viernes, 22 de marzo de 2013

El fantasma de Canterville, Oscar Wilde

I


Cuando el diplomado norteamericano Hiram B. Otis compró la mansión de los Canterville, todo el mundo le dijo que hacía una locura, porque no cabía la menor duda de que el lugar estaba encantado. Hasta el propio Lord Canterville, hombre de honradez escrupulosa, se creyóen el deber de comentárselo cuandohablaron de las condiciones. 
    -Nosotros mismos dejamos de residir allí -dijo Lord Canterville- desde que mi tía abuela, la duquesa viuda de Bolton, sufrió un ataque de nervios, del que nunca llegóa recuperarse, cuando las manos de un esqueleto se le apoyaron en los hombros mientras se vestíaparalacena, y me siento obligado a advertirle, señor Otis, que al fantasma lo han visto varios miembros de la familia, lo mismo que el párroco, elreverendo Augustus Dampier, miembro del King`s College de Cambridge. Tras el desafortunado accidente de la duquesa, la servidumbre más joven no quiso seguir con nosotros, y era frecuente que Lady Canterville no pudiera conciliar el sueño a causa de los ruidos misteriosos que venían del pasillo y de la biblioteca.
    -Milord-contestó el diplomático-, por el mismo precio me quedo con el mobiliario y el fantasma. Vengo de un país moderno, donde hay de todo lo que el dinero puede comprar. Con una juventud bulliciosa como la nuestra, que se gasta el dinero a manos llenas en el Viejo Continente y se lleva sus mejores actores y cantantes de ópera, estoy seguro de que, si en Europa existiera algo parecido a un fantasma, pronto lo exhibiríamos en alguno de nuestros museos o en algún espectáculo ambulante.
    -Me temo que el fantasma existe -dijo Lord Canterville, sonriendo-, aunque puede que se haya resistido a las ofertas de sus activos empresarios teatrales. Hace tres siglos que se sabe de él: para ser exactos, desde 1584, y siempre se presenta antes de que fallezca algún miembro de la familia.
    -Bueno, lo mismo que el médico de cabecera, Lord Canterville. Los fantasmas no existen, milord, e imagino que la aristocracia británica no es una excepción a las leyes de la naturaleza.
    -Se lo toman ustedes con mucha naturalidad en América -contestó Lord Canterville, que no había entendido del todo el último comentario de Otis-;  sino le importa que haya un fantasma en la casa, perfecto; pero recuerde que se lo advertí.
    Semanas más tarde se cerró el trato, y a finales de verano el diplomático se trasladó con su familia a Canterville.
   La señora Otis (de soltera Lucretia R. Tappen,calle53 Oeste, Nueva York, donde había sido toda una belleza), era ahora una mujer elegante de mediana edad, ojos hermosos y un perfil encantador. Cuando salen de su país, muchas norteamericanas adoptan un aire de enfermas crónicas, en la idea de que es una forma de refinamiento europeo, pero la señora Otis nunca había caído en ese error. Dotada de una constitución envidiable y de una sorprendente reserva de vitalidad, era en muchos aspectos muy inglesa, la verdad, y un buen ejemplo de cómo en realidad tenemos todo en común con Norteamérica , menos el idioma, naturalmente.
    El mayor de los hijos, al que los padres en un momento de patriotismo bautizaron con el nombre de Washington (lo que nunca dejó de lamentar), era un joven rubio y bien parecido que se había preparado para el cuerpo diplomático dirigiendo el cotillón tres temporadas seguidas en el casino de Newport, y que hasta en Londres tenía fama de buen bailarín. Sus únicas debilidades eran las gardenias y la nobleza. Por lo demás, era de lo más sensato.

    Oscar Wilde, El fantasma de Canterville , páginas 5, 6 y 7, Aula de literatura Vicens Vives. Seleccionado por Natalia Sánchez Martín,  segundo de Bachillerato, curso 2012/2013.

El padre de Sergio, León Tolstói

Alrededor del año 1840, en Petersburgo, tuvo lugar un suceso que sorprendió a cuantos de él tuvieron noticia: un oficial de coraceros del regimiento imperial, guapo joven de aristocrática familia en quien todo el mundo veía al  futuro ayudante de campo del emperador Nicolás I y a quien todos auguraban una brillantísima carrera, un mes antes de su enlace matrimonial con una hermosa dama tenida en mucha estima por la emperatriz, solicitó ser relevado de sus funciones, rompió su compromiso de matrimonio, cedió sus propiedades, no muy extensas, a una hermana suya, y se retiró a un monasterio, decidido a hacerse monje. El suceso pareció insólito e inexplicable a las personas que desconocían las causas internas que lo provocaron; para el joven arisócrata, Stepán Kasatski, su modo de proceder fue tan natural, que ni siquiera cabía en si imaginación el que hubiera podido obrar de manera distinca.
Stepán  Kasastki tenía doce años cuando murió su padre, coronel de la Guardia, retirado, quien dispuso su testamento que si él faltaba no se retuviera al hijo en su casa, sino que se le hiciera ingresar en el Cuerpo de cadetes. Por doloroso que a la madre le resultara separarse de su hijo, no se atrevió a infringir la voluntad de su difunto esposo, y Stepán entró en el Cuerpo indicado. La viuda, empero, decidió trasladarse a Petersburgo junto con su hija Várvara a fin de vivir en la misma ciudad que su hijo y poder tenerlo consigo los días de fiesta.


León Tolstói, El padre de Sergio, Editora RBA.  Seleccionado por Esther Hernández Calvo,  segundo de Bachillerato, curso 2012/2013.

Los cuentos de así fue. Rudyard Kipling



     La mariposa que pateó.

    Tienes aquí, mi queridísimo niño, una historia..., una historia nueva y maravillosa..., una historia totalmente distinta de todas las demás..., una historia sobre el requesabio soberano Suleiman-bin-Daoud: Salomón, hijo de david.
    De las trescientas cincuenta y cinco historias que hay sobre Suleiman-bin-Daoud, ésta no es ninguna de ellas. No es la historia del avefría que encontró el agua, ni la de la abubilla que con su sombra libró  del calor a Suleiman-bin-Daoud. No es tampoco la historia del pavimento de cristal, ni la del rubí del agujero retorcido, ni la de los lingotes de oro de Balkis. Ésta es la historia de la mariposa que pateó.
    ¡Así que vuelve a prestar toda tu atención y escucha!
    Suleiman-bin-Daoud era sabio. Entendía lo que decían las bestias, las aves, los peces y los insectos. Entendía lo que decían las rocas de las profundidades de la tierra, cuando se hacían reverencias unas a otras y gemían; y entendía el significado del susurro de los árboles a media mañana. Todo lo entendía, desde el obispo del tribunal hasta el hisopo del muro; y Balkis, su primera reina, era casi tan sabia como él.
    Suleiman-bin-Daoud era fuerte. Llevaba un anillo en el dedo anular de la mano derecha. Cuando lo hacía girar una vez, surgían de la tierra demonios malignos y espíritus para hacer lo que él mandara, Cuando lo hacía girar dos veces bajaban del cielo las hadas para hacer lo que él les dijera y cuando lo hacía girar tres veces , el propio e inmenso ángel Azrael de la espada se le presentaba vestido de aguador para contarle las noticias de los tres mundos: el de arriba, el de abajo y el de aquí.
    Y sin embargo Suleiman-bin-Daoud no era orgulloso. Raras veces se mostraba jactancioso, y cuando así lo hacía se sentía apenado por ello. En una ocasión trató de alimentar a todos los animales del mundo en un solo día, pero cuando la comida estaba preparada salió un animal de las profundidades del mar y lo devoró todo en tres bocados. Suleiman-bin-Daoud se quedó muy sorprendido y preguntó:
   -¡Oh animal! ¿Quién eres tú?
    Y el animal respondió: -¡Oh rey. que vivas por siempre! Soy el más pequeño de treinta mil hermanos que tenemos nuestra casa en el fondo del mar. Nos enteramos de que ibas a los animales de todo el mundo y mis hermanos me mandaron a preguntar cuándo estaría lista la comida.
    Suleiman-bin-Daoud quedó más sorprendido que nunca y le dijo: -¡Oh animal! Te has comido todo lo que había preparado para los animales de todo el mundo.
    Y el animal replicó: -¡Oh rey, que vivas por siempre! ¿De verdad llamas a eso una comida? En el lugar de donde vengo nos zampamos al menos el doble cada uno sólo entre comidas.
    Entonces Suleiman-bin-Daoud se tiró al suelo boca abajo y exclamó: -¡Oh animal! Daba esa comida para demostrar qué rey tan grande y rico soy, no porque en realidad quisiera ser amable con los animales. Me has dado una lección y me siento avergonzado.
    Suleiman-bin-Daoud era un hombre verdaderamente sabio, mi queridísimo  niño. Después de aquello nunca olvidó que la ostentación es una tontería; y ahora empieza la parte de mi verdadera historia.
   Se casó con muchas esposas: con novecientas noventa y nueve esposas, sin contar a la hermosísima Balkis; y todas vivían en un inmenso palacio dorado que estaba en un maravilloso jardín de fuentes. No quería en realidad a novecientas noventa y nueve mujeres, pero en aquellos tiempos todo el mundo se casaba con muchas esposas, y como es lógico el rey se tenía que casar con muchas más, sólo para demostrar que era el rey,
    Algunas de las esposas eran agradables pero otras eran realmente horribles, y las horribles se peleaban con las agradables y las volvían horribles, y todas se peleaban con Suleiman-bin-Daoud, lo cual era horrible para él. Pero Balkis la hermosa no se peleaba nunca con Suleiman-bin-Daoud. pues lo amaba demasiado- Se quedaba sentada en sus aposentos del Palacio Dorado, o paseaba por el jardín del palacio, y se sentía realmente apenada por él.
    Desde luego que si hubiera querido girar una vez el anillo en el dedo. habría convocado a los espíritus y demonios malignos, quienes habrían enmagado a las novecientas noventa y nueve esposas pendencieras, convirtiéndolas en mulas blancas del desierto. o en galgos o en semillas de granada; pero Suleiman-bin-Daoud pensaba que eso sería ostentoso. Por eso, cuando se peleaban mucho, se iba a pasear solo a una zona de los bellos jardines de palacio y deseaba no haber nacido.
    Un día, cuando llevaban peleándose tres semanas seguidas -las novecientas noventa y nueve esposas- Suleiman-bin-Daoud salió como de costumbre a buscar paz y tramquilidad; y encontró entre los naranjos a Balkis la hermosísima, que estaba muy apenada al ver a Suleiman-bin-Daoud tan preocupado. Y ella le dijo:
    -¡Oh señor mío y luz de mis ojos! Haz girar tu anillo y demuestra a estas reinas de Egipto, de Mesopotamia, de Persia y de China que ers un rey grande y terrible.
    Pero Suleiman-bin-Daoud negó con la cabeza y dijo: -¡Oh mi señora y delicia de mi vida! Me acuerdo del animal que salió del mar y me avergonzó delante de todos los animales del mundo por haber sido jactancioso. Si ahora hiciera ostentación ante estas reinas de Persia y de Egipto, de Abisinia y de China, sólo porque me preocupan, podría quedar más avergonzado que nunca.
    Balkis la hermosísima respondió: -¡Oh mi señor, tesoro de mi alma! ¿Qué vas a hacer?
    Suleiman-bin-Daoud  respondió: -¡Oh mi señora, contento de mi corazón! Seguiré soportando mi destino en manos de estas novecientas noventa y nueve reinas que me vejan con sus continuas disputas.
    Siguiño paseando, por tanto, entre los lilos, los ciruelos japoneses, las cañas y los jengibres de fuerte aroma que creían en ese jardín, hasta que llegó al robusto alcanforero conocido con el nombre de alcanforero de Suleiman-bin-Daoud. Entretanto, Balkis, para estar cerca de su gran amor Suleiman-bin-Daoud, se había ocultado entre los altos lirios, los moteados bambúes y los lilos rojos que había detras del alcanforero.
    De pronto parason volando bajo el árbol dos mariposas en disputa.
    Suleiman-bin-Daoud oyó que el marioposo le decía a la mariposa:
    -Me asombra tu presunción al hablarme de ese modo. ¿Acaso no sabes que si pateara el suelo con  mi pie, todo el palacio de Suleiman-bin-Daoud y todo esta jardín se desvanecerían inmediatamente y con un seco estampido?
    Entonces Suleiman-bin-Daoud se olvidó de sus novecientas noventa y nueve esposas y se rió  de la ostentación del mariposo hasta sacudir el alcanforero. Extendió su dedo y dijo:
    -Pequeño, ven aquí.
    El mariposo se sintió terriblemente asustado, pero consiguió volar hasta la mano de Suleiman-bin-Daoud, y se quedó allí agarrado, abanicándose con las alas. Suleiman-bin-Daoud inclinó la cabeza y susurró co suavidad: -¿No te das cuenta, pequeño,  de que tu pateo no doblaría ni una hoja de hierba?  ¿Por qué le cuentas tan fea mentirilla a tu esposa?... Pues sin duda es tu esposa.
    El mariposo miró a Suleiman-bin-Daoud y vio que los ojos del más sabio de los reyes titilaban como estrellas en una noche helada, se armó de valor moviendo ambas alas, ladeó la cabeza y dijo: -¡Oh rey, que vivas por siempre! Es mi esposa y ya sabes cómo son las esposas.
   Apareció una sonrisa tras la barba de Suleiman-bin-Daoud, que dijo: -Vaya si lo sé, hermanito.
   -Hay que tenerla a raya como sea -añadió el mariposo-, y llevaba ya toda la mañana discutiendo conmigo. Le dije eso para callarla.
    Suleiman-bin-Daoud dijo: -¡Ojalá eso la calle! Vuelve con ella hermanito, y  déjame escuchar lo que dice.
    El mariposo regresó volando junto a su esposa, que estaba toda temblorosa detrás de una hoja, y le dijo ella: -¡Te ha odio! ¡El propio Suleiman-bin-Daoud te ha odio!
    -Por supuesto que me ha odio -respondió el mariposo-. Lo dije para que me oyera.
    -¿Y qué te dijo? ¡Oh! ¿Qué te dijo?
    -Bueno -dijo el mariposo, dándose gran importancia con el abaniqueo de sus alas- , que quede entre tú y yo, querida, me pidió que no pateara y le prometí que no lo haría... Desde luego no se lo puedo echar en cara, pues su palacio debió de costar una fortuna, y precisamente ahora están madurando las naranjas.
    -¡Jope! -exclamó la esposa, y se quedó sentada y calladita; pero Suleiman-bin-Daoud lloró de la risa que le daba el descaro del pequeño mariposo.
     Balkis la hermosísima, que lo había oído todo entre los lilos que había detrás del árbol, sonrió para sí y pensó: << Si actúo con sabiduría, aún puedo salvar a mi señor de las persecuciones de las pendencieras reinas>>
     Extendió un dedo y susurró suavemente a la esposa del mariposo: -Ven aquí, pequeña.
     La mariposa echó a volar, muy asustada, y se posó sobre la blanca mano de Balkis. Ésta inclinó su hermosa cabeza y preguntó: -Dime, pequeña,¿te has creido lo que acaba de decir tu esposo?
     La mariposa miró a Balkis y vio que los ojos de la hermosísima reina brillaban como la luz de las estrellas en balsas profundas, movió ambas alas para reunir valor y respondió: -¡Oh reina, como siempre seas tan maravillosa! Tú ya sabes cómo son los hombres.
     La reina Balkis, la sabia Balkis de Saba, se llevó lamano sobre los labios para ocultar una sonrisa y dijo: -Vaya si lo sé, hermanita.
     -Se encolerizan por nada -dijo la mariposa-, pero hemos de complacerlos, oh reina, No creen nunca ni la mitad de lo que dicen. Pero si a mi esposo le gusta creer que yo creo que puede hacer deaparecer el palacio de Suleiman-bin-Daoud con un pateo de su pie, ¿a mi qué me importa? Lo habrá olvidado todo mañana.
     -Mucha razón tienes, hermanita -le dijo Balkis-;pero la próxima vez que empieze con sus ostentaciones, tómale la palabra. Pídele que patee y que vea lo que sucede. Ya sabemos cómo son los hombres, ¿verdad? Se quedará muy avergonzado.
    La mariposa se fue volando junto a su marido, y a los cinco minutos se estaban peleando más que nunca.
   -¡Acuérdate! -dijo el mariposo- ¡Recuerda lo que puede pasar si pateo con m pie!
   -No te creo nada de nada -respondió ella-. Me encantaría ver cómo lo haces. Venga, patea ahora.
    -Le prometí a Suleiman-bin-Daoud que no lo haría, y no quiero faltar a mi promesa.
    -Nada importaría si lo hicieras -dijo la mariposa-. Con tu pateo no podrías doblar ni una hoja de hierba. Te desafío a que lo hagas: ¡patea!, ¡patea!, ¡patea!
   Suleiman-bin-Daoud, que estaba sentado sobre el alcanforero, lo había oido todo, y rió como no había reído en su vida. Se olvidó completamente de sus reinas; se olvidó del animal que salió del mar; se olvidó de lo que pensaba de la obstentación. Simplemente reía de gozo, y Balkis, que estana al otro lado del árbol, sonrió al ver gozoso a su querido amor.
   Entonces el mariposo, muy enfadado e hinchado, fue dando vueltas hasta la sombra que daba el alcanforero y dijo: ¡Quiere que patee! ¡Oh Suleiman-bin-Daoud, quiere ver lo que sucede! Sabes bien que no puedo hacerlo, y a partir de ahora no creerá una sola palabra de lo que le diga. ¡Se reirá de mi hasta el final de mis días!
    -No, hermanito -tranquilizó Suleiman-bin-Daoud-. No volverá a reirse de ti nunca más -e hizo girar el anillo de su dedo, pero no para hacer ostentación, sino por el bien del mariposillo... ¡Y al instante surgieron cuatro espítitus de la tierra!
   -Esclavos -ordenó Suleiman-bin-Daoud- cuando este caballero que está sobre mi dedo -pues allí estaba sentado el frescales del mariposillo- golpee una vez el suelo con su pata deñantera, haréis que mi palacio y jardines deasperezcan con un golpe seco. Cuando vuelva a patear lo recompondréis todo  cuidadosamente.
   -Ahora, hermanito, vuelve con tu esposa y patea a placer.
   El marioposo se fue con su esposa que estaba gritando: ¡A que no lo haces! ¡A que no o haces! ¡Venga, patea, anda, patea!
   Balkis vio que los espíritus cogían las cuetro esquinas del jardín, en cuyo centro estaba el palacio, batió palmas suavemente y dijo:
   -¡Al menos en nombre del mariposo Suleiman-bin-Daoud hará lo que debía haber hecho en su propio benefiicio, y así las reinas pendencieras quedarán aterrorizadas!
    En ese momento el mariposo pateó. Los espíritus sacudieron el palacio y los jardines lanzándolos a mil kilómetros por el aire: se oyó un terrible golpe seco y todo se volvió negro como la tinta. La esposa del mariposo revoloteó en la oscuridad gritando: -¡Seré buena! ¡Cuánto lamento haber hablado! Vuelve a traer los jardines, amado esposo y no te volveré a contradecir.
    El mariposo estaba casi tan asustado como su esposa, y Suleiman-bin-Daoud tebnía tal ataque de risa que pasaron varios minutos antes de que pudeira recupeara el aliento necesario para susurrar al mariposo: -Patea de nuevo, hermanito. Devuélveme mi palacio, grandísimo mago.
    -Sí, devuélvele el palacio -dijo la mariposa, que seguía revoloteando en la oscuridad como una mariposa nocturna-. Devuéveselo y no vuelvas a hacer estas magias horribles.
    -Está bien, querida -dijo el mariposo aparentando valentía como podía-. Ya ves adónde nos han conducido tus continuas regañinas. A mí, desde luego, todo esto no me importa nada -estoy acotumbrado a estas cosas-, pero en tu beneficio y en el de Suleiman-bin-Daoud me avengo a enderezar las cosas.
    Volvió a patear y al instante los espíritus volvieron a bajar el palacio y los jardines sin producir el más ligero chasqudo. El sol brilló en las hojas color verde oscuro de los naranjos; las fuentes juguetearon entre los sonrosados lilos egipcios; los pájaros osiguienron con sus cantos; y la esposa del mariposo se tumbó de lado bajo el alcanforero, moviendo las alas y repitiendo entre jadeos: -¡Me portaé bien! ¡Me portaré bien!
    Suleiman-bin-Daoud reía de tal modo que apenas podía hablar. Se recostó hacia atrás, debilitado e hipando, y movió su dedo ante el mariposo mientras decía: -Oh gran brujo, ¿de qué me vale que me devuelvas mi palacio si al mismo tiempo me matas de risa?
    Se oyó entonces un terrible ruido, pues las novecientas noventa y nueve esposas salían del palacio corriendo, gritando, chillando y llamando a sus hijos. Bajaron precipitadamente, cien en fondo, por las grandes escalinatas de marmol que había bajo la fuente, y la requetesabia Balkis se adelantó a recibirlas con gran majestad.
   -¿Qué os preocupa, oh reinas?- preguntó Balkis.
    Se detuvieron en las escalinatas de mármol, de cien en fondo y gritaron: -¡Que qué nos preocupa? Estábamos viviendo pacíficamente en nuestro palacio dorado, tal como acostumbrábamos, cuando de pronto el palacio desapareció y nos quedamos sentadas en una espesa y ruidosa oscuridad; tronó, y los demonios y espíritus se movieron por la oscuridad. Esa es nuestra preocupación, oh primera reina, y por esa preocupación estamos extraordinariamente preocupadas, pues a diferencia de las preocupaciones que habíamos conocido, esa fue una preocupante preocupación.

    Entonces BAlkis la hermosa reina, la más querida por Suleiman-bin-Daoud, reina que fue de Saba y Sebia, y de los ríos de oro del sur, desde el desierto de Zinn a las torres de Zimbabwe, Balkis, casi tan sabia como el propio y requetesabio Suleiman-bin-Daoud, les dijo: -No pasa nada, oh reinas! Es que un mariposo se quejaba de que su esposa siempre estaba peleando con él, y nuestro señor Suleiman-bin-Daoud ha querido enseñarle lo que es la humildad y el hablar en voz baja, pues es sabio que ello es una virtud entre las esposas de los mariposos.
     Se adelantó entonces una reina egipcia, hija de un faraón y dijo: -Nuestro palacio no se puede arrancar de raíz como un puerro en beneficio de un insecto. ¡Ni hablar! Lo que ha debido ocurrir es que es que Suleiman-bin-Daoud ha muerto y lo qie hemos odio y visto ha sido a la tierra tronando y oscureciéndose ante la noticia.
     Balkis le hizo una seña a la audaz reina, sin ni siquiera mirarla, y le dijo a ela y a las otras: -Venid y veréis.
    Bajaron la escalinata de mármol, de cien en fondo, y vieron al requetesabio Suleiman-bin-Daouddebajo de su alcanforero, aún debilitado por la risa, balanceándose hacia adelante y hacia atrás con una mariposa en cada mano, y le oyeron decir: -Oh esposa de mi hermano del aire, acuérdate ahora de complacer a tu marido en todo, para que no lo provoques y vuelva a patear el suelo; pues ves que ha dicho que está acostumbrado a esta magia, y es un gran mago eminentísimo... pues puede hacer desaparecer el propio palacio del mismo Suleiman-bin-Daoud. ¡Id en paz, buenas gentes!
    Los besó entonces en las alas y se alejaron volando. Ante ello, todas las reinas salvo Balkis -la bellísima y espléndida Balkis, que estaba un poco apartada, riendo- cayeron de bruces al suelo y dijeron: -Si suceden tales cosas cuando un mariposo está disgustado con su esposa, ¿qué nos ocurrirá a nosotras que llevamos tantos días molestando a nuestro rey con nuestras voces y disputas?
    Se pusieron los velos sobre las cabezas, se llevaron las manos a la boca y regresaron al palacio muy calladitas y andando de puntillas.
    Entonces Balkis, la hermosísima y excelente Balkis, cruzó los lilos rojos para llegar hasta donde el alcanforero daba su sombra , puso su mano sobre el hombro de Suleiman-bin-Daoud y dijo: -Oh señor mío, tesoro de mi alma, regocíjate, pues hemos dado una memorable lección a las reinas de Egipto y de Meopotamia, de Abisinia y de Persia, de la India y de la China,
    Suleiman-bin-Daoud, que seguía observando cçomo jugaban las mariposas bajo la luz del sol, preguntó: -Oh mi señora, la joya de mi felicidad, ¿cuándo sucedió tal cosa? Pues desde que llegué al jardín no he hecho otra cosa que bromear con una mariposa -y le contó a Balkis lo que había hecho.
    Balkis, la tierna y amantísima Balkis, le respondió: Oh mi señor, que riges mi existencia, estaba escondida detrás del alcanforero y lo vi todo. Fui yo quien le dije a la esposa del mariposo que le pidiera a éste que patalerara, pues esperaba que por seguir la broma mi señor haría una gran magia que verían las reinas, y que las asustaría -y le contó lo que las reinas habían dicho, visto y pensado.
    Entonces Suleiman-bin-Daoud se levantó del asiento que tenía bajo el alcanforero, extendió los brazos, se regocijó y dijo: -Ah mi señora, la que endulza mis días, sabías que si yo hubiera  hecho magia contra mis reinas por orgullo o por cólera, como cuando preparé la fiesta para todos los animale, seguramente habría terminado avergonzado. Pero por tu sabiduría hice la magia en nombre de un pequeño mariposo... ¡Y eso me ha librado también de las molestias de mis molestas esposas! Dime entonces, oh mi señora y corazón de mi corazón, ¿cómo llegaste a ser tan sabia?
    Entonces Balkis la reina, hermosa y alta, se miró en los ojos de Suleiman-bin-Daoud, ladeó un poco la cabeza, igual que la mariposa, y dijo: -Primero, oh mi señor, porque te amo, y segundo, oh mi señor, porque sé cómo son las mujeres.
    Se fueron entonces al palacio y vivieron muy felices desde entonces, ¿Verdad que Balkis fue muy lista?



 Kipling, Los Cuentos de así Fue, Biblioteca, Seleccionado por Sandra Sánchez Perianes, segundo de Bachillerato, curso 2012-2013.

Los tres mosqueteros, Alexandre Dumas

             HOMBRES DE TOGA Y HOMBRES DE ESPADA

       Al día siguiente de ocurridos los hechos que acabamos de referir, al no dar Athos señales de vida, D' Artagnan y Porthos advirtieron al señor De Treville de su desaparición.
       En cuanto a Aramis, había pedido un permiso de cinco días, y se decía que estaba en Rouen por asuntos familiares.
El señor De Tréville era el padre de sus soldados. El más pequeño y menos conocido de ellos, desde el momento en que lucía el uniforme del cuerpo, estaba tan seguro de su apoyo y ayuda como si el capitán su propio humano.
Así pues, el señor De Tréville se presentó inmediatamente ante el teniente fiscal. Se hizo venir al oficial que manadaba el puesto de la Cruz Roja y, a tenor de los informaciones aportadas por él, el capitán de los mosqueteros pudo saber que Athos se encontraba momentáneamente preso en el Fuerte del Obispo.


Alexandre Dumas, Los tres mosqueteros, capitulo XV , seleccionado por Beatriz Iglesias , segundo de Bachillerato , curso 2O12/ 2013.

Almas muertas, Nikolai Gogol

    En este mundo todos tratan de arreglar sus asuntos. , dice el refrán. La expedición a través de los baúles tuvo éxito, pues como consecuencia de ella algo pasó a su propia arqueta. En una palabra, que todo fue realizado de una manera sensata. No es que Chínchikov robase nada, sino que se aprovechó de las circunstancias. Cualquiera de nosotros se aprovecha de algo: uno se aprovecha de un bosque público, otro de determinadas sumas, el de más allá roba a sus propios hijos para darlo a alguna actriz forastera, o a sus campesinos, para comprar muebles caros o un coche. ¿Qué hacer si en el mundo hay tantas tentaciones? Restaurantes de lujo con unos precios de locura, bailes de máscaras, fiestas, cíngaros. Es difícil que uno se abstenga cuando ve que todos hacen lo mismo y la moda lo impone. ¡A ver quién es el que se abstiene! No es posible abstenerse siempre y a todas horas. El hombre no es Dios. Y así Chíchikov, al igual que el infinito número de aficionados al confort, orientó las cosas en su provecho. Cierto es que hubiera debido salir de la ciudad, pero los caminos se habían puesto intransitables.


Gógol, Almas muertas, editorial RBA.
Seleccionado por Beatriz Iglesias, segundo de Bachillerato, curso 2012/2013.

viernes, 15 de marzo de 2013

Triunfos, Francesco Petrarca

I
Cuando vuelven de nuevo mis suspiros
por la dulce memoria de aquel día
que fue comienzo de martirios largos,

el Sol ya iluminaba los dos cuernos 
de Tauro, al mismo tiempo que la Aurora 
corría en la frescura a su morada.

Amor, desdenes, lágrimas y tiempo
al cerrado lugar me condujeron
donde el pecho reposa toda pena.

Cansado de llorar sobre la hierba,
una luz vi, vencido por el sueño,
con mucho dolor dentro y placer breve.

Vi a un jefe victorioso cual si fuera
uno que al Capitolio condujese
su carro de triunfo hacia la gloria.

Y, que de tal visión gozar no suelo
por el adverso siglo en que me encuentro,
carente de virtud, de orgullo lleno,

miré aqaquella figura rara y bella
elevando mis ojos ya cansados
porque sólo saber es mi deseo.

Cuatro corceles vi como la nieve,
y en un carro de fuego un joven fiero
con un arco y saetas en la aljaba;

nada temía pues ni escudo o cota
llevaba sobre sí, sino dos alas
de mil colores, y desnudo el resto.


Francesco Petrarca, Triunfos , sección I, Editora Nacional.  Seleccionado por Natalia Sánchez Martín,  segundo de Bachillerato, curso 2012/2013.

Tito Andrónico, William Shakespeare

     [El mismo lugar]
     Entra un capitán.
     CAPITÁN. ¡Romanos, dejad paso! El buen Andrónico, protector de la virtud, el mejor campeón de Roma, triunfante en las batallas que pelea, ha vuelto con honor y con fortuna desde donde ha cercado con su espada y sujetado al yugo a los enemigos de Roma.
Tocan tambores y trompetas, y luego entran Marcio y Mucio; detrás de ellos, dos hombres llevando un ataúd cubierto de negro; luego Lucio y Quinto. Después de ellos, Tito Andrónico, y luego Tamora, con Alarbo, Demetrio, Quirón, Aarón y otros godos, prisioneros; siguiéndoles Soldados [todos los que puedo haber]. Dejan en el suelo el ataúd y habla Tito.
     TITO. ¡Salve, Roma, victoriosa en tus ropàjes de lujo! Miro; como el barco que, descarga su mercancía, vuelve con precioso flete a la bahía de donde levó anclas, así viene Andrónico, ceñido de ramas de laurel, para saludar otra vez a su país con sus lágrimas, lágrimas de verdadero gozo por su regreso a Roma. ¡Tú, gran defensor de este Capitolio, preside benévolo los ritos que vamos a hacer! ¡Romanos, de veinticinco valerosos hijos, la mitad del número que tuvo el rey Príamo, observad los escasos restos, muertos y vivos! Los que han sobrevivido, que Roma les premie con amor; a los que traigo a su última morada, que les premie sepultándoles entre los antepasados. Aquí los godos me han dejado envainar la espada. Tito, cruel y descuidado para con los tuyos, ¿por qué consientes que tus hijos, aún sin enterrar, se ciernan sobre la temible orilla del Estigio?

William Shakespeare, Tito Andrónico, Escena II, editorial planeta, texto seleccionado por Esther Hernández Calvo, segundo de Bachillerato, curso 2012/13

Jacques el fatalista, Denis Diderot

Jacques y su amo pasaron el resto del día sin abrir la boca. Jacques tosía y su amo decía: <¡Qué tos más mala!>; miraba luego la hora en su reloj, sin enterarse, abría su tabaquera sin darse cuenta y aspiraba su porción de tabaco sin sentirlo. La prueba de esa distacción es que lo repetía tes o cuatro veces seguidas y por ese mismo orden. Un rato después, Jacques volvía a toser, y el amo volvía a decir: <¡Demonio de tos! Así te pimplaste tú el vino de la mesonera hasta el gargabero... y anoche, con el secretario, tampoco te anduviste con chiquitas: al subir ibas tembaleándose y no sabías lo que decías, y en el día de hoy has hecho diez paradas, apuesto a que no queda una gota de vino en tu cantimplora...> Luego murmuraba entre dientes, miraba su reloj y daba un poco de gusto a su nariz.
Olvidé deciros, lector, que Jacques no salía nunca sin una cantimplora llena del mejor vino; la llevaba colgada del arzón de su silla. Cada vez que el amo interrumpía su relato con alguna pregunta un poco premiosa, Jacques desataba su cantimplora, bebía un trago a chorro y no la dejaba en su sitio hasta que su amo había terminado de hablar. También olvidé que en cuantos casos requerían reflexión, el primer movimiento de Jacques era consultar con su cantimplora; y si había que resolver una cuestión de moral, discutir sobre un hecho, preferir un cambio a otro, iniciar, proseguir o abandonar un negocio, sopesar las ventajas y desventajas de una operación política, de una especulación comercial o financiera, el acierto o desacierto de una ley, el desenlace de una guerra, la elección de alojamiento y, en la posada, la elección de alojamiento y, en la posada, la elección de habitación y, en la habitación, la elección de un lecho, sus primeras palabras eran: Y su última opinión:


Denis Diderot,  Jacques el fatalista,  págs 263- 264editorial planeta, texto seleccionado por Beatriz Iglesias, segundo de Bachillerato, curso 2012/2013

viernes, 8 de marzo de 2013

El príncipe, Nicolás Maquiavelo

Capítulo IV

POR QUÉ EL REINO DE DARÍO, OCUPADO POR ALEJANDRO, NO SE
SUBLEVÓ CONTRA LOS SUCESORES DE ÉSTE
DESPUÉS DE SU MUERTE


Consideradas las dificultades que encierra el conservar un Estado recientemente
adquirido, alguien podría preguntarse con asombro a qué se debe que, hecho Alejandro
Magno dueño de Asia en pocos años, y muerto apenas ocupada, sus sucesores, en
circunstancias en que hubiese sido muy natural que el Estado se rebelase, lo retuvieron
con sus manos, sin otros obstáculos que los que por ambición surgieron entre ellos.
Contesto que todos los principados de que se guarda memoria han sido gobernados de
dos modos distintos: o por un príncipe que elige de entre sus siervos, que lo son todos,
los ministros que lo ayudarán a gobernar, o por un príncipe asistido por nobles que, no a
la gracia del señor, sino a la antigüedad de su linaje, deben la posición que ocupan. Estos
nobles tienen Estados y súbditos propios, que los reconocen por señores y les tienen
natural afección. Mientras que, en los Estados gobernados por un príncipe asistido por
siervos, el príncipe goza de mayor autoridad: porque en toda la provincia no se reconoce
soberano sino a él, y si se obedece a otro, a quien además no se tienen particular amor,
sólo se lo hace por tratarse de un ministro y magistrado del príncipe.
Los ejemplos de estas dos clases de gobierno se hallan hoy en el Gran Turco y en el
rey de Francia. Toda Turquía esta gobernada por un solo señor, del cual los demás
habitantes son siervos; un señor que divide su reino en sanjacados, nombra sus
administradores y los cambia y reemplaza a su antojo. En cambio, el rey de Francia está
rodeado por una multitud de antiguos nobles que tienen sus prerrogativas, que son reconocidos y amados por sus súbditos y que son dueños de un Estado que el rey no puede
arrebatarles sin exponerse. Así, si se examina uno y otro gobierno, se verá que hay, en
efecto, dificultad para conquistar el Estado del Turco, pero que, una vez conquistado, es
muy fácil conservarlo. Las razones de la dificultad para apoderarse del reino del Turco
residen en que no se puede esperar ser llamado por los príncipes del Estado, ni confiar en
que su rebelión facilitará la empresa. Porque, siendo esclavos y deudores del príncipe, no
es nada fácil sobornarlos, y aunque se lo consiguiese, de poca utilidad sería, ya que, por
las razones enumeradas, los traidores no podrían arrastrar consigo al pueblo. De donde
quien piense en atacar al Turco reflexione antes en que hallará el Estado unido, y confíe
más en sus propias fuerzas que en las intrigas ajenas. Pero una vez vencido y derrotado
en campo abierto de manera que no pueda rehacer sus ejércitos, ya no hay que temer
sino a la familia del príncipe; y extinguida ésta, no queda nadie que signifique peligro,
pues nadie goza de crédito en el pueblo; y como antes de la victoria el vencedor no podía
esperar nada de los ministros del príncipe, nada debe temer después de ella.
Lo contrario sucede en los reinos organizados como el de Francia, donde, si te atraes
a algunos de los nobles, que siempre existen descontentos y amigos de las mudanzas,
fácil te será entrar. Estos, por las razones ya dichas, pueden abrirte el camino y facilitarte
la conquista; pero si quieres mantenerla, tropezarás después con infinitas dificultades y
tendrás que luchar contra los que te han ayudado y contra los que has oprimido. No
bastará que extermines la raza del príncipe: quedarán los nobles, que se harán cabe-
cillas de los nuevos movimientos, y como no podrás conformarlos ni matarlos a todos,
perderás el Estado en la primera oportunidad que se les presente
Ahora, si se medita sobre la naturaleza del gobierno de Darío se advertirá que se
parecía mucho al del Turco. Por eso fue preciso que Alejandro fuera a su encuentro y le
derribara en campaña. Después de la victoria, y muerto Darío, Alejandro quedó dueño
tranquilo del Estado, por las razones discurridas. Y si los sucesores hubiesen permanecido unidos, habrían podido gozar en paz de la conquista, porque no hubo en el reino
otros tumultos que los que ellos mismos suscitaron. Pero es imposible gozar con tanta
seguridad de un Estado organizado como el de Francia. Por ejemplo, los numerosos
principados que había en España, Italia y Grecia explican las frecuentes revueltas contra
los romanos; y mientras perduró el recuerdo de su existencia, los romanos nunca
estuvieron seguros de su conquista; pero una vez el recuerdo borrado, se convirtieron,
gracias a la duración y al poder de su Imperio, en sus seguros dominadores. Y así
después pudieron, peleándose entre sí, sacar la parte que les fue posible en aquellas
provincias, de acuerdo con la autoridad que tenían en ellas; porque, habiéndose
extinguido la familia de sus antiguos señores, no se reconocían otros dueños que los ro-
manos. Considerando, pues, estas cosas, no se asombrará nadie de la facilidad con que
Alejandro conservó el Imperio de Asia, y de la dificultad con que los otros conservaron
lo adquirido, como Pirro y muchos otros. Lo que no depende de la poca o mucha virtud
del conquistador, sino de la naturaleza de lo conquistado.


Nicolás Maquiavelo, El príncipe, capítulo V, ucapanama.org/wp.../el_principe_filosofia.pdf, texto seleccionado por Laura Mahillo, segundo de Bachillerato, curso 2012/2013

Colección de cuentos, Edgar Allan Poe

Colección de cuentos completos, Edgar Allan Poe.

Shakespeare, William. Hamlet, obra completa.

SHAKESPEARE, William. Hamlet, obra completa.


Texto seleccionado por Eduardo Montes, segundo de Bachillerato, curso 2012/2013.

viernes, 1 de marzo de 2013

De ratones y hombres, sección I. John Steinbeck.

Unas millas al sur de la soledad, el río Salinas se ahonda junto a la margen de la ladera y discurre verde y profundo. El agua es tibia porque ha pasado centelleante por arenas soleadas y amarillas antes de llegar a la estrecha charca. A un lado del río, las doradas pendientes de las estribaciones se curvan hacia arriba hasta los enhiestos y rocosos montes Gabilan, pero por la parte del valle, el agua está bordeada de árboles: de sauces verdes y frescos cada primavera, con depósitos de la crecida del invierno prendidos en las junturas de sus hojas más bajas, y de plátanos de troncos blancos y veteados, unos recostados, otros arqueándose por encima de la charca. En la margen arenosa, bajo los árboles, hay tal espesor de hojarasca que las lagartijas arman gran ruido al correr por ella. Los conejos salen de la maleza a sentarse en la arena al anochecer, y la franja llana y húmeda se cubre de huellas nocturnas de mapache, de rastros en forma de almohadillas de los perros de las ranchos, y de las marcas en forma de cuña partida de los ciervos que acuden a beber amparados en la oscuridad.
Hay un sendero a través de los sauces y entre los plátanos , un sendero muy hollado por los chicos que vienen de los ranchos a nadar en la profunda charca y por los vagabundos que, al anochecer, bajan cansinos de la carretera a acampar cerca del agua, Delante de la rama baja y horizontal de un plátano gigantesco, hay un montón de ceniza, producto de numerosas hogueras; la rama se ha alisado de tanto sentarse los hombres en ella.



John Steinbeck, De hombres y ratones, sección II, Aula de Literatura Vicens Vives. Seleccionado por Natalia Sánchez Martín,  segundo de Bachillerato, curso 2012/2013.

La Perla, capítulo II. John Steinbeck

La ciudad estaba situada en un ancho estuario, y sus viejos edificios de fachadas amarillas bordeaban la playa. Y, sobre la playa, se varaban las canoas blancas y azules que venían de Nayarit, canoas perversas durante generaciones por un emplasto impermeable y duro, a modo de caparazón, cuya fórmula mantenían en secreto los pescadores. Eran canoas altar y elegantes, de proa y popa curvilíneas, y con un anclaje en el centro en donde se podía colocar un mástil para sostener una pequeña vela latina.
La playa era de arena dorada aunque, junto a la orilla, había montones de conchas y algas que la cubrían.Los cangrejos violín hacía burbujas y escupían en sus agujeros en la arena y, en los bajíos, las langostas más pequeñas entraban y salían de los diminutos hogares que tenían entre las rocas y la arena.
El fondo marino era rico en criaturas que reptaban y nadaban y crecían. Las algas pardas ondulaban por efecto de las suaves corrientes, las verdes ovas marinas se inclinaban mientras que los caballitos de mar se adherían a sus tallos. Los moteados botetes, peces venenosos, se encontraban en el fondo por entre las ovas marinas, y los cangrejos multicolores nadaban y se escabullían por encima de los peces.
En la plata los perros y cerdos hambrientos de toda la ciudad buscaban sin descanso cualquiera clase de pez o ave marina muertos y que la marea hubiera arrastrado hasta allí.
Aunque aún era muy temprano, el brumoso espejismo había hecho ya acto de presencia. El aire incierto que aumentaban algunas cosas y desleía otras pendía sobre el Golfo, de forma que todas las imágenes eran irreales y no se podía confiar en lo que se veía. El mar y la tierra tenían la deslumbrante claridad  y  la confusa vaguedad de un sueño. A esto podría deberse que la gente del Golfo crea en las cosas del espíritu y en las cosas de la imaginación y. sin embargo, desconfía de sus propios ojos a la hora de calcular distancias o de discernir los perfiles de las cosas o de exigir precisión a la vista.
Al otro lado del estuario, si se miraba desde la ciudad, se distinguía un terreno con mangles claramente definido, como si lo viéramos con un telescopio y, al mismo tiempo, otro bosquecillo de mangles semejaba un confuso borrón verdinegro. Una parte de la orilla opuesta desaparecía tras una luz trémula que parecía agua. No había certidumbre respecto a lo que se veía, ni prueba alguna de que lo que se vería estuviera allí en realidad o no. Y la gente del Golfo creía que en todas partes pasaba igual, y no les parecía nada extraño. Una neblina cobriza se extendía sobre el agua y el cálido sol de la mañana caía sobre ella y la hacía vibrar de un modo deslumbrante.

John Steinbeck, La Perla, capítulo II, Aula de Literatura Vicens Vives. Seleccionado por Esther Hernández Calvo, segundo de Bachillerato, curso 2012/2013.

Señales de lluvia, Kim S.Robinson

Leo Mulhouse besó a su esposa, Roxane, y abandonó el dormitorio. En el salón, la luz estaba a medio camino entre la noche y la aurora. Salió al balcón: gaviotas gritando, el estruendo del oleaje contra el acantilado de abajo. La inmensa placa gris del océano Pacífico.
   Leo se había casado con esa espectacular casa, por así decirlo: Roxanne la había heredado de su madre. A Leo le encantaba la vista que ofrecía del borde del acantilado en Leucadia, California, pero el pequeño patio de hierba del porche de la segunda planta sólo tenía unos cinco metros de ancho, y luego se abría un abismo de aire sobre el océano gris y espumoso, a veinticinco metros por debajo. Y no era un acantilado muy estable. Deseó que hubieran puesto la casa un poco más atrás.
   De nuevo en el interior, llenó de café su termo de viaje y bajó al coche. Descendió por Europa, dejó atrás Pannikin y giró a la derecha, en dirección al trabajo.
   La carretera Pacific Coast, en el condado de San Diego, constituía un bonito trayecto al amanecer. Era hermosa hiciera el tiempo que hiciera: en los días de sol, con toda la gama de azules pálidos subiendo desde el mar y nubes dispersas y ensartadas por rayos de luz, o en mañanas lluviosas o de niebla, cuando la limitada pero rica paleta de grises teñía la vista con las gradaciones más sutiles.


Kim S.Robinson, Señales de lluvia, seleccionado por Laura Mahíllo, segundo de Bachillerato, curso 2012/13, editorial minotauro.

Tortilla Flat, John Steinbeck


Cuando el sol se alejaba de los pinos y el suelo estaba cálido y el rocío de la noche se secaba en las hojas de los geranios, Danny salió al porche para sentarse y meditar bajo el calor del sol sobre algunos acontecimientos.Se quitó los zapatos dejándolos caer y meneó los dedos del pie sobre las tablas calientes del porche. Había estado paseando por la mañana temprano y había observado el cuadrado negro de cenizas y las cañerías retorcidas de lo que había sido su otra cosa. Se había dejado llevar por un enfado convencional contra sus descuidados amigos y se había lamentado momentáneamente de la esencia transitoria de las propiedades espirituales. Había pensado en la ruina de su posición como hombre que posee una casa de alquiler; y después de haber satisfecho y alejado todo este alboroto de emociones necesarias y decentes, pudo al fin recobrar su  verdadero sentimiento, el de alivio por haberse librado por fin de una de sus cargas.
- Si la casa estuviera allí todavía, sentiría codicia por el alquiler- pensó- . Mis amigos han estado distantes conmigo porque me debían dinero. Ahora podemos volver a ser libres y felices.
Pero Danny sabía que debía disciplinar un poco a sus amigos, o le considerarían blando. Por tanto, al sentarse en el porche espantado las moscas con un movimiento de la mano, que suponía más un aviso que una amenza para las moscas, repasó las cosas que tenía que decir a sus amigos antes de permitirles volver al corral de su afecto . Debía indicarles que él no era un hombre del que podían aprovecharse. Pero que anhelaba acabar con todo el pasado y volver a ser el Danny al que todos querían, el Danny a quien la gente buscaba cuando tenía un galón de vino y un trozo de carne. Como propietario de dos casas, se le había considerado rico, y se había perdido muchas buenas oportunidades.


John Steinbeck, Tortilla Flat, pág 55-56,  editorial Acento, seleccionado por Beatriz Iglesias, segundo de Bachillerato , curso 2012/2013