lunes, 28 de abril de 2014

El primo Basilio, José Maria Eça de Queirós.

       VII
 
        Por aquel tiempo, una mañana que Luisa iba al Paraíso, de pronto vio salir de un portal, un poco más allá de la plaza Santa Bárbara, la presurosa figura de Ernestito.
        -¿Cómo por aquí, prima Luisa? -exclamó él muy sorprendido-. ¿Qué haces por estos barrios? ¡Vaya milagro!
        Estaba sofocado, llevaba desabrochada la levita de alpaca y echaba hacia atrás, y agitaba con visible excitación un grueso rollo de papeles.
        Luisa se quedó sin saber qué hacer ni qué decir, pero al instante le dijo que había ido a hacer una visita a una amiga... Él no la conocía, había llegado de Oporto...
        -Bueno... Bien, bien... ¿Y qué tal lo pasas? ¿Cuándo vuelve Jorge?
        Luego se disculpó por no haber ido a verla, pero no le quedaba ni un solo minuto libre. Por la mañana, a la Aduana; por la noche,a los ensayos...
       -¿Marcha bien todo? ¿No es eso? -preguntó Luisa.
       -Sí, todo marcha. -Y entusiasmado-: ¡Y muy bien! ¡Un verdadero primor! ¡Pero es mucho trabajo! ¡Mucho trabajo!
       Salía de casa el actor Pinto, que hacía el papel de amante, de conde de Monte Redondo; venía de oírle decir las palabras finales del tercer acto: ¡Maldición! ¡La suerte funeste me persigue! ¡Pues bien! ¡Lucharé cara a cara contra la suerte! ¡A la lucha!  ¡Aquellos era una maravilla! ¡También venía de decirle que acortase el monólogo del segundo acto! Al empresario le parecía largo...
        -¿Es que el empresario sigue metiéndose con la obra?
       -Sí, un poco. -Y con expresión radiante-: ¡Pero está entusiasmado! ¡Todos están entusiasmados! Ayer mismo me decía: <> ¡Es muy buen hombre! Y ahora me voy a casa de Bastos, el folletinista de La verdad. ¿No le conoces?




José Maria Eça de Queirós, El primo Basilio, editorial Planeta S.A., colección Hans Romberg, páginas 195 y 196. Seleccionado por Paula Sánchez Gómez, segundo de bachillerato, curos 2013-2014.

Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carrol



        Conque dejó en el suelo al animal, y se sintió aliviada al verlo alejarse trotando tranquilamente hacia el bosque. “Y empezó a pensar en los niños que conocía y que podrían pasar muy bien por cerditos; y se estaba diciendo a sí misma: "Ójala supiese la manera de cambiarlos...!", cuando se llevó un ligero sobresalto al descubrir al Gato de Cheshire sentado en la rama de un árbol, a unas yardas.
       El Gato se limitó a sonreír al ver a Alicia. Parecía bueno, pensó Alicia; sin embargo, tenía unas uñas larguísimas, y muchísimos dientes, así que comprendió que debía tratarlo con respeto.
       -Minino de Cheshire -empezó, un poco tímidamente, ya que no sabía si le gustaba que le llamasen así; pero al Gato se le ensanchó la sonrisa. <>, pensó Alicia, y prosiguió-: ¿te importaría decirme, por favor, qué dirección debo tomar desde aquí?
       -Eso depende en gran medida de adónde quieres ir -dijo el Gato.
       -No me importa mucho adónde... -dijo Alicia.
       -Entonces, da igual la dirección -dijo el Gato.
       -... con tal de que llegue a alguna parte -añadió Alicia a modo de explicación.
       -¡Ah!, ten la seguridad de que llegarás -dijo el Gato-, si andas lo bastante.
       Alicia comprendió que eso era innegable, así que aventuró otra pregunta:
       -¿Qué clase de gente vive por aquí?
       -En esa dirección -dijo el Gato, haciendo un gesto amplio con la zarpa derecha- vive un Sombrerero; y en esa otra -hizo un movimiento con la otra zarpa-, una Liebre de Marzo. Ve a ver a quien quieras, los dos están locos.
       -Pero yo no quiero andar entre locos -comentó Alicia.
       -¡Ah, eso es algo que no puedes evitar! -dijo el Gato-; aquí estamos todos locos. Yo estoy loco. Y tú estás loca.
       -¿Cómo sabes que yo estoy loca? -dijo Alicia.
       -Tienes que estarlo -dijo el Gato-, de lo contrario no habrías venido aquí.







Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas, Madrid, ed. Akal, col. Akal Literaturas, 2005, páginas 152, 153, 154.
Seleccionado por Sara Paniagua Núñez. Segundo de bachillerato. Curso 2013-2014.

Crimen y castigo, Fedor Dostoievski

         II

       Eran ya cerca de las ocho; los dos encamináronse aprisa a la pensión Bakaliev con objeto de llegar allí antes que Luchin.
      -Bueno; pero ¿quién era ese tío? -inquirió Razúmijin, no bien se encontraron en la calle.
      -Pues Svidrigáilov, ese mismo burgués en cuya casa ofendieron de aqeul modo a mi hermana cuando prestaba allí mismo servicios como institutriz. Por culpa de sus amorosos asedios tuvo que salirse de la casa, echada de allí por su mujer, María Petrovna. La tal María Petrovna pidióle luego perdón a Dunia, y ahora resulta que ha muerto de repente. Eso dijeron antes, refiriéndose a ella. No sé por qué, pero me inspira mucho temor ese hombre. Se vino acá inmediatamente después de sepelio su mujer. Es un hombre muy raro, y seguramente abriga algún sedignio... Parece vomo si supiese algo... ES necesario defender de él a Dunia... Mira: quería decirte esto a ti, ¿oyes?
     -¡Defenderte! Pero ¿qué puede hacer él contra Avdotia Románovna? Bueno; te agradezco, Rodia, que me hables de ese modo...¡La defenderemos, la defenderemos!...¿dónde vive él?
     - Lo ignoro.
     -¿Por qué no se lo preguntaste? ¡Oh, qué lastima! ¡Aunque, por lo demás, me enteraré!
     -¿Lo viste tú a él? -inquirió Raskólnikov tras breve silencio.
     -Claro que sí; me fijé en él; me fijé bien.
     -¿Lo viste bien? ¿Lo viste con toda claridad? -insistió Raskólnikov.
     -Claro que sí. lo recuerdo con toda claridad; entre mil lo reconocería, yo soy buen fisonomista.
      Otra vez guardaron silencio.
     -¡Hum!... Es que... -balbució Raskólnikov-. ¿Sabes una cosa?...pues que se me ha ocurrido...,me parece...,que todo esto pudiera ser solo una fantasía.
    -¿Qué dices? no te entiendo bien.
    -Mira: todos vosotros -prosiguió Raskólnikov, frunciendo los labios en una sonrisa- andáis diciendo que yo estoy loco; pues a mi también me parece ahora que pudiera ser que estuviera loco y que hubiese visto un fantasma.
    -Pero ¿qué estas diciendo?
    -¡Si, quien sabe! pudiera suceder que yo estuviese declarando loco y que todo cuanto ha ocurrido estos días, todo, fuese únicamente obra de la imaginación...
    -¡Ah Rodia! ¡Otra vez te han trastornado!... ¿Qué fue lo que él te dijo, a qué venía?
    Raskólnikov no respondió; Razúmijin permaneció pensativo un momento.
 




     Fedor Dostoievski, crimen y castigo, ed.RBA, col. Historia de la literatura, Barcelona 1994, páginas 271-272, seleccionado por Laura Tovar García, segundo de bachillerato, curso 2013-2014.

Primeros relatos, Anton Chejov


El álbum


      El consejero honorario Kratérov, delgado y fino como la aguja del Almirantazgo, se adelantó y, dirigiéndose a Zhmíjov, dijo:
      -¡ Su excelencia ! Movidos y conmovidos hasta el fondo del alma por sus largos año de jefatura y por su patriarcal tutela...
      -Durante más de diez años enteros- le apuntó Zakusin.
      -Durante más de diez años enteros, sus subordinados, en este... día... tan señalado para nosotros, ofrecemos a Su Excelencia, como prueba de nuestro respeto y profundo agradecimiento, este álbum con nuestros retratos y deseamos que todavía durante mucho tiempo, mucho, hasta la misma muerte, no nos deje en el trancurso de toda su vida...
      -Con  sus paternales admoniciones para que sigamos el camino de la verdad y del progreso... - Añadió Zakusin, secándose el sudor que de pronto lehabía perlado la frente; por lo visto, sus deseos de hablar eran muchos y tenía preparado un discurso-. ¡ Y que tremole su estandarte -terminó diciendo- todavía durante muchos años, muchos, por los campos del genio, del trabajo y de la conciencia social !
      Una lágrima se deslizó por la mejilla izquierda, surcada de arrugas, de Zhmíjov.
      -¡ Señores! -dijo éste con voz temblorosa-. No esperaba, no tenía la menor noción de que se disponían a conmemorar este modesto aniversario mío... Estoy emocionado... muy emocionado... Recordaré este momento hasta la tumba y crean... crean, amigos mios,que nadie deséa tanto su bien como lo deseo yo... Si alguna vez he sido severo, ha sido únicamente en beneficio de ustedes mismos...
      Zhmíjov, consejero de Estado, besó al consejero honorario Kratérov, quien no esperaba tanto honor y palideció de emoción. Luego, el jefe, dando a entender que la suya le impedía seguir hablando, hizo un gesto con la mano y se puso a llorar como si en vez de recibir en ofrenda el valioso álbum se lo quitaran... Sosegado un poco, después de pronunciar aún otras palabras que le salían del corazón, y despues de permitir que todos le estrecharan la mano, bajó a la calle entre jubilosos gritos, subió al coche y partió, acompañado de un sinfín de bendiciones. Al tomar asiento en el coche sintió en el pecho un aflujo de gozosos sentimientos, ignotos para él hasta entonces.

Antón Pávlovich Chéjov, Primeros relatos. Planeta, Barcelona 1981, páginas 131-132.Seleccionado por Adrián Hernández García, segundo de Bachillerato, curso 2013-2014.

Las aventuras de Tom Sawyer, Mark Twain

CAPÍTULO VIII

       Tom se escabulló de aquí para allá por entre callejas hasta apartarse del camino de los que regresaban a la escuela, y después siguió caminando lenta y desmayadamente. Cruzó dos o tres veces un regato, por ser creencia entre los chicos que cruzar el agua desorientaba a los perseguidores. Media hora después desapareció tras la mansión de Douglas, en la cumbre del monte, y ya apenas se divisaba la escuela en el valle, que iba dejando atrás. Se metió por un denso bosque, dirigiéndose, fuera de toda senda, hacia el centro de la espesura, y se sentó sobre el musgo, bajo un roble de ancho ramaje. No se movía la menor brisa; el intenso calor del mediodía había acallado hasta los cantos de los pájaros; la naturaleza toda yacía en su sopor no turbado por ruido alguno, a no ser, de cuando en cuando, por el lejano martilleo de un picamaderos, y aun esto parecía hacer más profundo el silencio, la obsesionante sensación de soledad. Tom era todo melancolía y su estado de ánimo estaba a tono con la escena. Permaneció sentado largo rato meditando, con los codos en las rodillas y la barbilla en las manos. Le parecía que la vida no era más que una carga, y casi envidiaba a Jimmy Hodges, que hacía poco se había librado de ella. Qué apacible debía de ser, pensó, yacer y dormir y soñar por siempre jamás, con el viento murmurando por entre los árboles y meciendo las flores y las hierbas de la tumba, y no tener ya nunca molestias ni dolores que sufrir. Si al menos tuviera una historia limpia, hubiera podido desear que llegase al fin y acabar con todo de una vez. Y en cuanto a Becky, ¿qué había hecho él? Nada. Había obrado con la mejor intención del mundo y le habían tratado como a una perro. Algún día lo sentiría ella...; quizás cuando ya fuera demasiado tarde. ¡Ah, si pudiera morirse por unos días!


Mark Twain, Las aventuras de Tom Sawyer, ed.Bibliotex, col. El mundo, Madrid, 1999, páginas 54-55. Seleccionado por Paloma Montero Jiménez, segundo de bachillerato, curso 2013/2014.

lunes, 7 de abril de 2014

Eugenia Grandet, Honoré de Balzac

                                            Amores de Provincia

      En la vida pura y monótona de las muchachas, llega una hora deliciosa en que el sol les derrama sus rayos sobre el alma, en que la flor expresa pensamientos, en que las palpitaciones del corazón comunican al cerebro su cálida fecundidad y funden las ideas en un vago deseo. ¡Día de inocente melancolía y de suaves alegrías! Cuando los niños empiezan a ver, sonríen; cuando una muchacha entrevé el sentimiento en la naturaleza, sonríe como sonreía de niña. Si la luz es el primer amor de la vida, ¿no es el amor la luz del corazón? Para Eugénie había llegado el momento de ver claro en las cosas de aquí abajo.
      Madrugadora como todas las jóvenes provincianas, se levantó temprano, rezó sus oraciones y empezó a quedado allí todo el día sin advertir la huida de las horas.
      Luego vinieron unos tumultuosos movimientos del alma. Se levantó con frecuencia, se puso ante el espejo y se contempló, como un autor de buena fe contempla su obra, para criticarse e injuriarse a sí mismo.
      <<¡No soy lo bastante hermosa para él!>>
      Tal era el pensamiento de Eugénie, pensamiento humilde y fértil en sufrimientos. La pobre muchacha no se hacía justicia; pero la modestia, o mejor dicho, el temor, es una de las primeras virtudes del amor. Eugénie pertenecía a ese tipo de muchachas de constitución fuerte, que suele darse en la pequeña burguesía, cuya belleza parece vulgar. Pero si sus formas no se asemejaban a las de la Venus de Milo, las ennoblecía esa suavidad del sentimiento cristiano que purifica a la mujer y le comunica una distinción desconocida por los escultores antiguos. Tenía la cabeza enorme, la frente masculina pero delicada del Júpiter de Fidias, y los ojos grises, de los que brotaban un chorro de luz, impresa en ellos por el reflejo de su vida casta. Los rasgos de su rostro, antaño fresco y sonrosado, eran ahora algo más toscos debido a una varicela que, aunque bastante benigna como para no dejar señales, había destruido el aterciopelado de la piel, aún tan suave y fina, sin embargo, que el beso puro de su madre dejaba pasajeramente en ella señales encarnadas. Tenía la nariz un poco grande, pero armonizaba con una boca roja como el minio, cuyos labios, surcados por mil diminutas rayas, estaban llenos de amor y de bondad. El cuello era de una redondez perfecta. El corpiño abombado, cuidadosamente disimulado, atraía la mirada y hacía soñar; le faltaba sin duda un poco de la gracia que se debe al atavío, pero para los entendidos, la falta de flexibilidad de la alta cintura, debía representar un encanto más. Eugénie, alta y fuerte, no poseía nada de la guapura que gusta a las masas; pero era hermosa con esa belleza tan fácil de reconocer y de la que se prendan solamente los artistas. El pintos que busca aquí abajo un tipo con la celestial pureza de María, que exige a la naturaleza femenina esos ojos modestamente orgullosos adivinados por Rafael, esas líneas vírgenes debidas a menudo a los azares de la concepción, pero que sólo una vida cristiana y púdica pueden conservar o hacer adquirir;





Honoré de Balzac, Eugenia Grandet, editorial Planeta, páginas 61-62-63. Seleccionada por Paula Sánchez Gómez, segundo de Bachillerato, curso 2013-2014.

El fantasma de Canterville y otros cuentos, Oscar Wilde.

VII
       Cuatro días después de estos curiosos sucesos, a eso de las once de la noche, salía un fúnebre cortejo de Canterville-House.
       El carro iba arrastrado por ocho caballos negros, cada uno de los cuales llevaba adornada la cabeza con un gran penacho de plumas de avestruz, que se balanceaban.
       La caja, de plomo, iba cubierta con un rica paño de púrpura, sobre el cual estaban bordadas en oro las armas de los Canterville.
       A cada lado del carro y de los coches marchaban los criados llevando antorchas encendidas.
       Toda aquella comitiva tenía un aspecto grandioso e impresionante.
       Lord Canterville presidía el duelo; había venido del país de Gales expresamente para asistir al entierro, y ocupaba el primer coche, con la pequeña Virginia.
       Después iban el ministro de los Estados Unidos y su esposa, y detrás, Washington y los dos muchachos.
       En el último coche, iba mistress Umney. Todo el mundo convino en que, después de haber sido atemorizada por el fantasma, por el espacio de más de cincuenta años, tenía realmente derecho a verle desaparecer para siempre.
       Cavaron una profunda fosa en un rincón del cementerio, y dijo las últimas oraciones, del modo más patético, el reverendo Augusto Dampier.
       Una vez terminada aquella ceremonia, los criados, siguiendo una antigua costumbre establecida en la familia Canterville, apagaron sus antorchas.
       Luego, al bajar la caja a la fosa, Virginia se adelantó, colocando encima de ella una gran cruz hecha con flores de almendro, blancas y rojas.
       En aquel momento salió la luna de detrás de una nube e inundó el cementerio con sus silenciosas oleadas de plata, y de un bosquecillo cercano se elevó el canto de un ruiseñor.
       Virginia recordó la descripción que le hizo el fantasma del jardín de la Muerte; sus ojos se llenaron de lágrimas y apenas pronunció una palabra durante el regreso.
       A la mañana siguiente. antes que Lord Canterville partiese para la ciudad, mistress Otis conferenció con él respecto de las joyas entregadas por el fantasma a Virginia.
       Eran soberbias, magníficas.
       Había sobretodo, un collar de rubíes, en una antiquísima montura veneciana, que era un expléndido trabajo del siglo XVI, y el conjunto representaba tal cantidad, que míster Otis sentía vivos escrúpulos en permitir a su hija que se quedase con ellas.
       -Milord -dijo el ministro-, sé que en este país se aplica la mano muerta lo mismo a los objetos menudos que a las tierras, y es evidente, evidentísimo para mí, que estas joyas deben quedar en poder de usted como legado de familia. Le ruego, por tanto, que consienta en llevárselas a Londres, considerándolas simplemente como una parte de su herencia que le fuera restituida en circunstancias extraordinarias. En cuanto a mi hija, no es más que una chiquilla, y hasta hoy, me complace decirlo, siente poco interés por estas futilezas de lujo superfluo. He sabido igualmente, por mistress Otis, cuya autoridad no es despreciables en cosas de este arte, dicho sea de paso, pues ha tenido la suerte de pasar varios inviernos en Boston, siendo muchacha, que esas piedras preciosas tienen un valor monetario, y que si se pusieran en venta producirían una bonita suma. En estas circunstancias, lord Canterville, reconocerá usted, indudablemente, que no puedo permitir que queden en manos de ningún miembro de mi familia.



Oscar Wilde, El fantasma de Canterville, ed. Alianza, col. El libro de bolsillo, Madrid, 1988, páginas 41, 42 y 43. Seleccionado por Sara Paniagua Núñez, segundo de bachillerato, curso 2013/2014

Dr. Jeckyl y Mr. Hyde, R.L. Stevenson


El caso del asesinato de Carew


Casi un año más tarde, el mes de octubre de 18..., Londres se sobresaltó ante la noticia de un crimen de singular ferocidad, notable sobre todo por la alta posición de la víctima. Los detalles eran pocos y sorprendentes. Una sirvienta que vivía sola en una casa no lejos del rio había subido a acostarse hacia las once. Aunque la ciudad se vio cubierta de madrugada por la bruma, la primera parte de la noche estuvo despejada, y el camino, que dominaba la ventana de la sirvienta, estaba brillantemente iluminado por la luna llena. Parece que la muchacha era de naturaleza romántica, porque se sentó sobre su baúl, que estaba colocado inmediatamente debajo de la ventana, y se sumió en sus ensoñaciones. Nunca (no dejó de decir, entre lágrimas, cada vez que narró su experiencia), nunca se había sentido más en paz con todo los hombres o más en armonía con el mundo. Y así, mientras estaba sentada, reparó en un apuesto hombre de una cierta edad y pelo blanco que se acercaba por el camino; y, avanzando a su encuentro, el otro caballero, de muy baja estatura, a quien al principio prestó poca atención. Cuando llegaron al alcance del oído el uno del otro (que fue justo debajo de sus ojos), el hombre mayor hizo una inclinación de cabeza y se acercó al otro de una forma muy educada. No parecía que el tema de su conversación fuera de gran importancia; de hecho, por la forma en que señalaba, parecía a veces como si el otro simplemente le estuviera preguntando el camino; pero la luna brillaba sobre su rostro mientras hablaba, y la muchacha se sintió complacida de observarle, porque parecía destilar una inocencia y una amabilidad propias de otros tiempos, pero también una cierta altivez, como si se sintiera muy satisfecho de sí mismo. Luego sus ojos se dirigieron al otro hombre, y le sorprendió reconocer en él a un tal Mr. Hyde, que en una ocasión había visitado a su amo y que le había repugnado desde el primer momento. Llevaba en la mano un pesado bastón, con el que jugueteaba; pero no respondía ni una sola palabra, y parecía escuchar con apenas una refrenada impaciencia. Y entonces, de repente, estalló en un terrible acceso de furia, pateando, blandiendo el bastón y agitándose (según lo describió la sirvienta) como un loco. El anciano caballero retrocedió un paso, mostrándose muy sorprendido y un tanto dolido; y ante aquello Mr. Hyde perdió por completo los estribos y golpeó al otro con el bastón hasta derribarlo.

R.L. Stevenson, Dr. Jekyl y Mr. Hyde. El Mundo, Madrid 1990, páginas 31-32. Seleccionado por Adrián Hernández García, segundo de bachillerato, curso 2013-2014

lunes, 31 de marzo de 2014

Cuentos de música y músicos, E.T.A. Hoffman.

La Fermata

       El alegre y vigoroso cuadro de Hummel, la reunión en una locanda italiana, se hizo famoso en la Exposición de Berlín en el otoño de 1814, en la que figuró para alegría de la vista y el espíritu de muchos. Un cenador con vegetación espesa, una mesa llena de vino y fruta, en ella dos mujeres italianas sentadas frente a frente; una de ellas canta, la otra toca la chitarra; por detrás, entre ellas, un abate, que hace de director musical. Con la batuta levantada espera el momento que la signora termine la cadencia con un largo trino que está ejecutando con la vista dirigida al cielo. Luego baja de golpe y la guitarrista ataca audazmente el acorde dominante. El abate está lleno de admiración, lleno de un placer espiritual y al mismo tiempo angustiosamente tenso. Por nada del mundo dejaría de marcar el compás correcto. Apenas se atreve a respirar. Desearía atar la boca y las alas a todas las abejas y a todos los mosquitos para que no hicieran ruido. Y mucho más funesto le parece el ocupado hostelero que le trae justo ahora, enel momento más importante, el vino que le había pedido. Se ve una terraza por la que irrumpen brillantes haces de luz. Allí está parado un jinete, al que le sirven de la terraza y a caballo una bebida fresca.
       Ante este cuadro estaban los dos amigos, Eduard y Theodor.
       -Cuanto más -dijo Eduard- miro a esta cantante algo envejecida pero verdaderamente vuirtuosa y encantadora con sus vestidos coloreados, cuanto más me recreo en el perfil serio, autenticámente romano de la bella figura  de la guitarrista, cuanto más me divierte el excelente abate, cuanto más libre y fuertemente penetra el conjunto en la vida real. En realidad está caracturizado en sentido amplio, pero lleno de serenidad y de gracia. Quisiera subir al cenador y abrir una de las botellas más preciadas que me sonríen desde la mesa. Verdaderamente me parece ya que siento algo del dulce aroma del noble vino. No, este estímulo no puede proceder de este ambiente frío y prosaico que nos rodea. Hagamos honor al magnífico cuadro, al arte, a la bella Italia, donde brota el placer de vivir y vaciemos una botella de vino italiano.
       Mientras Eduard decía esto con frases entrecortadas, Theodor había permanecido callado y profundamente ensimismado.
       - ¡Sí, hagamos eso! -dijo, como si despertara de un sueño.

        Cuentos de música y músicos, E.T.A. Hoffman. La Fermata, pags 113 y 114. Editorial: Akal literaturas, Madrid, 2003. Seleccionado por: Natalia Sánchez Martín. Curso: Segundo de bachillerato, 2013-2014.

Las aventuras de Tom Sawyer, Mark Twain

       CAPÍTULO XIV

       Cuando Tom despertó a la siguiente mañana se preguntó dónde estaba. Se incorporó, frotándose los ojos, y se dio cuenta al fin. Era el alba gris y fresca, y producía una deliciosa sensación de paz y reposo la serena calma en que todo yacía y el silencio de los bosques. No se movía una hoja; ningún ruido osaba perturbar el gran recogimiento meditativo de la naturaleza. Gotas de rocío temblaban en el follaje y en la hierba. Una capa de ceniza cubría el fuego y una tenue espiral de humo azulado se alzaba recta, en el aire. Joe y Huck dormían aún. Se oyó muy lejos, en el bosque, el canto de un pájaro; otro le contestó. Después se percibió el martilleo de una picamaderos. Poco a poco el gris indeciso del amanecer fue blanqueando, y al propio tiempo los sonidos se multiplicaban  y la vida surgía. La maravilla de la naturaleza sacudiendo el sueño y poniéndose al trabajo se mostró ante los ojos del muchacho meditabundo. Una diminuta oruga verde llegó arrastrándose sobre una hoja llena de rocío, levantando dos tercios de su cuerpo en el aire de tiempo en tiempo, y como oliscando en derredor, para luego proseguir su camino, porque estaba <>, según dijo Tom; y cuando el gusano se dirigió hacia él espontáneamente, el muchacho siguió sentado, inmóvil como una estatua, con sus esperanzas en vilo o caídas según que el animalito siguiera viniendo hacia él o pareciera inclinado a irse a cualquier otro sitio; y cuando, al fin, la oruga reflexionó, durante un momento angustioso, con el cuerpo enarcado en el aire, y después bajó decididamente sobre una pierna de Tom y emprendió un viaje por ella, el corazón le brincó de alegría porque aquellos significaba que iba a recibir un traje nuevo: sin sombra de duda, un deslumbrante uniforma pirata. Después apareció una procesión de hormigas, procedentes de ningún sitio en particular, y se afanaron en sus varios trabajos; una de ellas forcejeaba virilmente con una araña muerta, cinco veces mayor que ella, en los brazos, y la arrastró verticalmente por un tronco arriba. Una mariquita, con lindas notas oscuras, trepó la vertiginosa altura de una hierba, y Tom se inclinó sobre ella y le dijo:

                             Mariquita, mariquita, a tu casa vuela
                          En tu casa hay fuego, tus hijos se queman;

y la mariquita levantó el vuelo y marchó a enterarse; lo cual no sorprendió al muchacho, porque sabía de antiguo cuán crédulo era aquel insecto en materia de incendios, y se había divertido más de una vez a costa de su simplicidad.











Mark Twain, Las aventuras de Tom Sawyer, capítulo XIV, editorial Espasa-Calpe, S.A., colección Austral, página 73. Seleccionado por Paula Sánchez Gómez, segundo de Bachillerato, curso 2013-2014.

El primo Basilio, Eça de Queirós

El primo Basilio

La noche era cálida, y con su inquietud y agitación la ropa de la cama se le había escurridoy sólo tenía una sábana encima. De vez en cuando, el cansancio la adormecía, pero en seguida se despertaba con pesadillas. Veía montones de libras brillando vagamente, mazos de billetes para cogerlos, pero las libras se ponían a rodar y a rodar como infinitas ruedecillas que se alejasen por un piso llano, y los billetes desaparecían volando, ingrávidos, con un burlón temblor de alas. O veía que alguien entraba en la sala, se inclinaba respetuosamente, se quitaba el sombrero y comenzaba a soltarle en el regazo libras, monedas de cinco mil reis y billetes y billetes, profusa, incansablemente. Pero ella no conocía a aquel hombre que se llevaba una peluca roja y una insolente perilla. ¿Sería el diablo? ¡Qué le importaba! ¡Era rica y estaba salvada! Se puso a llamar a Juliana a voces, a buscarla por un corredor que no acababa nunca y que se iba estrechando más cada vez hasta convertirse en una angustiosa hendidura por la que ella avanzaba de lado, respirando con dificultad siempre apretando contra el pecho el montón de libras que le ponía su frio metálico sobre la piel desnuda del pecho. Despertaba sobresaltada, y el contraste entre su miseria real y aquellas riquezas del sueño hacía que aumentase su amargura. ¿Quién podría ayudarla? ¡Sebastián! Sebastián era rico y era bueno. Pero ella, la mujer de Jorge, no podía llamarle y decirle: ''Préstame seiscientos mil reis''. ''¿Para qué, querida Luisa?'' Y ella tendría que decirle: ''Para rescatar unas cartas que escribí a mi amante'' ¡Eso no era posible! ¡Estaba perdida! ¡Solo le quedaba irse a un convento!
A cada instante daba la vuelta a la almohada porque sentía que le abrasaba el rostro. Se arrancó la toca de dormir y la tiró; se desparramó su larga cabellera y la sujetó de cualquier modo con unas horquillas; y tumbada boca arriba, con las manos bajo la nuca y los brazos desnudos al aire, se puso a pensar amargamente en la novela amorosa de aquel verano: la llegada de Basilio, el paseo por Campo Grande, la primera visita al Paraíso...
¿Por dónde andaría ahora aquel infame? Seguro que estaría durmiendo tranquilamente en el vagón del tren. ¡Y ella allí! ¡Con su agonía!
Apartó la sabana q la ahogaba. Y sin taparse, apenas destacándose en la blancura de la cama, se quedó dormida cuando empezaba a amanecer.



Eça de Queirós, El primo Basilio. Editorial Planeta, Barcelona 1981, página 248.
 Seleccionado por Adrián Hernández García, segundo de bachillerato, curso 2013-2014

Cuentos de Canterbury , Geoffrey Chaucer


Cuento del cocinero.

      Una vez vivía un aprendiz en nuestra ciudad que trabajaba en un comercio de comestibles. Era más alegre un jilguero suelto por el bosque. Era un muchachote guapo, pero algo bajito, muy moreno y llevaba su pelo negro y elegantemente peinado.
      Bailaba tan bien y tan animadamente, que le apodaban Jaranero Perkin. Toda chica que se juntaba a él hacía suerte, pues él estaba lleno de amor y lascivia como una colmena de miel.
      Bailaba y cantaba en todas las bodas y tenía más afición a la taberna que a la tienda, pues siempre que había una procesión por Cheapside salía disparado de la tienda tras ella y no regresaba hasta que había bailado lo suyo y había visto todo lo que había que ver. Alrededor de sí reunió a una banda de tipos como él, para bailar, cantar y divertirse. Se reunía en una calle o en otra para jugar a los dados; pues no había ningún aprendiz en la ciudad que echase los dados mejor que Perkin. Además, de hurtadillas, era un derrochador. Esto lo descubrió su dueño a sus expensas, pues muchas veces se encontró con el cajón del dinero vacío. Podéis estar seguros que cuando un aprendiz lo pasa tan bien echando los dados, jugando y con mujeres, es el dueño de la tienda el que lo paga con sus caudales, aunque no comparta el jolgorio. Aunque el aprendiz sepa tocar el violín y la guitarra, sus juergas y juego los paga el robo. Pues, como podéis ver, la honradez y la buena vida siempre andan disociados, cuando se trata de gente pobre.
       Aunque le regañaba noche y día y algunas veces era llevado a bombo y platillo a la cárcel de Newgate, el alegre aprendiz permaneció con su dueño, hasta que casi terminó su aprendizaje, se acordó del proverbio que reza: "Más vale arrojar la manzana podrida que dejarla que pudra a las demás." Lo mismo ocurre con el criado protestón: es mejor dejarle marchar que permitirle que estropee a los demás criados de la casa. De modo que el dueño le dejó libre y le ordenó que se marchara, con maldiciones sobre su cabeza. Así fue cómo el alegre aprendiz consiguió su libertad. Ahora podía hacer hacer jarana toda la noche, si así le apetecía. Pero, como sea que no hay ladrón que no tenga un compinche que le empuje a saquear y estafar al que ha robado estrujado, Perkin inmediatamente envió su cama y el resto de su ajuar a casa de un compañero inseparable que era tan aficionado a los dardos, al jolgorio y a la disipación como él. La esposa de este amigo inseparable tenía una tienda para cubrir las apariencias, pero se ganaba la vida traficando con su cuerpo.



Geoffrey Chaucer, Cuentos de Canterbury, ed.Letras Universales,col.Cátedra, Madrid, 1987, páginas 161-162. Seleccionado por Paloma Montero Jiménez, segundo de bachillerato, curso 2013/2014.


                                   

Cartas de mi molino, Alphonse Daudet

La cartera de Bixiou      

       Al ratito, continuó hablando:
       -¿Sabéis que me resulta todavía más terrible? No poder leer ya los periódicos. Hay que estar metido en la profesión para poder comprender esto... Algunos días, al anochecer, cuando vuelvo a casa me compro uno, simplemente por sentir ese aroma a papel húmedo y a noticias frescas... ¡Es tan agradable! ¡Y no tener a nadie que me las lea! mi mujer podría hacerlo, pero no quiere; según ella, en la sección de sucesos siempre se habla de cosas poco decentes... ¡Ah!, estas antiguas queridas, una vez casadas, son de lo más mojigato que hay. Desde que la he convertido en señora de Bixiou, ¡se ha vuelto de un místico!... Pues, ¿no quería darme en los ojos fricciones de agua de Lourdes? Y, además, el pan bendito, las cuestaciones, la Santa Infancia, las Misiones... ¡y qué sé yo cuántas cosas más!... Estamos hundidos hasta el cuello en las buenas obras... Sin embargo, una buena obra sería la de leerme el periódico. Pues bien, eso no, se niega totalmente... Si mi hija viviera con nosotros, ella sí me lo leería; pero, desde que me he quedado ciego la he internado en Notre-Dame-des-Arts, a fin de tener una boca menos que alimentar...
       -¡Y ésa es otra que también me procura satisfacciones! No hace todavía nueve años que ha venido al mundo, y ya ha tenido todas las enfermedades habidas y por haber... ¡Y qué triste!, ¡y qué fea!, más fea que yo, si cabe... ¡Un monstruito! ¡Qué le voy a hacer!, no he sabido hacer otra cosa en mi vida que caricaturas... Pero, ¡vaya!, ¡pues sí que estoy yo bueno, contándoos mis chismes familiares! ¿Qué puede importaros todo ello?... ¡Ea!, pasadme un poco, De aquí me voy a ir a Educación, y sus ordenanzas no tienen la sonrisa fácil. Todos ellos son antiguos profesores.
       Le serví su aguardiente. Empezó a paladearlo a pequeños sorbos, con gesto enternecido... De repente, no sé qué mosca le picaría, se levantó con su vaso en la mano, paseó un momento en torno suyo su cabeza de víbora ciega, con la amable sonrisa del señor que se dispone a pronunciar un discurso, y, con voz estridente, como el que va a arengar en un banquete de doscientos cubiertos, exclamó:
       -¡A las artes! ¡A las letras! ¡A la prensa!
       Y se sumergió en un brindis de diez minutos, la más frenética y maravillosa improvisación que jamás haya salido de aquel cerebro de payaso.



Alphonse Daudet, Cartas de mi molino, ed. Magisterio Español, col. Novelas y Cuentos, Madrid, 1976, páginas 110-111. Seleccionado por Sara Paniagua Núñez, segundo de bachillerato, curso 2013/2014.

Trabajos de amor perdidos Mucho ruido por nada, William Shakespeare

 


                                        Acto segundo
                                     
                                        Escena primera


Entran la Princesa de Francia, Rosalinda, María, Catalina, Boyet, Nobles y Acompañantes.

BOYET.     Ahora, señora, concentrad vuestros mejores ánimos: considerad a quien envía el Rey vuestro padre, ante quién la envía y cuál es su embajada:

Nana, Emile Zola

IX

       Se ensayaba La duquesita en el Variétés. Acababan de leer el primer acto e iban a empezar el segundo. En proscenio, sentados en viejas sillas, Fauchery y Bordenave discutían mientras el apuntador, el tío Cossard, un jorobado muy bajito, hojeaba el manuscrito, sentado en una silla de paja, con un lápiz entre los labios.
       -¡Bueno!¿A qué esperamos? -gritó de pronto Bordenave, dando furiosos golpes en las tablas con la punta de su grueso bastón-. Barillot, ¿por qué no empiezan?
       -Falta el señor Bosc, ha desaparecido -contestó Barillot, que hacía de segundo regidor.
       Estalló entonces una verdadera tormenta. Todo el mundo llamaba a Bosc. Bordenave renegaba.
       -¡Maldita sea! Siempre pasa lo mismo. Ya pueden sonar timbres, que nadie está en su sitio... Y luego, a protestar, si hay que quedarse, pasadas las cuatro.
       Pero llegaba Bosc tan campante.
       -¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué quieren? ¡Ah, que me toca a mí! Haberlo dicho... Venga, Simonne, da la entrada: "Llegan los invitados", y entro... ¿Por dónde entro?
       -¿Por dónde va a ser? ¡Por la puerta! -exclamó Fauchery irritado.
       -Sí, pero ¿dónde está la puerta?
       Bordenave la tomó esta vez con Barillot, empezando a renegar y a hundir de nuevo las tablas con el bastón.
       -¡Maldita sea! Había dicho que pusieran una silla ahí, para figurar la puerta. Todos los días estamos igual... ¡Barillot! ¿Dónde está Barillot? ¡Otro que se larga! ¡Aquí se larga todo Dios!
       Sin embargo, fue el propio Barillot a colocar la silla, mudo, encogido bajo el temporal. Y empezó el ensayo. Simonne, con sombrero y envuelta en sus pieles, hacía ademanes de criada que limpia los muebles. Se interrumpió para decir:
       -¿ Sabéis que no hace nada de calor? Yo no saco las manos del manguito.
       Luego, cambiando de voz, recibió a Bosc con un ligero grito:
       -¡Ay! Si es el señor conde. Es usted el primero, señor conde, y se alegrará mucho la señora.
       Bosc llevaba un pantalón sucio de barro, un enorme gabán amarillo y una inmensa bufanda enrollada al cuello. Con las manos en los bolsillos y la cabeza cubierta con un sombrero viejo, dijo, son declamar, con voz sorda y cansina:
       -No molestes a su señora, Isabelle; quiero darle una sorpresa.
       Siguió el ensayo. Bordenave, ceñudo, hundido en su butaca, escuchaba con aire de fastidio. Fauchery, nervioso, cambiaba de postura, a cada momento le entraban ganas de interrumpir, pero se aguantaba. Oyó cuchicheos detrás, en la sala oscura y vacía.
       -¿Ha venido? -pregunto, inclinándose hacia Bordenave.
       Éste respondió afirmativamente, bajando la cabeza. Nana, antes de aceptar el papel de Géraldine que le ofrecía, había querido ver la obra, pues no estaba muy decidida a hacer otro papel de cocotte. Ella soñaba con un papel de mujer honrada. Se escondía en la oscuridad de un palco de platea, con Labordette, que la ayudaba cuanto podía cerca de Bordenave. Fauchery echó una ojeada y volvió a atender al ensayo.


Emile Zola, Nana, editorial Planeta, colección Clásicos Universales Planeta, Barcelona, 1985, páginas 221-223. Seleccionado por Paloma Montero Jiménez, segundo de bachillerato, curso 2013/2014.