jueves, 10 de noviembre de 2011

Divina Comedia, Dante Alighieri

CANTO IV

"Cuando al águila puso Constantino
contra el curso del cielo, que ya anduvo
tras el que unió a Lavinia su destino,
ante Dios, de Europa en la frontera,
cerca del monte en el que en el nido tuvo;
bajo el sacro plumaje, hizo que fuera
el gobierno imperial de mano en mano
y que, al cambiar, la mía lo tuviera.
César he sido: yo soy Justiniano,
que, por querer del primo amor que siento,
quité a la ley las sobras y lo vano.
Y antes de estar a tal trabajo atento,
que hay en Cristo, no más, una natura
creía, y con tal fe estaba contento;
más el santo Agapito, por ventura,
que fue sumo pastor, a la correcta
fe me llevó con su palabra pura.
Yo le creí, y aquella fe perfecta
veo tan clara como ve tu mente
toda cotradicción errada y corecta.
Ya al paso con la Iglesia, prontamente
Dios me inspiró que fuera el operario
del gran trabajo, al que me di obediente;
las armas entreguéa mi Belisario
al que el brazo del cielo estuvo unido
mostrando mi descanso necesario."

Dante, Divina Comedia. Página 427. Barcelona; año 1995. Editorial Planeta, S.A. Seleccionado por Javier Muñoz Castaño. Curso 2011-2012, segundo de Bachillerato

Las mil y una noches, "Noches 86 y 87"

Así pues, llegada la noche y a instancias de su hermana. Shahrasad reanudó el relato:
Cuentan, majestad, que, de acuerdo con lo que Gafar siguió contando al califa Harún Arrashid, Shamsaddín ordenó al jorobado que abandonara el lugar.
-¿Creéis que estoy loco? -gritó-. Yo no me muevo de aquí hasta que haya salido el sol. Ayer, cuando vine a hacer mis necesidades, me salió un gato negro que, en un santiamén, adquirió el tamaño de un búfalo y me dio muy precisas instrucciones acerca de cómo me debía comportar. De modo que, dejadme solo, y que sea lo que Dios quiera. ¡Maldita novia!
Pero el anciano visir Shamsaddín sacó al palafrenero del retrete.
Y śte se dirigió directamente al palacio para contar a su majestad el sultán las peripecias que había vivido con el genio, Por su parte, Shamsaddín, enormemente desconcertado y sin entender la situación, regresó a la habitación donde había dejado a su hija y le pidió que le contara todo lo que había ocurrido.
-No hay nada que contar, padre. Sencillmente, ayer las sirvientas me presentaron a un apuesto joven que ha pasado la noche conmigo. Aquí en esta silla, dejó su turbante y sus enseres personales, y, debajo de la cama, está su ropa. Por cierto, en el turbante hay algo envuelto que no sé qué es.
El visir tomó cuidadosamente el turbante de Badraddín Hasan y, al observar que se trataba de una lujose prenda, exclamó: . Y lo examinó detenidamente, descubriendo, al darle la vuelta, que llevaba un lujoso forro en el que se había cosido un pliegue de papel sellado. Acto seguido, cogió los zaragüelles, donde encontró la bolsa con los mil dinares y la hoja que rezaba: < El infrascrito, Bradaddín Hasan de Basora, ha vendido al judío Isaac el cargamento del primer barco que llegue a puerto por mil dinares, cantidad que ha cobrado por adelantado>. A Shamsaddín no se le escapó el hecho de que el joven que había poseído a su hija aquella noche era su mismísimo sobrino, hijo de su hermano Nuraddín. Y, a causa de la emoción desmayó.
La luz del alba sorprendió a Shahrasad y ella dejó de hablar.
<¡Qué historia tan maravillosa!>, exclamó su hermana Dinarsad.
afirmó Shahrasad.
Así pues, llegada la noche y a instancias de su hermana, Shahrasad reanudó el relato:
Cuentan, majestad, que, de acuerdo con lo que Gafar siguió contando al califa Harún Arrashid, al recuperarse de su pérdida de conocimiento, Shamsaddín cogió el papel plegado y sellado que estaba cosido en el turbante y se dispuso a leerlo. Huelga decir que su sorpresa fue mayúscula al descubrir que el papel contenía un mensaje de su hermano Nuraddín, escrito de su propio puño y letra.
-Hija mía ¿ sabes quién es el joven que te ha poseído?- le preguntó con manifiesta alegría-. Pues es tu primo, el hijo de mi hermano Nuraddín, y estos mil dinares constituyen tu dote nupcial.
En verdad Dios-alabado sea- es Todopoderoso, gracias a su decreto, lo que fue motivo de disgusto entre tu tío y yo se ha hecho realidad. Ya me gustaría saber cómo ha podido ocurrir.
Y, con los ojos estupefactos, siguió contemplando el papel. Ahora descubrió la fecha exacta en que su hermano lo había redactado, lo besó reiteradamente y, con una profunda añoranza hacia su hermano, recitó:

Al ver vuestras huellas, os añoro,
y me deshago en lágrimas.

Y pido a Quien de vos me separó
que me permita el reencuentro.

Al leer el mensaje entero que contenía el papel pudo conocer la fecha exacta de la llegada de Nuraddín a Basora, la fecha de su boda con la hija del visir de aquella ciudad, la fecha del nacimiento de Badraddín y la fecha en que Nuraddín murió.
El anciano visir Shamsaddín comparó los acontecimientos que había vivido su hermano con los que había vivido él mismo: las fechas de sus respectivas bodas y el nacimiento de sus hijos coincidían sorprendentemente, y, además, su sobrino había ya poseído a su hija. Ante tantas casualidades, no pudo evitar coger el papel y la bolsa con los mil dinares y dirigirse al sultán para contarle lo sucedido.El soberano encontró tan extraordinarios aquellos acontecimientos que ordenó que fueran escritos en los anales del reino.
A partir de aquel momento, el anciano visir Shamsaddín sólo tuvo un ansia: conocer a su sobrino. Pero la espera se prolongó un día, y otro, y, transcurrida una semana sin saber nada de él, tomó la firme resolución de hacer algo que seguramente nadie había hecho jamás. Cogió tinta y papel y procedió a hacer el inventario de todos los enseres de la habitación nupcial, especificando su situación exacta, y guardó en lugar aparte los
zaragüelles, el turbante y la bolsa.
La luz del alba sorprendió a Shahrasad y ella dejó de hablar
, exclamó su hermana Dinarsad.




Las mil y una noches, Barcelona, año 1998, Ediciones Destino, col. Áncora y Delfín, vol. 826, págs. 224-226. Seleccionado por Olga Domínguez Martín, segundo de bachillerato, curso 2011-2012.

Las mil y una noches, "Noche 182".

Llegada la noche, Dinasard pidió a su hermana Shahrasad que, si no tenía sueño, les siguiera contando la historia para pasar más agradablemente la velada. Y Shahrasad accedió encantada: Cuentan, majestad, que Abulhasan y la sirvienta emprendieron camino en dirección a la casa de Nuraddín Alí ben Bakkar. La sirvienta permaneció de pie ante la puerta mientras él entraba para anunciar a su amigo la visita.
-¿Qué te trae por aquí? -preguntó Nuraddín Alí nada más ver entrar a su amigo Abulhasan.
-No te preocupes -respondió abulhasan, guiñándole un ojo-.
Un amigo tuyo ha enviado a su sirvienta con una carta en la que, según parece, expresa su añoranza y te explica los motivos de su tardanza en visitarte. ¿Puedes, pues, darle permiso para que pase?
-Por supuesto -asintió Nuraddín Alí ben Bakkar, dándo órdenes a uno de los sirvientes de que la hiciera pasar.
Nuraddín Alí se alegró enormemente de ver a la sirvienta de Shamsannahar y, guiñándole también un ojo para disimular ante los sirvientes, le preguntó:
-¿Cómo se encuentra vuestro amo, Dios le depare salud y bienestar?
La mujer le entregó la carta, que él cogió ilusionado, la besó y, alargándola a Abulhasan, le pidió que se la leyera. Decía así:

En el Nombre de Dios Excelso,

Pregunta al que mis noticias te trae,
y que en sus palabras puedas verme,

Al partir, me dejaste el corazón en ascuas
y los ojos en permanente vigilia.

Sólo me quedan paciencia y resignación,
y siempre reinarás en mis pensamientos.

Mirándote el cuerpo, consumido de deseo,
sabrás cómo el fuego del amor devora el mío.

Amor mío, si no hubiera sido por el irrefrenable deseo de comunicarte cómo me encuentro, qué sufrimiento me causa tu ausencia y el grado de mi añoranza, no me hubiera atrevido a pronunciar una palabra ni a escribir una sola línea. Pero quería abrirte completamente mi corazón, anunciarte mis penas físicas y sentimentales, pues si pudieras verme, ello te bastaría. En otras palabras, quiero decirte que mis ojos no encuentran descanso, que mis pensamientos únicamente tú existes, que tengo el corazón destrozado y que mi alma sufre amargamente. Tanto llego a sufrir que tengo la impresión de que no he vivido nunca un momento feliz, de que nunca he conocido la tranquilidad y de que he estado siempre abandonada. Ojalá pudiera llorar siempre ante quien comparte mis lamentos y mis lágrimas, y ante mis quejas comprende. Por eso te dedico estos versos:

De tu compañía no puedo disfrutar,
no conozco alegría, lejos de ti.

El destino nos ha separado,
y mis lágrimas por ti derramo.

Que Dios Excelso nos una de nuevo, como a todos los amantes. Pero mientras ese momento no llega, escríbeme unas palabras de consuelo. Y tú sé paciente, Hasta que Dios Todopoderoso tenga a bien facilitar nuestra tan deseada unión. Saludos a Abulhasan.

A Abulhasan la carta le carta le pareció escrita con tanto sentimiento que le conmovió profundamente y a punto estuvo de relevar en voz alta el contenido de la misma.
-Quien has escrito esta carta -dijo a su amigo Nuraddín Alí ben Bakkar- se ha excedido en delicadeza y afección. Se merece una pronta y adecuada respuesta.
-Pero ¿qué podré yo decirle? -replicó Nuraddín Alí ben Bakkar, intentando vencer su debilidad-. ¿Con qué voz puedo yo lamentarme y con qué mano puedo agarrar la pluma si cada momento que pasa mi sufrimiento se agrava?
No obstante, Nuraddín Alí ben Bakkar se incorporó y cogió una hoja de papel.
La luz del alba sorprendió a Shahrasad y ella dejó de hablar.
"¡Es un historia escelente!", exclamó su hermana Dinasard. "Pues lo que os contaré la próxima noche, si el rey me deja vivir, es mucho más extraordinario aún", dijo Shahrasad.

Las mil y una noches, Barcelona, ed. Ediciones Destino, año 1998, págs. 388-390. Seleccionado por Luis Francisco Galindo Cano, segundo de Bachillerato, curso 2011-2012.

jueves, 3 de noviembre de 2011

El Misántropo, "Acto I", Menandro

QUÉREAS.- ¿Qué dices, Sóstrato? ¿ Qué viste aquí a una muchacha libre depositando unas coronas a las Ninfas de al lado y te enamoraste de repente?
SÓSTRATO.- De repente.
QUÉR.- ¡Qué rápido! ¿Es que ya habías decidido enamorarte de alguien al salir de casa?
Sós.- Ríete, pero yo, Quéreas, lo paso mal.
QUÉR.- No lo dudo
Sós.- Por eso vengo y he pedido tu ayuda en este asunto, porque te considero un amigo y hábil para tratar asuntos así.
QUÉR.- En casos como éste, Sóstrato, hago lo siguiente: ¿necesita ayuda un amigo enamorado de una cortesana? inmediatamente la rapto y la traigo me emborracho, pego fuego a la puerta, en absoluto atiendo a razones pues ante de saber quién es, hay que conseguirla, ya que la tardanza hace crecer mucho la pasión, y la rapidez rápido la aquieta. ¿Me habla uno de casarse y de una muchacha libre? Entonces yo soy otro, Me entero de la familia, de su hacienda, de sus costumbres. Para todo el tiempo que le quede de vida le dejo yo recuerdo al amigo de cómo manejo estas cosas.
Sós.- Muy bien. Pero a mí no me gusta nada.
QUÉR.- Ahora por lo menos, hace falta que nos pongas al corriente de toda la historia.
Sós.- Con el alba despaché dede mi casa de Pirrias, mi compañero de caza...
QUÉR.- ¿Adónde?
Sós.- Para encontrar al padre de la chica o al dueño de la casa, cualquiera que él sea.
QUÉR.- ¡Por Heracles! ¡Qué dices!
Sós.- He hecho mal, porque quizá un asunto como éste no es adecuado para un esclavo.Pero no es fácil que un enamorado tenga conciencia de lo que conviene. Y me extraña todo el tiempo que tarda, pues le dije que volviera ensefuida a casa en cuanto supiera lo que me interesaba.



Menandro, El Misántropo, Madrid, ed. Gredos, col. Biblioteca básica de Gredos, vol. 99, año 1986, págs 156-157. Seleccionado por Olga Domínguez Martín, curso 2011-2012, segundo de Bachillerato.

El siglo de Augusto

El primer acto del nuevo cónsul fue hacer condenar por un tirbunal regular a los asesinos de su padre en virtud de una ley, la 'lex Pedia', propuesta por el otro cónsul; luego partió hacia el norte, pata una entrevista con Antonio. Y fue cerca de Bolonia donde se estableción entre Antonio, Lépido y él, el segundo Triunvirato. A diferencia del que antaño uniera secretamente a César, Pompeyo y Craso, este nuevo triunvirato constituía una magistratura oficial, aunque de carácter excepcional. Los tres asociados se atribuían a sí mismos la misión de restaurar el Estado asegurámdole una constitución viable.
Las intrigas de los meses precedentes habían dejado demasiado resentimiento en los tirunviros , demostrando alas claras el peligro que constituía la oposición republicana, pera que no ententaran hacer imposible su renacimiento en el futuro. Y empezaron las proscripciones. Cierto treinta senadores fueron inscritos en las listas fatales para ser condenados a muerte sin juicio. Un gran número de caballeros corrieron la misma suerte. No tdos pertenecieron, pero los sobrevivientes tuvieron que esconderse; pronto no subsistió en Roma ningún miembro importante de la facción republicana. El mismos Cicerón fue muerto cuando, demasiado tarde, trataba de huir.

El siglo de Augusto

Cartas de las heroínas, Ovidio.

[Yo, Hermíone, me dirigo a ti, que hasta hace poco eras mi hermano y mi marido, y ahora sólo mi hermano. Otro lleva el nombre del esposo mío.]
Pirro, el hijo de Aquiles, violento a imagen de su padre, me tiene encerrada contra las leyes humanas y divinas. Me resistí a que me poseyera (sino en contra de mi voluntad), lo único que podía hacer; para el resto no fue lo bastante fuerte mi mano de mujer. <¿ Qué haces, Eácida? No me falta un vengador>, le dije; . Él, más sordo que el mar, mientras yo llamaba a voces a Orestes, me arrastró bajo su techo con el pelo en desorden.
¿Qué humillación peor habría soportado si, vencida Lacedemonia, yo hubiera raptado para tener nueras griegas?
Menor fue el ultraje que la Acaya vencedora hizo a Andrómaca, cuando el fuego de los griegos quemó las riquezas frigias.
Pero tú, Orestes, si es verdadero tu amor por mí y te conmueve, lanza tus valientes manos a defender lo que es tuyo. ¿Es que cogerías las armas si alguien te abriera los establos y te robara los rebaños, y te quedarías indiferente si es tu esposa lo que te roban? Mira el ejemplo de tu suegro, que reivindicó a su esposa raptada, [ para quien una mujer fue justa causa de guerra; si mi padre, indolente, se hubiera puesto a llorar en el abandonado palacio] mi madre habría seguido siendo esposa de Paris, (como antes). Y no tienes que preparar mil barcos ni mil velas ondulantes, ni innumerables soldados dánaos: ven tú. Así también se me tenía que haber buscado, que no es vergonzoso para un marido librar fieros combates por el lecho amado. ¿Qué me dices de que tu abuelo y el mío sea el mismo Atreo, hijo de Pélope, y que si no fueras mi marido, serías de todos modos mi hermano? Socórreme, por favor, como marido a mujer, como hermano a hermana, porque esos dos nombres te obligan a cumplir tu deber. MI abuelo Tindáreo, autorizado por su vida y por sus años, tenía la tutela de su nieta y me entregó a ti. Mientras que mi padre, que lo ignoraba, me había comprometido con el Eácida; ojalá pudiera más mi abuelo, que fue primero de los dos. Cuando era tu prometida, mi antorcha nupcial no hacía daño a nadie; pero si me casan con Pirro, te haré daño a ti. Mi padre, Menelao, podrá perdonar nuestro amor porque él ha sido víctima de las flechas del dios alado. Consentirá a su yerno el amor que se permitió a si mismo, y mi madre, que él amó, servirá de ejemplo. Tú eres para mí lo que mi padre para mi madre: Pirro tiene el papel que tuvo en otros tiempos el extranjero dardanio. Aunque él pueda jactarse toda la vida de las proezas de su padre, tú también tienes hazañas de tu padre que contar. El Tantálida era soberano de todos, incluso del mismo Aquiles; Aquiles era parte del ejército, mientras él era rey de reyes. Tú desciendes de Pélope, tu bisabuelo, y del padre de Pélope; si cuentas bien, eres descendiente de Júpiter en quinto lugar. Y no te falta valor. Empuñaste unas armas odiosas, ¿pero qué podías hacer, si te las dio tu padre? Yo hubiera preferido que demostraras tu valor en mejor asunto; pero no elegiste tú la causa de tu acción, sino que te fue impuesta. Tuviste que llevarlo a cabo: Egisto con la garganta abierta manchó de sangre la misma mansión que antes había manchado tu padre.


Ovidio, Cartas de las heroínas, Hermíone a Orestes, Madrid, ed. Gredos, col. Biblioteca Básica de Gredos, vol.69, año 2001, págs. 62-64. Seleccionado por Olga Domínguez Martín, segundo de Bachillerato,curso 2011-2012 .

Las Traquinias, Sófocles

HILO. Pero ni tu madre está aquí, sino que en la costera Tirinto consiguió establecer su asentamiento, y de tus hijos a uno de ella se los llevó y ahora los cuida, otros tal vez sepas que habitan la ciudad de Tebas, pero todos nosotros cuantos estamos aquí, si es preciso, padre, hacer algo, te obedeceremos y estaremos por entero bajo tus ordenas.

HERACLES. Escucha tú, entonces, el asunto. Has llegado a un punto en que deberás mostrar qué clase de hombre eres, si has de seguir siendo llamado hijo mío. Tuve yo hace ya tiempo una predicción de boca de mi padre sobre que no caería muerto a manos de ninguno de los que aún respiran, sino que sería cualquier habitante ya desvanecido del Hades. Pues bien, éste fue, la fiera del centauro, según rezaba la predicción divina, el que de esta manera a mí aún vivo me mató él ya muerto. Y te diré que semejantes a éstos sobrevivieron unos nuevos oráculos, concordes con los de antaño, los cuales, al entrar yo en el bosque sagrado de los montaraces Selos que duermen en el suelo, me hice escribir de boca de la paterna encina de muchas lenguas, la cual me comunicó que en el tiempo en que ahora vive y está presente sería llevada a cumplimiento la liberación de las fatigas que me estaban impuestas. Y yo creía que en el futuro viviría feliz. Pero eso no era otra cosa que el que yo muriera, pues a los muertos no se le añade fatiga alguna. Pues bien, puesto que esto sobreviene de forma manifiesta, hijo, es preciso que una vez más te resuelvas en aliado de este hombre, y no esperes a que mi lengua exacerbe, sino que cedas y le ayudes, reconociendo que la mejor forma de vida es obedecer al padre.

HILO. Pero, padre, siento miedo al llegar a tal punto del relato.Sin embargo, obedeceré en lo que te parezca bien.

HERACLES. Dame tu mano derecha antes de nada.

HILO. ¿Por qué vuelves así sobre esta fidelidad?

HERACLES. ¿No la tomarás al punto? ¿Desconfiarás de mi?

HILO. Aquí la tiendo, y nada será objeto de disputa frente a ti.

HERACLES. Jura entonces, por la cabeza de Zeus que me engendró que...

HILO. Que... pero ¿qué he de hacer? ¿Y esto, me será dicho?

HERACLES. Que la empresa que te diga cumplirás.

HILO. Yo lo juro con Zeus por testigo de juramento.

HERACLES. Y si lo transgredieses, suplica obtener calamidades.

HILO. No hay que temer que las alcance, porque lo cumpliré. No obstante, elevo la súplica.

HERACLES. Pues bien, ¿conoces la elevada colina del Eta consagrada a Zeus?

HILO. La conozco, porque como sacrificador muchas veces en efecto estuve allí arriba.

HERACLES. Pues allí es preciso que lleves este cuerpo mío por tu propia mano y con aquellos que necesites de entre los amigos, y que, tras cortar abundante madera de encina de profunda raíz y arrancar también abundante olivo macho silvestre, arrojes mi cuerpo dentro y prendas fuego utilizando la llama de una antorcha de pino. Y no se derrame lágrima alguna de lamento, sino que sin sollozos ni lágrimas actúa, si realmente eres hijo de este hombre. Si no, de continuo seré para ti yo, incluso cuando esté allí abajo, una maldición por siempre pesada.

HILO. ¡Ay de mí, padre!, ¿qué has dicho? ¡Qué clase de empresa me acabas de encomendar!

HERACLES. Cual es la que debe ser hecha. Si no, hazte hijo de otro padre y no te llames ya mío.

HILO. ¡Ay de mí una vez más! ¡Aqué cosas me incitas, padre! ¡A convertirme en asesino e impuro matador tuyo!

HERACLES. De ningún modo por mi parte, sino en remediador de lo que tengo y único médico de mis males.

HILO. ¿Y cómo podría curar tu cuerpo prendiendo fuego a la pira de debajo?

HERACLES. Bien si sientes miedo ante esto, pon en práctica al menos lo demás.

HILO. Al traslado al menos, tenlo por cierto, no habrá negativa.

HERACLES. ¿Y el levantamiento de la pira mencionada?

HILO. En la medida en que yo pueda, con tal de no tocarla con mis manos. Pero lo demás lo haré y no tendrás queja por mi parte.

HERACLES. Bien, bastará eso incluso. Pero concédeme un pequeño favor más, añadiéndolo a los otros grandes.

HILO. Aunque se más grande, será cumplido.

Sófocles, Las Traquinias, Madrid, ed. Alianza, col. Clásicos de Grecia y Roma, año 2008, págs. 163-166 Seleccionado por Luis Francisco Galindo Cano, curso 2011-2012, segundo de Bachillerato

jueves, 27 de octubre de 2011

Arte de amar, Ovidio.

Si hay alguien entre el público que no conozca el arte de amar, que lea esta obra y, cuando se haya documentado leyéndola, que ame. Por medio del arte se mueven las rápidas barcas a vela y remo, por medio del arte también los ligeros carros, y por medio del arte ha de ser gobernado por el Amor. Automedonte tenía las cualidades idóneas para conducir carros y sujetar las flexibles riendas; Tifis era el timonel en la nave hemonia; pero a mí Venus me puso ante los ojos de todos como maestro en el arte del tierno Amor: dirán de mí que soy el Tifis y el Automedonte de Amor.
Él es, desde luego, arisco y de tal ánimo que muchas veces se resuelve contra mí, pero es un niño y su edad es dócil y propia para dejarse guiar. El hijo de de Fílira enseñó a tocar la cítara a Aquiles cuando era pequeño y con este pacífico arte dominó su carácter violento; el que tantas veces fue terror para sus compañeros y tantas veces para los enemigos, cuéntase que sentía un pánico grande ante aquel anciano cargado de años; y las manos de Héctor probaría más tarde, las ofrecía él sumisamente a los palmetazos, siempre que el maestro se lo pedía. Quirón fue el preceptor del Eácida, yo solo soy del Amor: coléricos son ambos niños y ambos hijos de una diosa. Pero, no obstante, también la cerviz del toro soporta el peso del arado y los dientes de un caballo desbocado acaban por morder el freno. De igual manera el Amor se inclinará ante mí, aunque hiera mi corazón con su arco y agite sus antorchas, blandiéndolas en contra mía. Cuanto más enconadamente el Amor me haya clavado sus flechas y me haya abrasado, tantos más motivos tendré para vengarme de la herida que me haya hecho.
No mentiré diciendo,Febo, Que tú me has dado estas artes, ni tampoco un ave celestial me adoctrina con su canto, ni se me han aparecido Clío y sus hermanas mientras apacentaba rebaños en tus valles, Ascra; es mi propia experiencia la que me inspira esta obra: haced caso, pues, a un poeta experto; cantaré la verdad: madre del Amor, favorece esta mi empresa. Lejos de aquí, delgadas cintas, emblema del pudor, y tú, larga banda que cubres las piernas hasta la mitad. Yo cantaré un amor que no tiene nada que temer y unos escarceos permitidos. No habrá ningún delito que reprochar a mis versos.
Lo primero de todo, tú que por primera vez vienes como soldado a revestirte con armas nuevas, procura descubrir lo que deseas amar. El paso siguiente es conquistar a la joven que te ha gustado; y en tercer lugar, conseguir que el amor dure por largo tiempo. Éste es mi plan: éste es el campo que mi carro dejará señalado a su paso, ésta es la meta que deben tocar mis ruedas en su loca carrera.

Ovidio, Arte de amar, Madrid, ed. Gredos, col. Biblioteca Básica Gredos, vol. 66 , año 2001, págs. 143-145. Seleccionado por Luis Francisco Galindo Cano, segundo de Bachillerato, curso 2011-2012.

El militar fanfarrón, "Acto II, escena segunda", Plauto.

PAL.- Distinguido público, heme aquí dispuesto a contarles el argumento de esta comedia, si es que ustedes tienen la bondad de prestarme su atención. Si alguien no quiere escuchar, que se levante y se marche, para hacer sitio donde sentarse al que lo quiera. Ahora os diré el argumento y el título de la comedia que vamos a representar, que es para lo que estáis aquí reunidos en este lugar de fiesta: en griego se titula la pieza Alazón, lo que en latín se dice gloriosus, osea, fanfarrón. Esta ciudad es Éfeso; el militar este que acaba de irse ahora a la plaza es mi amo, un fanfarrón, un sinvergüenza, un tipo asqueroso, que no vive sino del perjurio y del adulterio. Se empeña en que le persiguen todas las mujeres, y, en realidad, no es sino el hazmerreír de ellas por donde quiera que va. Por eso tienen aquí por lo general las golfas el morro torcido, a fuerza de burlarse de él haciéndole muecas con los labios. En cuanto a un servidor, no hace mucho que me encuentro a las órdenes del susodicho militar: ahora mismo les digo cómo es que pasé a ser esclavo suyo en lugar del amo que tenía antes; prestad atención, que ahora empiezo a contar el argumento. Yo estaba en Atenas al servicio de un amo que era una bellísima persona y que estaba enamorado de una cortesana hija de madre de Atenas del Ática, y a ella le pasaba lo mismito con él, lo cual se puede decir que es la forma ideal de amar. Mi amo fue enviado a Naupacto con un asunto oficial de gran importancia. Entretanto, se presenta el militar este en Atenas y empieza a insinuarse con la amiga de mi amo; venga a camelar a la madre trayéndole vino, aderezos, buenas cosas de comer, hasta que consigue hacerse persona de confianza en casa de la señora. En cuanto que se le presentó la ocasión, va y engaña a la madre de la muchacha de la que estaba enamorado, y, sin que ella se dé cuenta, coge a la hija, la embarca y la trae a la fuerza aquí a Éfeso. Cuando yo me entero de que la miga de mi amo ha desaparecido de Atenas, cojo y, lo más rápidamente que puedo, me busco un pasaje y me embarco en dirección a Naupacto para informarle de lo sucedido. Hete ahí que no encontrábamos ya en alta mar, cuando aparecen por permisión divina unos piratas que capturan el barco en donde yo iba, osea que encuentro mi perdición antes de encontrarme con mi dueño como era mi propósito. El que me hizo cautivo me entregó como esclavo al militar este, que me lleva con él a su casa, donde al entrar me topo con la amiga ateniense de mi amo. Ella al reconocerme me hace señas con los ojos de que no le hable; luego, cuando tuvimos ocasión, se me queja de sus infortunios: me dice que está deseando salir huyendo de aquella casa y volver a Atenas, que ella sigue queriendo a mi amo el de Atenas y que no hay para ella otra persona más aborrecible que el militar. Yo, que me doy cuenta de la situación en que está la muchacha, cojo y escribo una carta y se la entrego en secreto a un comerciante para que se la lleve a mi amo el de Atenas, el que estaba enamorado de la chica, para que se persone aquí en Éfeso. No ha hecho él caso omiso de mi mensaje, porque ha venido y se aloja aquí junto a nosotros, en casa de un antiguo amigo de su padre, un viejo que es realmente un hombre encantador; que está nada más que servirle los pensamientos a su enamorado huésped y que nos ayuda con su colaboración y sus consejos. O sea que yo he podido organizar aquí un truco estupendo para que se pudieron reunirse los enamorados: en una habitación que el militar a reservado para su amiga, donde tiene prohibido que nadie ponga los pies aparte de ella, allí en esa habitación ha hecho un boquete en la pared por donde la muchacha pueda pasar en secreto a la casa del vecino de al lado- a sabiendas del viejo, por supuesto; él ha sido quien me ha dado la idea-; y es que el otro esclavo a quien el militar ha encargado la custodia de su amiga es un pobre diablo, o sea, que a fuerza de ingeniosos trucos y de bien tramados engaños le pondremos un velo delante de los ojos y conseguiremos que no haya visto lo que ha visto; y después, para que no os confundáis, la misma muchacha va a hacer el papel de dos,de la que vive aquí en esta casa y de otra que va a vivir en la de al lado.



Plauto, Comedias, El militar fanfarrón , ed. Gredos, col. Biblioteca básica Gredos, vol. 41, 2000, págs 282-284, seleccionado por Olga Domínguez Martín, curso 2011-2012, segundo de Bachillerato.




jueves, 20 de octubre de 2011

Vida de Esopo, Esopo

Su amo, que lo tenía siempre en silencio y sin hacer nada en su casa de la ciudad, lo mandó al campo...y uno de sus compañeros de esclavitud viendo al otro triste le dijo:
-Compañero, sé que estás pensando: quieres comer higos.
-Sí, por Zeus - respondió-. ¿cómo lo sabes?
-Por la manera de mirar conozco tu intención. Así que voy a darte una idea de cómo nos los comeremos los dos.
-Pues no has dado ninguna buena idea -dijo el otro-, porque cuando venga el amo a buscar higos y no podamos dárselos, ¿qué va a pasar?
-Díle que Esopo, al encontrar por casualidad abierto el almacén, irrumpió en él y se comió los higos. Así como Esopo no puede hablar, será castigado y tú satisfarás plenamente tu deseo.
Dicho esto se sentaron en torno a los higos y se los comieron, mientras decían:
-¡Ay de Esopo! Verdaderamente está echado a perder y nada le viene mejor que el que le peguen. Así, por una vez, nos vamos a poner todos de acuerdo, y lo que se pueda romper, estropear o caer al suelo, decimos que lo ha hecho Esopo y nos evitaremos problemas en adelante.
Y así se comieron los higos.
A la hora de costumbre, al amo, después de tomar el baño y desayunar, le entraron ganas de higos, se fue a buscar el fruto y dijo:
-Agatopo, dame los higos.
Al ver el amo que se lo tomaba a risa, se molestó y cuando supo que Esopo se había comido los higos, dijo:
-Que llame uno a Esopo.
Después que fue llamado se presentó.



Esopo, Vida de Esopo, Madrid, ed. Gredos, col. Biblioteca básica Gredos, vol.9, 2000, págs 139-140, seleccionado por Olga Domínguez Martín, curso 2011-2012, segundo de Bachillerato.

CANTO XXXII

No comerá bellotas, ciertamente,
la tierra, mientras no la obligue el hambre;
duro hierro no depondrá. A menudo
despreciará oro y plata, satisfecha
con pólizas de cambio. De la sangre
de los suyos, no se abstendrá la mano
de la pródiga estirpe, antes cubierta
de estragos será Europa y la otra orilla
del atlántico mar, fresca nodriza
de civilización, siempre que incite
a la lucha a las huestes fraternales
por pimienta, canela u otro aroma,
o azucaradas cañas, o un motivo,
el que sea, que en oro se convierta.
Amor a la justicia, verdadero
valor, modestia, fe y virtud
extraños serán en todo estado, en los comunes
negocios , y serán desventurados
siempre, y escarnecidos y vencidos,
que, por naturaleza, en todo tiempo con la mediocridad, reinarán siempre
y siempre flotarán. De imperios y fuerzas
abusará quien sea, bajo un nombre cualquiera. Que esta ley antes grabaron
Natura y el destino con el diamante;
y no la borrarán con sus centellas
Volta ni Davy, ni Inglaterra toda siquiera con sus máquinas, ni un Ganges
de escrituras políticas, el siglo
nuevo. El bueno en tristeza; el vil, el pícaro
en triunfo siempre; contra el alma excelsa
en armas conjurado el mundo entero;
del verdadero honor, secuaz el odio,
la envidia y la calumnia; de los fuertes
víctima el débil; de los ricos, siervo
y adulador el pobre;en toda forma
de público gobierno, de la eclíptica,
o de los polos cerca o cerca o lejos, siempre,
si al humano linaje el propio albergue
y los rayos de sol no faltan nunca.

CANTOS, páginas 126 y 127 del canto XXXII. EDITORES ORBIS S.A. Barcelona. aÑO 1988. Seleccionado por Javier Muñoz Castaño, curso 2011-2012, segundo de bachillerato.

Electra, Sófocles

Electra.- ¿De dónde sacarías tú alivio de mis penas, para las que no es posible ver remedio?
Crisótemis.- Está Orestes entre nosotros, sábelo oyéndolo de mí, tan verdad como que me ves.
Electra.- ¿Acaso estás loca, oh desgraciada, y de tus propios males y los míos te ríes?
Crisótemis.- ¡Por el hogar paterno, no digo esto por burla, sino porque cerca está de nosotras dos!
Electra.- ¡Ah desdichada! ¿Y de cuál de los mortales oíste esta noticia para creerla así tan firmemente?
Crisótemis.- Yo de mí misma y no de otra; después de ver claras pruebas, creo en esta noticia.
Electra.- ¿Y qué indicio has visto, desdichada? ¿Qué has mirado para que te me exaltes con esta fiebre incurable?
Crisótemis.- Por los dioses, escucha, para que, informada de mí, me llames luego sensata o necia.
Electra.- Habla tú entonces, si en tus palabras tienes algún placer.
Crisótemis.- Ya te digo todo cuanto vi. Cuando me acerqué a la antigua tumba de nuestro padre, veo que de lo alto de la cárcava corren hilos de leche recién vertida, y que la sepultura paterna entorno estaba coronada de todas cuantas flores hay. Al verlo me llené de asombro, y miro alrededor, no fuera que hubiera alguien muy cerca de mí. Pero cuando observé todo el lugar en calma, me acerqué al sepulcro y veo en la cima del túmulo un rizo cortado en joven cabello; así que lo vi, desdichada, se presenta en mi espíritu una imagen familiar, testimonio a mis ojos del más querido de todos los mortales, de Orestes. Tomándolo en las manos nada digo de mal agüero, pero con alegría lleno al momento mis ojos de lágrimas. Y ahora igual que entonces sé bien que esta ofrenda no puede venir sino de él. ¿Pues a quién otro corresponde si no es a ti o a mí? Yo no lo hice, de esto estoy segura, y menos tú; ¿cómo iba a ser? ¡Si ni para llegarte a los dioses puedes apartarte impune de este palacio! Tampoco ama el corazón de nuestra madre tales cosas, ni hubiera pasado inadvertida de hacerlas, sino que son de Orestes estas honras. Pero, ea, oh querida, anímate; con los mismos no está siempre la misma suerte; la de nosotras dos era antes odiosa, pero el día de hoy quizá nos traiga la confirmación de muchos bienes.


Sófocles, Electra, Madrid, ed. Ediciones Clásicas, año 1995, págs 58 y 59 Seleccionado por Luis Francisco Galindo Cano, curso 2011-2012, segundo de Bachillerato

Las troyanas, Eurípides

ATENEA.- ¿Me es lícito saludar al pariente más cercano de mi padre, al dios poderoso y honrado entre los dioses, ahora que he puesto fin a nuestra anterior enemistad?
POSIDÓN.- Sí puedes, soberana Atenea, que el trato entre parientes es un bálsamo no desdeñable para el corazón.
ATENEA.- Alabo tu carácter sensato. Traigo un mensaje que quiero poner a nuestra común consideración, soberano.
POSIDÓN.- ¿Acaso traes un nuevo mensaje divino de parte de Zeus o de alguno de los dioses?
ATENEA.-No, he venido para buscar tu fuerza y unirla a la mía en beneficio de Troya.
POSIDÓN.- ¡Vaya! ¿Es que has abandonado tu antiguo odio y ahora que arde entre llamas te ha dado lástima?
ATENEA.- Contesta primero a esto: ¿estás dispuesto a deliberar conmigo y a colaborar en lo que deseo llevar a cabo?
POSIDÓN.- Desde luego, pero primero deseo conocer tus propósitos. ¿Has venido a ayudar a los aqueos o a los frigios?
ATENEA.- Quiero que ahora se alegren los troyanos, mis antiguos enemigos, y hacer que el retorno del ejército aqueo sea amargo.
POSIDÓN.- ¿Y por qué saltas de un sentimiento a otro y odias en exceso o amas al azar?
ATENEA.-¿No sabes que hemos sido ultrajados yo y mi propio templo?
POSIDÓM.- Lo sé, cuando Áyax arrastró a Casandra por la fuerza.
ATENEA.- Y sin embargo nada le han hecho los aqueos, ni siquiera se lo han censurado.
POSIDÓN.- ¡Y pensar que destruyeron Ilión ayudados por ti!
ATENEA.- Por eso quiero dañarlos con tu ayuda.
POSIDÓN.- Estoy dispuesto, en lo que de mí depende, a lo que quieres. ¿Qué les harás?
ATENEA.- Quiero que tengan un retorno lamentable.



Eurípides, Tragedias, Las troyanas, Madrid, ed. Gredos. 2000, págs. 167-168, seleccionado por Olga Domínguez Martín, curso 2011-2012. Segundo de Bachillerato

jueves, 13 de octubre de 2011

Poéticas, Horacio.

Si un pintor quisiera añadir a una cabeza humana un cuello equino e introdujera plumas variopintas en miembros reunidos alocadamente de tal modo que termine espantosamente en negro pez lo que en su parte superior es una hermosa mujer, ¿podríais, permitida su contemplación, contener la risa, amigos? Creedme, Pisones, que a ese cuadro será muy semejante un libro cuyas imágenes se representen vanas, como sueños de enfermo, de manera que pie y cabeza no se correspondan con una forma única. Pintores y poetas siempre tuvieron el justo poder de atreverse a cualquier cosa. Lo sé, y tal licencia reclamo y concedo alternativamente, pero no para que vayan combinadas ferocidades y dulzuras, ni se aparecen serpientes con aves, corderos con tigres.
Frecuentemente, a principios solemnes y que prometían grandes cosas se le cosen uno o dos remiendos de púrpura para que reluzcan a lo lejos; se describe el bosque sagrado y el altar de Diana, el recorrido de presusora agua por alegres campiñas, o el Rin, o el arco-iris; pero de momento no era ése su lugar. Quizá sepas representar un ciprés, mas ¿ de qué vale ello al hombre que ha pagado para que se le le pinte nadando hacia su salvación, rota su nave y desesperanzando? Comenzóse a modelar un ánfora; ¿por qué del correr del torno sale un cántaro? En una palabra, que sea ello lo que se quiera, pero que al menos sea simple y uno.
La mayoria de los poetas, padre y jóvenes dignos de tal padre, somos engañados por la apariencia del bien. Me afano en ser breve, me hago oscuro; nervio y aliento faltan al que persigue la ligereza; otro, buscando lo sublime, cae en la ampulosidad; se arrastra en la tierra el prudente en exceso y el temeroso de la tempestad; el que desea trocar un tema sencillo con prodigios, pinta un delfín en los bosques, un jabalí en las olas. El evitar un fallo lleva, si se carece de arte, a un vicio. En el derredor de la escuela de Emilio, un escultor, en su taller de la planta baja, esculpirá las uñas e imitará la sedosidad de los cabellos en bronce, estéril artesano, en suma, ya que no sabrá componer, no querría ser ese hombre más que vivir con nariz deforme lllamando la atención con mis ojos y con mis cabellos negros.
Emprended los que escribís un tema adecuado a vuestras fuerzas y reflexionad largo tiempo acerca de qué rechazan o qué aceptan llevar vuestros hombros.


Horacio, Poéticas, Madrid, Editora Nacional, col. Biblioteca de la literatura y el pensamiento universales, 1984, págs. 123-124. Seleccionado por Olga Domínguez Martín, segundo de Bachillerato, curso 2011-2012.

Odisea "Canto XI", Homero

       Cuando hubimos llegado a la nave, alcanzada la orilla, en las ondas divinas botamos primero la nave y en el negro navío arbolamos el palo y las velas y embarcamos las reses y luego embarcamos nosotros, pero estábamos tristes, llorando muchísimas lágrimas. No tardó, tras la nave de proa azulada, en enviarnos un leal compañero en la brisa que henchía las velas, Circe, diosa dotada de voz y de crespos cabellos. Puesto ya el aparejo en su sitio en la nave, nosotros nos sentamos, y el viento y piloto llevaron la nave.

       Todo el día la nave viajera singló a toda vela, y se puso ya el sol y la sombra veló los caminos al llegar al confín del Océano de aguas profundas donde se halla la tierra y ciudad de los hombres cimerios, entre nieblas y nubes; son hombres a quienes los rayos explendentes del Sol no deslumbran jamás en la vida, ni siquiera al subir a los cielos poblados de estrellas ni tampoco al bajar de los dielos buscando la tierra: subre tales cuitados se extiende una noche de muerte. Arribamos allí, en tierra firme varamos, y luego nos llevamos las reses, siguiendo el perfil del Océano, hasta haber alcanzado aquel punto indicado por Circe.

       Perimedes y Euríloco asieron entonces las víctimas, saqué luego de junto a mi muslo la espada agudísima, abrí entonces un hoyo que un codo por lado tenía y vertí entorno de él tres ofrendas por todos los muertos: la primera con leche y con miel, la segunda con vino, la tercera con agua y vertí blanco polvo de harina,invoqué a los muertos al fin, a sus cabezas inanes, prometiendo matar, ya en Ítaca, una vaca infecunda, la mejor, y quemarla en la pira con ricas ofrendas; por Tiresias sacrificaría un carnero bien negro y sin mancha, el que más destacara entre todos mis hatos. Invocando ya el pueblo excelente de todos los muertos, tomé entonces las reses y las degollé sobre el hoyo, y la sangre corrió con oscuro vapor; del Erebo ascendieron, reunidas , las sombras de muchos difuntos: novias y jovenzuelos y ancianos que muchos sufrieron y muchachas con penas recientes en sus corazones y varones heridos por lanzas de punto de bronce, a los que Ares motó y cuyas armas aún sangre tenían; una turba agitábase en torno del hoyo, gritando de manera espantosa, y entonces sentí verde miedo.


Homero, Odisea, Barcelona, ed. Océano, 1995, págs 169 y 170.
Seleccionado por Luis Francisco Galindo Cano, Segundo de bachillerato, curso 2011-2012.