lunes, 28 de abril de 2014

Crimen y castigo, Fedor Dostoievski

         II

       Eran ya cerca de las ocho; los dos encamináronse aprisa a la pensión Bakaliev con objeto de llegar allí antes que Luchin.
      -Bueno; pero ¿quién era ese tío? -inquirió Razúmijin, no bien se encontraron en la calle.
      -Pues Svidrigáilov, ese mismo burgués en cuya casa ofendieron de aqeul modo a mi hermana cuando prestaba allí mismo servicios como institutriz. Por culpa de sus amorosos asedios tuvo que salirse de la casa, echada de allí por su mujer, María Petrovna. La tal María Petrovna pidióle luego perdón a Dunia, y ahora resulta que ha muerto de repente. Eso dijeron antes, refiriéndose a ella. No sé por qué, pero me inspira mucho temor ese hombre. Se vino acá inmediatamente después de sepelio su mujer. Es un hombre muy raro, y seguramente abriga algún sedignio... Parece vomo si supiese algo... ES necesario defender de él a Dunia... Mira: quería decirte esto a ti, ¿oyes?
     -¡Defenderte! Pero ¿qué puede hacer él contra Avdotia Románovna? Bueno; te agradezco, Rodia, que me hables de ese modo...¡La defenderemos, la defenderemos!...¿dónde vive él?
     - Lo ignoro.
     -¿Por qué no se lo preguntaste? ¡Oh, qué lastima! ¡Aunque, por lo demás, me enteraré!
     -¿Lo viste tú a él? -inquirió Raskólnikov tras breve silencio.
     -Claro que sí; me fijé en él; me fijé bien.
     -¿Lo viste bien? ¿Lo viste con toda claridad? -insistió Raskólnikov.
     -Claro que sí. lo recuerdo con toda claridad; entre mil lo reconocería, yo soy buen fisonomista.
      Otra vez guardaron silencio.
     -¡Hum!... Es que... -balbució Raskólnikov-. ¿Sabes una cosa?...pues que se me ha ocurrido...,me parece...,que todo esto pudiera ser solo una fantasía.
    -¿Qué dices? no te entiendo bien.
    -Mira: todos vosotros -prosiguió Raskólnikov, frunciendo los labios en una sonrisa- andáis diciendo que yo estoy loco; pues a mi también me parece ahora que pudiera ser que estuviera loco y que hubiese visto un fantasma.
    -Pero ¿qué estas diciendo?
    -¡Si, quien sabe! pudiera suceder que yo estuviese declarando loco y que todo cuanto ha ocurrido estos días, todo, fuese únicamente obra de la imaginación...
    -¡Ah Rodia! ¡Otra vez te han trastornado!... ¿Qué fue lo que él te dijo, a qué venía?
    Raskólnikov no respondió; Razúmijin permaneció pensativo un momento.
 




     Fedor Dostoievski, crimen y castigo, ed.RBA, col. Historia de la literatura, Barcelona 1994, páginas 271-272, seleccionado por Laura Tovar García, segundo de bachillerato, curso 2013-2014.

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