lunes, 18 de enero de 2016

La llamada de lo salvaje, Jack London

                                                              Capítulo 3

             La dominante bestia primitiva arraigó mucho en Buck y, con crueles condiciones de vida en las pistas, se fue acrecentando aún más , aunque en secreto. Su recién adquirida astucia le dio aplomo y control. Estaba demasiado ocupado adaptándose a la nueva vida como para sentirse tranquilo, por lo que no sólo no se metía en peleas si no que procuraba evitarlas siempre que le fuera posible. Su actitud se caracterizaba por una cierta deliberación. No era propenso a la temeridad y a la precipitación; y a pesar del odio feroz que había entre él y Spittz, no daba muestras de impaciencia y evitaba ofenderlo.
            Por otra parte , tal vez porque intuía que Buck era un rival peligroso, Spitz nunca perdía la ocasión de mostrarle los dientes. No cesaba de intimidarlo, buscando continuamente la ocasión de iniciar una pelea que sólo podría acabar con la muerte de uno de los dos. Ese combate pudo haberse librado al principio del viaje de no ser por un inesperado accidente. Al final de un día duro la marcha acamparon en un lugar desolado y sombrío a orillas del lago Le Barge. La tormenta de nieve, un viento que cortaba  como un cuchillo al rojo vivo y la oscuridad los habían forzado a buscar a tientas un lugar de acampada. La elección no pudo haber resultado peor. A sus espaldas se levantaba un muro vertical de roca, así que Perrault y François se vieron obligados a encender una fogata y a desplegar sus sacos de dormir sobre el mismísimo lago helado. Habían dejado la tienda en Dyea para viajar más ligeros. Un poco de leña les permitió encender una fogata que el hielo no tardó en apagar, de manera que tuvieron que cenar a oscuras.
           Buck cavó su cobijo bajo la pared rocosa que los resguardaba. Estaba tan abrigado y calentito que le costó un gran esfuerzo abandonarlo cuando François comenzó a repartir el pescado que había descongelado con antelación en la fogata. Pero cuando Buck se terminó su ración y regresó a él, se encontró con que su cobijo   estaba ocupado. Un gruñido amenazador le reveló que el intruso era Spitz. Hasta ese momento Buck había evitado enfrentarse a su enemigo, pero aquello ya era demasiado. La bestia que había en él rugió. Se abalanzó sobre Spitz, pues la experiencia le había demostrado que su rival era un perro extraordinariamente tímido que se imponía a los demás sólo por su gran peso y tamaño.

     Jack London, La llamada de lo salvaje, Barcelona, Vicens Vives, 1988, página 153
     Seleccionado por Jennifer Garrido Gutiérrez, Primero de Bachillerato, curso 2015-2016

El viejo y el mar, Ernest Hemingway

     —Está subiendo —dijo—. Vamos, mano. Ven, te lo pido.
     El sedal se alzaba lenta y continuamente. Luego la superficie del mar se combó delante del bote y salió el pez- Surgió interminablemente y manaba agua por sus costados. Brillaba al sol y su cabeza y lomo eran de un púrpura oscuro y al sol las franjas de sus costados lucían anchas y de un tenue color rojizo. Su espalda era tan larga como un palo de béisbol, yendo de mayor a menor como un estoque. El paz apareció sobre el agua en toda su longitud y luego volvió a entrar en ella dulcemente, como un buzo, y el viejo vio la gran hoja de guadaña de su cola sumergiéndose y el sedal comenzó a correr velozmente.
     —Es dos pies más largo que el bote —dijo el viejo.
     El sedal seguía corriendo veloz pero gradualmente y el pez no tenía pánico. El viejo trataba de mantener con ambas manos el sedal a la mayor tensión posible sin que se rompiera. Sabía que si no podía demorar al pez con una presión continuada, el pez podría llevarse todo el sedal y romperlo.
     «Es un gran pez y tengo que convencerl —pensó—. No debo permitirle jamás que se dé cuenta de su fuerza ni de los que podría hacer si rompiera a correr. Si yo fuera él echaría ahora toda la fuerza y seguiría hasta que algo se rompiera. Pero, a Dios gracias, los peces no son tan inteligentes como los que matamos, aunque son más nobles y más hábiles.»
     El viejo había visto muchos peces grandes. Había visto muchos que pesaban más de mil libras y había cogido dos de aquel tamaño en su vida, pero nunca solo. Ahora, solo, y fuera de la vista de tierra, estaba sujeto al pez más grande que había visto jamás, más grande que cuantos conocía de oídas, y su mano izquierda estaba todavía tan rígida como las garras convulsas de un águila.
     «Pero ya se soltará —pensó—. Con seguridad que se le quitará el calambre para que pueda ayudar a la mano derecha. Tres cosas se pueden considerar hermanas: el pez y mis dos manos. Tiene que quitársele el calambre.» El pez había aminorado de nuevo su velocidad y seguía a su ritmo habitual.
     «Me pregunto por qué habrá salido a la superficie —pensó el viejo—. Brincó para mostrarme lo grande que era. Ahora ya lo sé —pensó—. Me gustaría demostrarle qué clase de hombre soy. Pero entonces vería la mano con calambre. Que piense que soy más hombre de lo que soy, y lo seré. Quisiera ser el pez —pensó— con todo lo que tiene frente a mi voluntad y mi inteligencia solamente.»
     Se acomodó confortablemente contra la madera y aceptó sin protestar su sufrimiento. Y el pez seguía nadando sin cesar y el bote se movía lentamente sobre el agua oscura. Se estaba levantando un poco de oleaje con el viento que venía del este y a mediodía la mano izquierda del viejo estaba libre del calambre.

  Ernest Hemingway, El viejo y el mar, Barcelona, Editorial Planeta, S.A. , Colección Millenium, 1997, pág. 69-71. 
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez. Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.

Saladino: El unificador del Islam, Geneviéve Chauvel

        Salimos de Damasco por la puerta de Sudán. Estábamos en el mes de chumada I (abril de 1164), y el alba iba enrojeciendo el cielo detrás de las colinas. A la cabeza marchaban las oriflamas y la música armando un gran alboroto. Luego venía mi tío en su uniforme de gala recamado en oro, abriendo la marcha al frente de su guardia kurda y mil jinetes con el sable desvainado. Montando su purasangre lujosamente enjaezado, era el «León de la Fe» y no le temía a nada.
        A su lado cabalgaba Chawar en su atuendo de visir, que esperaba hacer valer muy pronto. ¡Inch' Alá! ¡Si Dios lo quería! Pues el asunto distaba mucho de estar resuelto. Teníamos que atravesar una Palestina repleta de ciudadelas erizadas de cruces. Y la ruta más segura, la que Chircouh había elegido, era la del desierto, ardiente y desprovisto de pozos. Nos seguían los camellos, que además de nuestra impedimenta y pertrechos, llevaban cientos de odres llenos de agua. Según una estrategia aprobada por el consejo de los emires, teníamos que viajar divididos en pequeños grupos, porque un ejército con todo su material de guerra desplegado, como lo aconsejaban la sabiduría y la prudencia, hubiera despertado el recelo del enemigo.
        Avanzamos a marchas forzadas hacia las mesetas de Moab, siguiendo la orilla oriental de Jordán, al sur del Mar Muerto. Chircouh nos hizo girar hacia el oeste para cruzar el río y atravesar el Sinaí a toda marcha. Todo transcurrió sin incidentes. Dos semanas más tarde llegamos a las puertas de Bilbéis, edificada sobre el brazo más oriental del Nilo, sin haber visto ni la sombra de un «infiel». Cierto es que para despistarlos, Nour-ed-Din había lanzado sus tropas contra algunas plazas cristianas de Siria del norte, dándoles muchos más sobresaltos que nuestra pequeña caravana que aparecía aquí y allá, acampaba en silencio y volvía a perderse discretamente entre los arenales.


       Geneviéve Chauvel, Saladino: El unificador del Islam, Barcelona, El País, 2005, ed. 40, pág 47.
       Seleccionado por Delia Marinela Bulau, Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.

La casa de los espíritus, Isabel Allende

CAPÍTULO XI: EL DESPERTAR.
       

       Alrededor de los dieciocho años Alba abandonó definitivamente la infancia. En el momento preciso en que se sintió mujer, fue a encerrarse en su antiguo cuarto, donde todavía estaba el mural que había comenzado muchos años atrás. Buscó en los viejos tarros de pintura hasta que encontró un poco de rojo y de blanco que todavía estaban frescos, lo mezcló con cuidado y luego pintó un gran corazón rosado en el último espacio libre de las paredes. Estaba enamorada. Después tiró a la basura los tarros y los pinceles y se sentó un largo rato a contemplar los dibujos, para revisar la historia de sus penas y alegrías. Sacó la cuenta que había sido feliz y con un suspiro se despidió de la niñez.
       Ese año cambiaron muchas cosas en su vida. Terminó el colegio y decidió estudiar filosofía, para darse el gusto, y música, para llevar la contra a su abuelo, que consideraba el arte como una forma de perder el tiempo y predicaba incansablemente las ventajas de las profesiones liberales o científicas. También la prevenía contra el amor y el matrimonio, con la misma majadería con que insistía para que Jaime se buscara una novia decente y se casara, porque se estaba quedando solterón. Decía que para los hombres es bueno tener una esposa, pero, en cambio, las mujeres como Alba siempre salían perdiendo con el matrimonio. Las prédicas de su abuelo se volatilizaron cuando Alba vio por primera vez a Miguel, en una memorable tarde de llovizna y frío en la cafetería de la universidad.
      Miguel era un estudiante pálido, de ojos afiebrados, pantalones desteñidos y botas de minero, en el último año de Derecho. Era dirigente izquierdista. Estaba inflamado por la más incontrolable pasión: buscar la justicia. Eso no le impidió darse cuenta de que Alba lo observaba. Levantó la vista y sus ojos se encontraron. Se miraron deslumbrados y desde ese mismo instante buscaron todas las ocasiones para juntarse en las alamedas del parque, por donde paseaban cargados de libros o arrastrando el pesado violoncelo de Alba. Desde el primer encuentro ella notó que él llevaba una pequeña insignia en la manga: una mano alzada con el puño cerrado. Decidió no decirle que era nieta de Esteban Trueba y, por primera vez en su vida, usó el apellido que tenía en su cédula de identidad: Satigny. Pronto se dio cuenta que era mejor no decírselo tampoco al resto de sus compañeros. En cambio, pudo jactarse de ser amiga de Pedro Tercero García, que era muy popular entre los estudiantes, y del Poeta, en cuyas rodillas se sentaba cuando niña y que para entonces era conocido en todos los idiomas y sus versos andaban en boca de los jóvenes y en el graffiti de los muros.

       Isabel Allende, La casa de los espíritus, Barcelona, Delibes, 1998, página 210  
       Seleccionado por Edith González Ramos, primero de bachillerato.



viernes, 15 de enero de 2016

Cuarteto de Alejandría, Lawrence Durrell

Aquella guerra había llegado hasta nosotros por el agua con tanto sigilo, gradualmente, como las nubes que llenan en silencio el horizonte de extremo a extremo. Pero no había estallado todavía. Sólo sus rumores oprimían el corazón con esperanzas y temores contradictorios. Al principio, se pensó que pronosticaba la caída del mundo civilizado; pero pronto se vio que esa esperanza era vana. No; sería, como siempre, el fin de la ternura, de la seguridad, de la temperancia; el fin de las esperanzas del artista, del desinterés, de la alegría. Fuera de eso, todos los demás rasgos de la condición humana se verían afirmados y acentuados. Tal vez, sin embargo, surgía ya, por detrás de las apariencias, alguna verdad, poraue la muerte eleva todas las tensiones y nos permite unas pocas semiverdades menos que aquellas de que vivimos en épocas normales. Eso era todo cuanto sabíamos hasta entonces de aquel dragón desconocido divas garras se habían clavado ya en el resto del mundo. ¿Todo? Sí, sin duda una vez o dos el alto cielo se había inflamado con el estigma de invisibles bombarderos, pero sus ruidos no habían podido ahogar el zumbido familiar de las abejas isleñas, pues no había casa que no poseyera algunas colmenas enjalbegadas. ¿Qué más? Una vez (esto tenía ya un carácter más real) un submarino asomó su periscopio en la bahía y vigiló la costa durante algunos minutos. Acaso nos vio mientras nos bañábamos en la punta. Saludamos con la mano. Pero un periscopio no tiene brazos para devolver el saludo. Tal vez en las playas norteñas se había descubierto algo más extraño: un viejo lobo marino dormitando al sol como un musulmán sobre su alfombra de oraciones. Pero también esto tenía poco que ver con la guerra.
 No obstante, todo comenzó a cobrar cierta realidad cuando el pequeño caique enviado por Nessim irrumpió aquella noche en el oscuro muelle, piloteado por tres marinos de as pecto hosco, armados con pistolas automáticas. No eran griegos, aunque hablaban la lengua con agresiva autoridad. Referían historias de ejércitos destrozados y de muertes por congelación; aunque en un sentido era ya demasiado tarde, pues el vino había obnubilado la conciencia de los viejos, y sus relatos, no encontrando eco, se disipaban rápidamente. Pero a mí me impresionaron aquellos tres especímenes de apergaminados rostros que venían de una civilización desconocida que se llamaba guerra. Parecían sentirse incómodos en tan buena compañía. La piel se veía tensa, como gastada, sobre los pómulos sin afeitar. Fumaban con avidez, arrojando el humo azul por la boca y la nariz como sibaritas. Cuando bostezaban, aquellos bostezos parecían 14 nacer en el mismo escroto. Nos confiamos con recelo a su cuidado, pues eran los primeros rostros hostiles que veíamos desde hacía mucho tiempo.

Lawrence Durrell, Cuarteto de Alejandría, file:///C:/Documents%20and%20Settings/alumno/Mis%20documentos/Downloads/durrell,_lawrence_-_el_cuarteto_de_alejandria_iv_-_clea.pdf. Seleccionado por Lidia Rodríguez Suárez, segundo de bachillerato, curso 2015-2016.

Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carrol

     El grupo que se reunió en la orilla tenia un aspecto realmente extraño: los pájaros con las plumas sucias, los otros animales con el pelo pegado al cuerpo, y todos calados hasta los huesos, malhumorados e incómodos.
     Lo primero era, naturalmente, discurrir el modo de secarse: lo discutieron entre ellos, y a los pocos minutos a Alicia le parecía de lo más natural encontrarse en aquella reunión y hablar familiarmente con los animales, como si los conociera de toda la vida .Sostuvo incluso una larga discusión con el Loro, que terminó poniéndose muy tozudo y sin querer decir otra cosa que "soy más viejo que tú, y tengo que saberlo mejor". Y como Alicia se negó a darse por vencida sin saber antes la edad del Loro, y el Loro se negó rotundamente a confesar su edad, ahí acabó la conversación. 
    
        Lewis Carrol, Alicia en el pais de las maravillas, https://www.ucm.es/data/cont/docs/119-2014-02-19-Carroll.AliciaEnElPaisDeLasMaravillas.pdf.
        Seleccionado por Julia Mateos Gutiérrez. Segundo de Bachillerato. Curso 2016-2017

Las olas, Virginia Woolf


«La marea comienza a descender. Los árboles afirman nuevamente sus raíces en la tierra. Las olas de sangre que golpeaban mis costados se apaciguan y mi corazón echa anclas, semejante a un barco cuyas velas se deslizan, cayendo suavemente sobre el puente inmaculado. El juego ha concluido. Es hora de ir a tomar el té».

La pandilla de jactanciosos se ha marchado finalmente a jugar cricket —dijo Luis—. Se han marchado en el gran break cantando en coro. Todos vuelven la cabeza simultáneamente en el instante en que van a desaparecer detrás del bosquecillo de laureles. Sin duda, se habrán puesto a jactarse de nuevo: el hermano de Larpent jugó fútbol con el equipo de Oxford: el padre de Smith completó cien puntos en el match de Lord. Archie y Hugo: Parker y Dalton: Larpent y Smith. Luego, los mismos nombres se repiten nuevamente: Archie y Hugo, Parker y Dalton: Larpent y Smith: los nombres son siempre los mismos. Ellos son scouts, juegan cricket: son miembros de la Sociedad de Historia Natural. Andan siempre en bandas y desfilan de a cuatro, llevando insignias en sus gorras y haciendo un saludo simultáneo al pasar junto al retrato de su jefe. ¡Cuán majestuoso es su orden, cuán hermosa su obediencia! Si yo pudiera seguirles, si pudiera estar entre ellos, sacrificaría con gusto todo lo que sé. Pero ellos maltratan a las mariposas, les arrancan las alas y arrojan a los rincones pañuelos sucios y manchados de sangre. Ellos hacen llorar a los niños pequeños en los corredores oscuros. Tienen grandes orejas rojas que sobresalen bajo sus gorras. Sin embargo, Nerine y yo querríamos parecernos a ellos… Yo les miro pasar con envidia. Escondido detrás de alguna cortina, observo con deleite la simultaneidad de sus movimientos. Si sus piernas reforzaran las mías ¡cómo correría yo con ellos! Si yo anduviera en su compañía si hubiera ganado partidas de cricket con ellos y hubiera remado eh las grandes regatas y hubiera galopado con ellos el día entero, ¡cómo cantaría canciones a voz en cuello por las noches! ¡Qué torrente de palabras brotaría entonces de mi garganta!

—Percival se ha marchado —dijo Neville—. No piensa en otra cosa que en el match. Ni siquiera nos hizo un saludo con la mano cuando el break desapareció detrás del arbusto de laureles. Me desprecia porque soy demasiado débil para tomar parte en el juego (a pesar de que se muestra siempre bondadoso ante mi debilidad). Me desprecia por que no me inquieto por saber si van a ganar o a perder, excepto en la medida en que él mismo se inquieta. El acepta mi devoción temblorosa y servil, acepta la oferta que le hago de mí mismo, yo que le desprecio por su inferioridad mental. Porque ni siquiera es capaz de leer. Sin embargo, cuando leo a Shakespeare o a Catulo tendido sobre el césped, él comprende mejor que Luis. No entiende el sentido de las palabras… pero, ¿qué son las palabras? ¿Acaso no se yo rimar, acaso no puedo imitar a Pope, a Dryden e incluso a Shakespeare? Pero soy incapaz de permanecer todo el día a pleno sol, con los ojos fijos en la pelota; soy incapaz de sentir pasar la pelota junto a mi cuerpo y no pensar en otra cosa que en ella. Toda mi vida permaneceré aferrado a los bordes de las palabras… Sin embargo, me sería imposible vivir con Percival y soportar su estupidez. Sin duda, debe ser grosero y debe roncar al dormir. Se casará y hará escenas de ternura por la mañana, a la hora del desayuno. Pero ahora es joven y nada, ni siquiera una hebra de hilo, ni una hola de papel, se interpone entre él y el sol, entre él y la lluvia, entre la luna y él cuando yace desnudo, ardoroso, hecho un ovillo en su lecho. En este momento, mientras el break se desliza sobre el camino, su rostro se mancha de rojo y amarillo. En breve se quitará el vestón, se pondrá de pie con las piernas separadas, las manos listas, vigilando la barrera. Y en su interior rezará: «¡Dios mío, permitid que ganemos!…» La victoria de su equipo será su único pensamiento.

V.Woolf, Las olas, biblio3.url.edu.gt/Libros/2011/las_olas.pdf
Seleccionado por Clara Fuentes Gómez, Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016.

El barón rampante, Italo Calvino

El modo en que los caracoles excitaban la macabra fantasía de nuestra hermana, nos empujó, a mi hermano y a mí, a una rebelión, que era, al mismo tiempo, de solidaridad con los pobres animales atormentados, de desagrado por el sabor de los caracoles cocidos y de exasperación por todos y todo, hasta el punto que no hay que sorprenderse que a partir de ese momento madurase Cósimo su gesto y todo lo que le siguió. Habíamos urdido un plan. Cuando el caballero abogado traía a casa un cesto lleno de caracoles comestibles, los metían en un tonel de la bodega, para que ayunaran, y comiendo sólo salvado se purgasen. Al desplazar la tapa de tablas de este tonel aparecía una especie de infierno, en el que los caracoles subían por las duelas con una lentitud que ya era un presagio de agonía, entre restos de salvado, estrías de opaca baba agrumada y coloreados excrementos, recuerdo de los buenos tiempos de las hierbas al aire libre. Algunos estaban fuera del caparazón, con la cabeza extendida y los cuernos separados, otros encogidos, dejando asomar solamente desconfiadas antenas, otros de tertulia como comadres, otros adormecidos y encerrados, otros muertos, vueltos al revés. Para salvarlos del encuentro con aquella siniestra cocinera, y para salvarnos a nosotros de sus opíparas comidas, practicamos un agujero en el fondo del tonel, y desde allí trazamos con briznas de hierba picada y miel, un camino lo más escondido posible, detrás de barriles y aparejos de la bodega, para incitar a los caracoles a la fuga, hasta un ventanuco que daba a un bancal inculto y lleno de maleza.

Calvino, El barón rampante, http://hermanotemblon.com/biblioteca/Literatura%20en%20General%20/Nabokov,%20Vladimir-Lolita.pdf. Seleccionado por Lidia Rodríguez Suárez, segundo de bachillerato, curso 2015-2016.

La señorita Julia, August Strindberg



LA SEÑORITA: ¡Antes béseme la mano!
JUAN: ¡ Escúcheme!
LA SEÑORITA: ¡Antes béseme la mano!
JUAN: ¡Bien, pero la culpa será suya!
LA SEÑORITA: La culpa, ¿de qué?
JUAN: ¿De qué? ¿Sigue siendo tan niña a los veinticinco años? ¿No sabe que es
peligroso jugar con fuego?
LA SEÑORITA: Para mí, no. ¡Estoy asegurada!
JUAN (con audacia).-¡No, no lo está! ¡Y aunque lo estuviese! ¡Piense que hay materia
inflamable a su lado!
LA SEÑORITA: ¿Se refiere a... usted?
JUAN: ¡Sí! No porque sea yo, sino porque soy un hombre joven...
LA SEÑORITA: De buena presencia... ¡Qué vanidad tan increíble! Tal vez... ¿un Don
Juan? ¿O un casto José? ¡Sí, eso es, estoy segura de que es un José!
JUAN: ¿Usted cree?
LA SEÑORITA: ¡Me lo estoy temiendo!
(JUAN se acerca, con gran atrevimiento, tratando de cogerla por la cintura para besarla.)
LA SEÑORITA: (dándole una bofetada).-¡Sinvergüenza! ¡A tu sitio!
JUAN: ¿Es en serio o en broma?
LA SEÑORITA: ¡En serio!
JUAN: ¡Entonces lo de antes también era en serio! ¡Usted juega demasiado en serio y
eso es lo peligroso! Yo ahora ya estoy cansado de juegos y le suplico que me permita
volver a mis ocupaciones. Las botas del señor conde tienen que estar listas a tiempo y
ya es bastante más de medianoche.
LA SEÑORITA: ¡Olvídate de las botas!
JUAN: ¡No! Ese es mi trabajo y tengo que hacerlo. Pero entre mis obligaciones no está
la de ser se juguete. Y no lo seré nunca. Valgo demasiado para eso.
LA SEÑORITA: ¡Es usted muy orgulloso!
JUAN: Para unas cosas, sí; para otras, no.
LA SEÑORITA: ¿Has amado alguna vez?
JUAN: Nosotros no empleamos esa palabra, pero sí, me han gustado muchas chicas. ¡Y
una vez llegué a enfermar al no poder conseguir la que quería! ¡Pero enfermo como los
príncipes de Las mil y una noches que no podían comer ni beber de puro amor!

August Strindberg, La señorita Julia,  http://www.ddooss.org/libros/August_Strindberg.pdf
Seleccionado por Laura Agustín Críspulo, Segundo de Bachillerato, curso 2015-2016.

La cantante calva, Eugene Ionesco


SRA. SMITH:
– ¡Vaya, son las nueve! Hemos comido sopa, pescado, patatas con tocino, y ensalada inglesa. Los niños han bebido agua inglesa. Hemos comido bien esta noche. Eso es porque vivimos en los suburbios de Londres y nos apellidamos Smith.

SR. SMITH: (continuando su lectura, chasquea la lengua).

SRA. SMITH:
– Las patatas están muy bien con tocino, y el aceite de la ensalada no estaba rancio. El aceite del almacenero de la esquina es de mucho mejor calidad que el aceite del almacenero de enfrente, y también mejor que el aceite del almacenero del final de la cuesta. Pero con ello no quiero decir que el aceite de aquéllos sea malo.

SR. SMITH: (continuando su lectura, chasquea la lengua).

SRA. SMITH:
– Sin embargo, el aceite del almacenero de la esquina sigue siendo el mejor.

SR. SMITH: (continuando su lectura, chasquea la lengua).

SRA. SMITH:
– Esta vez Mary ha cocido bien las patatas. La vez anterior no las había cocido bien. A mí no me gustan sino cuando están bien cocidas.

SR. SMITH: (continuando su lectura, chasquea la lengua).

SRA. SMITH:
– El pescado era fresco. Me he chupado los dedos. Lo he repetido dos veces. No, tres veces. Eso me hace ir al retrete. Tú también has comido tresraciones. Sin embargo, la tercera vez has tomado menos que las dos primeras, en tanto que yo he tomado mucho más. Esta noche he comido mejor que tú. ¿Cómo es eso? Ordinariamente eres tú quien come más. No es el apetito lo que te falta.

SR. SMITH: (continuando su lectura, chasquea la lengua).

SRA. SMITH:
– No obstante, la sopa estaba quizás un poco demasiado salada. Tenía más sal que tú. ¡Ja, ja! Tenía también demasiados puerros y no las cebollas suficientes. Lamento no haberle aconsejado a Mary que le añadiera un poco de anís estrellado. La próxima vez me ocuparé de ello.

SR. SMITH: (continuando su lectura, chasquea la lengua).

SRA. SMITH:
– Nuestro rapazuelo habría querido beber cerveza, le gustaría beberla a grandes tragos, pues se te parece. ¿Has visto cómo en la mesa tenía la vista fija en la botella? Pero yo vertí en su vaso agua de la garrafa. Tenía sed y la bebió. Elena se parece a mí: es buena mujer de su casa, económica, y toca el piano. Nunca pide de beber cerveza inglesa. Es como nuestra hijita, que sólo bebe leche y no come más que gachas. Se ve que sólo tiene dos años. Se llama Peggy. La tarta de membrillo y de fríjoles estaba formidable. Tal vez habría estado bien beber, en el postre, un vasito de vino de Borgoña australiano, pero no he llevado el vino a la mesa para no dar a los niños un mal ejemplo de gula. Hay que enseñarles a ser sobrios y mesurados en la
vida


Eugene Ionesco. La cantante calva. centros.edu.xunta.es
Seleccionado por Maria Alegre Trujillo, Segundo de bachillerato,curso 2015-2016.

Últimos poemas, W.B. Yeats


SANGRE Y LUNA
Bendito sea este lugar
Y aún más bendita esta torre;
Un poder sangriento y arrogante
Se levantó de la raza
Para expresarla, para dominarla,
Se alzó como los muros
De estas cabañas azotadas por la tormenta.
Como burla he construido
Un emblema poderoso
Y lo canto verso a verso,
Como burla de una época
Medio muerta en la cima.



W.B.Yeats, Últimos poemas
http://www.google.es/urlsa=t&rct=j&q=ultimos+poemas+yeats+pdf&source=web&cd=1&cad=rja&uact=8&ved=0ahUKEwj5waHPqqvKAhUIMBoKHYBQBAwQFggfMAA&url=http%3A%2F%2Ffiles.bibliotecadepoesiacontemporanea.webnode.es%2F200000162-5628756a65%2FWilliam%2520Butler%2520Yeats.pdf&usg=AFQjCNH4hvQ_K0J1zed9EziDXO2Tsmv6Cg&sig2=InVu6Od0uPrfJUDOGPIwvg&bvm=bv.112064104,d.d2s


Seleccionado por Clara Fuentes Gómez, Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016.

El cementerio marino, Paul Valéry

Calmo techo surcado de palomas, 
palpita entre los pinos y las tumbas; 

mediodía puntual arma sus fuegos 

¡El mar, el mar siempre recomenzado! 

¡Qué regalo después de un pensamiento 

ver moroso la calma de los dioses!


¡Qué obra pura consume de relámpagos 
vario diamante de invisible espuma, 

y cuánta paz parece concebirse!

Cuando sobre el abismo un sol reposa, 

trabajos puros de una eterna causa, 

el Tiempo riela y es Sueño la ciencia.


Tesoro estable, templo de Minerva, 
quietud masiva y visible reserva; 

agua parpadeante, Ojo que en ti guardas 

tanto sueño bajo un velo de llamas, 

¡silencio mío!... ¡Edificio en el alma, 

mas lleno de mil tejas de oro. Techo!



Paul Valéry, El cementerio marino,http://www.lamaquinadeltiempo.com/valery/cement02.htm, seleccionado por Daniel Carrasco Carril, segundo de bachillerato, curso 2015-2016

Lolita, Vladimir Nabokov

El hueco de mi mano estaba aún lleno con el marfil de Lolita, con la sensación de su espalda pre-adolescente –una sensación deslizante, con suavidad marfileña–, de su piel bajo la tela delgada que yo había restregado mientras la abrazaba. Me dirigí hacia su cuarto en desorden, abrí la puerta del ropero y me sumergí en un revoltijo de cosas que la habían tocado. Encontré una prenda rosada, liviana, rota... Envolví en ella el corazón henchido de Humbert. Un caos punzante bullía en mi interior; pero era necesario que dejara esas cosas y me recobrara cuanto antes, pues oí la voz aterciopelada de la criada que me llamaba desde las escaleras. Tenía un mensaje para mí, dijo; y retribuyendo mi automático «gracias» con un amable «de nada», la buena Louise depositó en mi mano trémula un sobre sin estampilla, curiosamente inmaculado. «Ésta es una confesión: te amo...» Así empezaba la carta, y durante un instante confundí sus garabatos histéricos con la mala letra de una colegiala.

                               Vladimir Nabokov, Lolita,                     http://hermanotemblon.com/biblioteca/Literatura%20en%20General%20/Nabokov,%20Vladimir-Lolita.pdf. 
       Seleccionado por Lidia Rodríguez Suárez, segundo de bachillerato, curso 2015-2016,

Opiniones de un payaso, Heinrich Böll


Capítulo 1.

     Oscurecía ya cuando llegué a Bonn, y me forcé esta vez a no poner en marcha el piloto automático que en cinco años de viajar se ha formado en mi interior: bajar las escaleras del andén, subir las escaleras del andén, dejar maleta, sacar billete del bolsillo del abrigo, recoger maleta, entregar billete, al puesto de periódicos, comprar periódicos de la tarde, salir a la calle, llamar un taxi. Durante cinco años partí yo casi todos los días de algún punto y llegué a cualquier otro punto, por la mañana subía y bajaba las escaleras de la estación, por la tarde bajaba y subía la escaleras de la estación, tomaba taxis, buscaba dinero en el bolsillo de mi chaqueta para pagar al conductor, compré periódicos en el quiosco, y en algún rincón de mi conciencia disfruté la incuria minuciosamente estudiada de este piloto automático.Desde que Marie me ha abandonado para casarse con este católico, Züpner, el funcionamiento se ha hecho todavía más automático, sin perder su
incuria. Para el trayecto de la estación al hotel, del hotel a la estación, hay una unidad de medida: el taxímetro.

Heinrich Böll, Opiniones de un payaso, https://aullidosdelacalledotnet.files.wordpress.com/2014/08/heinrich-boll-opiniones-de-un-payaso.pdf
Seleccionado por Laura Agustín Críspulo, Segundo de Bachillerato, curso 2015-2016.

La letra escarlata, Nathaniel Hawthome


      

De esta intensa sensación y convencimiento de ser el objeto de las miradas severas y escudriñadoras de todo el mundo, salió al fin la mujer de la letra escarlata al percibir, en las últimas filas de la multitud, una figura que irresistiblemente embargó sus pensamientos. Allí estaba en pie un indio vestido con el traje de su tribu; pero los hombres de piel cobriza no eran visitas tan raras en las colonias inglesas, que la presencia de uno pudiera atraer la atención de Ester en aquellas circunstancias, y mucho menos distraerla de las ideas que preocupaban su espíritu. Al lado del indio, y evidentemente en compañía suya, había un hombre blanco, vestido con una extraña mezcla de traje semi civilizado y semi salvaje.

      Era de pequeña estatura, con semblante surcado por numerosas arrugas y que sin embargo no podía llamarse el de un anciano. En los rasgos de su fisonomía se revelaba una inteligencia notable, como la de quien hubiera cultivado de tal modo sus facultades mentales, que la parte física no podía menos que amoldarse a ellas y revelarse por rasgos inequívocos. Aunque merced a un aparente desarreglo de su heterogénea vestimenta había tratado de ocultar o disimular cierta peculiaridad de su figura, para Ester era evidente que uno de los hombros de este individuo era mas alto que el otro. No bien hubo percibido aquel rostro delgado y aquella ligera deformidad de la figura, estrechó a la niña contra el pecho, con tan convulsiva fuerza, que la pobre criaturita dio otro grito de dolor.Pero la madre no pareció oírlo.

      Desde que llegó a la plaza del mercado, y algún tiempo antes que ella le hubiera visto, aquel desconocido había fijado sus miradas en Ester. Al principio, de una manera descuidada, como hombre acostumbrado a dirigirlas principalmente dentro de sí mismo, y para quien las cosas externas son asunto de poca monta, a menos que no se relacionen con algo que preocupe su espíritu. Pronto, sin embargo, las miradas se volvieron fijas y penetrantes. Una especie de horror puede decirse que retorció visiblemente su fisonomía, como serpiente que se deslizara ligeramente sobre las facciones, haciendo una ligera pausa y verificando todas sus circunvoluciones a la luz del día. Su rostro se oscureció a impulsos de alguna poderosa emoción que pudo sin embargo dominar instantáneamente, merced a un esfuerzo de su voluntad, y de tal modo, que excepto un rápido instante, la expresión de su rostro habría parecido completamente tranquila. Después de un breve momento, la convulsión fue casi imperceptible, hasta que al fin se desvaneció totalmente. Cuando vio que las miradas de Ester se habían fijado en las suyas, y notó que parecía haberle reconocido, levantó lenta y tranquilamente el dedo, hizo con una señal con en el aire, y lo llevó sus labios.

      Entonces, tocando en el hombro a una de las personas que estaban a su lado, le dirigió la palabra con la mayor cortesía, diciéndole:
     
     —Le ruego a Ud., buen señor, se sirva decirme ¿quién es esa mujer, y por qué la
exponen de tal modo a la vergüenza pública?
    
  —Ud. tiene que ser un extranjero recién llegado, amigo, —le respondió el hombre, dirigiendo al mismo tiempo una mirada curiosa al que hizo la pregunta a el y a su salvaje compañero.


Nathaniel Hawthome, La letra escarlata, www.avempace.com
Seleccionado por MarÍa Alegre Trujillo, Segundo de bachillerato, curso 2015-2016.