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viernes, 1 de abril de 2016

Los miserables, Victor Hugo


V


Noche que deja entrever el día

Oyendo llamar a la puerta, Jean Valjean dijo con voz débil:
-Entrad, está abierto.
Aparecieron Cosette y Marius. Cosette se precipitó en el cuarto. Marius permaneció de pie en el umbral.
-¡Cosette! -dijo Jean Valjean y se levantó con los brazos abiertos y trémulos, lívido, siniestro, mostrando una alegría inmensa en los ojos.
Cosette, ahogada por la emoción, cayó sobre su pecho, exclamando:
-¡Padre!
Jean Valjean, fuera de sí, tartamudeaba:
-¡Cosette! ¡Es ella! ¡Sois vos, señora! ¡Eres tú! ¡Ah, Dios mío!
Y sintiéndose estrechar por los brazos de Cosette, añadió:
-¡Eres tú, sí! ¡Me perdonas, entonces!
Marius, bajando los párpados para detener sus lágrimas, dio un paso, y murmuró:
-¡Padre!
-¡Y vos también me perdonáis! -dijo Jean Valjean.
Marius no encontraba palabras y el anciano añadió:
-Gracias.
Cosette se sentó en las rodillas del anciano, separó sus cabellos blancos con un gesto adorable, y le besó la frente. Jean Valjean extasiado, no se oponía, y balbuceaba:
-¡Qué tonto soy! Creía que no la volvería a ver. Figuraos, señor de Pontmercy, que en el mismo momento en que entrabais, me decía: "¡Todo se acabó! Ahí está su trajecito; soy un miserable,y no veré más a Cosette". Decía esto mientras subíais la escalera. ¿No es verdad que me había vuelto idiota? No se cuenta con la bondad infinita de Dios. Dios dijo: "¿Crees que lo van a abandonar, tonto? No. No puede ser así. Este pobre viejo necesita a su ángel". ¡Y el ángel vino, y he vuelto a ver a mi Cosette, a mi querida Cosette! ¡Ah, cuánto he sufrido!

Victor Hugo, Los miserables, http://www.claseshistoria.com/general/pdf/miserables.pdf

Seleccionado por Laura Agustín Críspulo, Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016

viernes, 11 de marzo de 2016

Los miserables, Victor Hugo.


    Continuó viviendo con la misma sencillez que el primer día.
Tenía los cabellos grises, la mirada seria, la piel bronceada de un obrero y el rostro pensativo de un filósofo. Usaba una larga levita abotonada hasta el cuello y un sombrero de ala ancha. Vivía solo. Hablaba con poca gente. A medida que su fortuna crecía, parecía que aprovechaba su tiempo libre para cultivar su espíritu. Se notaba que su modo de hablar se había ido haciendo más fino, más escogido, más suave.
   Tenía una fuerza prodigiosa. Ofrecía su ayuda a quien lo necesitaba; levantaba un caballo, desatrancaba una rueda, detenía por los cuernos un toro escapado. Llevaba siempre los bolsillos llenos de monedas menudas al salir de casa, y los traía vacíos al volver. Cuando veía un funeral en la iglesia entraba y se ponía entre los amigos afligidos, entre las familias enlutadas.
   Entraba por la tarde en las casas sin moradores, y subía furtivamente las escaleras. Un pobre diablo al volver a su chiribitil, veía que su puerta había sido abierta, algunas veces forzada en su ausencia. El pobre hombre se alarmaba y pensaba: "Algún malhechor habrá entrado aquí". Pero lo primero que veía era alguna moneda de oro olvidada sobre un mueble. El malhechor que había entrado era el señor Magdalena.
Era un hombre afable y triste.
   Su dormitorio era una habitación adornada sencillamente con muebles de caoba bastante feos, y tapizada con papel barato. Lo único que chocaba allí eran dos candelabros de forma antigua que estaban sobre la chimenea, y que parecían ser de plata.
  Se murmuraba ahora en el pueblo que poseía sumas inmensas depositadas en la Casa Laffitte, con la particularidad de que estaban siempre a su disposición inmediata, de manera que, añadían, el señor Magdalena podía ir una mañana cualquiera, firmar un recibo, y llevarse sus dos o tres millones de francos en diez minutos. En realidad, estos dos o tres millones se reducían a seiscientos treinta o cuarenta mil francos.

Victor Hugo, Los miserables, http://www.claseshistoria.com/general/pdf/miserables.pdf,
Texto seleccionado por Daniel Carrasco Carril, segundo de bachillerato, curso 2015-2016.


lunes, 6 de octubre de 2014

Los miserables, Victor Hugo

                                                         LIBRO OCTAVO
                       LOS CEMENTERIOS TOMAN LO QUE LES DAN

         Capítulo I DONDE SE TRATA DE CÓMO SE PUEDE ENTRAR EN UN CONVENTO 

     En esta casa había <> Juan Valjean, según decía Fauchelevent.
     Había saltado por la pared del jardín que formaba el ángulo de la calle Polonceau ;el himno angélico que había oío en medio de la noche era el canto de maitines de las monjas ; la sala que había visto en la oscuridad , era la capilla ; la fantasma tendida en tierra , era la hermana en el acto del desagravio ; la campanilla cuyo ruido le había sorprendido tanto , era el cencerro del jardinero sjeto a la pierna del tío Fauchelevent.
     Acostada ya Cosette , Juan Valjean y Fauchelevent habían cenado , como hemos dicho , un pedazo de queso y una copa de vino al amor de una buena leña ; y como la única cama que había estaba ocupada por Cosette , se habían echado cada uno en un haz de paja. Juan Valejean antes de cerrar los ojos , había dicho : << Es preciso que me quede aquí>>, y estas palabra habían estado dando vuelta toda la noche en el cerebro de Fauchelevent.






Victor Hugo , Los miserables , Barcelona , RBA , 1994 , página 496.
Seleccionado por Lucía Pintor del Mazo. Segundo de bachillerato. Curso 2014/2015