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jueves, 27 de abril de 2017

Gargantúa y Pantagruel, François Rabelais


Capítulo XXI

DE CÓMO PANURGO SE ENAMORÓ DE
 UNA GRAN DAMA DE PARÍS

      Panurgo comenzó a cobrar fama en la ciudad de París por aquella disputa que tuvo con el inglés, y desde entonces hizo valer su bragueta, cuya parte superior adornó con bordados a la romana. La gente lo alababa públicamente, y hasta compusieron una canción en honor suyo que cantaban los niños que iban a comprar el vino o mostaza. Era bien recibido entre todas las damas y damiselas, de modo que se volvió jantancioso, y se propuso conseguir los favores de una gran dama de la ciudad.
      Y a tal efecto, prescindiendo de muchos de esos largos preámbulos y protestas que suelen hacer esos dolientes contemplativos amantes de cuaresma, que no tienen contactos carnales, le dijo un día:
      - Señora, sería muy útil a toda la república, deleitable para vos, honoroso para vuestro linaje y necesario para mí, el que cruzarais conmigo vuestra raza. Y creedlo, porque la experiencia ol lo demostrará.
      La dama, al oír esto, retrocedió más de cien lenguas, diciendo:
      -¡Malvado loco! ¿Cómo os atrevéis a hacerme tal proposición? ¿Con quién creéis estar hablando? ¡Idos, que no os vuelva a ver yo en mi presencia, pues en muy poco está el que os mande cortar brazos y piernas.
      - No me importaría que me cortaran los brazos y las piernas a condición de que, vos y yo, hiciéramos una partida de placer, jugando a los muñequitos en las bajas regiones; porque (mostrando su larga bragueta) aquí esta maese Juan Jueves que os tocaría una danza que os penetraría hasta la médula de los huesos. Es muy galante y sabría buscaros los rincones más ocultos y cazar los pequeños bubones inguinales en la ratonera, de modo que después de él no os quedará nada que desear.


François Rabelais, Grargantúa y Pantagruel, editorial RBA coleccinables SA, año 1995en Barcelona, capítulo XXI, página 277
Seleccionado por Andrea Martín Bonifacio, primero de bachillerato, curso 2016/2017.

jueves, 20 de abril de 2017

Rabelais, Gargantúa y Pantagruel


Capítulo XLIX
DE CÓMO PRICRÓCOLO TUVO MUY 
MALA FORTUNA CUANDO HUÍA, Y DE
 LO QUE HIZO GARGANTÚA DESPUÉS 
DE LA BATALLA

      Pricrócolo, desesperado, huyó hacia la isla de Bouchard y , en el camino de Rivère, su caballo tropezó y cayó, lo que le encolerizó e indigno tanto, que mató al noble bruto con la espada. Luego, no encontrando a nadie que le procurara con otra cabalgadura, quiso llevarse un asno del molino que había cerca de allí; pero los molineros moliéronle a palos, le hicieron pedazos las ropas, y le dieron para cubrirse una mala chamarreta.
      El pobre hombre, rabioso u furibundo, se marchó de allí. Cruzó después el agua en Port-Huault y, al contar sus infortunios a una vieja hechicera, está le predijo que le sería devuelto su reino cuando vinieran las coquecigrullas. Desde entonces no se sabe lo que ha sido de él.
      Sin embargo, me han dicho que se hala al presente Lyon haciendo de ganapán tan colérico como antes, y preguntando a cuatro forasteros encuentra por la venida de coquecigrullas, pues sigue abrigando la esperanza de que cuando éstas lleguen se cumplirá la predicción de la vieja y le será devuelto su reino.
      Lo primero que hizo Gargantúa después de la retreta fue contar sus gentes, comprobando que había tenido pocas bajas en las batalla; tan sólo Ponócrates, que había recibido un arcabuzazo en su jubón, y algunos infantes de la compañía del capitán Tolmere. Hizo que les dieran de comery ordenó a sus tesoreros que pagaran la comida; mandó, además, que no se causaran daños en la ciudad, puesto que era suya, y que después de comer se reunieran todos en la plaza, delante del castillo, donde les pagarían la soldada de seis meses, orden que fue cumplida.
      Después mandó que se reunieran en dicha plaza todos los que quedaban del partido de Picrócolo. a los cuales, en los que quedaban del partido Picrócolo, a los cuales, en presencia de todos sus príncipes y capitanes, le habló como sigue:



François Rabelais, Grargantúa y Pantagruel, editorial RBA coleccinables SA, año 1995en Barcelona, capítulo XLIX, página 152
Seleccionado por Andrea Martín Bonifacio, primero de bachillerato, curso 2016/2017.

jueves, 6 de abril de 2017

Rabelais, Gargantúa y Pantagruel

Capítulo XXI

DE LOS ESTUDIOS DE GARGANTÚA
 SEGÚN LA DISCIPLINA DE SUS 
PROFESORES SOFISTAS 

      Pasados así los primeros días y colocadas de nuevo en su lugar las campanas, los ciudadanos de París, para mostrar su agradecimiento a tanta honradez, se ofrecieron a mantener y alimentar a su yegua  tanto tiempo como a el le plugiera - cosa que fue del agrado de Gargantúa-, u la mandaron a vivir al bosque de biére. yo creo que ya no esta allí.
      Hecho esto, quiso estudiar concienzudamente bajo la dirección de Ponócrates; pero éste ordenó que, para comenzar, lo haría a su manera acostumbrada, a fin de saber por qué medio, en tan largo tiempo, sus preceptores anteriores le habían vuelto tan fatuo, simple e ignorante.
      Disponía pues, de su tiempo de tal forma, que se despertaba y levantaba ordinariamente de la cama entre las ocho y las nueve de la mañana, fuera o no de día; así lo habían mandado sus doctores regentes en teología, alegando lo que dice David : vanum est vobis ante lucem surgere.
      Después estiraba las piernas, daba saltos de carnero, se tiraba al suelo, pataleaba en el lecho durante un rato para recrear a su instinto animal, y se vestía según la estación del año, aunque le gustaba llevar ropa larga de gruesa tela  forrada de piel de zorro; luego se peinaba con el peine de Almain, a sea con los cuatro dedos y el pulgar, porque sus preceptores decían que asearse, lavarse y peinarse de otro modo era perder el tiempo en este mundo.
      Después cagaba, orinaba, vomitaba, eructaba, ventoseaba, bostezaba, escupía, tosía, sollozaba, estornudaba, se sonaba las narices a lo archidiácono, y desayunaba, para hacer cesar el rocío y los malos vientos,  buenas tripas fritas, buena carne asada, buenos jamones, buen cabrito en asado y espesas sopas hechas con pedazos de pan mojado en caldo, como las que comen en los conventos en las primeras horas de a mañana. Ponócrates le reprendía diciéndole que no debía tomar alimento tan temprano, al saltar del lecho, sin haber hecho primero un poco de ejercicio.


François Rabelais, Grargantúa y Pantagruel, editorial RBA coleccinables SA, año 1995en Barcelona, capitulo XXI página 70/71.
Seleccionado por Andrea Martín Bonifacio, primero de bachillerato, curso 2016/2017.