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jueves, 2 de marzo de 2017

Aventuras de Tom Sawyer, Twain

CAPÍTULO XVI
       Después del almuerzo, toda la cuadrilla se fue a buscar huevos de tortuga en la barra. Iban metiendo palos en la arena y, cuando encontraban un sitio blando, se ponían de rodillas y escarbaban con las manos. A veces cincuenta o sesenta huevos de un agujero. Eran cosas blancas perfectamente redondas, un poco más pequeñas que una nuez. Esta noche celebraron un alegre banquete de huevos fritos y otro el viernes por la mañana. Después del desayuno se fueron a gritar y a saltar afuera, en la barra, y se perseguían unos a otros en derredor, despojándose de sus vestidos mientras andaban, hasta que quedaron desnudos, y luego continuaron los saltos hasta que alcanzaron el agua poco profunda de la barra, contra la fuerte corriente, que les hacía tropezar de vez en cuando e incrementaba mucho el entretenimiento. Y a veces, agrupados, se salpicaban agua en la cara con la palma de la mano, acercándose poco a poco uno a otro, volviendo la cara para evitar el remojo, agarrándose finalmente y luchando hasta que el mejor sumergía a su contrincante, y luego todos se hundían en una mezcolanza de piernas y brazos blancos y subían a la superficie soplando, escupiendo, riendo y haciendo esfuerzos para respirar al mismo tiempo.


Twain, Aventuras de Tom Sawyer, Barcelona, Editorial Bruguera S. A., 1994, Página 130.
     Seleccionado por Gustavo Velasco Yavita, Primero de bachillerato. Curso 2016-2017

jueves, 2 de febrero de 2017

Aventuras de Tom Sawyer, Twain



CAPITULO XXX

       La primera cosa que Tom oyó el viernes por la mañana fue una noticia alegre: la familia del juez Thatcher había vuelto a la ciudad la noche anterior. El indio Joe y el tesoro pasaron a un segundo plano de momento y Becky ocupó el primer lugar  en el interés del chico. La vio y se divirtieron enormemente jugando al escondite y a las cuatro esquinas con un montón de condiscípulos. El día fue completado y coronado de una manera especialmente satisfactoria. Becky pidió instantáneamente que fijara para el día siguiente la merienda, prometida y aplazada desde hacía tanto tiempo, y ella dio su consentimiento. La alegría de la niña no tenía límites, y la de Tom no era más moderada. Se enviaron las invitaciones antes del anochecer y la gente joven del pueblo fue invadida por la fiebre de los preparativos y una agradable expectación. La excitación de Tom le mantuvo despierto hasta muy tarde. Tenía esperanzas de oír el maullido de Huck y conseguir su tesoro para asombrar a Becky y a los participantes en la fiesta, al día siguiente; pero fue defraudado: no llegó ningún aviso aquella noche.
       La mañana llegó finalmente, y a las diez o las once una pandilla atolondrada y traviesa se reunió en la casa del juez Thatcher, donde todo estaba listo para la partida. NO era costumbre que los mayores echasen a perder la merienda con su presencia. Se consideraba que los niños estaban bastante seguros bajo las alas de unas cuantas señoritas de dieciocho años y unos cuantos señoritos, de más o menos, veintitrés. Se alquiló para esta ocasión el viejo vapor transbordador. De pronto el alegre tropel llenó la calle principal cargado de cestas de provisiones. Sid estaba enfermo y no pudo asistir. Mary se quedó en casa para hacerle compañía. La última cosa que la señora Thatcher dijo a Becky fue:
       -No volverás hasta tarde. Quizá sería mejor que pasases la noche con algunas de las chicas que viven cerca del embarcadero.
       -Entonces me quedaré en casa de Susy Haper, mamá.
       - De acuerdo. Pórtate bien y no des molestias a nadie.
        Luego, cuando iban andando, Tom dijo a Becky.
       -Oye: te diré lo que tienes que hacer. En vez de ir a casa de Joe Harper, subiremos a la colina y nos pararemos en casa de la viuda Douglas: ¡Tendrá helado! Tiene casi todos los días cantidades enormes. Y estará muy contenta de vernos.
       -¡Oh, sí que era divertido!
       Luego Becky reflexionó un rato y dijo:
       -Pero ¿qué dirá mamá?
       La niña volvió la cabeza y dijo a regañadientes:
       -Creo que está mal... pero...
       - Pero, ¡diablos! Tu madre no se enterará y, así, ¿qué hay de malo en ello? Todo lo que quieres es que no te pase nada, y estoy seguro de que te habría dicho que fueses allí, si hubiera pensado en ello. ¡Sé que lo habría hecho!




Twain, Aventuras de Tom Swayer, Barcelona, 1994, Bruguama S.A, páginas 219-220.
       Seleccionado por Rebeca Serradilla Martín. Primero de Bachillerato, Curso 2016/2017.

jueves, 26 de enero de 2017

Aventuras de Tom Sawyer, Twain

 CAPÍTULO V

       A eso de las diez y media empezó a tovcar la campana cascada de la vieja iglesia y en seguida empezó a congregarse la gente para el sermón  matutino. Los niños de la escuela dominical se distribuyeron por la casa y ocuparon los bancos con sus padres, para estar bajo vigilancia. Tía Polly llegó, y Tom, Sid y Mary se sentaron con ella... siendo Tom colocado lo más lejos posible de la ventana abierta y de las seductoras escenas del exterior. La muchedumbre llenaba las naves; el administrador de correos, el anciano, y necesitado, que había conocido mejores tiempos; el alcalde y su mujer (pues tenían un alcalde, entre otras cosas innecesarias); el juez de paz; la viuda de Douglas, rubia, elegante y cuarentona, alma generosa y de buen corazón, acomodada, con su caserón en la colina, que era el único palacio de la ciudad y el más hospitalario, y, con vidades de que se pudiese jactar San Petesburgo; el encorvado y venerable comandante Wards y señora; el abogado Riverson, personaje recién llegado de lejos. Seguía la bella del pueblo, perseguida por una tropa de Don Juanes vestidos de batista y cubiertos de cintas; luego venían en corporación todos los jóvenes empleados en la ciudad, que habían estado en el vestíbulo chupando los pomos de sus bastones y formando una muralla circular de admiradores parlanchines y de sonrisa simple, hasta que la última chica hubo pasado por las baquetas; y en último lugar venía el niño modelo. Willie Mufferson, cuidando atentamente a su madre como si fuera de cristal rompible. Siempre acompañaba a su madre a la iglesia y era el orgullo de todas las matronas. Todos los chicos le odiaban; era tan bueno y, además, había sido tan elogiado ante ellos... Su pañuelo blanco asomaba como por casualidad del bolsillo, como es costumbre los domingos. Tom no tenía pañuelo y consideraba que los chicos que lo tenían eran unos cursis. Ya que la congregación estaba completa, sonó otra vez la campana para advertir a los lentos y rezagados, y entonces un silencio solemne se extendió por la iglesia, sólo interrumpido por la  risa ahogada y el susurro del coro en la galería. El coro siempre reía a medias y susurraba durante todo el servicio divino.
       Hubo una vez un coro de iglesia que no estaba mal educado, pero he olvidado ahora dónde era.
Era hace muchísimos años y apenas puedo recordar algo de él, pero creo que era en algún país extranjero.
       El ministro anunció el himno y lo leyó todo con gusto. Y en un estilo peculiar que se admiraba mucho en aquella parte del país. Su voz empezó en un tono medio y subió constantemente, hasta alcanzar cierto punto en que pronunciaba con gran énfasis la palabra cumbre, y luego se lanzaba hacia abajo como si fuera desde un trampolín.    



       Twain, Aventuras de Tom Swayer, Barcelona, 1994, Bruguama S.A, páginas 40-41.
       Seleccionado por Rebeca Serradilla Martín. Primero de Bachillerato, Curso 2016/2017.

viernes, 8 de abril de 2016

Las aventuras de Tom Sayer, Mark Twain




–¡Tom! 
Silencio.
–¡Tom!
Silencio.
–Pero ¿dónde se habrá metido este crío? ¡Tom!
La buena mujer se bajó las gafas y miró por encima de ellas recorriendo toda la estancia; después se las puso en la frente y miró por debajo. Pocas veces, o prácticamente ninguna, miraba a través de ellas para ver algo tan insignificante como un chiquillo; aquellas gafas eran todo un lujo, su mayor orgullo; eran más un adorno que un objeto útil, pues no habría visto mejor mirando a través de un par de tapaderas de cocina. 

Parecía perpleja y no enfurecida, pero sí lo bastante alto como para que la oyeran los muebles, dijo: 

–Muy bien, pues te aseguro que si te pongo la mano encima te…

No acabó la frase porque en aquel momento estaba agachada, hurgando debajo de la cama con una escoba, con lo que necesitaba todo el aliento para sus escobazos. No obstante, lo único que logró fue desenterrar al gato.

–¡En mi vida he visto un chico tan revoltoso!
Fue hasta la puerta y allí se detuvo recorriendo con la mirada las tomateras y los matorrales silvestres que constituían el jardín. 

Ni rastro de Tom. Así pues, alzó suficientemente la voz y gritó: 

–¡Tom! ¡Eh, Tom!
Oyó tras ellas un ligero ruido y se dio la vuelta al instante para atrapar al chiquillo por el borde de la chaqueta e impedirle que huyera.

–¡Te pillé! ¿Cómo no se me había ocurrido pensar en la despensa? ¿Qué estabas haciendo ahí dentro?

–Nada

–¿Nada? ¡Mírate las manos! ¡Mírate la boca! ¿Con qué te has ensuciado?

–Y yo qué sé, tía.

–Pues yo sí lo sé. Con mermelada, con eso te has pringado. Te he dicho cuarenta veces que si no dejas en paz la mermelada te haré trizas. ¡Acércame aquella vara!
La vara se agitó en el aire. El peligro era inminente.

–¡Oh! ¡Mire detrás de usted, tía!
La buena mujer giró en redondo, recogiéndose las faldas para esquivar el peligro; en ese mismo instante, el chiquillo escapó: se encaramó a la alta valla de madera y desapareció.
La tía Polly permaneció un instante sorprendida y después se echó a reír suavemente.



Mark Twain, Las Aventuras de Tom Sayer, www.biblioteca.org.ar
Seleccionado por Maria Alegre Trujillo , Segundo de bachillerato. Curso 2015-2016