El pasado 4 de octubre, hacia el final de una de esas tardes absolutamente ociosas y lúgubres, como sólo yo sé pasar, me encontraba en la calle Lafayette: tras haberme detenido durante algunos minutos ante el escaparate de la librería de L'Humanité y haber adquirido la última obra de Trotsky, seguía mi camino, vagando sin rumbo, en dirección a la Ópera. Las oficinas, los talleres comenzaban a quedarse vacíos, de arriba abajo de los edificios todo eran puertas cerrándose, las personas se estrechaban la mano en las aceras que empezaban a estar más concurridas. Sin quererlo, observaba rostros, atavíos ridículos, formas de andar. Quiá, ni de lejos estaría esta gente dispuesta a hacer la Revolución. Acababa de cruzar aquella plaza, cuyo nombre olvido o ignoro, allí, frente a una iglesia. De pronto, cuando aún se encuentra a unos diez pasos de mí, me fijo en una muchacha, muy pobremente vestida, que viene en sentido contrario y que, a su vez, también me ve o me ha visto. A diferencia del resto de los transeúntes, lleva la cabeza erguida. Tan frágil que apenas se posa a andar. Una imperceptible sonrisa atraviesa tal vez su rostro. Curiosamente maquillada como si, habiendo comenzado por los ojos, no hubiera tenido tiempo de acabar, pero con la raya de los ojos tan negra para una rubia. La raya, de ningún modo los párpados (un brillo así se consigue, y sólo se consigue, repasando cuidadosamente el lápiz únicamente bajo el párpado.
André Breton, Nadja, páginas 147 y 148, editorial Cátedra.
Seleccionado por Esther Hernández Calvo, segundo de Bachillerato, curso 2012-2013.
Un lugar común de los estudiantes de Literatura Universal donde publicamos una antología de textos seleccionados por nosotros mismos con el fin de aprender a conocernos mejor a través de los más variados personajes que pueblan el universo literario.
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viernes, 21 de diciembre de 2012
jueves, 12 de abril de 2012
Nadja, André Breton
Hace tan solo unos días, Louis Aragon me hacía notar que el rótulo de un hotel de Pourville que tiene escritas en letras rojas las palabras: CASA ROJA, estaba escrito con tales letras y colocado de tal manera que, según un ángulo preciso, visto desde la carretera, "CASA" desaparecía y "ROJA" se leía "POLICÍA"*. Esta ilusión óptica no tendría la menos importancia si no fuera porque el mismo día, una o dos horas después ¡, la señora que llamaremos 'la dama del guante' me condujo ante un cuadro modulable como nunca había visto yo otro igual, y que formaba parte del mobiliario de la casa que acababa de alquilar. Es un grabado anitguo que, visto de frente, representa un tigre pero que, por tener fijadas en prependiculara su superficie unas estrechas tiras vericales que se aleje de unos pasos hacia la derecha , un ángel. Llamo la atención hacia estos dos hechos, paraacabar, porque para mí, en tales condiciones, era inevitable ponerlos en relación y porque me parece especialmente imposible establecer una correlación racional entre ambos.
Espero, en cualquier caso, que la presentación de na serie de observaciones de esta índole y de la que viene a continuación será de naturaleza suficiente como para que algunos hombres se lancen a la calle, tras haberles hecho ser conscientes, si no de su inannidad, al menos de la grave insuficiencia de cualquier cálculo supuestamente riguroso acerca de sí mismos, de cualquier acto que, pudiendo haber sido predemintado, exija aplicarse a él de una manera constante. Como si el viento que pueda producirse, si es realmente imprevisto. Me veo obligado a aceptar la idea de trabajo como necesidad material, y a este respecto no puedo sentirme más ferviente partidario de su mejor, de su más justo reparto. Que me lo impongan las siniestras obligaciones de la vida, sea; que se me pida que crea en él, que venere el mío o el de los demás, nunca. Preferio, una vez más, caminar a oscuras mejor que tomarme por el que camina iluminado.
André Bretón, Nadia, Madrid, Editorial Cátedra, colección Letras Universales, volumen 254, 3ª edición, 2004, páginas 143-145.
Seleccionado por Javier Muñoz Castaño. Curso 2011-12, segundo de Bachillerato.
Seleccionado por Javier Muñoz Castaño. Curso 2011-12, segundo de Bachillerato.
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Literatura del siglo XX,
Nadja (1991)
jueves, 29 de septiembre de 2011
Nadja, André Breton
Muchas veces he vuelto a ver a Nadja, su pensamiento se me ha hecho aún más inteligible, y su expresión ganó en agilidad, en originalidad, en profundidad. Es muy posible que al mismo tiempo el desastre irreparable que arrastraba consigo una parte de ella misma, la más humanamente precisa, ese desastre que advertí aquel día, me haya alejado paulatinamente de ella. Maravillado como yo continuaba estando por esta manera suya de conducirse sin más apoyos que la más pura intuición y que siempre resultaba prodigiosa, también me sentía cada vez más alarmado notando que, cuando la dejaba, volvía a ser presa del torbellino de aquella vida que continuaba en su exterior, y que se ensañaba con ella para conseguir, entre otras concesiones, que comiera o durmiera. Durante algún tiempo intenté procurarle los medios para ello, puesto que además ella tan sólo podía esperarlos de mí. Pero como algunos días parecía que vivía con mi sola presencia, sin hacer el menor caso de lo que le decía, ni tampoco darse cuenta en absoluto, cuando ella me contaba cosas intrascendentes o se callaba, de mi aburrimiento, dudo mucho de la influencia que he podido ejercer sobre ella para ayudarla a resolver normalmente esta clase de dificultades.
En vano multiplicaría yo ahora todos los ejemplos de hechos insólitos que, aparentemente, tan sólo podían concernirnos a nosotros, y que me predisponen en favor de cierta clase de finalismo que permitiría explicar la particularidad de cada acontecimiento del mismo modo que algunos han pretendido, irrisoriamente, explicar la particularidad de cada cosa, de hechos, insisto, de los que Nadja y yo hayamos sido testigos simultáneamente o de los que uno solo de los dos haya sido testigo. Solo quiero recordar, al hilo de los días, algunas frases pronunciadas ante mí o escritas de un tirón ante mis ojos por ella, frases en las que mejor vuelvo a encontrar el tono de su voz y cuya resonancia se mantiene tan fuerte en mi interior.
André Breton, Nadja, Madrid, ed. Catedra, año 1997, pág. 196
Seleccionado por Olga Domínguez Martín, curso 2011-2012. segundo de Bachillerato.
En vano multiplicaría yo ahora todos los ejemplos de hechos insólitos que, aparentemente, tan sólo podían concernirnos a nosotros, y que me predisponen en favor de cierta clase de finalismo que permitiría explicar la particularidad de cada acontecimiento del mismo modo que algunos han pretendido, irrisoriamente, explicar la particularidad de cada cosa, de hechos, insisto, de los que Nadja y yo hayamos sido testigos simultáneamente o de los que uno solo de los dos haya sido testigo. Solo quiero recordar, al hilo de los días, algunas frases pronunciadas ante mí o escritas de un tirón ante mis ojos por ella, frases en las que mejor vuelvo a encontrar el tono de su voz y cuya resonancia se mantiene tan fuerte en mi interior.
André Breton, Nadja, Madrid, ed. Catedra, año 1997, pág. 196
Seleccionado por Olga Domínguez Martín, curso 2011-2012. segundo de Bachillerato.
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