jueves, 12 de enero de 2017

Del Espíritu de las Leyes, Montesquieu


Quinta parte 
Libro XXIV
De las leyes con relación a la religión establecida en cada país,
considera en sus prácticas y en sí misma





























Montesquieu, Del Espíritu de las Leyes, colección clásicos del pensamiento, 5º edición publicada en 2002, editorial Tecnos, pag 310, quinta parte, libro XXIV.
Seleccionado por Lara Esteban González, primero de bachillerato, curso 2016-2017.

Utopía, Tomás Moro


      En efecto, entre sus instituciones mas antiguas cuentan la que a nadie su religión de sirva de perjuicio. Porque ya desde el principio Utopo, al enterarse que los habitantes antes de su llegada había luchado frecuentemente entre sí por motivo de las religiones y al darse cuenta de que el hecho de que cada secta luchaba por la patria, desavenidas respecto de un objetivo común, le había prestado a él la oportunidad de vencerlas a todas, decretó entre las primeras cosas, después que alcanzo la victoria, que a cada que le fuera ilícito seguir la religión que le pluguiera, más que para convertir a los otros también a la suya,



Tomás Moro, Utopía, Inglaterra, colección clasicos de pensamiento,4º edición publicada en 2006, editorial tecnos, página 117.
Seleccionado por Andrea Martín Bonifacio. Primero de bachillerato, curso 2016-2017.

Los tres mosqueteros, Alexandre Dumas

    















     Alexandre Dumas, Los tres mosqueteros, León, Edt. Everest, Clásicos de bolsillo Everest, 2006. 388 páginas. Seleccionado por Rodrigo Perdigón Sánchez. Primero de bachillerato. Curso 2016-2017.
     Empieza conmigo, flauta mía, los versos menalios. ¡Oh tú, unida a un esposo merecido, que desprecias a todos y que aborreces mi flauta y mis cabrillas y mi hirsuto sobrecejo y mi lengua barba y no crees que dios alguno se cuide de las acciones de los hombres!
     Empieza conmigo, flauta mía, los versos menalios. En nuestros setos te vi yo, de pequeña, coger con tu madre (era yo vuestro guía) manzanas mojadas de rocío; había entonces entrado ya en los doce años, ya desde el suelo podía alcanzar las frágiles ramas; así que te vi, ¡cómo me perdí, cómo me arrebató fatal engaño!
     Empieza, flauta mía, los versos menalios. Ahora sé lo que es Amor; en duras rocas dan a ser a aquel niño el Tmaro, o el Ródope, o los garamantes del extremo del mundo; no es de nuestra raza ni de la sangre nuestra.
     Empieza conmigo, flauta mía , los versos menalios. El cruel amor fue quién enseñó a una madre a manchar sus manos con la sanfre de sus hijos; tú, madre, también fuiste cruel; ¿fue la madre más cruel o más malvado el niño aquél? malvado fue aquel niño; tú, madre, cruel también.


Virgilio, Bucólicas y Geórgicas. Barcelona ed. Gredos, S.A, col Biblioteca Básica Gredos, pag 39.
Seleccionado por David Francisco Blanco. Primero de bachillerato. Curso 2016-2017.

Discursos I, Cicerón

      Recuerda Cicerón las dificultades con que se encontraron los sicilianos para acudir a los tribunales de Roma. Indica a continuación que Verres ya meditaba desde la Ciudad cómo esquilmaría a los habitantes de la isla: es el comienzo del episodio de Dión. Le sigue inmediatamente el Sosipo y Filócrates, que también gira en torno a una cuestión testamentaria.
      La ficticia excusa de la defensa de Verres de que él no recibía directamente el dinero de estos manejos da pie a nuestro acusador para hablar de la cohorte del pretor, a la que acusa de ser un mero séquito y sus miembros un instrumento de sus desmanes. Esta parte del discurso podría construir un manual de mal gobernador. De aquí pasa a examinar cómo Verres, respetando el derecho siciliano (la lex Rupilia y la lex Hieronica) en su aspecto material, lo conculca continuamente en el procesal. Son ejemplos de ello los asuntos de Heraclio y Epícrates, que, en contra de la advertencia de Cicerón en el sentido de que no acumulará datos, sino que escogerá uno por cada tipo de delitos, tratan de herencias, cosa que ya hemos visto anteriormente, y además tienen en común la cadena de un ausente. Hasta tal punto esto es así, que entre el episodio de Heraclio y el de Epícrates decide intercalar, para no cansar al lector, la digresión sobre las "Verrinas" o fiestas en honor de Verres.




Cicerón, Discursos I. Barcelona, Edt. Gredos. Biblioteca básica gredos, 2000. pag 33.
Seleccionado por Gustavo Velasco Yavita. Primero de bachillerato. Curso 2016-2017

El Príncipe, Nicolás Maquiavelo


XV. De aquellas cosas por las que los hombres y sobre todo los príncipes son alabados o censurados.

           Nos queda ahora por ver cuál debe ser el comportamiento y el gobierno de un príncipe con respecto a súbditos y amigos. Y por qué sé que muchos han escrito de esto, temo -al escribir ahora yo- ser considerado presuntuoso, tanto más cuanto que me aparto -sobre todo en el tratamiento del tema que ahora nos ocupa- de los métodos seguidos por los demás. Pero, siendo mi propósito escribir algo útil para quien lo lea, me ha parecido más conveniente ir directamente a la verdad real de la cosa que a la representación imaginaria de la misma. Muchos se han imaginado repúblicas y principados que nadie ha visto jamás ni se ha sabido que existieran realmente; porque hay tanta distancia de cómo se vive a cómo se debería vivir, que quien deja a un lado lo que se hace por lo que se debería hacer aprende antes se ruina que su preservación: porque un hombre que quiera hacer en todos los puntos profesión de bueno labrará necesariamente su ruina entre tantos que no lo son. Por todo ello es necesario a un príncipe, si se quiere mantener, que aprenda a poder ser no bueno y a usar o no usar de esta capacidad en función de la necesidad.
Dejando, pues, a un lado las cosas imaginadas a propósito de un príncipe, y discurriendo acerca de las que son verdaderas, sostengo que todos los hombres cuando se habla de ellos -y especialmente los príncipes, por estar puestos en un lugar más elevado- son designados con alguno de los rasgos siguientes que les acarrean o censura o alabanza. uno es tenido por liberal, otro por tacaño (me sirvo en este caso de una palabra toscana, porque en nuestra lengua avaro es aquel que rapiña desea acumular, mientras llamamos tacaño a aquel que se abstiene en demasía de usar lo que tiene); uno es considerado leal, otro fiel; uno afeminado y pusilánime, otro fiero y valeroso; el uno humano, el otro soberbio, el uno lascivo, el otro casto; el uno íntegro, el otro astuto; el uno rígido, el otro flexible; el uno ponderado, el otro frívolo; el uno devoto, el otro incrédulo, y así sucesivamente. Yo sé que todo el mundo reconocerá que sería algo digno de los mayores elogios el que un príncipe estuviera en posesión, de entre los rasgos enumerados, de aquellos que son tenidos por buenos. Pero, puesto que no se pueden tener ni observar enteramente, ya que las condiciones humanas no lo permiten, le es necesario ser tan prudente que sepa evitar el ser tachado de aquellos vicios que le arrebatarían el Estado y mantenerse a salvo de los que no se lo quitarían, si le es posible; pero si no lo es, puede incurrir en ellos con menos miramientos. Y todavía más: más que no se preocupe de caer en la fama de aquellos vicios sin los cuales difícilmente podrá salvar su Estado, porque, si se considera todo como es debido, se encontrará alguna cosa que parecerá virtud, pero si se la sigue traería consigo su ruina, y alguna otra que parecerá vicio y si se la sigue garantiza la seguridad y el bienestar suyo.




      Nicolás Maquiavelo, El Príncipe, Madrid, Alianza Editorial, páginas 95-96.
      Seleccionado por Andrea Sánchez Clemente. Primero de Bachillerato. Curso 2016/2017

A sangre fría, Truman Capote

Los últimos que los vieron vivos


El pueblo de Holcomb está en las elevadas llanuras trigueras del oeste de Kansas, una zona solitaria que otros habitantes de Kansas llamaban <>. A más de cien kilómetros al este de la frontera de Colorado, el campo, con sus nítidos cielos azules y su aire puro como el del desierto, tiene una atmósfera que se parece al más Lejano Oeste que al Medio Oeste. El acento local tiene un aroma de praderas, un dejo nasal de peón, y los hombres, muchos de ellos, llevan pantalones ajustados, sombreros de ala ancha y botas de tacones altos y punta afilada. La tierra es llana y las vistas enormemente grandes; caballos, rebaños de ganado, racimos de blancos silos que se alzan con tanta gracia como templos griegos son visibles mucho antes de que el viajero llegue hasta ellos.
     Holcomb también es visible desde lejos.No es que haya mucho que ver allí..., es simplemente un conjunto de edificios sin objeto, divididos en el centro por las vias del ferrocarril de Santa Fe, una aldea azosa limitada al sur por un trozo del río Arkansas, al norte por la carretera número 50 y al este y al oeste por praderas y campos de trigo. Después de las lluvias, o cuando se derrite la nieve, las calles sin nombre, sin árboles, sin pavimento, pasan del exceso de polvo al exceso de lodo. En un extremo del pueblo se levanta una antigua estructura de estuco en cuyo techo hay un cartel luminoso ----BAILE----, pero ya nadie baila y ya hace varios años que el cartel no se enciende. 
Cerca hay otro edificio con un cartel irrelevante, dorado, colocado sobre una ventana sucia: BANCO DE HOLCOMB. El banco quebró en 1933 ny sus antiguas oficinas han sido transformadas en apartamentos. En una de las dos < casas de apartamentos>; del pueblo; la segunda es una mansión decadente, conocida como el colegio; porque buena parte de profesores del liceo local viven allí. Pero la mayor parte de las casas de Holcomb son de una sola planta, con una galería en el frente.
     Cerca de la estación de ferrocarril, una mujer delgada que lleva una chaqueta de cuero, pantalones vaqueros y botas, preside una destartalada sucursal de correos. La estación misma, pintada de amarillo desconchado, es igualmente melancólica: El jefe, El Super Jefe y El capitán pasan por allí todos los días, pero estos famosos expresos nunca se detienen. Ningún tren de pasajeros lo hace..., sólo algún tren de mercancías. Arriba, en la carretera, hay dos gasolineras, una de las cuales es, además, una poco surtida tienda de comestibles, mientras la otra funciona también como café..., el Café Hartman donde la señora Hartman, la propietaria, sirve bocadillos, café, bebidas sin alcohol y cerveza de baja graduación (Holcomb, como el resto de Texas, es seco ).



       Truman Capote, A sangre fría, Madrid, Anagrama S.A, Millenium, 1999, páginas 13-14.
       Seleccionado por Rebeca Serradilla Martín. Primero de Bachillerato, Curso 2016/2017.

El banquete, Platón

       - Eres un insolente, Sócrates -replicó Agatón-. Mas esta cuestión acerca de nuestra sabiduría la resolveremos tú y yo un poco más tarde, tomando como juez a Dioniso. Ahora atiende primero a la comida.
       Después de esto -prosiguió su relato Aristodemo-, una vez que se acomodó Sócrates y acabaron de comer él y los demás, hicieron libaciones, y tras haber cantado en honor del dios y haber cumplido los demás ritos acostumbrados, se dedicaron a beber. Entonces Pausanias -dijo Aristodemo- comenzó a hablar más o menos así:
       - Bien, señores, ¿de qué manera beberemos más a gusto? Yo, por mi parte, os digo que en realidad me encuentro muy mal por lo que bebí ayer y necesito un respiro (y creo que lo mismo os ocurre a la mayoría de vosotros, pues estabais también en la celebración). Mirad, por tanto, de qué manera podríamos beber lo más a gusto posible.
       Entonces habló Aristófanes:
       - Realmente tienes razón, Pausanias, cuando propones preparar, por todos los medios, una manera agradable de beber, ya que yo también soy de los que ayer se empaparon.
       Al oírles -prosiguió Aristodemo- intervino Erixímaco, el hijo de Acúmeno:
       - Sin duda decís bien, pero aún necesito oír de uno de vosotros con cuántas fuerzas se encuentra para beber Agatón.
       - Con ningunas -respondió-; tampoco yo me encuentro con fuerzas.


       Platón, El banquete. Madrid, Alianza. Clásicos de Grecia y Roma, octava edición, 2006. Páginas 52-54.
       Seleccionado por Andrea Alejo Sánchez. Primero de bachillerato, curso 2016-2017.

Dafnis y CLoe, Longo

Libro Cuarto

Vino desde Mitilene un siervo, compañero de Lamón, a avisar de que poco antes de la vendimia llegaria el amo para enterarse de si la incursión de la flota de Metimna había producido algún daño en sus fincas. Como el verani ya se iba y el otoño se acercaba, Lamón hacia preparativos para que en  su estancia se complaciera en todo lo que viese. Limpió las fuentes, para que tuviera un lindo aspecto.
Y era el parque de todo punto hermoso y a la manera de los jardines de los reyes. Se extendía hasta el largo de un estadio y estaba situado en un paraje alto, con cuatro pletros de ancho. Se hubiera podido describirlo como una amplia llanada. Tenía toda surte de arboles: manzanos, mirtos, perales y granados, higueras y olivos; en otro lugar un alta vid, que con sus oscuros tonos se apoyaba en los manzanos y perales, como si en frutos con ellos compitiera. Y esto solo en arboleda culivada. Tambien había cipreses y laureles y platanos y pinos. Sobre todos ésos se extendía hiedra en vez de vid, y sus racimos, por el tamaño y  su color ennergrecido, emulaban a los racimos de la vid.



Longo, Dafnis y Cleo. Barcelona, ed. Gredos, S.A., col. Biblioteca Básica Gredos, pág. 321.
     Seleccionado por Javier Arjona Piñol. Primero de bachillerato. Curso 2016-2017.

Utopía, Tomás Moro


      Cuando yo estaba allí, daba la impresión de que el rey confiaba muchísimo  en sus consejos y que la república se apoyaba mucho en ellos. Nasa extraño en un hombre que, arrojaba casi desde su primera juventud de la escuela a la corte, vedado durante toda su vida en los más altos asuntos, zarandeando por los cambiantes golpes de la fortuna, había aprendido entre muchos y grandes peligros el arte e la prudencia, la cual, cuando se adquiere así, no se pierde fácilmente.
      Estando yo un día a su mesa se hallaba casualmente presente un cierto laico, perito en vuestras leyes; éste aprovechando no sé qué ocasión, comenzó a celebrar a remo y vela la rigurosa justicia que entonces se aplicaba allí a los ladrones, de los que en algunos sitios - contaba - se había colgado a veces veinte en una sola cruz; lo que mas le sorprendía era por qué mala fatalidad, siendo tan pocos los que escapaban a este suplicio , fuera no obstante tantísimos los que andaban por doquier latrocinando. Entonces yo, atreviéndome a hablar libremente en presencia del cardenal, le dije:
       - No te extrañes en absoluto. Este castigo, en efecto, de los ladrones excede lo justo y no tiene utilidad pública. Es demasiado cruel para castigar los robos e insuficiente, sin embargo, para frenarlos. Pues ni el simple robo es un delito tan grande que deba sancionarse con la pena capital ni hay tampoco pena tan grande que pueda disuadir de la rapacería a quienes no poseen otro medio para conseguir su sustento.



Tomás Moro, Utopía, Inglaterra, colección clasicos de pensamiento,4º edición publicada en 2006, editorial tecnos, página 14/15.
Seleccionado por Andrea Martín Bonifacio. Primero de bachillerato, curso 2016-2017.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Las Etiópicas, Heliodoro.

LIBRO SEGUNDO.
   Ésta era la situación de la isla, envuelta totalmente por el fuego. Teágenes y Cnemón, mientras hubo sol, no pudieron observar el incendio, pues la claridad del fuego se debilita durante el día, gracias a la Iluminosidad de los rayos
 










Heliodoro, Las Etiópicas, Madrid, EDITORIAL GREDOS S.A, Biblioteca básica Gredos. Página 52.
Seleccionado por Marta Talaván González, Primero de Bachillerato, curso 2016-2017.

La hoguera de las vanidades, Tom Wolfe

 22. Pelotitas de Styrofoam


Sherman se volvió hacia la izquierda, pero enseguida comenzó a dolerle la rodilla de ese lado, como si el peso de la pierna derecha le hubiese cortado la circulación. El corazón de latía a notable velocidad. Se volvió hacia la derecha. El canto de la mano derecha se le quedó metido debajo de la mejilla derecha. Era como si sintiese necesidad de sostenerse la cabeza, como si no bastara con la almohada, pero eso era absurdo y, de todos modos, ¿cómo iba a dormir con la mano debajo de la cara? Algo más veloz que de costumbre, sólo eso... No se le había encabritado... Se volvió otra vez hacia la izquierda  y luego rodó hasta ponerse boca abajo, pero eso le ponía en tensión los riñones, de manera que volvió a apoyarse sobre el lado derecho. El corazón le latía ahora a mayor velocidad que antes. Pero el pulso era regular. Aún lo controlaba.
     Resistió la tentación de abrir los ojos y comprobar cuál era la intensidad de la luz que se colaba por debajo  de las cortinas romanas. Generalmente, al amanecer aparecía una línea de claridad, así que era fácil adivinar si eran las cinco y media o las seis en esta época del año. ¡Y si ya estuviese haciéndose  de día! Imposible. No podía ser más de las tres. A lo peor, las tres y media. ¡Pero quizá había dormido una hora sin enterarse! ¿Y si la línea de claridad...?
     No pudo resistirno más. Abrió los ojos. Gracias a Dios, aún era de noche; aún no había peligro.
     Tras eso... el corazón dio una sacudida y escapó sin control. Se puso a latir a una velocidad y con una fuerza increíbles, como si pretendiera escapar de la jaula de sus costillas. Todo su cuerpo se estremecía. ¿Qué importaba que le quedaran todavía unas horas para seguir tumbado, revolviéndose, o que ya fuese la hora de...?
     Van a meterme en la cárcel.
  


        Tom Wolfe, La hoguera de las vanidades, Barcelona, Anagrama, Panorama de Narrativas, primera edición, 1988, páginas 425-426.
       Seleccionado por Rebeca Serradilla Martín. Primero de bachillerato. Curso 2016/2017.

Utopía, Tomás Moro


EL ESTADISTA
   
      Estadista, si lo fue, y eminente, como queda señalado anteriormente. Moro entra en el servicio del Estado, para su sacrificio y muerte, y con ello en la historia política de Inglaterra y de Europa.
      Estas facetas hasta ahora señaladas-jurista, parlamentario, diplomático estadista- no sólo configuran integrativamente la personalidad de Moro, sino que le sujetan y ciñen con más firmeza en los lindes de la realidad. En la Utopía aparecen claramente, a veces; otras veces, se adivinan y translucen en numerosas huellas de realismo. Recuérdense, a este respecto, las consideraciones sobre la educación, la estratificación social y familiar, la política exterior- concebida frecuentemente como Ralpolitik-, la guerra. Así aunque parezca contradictorio, Tomás Moro, el autor de la Utopía, no es utópico.


Tomás Moro, Utopía, Inglaterra, colección clasicos de pensamiento,4º edición publicada en 2006, editorial tecnos, página XLIII.
Seleccionado por Andrea Martín Bonifacio. Primero de bachillerato, curso 2016-2017.

El Príncipe, Nicolás Maquiavelo



V. De qué modo se han de gobernar las ciudades o principados que antes de su adquisición se regían con sus propias leyes.


      Cuando, como decimos, se adquieren Estados que están acostumbrados a vivir con sus propias leyes y en libertad, el que quiera el que quiera conservarlos dispone de tres recursos: el primero, destruir dichas ciudades; el segundo, ir a vivir allí personalmente; el tercero, dejarlas vivir con sus leyes, imponiéndoles un tributo e implantando en ellas un gobierno minoritario que te las conserve fieles. Lo último no presenta excesivas dificultades, ya que, al haber sido creado dicho gobierno por aquel príncipe, sabe que no puede mantenerse sin su apoyo y su poder, por lo cual hará todo lo que esté en su mano para conservar su autoridad.


     Nicolás Maquiavelo, El Príncipe, Madrid, Alianza Editorial, página 52.
     Seleccionado por Andrea Sánchez Clemente. Primero de Bachillerato. Curso 2016/2017

Del Espíritu de las Leyes, Montesquieu

Segunda parte 
Libro XI
De las leyes que dan origen a la libertad política en su relación con  la constitución 
Capítulo II
  Diversos significados que se dan a la palabra libertad. No hay una palabra que haya recibido significados más diferentes y que haya impresionado los ánimos de maneras tan dispares como la palabra libertad. Unos la han considerado como la facultad de deponer a quien habían dado un poder tiránico; otros, como la facultad de elegir a quién deben obedecer; otros, como el derecho de ir armados y poder ejercer la violencia , y otros  por fin, como el privilegio de no ser no ser gobernados más que por un hombre de su nación o por sus propias leyes.  Durante largo tiempo algún pueblo hizo consistir la libertad en el uso de llevar una larga barba. No han faltado quienes asociando este nombre a una forma de Gobierno, excluyeron las demás. Los afectos al Gobierno republicano la radicaron en dicho Gobierno; los afectos al Gobierno monárquico la situaron en la Monarquía. En resumen, cada cual ha llamado libertad al Gobierno que se ajustaba a  sus costumbres o a sus inclinaciones.
   Ahora bien, como en una República no se tienen siempre a la vista y de manera tan palpable los instrumentos de los males que se padecen y las leyes aparenta jugar un papel más importante que sus ejecutores, se hacen residir normalmente la libertad en las Repúblicas, excluyéndola  de las Monarquía. Por último, como en las democracias parece que el pueblo hace poco más o menos lo que quiere, se ha situado la libertad en este tipo de Gobierno, confundiendo el poder del pueblo con su libertad.



Montesquieu, Del Espíritu de las leyes, colección clásicos del pensamiento 5º edición publicada en 2002, editorial Tecnos, pag 105-106, capítulo II, segunda parte, libro XI 
Seleccionado por Lara Esteban González, primero bachillerato, curso 2016-2017