lunes, 23 de noviembre de 2015

Nuestra señora de París, Victor Hugo

                    Capítulo VII
        
          La ilustre taberna de la Pomme d´Eve se hallaba en el barrio de la Universidad, en el cruce de la calle Rondelle con la de Bâtonnier. Era una sala bastante amplia, situada en la planta baja. Su techo de poca altura se apoyaba en un sólido pilar pintado de amarillo. Había mesas por todas partes; jarros de estaño relucientes, colgados de las paredes; mucha clientela, chicas en abundancia, una cristalera que daba a la calle y una parra a la puerta.. Sobre la puerta se veía una placa metálica de colores brillantes que tenía pintadas una manzana y una mujer. La placa estaba ya oxidada por la lluvia y giraba al viento sobre un eje de hierro. Esta especie de veleta, inclinada hacia el suelo, era el distintivo de la taberna.
         Empezaba a anochecer y el cruce en donde se encontraba la taberna estaba ya oscuro y ésta, llena de luces, se destacaba de lejos como una fragua en la oscuridad. A través de los cristales rotos de la entrada se oía el ruido del entrechocar de los vasos, el bullicio, los juramentos, las discusiones... A través del humo y la neblina que el ambiente de la sala empujaba hacia la cristalera de la entrada, se distinguían cien figuras borrosas y de vez en cuando se destacaba de entre ellas alguna carcajada estridente. 

        Victor Hugo, Nuestra señora de París, Madrid, Catedra, ed. 27, Letras Universales, página 310.
        Seleccionado por Delia Marinela Bulau, Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.

El amante, Marguerite Duras.

El hombre elegante se ha apeado de la limusina, fuma un cigarrillo inglés. Mira a la jovencita con sombrero de fieltro, de hombre, y zapatos dorados. Se dirige lentamente hacia ella. Resulta evidente: está intimidado. Al principio, no sonríe. Primero les ofrece un cigarrillo. Su mano tiembla. Existe la diferencia racial, no es blanco, debe superarla, por eso tiembla. Ella le dice que no fuma, no, gracias. No dice nada más, no le dice déjeme tranquila. Entonces tiene menos miedo. Entonces le dice que cree estar soñando. No responde. No vale la pena responder, ¿qué  podría responder? Espera. Entonces él le pregunta: ¿pero de dónde viene usted? Dice que es la hija de la directora de la escuela femenina de Sadec. El reflexiona y después dice que ha oído hablar de esa señora, su madre, dela mala suerte que ha tenido con esa concesión que compró en Camboya, ¿no es así? Sí, lo es.
Repite que es realmente extraordinario verla en ese transbordador. Por la mañana, tan pronto, una chica tan hermosa como ella, usted no se da cuenta, resulta inesperado, una chica blanca en un autocar indígena.
Le dice que el sombrero le sienta bien, incluso muy bien, que resulta...sí, original...un sombrero de hombre, ¿por qué no?, es tan bonita, puede permitírselo todo.
Ella le mira. Se pregunta quién es. El hombre le dice que regresa de París donde ha cursado sus estudios, que también vive en Sadec, en el río exactamente, la gran casa con las grandes terrazas de balaustradas de cerámica azul. Le pregunta qué es. Le dice que es un chino, que su familia procede del norte de china, de Fun-Chuen. ¿Me permite que lalleve a su casa, en Saigón? Está de acuerdo.El hombre dice al chófer que recoja del autocar el equipaje de la chica y que lo meta en el coche negro.

Marguerite Duras, El amante, Texto seleccionado por Edith González Ramos, Primero de bachillerato, curso 2015-2016.

viernes, 20 de noviembre de 2015

A sangre fría, Truman Capote.

    Capitulo II
  -¿Te encuentras bien?
  - Muy bien.
  - No tardes toda la noche.
   Dick echó una moneda en la automática, tiró de la palanca y cogió una bolsita de jelly beans. Masticando volvió al coche y observó los esfuerzos del mozo de la gasolinera para librar el parabrisas del polvo de Kansas y de restos de insectos aplastados. El mozo, que se llamaba James Spor, se sentía nervioso. Los ojos de Dick y su hosca expresión junto con la extraña y prolongada estancia de Perry en el lavabo, le inquietaban.(Al día siguiente le contaría a su jefe:"Anoche tuvimos un par de clientes bastante groseros."Pero entonces ni durante mucho tiempo,relacionaría aquellos visitantes con la tragedia de Holcomb)
  Dick dijo:
 -Esto está un poco muerto.
 -¡Ah, sí! -contestó James Spor-. Son ustedes los primeros que paran aquí desde hace un
par de horas. ¿De dónde vienen?
 -Kansas City.
 -¿A cazar por aquí?
 -Sólo de paso. Vamos a Arizona. Tenemos  allí trabajo que nos aguarda. En la
construcción. ¿Tiene idea de cuántos kilómetros hay hasta Tucumcari, en Nuevo México?
-No sabría decirle. Son tres dólares seis. -Tomó el dinero de Dick, le dio el cambio y
añadió-: Perdóneme, pero estoy trabajando, cambiando el parachoques de un camión.
     Truman Capote, A sangre fría, http://perio.unlp.edu.ar/catedras/system/files/a_sangre_fria-   truman_capote_0.pdf Seleccionado por Julia Mateos Gutiérrez curso 2015-2016

A sangre fría, Truman Capote





     Cuando lo llevaron al almacén, Smith reconoció a su enemigo Dewey. Dejó de mascar la goma de menta que tenía en la boca, sonrió y le guiñó el ojo a Dewey, entre desenvuelto y malicioso. Pero cuando el alcaide le preguntó si quería decir algo, su expresión era seria. Sus ojos sensibles contemplaron gravemente los rostros que le rodeaban, se alzaron hacia el verdugo en sombras, luego se posaron en sus manos esposadas. Se miró los dedos sucios de tinta y pintura, porque se había pasado sus últimos tres años en la Hilera de la Muerte pintando autorretratos y retratos de niños de los detenidos que le dejaban las fotos de su progenie que tan raramente veían.
     —Pienso —dijo— que es una cosa infernal quitar la vida de este modo. No creo en la pena de muerte ni legal ni moralmente. Puede que hubiera podido contribuir en algo, algo... —le falló la seguridad, la timidez le redujo la voz hasta que se hizo casi inaudible—. No sirve de nada que pida perdón por lo que hice. Hasta está fuera de lugar. Pero lo hago. Pido perdón.
    Escalones, lazo, máscara. Pero antes de que le ajustaran la venda, el prisionero escupió su chicle en la mano tendida del capellán. Dewey cerró los ojos y los mantuvo cerrados hasta que oyó el golpe seco que anuncia que la cuerda ha partido el cuello. Como casi todos los funcionarios de la ley americana, Dewey estaba convencido de que la pena capital representa un freno para el crimen violento y creía que si alguna vez la sentencia había sido plenamente merecida, era ésta. La precedente ejecución no le había turbado: Hickock nunca le había parecido gran cosa, sino que lo veía como «un estafador ocasional, que se había salido de su radio de acción, un ser hueco sin ningún valor». Pero Smith, a pesar de que era el verdadero asesino, despertaba en él otra reacción. Había algo en él, un aura de animal exiliado, de criatura herida, que el detective no podía dejar de ver. Recordaba su primer encuentro con Perry en la sala interrogatoria de la policía de Las Vegas: aquel enano sentado en la silla metálica, con sus diminutos pies metidos en unas botas que no llegaban al suelo. Y ahora, cuando Dewey volvió a abrir los ojos, fue aquello lo que vio, los mismos diminutos pies que colgaban, oscilantes.
     Dewey había imaginado que con las ejecuciones de Hickock y Smith se sentiría satisfecho, que experimentaría una sensación de liberación, de justicia cumplida. En lugar de ello, descubrió que estaba recordando un incidente ocurrido casi un año atrás, un encuentro casual en el cementerio de Valley View que, ahora retrospectivamente, le parecía que había cerrado el caso Clutter.
      Los pioneros que fundaron Garden City, tuvieron que ser gente espartana, pero cuando llegó el momento de establecer un cementerio formal, decidieron, a pesar de la aridez del suelo y las dificultades para transportar agua, crear aquel rico contraste con las polvorientas calles y las austeras llanuras. El resultado, que llamaron Valley View, está situado por encima de la ciudad, en una meseta de altura moderada. Visto hoy, es una oscura isla lamida por el ondulante oleaje de los trigales que la rodean, un buen refugio para un día caluroso, porque se hallan en ella muchos senderos umbríos, gracias a árboles plantados generaciones atrás.
     Una tarde del pasado mayo, mes en que los campos arden con el fuego verdeoro del trigo a medio crecer, Dewey llevaba varias horas en Valley View limpiando de malezas la tumba de su padre, deber que había descuidado por mucho tiempo. Dewey tenía cincuenta y un años, cuatro años más que cuando dirigió la investigación del caso Clutter. Pero seguía espigado y ágil y era el principal agente del KBI de la Kansas occidental. La semana anterior, había arrestado a un par de ladrones de ganado. El sueño aquel de establecerse en una granja propia no se había convertido en realidad, pues su esposa no había perdido el miedo a vivir aislada. En cambio, los Dewey se habían construido una casa nueva en la ciudad. Se sentían orgullosos de ella y orgullosos también de sus dos hijos, que ahora ya tenían voz grave y eran tan altos como su padre. El mayor iba a ingresar en la universidad en otoño.



Truman Capote, A sangre fría, www.perio.unpl.edu.ar
Seleccionado por Maria Alegre Trujilllo, segundo de bachillerato. Curso 2015-2016

Metamorfosis, Franz Kafka

Capítulo II
Y así, se puso a correr delante del padre,se paraba cuando él se detenía y volvía a emprender la carrera
cuando él hacía el menos movimiento. Así dieron varias vueltas a la habitación sin que ocurriese nada decisivo y sin que todo aquello tuviese el aspecto de una persecución debido a la lentitud con que tenía lugar. Por ello, Gregor siguió de momento en el suelo,ya que además temía que el padre pudiese interpretar su huida por la pared o por el techo como una maldad especial. No obstante, Gregor tuvo que reconocer que no podría aguantar mucho tiempo aquella carrera ,pues mientras su padre daba un paso él tenía que hacer un sinnúmero de movimiento. Ya empezaba a sentir sus ahogos; bien es verdad que su vida anterior había poseído un pulmón demasiado fiable.

Franz Kafka , Metamorfosis,editorial Acento,colección Club de los Clásicos, pág.65-66
seleccionado por Daniel Carrasco Carril, segundo de bachillerado, curso 2015-2016

El gran Gatsby , F. Scott Fitzgerald



En mis años mozos y más vulnerables mi padre me dio un consejo que desde aquella época no ha dejado de darme vueltas en la cabeza. “Cuando sientas deseos de criticar a alguien” -fueron sus palabras- “recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú tuviste.” No dijo nada más, pero como siempre nos hemos comunicado excepcionalmente bien, a pesar de ser muy reservados, comprendí que quería decir mucho más que eso. En consecuencia, soy una persona dada a reservarme todo juicio, hábito que me ha facilitado el conocimiento de gran número de personas singulares, pero que también me ha hecho víctima de más de un latoso inveterado. La mente anormal es rápida en detectar esta cualidad y apegarse a las personas normales que la poseen. Por haber sido partícipe de las penas secretas de aventureros desconocidos, en la universidad fui acusado injustamente de ser político. No busqué la mayor parte de estas confidencias; a menudo fingía tener sueño o estar preocupado; o cuando gracias a algún signo inconfundible me daba cuenta de que se avecinaba por el horizonte la revelación de alguna confidencia, mostraba una indiferencia hostil. Y es que las revelaciones íntimas de los jóvenes, o al menos la manera como las formulan, son por regla general plagios o están deformadas por supresiones obvias. Reservarse el juicio es asunto de esperanza ilimite. Todavía hoy temo un poco perderme de algo si olvido que como lo insinuó mi padre en forma por demás pretencioso, y yo de la misma manera lo repito-, el sentido fundamental de la buena educación es inequitativamente repartido al nacer.



 Fitzgerald  F.Scott , El gran Gatsby, iesvelesevent.edu.gva.es
seleccionado por Paola Moreno Díaz, segundo de bachillerado, curso 2015-2016

A sangra fría, Truman Capote

    Cada vez que ves un espejo, te pones como en trance. Como si estuvieras contemplando un magnífico trasero. Vamos, por Dios, ¿no te aburres nunca? Lejos de cansarle, su rostro le fascinaba. Desde cada ángulo le producía una impresión diferente. Era un rostro cambiante y los experimentos frente al espejo le habían enseñado a controlar sus expresiones, a parecer ora amenazador, ora travieso, ora sentimental; una inclinación de la cabeza, una contracción de los labios y el gitano corrompido se convertía en un jovencito romántico. Su madre había sido una india de pura raza cherokee y de ella había heredado aquella tez, el color yodo de la piel, los oscuros ojos húmedos y el pelo negro, siempre con una buena cantidad de brillantina y tan abundante que le permitía llevar largas patillas y un mechón corto caído sobre la frente a modo de flequillo. Si la aportación de su madre era evidente, la de su padre -un irlandés pecoso y de pelo color jengibre- lo era menos, como si la sangre india hubiese borrado toda huella de la estirpe celta. Pero los labios rosados y la nariz afilada confirmaban su presencia, al igual que aquel aire malicioso de arrogante egocentrismo irlandés que con frecuencia animaba la máscara cherokee y que llegaba a dominarla por completo cuando tocaba la guitarra y cantaba. Cantar e imaginar que lo hacía ante el público era otro fascinante modo de ir pasando las horas. Siempre recurría mentalmente a la misma escena: un local nocturno de Las Vegas que era, en realidad, su ciudad natal. Un local elegante, lleno de celebridades pendientes de la sensacional revelación, y entusiasmadas con aquel nuevo astro que interpretaba, con un fondo de violines, su versión de I’ll be seeing you y luego como bis, la última balada que había compuesto: En abril, bandadas de papagayos vuelan en lo alto, rojos y verdes, verdes y anaranjados. Los veo volar, los oigo en lo alto, papagayos que cantan y traen la primavera en abril...

   Truman Capote, A sangre fría, http://perio.unlp.edu.ar/catedras/system/files/a_sangre_fria-truman_capote_0.pdf, capítulo I.
   Seleccionado por Lidia Rodríguez Suárez. Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016.

El gran Gatsby, Scott Fitzgerald

Casi en la mitad del camino entre West Egg y Nueva York la carretera se une con la carrilera y corre a su lado durante un cuarto de milla, como huyendo de cierta desolada área de tierra. Es un valle de cenizas, una granja fantástica donde las cenizas crecen, como el trigo, en cerros, colina,, y grotescos jardines: un valle donde las cenizas toman la forma de casas, chimeneas y humo en ascenso, e incluso, con un esfuerzo trascendente, la de hombres grises que se mueven envueltos en la niebla, a punto de desplomarse y a través de la polvorienta atmósfera. De vez en cuando una hilera de autos grises pasa reptando a largo de un sendero invisible, emite un traqueteo fantasmagórico y se detiene, acto seguido unos hombres grises como la ceniza se trepan con palas plomizas y agitan una nube impenetrable que tapa su oscura operación a la vista. Pero encima de la tierra gris y de los espasmos del polvo desolado que todo el tiempo flota sobre ella, se pueden percibir, al cabo de un momento, los ojos del T.J. Eckleburg. Los ojos del T.J. Eckleburg son azules, y gigantescos, con retinas que miden una yarda. No se asoman desde rostro alguno sino tras un par de enormes anteojos amarillos, posándose sobre una nariz inexistente. Es evidente que el oculista chiflado y guasón los colocó allí a fin de aumentar su clientela del sector de Queens, y después se hundió en la ceguera eterna, los olvidó o se mudó. Pero sus ojos, un poco desteñidos por tantos días al sol y al agua sin recibir pintura, cavilan sobre el solemne basurero. Por uno de los lados el valle de las cenizas limita con un riachuelo fétido, y cuando se abre el puente levadizo para que pasen las barcazas, los pasajeros de los trenes que esperan pueden observar la deprimente escena, a veces hasta por media hora. Siempre es necesario hacer un alto allí, por lo menos de un minuto. Gracias a esta parada conocí por primera vez a la amante de Tom Buchanan. Donde quiera que lo conocían se hacia referencia al hecho de que Tom tenía una amante. A sus amigos les molestaba que se presentara con ella en los restaurantes más populares y que, dejándola sentada, fuera de mesa en mesa a conversar con cualquier conocido. Yo sentía cierta curiosidad por ver cómo era, aunque no tenía deseos de conocerla. Pero me tocó. Una tarde subí a Nueva York con Tom en tren, y al detenernos junto a los morros de ceniza, éste se levantó de un salto y, asiéndome del codo, literalmente me sacó del vagón.

Scott Fitzgerald, El gran Gatsby,  http://iesvelesevents.edu.gva.es/wptemp/wp-content/uploads/2013/03/Scott-Fitzgerald.-El-gran-Gatsby.pdf, capítulo II.
Sleccionado por Lidia Rodríguez Suárez. Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016.

El nombre de la rosa, Umberto Eco


Tercer día
NOCHE
Donde Adso, trastornado, se confiesa a Guillermo y medita sobre la función de la mujer en el plan de la creación, pero después descubre el cadáver de un hombre.

Cuando volví en mí, alguien estaba mojándome la cara. Era fray Guillermo.Tenía una lámpara y me había puesto algo bajo la cabeza.
-¿Qué ha sucedido, Adso -me preguntó-, para que andes de noche por la cocina robando despojos?
En pocas palabras: Guillermo se había despertado, había ido a buscarme no sé por qué razón, y al no encontrarme había sospechado que estaba haciendo alguna bravata en la biblioteca. Cuando se acercaba al Edificio por el lado de la cocina, había visto una sombra que salía en dirección al huerto (era la muchacha que se alejaba, quizá  porque había oído que alguien venía). Había tratado de reconocerla y de seguir sus pasos, pero ella (o sea, lo que para él era una sombra) había llegado hasta la muralla y había desaparecido. Entonces Guillermo  -después de explorar los alrededores- había entrado en la cocina y me había descubierto inconsciente.
Cuando, todavía aterrorizado, le señalé el envoltorio que contenía el corazón, y balbucí algo acerca de un nuevo crimen, se echó a reír:
-¡Pero Adso! ¿Qué hombre tendría un corazón tan grande? Es un corazón de vaca, o de buey; justo hoy han matado un animal. Mejor explícame cómo se encuentra en tus manos.
Oprimido por los remordimientos y atolondrado,  además, por el terror, no pude contenerme y prorrumpí en sollozos, mientras le pedía que me administrase el sacramento de la confesión. Así lo hizo y le conté todo sin ocultarle nada. Fray Guillermo me escuchó con mucha seriedad, pero con una sombra de indulgencia. Cuando hube acabado, adoptó una expresión severa y me dijo:
-Sin duda, Adso, has pecado, no sólo contra el mandamiento que te obliga a no fornicar, sino también contra tus deberes de novicio. En tu descargo obra la circunstancia de que te has visto en una de aquellas situaciones en las que hasta un padre del desierto se habría condenado. Y sobre la mujer como fuente de tentación ya han hablado bastante las escrituras. De la mujer dice el Eclesiastés que su conversación es como fuego ardiente, y los Proverbios dicen que se apodera de la preciosa alma del hombre, y que ha arruinado a los más fuertes. Y también dice el Eclesiastés: Hallé que es la mujer más amarga que la muerte y lazo para el corazón, y sus manos, ataduras. Y otros han dicho que es vehículo del demonio. Aclarado esto, querido Adso, no logro convencerme de que Dios haya querido introducir en la creación un ser tan inmundo sin dotarlo al mismo tiempo de alguna virtud. Y me resulta inevitable reflexionar sobre el hecho de que El les haya concedido muchos privilegios y motivos de consideración, sobre todo tres muy importantes. En efecto, ha creado al hombre en este mundo vil, y con barro, mientras que a la mujer la ha creado en un segundo momento, en el paraíso, y con la noble materia humana. Y no la ha hecho con los pies o las vísceras del cuerpo de Adán, sino con su costilla. En segundo lugar, el Señor, que todo lo puede, habría podido encarnarse directamente en un hombre, de alguna manera milagrosa, pero, en cambio, prefirió vivir en el vientre de una mujer, signo de que ésta no era tan inmunda. Y cuando apareció después de la resurrección, se le apareció a una mujer. Por último, en la gloria celeste ningún hombre será rey de aquella patria, pero sí habrá una reina, una mujer que jamás ha pecado. Por tanto, si el Señor ha tenido tantas atenciones con la propia Eva y con sus hijas, ¿es tan anorque también nosotros nos sintamos atraídos por las gracias y la nobleza de ese sexo? Lo que quiero decirte,Adso, es que, sin duda, no debes volver a hacerlo, pero que tampoco es tan monstruoso que hayas caído en la tentación. Y, por otra parte, que un monje, al menos una vez en su vida, haya experimentado la pasión carnal, para, llegado el momento, poder ser indulgente y comprensivo con los pecadores a quienes deberá aconsejar y confortar... pues bien, querido Adso, es algo que no debe desearse antes de que suceda, pero que tampoco conviene vituperar una vez sucedido. Así que, ve con Dios, y no hablemos más de esto. En cambio, para no pensar demasiado en algo que mejor será olvidar, si es que lo logras -y me pareció que en aquel momento su voz vacilaba, como ahogada por una
emoción muy profunda-, preguntémonos qué sentido tiene lo que ha sucedido esta noche. ¿Quién era esa muchacha y con quién tenía cita?
-Eso sí que no lo sé, y no he visto al hombre que estaba con ella.
-Bueno, pero podemos deducir quién era basándonos en una serie de indicios inequívocos. Ante todo, era un hombre feo y viejo, con el que una muchacha no va de buena gana, sobre todo si es tan hermosa como la describes, aunque me parece, querido lobezno, que en la situación en que te encontrabas cualquier bocado te habría sabido exquisito.
-¿Por qué feo y viejo?
-Porque la muchacha no iba con él por amor, sino por un paquete de riñones. Sin duda se trataba de una muchacha de la aldea, que, quizás no por primera vez, se entregaba a algún monje lujurioso por hambre, obteniendo como recompensa algo en que hincar el diente, ella y su familia.

Umberto Eco, El nombre de la rosa, www.ignaciodarnaude.com/textos_diversos/Eco,Umberto,El%20nombre%20de%20la%20rosa.pdf
Seleccionado por  Clara Fuentes Gómez. Segundo de bachillerato, curso 2015-2016.


lunes, 16 de noviembre de 2015

La isla del tesoro, Robert L.Stevenson

El squire Trelawaney, el doctor Livesey y los demás me han encargado que ponga por escrito todo lo referente a la Isla del Tesoro, de cabo a rabo, sin dejar otra cosa en el tintero que la posición de la isla, y esto porque aún quedan allí riquezas que no han sido recogidas. Tomo, pues, la pluma en el año de gracia de 17..., y retrocedo hasta el tiempo en que mi padre era el dueño de la posada del Almirante Benbow, en que el viejo navegante, de moreno y curtido rostro cruzado por sablazo, se acomodó como húesped bajo nuestro techo.
Recuerdo como si fuera ayer el día en que llegó, con torpe andadura, a la puerta del albergue, y tras él, en una carretilla, su cofre de marinero. Era un hombretón alto, recio, pesado, muy bronceado; la coleta embreada le caía sobre los hombros de la casaca azul, cubierta de manchas; tenía las manos agrietadas y llenas de cicatrices, con las uñas negras y rotas; y la cuchillada que cruzaba una de sus mejillas le había dejado un costurón lívido, de sucia blancura. Paréceme que lo estoy viendo mirar en torno de la ensenada, silbando entre dientes, y después tararear aquella antigua canción marinera, que tantas veces cantaría después:
                   ¡Quince hombres en el cofre del muerto,
                    Yo-jo-jó, y una botella de ron!
con aquella voz alta y cascada que parecía haber sido a un tiempo afinada y quebrada en las barras del cabrestante.
Después llamó a la puerta con una especie de bastón que llevaba, semejante a un espeque, y cuando acudió mi padre, pidió con tono destemplado un vaso de ron. Se lo trajeron y lo bebió pausadamente, como buen catador, paladeándolo sin prisa y sin dejar de mirar los acantilados y la enseñanza que colgaba sobre la puerta.
 -Buena caleta ésta -dijo por fin-, y la taberna está bien situada. ¿Mucha compañía por aquí jefe?
Mi padre le respondió que no: muy poca concurrencia, por desgracia.
 -Bueno, entonces aquí ehco el amarre. ¡Eh, colega!-gritó al que empujaba la carretilla-. Atraca aquí al costado y ayuda a subir el cofre. Me quedo aquí unos días-continuó-. Soy hombre llano: ron, tocino y huevos es todo lo que necesito, y aquel promontorio de allá arriba, para ver salir los barcos. ¿Que cómo me han de lamar? Llámenme capitán.
¡Ah! ya veo tras de lo que anda... ¡Ahí va!-y arrojó tres o cuatro monedas de oro en el umbral-. Ya me avisarán cuando me haya comido todo eso -dijo imperioso y altivo como un almirante.


Robert L.Stevenson,La Isla del tesoro, Barcelona, vicens vives, 1990, 270, seleccionado por Jennifer Garrido Gutiérrez CURSO 2015-2016.

El sueño de una noche de verano, William Shakespeare

     PUCK.—Ahora ruge el león hambriento y aúlla el lobo a la luna, mientras ronca el cansado labrador abrumado por su ruda tarea. Ahora arden los tizones abandonados, mientras el búho, con agudo chillido, hace que el infeliz hundido en la congoja se acuerde del sudario. Ésta es la hora de la noche en que las tumbas se abren del todo para dejar salir a los espectros que se deslizan por los senderos del cementerio y de la iglesia; y nosotros, duendes y hadas, huimos de las presencia del sol, siguiendo las sombras como un sueño. ¡Qué alegría la nuestra en este instante! No habrá ni un ratón que perturbe este hogar. Enviáronme, escoba en mano, a barrer el polvo detrás de la puerta. (Entran Oberón, TItania y séquito.)
     OBERÓN. —Brillen alegres luces junto a la lumbre medio apagada. Y cada duende y hada salte tan ligero como el ave sobre los espinos. Y siguiéndome, bailen y canten alegremente.
     TITANIA.—Repetid primero esta canción acompañando cada palabra con melodioso trino. Y con gracia propia de hadas, mano a mano, cantemos y bendigamos este lugar.
     TODOS.—(Canta y bailan)
     OBERÓN.Ahora hasta rayar el día
                       habiten aquí las hadas,
                       y de las tres desposadas
                       bendigamos la mejor.
                       La prole que nazca de ella
                       será siempre venturosa;
                       cada pareja amorosa
                       siempre fiel será a su amor.
                       Ni mostrará tacha alguna
                       su descendencia lejana,
                       de todas las que importuna
                       la naturaleza da.
                       Con las gotas del rocío
                       consagremos esta casa,
                       donde a sus dueños escasa
                       nunca la dicha será.
                       Cantad y bailad ahora
                       hasta que raye la aurora. (Salen.)

  William Shakespeare, El sueño de una noche de verano, Madrid, Editorial EDAF, Colección Biblioteca EDAF, 1997, pág. 113-114.
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez. Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.

La metamorfosis, Franz Kafka

                  Cuando una mañana Gregor Samsa despertó de sus sueños intranquilos se encontró en su cama transformado en un enorme insecto. Estaba tumbado sobre su espalda, dura como un caparazón, y al levantar un poco la cabeza veía su vientre abombado, marrón, dividido por segmentos rígidos arqueados, sobre los cuales la manta, dispuesta a escurrirse del todo, apenas se podía mantener. Sus numerosas patas, penosamente delgadas en comparación con su cuerpo, vibraban desvalidas delante de sus ojos.
                  «¿Qué ha ocurrido conmigo?», pensó. Aquello no era un sueño. Su habitación, una habitación humana normal, tal vez un poco pequeña, seguía allí tranquilamente entre las cuatro paredes de siempre. Por encima de la mesa, sobre la que estaba extendido un muestrario de paños desempaquetado -Samsa era viajante-, colgaba el retrato que había recortado hacía poco de una revista y colocado en un bonito marco dorado. Representaba a una dama que, provista de un sombrero de piel y una boa del mismo material, estaba sentada muy derecha alzando hacia el espectador un pesado manguito, también de piel, donde había desaparecido por completo su antebrazo.
                  La mirada de Gregor se dirigió entonces hacia la ventana, y el tiempo desapacible -se oían golpear gotas de lluvia sobre la chapa de la ventana- le puso muy melancólico. «¿Y si sigue durmiendo un rato y olvidase todas estas locuras?», pensó, pero eso era del todo imposible, pues estaba acostumbrado a dormir sobre su lado derecho y en su actual estado no podía adoptar esa postura. Por mucho que se esforzaba en echarse sobre su lado derecho, siempre volvía a caer de espaldas. Debió intentarlo cien veces, cerró los ojos para no tener que ver las patas agitadas y no desistió hasta que notó en el costado un dolor leve y sordo que nunca había sentido.


        Franz Kafka, La metamorfosis, Madrid, Acento, ed. 7, Club de los clásicos, página 5.
        Seleccionado por Delia Marinela Bulau, Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.

La vuelta al mundo en ochenta días, Jules Verne

     El artículo causó gran sensación. Casi todos los periódicos lo reprodujeron, y las acciones de Phileas Fogg bajaron singularmente.
     Durante los primeros días que siguieron su partida, se habían invertido, en efecto, grandes sumas sobre tan aleatoria empresa. Conocido es el mundo de las apuestas en Inglaterra, mundo más inteligente y notable que el del juego. La apuesta forma parte del temperamento inglés. Ello explica que no sólo los diversos miembros del Reform-Club cruzaran considerables apuestas por o contra Phileas Fogg como un caballo de carreras, en una especie de studbook. Se hizo también de él un valor bursátil, inmediatamente cotizado en la plaza de Londres. Se compraban y se vendían acciones de Phileas Fogg, al contado o con prima, y se hicieron beneficios enormes. Pero a los cinco días de su partida, a consecuencia del artículo del Boletín de la Sociedad de Geografía, comenzaron a afluir las ofertas y con ellas la baja de <>. Ofrecidos por paquetes, se comenzó a comprar a cinco primero, luego a diez, a veinte, a cincuenta y hasta a cien.
     Tan sólo le quedó un partidario, el viejo paralítico Lord Albermale. El noble gentlemen, clavado en su sillón, hubiera dado toda su fortuna por poder dar la vuelta al mundo, aunque fuera en diez años. Había apostado cinco mil libras a favor de Phileas Fogg. Cuando se le demostró la inanidad a la vez que la inutilidad del proyecto se limitó a responder: <>
     Los partidarios de Phileas Fogg iban rarificándose así  cada vez más. Todo el mundo, y no sin razón, iba alineándose contra él, hasta el punto de que las apuestas se situaban ya a ciento cincuenta y hasta a los doscientos contra uno. Tal era la situación, cuando, a los siete días de su partida, un hecho inesperado vino a reducir a cero <>.

  Jules Verne, La vuelta al mundo en ochenta días, Madrid, Alianza Editorial, Colección El libro de Bolsillo, 1997, pág. 57-58.
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez. Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.

viernes, 13 de noviembre de 2015

Fiesta, Ernest Hemingway




                           Capitulo II
   Aquel invierno Robert Cohn se fue a América con su novela que le fue aceptada por un buen editor. Su marcha originó, al parecer, una terrible pelea. Creo que fue entonces cuando Francés lo perdió, pues en Nueva York varias mujeres fueron amables con él y regresó muy cambiado.Estaba más entusiasmado que nunca con los Estados Unidos, y no era ya ni tan sencillo ni tan amble. Los editores habían alabado en gran manera su novela, y eso se le había subido a la cabeza.Además, diversas mujeres se habían desvivido por serle agradable, cosa que trastocó todos sus horizontes. Durante cuatro años se había limitado exclusivamente a su mujer, y durante tres más. o casi tres, no había visto mas allá de Francés. Estoy seguro de que jamás en su vida se había enamorado. 
    Se había casado de rechazo, como reacción contra el cochino tiempo que había pasado en la universidad. y Francés lo pescó también de rechazo, cuando se dio cuenta de que no lo había sido todo para su primera mujer.


             Ernest Hemingway, Fiesta,  http://www.latertuliadelagranja.com/sites/default/files/Hemingway,%20Ernest%20-%20Fiesta_0.pdf
 Seleccionado por: Julia Mateos Gutiérrez curso 2015-2016

Fiesta, Ernest Hemingway


   



       Era una tibia noche de primavera. Robert se había ido y yo seguía sentado a una mesa
en la terraza del Napolitain, contemplando la caída de la noche, la aparición de los anuncios
luminosos, las señales rojas y verdes del tránsito, la multitud que pasaba, los coches de
caballos que marchaban con su clop-clop por el borde de las compactas filas de taxis, y las
poules que, solas o en parejas, iban en busca de su comida vespertina. Me fijé en una chica
bien parecida; pasó por delante de mi mesa, siguió calle arriba y la perdí de vista. Mientras
observaba a otra, vi que la primera volvía a acercarse. Pasó ante mí otra vez, se cruzaron
nuestras miradas, y entonces vino y se sentó a la mesa. Apareció el camarero.
      —¿Qué vas a tomar? —le pregunté.
      —Pernod.
      —Eso no es bueno para chiquillas.
      —Chiquilla lo serás tú. Dites, garçon, un pernod.
      —Un pernod para mí, también.
      —¿Qué? —preguntó—, ¿estamos de fiesta?
      —Claro. ¿Tú no?
      —No lo sé. En esta ciudad, una nunca lo sabe.
      —¿No te gusta París?
      —No.
      —¿Por qué no te vas a otro sitio?
      —No hay otro sitio.
      —¡Ah, muy bien, estás satisfecha!
      —¡Satisfecha! ¡Y un cuerno!
      El pernod es una especie de absenta de tono verdoso. Cuando se le añade agua, se
vuelve lechoso. Sabe a regaliz y levanta mucho los ánimos, pero la resaca que sigue es
todavía más considerable. Estuvimos allí sentados, bebiendo. La chica parecía hosca.
      —Bueno —pregunté—, ¿me vas a pagar la cena?
      Sonrió, y comprendí por qué tenía por principio no reírse. Con la boca cerrada era una
chica bastante bonita. Pagué las consumiciones y salimos a la calle. Hice señas a un fiacre y el
cochero detuvo el caballo al borde de la acera. Instalados en el fiacre, de lento y suave andar,
recorrimos la Avenue de l'Opéra, ancha, resplandeciente y casi desierta, y pasamos ante las
tiendas de puertas cerradas y escaparates iluminados. El fiacre pasó por delante del despacho
del New York Herald, con su escaparate lleno de relojes.
      —¿Para qué sirven todos esos relojes? —preguntó ella.
      —Indican la hora que es en toda América.
      —No me tomes el pelo.
      Doblamos la Avenue para tomar la Rue des Pyramides y, después de sortear el tránsito
de la Rue de Rívoli, entramos en las Tullerías por un oscuro portal. Ella se apretó contra mí y
yo la rodeé con el brazo. Levantó la cara para que la besara. Me tocó con la mano y yo se la
retiré.
      —No, no te molestes.
      —¿Qué te pasa? ¿Estás enfermo?
      —Sí.
      —Todo el mundo está enfermo. Yo también lo estoy.
      Dejamos las Tullerías y salimos de nuevo a la luz, cruzamos el Sena y subimos por la Rue
des Saints Pères.
      —No deberías beber pernod, si estás enfermo.




Ernest Emiingway, Fiesta, www.latertuliadelagranja.com
Seleccionado por Maria Alegre Trujillo, Segundo de bachilllerato, Curso 2015-2016