lunes, 13 de abril de 2015

El tambor de hojalata, Günter Grass

Inspección del cemento,
o místico, bárbaro, aburrido

     Y Óscar se acercó. Se sentía atraído. No quería seguir sobre las baldosas, sino estar sobre la alfombra. Una grada lo llevaba a la otra. Subí, pues, aunque hubiera preferido que él bajara. -Jesús- le dije, reuniendo lo que me quedaba de mi tambor. ¡Tú tienes ya tu cruz, y eso debiera bastarte! - sin interrumpirse de golpe, terminó de tocar, cruzó los palillos con cuidado exagerado sobre la hojalata y devolviome sin chistar lo que Óscar le prestara tan a la ligera. 
     Disponíame ya, sin dar las gracias y como perseguido por todos los demonios, a descender aquellas gradas y a huir del catolicismo, cuando una voz agradable, aunque imperiosa, me tocó la espalda: -¿Me quieres, Óscar?- Sin volverme, contesté: -No que yo sepa. -Y él con la misma voz, sin elevar el tono: -¿Me quieres, Óscar? -Huraño, repliqué: -¡Lo siento, pero nada! -Entonces la voz me fastidió por tercera vez: -¿Óscar, me quieres? -Jesús pudo ver ahora mi cara: -¡Te odio, rapaz, a ti y a todo tu repiqueteo!
     Curiosamente, mi enojo puso en su voz un tono de triunfo. Levantó el índice, a la manera de una maestra de primaria, y me asignó una misión: -¡Tú eres Óscar, la roca, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia! ¡Sígueme!
     Ya se imaginarán ustedes mi indignación. De pura rabia se me puso la carne de gallina. Le rompí uno de los dedos del pie, pero él ya no se movió. -¡Repítelo- dijo Óscar entre dientes- y te raspo la pintura!
     Ya no hubo más palabras; sólo, como siempre y desde siempre, ese viejo que va siempre arrastrando los pies por todas las iglesias. Se hincó ante el altar lateral izquierdo, no me vio, siguió luego arrastrando los pies y se hallaba ya frente a San Adalberto de Praga cuando yo bajé tropezando las gradas, pasé sin volverme de la alfombra a las baldosas del tablero y me reuní con María al tiempo que ésta, en forma correcta y siguiendo mis instrucciones, se santiguaba a la católica.
     La cogí de la mano, la llevé a la pila de agua bendita, dejé que se persignara una vez más en el centro de la Iglesia y ya cerca del pórtico, mirando hacia el altar mayor, pero sin imitarla, y, cuando se disponía a hincarse de rodillas, me la lleve afuera, hacia el sol.


     Günter Grass, El tambor de hojalata, Madrid, Ediciones Generales, S.A., páginas 477, 478, 2006. Seleccionado por Andrea González García. Segundo de bachillerato, curso 2014-2015.

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