jueves, 20 de abril de 2017

Robinsón Crusoe, Daniel Defoe


 Capítulo: VIII

VIAJE POR MAR 


Ocupado aún en esta obra, terminó mi cuarto año en este lugar, y celebré mi aniversario con la misma devoción y el mismo consuelo que siempre; porque por el estudio constante....
































Daniel Defoe, Robison Crusoe, editorial planeta, publicada en Barcelona en 1994,capítulo: VIII ,página: 116-117.
Seleccionado por Lara Esteban González, primero bachillerato, curso 2016-2017.

Rabelais, Gargantúa y Pantagruel


Capítulo XLIX
DE CÓMO PRICRÓCOLO TUVO MUY 
MALA FORTUNA CUANDO HUÍA, Y DE
 LO QUE HIZO GARGANTÚA DESPUÉS 
DE LA BATALLA

      Pricrócolo, desesperado, huyó hacia la isla de Bouchard y , en el camino de Rivère, su caballo tropezó y cayó, lo que le encolerizó e indigno tanto, que mató al noble bruto con la espada. Luego, no encontrando a nadie que le procurara con otra cabalgadura, quiso llevarse un asno del molino que había cerca de allí; pero los molineros moliéronle a palos, le hicieron pedazos las ropas, y le dieron para cubrirse una mala chamarreta.
      El pobre hombre, rabioso u furibundo, se marchó de allí. Cruzó después el agua en Port-Huault y, al contar sus infortunios a una vieja hechicera, está le predijo que le sería devuelto su reino cuando vinieran las coquecigrullas. Desde entonces no se sabe lo que ha sido de él.
      Sin embargo, me han dicho que se hala al presente Lyon haciendo de ganapán tan colérico como antes, y preguntando a cuatro forasteros encuentra por la venida de coquecigrullas, pues sigue abrigando la esperanza de que cuando éstas lleguen se cumplirá la predicción de la vieja y le será devuelto su reino.
      


François Rabelais, Grargantúa y Pantagruel, editorial RBA coleccinables SA, año 1995en Barcelona, capitulo XLIX, página 152
Seleccionado por Andrea Martín Bonifacio, primero de bachillerato, curso 2016/2017.

Los conquistadores, Malraux.

    Me refugio en mi cabina. Pero allí me persigue el embotamiento del mal sueño: dolor de cabeza, cansancio, escalofríos... Me lavo al chorro del agua (no sin trabajo: los grifos son minúsculos), pongo el ventilador en marcha, abro el ojo de buey.
    Sentado en la colchoneta, aburrido, saco de los bolsillos, uno a uno, los papeles que guardo en ellos. Reclamos de medicamentos tropicales. viejas cartas, papel en blanco impreso con la pequeña bandera tricolor de las Messageries Maritimes... Tras desgarrarlo todo con una minuciosidad de borracho, lo echo al río por el ojo de buey. En otro bolsillo cartas antiguas de ese al que ellos llaman Garín. No he querido dejarlas en la maleta por prudencia... ¿Y esto? Es la lista de los papeles que me ha confiado Meunier. Veamos. Hay un buen montón de cosas... Pero hay dos que Meunier ha puesto aparte en la misma lista. La primera es la copia de una nota del Intelligent Service relativa a Cheng-dai, con anotaciones de nuestros agentes. La segunda reproduce una de las fichas de la policía de Hong Kong concerniente a Garín.
    Tras cerrar la puerta con llave y correr el cerrojo, saco del bolsillo de la camisa el grueso sobre que me ha entregado Meunier. La pieza que busco está colocada la última. Es larga y está cifrada. En lo alto de la página: transmitido con urgencia. Por lo demás, la clave va adjunta.
    Empujado por la curiosidad e incluso por una cierta inquietud, comienzo a transcribir. ¿Qué es hoy de ese hombre del que he sido amigo durante años? Hace cinco años que no le veo. En el curso de este viaje no ha habido un día que no lo haya impuesto a mi recuerdo, fuese porque me hablaban de él, fuese porque su acción se hacía sensible en los radios que recibíamos...




Los conquistadores, Malraux. Editorial Bernard Grasset. Edición cedida por Editorial Argos Vengara. Móstoles- Madrid, 2000.
Seleccionado por: Marta Talaván González, Primero de bachillerato, Curso 2016-2017.








Don Carlos Guillermo Tell, Friedrich von Schiller

       CARLOS.     ¡Amigo ensangrentado, perdona que lo profane ante tales oídos! Pero que ese gran conocedor de hombres se muera de vergüenza al ver que la inteligencia de un joven ha sido mas sagaz que su saber gris. ¡Si, señor! ¡Éramos hermanos! Hermanos por un vínculo más noble que los que forja la naturaleza. El bello curso de su vida era amor. Amor por mí, su muerte grande y bella. Mio era él, cuando vos os jactabais de su estima, cuando su elocuencia traviesa jugaba con vuestro espíritu gigantesco y orgulloso. (pag 147)


Seleccionado por Gustavo V. Y., primero de bachillerato

El Paraiso perdido, John Milton

181
En su pecho le hierve tumultuoso,
Y cual si fuese una máquina diabólica,
Sobre sí retrocede; horror y duda
Perturban sus confusos pensamientos
Y desde el fondo agitan el Infierno
Que su seno contiene, porque dentro
De sí lleva al Infierno y a su entorno,
Y del Infierno no puede alejarse
Un solo paso, igualmente como
Tampoco  puedede si mismo huir
Aunque de lugar cambie. Ahora bien
La conciencia despierta al desespero
Que estaba adormecido, y el amargo
Recuerdo aviva en él de lo que era,
De lo que es, y, peor, lo que será;
A peores males, peores sufrimientos
Seguirán. A veces dirige hacia el Edén,

jueves, 6 de abril de 2017

La historia de perceval o el cuento del grial, Chrétien de Troyes

                                       El rey Artús y el caballero Bermejo (vs. 834-1304)

     Y el muchacho cabalgó hasta que vio venir a un carbonero con un asno delante.
     -Buen hombre que llevas un asno delante -dijo-, muéstrame cuál es el camino más recto hacia Carduel. Dicen que el rey Artús, a quien yo quiero ver, arma caballeros
     -Muchacho, siguiendo por aquel lado se encuentra un castillo asentado sobre el mar. El rey Artús, amable y dulce amigo, alegre y triste has de hallar en ese castillo si allí vas.
     - Ahora satisfaz mi deseo, dime por qué tiene el rey alegría y duelo
     -Te lo diré ahora mismo. El rey Artús con toda su hueste ha combatido al rey Rión. El rey de las islas ha sido vencido , y por eso está alegre el rey Artús. Pero sus compañeros se han marchado a sus castillos, donde viven más regaladamente, y no sabe cómo les va: éste es el motivo de su tristeza.
     El joven no da ninguna importancia a las noticias del carbonero, y se encamina por donde le ha indicado hasta que ve un castillo junto al mar, muy bien asentado, fuerte y hermoso. Y por la puerta ve salir a un caballero armado que lleva una copa de oro en la mano. Con la izquierda sostenía su lanza, el escudo y el freno, y con la diestra la copa de oro. Muy bien le sentaban las armas, que eran todas bermejas. El muchacho vio las hermosas armas, todas nuevas, le gustaron y dijo:
     -A fe mía, he de pedírselas al rey. Si mes la daa me vendrían muy bien, y el malhaya quien busque otras.
     Ya corre hacia el castillo, pues le urge llegar a la corte, hasta que llegó cerca del caballero, quien le detuvo un momento y le preguntó:
     -Dime, muchacho, ¿adónde vas?
     -Quiero ir a la corte a pedir al rey estas armas -contesta él.
     -Harás bien, muchacho. Ve en seguida, y vuelve. Y le dirás al mal rey que si no quiere mantener su tierra como vasallo mío, que me la entregue o que envíe a alguien que me la dispute, pues yo afirmo que es mía. Te creerá por estas señas: hace un momento le quité esta copa de oro aquí tengo con todo el vino que estaba bebiendo.
     Que se procure otro para llevar el mensqje, prque éste mo se ha enterado de nada. Ha ido sin detenerse hasta la corte, adonde el rey y los caballeros estaban sentados para comer. En la sala pavimentada, tan larga como ancha, que estaba a ras del suelo, entró el muchacho a caballo. El rey Artús estaba sentado, pensativo, a la cabecera de la mesa, y todos los caballerosnreían y bromeaban unos con otros, menos él, que permanecía mudo y pensativo.




     Chrétien de Troyes, La historia de Perceval o el cuento del grial. Madrid, edt. Magisterio Español, 1979, Novela caballeresca, páginas 40-41.
     Seleccionado por Rodrigo Perdigón Sánchez, primero de bachillerato. Curso 2016-2017.

Historia de roma desde su fundación, Tito Livio

 Libro XXVIII:

     -Antes de partir para el frente, los cónsules recibieron del senado la encomienda de ocuparse de que la gente retomarse a los campos: por la bondad de los diosesse habia alejado la guerra de la ciudad de Roma y del Lacio, y se podía vivir en el campo sin temor; no era razonable en absoluto ocuparse del cultivo de Silicia más que del de Italia. Pero la cosa no era tan fácil para la población, dado que la guerra se había llevado a los agricultores libres y los esclavos escaseaban, y que el ganado había llevado a los agricultores libres y los esclavos escaseaban, y que el ganado había sido saqueado y las granjas destruidas o incendiadas; a pesar de todo, un buen número, impulsados por la autoridad de los cónsules, retornaron de nuevo a los campos. Se había suscitado resta cuestión porque una delegación de los placentinos y cremonenses se quejaban de que sus vecinos galos invadían y devastaban su territorio, y que gran parte de sus colonos habían sido dispersados y en esos momentos sus ciudades estaban despobladas y sus campos devastados y abandonados. Se encargó al pretor Mamilio proteger las colonias contra el enemigo; los cónsules, en cumplimiento de un decreto del senado, hicieron pública la orden de que los ciudadanos cremonenses y placentinos regresen a sus colonias antes de una fecha determinada.



       Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación. Madrid. Biblioteca Básica Gredos, Edicion: 2001. Pag 223.
       Seleccionado por Javier Arjona Piñol. Primero de bachillerato, curso 2016-2017.

Historia de Roma desde su fundación, Tito Livio


       Fue grande el pánico y la confusión, por tratarse de una situación imprevista. Mostrando, sin embargo, mayor entereza de la que cabía esperar ante un peligro tan repentino, los hombres combantían defendiendo y las mujeres llevaban a las murallas toda clase de armas arrojadizas y piedras, y aquel día aseguraron la defensa de la ciudad a pesar de que ya habían aplicado escalas en muchos puntos. Alicio, después de dar la señal de retirada, llevó a sus hombres de vuelta al campamento a eso del medio día. Entonces, una vez que repusieron fuerzas con la comida y el descanso, antes de despedir al pretorio, hizo saber que debían estar preparados y armados antes del alba, que ya no los traería de vuelta al campamento hasta haber asaltado la ciudad. Atacó por muchos puntos a la misma hora que el día anterior, y como los habitantes de la plaza andaban ya faltos de fuerzas, de proyectiles, y sobre todo de moral, en cosa de pocas horas tomó la ciudad. Puso en venta una parte del botín y repartió el resto, y después celebró consejo para decidir qué hacer a continuación. Nadie se pronunció a favor de marchar sobre Naupacto, al estar ocupado por los etolios el desfiladero del Córace. No obstante, para evitar la inactividad durante el verano y evitar que, debido a las propias vacilaciones, los etolios tuvieran igualmente la paz que no habían conseguido del senado, Acilio decidió atacar Anfisa. Hasta allí fue conducido el ejército desde Heraclea cruzando el Eta. Estableció el campamento cerca de las murallas, pero no intentó el ataque rodeándolas de hombres como en el caso de Lamia, sino a base de obras de asedio. Se aplicaba el ariete en muchos puntos a la vez, y a pesar de ser batidos los muros, los habitantes no intentaban preparar o imaginar algo contra semejante dispositivo. Cifraban toda su esperanza en las armas y la audacia; a base de salidas frecuentes inquietaban los puestos enemigos y especialmente a los hombres que estaban en torno a las obras y las máquinas.
       Sin embargo el muro había sido derribado en muchos puntos cuando llegó la noticia de que su sucesor había desembarcado las tropas en Apolonia y marchaba a través del Epiro y Tesalia. Venía el cónsul con trece mil hombres de infantería y quinientos de caballería. Había llegado ya al golfo Malíaco; envió por delante emisarios a Hípata para instar a sus habitantes a que rindieran la ciudad, y ante su respuesta de que no harían nada sin una decisión de toda la comunidad etolia, para evitar el ascenso de Hípata lo entretuvieran cuando Anfisa aún no había sido reconquistada, envió por delante a su hermano el Africano y él avanzó hacia Anfisa. A su llegada, los habitantes abandonaron la ciudad -pues gran parte de la misma estaba ya desguarnecida de muralla- y por todos ellos, los que portaban armas y los que no, se retiraron a la ciudadela, que consideraban inexpugnable.




Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación XXXVI-XL, Madrid, 2001, Editorial Gredos, páginas 80-81.
 Seleccionado por Andrea Sánchez Clemente. Primero de Bachillerato. Curso 2016/2017

Robinsón Crusoe, Daniel Defoe

Capítulo: I

PRIMERAS AVENTURAS

   Yo nací en el año 1632 en la ciudad de York, de buena familia, pero no del país, ya que mi padre era un extranjero natural de Bremen que primero se instaló en Hull; se hizo una buena posición gracias al comercio, luego, abandonando sus negocios, se trasladó a York, en donde casó con mi madre, cuya familia se apellida Robisón, una familia muy bien reputada en la comarca, y polo cual yo me llamaba Robinsón Kreutznaer; sin embargo, por una corrupción del nombre,  cosa muy común en Inglaterra, ahora nos llaman, quiero decir que nos llamamos y así solemos firmar, Cruso y así es como mis compañeros me llaman siempre.
   Tenía dos hermanos mayores que yo, uno de los cuales fue teniente coronel en un regimiento inglés de infantería, en Flandes, que años atrás había sido mandado por el famoso coronel Lockhart, y murió en una batalla contra los españoles, cerca de Dunkerque. Por lo que respecta a mi segundo hermano, supe tan poco de sus andanzas como luego mis padres supieron de las mías.
   Siendo el tercer hijo de la familia, y al no haber aprendido ningún oficio, pronto se me llenó la cabeza de proyectos, de vagabuendeo. Mi padre, que era muy anciano, me había dado un buena educación, todo lo buena que puede recibirse en casa y en una escuela rural, y decidió que me dedicara a la abogacía; pero mi única ambición era hecerme marino, y esta inclinación me llevó a oponerme tan decididamente a su voluntad, e decir, a las órdenes de mi padre, así como a las súplicas y advertencias de mi madre y mis demás amigos, que parecía haber algo fatal en esta propensión de la naturaleza que me encaminaba derechamente hacia la vida de infortunio a que estaba destinado.
   
  
Daniel Defoe, Robison Crusoe, editorial planeta, publicada en Barcelona en 1994,capítulo: I ,página: 5-6 .
Seleccionado por Lara Esteban González, primero bachillerato, curso 2016-2017.

La mujer rota, Simone de Beauvoir

       Todo este año, tengo que revisarlo a la luz de este descubrimiento: Maurice se acostaba con Noëllie. Se trata de una larga relación. El viaje a Alsacia que no hicimos. Dije: <> ¡Pobre idiota! Era Noëllie quien lo retenía en París. En la época de la comida en casa de diana ya eramos amantes, y Luce lo sabía. ¿Y diana? Trataré de hacerla hablar. ¿Quién sabe si este lío no viene todavía de más lejos? Noëllie hace dos años vivía con Louis Bernard; pero a lo mejor acaparaba amantes. ¡Cuando pienso que estoy reducida a las hipótesis! ¡Y se trata de Maurice y de mí! ¡Todos los amigos estaban al tanto, evidentemente! ¡Oh! ¿Qué importa? Ya no estoy para preocuparme del qué dirán. Estoy demasiado radicalmente aniquilada. Me importa un pito la imagen que puedan hacerse de mí. Se trata de sobrevivir. 
       <<"Nada ha cambiado entre nosotros">> Qué ilusiones me haces con esta frase. ¿Quería decir que nada había cambiado puesto que me engañaba ya desde hace un año? ¿O no quería decir nada en absoluto? 
       ¿por qué me mintió? ¿Me creía incapaz de soportar la verdad, o sentía vergüenza? ¿Entonces por qué me habló? ¿Sin duda porque Noëllie estaba cansada de la clandestinidad? De todas maneras esto que me ocurre es espantoso.


       Simone de Beauvoir, La mujer rota, Barcelona, Editorial Seix Barral S. A., 1983, página 170.
       Seleccionado por Gustavo Velasco Yavita, primero de bachillerato, curso 2016-2017.

Rabelais, Gargantúa y Pantagruel

Capítulo XXI

DE LOS ESTUDIOS DE GARGANTÚA
 SEGÚN LA DISCIPLINA DE SUS 
PROFESORES SOFISTAS 

      Pasados así los primeros días y colocadas de nuevo en su lugar las campanas, los ciudadanos de París, para mostrar su agradecimiento a tanta honradez, se ofrecieron a mantener y alimentar a su yegua  tanto tiempo como a el le plugiera - cosa que fue del agrado de Gargantúa-, u la mandaron a vivir al bosque de biére. yo creo que ya no esta allí.
      Hecho esto, quiso estudiar concienzudamente bajo la dirección de Ponócrates; pero éste ordenó que, para comenzar, lo haría a su manera acostumbrada, a fin de saber por qué medio, en tan largo tiempo, sus preceptores anteriores le habían vuelto tan fatuo, simple e ignorante.
      Disponía pues, de su tiempo de tal forma, que se despertaba y levantaba ordinariamente de la cama entre las ocho y las nueve de la mañana, fuera o no de día; así lo habían mandado sus doctores regentes en teología, alegando lo que dice David : vanum est vobis ante lucem surgere.
      Después estiraba las piernas, daba saltos de carnero, se tiraba al suelo, pataleaba en el lecho durante un rato para recrear a su instinto animal, y se vestía según la estación del año, aunque le gustaba llevar ropa larga de gruesa tela  forrada de piel de zorro; luego se peinaba con el peine de Almain, a sea con los cuatro dedos y el pulgar, porque sus preceptores decían que asearse, lavarse y peinarse de otro modo era perder el tiempo en este mundo.
      Después cagaba, orinaba, vomitaba, eructaba, ventoseaba, bostezaba, escupía, tosía, sollozaba, estornudaba, se sonaba las narices a lo archidiácono, y desayunaba, para hacer cesar el rocío y los malos vientos,  buenas tripas fritas, buena carne asada, buenos jamones, buen cabrito en asado y espesas sopas hechas con pedazos de pan mojado en caldo, como las que comen en los conventos en las primeras horas de a mañana. Ponócrates le reprendía diciéndole que no debía tomar alimento tan temprano, al saltar del lecho, sin haber hecho primero un poco de ejercicio.


François Rabelais, Grargantúa y Pantagruel, editorial RBA coleccinables SA, año 1995en Barcelona, capitulo XXI página 70/71.
Seleccionado por Andrea Martín Bonifacio, primero de bachillerato, curso 2016/2017.

Obras I, Luciano de Samósata

   A la derecha aparece sentado un hombre de orejas descomunales, casi como las de Midas, extendiendo su mano a la Calumnia, mientras ésta, aun a lo lejos, se le aproxima; en torno a éste permanecen en pie dos mujeres, a mi parecer la Ignorancia y la Sospecha. Por otro lado avanza la Calumnia, mujer de extraordinaria belleza, aunque presa de ardor y excitación, , transparentando ira y furor, con una antorcha encendida, en la izquierda y arrastrando con la diestra, de los cabellos, a un joven que alza sus manos al cielo e invoca a los dioses. La dirige un hombre pálido y feo, de mirada penetrante y aspecto análogo al de quienes consume una grave enfermedad: podría suponerse que es la Envidia. Le dan también escolta otras dos mujeres, que invitan, encubren y engalanan a la Calumnia; según me explicó el guía de la pintura, una era, la Asechanza , y la otra el Engaño. Tras ellas seguía una mujer que se llamaba -según creo- el Arrepentimiento. En efecto, volvíase hacia atrás llorando y llena de vergüenza dirigiendo miradas furtivas a la Verdad, que se aproximaba.
Así presentó Apeles su arriesgada experiencia en la pintura.
    Bien, asimismo nosotros, si os parece, siguiendo el método del pintor Éfeso, consideremos las características de la calumnia, tras describirla primero con una definición, pues así nuestra imagen será más nítida.









Obras I, Luciano de Samósata, Editorial Gredos, S.A., Madrid, 2002. Pág 104.
Seleccionado por Marta Talaván González. Primero de bachillerato, curso 2016-2017.

Las aventuras de Tom Sawyer, Mark Twain

Capítulo XVIII

       Sin embargo, no había hilaridad en la pequeña ciudad aquella tranquila tarde de sábado. Los Harpers y la familia de tía Polly se vestían de luto con gran pena y muchas lágrimas. Una tranquilidad desacostumbrada se había apoderado del pueblo, aunque ordinariamente ya era bastante sosegado. Los lugareños atendían a sus quehaceres con un aire ausente y hablaban poco, pero suspiraban a menudo. La vacación del sábado les parecía una carga a los niños. No se entendían con entusiasmo y poco a poco abandonaron los juegos.
       Por la tarde Becky Thatcher se encontró, sin darse cuenta, paseando por el patio desierto de la escuela, sintiéndose muy melancólica. Pero no halló nada allí que la reconfortase. Hablaba sola: "¡Oh, si tuviera por lo menos otra vez el boliche de latón; pero ahora no tenga nada que le recuerde!", y reprimió un pequeño sollozo. De pronto se paró y se dijo: "¡Fue justamente aquí! ¡Oh!, si lo tuviera que volver a hacer no diría que... no lo diría por nada del mundo. Pero ahora se ha ido; ya no lo veré nunca, nunca más."

       Mark Twain, Las Aventuras de Tom Sawyer. Barcelona, RBA. Historia de la literatura, primera edición, 1999. Página143.
       Seleccionado por Andrea Alejo Sánchez. Primero de bachillerato, curso 2016-2017.
   

jueves, 30 de marzo de 2017

Las Aventuras de Tom Sawyer, Mark Twain

                                                  Capítulo IX

       Aquella noche, a las nueve y media, mandaron a la cama a Tom y a Sid como de costumbre. Rezaron las oraciones y SId se durmió en seguida. Tom se quedó despierto, esperando, inquieto e impaciente. ¡Cuando ya creía que estaría amaneciendo oyó que el reloj daba solamente las diez! ¡Qué desesperación! Se hubiera puesto a dar vueltas, agitado, como le exigían los nervios, pero temía despertar a Sid. Así que se quedó quieto, con la mirada clavada en la oscuridad. Todo estaba lúgubremente silencioso. Poco a poco, en medio del silencio, empezaron a distinguirse algunos ruiditos apenas perceptibles. El tic-tac del reloj comenzó a hacerse notar. Las viejas vigas empezaron a crujir misteriosas. Las escaleras chirriaban débilmente. Por lo visto, los espíritus andaban cerca. Un ronquido rítmico y amortiguado salía del cuarto de la tía Polly. Y entonces empezó a oírse el fastidioso chirrido de un grillo que resultaba humanamente imposible de localizar. Luego el espeluznante tic-tac de un escarabajo de la muerte en la pared, cerca de la cabecera de la cama hizo estremecerse a Tom... Significaba que alguien tenía ya sus días contado.

       Mark Twain, Aventuras de Tom Sawyer. Bruguera, Barcelona. Laurin, primera edición, 1994. Página 78
       Seleccionado por David Francisco Blanco. Primero de bachillerato, curso 2016-2017.

Cumbres borrascosas, Brontë

       Ni siquiera abrigaba la menor idea de que hubiesen existido. Yo era aún una niña, acababan de enterrar a mi padre, y se debía mi congoja a que, por mandato de Hindley, me habían separado de Heathcliff. Me hallaba sola por primera vez, y despertando de un terrible letargo después de toda una noche de llorar sin descanso.  levanté las manos para descorrer las tablas del lecho. La mano dio contra el tablero de esa mesa. Entonces pasé la mano por la alfombra y recuperé de golpe la memoria. La congoja que acababa de sentir se ahogó en un paroxismo de desesperación. No sabría explicar por qué me sentía tan profundamente desdichada. debía estar bajo los efectos de una perturbación pasajera, puesto que ahora no veo la razón. Pero comprende que hace doce años que me arrancaron del hogar donde se desarrolló mi infancia, de Cumbres Borrascosas, del lugar que lo suponía todo para mí, como para Heathcliff entonces, y me vi transformada de pronto en señora Linton, la dueña de la Granja de los Tordos; en la mujer de un extraño, proscrita, trasplantada, por tanto, de lo que había constituido mi mundo. ¡Ya puedes darte idea del abismo en qué me sentí sumida! Mueve cuanto quieras la cabeza, Nelly. Has contribuido a perturbarme el cerebro. debiste haber hablado a Edgar. Ten la seguridad que debiste hacerlo y obligarle a que me dejase en paz. ¡Ah, estoy ardiendo! Quisiera estar fuera. Quisiera volver a ser aquella niña medio salvaje, intrépida y libre, que se burlaba de las ofensas en vez de enloquecer. ¿Por qué habré cambiado tanto? ¿Por qué hay palabras que hacen que me hierva la sangre con tan infernal violencia? Estoy convencida de que sería nuevamente la misma que era, si estuviese en los matorrales de las lomas. Vuelve a abrir la ventana..., ¡de par en par!...¡Y déjala abierta! Date prisa..., ¿Por qué no te mueves?
       -Porque no quiero matarla de frío.
       -Di, mas bien, que no quieres dejarme que viva -dijo con tristeza-. Pero, después de todo, todavía no me encuentro impedida; yo misma abriré.
        Y deslizándose del lecho antes que yo pudiera evitarlo, atravesó la habitación con paso vacilante, abrió la ventana de par en par y se asomó sin preocuparse de aire helado y cortante como un cuchillo. Le supliqué que se metiera dentro y, por último, traté de obligarla. Pero he de confesar que la fuerza que le daba el delirio superaba con mucho la mía. (Tenía el delirio y me convencí luego, por sus extraviados actos.) No había luna y todo estaba sumido en brumosa oscuridad. ni cerca ni lejos brillaba la luz de una sola casa; hacia tiempo que todas se habían apagado, y las Cumbres Borrascosas no se podían ver desde allí. Sin embargo, afirmaba ella que distinguía sus resplandores.


       Brontë, Cumbres borrascosas, Barcelona, Editorial Planeta S. A., 1994, Página 99.
Seleccionado por Gustavo Velasco Yavita, primero de bachillerato, curso 2016-2017