viernes, 1 de marzo de 2013

La Perla, capítulo II. John Steinbeck

La ciudad estaba situada en un ancho estuario, y sus viejos edificios de fachadas amarillas bordeaban la playa. Y, sobre la playa, se varaban las canoas blancas y azules que venían de Nayarit, canoas perversas durante generaciones por un emplasto impermeable y duro, a modo de caparazón, cuya fórmula mantenían en secreto los pescadores. Eran canoas altar y elegantes, de proa y popa curvilíneas, y con un anclaje en el centro en donde se podía colocar un mástil para sostener una pequeña vela latina.
La playa era de arena dorada aunque, junto a la orilla, había montones de conchas y algas que la cubrían.Los cangrejos violín hacía burbujas y escupían en sus agujeros en la arena y, en los bajíos, las langostas más pequeñas entraban y salían de los diminutos hogares que tenían entre las rocas y la arena.
El fondo marino era rico en criaturas que reptaban y nadaban y crecían. Las algas pardas ondulaban por efecto de las suaves corrientes, las verdes ovas marinas se inclinaban mientras que los caballitos de mar se adherían a sus tallos. Los moteados botetes, peces venenosos, se encontraban en el fondo por entre las ovas marinas, y los cangrejos multicolores nadaban y se escabullían por encima de los peces.
En la plata los perros y cerdos hambrientos de toda la ciudad buscaban sin descanso cualquiera clase de pez o ave marina muertos y que la marea hubiera arrastrado hasta allí.
Aunque aún era muy temprano, el brumoso espejismo había hecho ya acto de presencia. El aire incierto que aumentaban algunas cosas y desleía otras pendía sobre el Golfo, de forma que todas las imágenes eran irreales y no se podía confiar en lo que se veía. El mar y la tierra tenían la deslumbrante claridad  y  la confusa vaguedad de un sueño. A esto podría deberse que la gente del Golfo crea en las cosas del espíritu y en las cosas de la imaginación y. sin embargo, desconfía de sus propios ojos a la hora de calcular distancias o de discernir los perfiles de las cosas o de exigir precisión a la vista.
Al otro lado del estuario, si se miraba desde la ciudad, se distinguía un terreno con mangles claramente definido, como si lo viéramos con un telescopio y, al mismo tiempo, otro bosquecillo de mangles semejaba un confuso borrón verdinegro. Una parte de la orilla opuesta desaparecía tras una luz trémula que parecía agua. No había certidumbre respecto a lo que se veía, ni prueba alguna de que lo que se vería estuviera allí en realidad o no. Y la gente del Golfo creía que en todas partes pasaba igual, y no les parecía nada extraño. Una neblina cobriza se extendía sobre el agua y el cálido sol de la mañana caía sobre ella y la hacía vibrar de un modo deslumbrante.

John Steinbeck, La Perla, capítulo II, Aula de Literatura Vicens Vives. Seleccionado por Esther Hernández Calvo, segundo de Bachillerato, curso 2012/2013.

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