta vez por la espalda. Estaba hecho un lío. O era la voz de otra persona que  llamaba esta vez, o había girado yo en redondo sin advertirlo.




Mark Twain, Las aventuras de Huckleberry Finn. Editorial Magisterio Español, S.A., páginas 104 y 105. Seleccionado por Paula Sánchez Gómez. Segundo de bachillerato, curso 2013-2014.

El libro de la selva, Rudyard Kipling

LA CANCIÓN DE MOWGLI
       La que cantó en el Roquedal del Consejo cuando bailó sobre la piel de Shere Khan.
       
       La canción de Mowgli, yo, Mowgli, la canto. Que la selva escuche las cosas que he hecho.
       Dijo Shere Khan que me mataría...¡Que me mataría! ¡Que en el umbral del crepúsculo mataría a Mowgli, la Rana!
       Pero comió y bebió. ¡Bebe mucho, Shere Khan! ¿Pues cuándo volverás a beber? Duerme y sueña con la muerte.

       Solo estoy en los campos de pasto. ¡Ven conmigo, Hermano Gris! ¡Ven tú también, Lobo Solitario! Que hay caza mayor.
       Subid a los grandes búfalos machos, a los  toros de piel azul y ojos coléricos. Llevadlos de aquí para allá como os ordeno.
       ¿Aún duermes todavía, Shere Khan? ¡Pues despierta, hey despierta! Que aquí vengo yo, y los toros vienen detrás.
       Rama, el  rey de los búfalos, el suelo golpeó con sus patas. Decidme, aguas de Waingunga, ¿adónde se fue Shere Khan?
       No es él Ikki, para cavar agujeros, ni Mao, el pavo real, para salir volando. Tampoco es Mang, el murciélago , para colgarse de las ramas. Pequeños bambúes, que juntos crujís, decidme adónde escapó.
       ¡Oh! Allí está. ¡Hey! Allí esta. ¡Bajo las patas de Rama está el cojo! ¡Arriba, Shere Khan! ¡Levántate y mata! Que aquí tienes carne; rompe los huesos de los toros.
       ¡Chiss!, que está dormido. Cuidad de no despertarlo, que es mucha su fuerza. Los milanos han bajado a verlo. Las hormigas negras se le han subido para conocerlo.¡Qué reunión tan grande en su honor!
       ¡Pero ay! No tengo ropa para envolverme. Los milanos van a verme desudo. Qué vergüenza delante de tanta gente.
       Déjame tu abrigo, Shere Khan. Déjame tu bonito abrigo rayado para que pueda acudir al Roquedal del Consejo.
       Por el toro que se compró mi vida, hice una promesa... una promesa sin importancia. Sólo tu abrigo me falta para cumplir mi palabra.
       Con el cuchillo, con el cuchillo del cazador, del hombre, me agacharé a por mi regalo.
       Aguas del Waingunga, sois testigos de que Shere Khan me da su abrigo,por el amor que me tiene. ¡Tira, Hermano Gris! ¡Akela, tira! Como pesa la piel de Shere Khan.

       Enfadada está la manada de hombres. Me tiraron piedras y hablaban con lengua de niños. Mi boca sangraba. Escapemos.
       Cruzando la noche, cruzando la calurosa noche, corred veloces conmigo, hermanos míos. Nos despediremos de las luces del pueblo y nos iremos cuando la luna está aún baja.
       Aguas del Waingunga, la manada de los hombres me ha arrojado fuera. Yo no les hice daño, pero ellos me tuvieron miedo. ¿Por qué?
       Manada de lobos, también vosotros me expulsasteis. La selva se me ha cerrado, lo mismo que las puertas de la aldea. ¿Por qué?
       Como Mang vuela entre las fieras y las aves, así vuelo yo entre la selva y el pueblo. ¿Por qué? Bailo sobre la piel de Shere Khan, pero mi corazón es pesado. Mi boca está cortada y herida por las piedras de los aldeanos,pero siento el corazón ligero por haber vuelto a la selva. ¿Por qué?
       Ambas cosas luchan en mí, como luchaban las serpientes en la primavera.
       Brota el agua de mis ojos; y río mientras cae. ¿Por qué?
       Dos Mowglis hay en mí, mientras la piel de Shere Khan está bajo mis pies.
       Toda la selva sabe que he matado a Shere Khan. ¡Mirad!... ¡Mirad bien, lobos!
       ¡Ahae! Me pesa el corazón por las cosas que no entiendo.




Rudyard Kipling, El libro de la selva, ed. Akal, col. Akal Literaturas, Madrid, 2003, página 152, 153, 154. Seleccionado por Sara Paniagua Núñez. Segundo de bachillerato, curso 2013/2014.

       

El aeródromo, Rex Warner

     

      En lo alto del prado, adonde conducía el camino de tablas, estaban el estrado y las tribunas para los concursos de equitación y salto, a punto de empezar; y allí cerca, en las largas tiendas con cortinas de yute, toros, ovejas y cabras aguardaban a los jueces. Por invitación de la hermana del hacendado nos acercamos a una de esas tiendas; estaba ansiosa por ver al toro premiado, Slazenger, propiedad de su hermano, que ya había sido expuesto ese año.
     Entramos en la fila apartando la cortina de cáñamo y recorrimos el estrecho pasadizo que corría a los largo de los establos donde estaban los animales atados. Había un olor caliente a paja, estiércol y carne; íbamos palmeando los húmedos flancos de las bestias recostadas. La hermana del hacendado conocía los nombres de los propietarios de muchos de los animales exhibidos; y me señalaba, lo recuerdo, un ejemplar especialmente hermoso, de color castaño claro,que, tendido sobre el macizo flanco, en la paja, respiraba pesadamente, cuando oímos una exclamación frente a nosotros y volviéndonos hacia el origen del sonido vimos al teniente de aviación que se nos acervaba tendiéndonos la mano.
      Llevaba uniforme y lucía una amplia sonrisa. En su hermoso rostro no se veía señal de turbación; en realidad la sentíamos todos. Porque quizás hubiéramos decidido en secreto no darnos por enterados de su presencia en caso de encontrarlo. Pero en aquel estrecho espacio era imposible disimular la vista de una persona que obstruía el pasadizo entero y que además parecía resuelto a hablar primero. Y cualquier franco desaire bien podía terminar en altercado. Las señoras sonrieron de un modo distante, y el rector, si bien no se mostró contento de ver al joven, fingió interés por lo que éste tenía que decir.
    El teniente nos saludó animadamente.
    -Esperaba encontrarme con ustedes -dijo-; me parece que anoche les agüé la fiesta.
    Se detuvo y miró inquisitivamente las caras una por una.
    -Oh, sí - continuó, aunque nadie mostrara intención de contradecirlo-. En cierto modo di un espectáculo desagradable.




   Rex Warner, El aeródromo, ed. Edhasa, Barcelona, 1988, páginas 50-51. Seleccionado por Laura Tovar García, segundo de bachillerato, curso 2013/2014.