lunes, 30 de noviembre de 2015

La flecha negra,Robert louis stevenson

Aquella noche pasáronla sir Daniel y sus hombres en Kettley, cómodamente acuertelados y bien patrullados. Mas el caballero de tunstall era uno de esos hombres que jamás ven satisfecha su avaricia, y aun en este momento, a punto de empeñarse en una aventura que no sabía si había de favorecerle o perjudicarle, ya estaba levantado, a la una de la madrugada, dispuesto a esquilmar a sus pobres vecinos. Su tráfico consistía principalmente en las herencias en litigio; su método era comprar los derechos del demandante menos provisto de razón, y luego, ganando la voluntad de los que gozaban del favor del rey, procurábase injustas sentencias a favor suyo; o, si eso era andarse en demasiados rodeos, apoderábase de la mansión disputa por la fuerza de las armas, confiando en su influencia y en las marrullerías de sir Oliverio para burlar la ley, a fin de conservar lo que había arrebatado. Kettley era uno de semejantes lugares; recientemente había caído en sus garras, y todavía luchaba con la oposición de sus arrendatarios; por tal motivo, para intimidar a los descontentos, hubo de conducir allí a sus tropas.
Serían las dos de la madrugada cuando sir Daniel hallábase sentado en su habitación de la posada al amor de la lumbre, ya que aquella hora era intenso el frío en los marjales de Kattley. Tenía a la mano un jarro de cerveza sazonada con especias; habíase despojado de su yelmo y mostraba su cabeza calva, en tanto apoyaba su rostro enjusto y oscuro sobre la mano, vuelto su cuerpo en una capa de color sangriento. En uno de los extremos de la estancia, cerca de una docena de hombres de los suyos daban guardia a la puerta o dormitaban sobre unos bancos, y más próximo a él, un jovenzuelo, que aparentaba tener de doce a trece años, hallábase tendido cuan largo era sobre una manta que cubría el suelo. El dueño de la posada del Sol permanecía en pie ante nuestro gran personaje.


La flecha negra,Madrid,alfaguara,1994/1996,311,Seleccionado por Jennifer Garrido Gutiérrez, primero de bachillerato,2015/2016

El último abencerraje, François René de Chateaubriand

           Cuando Boabdil, último rey de Granada, se vio obligado a abandonar el reino de sus padres, se detuvo en la cima del monte Padul, desde donde se descubría el mar en que el desventurado monarca iba a embarcarse para África; descubríase también a Granada, la vega y el Genil, en cuyas orillas se alzaban las tiendas de campamento de Fernando e Isabel. A la vista de tan delicioso país, y de los cipreses que aún señalaban aquí y acullá los sepulcros de los musulmanes, Boabdil rompió en acerbo el llanto. Su madre, la sultana Aixa, que le acompañaba en el destierro con los grandes que un tiempo componían su corte, le dijo: <> Bajaron de la montaña, y Granada se ocultó para siempre de sus ojos.
           Los moros españoles que compartieron la suerte de su rey, se dispersaron por el el África. Las tribus de los cegríes y los gomeles se establecieron en el reino de Fez, de que eran descendientes. Los vanegas y los alabes se detuvieron en la costa, desde Orán hasta Argel; y por último, los abencerrajes fijaron su morada en las mediaciones de Túnez, formando enfrente de las ruinas de Cartago una colonia que todavía se distingue de los moros africanos por la elegancia de sus costumbres y la benignidad de sus leyes.
           Estas familias llevaron a su nueva patria el recuerdo de la antigua. El Paraíso de Granada no se borraba de su memoria; las madres repetían su nombre a sus hijos aun en la lactancia, y los adormecían con los romances de los cegríes y los abencerrajes. De cinco en cinco días oraban en la mezquita, volviéndose hacia Granada, para conseguir de Alá restituyese a sus elegidos aquella tierra de delicias.



    François René de Chateaubriand, El último abencerraje, Sevilla, Paréntesis, ed. 24, Orfeo, página 17.
    Seleccionado por Delia Marinela Bulau, Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.

Frankenstein, Mary Shelley

       Nos criamos juntos; no nos llevábamos ni un año de diferencia. No hace falta decir que no conocimos ningún tipo de desunión o disputa. La armonía era el alma de nuestro compañerismo, y la diversidad y contraste que existía en nuestros caracteres nos acercaba aún más. Elizabeth era de disposición más serena y concentrada; yo, con todo mi ardor, era capaz de una dedicación más intensa y estaba más profundamente dominado por la sed de saber. Ella se ocupaba en seguir las creaciones de los poetas, y encontraba en los solemnes y maravillosos escenarios que rodeaban nuestra casa en Suiza, en las formas sublimes de las montañas, en los cambios de las estaciones, en la tempestad y en la calma, en el silencio del invierno, y en la vida y turbulencia de nuestros veranos alpinos, amplios motivos para la admiración y el deleite. Mientras mi compañera contemplaba con espíritu grave y satisfecho la magnífica apariencia de las cosas, yo disfrutaba investigando sus causas. El mundo era para mí un secreto que deseaba desentrañar. Entre las primeras sensaciones de que tengo recuerdo, están la curiosidad, la investigación seria de las leyes ocultas de la naturaleza y un gozo rayano en el éxtasis cuando se me relevaban.
       Cuando les nació el segundo hijo, siete años menor que yo, mis padres abandonaron por completo su vida viajera y se establecieron en su país natal. Poseíamos una casa en Ginebra,y una campagne en Belrive, en la orilla oriental del lago, a algo más de una legua de la ciudad. Residíamos principalmente en esta última, y la vida de mis padres transcurría en considerable aislamiento.

Frankenstein, Mary Shelley

     Así pasó el verano. Mi regreso a Ginebra había sido fijado para fines de otoño, pero distintos inconvenientes me retrasaron y pronto llegó el invierno y con él la nieve. Los caminos estaban impracticables y tuve que dejar mi viaje para la siguiente primavera. Aquello me disgustó en verdad, pues tenía vivos deseos de volver a ver mi ciudad natal y hallarme junto a los míos. Debo reconocer, sin embargo, que el motivo principal de mi retraso era el desasosiego que me producía el dejar a mi amigo Clerval en una ciudad desconocida para él, antes de que hubiera podido encontrar suficientes relaciones. Pasamos, no obstante, un invierno agradable y, aunque la primavera se retrasó mucho, compensó la tardanza de su aparición con un tiempo excepcionalmente bueno.
     El mes de mayo se hallaba ya avanzado y yo aguardaba, de un día a otro, la carta de la que dependía la fecha definitiva de mi marcha, cuando Henry me propuso una excursión a pie por los alrededores de Ingolstadt, cosa que, hasta cierto punto, me permitiría conocer mejor la región en la que durante tanto tiempo había vivido. Acepté encantado la sugerencia. La posibilidad de hacer ejercicio me atraía poderosamente. Además, Clerval había sido siempre el compañero que prefería para semejantes salidas que, a menudo, efectuábamos por los alrededores de Ginebra. El viaje duró quince días y, tras tan largo período de tiempo, yo había recuperado por completo mi salud y mi moral. El aire sano, los imprevistos incidentes del camino y nuestras conversaciones, largas y amigables, mejoraron todavía más mi estado. Con anterioridad los estudios me habían mantenido bastante apartado de mis semejantes y, lentamente, me estaba convirtiendo en un misántropo. Clerval supo reavivar y fortalecer en mi corazón los más generosos sentimientos. Me enseñó a admirar de nuevo el bello espectáculo del paisaje y la naturaleza, así como el rostro sonriente de los niños. ¡Qué magnífico amigo! Me amaba con sinceridad y esforzábase por elevar mi alma al nivel de la suya.
     La búsqueda egoísta de mi objetivo me había cegado. Con su gentileza y su cariño me devolvió la razón. Gracias a sus desvelos volvía a ser la criatura segura y feliz que, pocos años antes, amando a todo el mundo y amado por todos, ignoraba lo que eran las penas y desilusiones. Cuando me sentía feliz, la naturaleza tenía la virtud de despertar en mí las más exquisitas sensaciones. Un cielo en calma, los campos que iban, poco a poco, cubriéndose de verde me embargaban con un éxtasis delicioso. Las primeras flores cubrían los prados y eran ya el anuncio de las del verano. Las obsesiones que el año anterior me habían hecho sentir el rigor de su peso se habían alejado ahora de mí.

Mary Shelley, Frankestein, Yuncos (Toledo), Unidad Editorial, S.A. , Colección Millenium, 1999, pág. 70-71. Seleccionado por Coral García Domínguez. Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.

Guerra y paz, Liev Nikoláievich Tolstói

IX
El príncipe Andrei llegó al cuartel General del Ejército a finales de junio. Las tropas del primer ejército, aquel en que se hallaba el Emperador, ocupaban el campo fortificado de Drisa; las del segundo, retrocedían tratando de reunirse al primero, del que, según se decía, estaban separadas por considerables fuerzas francesas. Todos se sentían disgustados en el ejército de l marcha general de la guerra, pero nadie pensaba ni suponía un peligro de invasión de las provincias rusas; nadie suponía que la guerra pasara más allá de las provincias occidentales de Polonia.
El príncipe Andrei encontró a Barclay de Tolly, al que había sido enviado, en las orillas del Drissa. Como no había pueblos grandes en los alrededores del campamento, los numerosos generales  y cortesanos que iban con el ejército se hallaban dispersos a unas diez verstas, en las casas mejores de la comarca, a uno y otro lado del río. Barclay de Tolly vivía a cuatro verstas del Emperador.
Recibió a Bolkonski con frialdad y, con su acento alemán, le dijo que informaría sobre él al Emperador y que, en espera del destino, le rogaba que permaneciera en su Cuartel General. Anatolio Kuraguin, a quien el príncipe Andrei esperaba encontrar en el ejército, no estaba allí. Había vuelto a San Petersburgo, y esa noticia agradó a Bolkonski.
Todo el interés se centraba ahora en aquella guerra titánica y el príncipe Andrei se sintió contento de verse por algún tiempo libre de la obsesión de Kuraguin. Durante los cuatro primeros días, en los que nadie le inquietó para nada, el príncipe Andrei recorrió el campo fortificado y trató, con ayuda de su propia experiencia y de las explicaciones de personas bien formadas, de hacerse una idea exacta de la situación. Sin embargo, la cuestión de si aquellas posiciones eran o no ventajosas permaneció para él insoluble. Su experiencia militar le decía que los proyectos mejor meditados no significan nada en la guerra (recordaba la batalla de Austerlitz), que todo depende del modo de reaccionar ante las acciones inesperadas, imposibles de prever, del enemigo; que todo depende de quién dirige la acción y del modo de dirigirla. Para ver claro en este último punto, el príncipe trató de penetrar en el carácter de los jefes de aquel ejército, de las personas y partidos que intervenían en su dirección; y de todo ello dedujo las siguientes apreciaciones personales sobre la situación militar.

Liev Nikoláievich Tolstoi, Guerra y paz, página 760, seleccionado por Edith González Ramos, primero de bachillerato.

viernes, 27 de noviembre de 2015

la naranja mecánica, Anthony Burgess



Cuando salimos del Duque de Nueva York videamos al lado de la iluminada vidriera principal del ar un viejo y gorgoteante pianitso o borracho, aullando las sucias canciones de sus padre y eructando blerp blerp entre un trozo y otro, como si guardase en la tripa podrida y maloliente una hedionda y vieja orquesta. Esa es una vesche que nunca pude aguantar .Nunca pude soportar la vista de un cheloveco roñoso, tumbado, eructando y borracho.Fuera la que fuese su edad,pero muy especialmente cuando era de veras  starrio como éste.

Anthony Burgess, la naranja mecánica, https://drive.google.com/file/d/0B3biPk8dPbCxLTlScVdmNHVKY1U/edit
seleccionado por Paola Moreno Díaz, segundo de bchillerato. curso 2015-2016

Roman de la Rose, Guillaume de Lorris/ Jean de Meung

                                                                     La coquetería


De cualquier manera, de haberle hecho caso,
de ninguna forma se hubiesen casado,
pues el matrimonio es lazo muy malo.
¡Quiera San Julián liberarme de él,
el santo que ayuda a los que se pierden;
como san Leonardo, que rompe los hierros
a los prisioneros que se arrepintieron,
cuando con sus preces le piden perdón!
Hubiese ganado de haberme colgado
el día que tuve que tomar esposa,
ya que me llevé a una gran coqueta.
¡Casarse con éstas es como morir!
Porque, a ver, decidme, por Santa María,
¿para qué ,me sirven todos los adornos;
y qué ese vestido de tanto valor
que a quienes os ven deja boquiabiertos
y a mí malparado y desesperado;
qué su longitud y su larga cola,
que os hace que estéis tan llena de orgullo
y que a mí me pone tan fuera de mí?
¿Cuál es el provecho que hay en tal vestido?


Guillaume de Lorris/ Jean de Meun, Roman de la Rose, Madrid, Ediciones Cátedra , Letras Universales, 1987, pág. 280.
Seleccionado por Clara Fuentes Gómez. Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016.

El proceso, Franz Kafka

Aquí está. Escribe: «Hace tiempo que no veo a Josef, hace una semana estuve en el banco, pero Josef estaba tan ocupado que no me dejaron verle. Estuve esperando casi una hora, pero tuve que irme a casa porque tenía la lección de piano. Me hubiera gustado hablar con él, es posible que se presente otra oportunidad. Para mi cumpleaños me envió una gran caja de bombones de chocolate, fue muy atento y cariñoso. Se me olvidó escribíroslo, pero ahora que me preguntáis, lo recuerdo. Los bombones no duran mucho en la pensión, apenas tiene uno conciencia de que le han regalado bombones, cuando ya se han acabado. En lo que concierne a Josef os quería decir algo más. Como os he mencionado, en el banco no me dejaron entrar a verle porque en ese momento estaba tratando algo importante con un hombre. Después de esperar tranquilamente durante un buen rato, pregunté a un empleado si la reunión duraría mucho más. Él contestó que podría ser, pires probablemente tenía que ver con el proceso que se había incoado contra el gerente. Pregunté qué proceso y si no se equivocaba y me respondió que no se equivocaba, que era un proceso y, además, grave, pero que no sabía más. A él mismo le gustaría ayudar al gerente, pues le consideraba un hombre bueno y justo, pero que no sabría cómo empezar, sólo deseaba que personas influyentes lo apoyaran. Era muy probable que esto ocurriera, y todo terminaría bien, pero por ahora, como se, desprendía del mal humor del señor gerente, las cosas no iban nada bien. Por supuesto, no di mucha importancia a esta información, intenté tranquilizar al sencillo empleado, le aconsejé que no hablase de ello con otros y lo tuve todo por rumores infundados. Sin embargo, tal vez fuera conveniente que tú, querido padre, le visitaras la próxima vez que vinieras, a ti te será fácil averiguar algo y, si realmente fuera necesario, podrías intervenir con algunos de tus influyentes amigos. Y si no resulta necesario, que será lo más probable, al menos le darás a tu hija la oportunidad de abrazarte, lo que le alegrará mucho».

Franz Kafka, El proceso,  http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/K/Kafka,%20Franz%20-%20El%20Proceso.pdf. Seleccionado por Lidia Rodríguez Suárez. Segundo de bachillerato. Curso 2015-2016.

Ensayo sobre la ceguera, José Saramago



     Aquí no hay mas que mierda, pensó, usando una palabra que no formaba parte de su léxico habitual, demostrando una vez que la fuerza de las circunstancias y su naturaleza influyen mucho en léxico pensemos si no en aquel militar que también dijo mierda cuando le pidieron que se rindieran, absolviendo así el delito de mala educación futuros desahogos en situaciones menos peligrosas. Aquí no hay mas que mierda volvió a pensar y se disponía a salir cuando otro pensamiento le acudió como una providencia. Un estasblecimiento como este debe tener un almacén, no digo un almacén grande, que ese estará en otro sitio, probablemente lejos sino, una reserva de los productos de mas consumo. Excitada por la idea se lanzo a la búsqueda de una ida  se lanzo a la busqueda de una puerta cerrada que le condujera a la cueva de los tesoros, pero tdas estan abiertad, y dentro reinaba la misma devastacion, los mimos ciegos rebuscando en la misma basura. Al fin en un pasillo oscuro donde apenas  llegaba luz del sol, vio lo que parecía un montacargas. Las puertas metálicas estaban, cerradas y lado había otra puerta lisa, de las se deslizan sobre carriles.El sótano, pensó, los ciegos que llegaron aquí encontraron el camino cerrado, sin duda se dieron cuenta que se trataba de un ascensor, pero a nadia se le ocurrio que lo normal es que halla tambien una escalera para cuando falle, la energía eléctrica, por ejemplo, como es el caso.


José Saramago, Ensayo sobre la ceguera, punto de lectura,1995
Seleccionado por María Alegre Trujillo. Segundo de bachillerato. Curso 2015-2016

El nombre de la rosa, Umberto Eco

Sexto día, Prima
 Mientras nos mostraba aquellas cosas, el rostro y los gestos de Nicola resplandecían de orgullo. Guillermo elogió lo que acababa de ver , y después preguntó a Nicola qué clase de persona había sido Malaquías.
-Extraña pregunta-dijo Nicola-,también tú lo conocías .
-Sí,pero no lo suficiente. Nunca comprendí qué tipo de pensamientos ocultaba... ni...-vaciló en emitir un juicio sobre alguien que acababa de morir-...si los tenía.
 Nicola se humedeció un dedo,lo pasó sobre una superficie de cristal cuya limpieza no era perfecta, y respondió sonriendo ligeramente y evitando la mirada Guilliermo:
-Ya ves que no necesitas preguntar... Es cierto, muchos consideraban que, tras su apariencia reflexiva, Malaquías era era un hombre muy simple. Según Alinardo, era un tonto.
-Alinardo todavía abriga rencor contra alguien por un acontecimiento que sucedió hace hace mucho tiempo,cuando le fue negada la dignidad de ser bibliotecario.

Eco Umberto, El nombre de la rosa, Ediciones Lumen,colección Palabras en el tiempo, pág. 541. Seleccionado por Daniel Carrasco Carril. Segundo de Bachillerato, Curso 2015-2016.

Opiniones de un payaso, Heinrich Böll

                Capitulo 2
   En Bonn las cosas sucedían siempre de modo muy distinto; allí nunca he salido a escena. allí vivo, y el taxi que tomaba nunca me llevaba a un hotel, sino a mi propio piso. Debí decir nos llevaba, a Marie y a mi. Ningún conserje en la casa, a quien pudiese yo confundir con un empleado del tren y, sin embargo. este piso, en el cual paso de tres a cuatro semanas cada año, es para mí más extraño que cualquier hotel. Tuve que contenerme para no tomar un taxi en la estación de Bonn: este gesto lo tengo tan bien ensayado que casi me pone en un apuro. Me quedaba un solo marco en el bolsillo. Permanecí en la escalinata y comprobé mis llaves: para la puerta de la casa, para la del piso, para mi escritorio; en el escritorio encontraría las llaves de la bicicleta. Hace tiempo que pienso en una pantomima con llaves: pienso en un manojo de llaves de hielo, que se van derritiendo mientras transcurre el número.
  Sin dinero para el taxi, y por primera vez en mi vida necesitaba uno urgentemente: mi rodilla estaba hinchada y a duras penas atravesé cojeando la plaza que hay delante de la estación, en dirección a la Poststrasse; dos minutos tan sólo desde la estación a nuestro piso, que me parecieron interminables. Me apoyé contra un automático de cigarrillos y lancé una mirada a la casa, de la cual mi abuelo me había regalado un piso; elegantes apartamentos imbricados uno en otro, con balcones revestidos de tonos discretos; cinco pisos, cinco tonalidades distintas para los balcones: en el quinto pisos, donde los balcones son de color orín, vivo yo.
   Heinrich Böll, Opiniones de un payaso, https://aullidosdelacalledotnet.files.wordpress.com/2014/08/heinrich-boll-opiniones-de-un-payaso.pdf. Seleccionado por Julia Mateos Gutiérrez, curso 2015-2016

A sangre fría, Truman Capote


          En el curso solitario, desolador, de sus recientes idas y venidas, Perry había considerado
una y otra vez aquella acusación y decidido que era injusta. Si que le importaba..., pero ¿a 
quién le importaba él? ¿A su padre? Sí, hasta cierto punto. Un par de chicas, pero aquello era 
«una historia larga de contar». A nadie, excepto Willie-Jay. Y sólo Willie-Jay había reconocido que valía, que tenía facultades,  sólo él había comprendido que Perry no era simplemente un paticorto y musculoso mestizo, sólo él, a pesar de todos sus sermones moralizadores, lo había visto como él mismo se veía: «excepcional», «raro», «artista». 
          En Willie-Jay su vanidad encontró apoyo, su sensibilidad refugio, y cuatro meses de distancia hacían aquella alta valoración más fascinante todavía,  más, aún, que todos los sueños de 
tesoros escondidos. De modo que cuando recibió la invitación de Dick y se dio cuenta de que 
la fecha que proponía coincidía más o menos con el día en que dejaban en libertad a WillieJay, supo qué debía hacer. Fue en coche a Las Vegas, vendió aquel carromato, empaquetó su colección de mapas, cartas, manuscritos y  libros y compró un billete de autobús. 
          Las consecuencias del viaje serían obra del destino; si «no se entendía con Willie-Jay», podría tomar en consideración «las proposiciones de Dick». Resultó que tenía que elegir entre Dick o nada, porque cuando su autobús llegó a Kansas City la tarde del 12 de noviembre, Willie-Jay, a quien no había podido advertir de su llegada, había salido ya de la ciudad, sólo cinco horas antes y por la misma estación terminal de autobuses a la que Perry llegara. Todo eso lo supo llamando al reverendo Post, que lo desanimó aún más al no querer revelar el destino exacto de su antiguo secretario.

          Truman Capote, A sangre fría, http://perio.unlp.edu.ar/catedras/system/files/a_sangre_fria- truman_capote_0.pdf
          Seleccionado por  Laura Agustín Críspulo. Segundo de Bachillerato, curso 2015-2016.

La náusea, Jean Paul Sartre

Es curioso: acabo de llenar diez páginas y no he dicho la verdad, por lo menos no toda la verdad. Cuando escribí, debajo de la fecha: “Nada nuevo”, tenía la conciencia intranquila por esto: en realidad una pequeña historia, que no es ni vergonzosa ni extraordinaria, se negaba a salir. “Nada nuevo”. Me admira cómo se puede mentir poniendo a la razón de parte de uno. Evidentemente, no se produjo nada nuevo, si se quiere: esta mañana, a las ocho y cuarto, cuando salí del hotel Printania para ir a la biblioteca, quise levantar un papel que había en el suelo y no pude. Esto es todo, y ni siquiera es un acontecimiento. Sí, pero para decir toda la verdad, me impresionó profundamente: pensé que ya no era libre. En la biblioteca traté de librarme de esta idea, sin conseguirlo. Quise huirle en el café Mably. Esperaba que se disiparía con las luces. Pero se quedó allí, en mi interior, pesada y dolorosa. Ella me dictó las páginas anteriores. 

Jean Paul Sartre, La náusea, http://www.infojur.ufsc.br/aires/arquivos/Jean%20Paul%20Sartre%20-%20La%20Nausea.pdf. Sleccionado por Lidia Rodríguez Suárez. Segundo de bachillerato. Curso 2015-2016.

El nombre de la rosa, Umberto Eco


Hay momentos mágicos, de gran fatiga física e intensa excitación motriz, en los que tenemos visiones de personas que hemos conocido en el pasado ( ¨en me retraçant ces details, j´en suis à me demander s´ils sont réels, ou bien si je le i rêvés¨). Como supe más tarde al leer el bello librito del Abbé de Bucquoy, también podemos tener visiones de libros aún no escritos.

Umberto Eco , el nombre de la rosa,https://drive.google.com/file/d/0B5ErbE8P5ZPpb21yc3BJNHl6eDQ/edit
seleccionado por Paola Moreno Díaz , segundo de bachillerato, curso 2015-2016


El señor de las moscas, William Golding

Se abrió camino remontando el desgarrón del bosque; pasó la gran roca que Ralph había escalado aquella primera mañana; después dobló a la derecha, entre los árboles. Caminaba con paso familiar a través de la zona de frutales, donde el menos activo podía encontrar un alimento accesible, si bien poco atractivo. Flores y frutas crecían juntas en el mismo árbol y por todas partes se percibía el olor a madurez y el zumbido de un millón de abejas libando. Allí le alcanzaron los chiquillos que habían corrido tras él. Hablaban, chillaban ininteligiblemente y le fueron empujando hacia los árboles. Entre el zumbido de las abejas al sol de la tarde, Simón les consiguió la fruta que no podían alcanzar; eligió lo mejor de cada rama y lo fue entregando a las interminables manos tendidas hacia él. Cuando les hubo saciado, descansó y miró en torno suyo. Los pequeños le observaban, sin expresión definible, por encima de las manos llenas de fruta madura.


William Golding, El señor de las moscas,  https://cidetac.files.wordpress.com/2015/08/golding-william-el-senor-de-las-moscas.pdf. Seleccionado por Lidia Rodríguez Suárez. Segundo de bachillerato. Curso 2015-2016.