Mostrando entradas con la etiqueta Alicia en el país de las maravillas (1865). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alicia en el país de las maravillas (1865). Mostrar todas las entradas

lunes, 14 de marzo de 2016

Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carroll

V

EL CONSEJO DE UNA ORUGA



     La Oruga y Alicia se miraron durante un rato en silencio: por último, la Oruga se quitó el narguile de la boca, y le habló con voz lánguida y soñolienta.
     ¿Quién eres ? -dijo la Oruga.

     No era ésta una forma alentadora de iniciar una conversación. Alicia replicó con cierta timidez: «Pues... pues creo que en este momento no lo sé, señora...sí sé quién era cuando me levanté esta mañana; pero he debido de cambiar varias veces desde entonces».

     ¿Qué quieres decir? -dijo la Oruga con severidad-. ¡Explícate!
     Me temo que no me puedo explicar, señora -dijo Alicia-; porque, como ve, no soy yo misma.
     Pues no lo veo -dijo la Oruga.
     Me temo que no se lo puedo explicar con más claridad -replicó Alicia muy cortésmente-; porque para empezar, yo misma no consigo entenderlo; y el cambiar de tamaño tantas veces en un día es muy desconcertante.
    No lo es -dijo la Oruga.
    Bueno, quizás no lo encuentre usted desconcertante -dijo Alicia-; pero cuando se convierta en crisálida, como le ocurrirá algún día, y después en mariposa, creo que le parecerá un poquito raro, ¿no?
    De ninguna manera -dijo la Oruga.
   Bueno, tal vez sus sensaciones sean diferentes -dijo Alicia-; lo que sí puedo decirle es que yo me sentiría muy rara.
    ¡Tú! -dijo la Oruga con desprecio -. ¿Quién eres ?
     Lo que les devolvió al principio de la conversación. Alicia se sintió un poco irritada ante los comentarios tan secos de la Oruga; así que se acercó y dijo muy seria:
    Creo que debería decirme quién es usted, primero.
    ¿Por qué? -dijo la Oruga.
     Ésta era otra pregunta desconcertante; y como a Alicia no se le ocurrió una buena razón, y la Oruga parecía estar de muy mal talante, dio media vuelta.


Lewis Carroll, Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, Yuncos (Toledo), Ediciones Akal, S.A.; Colección Akal Literaturas, 2005, pág. 131-132. 
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez. Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.

lunes, 15 de febrero de 2016

Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carroll

    —Estoy segura de que no son ésas las palabras correctas -dijo la pobre Alicia, y se le llenaron los ojos de lágrimas otra vez, mientras proseguía-: Debo de ser Mabel, y me va a tocar vivir en esa casucha, sin casi juguetes para jugar, y, ¡ay!, ¡con un montón de lecciones que aprender! No, sobre eso estoy decidida: ¡si soy Mabel, me quedaré aquí abajo! ¡De nada les va a valer que asomen la cabeza y digan: «Sube ya, cariño»! Me limitaré a mirarlos, y les diré: «A ver, ¿quién soy? Decídmelo primero;  entonces, si me gusta lo que decís, subiré; pero si no, me quedaré aquí hasta que sea otra...» pero, ¡Dios mío! -exclamó Alicia, con una súbita explosión de lágrimas-. ¡Ojalá asomen la cabeza! ¡Estoy cansadísima de estar aquí sola!
     Al decir esto, se miró las manos, y se quedó sorprendida al ver que se había puesto uno de los pequeños guantes de cabritilla del Conejo mientras hablaba. «¿Cómo he podido hacerlo?» pensó. «He debido de estar haciéndome pequeña otra vez». Se levantó y fue a la mesa a medirse con ella, y descubrió que, por lo que podía calcular, tenía ahora como unos dos pies de altura, y que seguía disminuyendo a toda prisa: no tardó en comprobar que la causa de esto era el abanico que tenía en la mano, así que lo soltó apresuradamente, a tiempo de evitar su completa desaparición.
     —¡Me he librado por los pelos! -dijo Alicia, bastante asustada ante el súbito cambio, pero muy contenta de verse todavía con vida-. Y, ahora, ¡al jardín! -y echó a correr a toda prisa hacia la puertecita; pero ¡ay!, la puertecita estaba cerrada otra vez, y la llavecita de oro estaba sobre la mesa de cristal como antes, «y la situación ahora ha empeorado», pensó la pobre niña,«ya que antes no era tan pequeña, ¡ni mucho menos! ¡Lo cual es una rabia, desde luego!»
     Mientras decía estas palabras le resbaló el pie, y un instante después, ¡plash!, estaba en agua salada hasta la barbilla. Lo primero que pensó fue que, de alguna forma, se había caído al mar; «en cuyo caso puedo regresar en tren», se dijo (Alicia había ido a la playa una vez en su vida, y había llegado a la conclusión general de que, a cualquiera de las costas inglesas que una fuese, encontraría en el agua un montón de máquinas de bañarse, niños cavando en la arena con palitas de madera, luego una fila de hoteles, y detrás una estación de ferrocarril). Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que estaba en el charco de lágrimas que ella misma había derramado cuando medía nueve pies.
     —¡Ojalá no hubiera llorado tanto! -dijo Alicia al tiempo que nadaba, tratando de salir-. ¡Ahora, en castigo me ahogaré en mis propias lágrimas! ¡Será una cosa muy rara, desde luego! Pero hoy todo resulta raro.

Lewis Carroll, Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, Madrid, editoral Akal, colección Akal literaturas, 2005, págs. 100-103.
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez, Primero de Bachillerato, curso 2015-16.

viernes, 15 de enero de 2016

Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carrol

     El grupo que se reunió en la orilla tenia un aspecto realmente extraño: los pájaros con las plumas sucias, los otros animales con el pelo pegado al cuerpo, y todos calados hasta los huesos, malhumorados e incómodos.
     Lo primero era, naturalmente, discurrir el modo de secarse: lo discutieron entre ellos, y a los pocos minutos a Alicia le parecía de lo más natural encontrarse en aquella reunión y hablar familiarmente con los animales, como si los conociera de toda la vida .Sostuvo incluso una larga discusión con el Loro, que terminó poniéndose muy tozudo y sin querer decir otra cosa que "soy más viejo que tú, y tengo que saberlo mejor". Y como Alicia se negó a darse por vencida sin saber antes la edad del Loro, y el Loro se negó rotundamente a confesar su edad, ahí acabó la conversación. 
    
        Lewis Carrol, Alicia en el pais de las maravillas, https://www.ucm.es/data/cont/docs/119-2014-02-19-Carroll.AliciaEnElPaisDeLasMaravillas.pdf.
        Seleccionado por Julia Mateos Gutiérrez. Segundo de Bachillerato. Curso 2016-2017

lunes, 23 de noviembre de 2015

Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carroll

     —¡Vaya, al fin tengo libre la cabeza! - se dijo Alicia en un tono de alivio, que se transformó en alarma un instante después, al darse cuenta de que no se veía los hombros por ninguna parte; todo lo que conseguía ver, al mirar hacia abajo, era una inmensa longitud de cuello que parecía emerger como un tallo de un mar de hojas verdes que se extendía muy por debajo de ella.
     —¿ Qué será todo ese verde? - se dijo Alicia-. ¿Dónde estarán mis hombros? ¡Ay, pobres manos mías!, ¿cómo es que no puedo veros? -y las movió mientras hablaba, aunque sin conseguir ningún resultado al parecer, salvo una pequeña agitación entre las lejanas hojas verdes.
     Dado que no parecía haber posibilidades de levantar las manos hasta la cabeza, trató de bajar la cabeza hasta ellas, y le encantó comprobar que su cuello se doblaba fácilmente en cualquier dirección, como una serpiente. Acababa de curvarlo hacia abajo en un gracioso zigzag, e iba a bucear entre las hojas, que según había descubierto no eran sino las copas de los árboles bajo los que había estado deambulando, cuando un agudo siseo la hizo retirarse al instante: una gran paloma se había abalanzado sobre su cara dando violentos aletazos.
     —¡Serpiente! -chilló la Paloma.
     —¡No soy una serpiente! -dijo Alicia indignada-. ¡Déjame en paz!
     —¡Serpiente! ¡Serpiente! - repitió la Paloma; pero en tono más calmado, y añadió con una especie de sollozo-: ¡Lo he intentado todo, pero parece que nada las detiene!
     —No tengo ni idea de qué me hablas -dijo Alicia.
     —Lo he intentado en las raíces de los árboles, lo he intentado en las orillas de los ríos, lo he intentado en los setos -prosiguió la Paloma, sin hacerle caso-; ¡pero dichosas serpientes! ¡Nada las detiene!Alicia estaba cada vez más intrigada; pero consideró que era inútil decir nada hasta que la Paloma hubiese terminado.
     —Como si no fuese bastante preocupación incubar -dijo la Paloma-; ¡encima tener que andar vigilando noche y día a causa de las serpientes! ¡No he pegado ojo en estas tres semanas!
     —Siento muchísima haberle molestado -dijo Alicia, que empezaba a comprender.
     —¡Y precisamente cuando me había instalado en el árbol más alto del bosque -prosiguió la Paloma, elevando la voz hasta chillar-, precisamente cuando ya creía que al fin me había librado de ellas, empiezan a bajar contorsionándose del cielo! ¡Uff, dichosas serpientes!
     —¡Le repito que no soy una serpiente! -dijo Alicia-. Soy una... soy una...
     —¡A ver! ¿Qué eres? -dijo la Paloma-. ¡Ya veo que estás tratando de inventarte algo!
     —Soy... soy una niña -dijo Alicia con cierta vacilación, al recordar el número de cambios que había sufrido ese día.
     —¡Bonito cuento! -dijo la Paloma en tono de profundo desprecio-. He visto montones de niñas, en mis tiempos, y ninguna tenía un cuello así. ¡No, no! Eres una serpiente; de nada te valdrá negarlo. ¡Supongo que me vas a decir también que jamás te has comido un huevo!
     —He comido huevos, desde luego -dijo Alicia, que era una niña muy veraz-; pero las niñas comen huevos igual que las serpientes.
     — No me lo creo -dijo la Paloma-; pero si lo hacen, entonces son una especie de serpientes: es cuanto puedo decir.

Lewis Carroll, Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, Yuncos (Toledo), Ediciones Akal, S.A. , Colección Akal Literaturas, 2005, pág. 138-140.

Seleccionado por Paula Ginarte Pérez. Primero de Bachillerato. Curso 2015-2016.

lunes, 23 de marzo de 2015

Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carroll

                     Alicia no sabía si tumbarse boca abajo como los tres jardineros; pero no recordaba haber oído hablar de semejante norma en los desfiles; "y además, ¿de qué serviría hacer un desfile", pensó, "si la gente tuviera que tumbarse boca abajo y no pudiese verlo?".
                    Así que se quedó de pie, y esperó.
                    Cuando la comitiva llegó a la altura de Alicia, se detuvieron todos y se quedaron mirándola; dijo la Reina con severidad:
                    -¿Quién es ésta?
                     Se lo preguntó a la Jota de Corazones, que se limitó a hacer una reverencia y sonreír por toda respuesta.
                     -¡Idiota! -dijo la Reina, sacudiendo la cabeza con impaciencia; y volviéndose a Alicia, preguntó otra vez.
                     -¿Cómo te llamas, niña?
                     -Me llamo Alicia, Majestad -dijo Alicia con mucha educación; pero añadió para sus adentros: "¡Vaya!, en realidad no son más que un mazo de cartas. ¡No tengo por qué tenerles miedo!"
                     -¿Y quiénes son ésos? -dijo la Reina señalando a los tres Jardineros que estaban tumbados alrededor del rosal; pues, como estaban boca abajo, y el dibujo de sus espaldas era igual que el del resto de la baraja, no podía saber si eran jardineros, soldados, cortesanos, o tres de sus propios hijos.
                    -¿Cómo voy a saberlo yo? -dijo Alicia, sorprendida de su propio valor-, eso no es asunto mío.
                    La Reina se puso congestionada de furia, y, tras lanzarle una mirada felina, empezó a gritar: "¡Que le corten la cabeza! ¡Que le corten...!"
                    -¡Qué tontería! -dijo Alicia, con voz alta y decidida; y la Reina se quedó callada.
               
Lewis Carroll, Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, Madrid, Ediciones Akal, Akal Literaturas, 2005, págs 176-177, Seleccionado por Rosa María Perianes Calle, Segundo de Bachillerato, Curso 2014-2015.