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jueves, 11 de mayo de 2017

Dafnis y Cloe, Longo

       <<¡Los vaqueros!>>, exclamó el vaquero, mientras hacía virar la barca con la intención de navegar de vuelta.
       Al mismo tiempo se cubrió la tierra de gentes feroces y salvajes, de hombres todos de alta estatura y de tez negra (no de tanta pureza como la de los indios, sino como podría ser la de un mestizo etíope), con cabezas rapadas, pies menudos y gruesos cuerpos. Y todos hablaban una lengua extraña. Con un <<¡estamos perdidos!>> el piloto detuvo el barco, pues el río se estrechaba en aquel punto, y subiendo a bordo cuatro de los piratas se apoderan de cuanto había en la nave, se llevan nuestro oro y, atándonos y encerrándonos en un camarote, se marchan luego de dejarnos unos vigilantes con el propósito de conducirnos al día siguiente ante su rey, título con el que nombraban al bandido de más categoría. Se trataba de un camino de dos días, según escuchamos de boca de los que habían sido apresados con nosotros.
       A la llegada de la noche, echado allí, según estábamos cargados de cadenas, y dormidos los guardianes, entonces, cuando ya me fue posible, rompí a llorar por Luecipa. reflexionando en cuántos infortunios le había acarreado por mi culpa, gemía en lo profundo de mi alma, aunque soterraba en mi el sonido de mis sollozos.
       <<¡Dioses y espíritus divinos!, exclamaba, si es que existís y me prestáis oído, ¿qué falta tan grave hemos cometido para vernos sumergidos en pocos días en tan gran número de males? Y ahora, además, nos ponéis en manos de unos bandidos de Egipto, para que ni aun compasión hallemos. Pues a un bandido griego nuestra voz lo hubiera conmovido y el ruego ablandado, ya que con harta frecuencia la palabra es procuradora de la compasión: que la lengua, al prestar sus servicios a los dolores que el alma que así se vierten en una súplica, amansa la cólera del corazón de sus oyentes. 


       Longo, Dafnis y Cloe. Madrid, Editorial Gredos, 2002, página 183.
       Seleccionado por Gustavo Velasco Yavita. Primero de bachillerato, curso 2016-2017

jueves, 27 de abril de 2017

Dafnis y Cloe, Longo


LIBRO PRIMERO

       Mitilene es una ciudad de Lesbos, grande y bella, pues está dividida por canales, circulando en su interior el mar, y la engalanan puentes de pulida y blanca piedra. Cabría pensar que se ve no una ciudad, sino una isla.
       A unos doscientos  estadios de esta ciudad de Mitilene había una finca de un hombre adinerado, la más bonita propiedad: montes criaderos de caza, llanadas de trigales, colinas de viñedos, pastos para el ganado. Y a lo largo de una playa dilatada, de muelle arena, batía el mar.
       Cuando en esta finca apacentaba el rebaño un cabrero, por nombre Lamón, encontró un niño al que una de las cabras daba de mamar. Había un encinar y maleza corriendo de continuo iba a desaparecer una y otra vez y, dejando a su chivo abandonado, se demoraba junto a la criatura.
       Atento está Lamón a estas idas y venidas, compadecido del chivo descuidado. Y en el apogeo del mediodía, yendo en pos del rastro, ve a la cabra que cautelosamente lo tiene con sus patas rodeado, para, al pisar, no ocasionarle con las pezuñas ningún daño, y al niño que, como del seno mismo de su madre, el hilo de leche succionaba. Con el asombro que era natural, se les acerca y descubre a un varoncito, robusto y lindo, entre pañales mejores que la suerte de un niño abandonado. Pues había una mantilla de púrpura, un broche de oro y una espadita con empuñadura de marfil.
       A lo primero se le ocurrió, llevándose tan solo las prendas de identificación, no atender a la criatura. Luego, avergonzado de no imitar en humanidad ni aun a una cabra, y esperando la llegada de la noche, lleva todo, las prendas y el niño y hasta la propia cabra, ante Mírtale, su mujer. Y a ella, estupefacta ante la idea de que las cabras paran niños, todo se lo explica: cómo lo encontrara abandonado, cómo lo viera alimentarse, cómo se avergonzó de dejarlo para que muriese allí, Siendo ella de igual parecer, esconden los objetos que acompañaban al expósito, aceptan la criatura como suya y confían a la cabra su crianza. Y a fin de que también el nombre del niño pareciese el de un pastor, acordaron ponerle Dafnis.


      Longo, Dafnis y Cloe. Madrid, 2002, Editorial Gredos, S.A., Colección Biblioteca Básica Gredos, páginas 5 y 6.
     Seleccionado por Andrea Sánchez Clemente. Primero de Bachillerato. Curso 2016/2017

jueves, 12 de enero de 2017

Dafnis y CLoe, Longo

Libro Cuarto


    Vino desde Mitilene un siervo, compañero de Lamón, a avisar de que poco antes de la vendimia llegaria el amo para enterarse de si la incursión de la flota de Metimna había producido algún daño en sus fincas. Como el verani ya se iba y el otoño se acercaba, Lamón hacia preparativos para que en  su estancia se complaciera en todo lo que viese. Limpió las fuentes, para que tuviera un lindo aspecto.

     Y era el parque de todo punto hermoso y a la manera de los jardines de los reyes. Se extendía hasta el largo de un estadio y estaba situado en un paraje alto, con cuatro pletros de ancho. Se hubiera podido describirlo como una amplia llanada. Tenía toda surte de arboles: manzanos, mirtos, perales y granados, higueras y olivos; en otro lugar un alta vid, que con sus oscuros tonos se apoyaba en los manzanos y perales, como si en frutos con ellos compitiera. Y esto solo en arboleda culivada. Tambien había cipreses y laureles y platanos y pinos. Sobre todos ésos se extendía hiedra en vez de vid, y sus racimos, por el tamaño y  su color ennergrecido, emulaban a los racimos de la vid.



Longo, Dafnis y Cleo. Barcelona, ed. Gredos, S.A., col. Biblioteca Básica Gredos, pág. 321.
Seleccionado por Javier Arjona Piñol. Primero de bachillerato. Curso 2016-2017.