lunes, 27 de octubre de 2014

El tambor de hojalata, Günter Grass.

LA TRIBUNA


       Al romper con mi canto los vidrios de las ventanas del foyer del Teatro Municipal, buscaba yo y establecí por vez primera contacto con el arte escénico. A pesar de los apremiantes requerimientos del vendedor de juguetes Markus, mamá hubo sin duda de darse cuenta aquella tarde de la relación directa que me unía al teatro, porque es el caso que, al aproximarse la Navidad sigue, compró cuatro entradas, para ella, para Esteban y Marga Bronski y también para Óscar, y el último domingo de Adviento nos llevó a los tres a la función infantil. Estábamos en primera fila de la segunda galería. La soberbia araña, colgando sobre la platea, daba lo mejor de sí. Celebré no haberla hecho polvo con mi canto desde la Torre de la Ciudad.



       Günter Grass, El tambor de hojalata, Editorial, Santillana Ediciones Generales, S.L. página, 141
       Seleccionado por Alejandro López Sánchez. Segundo de Bachillerato. Curso 2014/2015






Canción de Navidad, Charles Dickens



Segunda estrofa: El primero de los tres espíritus.


          Cuando Scrooge despertó, había tal oscuridad que, al mirar desde la cama, apenas pudo distinguir la transparente ventana de los opacos muros de su dormitorio. Estaba esforzándose en traspasar las tinieblas con sus ojos de hurón cuando el repique de las campanas de una iglesia vecina dio los cuatro cuartos.Así que estuvo atento a que sonase la hora.
       Para  su mayor sorpresa, las campanadas graves pasaron de las seis a las siete, y de las siete a las ocho, y así, regularmente, hasta las doce; y entonces se detuvieron.¡Las doce! Eran  más de las dos cuando él se había ido a la cama. El reloj estaba equivocado. Algún carámbano de hielo debía haber caído dentro  de la maquinaria.¡Las doce!
         Tocó el resorte de su reloj de recepción, para poner en hora tan absurdo objeto. Sus rápidas  suevas pulsaciones dieron las doce; y luego se detuvo
        ¡Cómo! No es posible - se dijo Scrooge- que haya estado durmiendo un día entero hasta bien entrada la noche. ¡No es posible que algo le haya sucedido al sol y que ahora sean las doce del mediodía!


Charles Dickens, Canción de Navidad, Madrid, Alianza Editorial,,2001,página 40. 
Seleccionado por Guillermo Arjona Fernández. Segundo de Bachillerato , curso 2014-2015.

Aventuras de Robinsón Crusoe, Daniel Defoe

                                                 Capítulo VII


     Comencé a observar el movimiento regulaar de cada estación lluviosa o seca, y aprendí a preverlas y a tomar las precauciones necesarias; pero ese estudio me costó caro, y lo que voy a referir es una de las experiencias que me desanimó más. He dicho ya que había conservado un poco de cebada y arroz que había crecido de un modo casi milagroso; poco más o menos, tendría unas treinta espigas de arroz y unas veinte de cebada. Creí que pasada la estación de las lluvias sería el momento propicio para sembrar, entrando el Sol en el solsticio de verano y alejándose de mí.
     Cavé, pues, del mejor modo que pude y supe con mi azadón de madera un trozo de tierra, en la cual hice dos divisiones, y empecé a sembrar el grano. Afortunadamente, en medio de la operación se me ocurrió que sería conveniente no sembrarlo todo la primera vez, pues ignoraba cuál fuera etación más propia para la siembra; no aventuré, pues, más que las dos terceras partes de mi grano, reservando poco más de un puñado de cada especie.





Daniel Defoe, Aventuras de Robinsón Crusoe. Editorial Espasa-Calpe. página,98. 1981, Madrid.
Seleccionado por Pablo del Castillo Baquerizo . Segundo de bachillerato, curso 2014/2015

La llamada de lo salvaje, Jack London

Capítulo 2: La ley del garrote y el colmillo.

     El primer día que Buck pasó en la playa de Dyea fue como una pesadilla. Cada hora estuvo repleta de sorpresas y sobresaltos. Lo habían extirpado del corazón de la civilización para precipitarlo al de las cosas primitivas. Su vida ya no era ociosa ni bañada por las caricias del sol, sin nada mejor que hacer que holgazanear y aburrirse. Allí no había paz, ni descanso, ni una mínima seguridad. Todo era confusión y actividad y, a cada instante, la propia vida o algún miembro del cuerpo corrían peligro. Había una necesidad imperiosa de estar en permanente alerta, pues aquellos perros y aquellos hombres no estaban civilizados. Eran salvajes que no conocían más ley que la del garrote y el colmillo.
     Nunca había visto perros que peleasen como lo hacían aquellas fieras lobunas, y en su primera experiencia le enseñó una lección inolvidable. En realidad, se trató de una experiencia ajena, pues, de lo contrario, no hubiera vivido para beneficiarse de ella.

Jack London, La llamada de lo salvaje, Barcelona, Vincens Vives, 1988, página 24.
Seleccionado por Alain Presentación Muñoz. Segundo de Bachillerato. Curso 2014/15.

Relato de Arthur Gordon Pym, Edgar Allan Poe

                                     Capítulo V


     Después que el cocinero se hubo marchado del castillo de proa, Augusto se entregó durante algunos minutos a la desesperación, sin esperanza de salir vivo de la litera. Tomó entonces la resolución de comunicar mi situación al primer hombre que bajase, pensando que era preferible dejarme correr mi suerte con los amotinados a que muriese de sed en la cala, oues hacía diez días que estaba allí prisionero, y mi cántaro de agua no representaba una provisión abundante ni para cuatro. Cuando reflexionaba sobre esto, se le ocurrió de pronto la idea de que podria quizá comunicar conmigo utilizando la cala principal. En otras circunstancias, la dificultad y los azares de la empresa le hubieran impedido intentarla; pero ahora no tenía él, en todo caso, más que escasas probabilidades de vida, y por consiguiente, poco que perder; empeñó, pues, toda su inteligencia en la tarea.





Edgar Allan Poe, Relato de Arthur Gordon Pym. Editorial, Planeta. página 51. 1987, Barcelona.
Seleccionado por Pablo del Castillo Baquerizo . Segundo de bachillerato, curso 2014/2015

lunes, 20 de octubre de 2014

En el camino, Jack Keoruac

                                                            CAPÍTULO IX

     Babe y yo volvimos a la cabaña minera. Me quité la ropa uniéndome a los otros en la limpieza. Era un trabajo tremendo. Roland Major estaba sentado en mitad de la habitación delantera que ya estaba limpia y se negaba a ayudar. En una mesita que tenía delante había una botella de cerveza y un vaso. Cuando pasábamos a su alrededor con cubos de agua y escobas, rememoraba:
     -¡Ah! Si alguna vez vinierais conmigo, beberíamos Cinzano y oiríamos a los músicos de Bandol, eso sí que es vida. Y después, por los veranos, Normandía, los zuecos, el viejo y delicioso Calvados. ¡Vamos, Sam!- dijo a su invisible camarada-. Saca el vino del agua y veamos si mientras pescábamos se ha enfriado bastante. -Y era Hemingway puro.
     Llamamos a unas chicas que pasaban por la calle:
     -Ayudadnos a limpiar esto. Todo el mundo queda invitado a la fiesta de esta noche. -Se unieron a nosotros. Contábamos con un gran equipo trabajando. Por fin, los cantares del coro de la ópera, en su mayoría muy jóvenes, aparecieron y también arrimaron el hombro. El sol se ponía.
     Terminada nuestra jornada de trabajo, Tim, Rawlins y yo decidimos prepararnos para la gran noche. Cruzamos el pueblo hasta el hotel donde se alojaban las estrellas de la ópera. Oíamos el comienzo de la función nocturna.
     -¡Perfecto!- dijo Rawlins-. Entraremos a coger unas navajas de afeitar y unas toallas y nos arreglamos un poco.
     También cogimos peines, colonia, lociones de afeitar, y entramos en el cuarto de baño. Nos bañamos cantando.





     Jack Kerouac, En el camino, Barcelona, Editorial anagrama, S.A., 1989, colección contraseñas, página 69. Seleccionado por Andrea González García. Segundo de bachillerato, curso 2014-2015.

Otra vuelta de tuerca, Henry James



CAPITULO XVII

 -No, jamás me has hablado de tu colegio. Ni de tus maestros, ni de tus compañeros, ni si quiera me has contado alguna anécdota de tu vida en la escuela. Nunca, querido niño, has hecho la más mínima alusión a algún suceso, algún acontecimiento relacionado con tu persona, que ocurriera mientras estaba en la escuela. Ya puedes imaginarte lo poco que sé sobre tu vida escolar. Hasta que sacaste el tema esta mañana, cuando íbamos a la iglesia, yo sabía muy poco sobre tu vida anterior al momento en que yo te conocí. Vivías solamente para el momento presente, o al menos así me lo parecía. 


Henry James, Otra vuelta de tuerca, Madrid, Anaya,1999, página 125.
Seleccionado por Pablo Galindo Cano. Segundo de bachillerato. Curso 2014-2015

El Maravilloso Mago de OZ, Lyman Frank Baum


CAPÍTULO 4: EL CAMINO A TRAVÉS DEL BOSQUE



      Pasadas unas horas, el camino empezó a estar lleno de baches y andar resultaba ta difícil, que el Espantapájaros con las losetas amarillas, que por aquí eran muy desiguales. En realidad, muchas estaban rotas o faltaban, dejando unos boquetes que Toto saltaba y Dorothy tenía que rodear. El Espantapájaros por su parte, al no tener sesos, iba derecho, pisaba en falso y caía cuan largo era sobre las duras losetas. Con todo, nunca se hacía daño y Dorothy lo levantaba y lo ponía de nuevo en pie, mientras que él la acompañaba riendo alegremente ante sus propios contratiempos.
       Las granjas no estaban tampoco tan bien cuidadas por aquí como lo estaban más atrás. Había menos casas y menos árboles frutales y, cuanto más avanzaban, más sombrío y solitario se hacía el paisaje.
         A mediodía se sentaron junto al camino, cerca de un arroyuelo, y Dorothy destapó su cesta y sacó un poco de pan. Ofreció un pedazo al Espantapájaros, pero él lo rechazo.
     - Yo nunca tengo hambre -dijo-, y es una suerte que sea así, porque mi boca solo está pintada. Si cortara un agujero para poder comer, la paja de la que estoy relleno se saldría y eso estropearía la forma de mi cabeza.
       Dorothy se dio cuenta en seguida que era cierto, así que se limitó a asentir y siguió comiendo el pan.
        


 Lyman Frank Baum,El Maravilloso Mago de OZ,León,Editorial Everest,S.A.,2013,páginas 55-56. Seleccionado por Guillermo Arjona Fernández. Segundo de Bachillerato , curso 2014-2015.

Nana, Emile Zola

                              Capítulo IV

     Desde la mañana, Zoé había abandonado el piso a un maitre d'hotel, que venía del restaurante Brébant con un equipo de ayudantes y camareros. Todo debía suministrarlo Brébant, la sobrecena, la vajilla, la cristalería, la mantelería, las flores y hasta algunas sillas y taburetes. En el fondo de sus armarios, Nana no hubiera encontrado ni una triste docena de servilletas, y, no habiendo tenido tiempo para completar su instalación, después de su nuevo lanzamiento, desdeñando ir a un restaurante, había preferido que fuera éste a su casa. Le parecía más fino. Quería celebrar su gran éxito de artista con una sobrecena de la que se hablara mucho.
    Como el comedor era demasiado pequeño, el maitre d´hotel había puesto la mesa en el salón, una mesa en la que cabían veinticinco cubiertos, algo apretados.



Emile Zola, Nana. Editorial, Planeta. página,70 y 71. 1985, Barcelona.
Seleccionado por Pablo del Castillo Baquerizo . Segundo de bachillerato, curso 2014/2015

CAPÍTULO 1.La ruta del peregrino.

-La celebración de navidad sin bonitos regalos no va a aparecer Navidad- murmuró Jo, tumbada sobre la alfombra.
-¡Qué desgracia tan grande es ser pobre!- exclamó Meg mientras se miraba el viaje vestido que las cubría.
-Creo que no es justo que haya chicas que naden en la abundancia mientras otras carecen de todo- agregó Amy, la menor, con un ademán de protesta.
-Tenemos a papá y a mamá, y también, y también a nosotras mismas- repuso Beth en tono jovial desde la esquina en que se hallaba.
Con tan optimistas palabras, se animaron los cuatro rostros juveniles, iluminados por los reflejos de la lumbre; pero volvieron a ensombrecerse cuando Jo se lamentó tristemente:
-Pero a papá no lo tenemos ni lo tendremos con nosotras en mucho tiempo. No se atrevió a decir <>, pero cada una lo pensó para sí, imaginando a su padre tan lejos, en los campos de batalla.
Tras un minuto de angustioso silencio, Meg, cambiando de tono, reaccionó:
-Ya sabéis que mamá nos expuso que la falta de regalos para esta navidad se debía a la previsión de que todos vamos a pasar un invierno muy malo; mamá piensa que no debemos malgastar en caprichos personales mientras nuestros hombres sufren tanto en plena guerra. No es mucho lo que podemos aportar, pero podemos ofrecer generosamente nuestros pequeños sacrificios. Aunque tengo miedo de no saber hacerlo- y Meg acompaño las últimas palabras con un gesto de contrariedad por la renuncia de los valiosos obsequios que tanto anhelaba.

Louisa May Alcott, Mujercitas,León(España), ed. everest,pág 15 y 16.Seleccionado por Nuria Muñoz Flores.Segundo Bachillerato.Curso 2014/2015.

La quimera del oro, Jack London




EL SILENCIO BLANCO


    El sonido de la oscuridad es piadoso, amortajándole a uno como para protegerle, y exhalando mil consuelos intangibles: pero el brillante silencio blanco, claro y frio bajo cielos de acero, es despiadado.
       Pasó una hora, dos horas, pero el hombre no moría. A media tarde el sol, sin elevar su cerco sobre el horizonte meridional, lanzó una insinuación de fuego a través de los cielos, y rápidamente la retiró. Malemute Kid se levantó y arrastró al lado de su compañero. Lanzó una mirada a su alrededor. El silencio blanco pareció burlarse y un gran temor se apoderó de él. Sonó un disparo agudo: Mason voló a su sepulcro aéreo, y Malemute Kid obligó a los perros a latigazos a emprender una salvaje carrera mientras huía veloz sobre la nieve.



Jack London, La quimera del oro, Madrid, Anaya, 1991,página 35. Seleccionado por Pablo Galindo Cano.Segundo de bachillerato. Curso 2014-2015.

CAPÍTULO: LA LEY DE LA SELVA, Rudyard Kipling



CAPÍTULO: LA LEY DE LA SELVA    




          Hemos de retroceder ahora hasta la época del primer cuento.Cuando abandonó Mowgli la caverna    de los lobos, después de la lucha que sostuvo con la manada en el Consejo de la Peña, fuése hacia las  tierras de labor donde vivían los campesinos; pero no quiso quedarse allí por hallarse demasiado cerca de la Selva y por saber que en el Consejo había dejado, por lo menos, un enemigo acérrimo. Así, pues, apretó el paso siguiendo un mal camino que iba a parar hasta el valle, y no lo abandonó, corriendo al trote largo durante cosa de unas cinco leguas, hasta que llegó a un país que le era desconocido. El valle se abría allí convirtiéndose en gran llanura, salpicada de rocas y cortada a trechos por barrancos. A un extremo veíase una aldea, y al otro la espesa selva descendía súbitamente hasta las tierras de pastos, parándose de golpe como si la hubieran cortado con la azada. Por toda la llanura pacían búfalos y ganado, y cuando lo muchachos que lo cuidaban vieron a Mowgli, comenzaron a gritas huyendo, mientras los amarillos perros vagabundos que andan siempre alrededor de toda aldea india pusiéronse a ladrar. Siguió Mowgli  adelante, porque se sentía hambriento, y al llegar a la entrada del lugarejo, vio que el gran arbusto espinoso que colocaban frente a ella al oscurecer, para interceptar el paso, estaba entonces corrido hacia un lado.




Rudyard Kipling,El libro de las tierras vírgenes,Madrid,Alianza,1993,páginas 90-91,Seleccionado por Guillermo Arjona Fernández. Segundo de bachillerato,curso 2014/2015.

Nuestra Señora de París, Victor Hugo

     Capítulo 1: El gran salón

     Hace hoy tresciento cuarenta y ocho años, seis meses y diecinueve días que los vecinos de París fueron despertados por el ruido de todas las campanas de la ciudad repicando a todo repicar dentro del triple recinto de la Cité, la universidad y la VIlla.
     Aquel 6 de enero de 1482 no es, sin embargo, un día del que la historia haya guardado un recuerdo especial.
El acontecimiento que agitaba desde muy de mañana las campanas y a los burgueses de París no tenía nada de particular. No se trataba de un asalto de las gentes de Picardía o de Borgoña, ni de una reliquia llevada en procesión, ni de una revuelta de estudiantes en la viña de Laas, ni la entrada de nuestro muy timido y respetado señor el rey, ni tan siquiera de una hermosa ceremonia en el patíbulo de París, colgando de la horca a un buen racimo de ladrones y ladronas. Tampoco se trataba de la llegada, tan frecuente en el siglo XV, de alguna embajada empenachada y emperifollada. Hacía apenas dos días que la última de esas cabalgatas, la de los embajadores flamencos encargados de concertar el matrimonio del delfín con Margarita de Flandes, había hecho su entrada en París, con gran disgusto de monseñor el cardenal de Borbón que, para complacer al rey, había tenido que poner buena cara a toda aquella rústica multitud de burgomaestres flamencos, y obsequiarles, en su palacio de Borbón, con la representación de <> mientras que una lluvia torrencial empapaba los magníficos tapices colocados a la entrada.





Victor Hugo, Nuestra señora de París. Editorial, Alianza, Madrid, 2008, páginas 17 y 18.
Seleccionado por Pablo del Castillo Baquerizo. Segundo de bachillerato, curso 2014/2015

lunes, 6 de octubre de 2014

Las flores del mal, Charles Baudelaire

Correspondencias

Naturaleza es templo cuyos vivos pilares 
dejan, algunas veces, salir confusos nombres;
es un bosque simbólico que recorren los hombres
a los que siempre mira con ojos familiares.

Igual que largos ecos de lejos confundidos
es una tenebrosa y profunda unidad, 
basta como la noche, y con claridad 
se responden colores, aromas y sonidos.

Hay perfumes tan frescos como carnes de infantes,
dulces como los oboes, verdes cual prado inmenso, 
- y los hay corrompidos, ricos y triunfantes.

Charles Baudelaire, Las flores del mal, Madrid, Cátedra,2008, página 136, seleccionado por: Pablo Galindo Cano, 2º de Bachillerato 2014-2015

Los miserables, Victor Hugo

                                                         LIBRO OCTAVO
                       LOS CEMENTERIOS TOMAN LO QUE LES DAN

         Capítulo I DONDE SE TRATA DE CÓMO SE PUEDE ENTRAR EN UN CONVENTO 

     En esta casa había <> Juan Valjean, según decía Fauchelevent.
     Había saltado por la pared del jardín que formaba el ángulo de la calle Polonceau ;el himno angélico que había oío en medio de la noche era el canto de maitines de las monjas ; la sala que había visto en la oscuridad , era la capilla ; la fantasma tendida en tierra , era la hermana en el acto del desagravio ; la campanilla cuyo ruido le había sorprendido tanto , era el cencerro del jardinero sjeto a la pierna del tío Fauchelevent.
     Acostada ya Cosette , Juan Valjean y Fauchelevent habían cenado , como hemos dicho , un pedazo de queso y una copa de vino al amor de una buena leña ; y como la única cama que había estaba ocupada por Cosette , se habían echado cada uno en un haz de paja. Juan Valejean antes de cerrar los ojos , había dicho : << Es preciso que me quede aquí>>, y estas palabra habían estado dando vuelta toda la noche en el cerebro de Fauchelevent.






Victor Hugo , Los miserables , Barcelona , RBA , 1994 , página 496.
Seleccionado por Lucía Pintor del Mazo. Segundo de bachillerato. Curso 2014/2015