lunes, 17 de febrero de 2014

Aventuras de Robinson Crusoe, Daniel Defoe


                                        Capítulo VII


       Observaciones acerca del movimiento de las estaciones.-Me convierte en cestero.-Segunda excursión.-Cojo un papagayo.-Nuevos descubrimientos.-Mi vuelta,inquietudes y dificultades.-Me hago alfarero.-Construcción de una piragua.-Mal cálculo, trabajo perdido.

       Comencé a observar el movimiento regular de cada estación lluviosa o seca, y aprendí a preverlas y a tomar las precauciones necesarias; pero ese estudio me costó caro, y lo que voy a referir es una de las experiencias que me desanimó más. He dicho ya que había conservado un poco de cebada y arroz que había crecido casi de un modo milagroso; poco más o menos, tendría unas treinta espigas de arroz y unas veinte de cebada. Creí que pasada la estación de las lluvias sería el momento propicio para sembrar, entrando el Sol en el solsticio de verano y alejándose de mí.
      Cavé, pues, el mejor modo que pude y supe con mi azadón de madera un trozo de tierra, en la cual hice dos divisiones, y empecé a sembrar el grano. Afortunadamente, en medio de la operación se me ocurrió que sería conveniente no sembrarlo todo la primera vez, pues ignoraba cuál fuera estación más propia para la siembra; no aventuré, pues más que las dos terceras partes de mi grano, reservando poco más de un puñada de cada especie.
      Fue una sabia precaución. De todo lo que había sembrado no germinó ni un solo grano, porque los meses siguientes formaban parte de la estación seca, y se hallaba la tierra privada de agua y faltó la humedad necesaria para germinar la semilla. Nada, pues, germinó entonces; pero cuando vino la estación lluviosa, vi crecer esos granos como si acabara de sembrarlos.
      Viendo que mi primera siembra había tenido tan mal éxito, y comprendiendo que la sequía era la única causa, busqué un terreno húmedo para hacer el segundo ensayo. Cavé una pieza de tierra cerca de mi tienda,  y sembré el resto de grano en el mes de febrero, un poco antes del equinoccio de primavera. Esta siembra, humedecida con las aguas de marzo y abril, salió perfectamente y dio muy buena cosecha, cerca de un celemín, mitad de arroz y mitad de cebada. Por lo demás, aquella prueba me había hecho un experto en la materia : yo sabía ya cuando era necesario sembrar, y había descubierto que podía hacer en el año dos siembras y dos recolecciones.
       Mientras que mi trigo crecía, hice un descubrimiento, que después me fue de mucha utilidad. Tan pronto como pasaron las lluvias y el tiempo comenzó a ser bueno, que fue hacia el mes de noviembre, hice una visita a mi casa de verano. Después de una ausencia de varios meses, lo encontré en el mismo estado que lo había dejado. No sólo se conserva en buen estado la doble empalizada que había formado, sino que las estacas que había cortado de algunos árboles cercanos habían echado largas ramas, como habría podido suceder con los sauces que se hubiesen podado de nuevo. Ignoro el nombre de los árboles de donde había cortado las estacas. Sorprendido y encantado de ver la rapidez con la que habían crecido aquellos jóvenes árboles, los podé lo mejor que me fue posible. Es difícil dar idea de su belleza al cabo de tres años : aunque el nuevo cercado tenía cerca de veinticinco varas de diámetro, aquellos árboles, pues ya podía darles este nombre, formaron pronto una sombra bastante espesa para guarecerme en ellas durante las épocas de los calores.






Daniel Defoe, Aventuras de Robinsón Crusoe, capítulo VII, colección austral, Madrid, 1981, páginas 98-99.
 Seleccionado por Laura Tovar García, segundo de bachillerato, curso 2013-2014





No hay comentarios:

Publicar un comentario