viernes, 22 de diciembre de 2017




     El casco partido de boxeador tardó mucho tiempo en curarse. Al día siguiente de terminar las celebraciones de la victoria habían empezado la construcción del molino de viento. Boxeador se negaba a tomar siquiera un día libre y, por la cuestión de honor, ocultaba su sufrimiento. De noche admitía ante Trébol que el casco le molestaba mucho. Trébol se as curaba con emplastos de hierva que preparaba masticándolas, y tanto ella como benjamín le pedía que trabajara menos. "Los pulmones de un caballo no son eternos", le decía. Pero Boxeador no le prestaba atención. Explicaba que solo tenía una verdadera ambición: ver muy avanzada la construcción del molino de viento antes de tener que jubilarse.

     Al principio, en el momento de formular por primera vez las leyes de la Granja Animal, habían fijado en doce años la edad de jubilación para los caballeros y los cerdos, en catorce para las vacas, en nueve para los perros, en siete para las ovejas y en cinco para las gallinas y los gansos. Se habían acordado poderosas pensiones. hasta el momento no se había retirado a ningún animal, pero últimamente se hablaba cada vez más del tema. Ahora que el pequeño campo detrás de las huertas se había conservado para la cebada, corría el rumor de que se cercaría un rincón de la pradera grande para convertirlo en sitio de pastoreo para animales jubilados. se decía que para un caballo la pensión sería  de cinco libras de maíz por día y, en invierno, quince libras de heno, además de una zanahoria o quizá  una manzana los días festivos. Boxeador cumpliría doce años a finales del verano del año siguiente.

     Entretanto, la vida resultaba dura. El invierno era tan frío como el anterior y la comida aun más escasa, redujeron de nuevo las raciones,excepto las de los cerdos y los perros. Una igualdad demasiado rígida en las raciones-Explico Chillón-había ido en contra de los principios del animalismo. En todo caso, no tenía dificultad para demostrar a los animales quien en realidad,a pesar e las apariencias, no acrecían de alimentos. Por el momento había sido necesario,sin duda, reajustar las raciones (Chillón siempre hablaba de "reajuste", nunca de "reducción"), pero en comparación de los tiempos de Jones la mejoría era enorme. Leyendo las cifras con voz aguda y rápida, les demostró detalladamente que tenía más avena, más heno, más nabos que en tiempos de Jones, que trabajaban menos horas, que el agua era de mejor calidad, que vivían más tiempo, que una mayor proporción de sus crías sobrevivían a la infancia, que tenían más paja en el establo y sufrían menos las pulgas. Los animales creyeron todo al pie de la letras, a decir verdad, Jones y todo lo que él representaba, casi se les había borrado de la memoria. Sabían que la vida ahora era dura y ajustada, que a menudo pasaban hambre y frío y que por lo general trabajaban todo el tiempo que no dormían. Pero en otras épocas seguramente habían sido peor. Era lo que les gustaba creer. Además, antes habían sido esclavos y ahora eran libres; como no dejaba de señalar Chillón, esa era una diferencia enorme.



George Orwell, (Rebelión en la granja), Debolsillo, contemporánea, 1945,

Seleccionado por: Jorge Egüez Yabita, primero de bachillerato, curso 2017-2018





viernes, 24 de noviembre de 2017

El escarabajo de oro, Edgar Allan Poe






    Había algo en el tono de la carta que me llenó de inquietud. Su estilo difería por completo del de Legrand. ¿En qué estaría soñando? ¿Qué nueva excentridad se había posesionado de su excitable cerebro? ¿Qué asunto "de la más alta importancia" podía tener entre manos? Las noticias que de el me daba Júpiter no aguardaban nada nuevo. Temí que el continuo peso del infortunio hubiera terminado por desequilibrar del todo la razón de mi amigo. Por eso, sin un segundo de vacilación, me praparé para acompañar al negro.

    Llegamos al muelle vi que en el fondo del bote donde embarcaríamos había una guadaña y tres palas, todas ellas nuevas.

     -¿Qué significa esto, Jup?- pregunté.
     -Eso, massa, es una guadaña y tres palas.
     -Evidentemente. Pero, ¿qué hacen aquí?
     -Son la guadaña y las palabras que massa Will me hizo comprar en la ciudad, y maldito si no ham costado una cantidad de dinero.
      -Pero, dime, en nombre de todos los misterios: ¿qué es lo que va hacer tu massa Will con guadañas y palas?
      -No me pregunte lo que no sé, massa, pero que el diablo me lleve si massa Will sabe más que yo. Todo esto es por culpa del bicho.
    
    Comprendiendo que no lograría ninguna explicación de Júpiter, cuyo pensamiento parecía absorbido por "el bicho", salté al bote e icé la vela. Aprovechando una brisa favorable, pronto llegamos a la pequeña caleta situada al norte del Fuerte Moultrie, y una caminata de dos millas nos dejó en la cabaña. Serían las tres de la tarde cuando llegamos. Legrand nos había estado esperando con ansiosa expectativa. Estrechó mi mano  con un  empressement nervioso que me alarmo y me hizo temer todavía más lo que venía sospechando. Mi amigo estaba pálido, hasta parecer un espectro, y sus profundos ojos brillaban con un resplandor anormal. Después de indagar acerca de su salud, y sin saber qué decir, le pregunté si el teniente G... le había devuelto el escarabajo.


      -¡Oh, sí!-me respondió, ruborizandose violentamente-. Lo recuperé a la mañana siguiente. Nada podría separarme de ese escarabajo.¿Sabe usted que Júpiter tenía razón acerca de él?
   

Edgar Allan Poe, "El escarabajo de oro". Editorial; Vicens Vives, colección Vicens Vives. Edición, 1988. 99 páginas.

Seleccionado por; Grisel Sánchez Barroso, primero de bachillerato, curso 2017-2018

Otra vuelta de tuerca, Henry James



     Hasta el día siguiente no hablé con la señora Grose; el rigor con que mantenía a mis alumnos al alcance de mi vista solía dificultarme conversar con ella en privado, y mucho más conforme apreciamos la convivencia de no despertar -ni en los servicios ni en los niños- la menor sospecha de alarma de nuestra parte ni de conversaciones misteriosas. En este sentido, su placidez me daba gran seguridad. Nada en la frescura de su cara podía traspasar a los demás mis horribles confidencias. Ella me creía, de eso estaba absolutamente convencida; de no ser así, no sé qué habría ocurrido, pues no habría sabido desenvolverme sola. Pero ella constituía un magnífico monumento a la santa falta de imaginación, y sin en nuestros pupilos sólo veía su belleza y amabilidad, su felicidad e inteligencia, tampoco tenía comunicación directa con los motivos de mi angustia. De haber padecido ellos un daño visible o de haber sido maltratados, sin duda se hubiera crecido como un halcón, hasta ponerse a su altura; sin embargo, tal como estaban las cosas, cuando vigilaba a los niños con sus grandes brazos blancos cruzados con la habitual serenidad de su mirada, la sentía dar gracias a la bondad de Dios porque, aunque en ruinas, sus piezas aún sirvieran, en su mente, los vuelos de la imaginación daban lugar a un frío calo sin llama, y yo estaba empezando a percibir cómo, al crecer el convencimiento de que -conforme pasaba el tiempo sin incidentes manifiestos- nuestros jóvenes podrían cuidarse solos, después de todo, ella podía dedicar la mayor parte de su atención al triste caso de la institutriz. Para mí, esto simplificaba las cosas: podía comprometerme a que mi rostro no delatara lo que ocurría al exterior, pero en aquellas condiciones hubiera sido una enorme tensión adicional estar pendiente de que ella tampoco las contara.
     En la ocasión a que me refiero, la señora Grose me acompañaba, a petición mía, en la terraza donde, con el cambio de estación, ahora era agradable el sol de la tarde; y estábamos sentadas allí mientras, delante de nosotras, a cierta distancia, pero al alcance de la voz, los niños corrían de un lado a otro con el humor de lo más dócil. se movían lentamente y al unísono bajo nuestra mirada; el niño leía un libro de cuentos y pasaba el brazo alrededor de la hermana para mantenerla atenta. La señora Grose los observaba evidentemente complacida; luego sorprendí el sofocado gruñido con que conscientemente se volvió hacia mí para que le enseñara la otra cara de la moneda.




Henry james, (Otra vuelta de tuerca), Penguin, clásicos, 1898, páginas 103-104.

Seleccionado por: Jorge Egüez Yabita, primero de bachillerato, curso 2017-2018



   

Drácula, Bram Stoker


     Durante varios segundos, nadie dijo una sola palabra. Fue Quincey Morris quien finalmente rompió el turbador  silencio.

-Profesor, tengo confianza en usted, como ya dije. Su palabra me basta. Por tanto, en otra ocasión mas corriente, no le formularía ninguna pregunta, ni quisiera parecer que dudo de sus palabras o sus actos; pero ahora nos hallamos en presencia, de un misterio tan espantoso que creo que se me permitirá la pregunta.
¿Es usted quien ha hecho esto?

-Le juro por lo más sagrado que yo no he sacado a Lucy de aquí, que nada tengo que ver con ello. He aquí lo ocurrido: anteayer vinimos aquí mi amigo John Seward y yo, con un buen propósito, pueden creerlo. Abrí el ataúd, que estaba sellado, y vimos que estaba vacío, lo mismo que  ahora. Decidimos aguardar y, en efecto, no tardamos en divisar una figura blanca que se movía entre los árboles. Al día siguiente, ayer, volvimos en pleno día, y Lucy estaba tendida aquí, dentro de su ataúd. ¿No es cierto, John?

-Sí.

-La primera noche llegamos a tiempo. Había desaparecido otro niño. Afortunadamente, lo hallamos entre las tumbas, y observamos que no tenía ninguna incisión.Ayer, como he dicho, vinimos de día, pero yo regresé aquí antes del anochecer, ya que solamente cuando se pone el sol pueden los no-muertos abandonar sus sepulcros.Aguardé la noche entera, hasta el amanecer, pero no vi nada, debido probablemente a que yo habíacolgado del portón unas ristras de ajo, cuyo olor los no-muertos no pueden soportar.


Bram Stoker, ''Drácula''. Editorial; Penguin clásicos, colección 'penguin clásicos'. Edición; Julio 2015 (Barcelona). 535 páginas.

Seleccionado por; Grisel Sánchez Barroso, primero de bachillerato, curso 2017-2018

viernes, 27 de octubre de 2017

Historias Extraordinarias, Edgar Allan Poe




     Júpiter recogió el pergamino, envolvió el insecto y me lo dio. Poco después nos dirigíamos hacia la cabaña; encontré al teniente G..., enséñele el insecto, y me rogó que me permitiera llevarlo al fuerte; consentí el ello, y guardole en el bolsillo de su chaleco, sin el pergamino, el cual conservaba yo en la mano mientras que G... examinaba el insecto. Tal vez temió que yo cambiara de parecer, y juzgó prudente asegurar por lo pronto el escarabajo, pues ya sabe usted que enloquece por la historia natural y cuando a ella se refiere. Es evidente que entonces, y sin pensar, me guardé el pergamino en el bolsillo.
     Ya recordará usted que cuando me senté a la mesa para hacer un diseño del escarabajo no encontré papel en el sitio donde se suele poner; registre el cajón inútilmente, y buscando después en el bolsillo alguna carta vieja, mis dedos tocaron el pergamino.Detallo minuciosamente todas las circunstancias que lo pusieron en mis manos, porque estas circunstancias me preocuparon después singularmente.

     Sin duda me tendrá usted por un visionario, pero advierta que yo había establecido ya una especie de conexión, uniendo los anillos de una gran cadena: un barco destrozado en la costa, y no lejos un pergamino, no un papel, con la imagen de una calavera. Naturalmente, podría usted preguntarme dónde está la conexión; pero a ésto contestaría que el cráneo o la calavera es el emblema bien conocido por los piratas, que en todos sus combates izan el pabellón en esa fúnebre insignia.

     Le he dicho a usted que era un pedazo de pergamino y no de papel; el primero es una cosa duradera, casi indestructible, y rara vez se escoge para documentos de poca importancia, puesto que satisface mucho menos que el papel de la escritura y el dibujo. Esta reflexión me indujo a pensar que debía haber en la calavera algún sentido singular, y no dejo también de llamar mi atención la forma del pergamino.Aunque tubiese destruidas unas de sus puntas por algún accidente,reconociáse que su primitiva figura debió ser oblonga; era una de esas fajas que se eligen para escribir, para extender un documento importante o una nota que se trate de conservar largos años.

     -Pero -interrumpí yo- usted dice que el cráneo no estaba en el pergamino cuando dibujo el escarabajo, y siendo  así, ¿cómo ha podido establecer una relación entre el barco y la calavera, puesto que esta ultima, según su propia confesión se debió de dibujar, Dios sabe cómo y por quién, posteriormente a su croquis del insecto?

     -¡Ah!, en esto estriba todo el misterio, aunque me costó poco, relativamente, resolver este punto del enigma. Mi método era seguro, no podía conducirme sino a un resultado, y yo razoné así: cuando dibujé mi escarabajo no había señal ninguna de cráneo en el pergamino; terminado mi diseño, se le entregué a usted, ni perderlo de vista hasta que me lo devolvió, y de consiguiente no era usted quién dibujo la calavera, ni tampoco se hallaba allí alguna otra persona que lo hiciese. No se había creado, pues, por la acción humana, y sin embargo la calavera estaba allí.




Poe Edgar Allan, Historias extraordinarias, Akal, Básica de bolsillo, 1ª edición, 1987, páginas 104-105.



Seleccionado por: Jorge Egüez Yabita, primero de Bachillerato. Curso 2017-2018.



viernes, 6 de octubre de 2017

Un yanqui en la corte del rey Arturo, Mark Twain

     En cuanto tuve ocasión, me deslicé discretamente a un lado y, tocando en el hombro a un hombre anciano de aspecto vulgar, le dije en tono insinuante y confidencial.
-Amigo, hágame un favor. ¿Pertenece usted al manicomio o sólo está de visita aquí,  o algo así?
Me miró de una manera estúpida y dijó:
-Pardiez, gentil caballero, paréceme...
-Es suficiente,-dije- ya veo que es usted uno de los pacientes.
Me alejé, pondernando y al mismo tiempo con los ojos bien abiertos por si veía algún transeúnte, cuerdo que pudiera informarme sobre la situación poco después me pareció haber encontrado a uno, por lo que lo llevé aparte y le dije al oído:
- Si pudiera hablar con el cuidador jefe un momento... Sólo un momento...
-Os ruego que no me enajéis.
-Enajenarle,¿cómo?
-Pues, entretenerme, si os place más la palabra.
Luego continuo dicendo que era un pinche de cocina y que no podía permitirse parar para chismorrear, aunque lo haría encantado en otra ocasión, pues daría el hígado por saber dónde me compraba la ropa. Cuando se marchaba señaló a uno que dijo que estaba bastante desocupado para lo que yo necesitaba y que sin duda me buscaba, además...


Mark Twain, ''Un yanki en la corte del rey Arturo.'' Editorial; Cátedra, colección 'letras universales'. Edición 2011 (Madrid), 446 páginas.

Seleccionado por; Grisel Sánchez Barroso, primero bachillerato, curso 2017-2018 

martes, 3 de octubre de 2017

Ética Nicomáquea, Aristótoteles


Aristóteles, Ética Nicomáquea,editorial gredos, publicada en Madrid en 2000, libro: IX,capítulo 8, página: 258-259.
Seleccionado por Lara Esteban González, primero bachillerato, curso 2016-2017.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Los hermanos Karamázov, Fiódor Mijálovich Dostoievski




     Parecía que lo más sencillo y rápido para él habría sido dirigirse entonces a casa de Fiódor Pávlovich y enterarse de si había sucedido allí alguna cosa y, en caso afirmativo, de qué se trataba para ir después, y solo después, cuando ya no hubiera lugar a dudas, a ver al jefe de policía, cosa ya decidida por Piotr Ilich. Pero la noche era oscura, el potalón de Fiódor Pávlovich, solido; otra vez se vería obligado a llamar con estrépito, a aquel hombre le conocía muy poco; si al fin le abrieran, después de mucho llamar, y por ventura no hubiese ocurrido nada allí, Fiódor Pávlovich, tan zumbón, iría a contar al día siguiente por toda la ciudad cómo a medianoche el funcionario Perjotin, a quien no conocía, se le había presentado en casa para enterarse de si alguien le había matado. ¡Vaya escándalo que armaría! Y el escándalo era lo que más temía Piotr Ilich en este mundo. Sin embargo, el sentimiento que le arratraba era tan fuerte que el hombre dio con la rabia una patada en el suelo, volvío a soltar improperios contra sí mismo y emprendió al instante un nuevo camino, pero no ya hacia casa de Fíodor Pávlovich, sino hacia de la señora Jojlakova. Pensaba que si ésta respondiera negativamente a la pregunta de si había dado tres mill rublos no hacía mucho, a tal hora, a Dimitri Fiódorovich, Piotr Ilich se presentaría sin pérdida de tiempo al jefe de policía, sin pasar por casa de Fiódor Pávlovich; en caso contrario, lo dejaría todo para el día siguiente y regresaría a su propia casa. Es evidente, desde luego, que la resolución tomada por el joven de ir, casi a las once de la noche, a casa de una dama de sociedad a quien no conocía, hacerle levantar, quizá, de la cama para formularleuan preguanta pasmosa por las circunstancias en que se iba a hacer, llevada implícitas muchas más probabilidades de provocar un escándalo que la de ir a casa de Fiódor Pávlovich. Pero así sucede a veces, sobre todo en casos semejantes al presente, con las resoluciones de las personas más metódicas y flemáticas. ¡Y en ese momento, Piotr Ilich era todo lo contrario de un hombre flemático! Recordó luego toda la vida cómo fue apoderándose de él, gradualmente, una inquietud invencible hasta llegar a torturarle y arrastrarle contra su propia voluntad. Obvia decir que en todo en camino se estuvo reprendiendo por ir a casa de dicha dama, "pero llevaré el asunto hasta el fin, hasta el fin", se repetía por décima vez, con rechinar de dientes, y cumplió su propósito: lo llevó hasta el fin.



Dostoievski Fiódor Mijáilovich, Los hermanos Karamázov, Paneta, Clásicos Universales Planeta, 1ª edición, 1988, paginas 562-563.


Seleccionado por: Jorge Eguez Yabita, primero de Bachillerato, 2017-2018.





Los caballeros, Aristófanes


      LOS CABALLEROS

DEMÓSTENES

¡Ayayay! ¡Qué desgracia! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ojalá! acaben los dioses malamente con ese malvado recien comprado, el Paflagonio, y con sus intrigas, pues desde que se metió en casa siempre logra que se zurre la badana a los criados.
NICIAS

Y que sea el primero de los paflagonios en acabar con sus calumnias de la peor manera.

DEMÓSTENES

                       Infeliz, ¿cómo te encuentras?

NICIAS

Mal, como tú.

DEMÓSTENES

Ven aquí entonces y toquemos llorando a dúo con la flauta un endecha de Olimpo.












      Aristófanes, Comedias, Editorial Gredos, Madrid, 2000, páginas 163-164.
      Seleccionado por Rebeca Serradilla Martín.Primero de Bachillerato. Curso 2016-2017.

miércoles, 31 de mayo de 2017

La Cartuja de Parma , Stendhal

Capítulo 10


       Sin dejar de moralizar, Fabricio saltó a la carretera general que va de Lombardía a Suiza; en aquel lugar está cuatro o cinco pies más baja que el bosque. "Si mi hombre coge miedo -se dijo Fabricio-, sale al galope y yo me quedo aquí plantado como un idiota." En este momento se hallaba a diez pasos del lacayo; ya no cantaba, y Fabricio le vio el miedo en los ojos; iba quizás a volverse con sus caballos. Todavía sin una decisión determinada, Fabricio dio un salto y agarró la brida del caballo flaco.
       -Buen amigo -dijo el lacayo-, no soy un vulgar ladrón, pues comenzaré por darte veinte francos pero me veo obligado a tomar prestado tu caballo; si no me pongo en salva con la mayor rapidez, me matarán. Me vienen pisando los talones los cuatro hermanos Riva, esos grandes cazadores que sin duda conoces. Acaban de sorprenderme en el cuarto de su hermana, salté por la ventana y aquí estoy. Han salido al bosque con sus perros y escopetas. Me había escondido en ese gran castaño hueco, porque vi a uno de ellos atravesar la carretera, pero sus perros me van a descubrir. Voy a montar en tu caballo y a galopar hasta una legua más allá de Como; voy a Milán a arrojarme a los pies del virrey. Y si consientes de buen agrado dejaré tu caballo en la posta con dos napoleones para ti. Si opones la mayor resistencia, te mato con las pistolas que aquí ves. Si, una vez me aleje, echas tras de mí pista a los gendarmes, mi primo, el bravo conde Alari, caballerizo del emperador, se cuidará de que te rompan los huesos.
       Fabricio inventaba este cuento a medida que lo iba diciendo en un tono muy pacífico.

       Stendhal, La Cartuja de Parma. Madrid, Alianza Editorial. Área de conocimiento: Literatura, segunda edición, 2006. Página 215-216.
       Seleccionado por Andrea Alejo Sánchez. Primero de bachillerato, curso 2016-2017.

Los caballeros, Aristófanes




LOS CABALLEROS 

DEMÓSTENES
     ¡Ayayay! ¡Qué desgracia! ¡Ay! ¡ay! ¡Ojalá! acaben los dioses malamente con ese malvado recien comprado, el Paflagonio, y con sus intrigas, pues desde que se metió en casa siempre logra que se zurre la badana a los criados.
NICIAS
       Y que sea el primero de los paflagonios en acabar con sus calumnias de la peor manera.

DEMÓSTENES
       Infeliz, ¿cómo te encuentras?
NICIAS
       Mal, como tú.
DEMÓSTENES
       Ven aquí entonces y toquemos llorando a dúo con la flauta una endecha de Olimpo.

DEMÓSTENES Y NICIAS (Imitando el sonido de la flauta)
       Mu mu, mu mu, mu mu.
DEMÓSTENES 
       ¿Por qué geminos en vano? ¿No deberíamos buscar el modo de salvarnos ambos y dejar de llorar?

NICIAS
       ¿Y qué salvación puede haber?
DEMÓSTENES
       Dila tú.
NICIAS
       Dímela tú, para o pelearnos.

DEMÓSTENES
      ¡Por Apolo! Yo no. Habla con confianza y luego te expondré mi parecer.

NICIAS
      De eso ni pizca tengo. ¿Cómo lo expresaría de un modo sutil, al estilo de Eurípides? "¿ Podrías decirme tú lo que es menester que diga?"

DEMÓSTENES
       No, por favor, no me hagas tragar perifollos y encuentra algún 'pasacalle' para pasar del amo.

NICIAS
       Repite entonces muchas veces 'cabullámonos', empalmándolas así.

DEMÓSTENES
     Vale. Lo digo: 'cabullámonos'.

Aristófanes, Comedias, editorial gredos S.A, publicada en Madrid 2000, obra: Los Acarnienses ,página:163,164,165.
   Seleccionado por Lara Esteban González, primero bachillerato, curso 2016-2017.

Crimen y castigo, Dostoievski


                                                                    VII

     Aquel mismo día, pero ya por la noche, a las ocho, dirigióse Raskólkinov a ver a su madre y a su hermana... en aquel mismo cuarto, en la casa de Bakaliev, que les había buscado Razúmijin. La escalera arrancaba desde la calle misma. Raskólnikov empezó a subir retenido todavía el paso y como titubeando. ¿Entraría o no?... Pero no se volvió atrás; su resolución estaba tomada."Además, es lo mismo; ellas no saben nada -pensó-, y ya están acostumbradas a mirarme como a un ser raro..." Tenía la ropa en un estado horrible: toda sucia, de haber pasado toda la noche bajo la lluvia, arrugada, hecha jirones. La cara, casi desfigurada por el cansancio, el mal tiempo, la fatiga física y aquella lucha de cassi veinticuatro horas consigo mismo. Toda aquella noche la había pasado solo, sabe Dios dónde. Pero, por lo menos, había adoptado una resolución.
     Llamó a la puerta; salió a anrirle la madre. Dúnechka no estaba en casa. Tampoco se veía por allí a la criada. Puljeria Aleksándrovna, al principio, quedóse muda de alegre asombro; luego cogióle de la mano y metióle en la habitación.
     -¡Ah, pero eres tú! -exclamó, balbuciendo de puro alegre-. No te enojes conmigo, Rodria, por este recibimiento tan necio que te hago con lágrimas en los ojos; es que me río, no que lloro. ¿Te figuras tú que lloro? Pues no; es de alegría, es que he cogido esta necia costumbre: se me saltan las lágrimas. Me pasa eso desde que murió tu padre, que por cualquier cosa ya estoy llorando. Pero siéntate, palomito, que debes de estar cansado, harto lo veo. ¡Ah, y qué manchado estás!
     -Es que me cogió anoche la lluvia, mámascha -dijo Raskólnikov.
     -¡No, no! -exclamó Puljeria Aleksándrovna, interrumpiéndole-. Tú te crees que yo me voy a poner a preguntarte, siguiendo mi antigua costumbre de comadre; pero no; está tranquilo. Yo ahora, ¿sabes?, lo comprendo todo, todo lo comprendo; ahora ya me he hecho a las cosas de aquí, y veo de sobra que es lo mejor. De una vez para siempre me he dicho: "¿De dónde meterme yo a calarte los pensamientos y pedirte cuentas de nada?" Sabe Dios los asuntos y los planes que tú tendrás en tu cabeza, los pensamientos que estás madurando. ¿De dónde iba yo a cogerte de un brazo y preguntarte qué es lo que estás pensando...? ¡Diantre! Porque mira: yo... ¡Ah Señor! Pero ¿por qué he de andar yo manoteando acá y allá como asfixiada?... Has de saber, Rodia, que leí tu artículo del periódico tres veces seguidas, que me lo trajo Dmitrii Prokófich. Un grito de sorpresa lancé al verlo, porque yo, la muy tonta de mí, pensaba: "Anda: mira en lo que él se ocupaba; ahí tienes la explicación de todo. A todos los sabios les ocurre lo mismo. Puede que él ande revolviendo nuevas ideas en su cabeza en este mismo instante, que las esté madurando, mientras yo lo importuno y distraigo." He leído tu artículo, amiguito, y claro que muchas cosas de él no entiendo; pero, por los demás, así tiene que ser. ¿Cómo iba yo a entenderlo todo?


     Fiodor Mijailovski Dostoievski, Crimen y castigo, RBA Editores, 1994, Historia de la Literatura, páginas 471.
     Seleccionado por Rodrigo Perdigón Sánchez, primero de bachillerato. Curso 2016-2017.

El Escarabajo de Oro y otros cuentos, Edgar Allan Poe

LOS CRIMENES DE LA RUE Morgue

     Las condiciones mentales que pueden considerarse como analiticas son, en sí mientras, de dificil analisis. Las consideramos tan solo por sus efectos. De ellas conocemos, entre otras cosas, que son siempre, para el que las posee, cuando se poseen en grado extraordinario, una fuente de vivismos goces. Del mismo modo que el hombre fuerte disfruta con su habilidad física, deleitándose en ciertos ejercicios que ponen en accion sus músculos, el analista goza con esa actividad intelectual que se ejerce en el hecho de desentrañar. Consigue satisfacción hasta de las más triviales ocupaciones que ponen en juego su talento. Se desvive por los enigmas, acertijos y jeroglíficos, y en cada una de las soluciones muestras un sentido de agudeza que parece al vulgo una penetración sobrenatural. Los resultados obtenidos por un solo espíritu y la esencia de su procedimiento adquieren, realmente, la apariencia total de una intuicíon.
     Esta facultado de resolución está, tal vez, muy fortalecida por los estudios matemáticos, y especialmente por esa importantisima rama de ellos que, con ninguna propiedad y solo teniendo en cuena sus operaciones previas, ha sido llamada par excellence análisis. Y, no obstante, calcular no es intrínsecamente analizar. Un ajedrecista, por ejemplo, lleva a cabo lo uno sin esfozarse en lo otro.



       El Escarabajo de Oro y otros cuentos, Edgar Allan Poe. Madrid. Anaya, Edicion: 1981. Pag 89.
       Seleccionado por Javier Arjona Piñol. Primero de bachillerato, curso 2016-2017.

Argonáuticas, Apolonio de Rodas

Canto II
       Allí estaban los establos de los bueyes y el albergue de Ámico, el orgulloso rey de los bebrices, al que en otro tiempo, tras compartir el lecho con Posidón Engendrador, alumbrara una ninfa Melia de Bitinia, el más arrogante de los hombres. Éste incluso había impuesto a los extranjeros una norma indigna, que ninguno se marchara antes de haber probado con él el pugilato, y a muchos de sus vecinos había matado. También entonces, viniendo hasta la nave, en su soberbia no se dignó preguntarles el motivo de su navegación ni quiénes eran, y en medio de todos al instante tal discurso pronunció:
       << Escuchad, errantes marineros, lo que os conviene saber. Es preceptivo que ninguno de los forasteros, que se acerque a los bebrices, vuelva a partir antes de haber alcanzado sus puños contra mis puños. Así que proponed al mejor, a uno solo escogido de lo tropa, para combatir conmigo aquí mismo pugilato. Pero si, desatendiendo mis leyes, las pisoteáis, en verdad una dura coacción os perseguirá terriblemente >>.
       Habló altanero. Al oírlo se apoderó de ellos una salvaje cólera y la amenaza hirió sobre todo a Polideuces. Al punto se erigió en adalid de sus compañeros y exclamó:
       << Detente ahora, y no manifiestes, quienquiera que te ufanes de ser, tu malvada violencia contra nosotros. Pues nos someteremos a tus leyes, según proclamas. Yo mismo, voluntario, prometo enfrentarme a ti de inmediato >>.
       Así habló sin cuidado. Aquel le miró revolviendo los ojos, como un león herido por un dardo, al que unos hombres acosan en los montes, el cual, aunque acorralado por el grupo, ya no se preocupa de estos y dirige su mirada únicamente a un solo hombre, aquel que lo hirió el primero y no lo abatió.
       Entonces el Tindárida dejó el fino manto bien tejido, que le entregara como obsequio de hospitalidad una de las lemnias. El otro arrojó su doble capa oscura con sus broches y el tosco cayado que portaba de silvestre acebuche.


       Apolonio de Rodas, Argonáuticas, Editorial Gredos S.A. Madrid 2000, página 62 y 63.
       Seleccionado por Andrea Sánchez Clemente. Primero de bachillerato. Curso 2016/2017

jueves, 25 de mayo de 2017

Don Carlos, Schiller

                                                       ACTO PRIMERO

                                                      ESCENA PRIMERA

                                            Los Jardines Reales de Aranjuez
 Carlos. Domingo.

     Domingo. Los bellos días de Aranjuez se acaban. Vuestra alteza real no deja este lugar más sereno. Hemos estado aquí en vano. Romped ese silencio enigmático. Abrid vuestro corazón al de vuestro padre, príncipe. El monarca no podrá comprar nunca demasiado cara la tranquilidad de su hijo... ¿Podría haber algún deseo que el cielo rehusara al más querido de sus hijos? yo estuve presente cuando en los muros de Toledo Carlos recibió orgulloso el juramento de sumisión, cuando muchos príncipes se agolpaban para besar vuestra mano, y en aquel momento de un golpe... de un golpe seis reinos yacían a sus pies... yo estuve allí y vi ascender a sus mejillas la sangre joven y orgullosa, vi cómo su pecho palpitaba con decisiones propias de un príncipe, vi cómo sus ojos ebrios recorrían en su vuelo toda la concurrencia, reflejaba placer... Príncipe,






Schiller, Don Carlos. Editorial Planeta, Barcelona, 1994, Pág 5.
Seleccionado por David Francisco Blanco. Primero de bachillerato, curso 2016-2017.