viernes, 5 de abril de 2013

Carmen, Posper Mérimée

España es uno de los países donde se encuentran aún hoy en mayor número esos nómadas dispersos por toda Europa y conocidos con los nombres de Bohémiens, Gitanos, Gypsies, Zigeuner, etc. La mayor parte habitan, o más bien llevan vidas errante, en las provincias del sur y del este, en Andalucía, Extremadura y el reino de Murcia; hay muchos en Cataluña. Estos últimos pasan frecuentemente a Francia. Se les encuentra en todas nuestras ferias del sur. Los hombres ejercen de ordinario los oficios de chalán, veterinario y esquilador de mulos; a ello unen la industria de arreglar calderos y utensilios de cobre, sin hablar del contrabando y otras prácticas ilícitas. Las mujeres dicen la buenaventura, mendigan y venden toda clase de drogas inocuas o no.
Los rasgos físicos de los gitanos son más fáciles de distinguir que de describir, y cuando se ha visto a uno solo, se reconocería entre mil a un individuo de esta raza. La fisonomía, la expresión, es, sobre todo, lo que les separa de los pueblos que habitan en el mismo país. Su tez es muy morena, siempre más oscura que la de las gentes entre las que viven. De ahí el nombre de calé, los negros, con el que ellos se designan frecuentemente. Los ojos, sensiblemente oblicuos, bien rasgados, muy negros, están sombreados por pestañas largas y espesas. Su mirada sólo puede compararse a la de una fiera. En ella se manifiestan al mismo tiempo la audacia y la timidez, y a este respecto los ojos revelan bastante bien  el carácter de esta raza, astuta, atrevida, pero con temor natural a los golpes como Panurgo.

Prosper Mérimée, Carmen, Editora Catedra.  Seleccionado por Esther Hernández Calvo,  segundo de Bachillerato, curso 2012/2013.

Los novios, Alessandro Manzoni


La hija del capitán, Alexander Pushkin

Al recobrar el conocimiento, estuve un tiempo aturdido, sin entender lo que me había pasado. Yacía en una cama, en un cuarto extraño y me dominaba una gran debilidad. Ante mí se encontraba Savélich con una vela en la mano. alguien me quitaba delicadamente las vendas que envolvían mi pecho y hombro. Poco a poco se me fue aclarando la mente. Me acordé del duelo y comprendí que estaba herido. En aquel instante chirrió la puerta.
-¿Qué?¿Cómo va? - pronunció una voz en un susurro que me hizo estremecer.
-En el mismo estado - respondió Savélich con un suspiro -: sin recobrar el conocimiento, y ya va para el quinto día.
Quise volverme, pero no pude.
-¿Dónde estoy? ¿Quién hay aquí? - pronuncié con gran esfuerzo.
María Ivánovna se acercó a la cama y se inclinó sobre mí.
-¿Qué?¿Cómo se siente usted? - dijo.
-Gracias a Dios - logré decir con voz débil -. ¿Es usted, María Ivánovna? Dígame... -no me sentí con fuerzas para continuar y callé.
Una expresión de alegría se dibujó en el rostro de Sanvélich.
Exclamó:
-¡Ha vuelto en sí!¡Ha vuelto en sí! - repetía -. ¡Gracias te doy, Dios Todopoderoso! ¡Ay, hijo mío, Piotr Andreich, qué susto me has dado!¡Se dice pronto!¡El quinto día!.
María Ivánovna interrumpió sus palabras.
-No hables mucho con él, Sávelich -dijo -. Aún está débil.
La muchacha salió del cuarto y entornó silenciosamente la puerta.
Los pensamientos se me soliviantaron. Así pues, me encontraba en casa del comandante. María Ivánovna entraba en mi cuarto. Quería hacerle unas cuantas preguntas a Savélich, pero el anciano meneó la cabeza y se tapó los oídos. Yo cerré contrariado los ojos y pronto caí en un profundo sueño.
Al despertarme llamé a Savélich, pero en su lugar encontré ante mí a María Ivánovna; su voz angelical me enviaba un saludo. No podria expresar el dulce sentimiento que invadió en aquel instante todo mi ser.  Tomé su mano y la estreché contra mí cubriéndola de emocionadas lágrimas. Masha no la apartaba...De pronto sus delicados labios rozaron mi mejilla y yo sentí su ardiente y fresco beso. Una ola de fuego recorrió todo mi cuerpo.



Aleksandr Pushkin, La hija del capitán, editorial Alianza, seleccionado por Beatriz Iglesias, segundo de Bachillerato, curso 2012/2013

Ivanhoe, Walter Scott

La habitación adonde lady Rowena fuera conducida estaba amueblada y decorada con tosca magnificencia, y su elección podía considerarse como una prueba de respeto de que no se había creído dignos a los demás prisioneros. Pero la mujer de Frente de Buey, para la cual se alhajara en otro tiempo, había muerto hacía muchos años, de suerte que se hallaban deteriorados por el abandono y la vejez los raros adornos con que aquélla se complaciera en embellecerla. En muchos lados los tapices colgaban hechos jirones, mientras en otros el sol había deslucido sus colores o se hallaban apolillados y destruidos por el tiempo. Estropeada y todo estaba, habíales parecido la pieza más decente del castillo para albergar a la heredera sajona, y en ella habíanla dejado reflexionar acerca de su situación, hasta que los actores de este abominable drama se hubieran repartido los papeles diferentes que debían representar. El reparto se hizo en una conferencia celebrada entre Frente de Buey, Bracy y el templario, y tras una larga y acalorada discusión sobre las ventajas que cada cual pretendía sacar de la empresa, quedó decidida, al fin, la suerte de los desgraciados prisioneros.


Walter Scott, Ivanhoe, Historia de la Literatura, seleccionado por Laura Mahillo, segundo de Bachillerato, curso 2012/13

viernes, 22 de marzo de 2013

El fantasma de Canterville, Oscar Wilde

I


Cuando el diplomado norteamericano Hiram B. Otis compró la mansión de los Canterville, todo el mundo le dijo que hacía una locura, porque no cabía la menor duda de que el lugar estaba encantado. Hasta el propio Lord Canterville, hombre de honradez escrupulosa, se creyóen el deber de comentárselo cuandohablaron de las condiciones. 
    -Nosotros mismos dejamos de residir allí -dijo Lord Canterville- desde que mi tía abuela, la duquesa viuda de Bolton, sufrió un ataque de nervios, del que nunca llegóa recuperarse, cuando las manos de un esqueleto se le apoyaron en los hombros mientras se vestíaparalacena, y me siento obligado a advertirle, señor Otis, que al fantasma lo han visto varios miembros de la familia, lo mismo que el párroco, elreverendo Augustus Dampier, miembro del King`s College de Cambridge. Tras el desafortunado accidente de la duquesa, la servidumbre más joven no quiso seguir con nosotros, y era frecuente que Lady Canterville no pudiera conciliar el sueño a causa de los ruidos misteriosos que venían del pasillo y de la biblioteca.
    -Milord-contestó el diplomático-, por el mismo precio me quedo con el mobiliario y el fantasma. Vengo de un país moderno, donde hay de todo lo que el dinero puede comprar. Con una juventud bulliciosa como la nuestra, que se gasta el dinero a manos llenas en el Viejo Continente y se lleva sus mejores actores y cantantes de ópera, estoy seguro de que, si en Europa existiera algo parecido a un fantasma, pronto lo exhibiríamos en alguno de nuestros museos o en algún espectáculo ambulante.
    -Me temo que el fantasma existe -dijo Lord Canterville, sonriendo-, aunque puede que se haya resistido a las ofertas de sus activos empresarios teatrales. Hace tres siglos que se sabe de él: para ser exactos, desde 1584, y siempre se presenta antes de que fallezca algún miembro de la familia.
    -Bueno, lo mismo que el médico de cabecera, Lord Canterville. Los fantasmas no existen, milord, e imagino que la aristocracia británica no es una excepción a las leyes de la naturaleza.
    -Se lo toman ustedes con mucha naturalidad en América -contestó Lord Canterville, que no había entendido del todo el último comentario de Otis-;  sino le importa que haya un fantasma en la casa, perfecto; pero recuerde que se lo advertí.
    Semanas más tarde se cerró el trato, y a finales de verano el diplomático se trasladó con su familia a Canterville.
   La señora Otis (de soltera Lucretia R. Tappen,calle53 Oeste, Nueva York, donde había sido toda una belleza), era ahora una mujer elegante de mediana edad, ojos hermosos y un perfil encantador. Cuando salen de su país, muchas norteamericanas adoptan un aire de enfermas crónicas, en la idea de que es una forma de refinamiento europeo, pero la señora Otis nunca había caído en ese error. Dotada de una constitución envidiable y de una sorprendente reserva de vitalidad, era en muchos aspectos muy inglesa, la verdad, y un buen ejemplo de cómo en realidad tenemos todo en común con Norteamérica , menos el idioma, naturalmente.
    El mayor de los hijos, al que los padres en un momento de patriotismo bautizaron con el nombre de Washington (lo que nunca dejó de lamentar), era un joven rubio y bien parecido que se había preparado para el cuerpo diplomático dirigiendo el cotillón tres temporadas seguidas en el casino de Newport, y que hasta en Londres tenía fama de buen bailarín. Sus únicas debilidades eran las gardenias y la nobleza. Por lo demás, era de lo más sensato.

    Oscar Wilde, El fantasma de Canterville , páginas 5, 6 y 7, Aula de literatura Vicens Vives. Seleccionado por Natalia Sánchez Martín,  segundo de Bachillerato, curso 2012/2013.

El padre de Sergio, León Tolstói

Alrededor del año 1840, en Petersburgo, tuvo lugar un suceso que sorprendió a cuantos de él tuvieron noticia: un oficial de coraceros del regimiento imperial, guapo joven de aristocrática familia en quien todo el mundo veía al  futuro ayudante de campo del emperador Nicolás I y a quien todos auguraban una brillantísima carrera, un mes antes de su enlace matrimonial con una hermosa dama tenida en mucha estima por la emperatriz, solicitó ser relevado de sus funciones, rompió su compromiso de matrimonio, cedió sus propiedades, no muy extensas, a una hermana suya, y se retiró a un monasterio, decidido a hacerse monje. El suceso pareció insólito e inexplicable a las personas que desconocían las causas internas que lo provocaron; para el joven arisócrata, Stepán Kasatski, su modo de proceder fue tan natural, que ni siquiera cabía en si imaginación el que hubiera podido obrar de manera distinca.
Stepán  Kasastki tenía doce años cuando murió su padre, coronel de la Guardia, retirado, quien dispuso su testamento que si él faltaba no se retuviera al hijo en su casa, sino que se le hiciera ingresar en el Cuerpo de cadetes. Por doloroso que a la madre le resultara separarse de su hijo, no se atrevió a infringir la voluntad de su difunto esposo, y Stepán entró en el Cuerpo indicado. La viuda, empero, decidió trasladarse a Petersburgo junto con su hija Várvara a fin de vivir en la misma ciudad que su hijo y poder tenerlo consigo los días de fiesta.


León Tolstói, El padre de Sergio, Editora RBA.  Seleccionado por Esther Hernández Calvo,  segundo de Bachillerato, curso 2012/2013.

Los cuentos de así fue. Rudyard Kipling



     La mariposa que pateó.

    Tienes aquí, mi queridísimo niño, una historia..., una historia nueva y maravillosa..., una historia totalmente distinta de todas las demás..., una historia sobre el requesabio soberano Suleiman-bin-Daoud: Salomón, hijo de david.
    De las trescientas cincuenta y cinco historias que hay sobre Suleiman-bin-Daoud, ésta no es ninguna de ellas. No es la historia del avefría que encontró el agua, ni la de la abubilla que con su sombra libró  del calor a Suleiman-bin-Daoud. No es tampoco la historia del pavimento de cristal, ni la del rubí del agujero retorcido, ni la de los lingotes de oro de Balkis. Ésta es la historia de la mariposa que pateó.
    ¡Así que vuelve a prestar toda tu atención y escucha!
    Suleiman-bin-Daoud era sabio. Entendía lo que decían las bestias, las aves, los peces y los insectos. Entendía lo que decían las rocas de las profundidades de la tierra, cuando se hacían reverencias unas a otras y gemían; y entendía el significado del susurro de los árboles a media mañana. Todo lo entendía, desde el obispo del tribunal hasta el hisopo del muro; y Balkis, su primera reina, era casi tan sabia como él.
    Suleiman-bin-Daoud era fuerte. Llevaba un anillo en el dedo anular de la mano derecha. Cuando lo hacía girar una vez, surgían de la tierra demonios malignos y espíritus para hacer lo que él mandara, Cuando lo hacía girar dos veces bajaban del cielo las hadas para hacer lo que él les dijera y cuando lo hacía girar tres veces , el propio e inmenso ángel Azrael de la espada se le presentaba vestido de aguador para contarle las noticias de los tres mundos: el de arriba, el de abajo y el de aquí.
    Y sin embargo Suleiman-bin-Daoud no era orgulloso. Raras veces se mostraba jactancioso, y cuando así lo hacía se sentía apenado por ello. En una ocasión trató de alimentar a todos los animales del mundo en un solo día, pero cuando la comida estaba preparada salió un animal de las profundidades del mar y lo devoró todo en tres bocados. Suleiman-bin-Daoud se quedó muy sorprendido y preguntó:
   -¡Oh animal! ¿Quién eres tú?
    Y el animal respondió: -¡Oh rey. que vivas por siempre! Soy el más pequeño de treinta mil hermanos que tenemos nuestra casa en el fondo del mar. Nos enteramos de que ibas a los animales de todo el mundo y mis hermanos me mandaron a preguntar cuándo estaría lista la comida.
    Suleiman-bin-Daoud quedó más sorprendido que nunca y le dijo: -¡Oh animal! Te has comido todo lo que había preparado para los animales de todo el mundo.
    Y el animal replicó: -¡Oh rey, que vivas por siempre! ¿De verdad llamas a eso una comida? En el lugar de donde vengo nos zampamos al menos el doble cada uno sólo entre comidas.
    Entonces Suleiman-bin-Daoud se tiró al suelo boca abajo y exclamó: -¡Oh animal! Daba esa comida para demostrar qué rey tan grande y rico soy, no porque en realidad quisiera ser amable con los animales. Me has dado una lección y me siento avergonzado.
    Suleiman-bin-Daoud era un hombre verdaderamente sabio, mi queridísimo  niño. Después de aquello nunca olvidó que la ostentación es una tontería; y ahora empieza la parte de mi verdadera historia.
   Se casó con muchas esposas: con novecientas noventa y nueve esposas, sin contar a la hermosísima Balkis; y todas vivían en un inmenso palacio dorado que estaba en un maravilloso jardín de fuentes. No quería en realidad a novecientas noventa y nueve mujeres, pero en aquellos tiempos todo el mundo se casaba con muchas esposas, y como es lógico el rey se tenía que casar con muchas más, sólo para demostrar que era el rey,
    Algunas de las esposas eran agradables pero otras eran realmente horribles, y las horribles se peleaban con las agradables y las volvían horribles, y todas se peleaban con Suleiman-bin-Daoud, lo cual era horrible para él. Pero Balkis la hermosa no se peleaba nunca con Suleiman-bin-Daoud. pues lo amaba demasiado- Se quedaba sentada en sus aposentos del Palacio Dorado, o paseaba por el jardín del palacio, y se sentía realmente apenada por él.
    Desde luego que si hubiera querido girar una vez el anillo en el dedo. habría convocado a los espíritus y demonios malignos, quienes habrían enmagado a las novecientas noventa y nueve esposas pendencieras, convirtiéndolas en mulas blancas del desierto. o en galgos o en semillas de granada; pero Suleiman-bin-Daoud pensaba que eso sería ostentoso. Por eso, cuando se peleaban mucho, se iba a pasear solo a una zona de los bellos jardines de palacio y deseaba no haber nacido.
    Un día, cuando llevaban peleándose tres semanas seguidas -las novecientas noventa y nueve esposas- Suleiman-bin-Daoud salió como de costumbre a buscar paz y tramquilidad; y encontró entre los naranjos a Balkis la hermosísima, que estaba muy apenada al ver a Suleiman-bin-Daoud tan preocupado. Y ella le dijo:
    -¡Oh señor mío y luz de mis ojos! Haz girar tu anillo y demuestra a estas reinas de Egipto, de Mesopotamia, de Persia y de China que ers un rey grande y terrible.
    Pero Suleiman-bin-Daoud negó con la cabeza y dijo: -¡Oh mi señora y delicia de mi vida! Me acuerdo del animal que salió del mar y me avergonzó delante de todos los animales del mundo por haber sido jactancioso. Si ahora hiciera ostentación ante estas reinas de Persia y de Egipto, de Abisinia y de China, sólo porque me preocupan, podría quedar más avergonzado que nunca.
    Balkis la hermosísima respondió: -¡Oh mi señor, tesoro de mi alma! ¿Qué vas a hacer?
    Suleiman-bin-Daoud  respondió: -¡Oh mi señora, contento de mi corazón! Seguiré soportando mi destino en manos de estas novecientas noventa y nueve reinas que me vejan con sus continuas disputas.
    Siguiño paseando, por tanto, entre los lilos, los ciruelos japoneses, las cañas y los jengibres de fuerte aroma que creían en ese jardín, hasta que llegó al robusto alcanforero conocido con el nombre de alcanforero de Suleiman-bin-Daoud. Entretanto, Balkis, para estar cerca de su gran amor Suleiman-bin-Daoud, se había ocultado entre los altos lirios, los moteados bambúes y los lilos rojos que había detras del alcanforero.
    De pronto parason volando bajo el árbol dos mariposas en disputa.
    Suleiman-bin-Daoud oyó que el marioposo le decía a la mariposa:
    -Me asombra tu presunción al hablarme de ese modo. ¿Acaso no sabes que si pateara el suelo con  mi pie, todo el palacio de Suleiman-bin-Daoud y todo esta jardín se desvanecerían inmediatamente y con un seco estampido?
    Entonces Suleiman-bin-Daoud se olvidó de sus novecientas noventa y nueve esposas y se rió  de la ostentación del mariposo hasta sacudir el alcanforero. Extendió su dedo y dijo:
    -Pequeño, ven aquí.
    El mariposo se sintió terriblemente asustado, pero consiguió volar hasta la mano de Suleiman-bin-Daoud, y se quedó allí agarrado, abanicándose con las alas. Suleiman-bin-Daoud inclinó la cabeza y susurró co suavidad: -¿No te das cuenta, pequeño,  de que tu pateo no doblaría ni una hoja de hierba?  ¿Por qué le cuentas tan fea mentirilla a tu esposa?... Pues sin duda es tu esposa.
    El mariposo miró a Suleiman-bin-Daoud y vio que los ojos del más sabio de los reyes titilaban como estrellas en una noche helada, se armó de valor moviendo ambas alas, ladeó la cabeza y dijo: -¡Oh rey, que vivas por siempre! Es mi esposa y ya sabes cómo son las esposas.
   Apareció una sonrisa tras la barba de Suleiman-bin-Daoud, que dijo: -Vaya si lo sé, hermanito.
   -Hay que tenerla a raya como sea -añadió el mariposo-, y llevaba ya toda la mañana discutiendo conmigo. Le dije eso para callarla.
    Suleiman-bin-Daoud dijo: -¡Ojalá eso la calle! Vuelve con ella hermanito, y  déjame escuchar lo que dice.
    El mariposo regresó volando junto a su esposa, que estaba toda temblorosa detrás de una hoja, y le dijo ella: -¡Te ha odio! ¡El propio Suleiman-bin-Daoud te ha odio!
    -Por supuesto que me ha odio -respondió el mariposo-. Lo dije para que me oyera.
    -¿Y qué te dijo? ¡Oh! ¿Qué te dijo?
    -Bueno -dijo el mariposo, dándose gran importancia con el abaniqueo de sus alas- , que quede entre tú y yo, querida, me pidió que no pateara y le prometí que no lo haría... Desde luego no se lo puedo echar en cara, pues su palacio debió de costar una fortuna, y precisamente ahora están madurando las naranjas.
    -¡Jope! -exclamó la esposa, y se quedó sentada y calladita; pero Suleiman-bin-Daoud lloró de la risa que le daba el descaro del pequeño mariposo.
     Balkis la hermosísima, que lo había oído todo entre los lilos que había detrás del árbol, sonrió para sí y pensó: << Si actúo con sabiduría, aún puedo salvar a mi señor de las persecuciones de las pendencieras reinas>>
     Extendió un dedo y susurró suavemente a la esposa del mariposo: -Ven aquí, pequeña.
     La mariposa echó a volar, muy asustada, y se posó sobre la blanca mano de Balkis. Ésta inclinó su hermosa cabeza y preguntó: -Dime, pequeña,¿te has creido lo que acaba de decir tu esposo?
     La mariposa miró a Balkis y vio que los ojos de la hermosísima reina brillaban como la luz de las estrellas en balsas profundas, movió ambas alas para reunir valor y respondió: -¡Oh reina, como siempre seas tan maravillosa! Tú ya sabes cómo son los hombres.
     La reina Balkis, la sabia Balkis de Saba, se llevó lamano sobre los labios para ocultar una sonrisa y dijo: -Vaya si lo sé, hermanita.
     -Se encolerizan por nada -dijo la mariposa-, pero hemos de complacerlos, oh reina, No creen nunca ni la mitad de lo que dicen. Pero si a mi esposo le gusta creer que yo creo que puede hacer deaparecer el palacio de Suleiman-bin-Daoud con un pateo de su pie, ¿a mi qué me importa? Lo habrá olvidado todo mañana.
     -Mucha razón tienes, hermanita -le dijo Balkis-;pero la próxima vez que empieze con sus ostentaciones, tómale la palabra. Pídele que patee y que vea lo que sucede. Ya sabemos cómo son los hombres, ¿verdad? Se quedará muy avergonzado.
    La mariposa se fue volando junto a su marido, y a los cinco minutos se estaban peleando más que nunca.
   -¡Acuérdate! -dijo el mariposo- ¡Recuerda lo que puede pasar si pateo con m pie!
   -No te creo nada de nada -respondió ella-. Me encantaría ver cómo lo haces. Venga, patea ahora.
    -Le prometí a Suleiman-bin-Daoud que no lo haría, y no quiero faltar a mi promesa.
    -Nada importaría si lo hicieras -dijo la mariposa-. Con tu pateo no podrías doblar ni una hoja de hierba. Te desafío a que lo hagas: ¡patea!, ¡patea!, ¡patea!
   Suleiman-bin-Daoud, que estaba sentado sobre el alcanforero, lo había oido todo, y rió como no había reído en su vida. Se olvidó completamente de sus reinas; se olvidó del animal que salió del mar; se olvidó de lo que pensaba de la obstentación. Simplemente reía de gozo, y Balkis, que estana al otro lado del árbol, sonrió al ver gozoso a su querido amor.
   Entonces el mariposo, muy enfadado e hinchado, fue dando vueltas hasta la sombra que daba el alcanforero y dijo: ¡Quiere que patee! ¡Oh Suleiman-bin-Daoud, quiere ver lo que sucede! Sabes bien que no puedo hacerlo, y a partir de ahora no creerá una sola palabra de lo que le diga. ¡Se reirá de mi hasta el final de mis días!
    -No, hermanito -tranquilizó Suleiman-bin-Daoud-. No volverá a reirse de ti nunca más -e hizo girar el anillo de su dedo, pero no para hacer ostentación, sino por el bien del mariposillo... ¡Y al instante surgieron cuatro espítitus de la tierra!
   -Esclavos -ordenó Suleiman-bin-Daoud- cuando este caballero que está sobre mi dedo -pues allí estaba sentado el frescales del mariposillo- golpee una vez el suelo con su pata deñantera, haréis que mi palacio y jardines deasperezcan con un golpe seco. Cuando vuelva a patear lo recompondréis todo  cuidadosamente.
   -Ahora, hermanito, vuelve con tu esposa y patea a placer.
   El marioposo se fue con su esposa que estaba gritando: ¡A que no lo haces! ¡A que no o haces! ¡Venga, patea, anda, patea!
   Balkis vio que los espíritus cogían las cuetro esquinas del jardín, en cuyo centro estaba el palacio, batió palmas suavemente y dijo:
   -¡Al menos en nombre del mariposo Suleiman-bin-Daoud hará lo que debía haber hecho en su propio benefiicio, y así las reinas pendencieras quedarán aterrorizadas!
    En ese momento el mariposo pateó. Los espíritus sacudieron el palacio y los jardines lanzándolos a mil kilómetros por el aire: se oyó un terrible golpe seco y todo se volvió negro como la tinta. La esposa del mariposo revoloteó en la oscuridad gritando: -¡Seré buena! ¡Cuánto lamento haber hablado! Vuelve a traer los jardines, amado esposo y no te volveré a contradecir.
    El mariposo estaba casi tan asustado como su esposa, y Suleiman-bin-Daoud tebnía tal ataque de risa que pasaron varios minutos antes de que pudeira recupeara el aliento necesario para susurrar al mariposo: -Patea de nuevo, hermanito. Devuélveme mi palacio, grandísimo mago.
    -Sí, devuélvele el palacio -dijo la mariposa, que seguía revoloteando en la oscuridad como una mariposa nocturna-. Devuéveselo y no vuelvas a hacer estas magias horribles.
    -Está bien, querida -dijo el mariposo aparentando valentía como podía-. Ya ves adónde nos han conducido tus continuas regañinas. A mí, desde luego, todo esto no me importa nada -estoy acotumbrado a estas cosas-, pero en tu beneficio y en el de Suleiman-bin-Daoud me avengo a enderezar las cosas.
    Volvió a patear y al instante los espíritus volvieron a bajar el palacio y los jardines sin producir el más ligero chasqudo. El sol brilló en las hojas color verde oscuro de los naranjos; las fuentes juguetearon entre los sonrosados lilos egipcios; los pájaros osiguienron con sus cantos; y la esposa del mariposo se tumbó de lado bajo el alcanforero, moviendo las alas y repitiendo entre jadeos: -¡Me portaé bien! ¡Me portaré bien!
    Suleiman-bin-Daoud reía de tal modo que apenas podía hablar. Se recostó hacia atrás, debilitado e hipando, y movió su dedo ante el mariposo mientras decía: -Oh gran brujo, ¿de qué me vale que me devuelvas mi palacio si al mismo tiempo me matas de risa?
    Se oyó entonces un terrible ruido, pues las novecientas noventa y nueve esposas salían del palacio corriendo, gritando, chillando y llamando a sus hijos. Bajaron precipitadamente, cien en fondo, por las grandes escalinatas de marmol que había bajo la fuente, y la requetesabia Balkis se adelantó a recibirlas con gran majestad.
   -¿Qué os preocupa, oh reinas?- preguntó Balkis.
    Se detuvieron en las escalinatas de mármol, de cien en fondo y gritaron: -¡Que qué nos preocupa? Estábamos viviendo pacíficamente en nuestro palacio dorado, tal como acostumbrábamos, cuando de pronto el palacio desapareció y nos quedamos sentadas en una espesa y ruidosa oscuridad; tronó, y los demonios y espíritus se movieron por la oscuridad. Esa es nuestra preocupación, oh primera reina, y por esa preocupación estamos extraordinariamente preocupadas, pues a diferencia de las preocupaciones que habíamos conocido, esa fue una preocupante preocupación.

    Entonces BAlkis la hermosa reina, la más querida por Suleiman-bin-Daoud, reina que fue de Saba y Sebia, y de los ríos de oro del sur, desde el desierto de Zinn a las torres de Zimbabwe, Balkis, casi tan sabia como el propio y requetesabio Suleiman-bin-Daoud, les dijo: -No pasa nada, oh reinas! Es que un mariposo se quejaba de que su esposa siempre estaba peleando con él, y nuestro señor Suleiman-bin-Daoud ha querido enseñarle lo que es la humildad y el hablar en voz baja, pues es sabio que ello es una virtud entre las esposas de los mariposos.
     Se adelantó entonces una reina egipcia, hija de un faraón y dijo: -Nuestro palacio no se puede arrancar de raíz como un puerro en beneficio de un insecto. ¡Ni hablar! Lo que ha debido ocurrir es que es que Suleiman-bin-Daoud ha muerto y lo qie hemos odio y visto ha sido a la tierra tronando y oscureciéndose ante la noticia.
     Balkis le hizo una seña a la audaz reina, sin ni siquiera mirarla, y le dijo a ela y a las otras: -Venid y veréis.
    Bajaron la escalinata de mármol, de cien en fondo, y vieron al requetesabio Suleiman-bin-Daouddebajo de su alcanforero, aún debilitado por la risa, balanceándose hacia adelante y hacia atrás con una mariposa en cada mano, y le oyeron decir: -Oh esposa de mi hermano del aire, acuérdate ahora de complacer a tu marido en todo, para que no lo provoques y vuelva a patear el suelo; pues ves que ha dicho que está acostumbrado a esta magia, y es un gran mago eminentísimo... pues puede hacer desaparecer el propio palacio del mismo Suleiman-bin-Daoud. ¡Id en paz, buenas gentes!
    Los besó entonces en las alas y se alejaron volando. Ante ello, todas las reinas salvo Balkis -la bellísima y espléndida Balkis, que estaba un poco apartada, riendo- cayeron de bruces al suelo y dijeron: -Si suceden tales cosas cuando un mariposo está disgustado con su esposa, ¿qué nos ocurrirá a nosotras que llevamos tantos días molestando a nuestro rey con nuestras voces y disputas?
    Se pusieron los velos sobre las cabezas, se llevaron las manos a la boca y regresaron al palacio muy calladitas y andando de puntillas.
    Entonces Balkis, la hermosísima y excelente Balkis, cruzó los lilos rojos para llegar hasta donde el alcanforero daba su sombra , puso su mano sobre el hombro de Suleiman-bin-Daoud y dijo: -Oh señor mío, tesoro de mi alma, regocíjate, pues hemos dado una memorable lección a las reinas de Egipto y de Meopotamia, de Abisinia y de Persia, de la India y de la China,
    Suleiman-bin-Daoud, que seguía observando cçomo jugaban las mariposas bajo la luz del sol, preguntó: -Oh mi señora, la joya de mi felicidad, ¿cuándo sucedió tal cosa? Pues desde que llegué al jardín no he hecho otra cosa que bromear con una mariposa -y le contó a Balkis lo que había hecho.
    Balkis, la tierna y amantísima Balkis, le respondió: Oh mi señor, que riges mi existencia, estaba escondida detrás del alcanforero y lo vi todo. Fui yo quien le dije a la esposa del mariposo que le pidiera a éste que patalerara, pues esperaba que por seguir la broma mi señor haría una gran magia que verían las reinas, y que las asustaría -y le contó lo que las reinas habían dicho, visto y pensado.
    Entonces Suleiman-bin-Daoud se levantó del asiento que tenía bajo el alcanforero, extendió los brazos, se regocijó y dijo: -Ah mi señora, la que endulza mis días, sabías que si yo hubiera  hecho magia contra mis reinas por orgullo o por cólera, como cuando preparé la fiesta para todos los animale, seguramente habría terminado avergonzado. Pero por tu sabiduría hice la magia en nombre de un pequeño mariposo... ¡Y eso me ha librado también de las molestias de mis molestas esposas! Dime entonces, oh mi señora y corazón de mi corazón, ¿cómo llegaste a ser tan sabia?
    Entonces Balkis la reina, hermosa y alta, se miró en los ojos de Suleiman-bin-Daoud, ladeó un poco la cabeza, igual que la mariposa, y dijo: -Primero, oh mi señor, porque te amo, y segundo, oh mi señor, porque sé cómo son las mujeres.
    Se fueron entonces al palacio y vivieron muy felices desde entonces, ¿Verdad que Balkis fue muy lista?



 Kipling, Los Cuentos de así Fue, Biblioteca, Seleccionado por Sandra Sánchez Perianes, segundo de Bachillerato, curso 2012-2013.

Los tres mosqueteros, Alexandre Dumas

             HOMBRES DE TOGA Y HOMBRES DE ESPADA

       Al día siguiente de ocurridos los hechos que acabamos de referir, al no dar Athos señales de vida, D' Artagnan y Porthos advirtieron al señor De Treville de su desaparición.
       En cuanto a Aramis, había pedido un permiso de cinco días, y se decía que estaba en Rouen por asuntos familiares.
El señor De Tréville era el padre de sus soldados. El más pequeño y menos conocido de ellos, desde el momento en que lucía el uniforme del cuerpo, estaba tan seguro de su apoyo y ayuda como si el capitán su propio humano.
Así pues, el señor De Tréville se presentó inmediatamente ante el teniente fiscal. Se hizo venir al oficial que manadaba el puesto de la Cruz Roja y, a tenor de los informaciones aportadas por él, el capitán de los mosqueteros pudo saber que Athos se encontraba momentáneamente preso en el Fuerte del Obispo.


Alexandre Dumas, Los tres mosqueteros, capitulo XV , seleccionado por Beatriz Iglesias , segundo de Bachillerato , curso 2O12/ 2013.

Almas muertas, Nikolai Gogol

    En este mundo todos tratan de arreglar sus asuntos. , dice el refrán. La expedición a través de los baúles tuvo éxito, pues como consecuencia de ella algo pasó a su propia arqueta. En una palabra, que todo fue realizado de una manera sensata. No es que Chínchikov robase nada, sino que se aprovechó de las circunstancias. Cualquiera de nosotros se aprovecha de algo: uno se aprovecha de un bosque público, otro de determinadas sumas, el de más allá roba a sus propios hijos para darlo a alguna actriz forastera, o a sus campesinos, para comprar muebles caros o un coche. ¿Qué hacer si en el mundo hay tantas tentaciones? Restaurantes de lujo con unos precios de locura, bailes de máscaras, fiestas, cíngaros. Es difícil que uno se abstenga cuando ve que todos hacen lo mismo y la moda lo impone. ¡A ver quién es el que se abstiene! No es posible abstenerse siempre y a todas horas. El hombre no es Dios. Y así Chíchikov, al igual que el infinito número de aficionados al confort, orientó las cosas en su provecho. Cierto es que hubiera debido salir de la ciudad, pero los caminos se habían puesto intransitables.


Gógol, Almas muertas, editorial RBA.
Seleccionado por Beatriz Iglesias, segundo de Bachillerato, curso 2012/2013.

viernes, 15 de marzo de 2013

Triunfos, Francesco Petrarca

I
Cuando vuelven de nuevo mis suspiros
por la dulce memoria de aquel día
que fue comienzo de martirios largos,

el Sol ya iluminaba los dos cuernos 
de Tauro, al mismo tiempo que la Aurora 
corría en la frescura a su morada.

Amor, desdenes, lágrimas y tiempo
al cerrado lugar me condujeron
donde el pecho reposa toda pena.

Cansado de llorar sobre la hierba,
una luz vi, vencido por el sueño,
con mucho dolor dentro y placer breve.

Vi a un jefe victorioso cual si fuera
uno que al Capitolio condujese
su carro de triunfo hacia la gloria.

Y, que de tal visión gozar no suelo
por el adverso siglo en que me encuentro,
carente de virtud, de orgullo lleno,

miré aqaquella figura rara y bella
elevando mis ojos ya cansados
porque sólo saber es mi deseo.

Cuatro corceles vi como la nieve,
y en un carro de fuego un joven fiero
con un arco y saetas en la aljaba;

nada temía pues ni escudo o cota
llevaba sobre sí, sino dos alas
de mil colores, y desnudo el resto.


Francesco Petrarca, Triunfos , sección I, Editora Nacional.  Seleccionado por Natalia Sánchez Martín,  segundo de Bachillerato, curso 2012/2013.

Tito Andrónico, William Shakespeare

     [El mismo lugar]
     Entra un capitán.
     CAPITÁN. ¡Romanos, dejad paso! El buen Andrónico, protector de la virtud, el mejor campeón de Roma, triunfante en las batallas que pelea, ha vuelto con honor y con fortuna desde donde ha cercado con su espada y sujetado al yugo a los enemigos de Roma.
Tocan tambores y trompetas, y luego entran Marcio y Mucio; detrás de ellos, dos hombres llevando un ataúd cubierto de negro; luego Lucio y Quinto. Después de ellos, Tito Andrónico, y luego Tamora, con Alarbo, Demetrio, Quirón, Aarón y otros godos, prisioneros; siguiéndoles Soldados [todos los que puedo haber]. Dejan en el suelo el ataúd y habla Tito.
     TITO. ¡Salve, Roma, victoriosa en tus ropàjes de lujo! Miro; como el barco que, descarga su mercancía, vuelve con precioso flete a la bahía de donde levó anclas, así viene Andrónico, ceñido de ramas de laurel, para saludar otra vez a su país con sus lágrimas, lágrimas de verdadero gozo por su regreso a Roma. ¡Tú, gran defensor de este Capitolio, preside benévolo los ritos que vamos a hacer! ¡Romanos, de veinticinco valerosos hijos, la mitad del número que tuvo el rey Príamo, observad los escasos restos, muertos y vivos! Los que han sobrevivido, que Roma les premie con amor; a los que traigo a su última morada, que les premie sepultándoles entre los antepasados. Aquí los godos me han dejado envainar la espada. Tito, cruel y descuidado para con los tuyos, ¿por qué consientes que tus hijos, aún sin enterrar, se ciernan sobre la temible orilla del Estigio?

William Shakespeare, Tito Andrónico, Escena II, editorial planeta, texto seleccionado por Esther Hernández Calvo, segundo de Bachillerato, curso 2012/13

Jacques el fatalista, Denis Diderot

Jacques y su amo pasaron el resto del día sin abrir la boca. Jacques tosía y su amo decía: <¡Qué tos más mala!>; miraba luego la hora en su reloj, sin enterarse, abría su tabaquera sin darse cuenta y aspiraba su porción de tabaco sin sentirlo. La prueba de esa distacción es que lo repetía tes o cuatro veces seguidas y por ese mismo orden. Un rato después, Jacques volvía a toser, y el amo volvía a decir: <¡Demonio de tos! Así te pimplaste tú el vino de la mesonera hasta el gargabero... y anoche, con el secretario, tampoco te anduviste con chiquitas: al subir ibas tembaleándose y no sabías lo que decías, y en el día de hoy has hecho diez paradas, apuesto a que no queda una gota de vino en tu cantimplora...> Luego murmuraba entre dientes, miraba su reloj y daba un poco de gusto a su nariz.
Olvidé deciros, lector, que Jacques no salía nunca sin una cantimplora llena del mejor vino; la llevaba colgada del arzón de su silla. Cada vez que el amo interrumpía su relato con alguna pregunta un poco premiosa, Jacques desataba su cantimplora, bebía un trago a chorro y no la dejaba en su sitio hasta que su amo había terminado de hablar. También olvidé que en cuantos casos requerían reflexión, el primer movimiento de Jacques era consultar con su cantimplora; y si había que resolver una cuestión de moral, discutir sobre un hecho, preferir un cambio a otro, iniciar, proseguir o abandonar un negocio, sopesar las ventajas y desventajas de una operación política, de una especulación comercial o financiera, el acierto o desacierto de una ley, el desenlace de una guerra, la elección de alojamiento y, en la posada, la elección de alojamiento y, en la posada, la elección de habitación y, en la habitación, la elección de un lecho, sus primeras palabras eran: Y su última opinión:


Denis Diderot,  Jacques el fatalista,  págs 263- 264editorial planeta, texto seleccionado por Beatriz Iglesias, segundo de Bachillerato, curso 2012/2013

viernes, 8 de marzo de 2013

El príncipe, Nicolás Maquiavelo

Capítulo IV

POR QUÉ EL REINO DE DARÍO, OCUPADO POR ALEJANDRO, NO SE
SUBLEVÓ CONTRA LOS SUCESORES DE ÉSTE
DESPUÉS DE SU MUERTE


Consideradas las dificultades que encierra el conservar un Estado recientemente
adquirido, alguien podría preguntarse con asombro a qué se debe que, hecho Alejandro
Magno dueño de Asia en pocos años, y muerto apenas ocupada, sus sucesores, en
circunstancias en que hubiese sido muy natural que el Estado se rebelase, lo retuvieron
con sus manos, sin otros obstáculos que los que por ambición surgieron entre ellos.
Contesto que todos los principados de que se guarda memoria han sido gobernados de
dos modos distintos: o por un príncipe que elige de entre sus siervos, que lo son todos,
los ministros que lo ayudarán a gobernar, o por un príncipe asistido por nobles que, no a
la gracia del señor, sino a la antigüedad de su linaje, deben la posición que ocupan. Estos
nobles tienen Estados y súbditos propios, que los reconocen por señores y les tienen
natural afección. Mientras que, en los Estados gobernados por un príncipe asistido por
siervos, el príncipe goza de mayor autoridad: porque en toda la provincia no se reconoce
soberano sino a él, y si se obedece a otro, a quien además no se tienen particular amor,
sólo se lo hace por tratarse de un ministro y magistrado del príncipe.
Los ejemplos de estas dos clases de gobierno se hallan hoy en el Gran Turco y en el
rey de Francia. Toda Turquía esta gobernada por un solo señor, del cual los demás
habitantes son siervos; un señor que divide su reino en sanjacados, nombra sus
administradores y los cambia y reemplaza a su antojo. En cambio, el rey de Francia está
rodeado por una multitud de antiguos nobles que tienen sus prerrogativas, que son reconocidos y amados por sus súbditos y que son dueños de un Estado que el rey no puede
arrebatarles sin exponerse. Así, si se examina uno y otro gobierno, se verá que hay, en
efecto, dificultad para conquistar el Estado del Turco, pero que, una vez conquistado, es
muy fácil conservarlo. Las razones de la dificultad para apoderarse del reino del Turco
residen en que no se puede esperar ser llamado por los príncipes del Estado, ni confiar en
que su rebelión facilitará la empresa. Porque, siendo esclavos y deudores del príncipe, no
es nada fácil sobornarlos, y aunque se lo consiguiese, de poca utilidad sería, ya que, por
las razones enumeradas, los traidores no podrían arrastrar consigo al pueblo. De donde
quien piense en atacar al Turco reflexione antes en que hallará el Estado unido, y confíe
más en sus propias fuerzas que en las intrigas ajenas. Pero una vez vencido y derrotado
en campo abierto de manera que no pueda rehacer sus ejércitos, ya no hay que temer
sino a la familia del príncipe; y extinguida ésta, no queda nadie que signifique peligro,
pues nadie goza de crédito en el pueblo; y como antes de la victoria el vencedor no podía
esperar nada de los ministros del príncipe, nada debe temer después de ella.
Lo contrario sucede en los reinos organizados como el de Francia, donde, si te atraes
a algunos de los nobles, que siempre existen descontentos y amigos de las mudanzas,
fácil te será entrar. Estos, por las razones ya dichas, pueden abrirte el camino y facilitarte
la conquista; pero si quieres mantenerla, tropezarás después con infinitas dificultades y
tendrás que luchar contra los que te han ayudado y contra los que has oprimido. No
bastará que extermines la raza del príncipe: quedarán los nobles, que se harán cabe-
cillas de los nuevos movimientos, y como no podrás conformarlos ni matarlos a todos,
perderás el Estado en la primera oportunidad que se les presente
Ahora, si se medita sobre la naturaleza del gobierno de Darío se advertirá que se
parecía mucho al del Turco. Por eso fue preciso que Alejandro fuera a su encuentro y le
derribara en campaña. Después de la victoria, y muerto Darío, Alejandro quedó dueño
tranquilo del Estado, por las razones discurridas. Y si los sucesores hubiesen permanecido unidos, habrían podido gozar en paz de la conquista, porque no hubo en el reino
otros tumultos que los que ellos mismos suscitaron. Pero es imposible gozar con tanta
seguridad de un Estado organizado como el de Francia. Por ejemplo, los numerosos
principados que había en España, Italia y Grecia explican las frecuentes revueltas contra
los romanos; y mientras perduró el recuerdo de su existencia, los romanos nunca
estuvieron seguros de su conquista; pero una vez el recuerdo borrado, se convirtieron,
gracias a la duración y al poder de su Imperio, en sus seguros dominadores. Y así
después pudieron, peleándose entre sí, sacar la parte que les fue posible en aquellas
provincias, de acuerdo con la autoridad que tenían en ellas; porque, habiéndose
extinguido la familia de sus antiguos señores, no se reconocían otros dueños que los ro-
manos. Considerando, pues, estas cosas, no se asombrará nadie de la facilidad con que
Alejandro conservó el Imperio de Asia, y de la dificultad con que los otros conservaron
lo adquirido, como Pirro y muchos otros. Lo que no depende de la poca o mucha virtud
del conquistador, sino de la naturaleza de lo conquistado.


Nicolás Maquiavelo, El príncipe, capítulo V, ucapanama.org/wp.../el_principe_filosofia.pdf, texto seleccionado por Laura Mahillo, segundo de Bachillerato, curso 2012/2013

Colección de cuentos, Edgar Allan Poe

Colección de cuentos completos, Edgar Allan Poe.

Shakespeare, William. Hamlet, obra completa.

SHAKESPEARE, William. Hamlet, obra completa.


Texto seleccionado por Eduardo Montes, segundo de Bachillerato, curso 2012/2013.