lunes, 5 de mayo de 2014

El aeródromo, Rex Warner

     

      En lo alto del prado, adonde conducía el camino de tablas, estaban el estrado y las tribunas para los concursos de equitación y salto, a punto de empezar; y allí cerca, en las largas tiendas con cortinas de yute, toros, ovejas y cabras aguardaban a los jueces. Por invitación de la hermana del hacendado nos acercamos a una de esas tiendas; estaba ansiosa por ver al toro premiado, Slazenger, propiedad de su hermano, que ya había sido expuesto ese año.
     Entramos en la fila apartando la cortina de cáñamo y recorrimos el estrecho pasadizo que corría a los largo de los establos donde estaban los animales atados. Había un olor caliente a paja, estiércol y carne; íbamos palmeando los húmedos flancos de las bestias recostadas. La hermana del hacendado conocía los nombres de los propietarios de muchos de los animales exhibidos; y me señalaba, lo recuerdo, un ejemplar especialmente hermoso, de color castaño claro,que, tendido sobre el macizo flanco, en la paja, respiraba pesadamente, cuando oímos una exclamación frente a nosotros y volviéndonos hacia el origen del sonido vimos al teniente de aviación que se nos acervaba tendiéndonos la mano.
      Llevaba uniforme y lucía una amplia sonrisa. En su hermoso rostro no se veía señal de turbación; en realidad la sentíamos todos. Porque quizás hubiéramos decidido en secreto no darnos por enterados de su presencia en caso de encontrarlo. Pero en aquel estrecho espacio era imposible disimular la vista de una persona que obstruía el pasadizo entero y que además parecía resuelto a hablar primero. Y cualquier franco desaire bien podía terminar en altercado. Las señoras sonrieron de un modo distante, y el rector, si bien no se mostró contento de ver al joven, fingió interés por lo que éste tenía que decir.
    El teniente nos saludó animadamente.
    -Esperaba encontrarme con ustedes -dijo-; me parece que anoche les agüé la fiesta.
    Se detuvo y miró inquisitivamente las caras una por una.
    -Oh, sí - continuó, aunque nadie mostrara intención de contradecirlo-. En cierto modo di un espectáculo desagradable.




   Rex Warner, El aeródromo, ed. Edhasa, Barcelona, 1988, páginas 50-51. Seleccionado por Laura Tovar García, segundo de bachillerato, curso 2013/2014.

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