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miércoles, 31 de mayo de 2017

Argonáuticas, Apolonio de Rodas

Canto II
       Allí estaban los establos de los bueyes y el albergue de Ámico, el orgulloso rey de los bebrices, al que en otro tiempo, tras compartir el lecho con Posidón Engendrador, alumbrara una ninfa Melia de Bitinia, el más arrogante de los hombres. Éste incluso había impuesto a los extranjeros una norma indigna, que ninguno se marchara antes de haber probado con él el pugilato, y a muchos de sus vecinos había matado. También entonces, viniendo hasta la nave, en su soberbia no se dignó preguntarles el motivo de su navegación ni quiénes eran, y en medio de todos al instante tal discurso pronunció:
       << Escuchad, errantes marineros, lo que os conviene saber. Es preceptivo que ninguno de los forasteros, que se acerque a los bebrices, vuelva a partir antes de haber alcanzado sus puños contra mis puños. Así que proponed al mejor, a uno solo escogido de lo tropa, para combatir conmigo aquí mismo pugilato. Pero si, desatendiendo mis leyes, las pisoteáis, en verdad una dura coacción os perseguirá terriblemente >>.
       Habló altanero. Al oírlo se apoderó de ellos una salvaje cólera y la amenaza hirió sobre todo a Polideuces. Al punto se erigió en adalid de sus compañeros y exclamó:
       << Detente ahora, y no manifiestes, quienquiera que te ufanes de ser, tu malvada violencia contra nosotros. Pues nos someteremos a tus leyes, según proclamas. Yo mismo, voluntario, prometo enfrentarme a ti de inmediato >>.
       Así habló sin cuidado. Aquel le miró revolviendo los ojos, como un león herido por un dardo, al que unos hombres acosan en los montes, el cual, aunque acorralado por el grupo, ya no se preocupa de estos y dirige su mirada únicamente a un solo hombre, aquel que lo hirió el primero y no lo abatió.
       Entonces el Tindárida dejó el fino manto bien tejido, que le entregara como obsequio de hospitalidad una de las lemnias. El otro arrojó su doble capa oscura con sus broches y el tosco cayado que portaba de silvestre acebuche.


       Apolonio de Rodas, Argonáuticas, Editorial Gredos S.A. Madrid 2000, página 62 y 63.
       Seleccionado por Andrea Sánchez Clemente. Primero de bachillerato. Curso 2016/2017

jueves, 18 de mayo de 2017

Argonaúticas, Apolonio de Rodas

                                                               Canto III
 
      Hijos de mi hija y de Frixo, al que sobre todo los huéspedes honré en mi palacio, ¿cómo venís de Ea de regreso? ¿Acaso alguna desgracia ha truncado por medio vuestro viaje? No me hicisteis caso cuando os advertí de la inmensa longitud de la ruta, Pues yo la conocía por haber dado la vuelta una vez en el carro de mi padre Helios, cuando llevaba a mi hermana Circe allá a la tierra occidental y arribamos a la costa de la región Tirrena, donde aun ahora habita, muy lejos de la Cólquide Ea. Mas ¿que provecho hay en las palabras? Lo que surgió ante vuestros pasos, decidlo claramente, y quiénes son estos hombres que os acompañan, y dónde habéis desembarcado de la cóncava nave.
     A tales preguntas, temeroso por la expedición del Esónida, respondió Argos dulcemente, adelantándose a sus hermanos, pues era el primogénito:
     Eetes, aquella nave pronto la destrozaron tempestades violentas, y a nosotros mismos, encogidos bajo un madero, nos arrojó el oleaje hasta el firme de la isla de Enialio bajo la tenebrosa noche. Algún dios no salvó. Pues aquellas aves de Ares que antes anidaban por la desierta isla, ni siquiera las encontramos ya; sino que estos hombres las habian expulsado, tras desembarcar de su nave en el dia anterior. Y los habia retenido, apiadándose de nosotros, la voluntad de Zeus o algún azar, ya que en seguida nos dieron en abudancia alimento y vestidos, al oír el nombre ilustre de Frixo y el tuyo propio.

Apolonio de Rodas, Argonáuticas, Madrid, 1995, Biblioteca básica Gredos. Pág 128-129.
Seleccionado por David Francisco Blanco, Primero de Bachillerato, Curso 2016/2017.
   










jueves, 11 de mayo de 2017

Apolonio de Rodas, Argonáuticas

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      Dijo exhortándolos. Mas ellos se horrorizaron al escucharlo. Pues decían que no serían acogidos favorablemente por Eetes si deseaban llevarse el vellón del carnero.





Apolonio de Rodas, Argonáuticas, Madrid, 1995, Biblioteca básica Gredos. Páginas 110 y 111.
Seleccionado por Marta Talaván González, Primero de Bachillerato, Curso 2016/2017.