viernes, 18 de diciembre de 2015

Las elegías de Duino, Rainer Maria Rilke


Segunda Elegía

Terrible es todo ángel.
No obstante, a sabiendas yo os invoco y nombro,
Pájaros mortales casi para el alma.
¡Qué lejos los tiempos de Tobías, cuando
frente a la sencilla puerta de la choza
levantábase uno de los más radiantes
disfrazado apenas para el viaje, a punto de no ser temible.
Joven para el joven:
¡con qué ojos curiosos miraba a lo lejos!
Si ahora, imponente, llegara el arcángel tras de las estrellas
y hacia acá tan sólo descendiera un paso:
latiendo a su encuentro
los golpes del corazón ansioso
nos abatirían.
Primeras criaturas perfectas, mimados del mundo,
líneas en alturas, rojizas crestas matinales
de todo lo creado, polen de la divinidad floreciente,
espacios de la esencia, escudos de gozo,
bravíos tumultos de impetuosos éxtasis
y de pronto, aislados
espejos que en ondas vuelcan la belleza
y la reproducen en su propio rostro.
Pues, para nosotros sentir es diluirnos.
¡Ay! Nos exhalamos y nos disipamos.
Y de brasa en brasa damos un perfume cada vez más débil.
Entonces alguno nos dice:
“Pasas a mi sangre... esta sala y esta primavera
se llenan contigo”.
Pero, ¿de qué vale? No puede él tenernos
y en él y en su torno desapareceremos.
¿Y a ésos que son tan bellos? ¡Oh! ¿Quién los retiene?
A su rostro sube de modo constante la apariencia y váse.
Como de la hierba temprana el rocío,
Trasciende lo nuestro de nosotros, como
de un manjar caliente trasciende el calor.
¿Sonreír? ¿Adónde? Levantar los ojos:
una nueva y cálida onda que del propio
corazón se escapa.
¡Ay de mí! No obstante, somos eso. ¿Acaso
tiene el universo donde nos diluimos un sabor humano?
¿No toman los ángeles
realmente lo suyo, lo que de ellos mana?
¿O también, a veces, hay al mismo tiempo, como por descuido,
siquiera una parte de la esencia nuestra?
¿Acaso en sus rasgos estamos mezclados
tanto cual lo vago lo está en el semblante de mujer encinta?
¡Cómo lo sabrían!
Los que aman podrían, si lo comprendieran,
decir en la noche palabras extrañas.
Contempla los árboles: son. Y todavía
subsisten las casas en donde vivimos.
Tan sólo nosotros pasamos delante de todas las cosas como aire furtivo.
Y para acallarnos todo se concierta, medio por vergüenza
tal vez y otro tanto como una inefable esperanza.
¡Oh, amantes, vosotros que os bastáis a solas! A vosotros quiero
preguntar qué somos. Os tomáis las manos. ¿Poseéis las pruebas?
Mirad: me acontece que entre sí mis manos
se saben o en ellas mi rostro gastado se halaga.
Y así, soy un tanto conciente de mí.
Mas, ¿quién osaría ser por esto sólo?
Vosotros, en cambio,
que en el éxtasis del otro os agrandáis
hasta que él os ruega, subyugado: ¡Basta!...
los que entre las manos os hacéis más plenos,
cual los años las uvas;
los que muchas veces desaparecéis
sólo porque el otro prevalece en todo,
de nuevo os pregunto: ¿Qué somos?... Lo sé:
hay en vuestros besos beatitud tan grande
porque la caricia retiene, y el sitio
que vuestra ternura recubre, persiste;
porque en el hechizo del amor la pura duración sentís.
Tanto que al abrazo lo creéis promesa de una eternidad.
Y, no obstante, cuando
os habéis repuesto del susto del primer encuentro
y de la nostalgia junto a la ventana
y de ese paseo,
el único, juntos a través del huerto:
¡Oh, amantes!... Entonces, ¿lo sois todavía?
Cuando el uno al otro os alzáis en brazos
bebiendo en la boca... sorbo contra sorbo...
¡con qué extraña prisa se evade del acto luego el bebedor!
¿No habéis contemplado con asombro sobre las estelas áticas
toda la prudencia del humano gesto?
¿Sobre las espaldas el Amor no estaba
y el Adiós posados, tan ligeros como
hechos e materia distinta a la nuestra?
Recordaos cómo descansan sus manos ingrávidas
por más que en los torsos el vigor perdura.
Dueños de sí mismos, ellos bien lo sabían:
Hasta aquí llegamos... Lo nuestro es rozarnos así.
Con más fuerza en nosotros presionan los dioses.
Pero éste es asunto que concierne a ellos.
Ojalá nosotros también encontráramos
siquiera una escasa, duradera y pura porción de lo humano,
una franja nuestra de tierra fecunda
entre río y roca, Pues, aún el propio
corazón, como ellos, sin cesar se eleva
por sobre nosotros. Y nuestra miradas no pueden seguirlo
hasta en las imágenes que lo tranquilizan,
ni aún en los cuerpos divinos en donde,
más grande, se calma.


Rainer Maria Rilke, Las elegías de Duino, medicinayarte.com/img/rilke_elegias_duino.pdf

 Seleccionado por Clara Fuentes Gómez, Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016.

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