viernes, 23 de noviembre de 2012

Dublineses, James Joyce

   North Richmond Street, por ser un callejón sin salida, era una calle callada, escepto a la hora en que la escuela de los Hermanos Cristianos soltaba sus alumnos. Al fondo del callejón había una casa de dos pisos deshabitada y separada de sus vecinas por su terrero cuadrado. Las otras casas de la calle, conscientes de las familias descendientes que vivían en ellas, se miraban unas a otras con imperturbables caras pardas.
   El inquilino anterior de nuestra casa, sacerdote de él, había muerto en la saleta interior. El aire, de tiempo atrás enclaustrado, permanecía estancado en toda la casa, y el cuarto de desahogo detrás de la cocina estaba atiborrado de viejos papeles inservibles. Entre ellos encontré muchos libros forrados en papel,  con sus páginas dobladas y húmedas: El abate, de Walter Scott; La devota comunicante y Las memorias de Vidocq. Me gustaba más este último porque sus páginas eran amarillas. El jardín silvestre detrás de la casa tenía un manzano en el medio y unos cuantos arbustos desparramados, debajo de uno de los cuales encontré una bomba de bicicleta oxidada que perteneció al difunto. Era una cura caritativo; en su testamento dejó todo su dinero para obras pías, y los muebles de la casa, a su hermana.





Dublineses, James Joyce, de la editorial Alianza Editorial, Texto seleccionado por Laura Mahíllo, Segundo de bachillerato, 2012/13

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