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jueves, 25 de mayo de 2017

La madre, Máximo Gorki

SEGUNDA PARTE

2

       Cuatro días después de la visita de Nicolás, Pelagia se puso en camino para reunirse con él. Cuando el carro que la llevaba con sus dos baúles atravesó el arrabal y llegó al campo, volvióse ella y sintió que dejaba aquel lugar para siempre. Allí había transcurrido la época más sombría y penosa de su vida, y otra había empezado, llena de nuevos pesares y alegrías nuevas, que devoraba los días con rapidez. 
       Semejante e inmensa araña de color rojo oscuro. La fábrica se ostentaba en un terreno negro de hollín y levantaba muy arriba en el aire sus inmensas chimeneas. Casitas de obreros apiñábanse en derredor, que formaban, grises y chatas, grupo compacto a orillas del pantano, como si se miraran en él lastimosas con sus ventanitas empañadas. Entre ellas alzábase la iglesia, roja como la fábrica, y su campanario parecía menos alto que las chimeneas de los talleres.
       Suspiró la madre, y se desabrochó el cuello del corpiño que le molestaba; estaba triste, pero con tristeza seca, como polvo en día de verano.
       - ¡Arre!- murmuraba el carretero tirando de las riendas.
       Era un hombre de edad indeterminada, con ojos incoloros y pelo castaño y desteñido. Con oscilación de caderas caminaba junto al carro, y bien se advertía, que fuese cual fuese el objeto de su viaje, le era indiferente en absoluto. 
       - ¡Arre!- decía con voz bronca, alargando de extraña manera las piernas torcidas, calzadas con pesadas botas llenas de barro. 


       Máximo Gorki, La madre. Madrid, Edaf. Biblioteca Edaf, primera edición, 1982. Página 209-210.
       Seleccionado por Andrea Alejo Sánchez. Primero de bachillerato, curso 2016-2017.

jueves, 18 de mayo de 2017

La madre, Máximo Gorki

SEGUNDA PARTE

1

       El resto del día flotó en una niebla coloreada de recuerdos, en un cansancio sumo que oprimía cuerpo y alma. Ante los ojos de la madre salía danzando el oficialete, como una mancha gris; el rostro bronceado de Pavel, los ojos sonrientes de Andrés relucían en un torbellino negro y rápido...
       Iba y venía la madre por la habitación, sentábase a la ventana, miraba a la calle, volvía a levantarse y fruncía el ceño; se estremecía y miraba en derredor; buscaba con la cabeza hueca, sin saber ella misma lo que deseaba... Bebió agua sin apagar la sed, sin extinguir en el pecho el brasero ardiente de angustia y humillación que le consumía. Se había cortado el día en dos, llena una parte de sentido y sustancia, como evaporada la otra, en un vacío absoluto. Pelagia no hallaba contestación a la pregunta llena de perplejidad que se planteaba:
       - Y ahora... ¿qué hacer?
       Llegó María Korsunova. Hizo muchos ademanes, gritó, lloró, pataleó, propuso y prometió quién sabe qué, amenazando quién sabe a quién. Pero nada de aquello conmovió a la madre.
       - ¡Ah! -decía la voz chillona de María-. Sea como sea, el pueblo ha llegado a enterarse... ¡La fábrica se ha levantado, se ha levantado, toda entera!


       Máximo Gorki, La madre. Madrid, Edaf. Biblioteca Edaf, primera edición, 1982. Página 201.
       Seleccionado por Andrea Alejo Sánchez. Primero de bachillerato, curso 2016-2017.

jueves, 4 de mayo de 2017

La madre, Máximo Gorki


SEGUNDA PARTE

4

       Cuatro días más tarde, la madre y Sofía se presentaron ante Nicolás pobremente ataviadas con vestidos de indiana raída, bastón en mano y zurrón al hombro. Con aquel traje aparecía Sofía más baja, y su rostro adquiría expresión severa. 
       - ¡Parece que te has pasado la vida de monasterio en monasterio! - Le dijo Nicolás. 
       Al despedirse de su hermano le estrechó la mano con energía. Una vez más observó la madre aquella sencillez, aquella calma. Era gente que no prodigaba besos ni demostraciones afectuosas, y, sin embargo, eran sinceros entre sí, estaban llenos de solicitud para con los demás. Allí donde vivía Pelagia se besaba mucho la gente y se solía decir palabras de ternura, lo cual no impedía que se mordiesen como canes hambrientos.
       Atravesaron la ciudad las viajeras, salieron al campo y tomaron la ancha carretera trillada, entre dos filas de abedules viejos.
       - ¿No se cansará? - le preguntó la madre a Sofía.
       - ¿Cree que no tengo costumbre de andar? Se equivoca.. 

       Máximo Gorki, La madre. Madrid, Edaf. Biblioteca Edaf, primera edición, 1982. Página 223.
       Seleccionado por Andrea Alejo Sánchez. Primero de bachillerato, curso 2016-2017.

jueves, 27 de abril de 2017

La madre, Máximo Gorki

PRIMERA PARTE

1

       La sirena de la fábrica lanzaba su clamor estridente, cada día, el aire ahumado y grave del arrabal obrero. Entonces, un gentío tristón, de músculos todavía cansados, salía con rapidez de las casitas grises, corriendo como las cucarachas llenas de susto. A la media luz fría, íbanse por la calleja angosta hacia los paredones altos de la fábrica que los esperaba segura, alumbrando la calzada fangosa con sus innumerables ojos cuadrados, amarillos y viscosos. Bajo los pies chascaba el barro. Voces dormidas resonaban en roncas exclamaciones, injurias rasgaban el aire, y una oleada de ruidos sordos acogía a los obreros: el sonar pesado de las máquinas, el gruñido del vapor. Por encima del arrabal, a semejanza de bastones, sombrías y repelentes como centinelas, perfilábanse las altas chimeneas negruzcas.
       Al anochecer, cuando se ponía el sol y sus rayos rojos brillaban en las vidrieras de las casas, vomitaba la fábrica de sus entrañas de piedra toda la escoria humana, y los trabajadores, ennegrecidos de humo, volvían a desparramarse por la calle, dejando detrás húmedos relentes de grasa de máquinas, centelleándoles las dentaduras hambrientas. Había a la sazón en sus voces animación y hasta alegría; se acabaron por unas horas los trabajos forzados; cena y descanso estaban esperándole en casa.

       Máximo Gorki, La madre. Madrid, Edaf. Biblioteca Edaf, primera edición, 1982. Página 27.
       Seleccionado por Andrea Alejo Sánchez. Primero de bachillerato, curso 2016-2017.