lunes, 13 de junio de 2016

Nana, Emile Zola

Nana hizo una mueca de asco. No comprendía aquello. Y eso que decía, con su voz razonable, que sobre gustos no hay nada escritos, porque, ¿quién sabe lo que puede gustarle en un día? Por eso se comía su plato de crema con aire filosófico, dándose perfecta cuenta de que Satin tenía revolucionadas las mesas vecinas con sus grandes ojos azules de virgen. Sobre todo, había cerca de ella una rubia gorda muy amable; estaba como sobre ascuas y se arrimaba tanto que Nana estuvo apunto de intervenir, Pero en aquel momento la dejó sorprendida una mujer que acababa de entrar. Había reconocido a la señora Robert. Esta, con su linda cara de ratoncito gris, saludó familiarmente con un movimiento de cabeza a la criada alta y flaca; luego fue a apoyarse al mostrador de Laure.

     Emile Zola, Nana. Barcelona, ed. Planeta, col. Clásicos Universales Planeta, 106, pág. 245.
     Seleccionado por Coral García Domínguez. Primero de bachillerato. Curso 2015-2016.

lunes, 6 de junio de 2016

Una mujer sin importancia, Oscar Wilde

       Señora Arbuthnot. No lo sé. No lo siento, ni voy a presentarme ante el altar de Dios para pedir la bendición de El para una farsa tan repulsiva como un matrimonio entre George Hardford  y -yo. No pronunciaré las palabras de la Iglesia nos manda decir. No las diré. No me atrevo. ¿Cómo podría jurar que amaré al hombre que aborrezco, que honraré al que te trajo la deshonra, que obedeceré al que, valiéndose de su ascendiente, me hizo pecar? No; el matrimonio es un sacramento para los que se aman. No es para personas como yo o como él. Gerald, para salvarte del desprecio del mundo y de sus sarcasmos, le he mentido al mundo. No podría decirle la verdad al mundo. ¿Quién  puede hacerlo? Pero por interés mío no voy a mentir en presencia de Dios. No, Gerald ninguna ceremonia, santificada por la Iglesia o instituida por el Estado, me unirá jamás a George Hardford. Es posible que yo esté ya unida al que me robó, pero me dejó más rica que antes, de modo que en el cieno de mi vida encontraré la perla valiosa, o lo que a mí me pareció que lo era.
       Gerald. Ahora no te entiendo.
       Senora Arbuthnot. Los hombres no entienden lo que son las madres. Yo no soy distinta de las demás mujeres, excepto en el mal que se me causó y el mal que hice, y en mis muy pesados castigados y en mi vergüenza.
       
     Oscar Wilde, Una mujer sin importancia, Barcelona, Andrés Bello, ed. 5, pág. 194-195.
     Seleccionado por: Coral García Domínguez, Primero de Bachillerato, curso 2015-2016

lunes, 30 de mayo de 2016

Los tres mosqueteros, Alejandro Dumas

      Aramis vivía en un pequeño apartamento, compuesto de un gabinete, un comedor y una alcoba; ésta, situada, al igual que el resto, en la planta baja, daba a un jardincito, fresco, verde, frondoso y que ocultaba la ventana de los ojos del vecindario.
       En cuanto a D'Artagnan, ya conocemos su alojamiento y a Planchet, su lacayo.
       D'Artagnan, que era muy curioso por naturaleza, como acostumbran a serlo las gentes poseedoras del genio de la intriga, no se ahorró esfuerzos para averiguar quiénes eran de verdad Athos, Porthos y Aramis. Porque  no cabía duda de que. bajo esos nombres de batalla, cada uno de ellos ocultaba los propios de su linaje, especialmente Athos, que olía a gran señor a una legua de distancia. D'Artagnan se dirigió a Porthos para obtener información acerca de Athos y Aramis, y lo mismo hizo con Aramis para conocer a Porthos.
       Desgraciadamente, Porthos no sabía de su silencioso camarada sino lo que éste dejaba traslucir. Se comentaba que había sufrido grandes desengaños amorosos y que una afrentosa traición había envenenado para siempre la vida del caballero. ¿En qué había consistido esa traición? Todo el mundo lo ignoraba.
     En lo referente a Porthos, a excepción de su nombre verdadero, sólo conocido por el señor De Tréville -quien también conocía el de sus compañeros-, su vida no tenía ningún secreto. Vanidoso e indiscreto, podía verse en él como a través de un cristal.

        Alejandro Dumas, Los tres mosqueteros, León , Everest, ed. 2, 2006, pág. 55
        Selecionado por Coral García Domínguuez, Primero de Bachillerato, curso 2015-2016

La cantante calva, Eugène Ionesco

                                         
SR. MARTIN:
– Edward es empleado de oficina, su hermana Nancy, mecanógrafa, y su hermano William, ayudante de tienda.

SRA. SMITH:
– ¡Qué familia divertida!

SRA. MARTIN:
– Prefiero un pájaro en el campo a un calcetín en una carretilla.

SR. SMITH:
– Es preferible un filete en una cabaña que leche en un palacio.

SR. MARTIN:
– La casa de un inglés es su verdadero palacio.

SRA. SMITH:
– No sé hablar en español lo bastante bien para hacerme comprender.

SRA. MARTIN:
– Te daré las zapatillas de mi suegra si me das el ataúd de tu marido.

SR. SMITH:
– Busco un sacerdote monofisita para casarlo con nuestra criada.

SR. MARTIN:
– El pan es un árbol, en tanto que el pan es también un árbol, y de la
encina nace la encina, todas las mañanas, al alba.

SRA. SMITH:
– Mi tío vive en el campo, pero eso no le atañe a la comadrona.

SR. MARTIN:
– El papel es para escribir, el gato para la rata, y el queso para echarle la
zarpa.

SRA. SMITH
:– El automóvil corre mucho, pero la cocinera prepara mejor los platos.

SR. SMITH:
– No sean pavos y abracen al conspirador.

SR. MARTIN:
– Charity begins at home.

SRA. SMITH:
– Espero que el acueducto venga a verme en mi molino.

SR. MARTIN:
– Se puede demostrar que el progreso social está mucho mejor con azúcar.


    Ionesco Eugenè, La cantante calva, Paris, Gallimard, Losada, 1965, pág. 25, ed. 5
    Seleccionado por Delia Marinela Bulau, Primero de Bachillerato, curso 2015-2016.

La línea de sombra, Joseph Conrad

          Sólo los jovénes conocen momentos semejantes. No quiero decir los muy jovénes, no; pues éstos, a decir verdad, no tienen momentos.Vivir más allá de sus días,en esa magnífica continuidad de esperanza que ignora toda pausa y toda introspección, es privilegio de la primera juventud.
         Cierra uno tras sí la puertecita de la infancia, y penetra en un jardín encantado.Hasta sus mismas sombras tienen un resplandor de promesa.Cada recodo del sendero posee su seducción.Y no a causa del atractivo que ofrece un país desconocido, pues de sobra sabe uno que por allí ha pasado la corriente de la humanidad entera.Es el encantado de una experiencia universal, de la esperamos una sensación extraordinaria y personal, la revelación de un algo de nuestro yo.
         Llenos de ardor y de alegría, caminamos, reconociendo las lindes de nuestro predecesores, aceptando tal como se presentan la buena suerte y la mala-las duras-las duras y las maduras, como suele decirse-, el pintoresco destino común que tantas posibilidades guarda para el que las merece, cuando no simplemente para el afortunado. Sí, caminamos, y el tiempo también camina, hasta que, de pronto, vemos ante nosotros una línea de sombra advirtiéndonos que también habrá que dejar tras de nosotros la región de nuestra primera juventud.
Este periodo de la vida en que suelen sobrevenir aquellos momentos de que hablaba. ¿Cuáles? ¡Cuáles van a ser!: esos momentos de hastío, de cansancio, de descontento; momentos de irreflexión. Es decir, esos momentos en que los aún mozos propenden a cometer actos irreflexivos, tales como el matrimonio improvisado o el abandono de un empleo, sin razón alguna para ello.


     Joseph Conrad, La línea de sombra, Madrid, Brugueras, Cátedra, 1998, pág 197.
     Seleccionado por Jennifer Garrido Gutiérrez, Primero de bachillerato, curso 2015-2016

La perla, John Steinkeck


     Como vemos, la educación del hijo también liberará simbólicamente a su pueblo, idea sobre la que se insiste  en mas de una ocasión: "Estaba atrapado, como siempre lo estaban los suyos. Y seguirá siendo así...hasta que estuvieran seguros de que las cosas de los libros estaban de veras en los libros". Sin embargo, Kino no lograr cumplir su deseo y su hijo no supera el estado de ignorancia que su nombre simbólicamente revela: al final, los rastreadores creen disparar a un " cachorro de coyote".
     La formación que Kino no desea para su hijo se resuelve, paradójicamente , en él mismo. A lo largo de la novela , el pobre pescador, indio pasa por un proceso de aprendizaje que comporta, simbólicamente, la pérdida de la inocencia o del paraíso, tema que, como ya sabemos, es recurrente de Steinbeck. Este tema clave del libro se advierte en las imágenes con que se abre y cierra la novela: mientras que al principio se nos hace una descripción casi edénica de la familia y de su entorno, al final, expulsados simbólicamente, de ese paraíso, Kino y Juana son "dos torres oscuras...que habían conocido el dolor.


       John Steinbeck, La perla ,Barcelona, Vicens Vives, página 31.
         Seleccionado por Marta Pino Blanco. Segundo de bachillerato, curso 2015-2016.

lunes, 23 de mayo de 2016

El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad

CAPÍTULO II

     >>Una tarde, estando yo tumbado en la cubierta de mi vapor, oí unas voces que se aproximaban, y allí estaban el sobrino y el tío deambulando por la orilla. Recliné de nuevo la cabeza sobre el brazo, y ya me había quedado medio dormido cuando alguien dijo, casi en mi oído: "Soy tan inofensivo como un niño pequeño, pero no me gusta estar a las órdenes de nadie. Soy el director, ¿no es así? Se me ha ordenado enviarle allí. Es increíble"... Me di cuenta de que los dos estaban de pie en la orilla al lado de la proa de vapor, justamente debajo de mi cabeza. No me moví; no se me ocurrió moverme: estaba medio dormido. "Es muy desagradable", gruñó el tío. "Ha perdido a la Administración que le envíen aquí -dijo el otro- con la intención de demostrar de lo que era capaz: y a mí se me han dado instrucciones en ese sentido. Date cuenta de la influencia que debe tener ese hombre, ¿no es terrible?" Los dos convinieron en que era terrible, después hicieron varias observaciones extrañas: "Hacer lluvia y buen tiempo..., un hombre..., el Consejo..., a su antojo..." fragmentos de frases absurdas que vencieron mi somnolencia, de manera que ya había recuperado casi por completo la lucidez cuando el tío dijo: "El clima puede resolverte esa dificultad. ¿Está él solo allí? "Sí -respondió el director-; envió a su ayudante río abajo con una nota para mí en estos términos: 'Eche a este pobre diablo del país y no se moleste en enviarme más de esta clase. Prefiero estar solo a tener junto a mí al tipo de hombres de que usted puede disponer' Esto fue hace más de un año. ¿Puedes imaginarte semejante insolencia?" "¿Algo más desde entonces?", preguntó el otro, con voz ronca. "Marfil -respondió bruscamente el tío- a montones, y de primera clase, a montones. Sumamente fastidioso de su parte." "¿Y con ello?", preguntó la voz grave y sorda. "Factura", fue la respuesta disparada, por así decirlo. Después un silencio. Habían estado hablando de Kurtz.
     >>Yo ya estaba bien despierto para entonces, pero como me hallaba comodísimamente tumbado, permanecí así, puesto que nada me inducía a cambiar de postura. "¿Cómo llegó ese marfil hasta aquí?", refunfuñó el de más edad, que parecía muy enojado. El otro explicó que había venido con una flota de canoas a cargo de un oficinista inglés mestizo que Kurtz tenía con él; que Kurtz al parecer había tenido la intención de venir él mismo, ya que la estación estaba por aquella época escasa de mercancías y reservas, pero que, después de recorrer trescientas millas había decidido repentinamente volver atrás, lo que empezó a hacer él solo en una pequeña piragua con cuatro remeros, dejando que el mestizo continuara río abajo con el marfil. Los dos individuos parecían maravillados de que alguien intentara tal cosa. No lograban dar con un motivo que la justificara. En cuanto a mí, me pareció ver a Kurtz por primera vez. Lo vislumbré un instante: la piragua, cuatro salvajes remando y el blanco solitario volviendo de repente la espalda a la oficina central, al descanso, a la idea del hogar tal vez; dirigiendo su mirada hacia las profundidades de la selva, hacia su vacía y desolada estación. Yo no conocía el motivo. Tal vez era simplemente un tipo estupendo que se aferraba a su trabajo por amor a él. Su nombre, os dais cuenta, no había sido pronunciado ni una sola vez. Era "ese hombre". Al mestizo, que por lo que pude ver había dirigido un difícil viaje con gran prudencia y valor, se hacía invariablemente alusión como a "ese canalla". El "canalla" había informado de que el "hombre" había estado muy enfermo y no se había recuperado del todo..., los dos que estaban debajo de mí se alejaron unos pasos y pasearon de acá para allá a corta distancia.

Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, Madrid, Catedra, Letras Universales, 2005, pág. 176-178.
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez, Primero de Bachillerato, curso 2015-16.

Relato de Arthur Gordon Pym, Edgar Allan Poe

       

                                                           CAPÍTULO XIX

     

      Tardamos cerca de tres horas en llegar a la aldea, que estaba a más de tres millas en el interior, y el camino atravesaba una región escarpada. Mientras caminábamos, el grupo Too-wit (los ciento diez salvajes, en total, de las canoas) fue siendo reforzado de instante en instante pequeños destacamentos de dos, de seis o de siete individuos, que se nos unían, como por casualidad, en las diferentes revueltas del camino. Había en aquella conducta como un propósito sistemático que no pude dejar de mirar con recelo, y entonces hablé de mis inquietudes al capitán Guy. Pero era ahora demasiado tarde para retroceder, y convinimos, finalmente, en que nuestra mejor seguridad estaba en demostrar una confianza perfecta en la buena fe de Too-wit. En consecuencia, seguimos adelante, conservando los ojos muy abiertos ante los manejos de los salvajes y no permitiéndoles dividir nuestras filas por los empujones repentinos. Habiendo cruzado así un desfiladero escabrosos, llegamos al cabo de un grupo de viviendas que, según nos dijeron, eran las únicas existentes en la isla. Cuando estábamos a la vista de ellas, el jefe lanzó un grito, repitiendo con frecuencia la palabra Klock-klock, que supusimos sería el nombre de aquella aldea, o quizá el genérico empleado allí para todas las aldeas.
       Las casas eran del aspecto más miserable que puede imaginarse y diferenciándose en eso de las razas salvajes más inferiores que conozca nuestra humanidad, y no estaban construidas siguiendo un plan uniforme. Algunas de ellas (éstas pertenecían a los Wampoos o Yampoos, los grandes personajes de la isla) consistían en un árbol cortado a unos cuatro pies de la raíz, con una gran piel negra colocada por encima, que caía en blandos pliegues sobre la tierra. Allí debajo moraba el salvaje. Otras estaban hechas con ramas de árboles sin desbastar, conservando aún su follaje seco, colocadas de modo que se apoyasen inclinadas, en un ángulo de cuarenta y cinco grados, sobre un banco de barro amontonado sin la menor preocupación de forma regular, a una altura de cinco o seis pies. Otras eran simples agujeros abiertos perpendicularmente en la tierra y recubiertos de ramaje semejante, que el habitante de la vivienda tenía que apartar para entrar, y que debía después volver a colocar.
      Algunas estaban hechas con las ramas ahorquilladas de los árboles, tal como crecían, estando las ramas superiores cortadas a medias y cayendo sobre las inferiores, de manera a formar un cobijo más espeso contra el mal tiempo. La mayor parte, sin embargo, consistía en pequeñas y poco profundas cavernas cavadas, al parecer, en la superficie de una áspera pared de piedra negra, semejante a la tierra de batán, con que estaban circundados tres de los lados de la aldea. A la entrada de cada una de aquellas cavernas primitivas había una pequeña roca, que el morador colocaba cuidadosamente ante la abertura cada vez que abandonaba su vivienda -no pude saber con qué propósito-, pues la piedra no era nunca del suficiente tamaño para cerrar más que una tercera parte de la abertura.



    Edgar Allan Poe, Relato de Arthur Gordon Pym, Barcelona, Planeta, 1987, pág. 171
    Seleccionado por Delia Marinela Bulau, Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016

lunes, 16 de mayo de 2016

El abanico de Lady Windermere, Oscar Wilde

        Duquesa de Berwick: ¡Ah, ésa es precisamente la cuestión, querida! El va a verla continuamente, se pasa con ella horas enteras, y mientras está allí, ella no recibe a nadie en su casa. No es que vayan a visitarla muchas señoras, querida; pero tiene una gran cantidad de amigos desacreditados (mi propio hermano en particular, como ya le he dicho), y esto es de lo que hace espantosa la conducta de Windermere. Nosotras le considerábamos como un marido modelo; pero me temo que la cosa se innegable.  Mis queridas sobrinas -ya sabe usted, las chicas de Saville-, unas muchachas muy caseras, feas, horrorosamente feas, pero ¡tan buenas!..; bueno; están siempre en el balcón haciendo labores de fantasía y esas horrendas ropas para los pobres que, según creo, se llevan mucho en estos tiempos socialistas; pues esta terrible mujer ha tomado una casa en la calle Curzon, frente a la de ellas, una calle tan respetable. ¡No sé adónde vamos a parar! Ellas me han dicho que Windermene va a visitarla cuatro y cinco veces por semana; lo ven. No pueden por menos, y, aunque no les gusta hablar de escándalos, como es natural, se lo han hecho notar a todo el mundo. Y lo peor de todo es que esa mujer según dicen, tiene mucho dinero que le pasa alguien, pues hace unos seis meses, cuando llegó a Londres, no tenía nada, y ahora posee esa preciosa casa en el mejor barrio, guía caballos propios por el parque todas las tardes y, en fin, no le falta nada desde que conoce al pobre y querido Windermere.
        Lady Windermere: ¡Oh! ¡No puedo creerlo!
        Duquesa de Berwick: Pues es completamente cierto, querida. Todo Londres lo sabe. Por eso he creido preferible venir y hablar con usted y aconsejarla que se lleve fuera a Windermere ahora mismo, a Alemania o a Francia, a un sitio en que se divierta algo y donde pueda usted vigilarlo durante todo el día. Le aseguro, querida, que en varias ocasiones, recién casada, tuve que fingirme muy enferma, viéndome obligada a beber las aguas minerales más desagradables, solo por sacar a Berwick de la capital. ¡Era tan extraordinariamente sensible! Aunque puedo decir que nunca dio grandes sumas a nadie. ¡Lo cual demuestra que tiene principios muy elevados!
       
       Oscar Wilde, El abanico de Lady Windermere, Barcelona, Andrés Bello Española, 1998, pág. 26-27
       Seleccionado por Coral García Domínguez, Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016

El libro de las tierras vírgenes, Rudyard Kipling

LA LEY DE LA SELVA

(Sólo con el fin de dar idea de la inmensa variedad de la ley de la Selva he traducido en verso -porque Baloo recitaba esto siempre como una especie de cantinela- algunos de los preceptos relativos a los lobos. Por supuesto que existen aún no pocos centenares parecidos; pero bastarán éstos como muestra de los más sencillos.)


     He aquí la ley que en nuestra Selva rige,
y que es antigua como el mismo cielo.
Prosperarán los lobos que la cumplan,
mas aquel que la infrinja será muerto.

     Cual planta trepadora envuelve al árbol,
así a todos la Ley nos tiene envueltos;
porque el lobo da fuerza a la manada,
mas la manada a él fuerte le ha hecho.

     Del hocico a la cola cada día
lávate, y bebe siempre sin exceso,
pero no escasamente; y no lo olvides:
de la noche a la caza, el día al sueño.

     Puede el chacal, en busca de despojos
que el tigre deje, irse tras él hambriento;
mas tú, lobato, cazador de raza,
mata, si puedes, por tu cuenta y riesgo.

     Con el tigre, y el oso, y la pantera,
que siempre de la Selva han sido dueños,
vive en paz, y al buen Hathi no molestes
ni al feroz jabalí vayas con juegos.

    Cuando en la Selva dos manadas chocan
y un mismo rastro siguen con empeño,
échate y deja que los jefes hablen,
que así, tal vez, se llegue a algún acuerdo.

     Cuando ataques a un lobo, no te batas
si no está solo y su manada lejos,
pues si ella se mezclare en vuestra lucha,
disminuirá, sin duda, con los muertos.

     Para el lobo el cubil es un refugio,
es su hogar, y no hay nadie con derecho
a entrar en él por fuerza, ni aun el Jefe
de la manada misma, ni el Consejo.

     Refugio es el cubil de cada lobo;
mas, si no supo, cual se debe, hacerlo,
a buscar otro se verá obligado
si tal orden recibe del Consejo.

     Cuando sin ser aún la medianoche,
algo logres matar, mata en silencio,
para que así los ciervos no despierten...
y tengan que ayunar tus compañeros.

     Para ti y tus cachorros matar puedes
o bien para tu hermano, justo es ello;
mas no mates por gusto, y nunca, nunca,
des caza al Hombre con ningún pretexto.

     Si su botín a otro más débil robas
no pretendas de todo hacerte dueño:
la manada protege al más humilde;
déjale, pues, cabeza y piel, al menos.

     Lo que matare la manada, piensa
que es su comida, y déjala en su puesto:
nadie puede llevársela a otro sitio,
y quien tal infringiere será muerto.

     Lo que el Lobo mató, cómalo el Lobo
y use de ello a su gusto: es su derecho;
mas, sin permiso suyo, la manada
no ha de poder tocarlo ni comerlo.

     Derecho del cachorro es el que tiene
el lobato de un año: cuando ha muerto
alguien de la manada alguna pieza,
puede hartarse el cachorro, si está hambriento.

     Derecho de camada es el que tiene
la madre, que exigir al compañero
de su edad misma (y nadie ha de negarlo)
puede una pierna de lo que haya muerto.

     Derecho de caverna es el del padre,
que es de cazar para los suyos dueño,
y libre se halla ya de la manada,
sin más juez de sus actos que el Consejo.

     Por su edad y su astucia, por la fuerza
de su acerada garra, el Lobo viejo,
el Jefe, es el que en casos no previstos
a cada cual le fija su derecho.

    He aquí de nuestra Ley los numerosos,
los sabios y muy útiles preceptos;
mas todo en uno solo se concreta:
¡obedece! La Ley no es más que esto.

Rudyard Kipling, El libro de las tierras vírgenes, Madrid, Alianza Editorial, El Libro de Bolsillo, 1993, pág. 86-88.
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez, Primero de Bachillerato, curso 2015-2016.

Las aventuras de Tom Sawyer, Mark Twain

       Al empezar la tarde, grupos de hombres derrengados fueron llegando al pueblo; pero los más vigorosos de entre los vecinos continuaron la busca. Todo lo que se llegó a saber fue que se estaban registrando profundidades tan remotas de la cueva que jamás habían sido exploradas; que no había recoveco ni hendidura que no fuera minuciosamente examinada; que por cualquier lado que se fuese por entre el laberinto de galerías se veían luces que se movían de aquí para allá, y los gritos y las detonaciones de pistola repercutían en los ecos de los oscuros subterráneos. En un sitio muy lejos de donde iban ordinariamente los turistas habían sido encontrados los nombres de Tom Becky trazados como humo sobre la roca, y, a poca distancia, un trozo de cinta manchado de sebo. La señora de Thatcher lo había reconocido deshecha en lágrimas, y dijo que aquello sería el más preciado de todos, porque sería el último que habría dejado en el mundo antes de su horrible fin. Contaban que, de cuando en cuando, se veía oscilar en la cueva un débil destello de luz en la lejanía, y un tropel de hombres se lanzaba corriendo hacia allá con gritos de alegría, y se encontraban con el amargo desengaño de que no estaban allí los niños, no era sino la luz de algunos de los exploradores.
       Tres días y tres noches pasaron lentos, abrumadores, y el pueblo fue cayendo en un sopor sin esperanza. Nadie tenía ánimos para nada. El descubrimiento casual de que el propietario de la Posada de Templanza escondía licores en el establecimiento casi no interesó a la gente, a pesar de la tremenda importancia y magnitud del acontecimiento. En un momento de lucidez, Huck, con débil voz, llevó la conversación a recaer sobre las posadas, y acabó por preguntar, temiendo vagamente lo peor, si se había descubierto algo, desde que él estaba malo, en la Posada de Templanza.


Mark Twain, Las aventuras de Tom Sawyer, Madrid, Unidad Editorial, Milenium, 1999, pág.162-163
Seleccionado por  Coral García Domínguez, Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.


lunes, 9 de mayo de 2016

Cartas de mi molino, Alphonse Daudet

   Esta noche no he podido dormir. El mistral estaba furioso,, y el fragor de su clamor me ha tenido desvelado hasta el amanecer. Balanceando pesadamente sus mutiladas aspas, que silbaban al cierzo como los aparejos de un navío, todo molino crujía. Las tejas se desprendían de su deteriorada techumbre. A lo lejos, apretadas filas de pinos que cubren la colina se agitaban y zumbaban entre las sombras. Parecía que nos encontrábamos en alta mar...
   Ello me ha traído a la memoria mis grandes insomnios de hace tres años, cuando vivía en el faro de los Sanguinarios, allá sobre la costa de Córcega, a la entrada del golfo de Ajaccio.
   Otro bonito rincón que había encontrado allí, para soñar y estar solo.
   Imaginaos una isla rojiza y de aspecto poco acogedor; el faro en una punta y, en la otra, una vieja torre genovesa en la que, en mis tiempos, anidaba un águila. Abajo, al borde del agua, un lazareto en ruinas, totalmente invadido por las hierbas; luego barrancos, monte bajo, grandes rocas algunas cabras montesas, caballitos corsos brincando con las crines al viento; por último, allá arriba, en lo más alto, entre un torbellino de aves marinas, la casa del faro, con su plataforma de mampostería blanca por donde se pasean los guardas de un lado a otro, la verde puerta ojival, la torrecilla de hierro fundido, y por encima el gran farol con facetas, que resplandece al sol y proporciona luz durante el día... Así es como he recordado esta noche la isla de los Sanguinarios, mientras oía el rugido de los pinos. Allí, en aquella isla encantada, es donde yo me recluía antes de poseer un molino, cuando necesitado de soledad y el aire libre.
   ¿Y qué es lo que hacía?
   Pues lo mismo que hago aquí, o incluso menos. Cuando el mistral o la tramontana no soplaban demasiado fuerte, me instalaba entre dos rocas a ras del agua, en medio de las gaviotas, mirlos y golondrinas, allí permanecía durante casi todo el día en esta especie de estupor y deliciosa postración que produce contemplación del mar. ¿Verdad que conocéis esa hermosa embriaguez del espíritu? No se piensa, ni tampoco se sueña. Todo vuestro ser se os escapa, vuela se diluye. Somos la gaviota que se sumerge, la espuma pulverizada que flota al sol entre dos olas, la blanca humareda de aquel paquebote que se aleja, ese pequeño coralero, de roja vela, aquella perla de agua, ese copo de bruma, todo, excepto uno mismo... ¡Oh! ¡Cuántas buenas horas de duermevela y esparcimiento de pasado en mi isla!...
   


       Alphonse Daudet, Cartas a mi molino, Madrid, E.M.E.S.A, Ed 12., 1995, pág 65
       Seleccionado por Delia Marinela Bulau, Primero de Bachillerato, curso 2015-2016

Las flores del mal, Charles Baudelaire

XCVII

DANZA MACABRA

Como un vivo orgullosa de su noble estatura,
con su gran ramillete, su pañuelo y sus guantes,
desenvuelta, indolente, tiene todo el aspecto
de una flaca coqueta que presume de excéntrica.

¿Es que ha habido en el baile tan esbelta cintura?
Su vestido excesivo, de amplitud soberana,
se derrama abundante sobre pies descarnados
con zapatos de gala, bellos como una flor.

Los encajes se frunces ocultando clavículas
como arroyo lascivo que se arrima al roquedo,
y así, púdicos, velan de ridículas chanzas
los encantos ya fúnebres que prefiere ocultar.

Son sus ojos hundidos de vacío y tinieblas,
y su cráneo, adornado con las más bellas flores,
blandamente se mece sobre frágiles vértebras,
¡oh, atracción de la nada con adornos grotescos!

Siempre habrá quien te llame adefesio, los ebrios
de gozar toda carne, y que nunca comprenden
la elegancia sin nombre del humano armazón.
¡Oh, esqueleto, me agradas más que nada en el mundo?

¿Has venido a turbar con tu mueca espantosa
nuestra fiesta de Vida? ¿O algún viejo deseo
puede aún espolear tu viviente osamenta,
para hacerte acudir a un placer de aquelarre?

Entre el son de violines y entre llamas de velas,
¿crees poder olvidar pesadillas burlonas?
¿O confías pedir a un torrente de orgías
que refresque el infierno que arde en tu corazón?

Eres pozo insondable de pecados y errores,
del antiguo dolor alambique sin fin.
Veo aún la serpiente insaciable que vaga
por la reja que forman tus curvadas costillas.

Aunque temo, coqueta, para serte sincero,
que no obtengas el fruto de tan grandes esfuerzos.
¿Hay acaso un mortal que aún entienda la burla?
El horror sólo atrae y arrebata a los fuertes.

Son tus ojos abismos que contienen horrores
y que exhalan el vértigo, y si es cauto el que baila
no querrá contemplar sin amargas arcadas
la sonrisa perenne de tus treinta y dos dientes.

Pero, ¿quién no abrazó algún día a esqueletos,
quién jamás no probó sepulcrales manjares?
¿Y qué importa el perfume, el tocado o la ropa?
Sólo por presumir alguien hace remilgos.

Bayadera muy roma, oh ramera triunfal,
grita a quienes desdeñan el bailar en tus brazos:
«Currutacos altivos, aunque uséis tanto afeite,
oléis todos a muerte. Esqueletos fragantes,

Antinoos marchitos, palidísimos dandys,
oh pulidos cadáveres, lovelaces canosos,
el vaivén general de la danza macabra
os arrastra a lugares ignorados por todos.

Desde el frígido Sena hasta el Ganges ardiente,
el rebaño mortal va brincando, sin ver
en un hueco del techo la trompeta del Ángel
que amenaza siniestra como un negro trabuco.

Bajo todos los cielos te contempla la Muerte
hacer mil contorsiones, hombre siempre risible,
y a menudo, imitándote, se perfume la mirra,
y así mezcla su burla con tu propia locura.»

Charles Baudelaire, Las flores del mal, Barcelona, Planeta, Clásicos Universales Planeta, 1984, pág. 137-139.
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez, Primero de Bachillerato, curso 2015-2016.

El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde

                                                                      Capítulo 1

   El intenso perfume de las rosas embalsaba el estudio y, cuando la ligera brisa agitaba los árboles del jardín, entraba, por la puerta abierta, un intenso olor a lilas o el aroma más delicado de las flores rosadas de los espinos .
   Lord Henry Wotton, que había consumido ya, según su costumbre, innumerables cigarrillos, vislumbraba, desde el extremo del sofá donde estaba tumbado-tapizado al estilo de las alfombras persas el resplandor de las floraciones de un codeso, de dulzura y color miel, cuyas ramas estremecidas apenas parecían capaces de soportar peso de una belleza tan deslumbrante como la suya; y, de cuando en cuando, las sombras fantásticas de pájaros en vuelo de deslizaban sobre largas cortinas de seda india colgadas delante de las inmensas ventanas, produciendo algo así como un efecto japonés, lo que le hacía pensar en los pintores de Tokyo, de rostros tan pálidos como el jade, que, por medio de un arte necesariamente inmóvil, tratan de transmitir la sensación de velocidad y de movimiento. El zumbido obstinado de las abejas, abriéndose camino entre el alto césped sin segar, o dando vueltas con monótona insistencia en torno a los polvorientos cuernos dorados de las desordenadas madreselvas, parecían hacer más opresiva la quietud, mientras los ruidos confusos de Londres eran como las notas graves de un órgano lejano.
   En el centro de la pieza, sobre un caballete recto, descansaba el retrato de cuerpo entero de un joven de extraordinaria belleza; y, delante, a cierta distancia, estaba sentado el artista en persona, el Basil Hallward cuya repentina desaparición, hace algunos años, tanto conmoviera a la sociedad y diera origen a tan extrañas suposiciones.
   Al contemplar la figura apuesta y elegante que con tanta habilidad había reflejado gracias a su arte, una sonrisa de satisfacción, que quizá hubiera podido prolongarse, iluminó su rostro.
   Pero el artista se incorporó bruscamente y, cerrando los ojos, se cubrió los párpados con los dedos, como si tratara de aprisionar en su cerebro algún extraño sueño del que temiese despertar.


 Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray, Madrid, Millenium, 1999, pág 256.
 Seleccionado por Jennifer Garrido Gutiérrez primero de bachillerato, curso 2015-2016


Los crímenes de la calle Morgue, Edgar Allan Poe

     Las características de la inteligencia que suelen calificarse de analíticas son en sí mismas poco susceptibles de análisis. Sólo las apreciamos a través de sus resultados. Entre otras sabemos que, para aquel que las posee en alto grado, son fuente del más vivo goce. Así como el hombre robusto se complace en su destreza física y se deleita con aquellos ejercicios que reclaman la acción de sus músculos, así el analista halla su placer en esa actividad del espíritu consistente en desenredar. Goza incluso con las ocupaciones más triviales, siempre que pongan en juego su talento. Le encantan los enigmas, los acertijos, los jeroglíficos, y al solucionarlos muestra un grado de perspicacia que, para la mente ordinaria, parece sobrenatural. Sus resultados, frutos del método en su forma más esencial y profunda, tienen todo el aire de una intuición. La facultad de resolución se ve posiblemente muy vigorizada por el estudio de las matemáticas, y en especial por su rama más alta, que, injustamente y tan sólo a causa de sus operaciones retrógradas, se denomina análisis, como se si tratara del análisis par excellence. Calcular, sin embargo, no es en sí mismo analizar. Un jugador de ajedrez, por ejemplo, efectúa lo primero sin esforzarse en lo segundo. De ahí se sigue que el ajedrez, por lo que concierne a sus efectos sobre la naturaleza de la inteligencia, es apreciado erróneamente.     No he de escribir aquí un tratado, sino que me limito a prolongar un relato un tanto singular, con algunas observaciones pasajeras; aprovecharé por eso la oportunidad para afirmar que el máximo grado de la reflexión se ve puesto a prueba por el modesto juego de damas de forma más intensa y beneficiosa que por toda la estudiada frivolidad del ajedrez. En este último, donde las piezas tienen movimientos diferentes y singulares, con varios y variables valores, lo que sólo resulta complejo es equivocadamente confundido (error nada inusual) con lo profundo. Aquí se trata, sobre todo, de la atención. Si ésta cede un solo instante, se comete un descuido que da por resultado una pérdida o la derrota. Como los movimientos posibles no sólo son múltiples, sino intrincados, las posibilidades de descuido se multiplican y, en nueve casos de diez, triunfa el jugador más concentrado y no el más penetrante. En las damas, por el contrario, donde hay un solo movimiento y las variaciones son mínimas, las probabilidades de inadvertencia disminuyen, lo cual deja un tanto de lado a la atención, y las ventajas obtenidas por cada uno de los adversarios provienen de una perspicacia superior.
     Para hablar menos abstractamente, supongamos una partida de damas en la que las piezas se reducen a cuatro y donde, como es natural, no cabe esperar el menor descuido. Resulta obvio que (si los jugadores tienen fuerza pareja) sólo puede decidir la victoria algún movimiento sutil, resultado de un penetrante esfuerzo intelectual. Desprovisto de los recursos ordinarios, el analista penetra en el espíritu de su oponente, se identifica con él y con frecuencia alcanza a ver de una sola ojeada el único método (a veces absurdamente sencillo) por el cual puede provocar un error o precipitar a un falso cálculo.

Edgar Allan Poe,El escarabajo de oro y otros cuentos, Barcelona, Vicens Vives, Aula de Literatura, 2011, pág. 53-55.
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez, Primero de Bachillerato, curso 2015-2016.