viernes, 8 de abril de 2016

Las olas, Virginia Woolf




—Te vi pasar delante de la cabaña del jardinero —dijo Bernardo— y te oí gemir— «Soy desdichada». Neville y yo estábamos construyendo barcos de madera, pero al verte, dejé a un lado mi cuchillo. Tengo los cabellos en desorden porque cuando Mrs. Constable me dijo que me los peinara, vi a una mosca cogida en una telaraña y me pregunté: «¿Debo libertar a la mosca? ¿Dejaré que se la coma la araña?» Así es como me atraso siempre. Mis cabellos están despeinados y estas virutas de madera se han adherido a ellos. Al oír que gemías, te seguí y te vi depositar sobre las raíces tu pañuelo, en el cual habías anudado tu furor y tu odio. Pero todo pasará. Nuestros cuerpos están muy próximos ahora. Tú escuchas mi respiración. Al mismo tiempo, ves a aquel escarabajo que arrastra una hoja sobre su dorso, corriendo de un lado a otro. En idéntica forma mientras lo observas, tu deseo de poseer un objeto único (que en este momento es Luis) debe oscilar, como la luz que penetra y sale por entre las hojas de las hayas. Más tarde, las palabras que se mueven oscuramente, en las profundidades de tu cerebro, romperán este nudo de dureza enrollada en tu pañuelo.

—Yo amo y odio —dijo Susana—. Yo no deseo sino una sola cosa. Mis ojos son hoscos. Los ojos de Jinny brillan con millares de luces. Los ojos de Rhoda son como esas flores pálidas a las cuales se acercan las mariposas al atardecer. Los tuyos son como agua que sube hasta la superficie y nunca se derrama. Pero yo estoy ya lanzada sobre mi pista. Mis ojos ven los insectos en el césped y aun cuando mi madre toda, vía teje calcetines y cose delantales para mí, a pesar de que soy todavía una niña, sé amar y aborrecer.

—Pero mientras permanecemos sentados así, muy próximos —dijo Bernardo—, nuestras palabras nos funden al uno en el otro. Y entre ambos, formamos una especie de territorio impregnable. —Veo el escarabajo —dijo Susana—. Es negro: lo veo es verde: lo veo. Yo estoy atada con palabras cortas, monosilábicas. Tú, en cambio, te echas a vagar con las tuyas a la aventura: te escapas: subes cada vez más alto, con palabras y más palabras hilvanadas en frases. —Y ahora, vamos a explorar a nuestro alrededor —dijo Bernardo—. Allá abajo, entre los árboles, hay una casa blanca. Nos hundiremos como los nadadores que rozan el fondo con las puntas de sus pies, nos sumergiremos a través de la atmósfera verde de las hojas. A medida que corramos, iremos sumergiéndonos, Susana. Las olas se cierran sobre nosotros, las hojas de las hayas se entrecruzan por encima de nuestras cabezas. Se ven relucir los punteros dorados del reloj de las caballerizas. Allí está el techo de la casa grande. Las botas de caucho del mozo de cuadra resuenan en el patio de Elvedon. «Ahora, descendemos por entre las copas de los árboles hasta el suelo. El aire no agita ya sobre nosotros sus tristes olas púrpuras. Estamos tocando tierra; hollamos el suelo. Aquél es el cerco del
jardín de las señoras, donde ellas salen a pasearse al mediodía y a cortar rosas con sus tijeras. Ahora estamos en el bosquecillo rodeado de una muralla. Esto es Elvedon. Yo he visto letreros en los cruces de caminos con un brazo que señalaba: «A Elvedon». Nadie había llegado jamás hasta aquí. Los helechos
despiden un olor fuerte y debajo de ellos crecen hongos rojos. Hemos despertado a las cornejas soñolientas que jamás han visto una figura humana y hollamos glándulas podridas que el tiempo ha tornado res- balosas y rojas. Un círculo de murallas rodea este bosque: nadie viene jamás aquí. ¡Escucha!… Ese ruido sordo es el de un sapo gigantesco que brinca entre los matorrales; aquel crujido es el de una piña prehistórica que cae entre los helechos y va a pudrirse  allí.

Seleccionado por María Alegre Trujillo, Segundo de bachillerato.Curso 2015-2016.

La gaviota, Anton Chejov


Acto primero 

 NINA (a Trigorin)- ¿Verdad que es una obra extraña?
 TRIGORIN- No he comprendido nada. De todos modos, he visto la representación con agrado.
 Usted ha declamado con mucha sinceridad. También la decoración era magnífica. (Pausa.) Debe de
 haber muchos peces en este lago.
 NINA- Sí.
 TRIGORIN- Me gusta pescar con caña. Para mí
 no hay mayor placer que sentarme al caer de la tarde
 a la orilla y contemplar el flotador.
 NINA- Pero yo me figuro que para quien ha experimentado el placer de la creación artística, los
 demás placeres ya no cuentan.
 ARKÁDINA (riéndose)- No hable de este modo.
 Cuando le dicen palabras agradables, eso le perjudica.
 SHAMRÁIEV- Recuerdo que en el teatro de la
 Opera de Moscú, una vez el famoso Silva cantó el
 do de bajo. Como hecho adrede, aquel día ocupaba
 un asiento de gallinero un bajo de los que cantan en
 la capilla sinodal. De pronto, figúrense ustedes, cuál
 no sería nuestra sorpresa, oímos que gritan desde el
 gallinero: "¡Bravo.  Silva!". ¡una octava entera más
 baja!... Algo así como (con voz de bajo): "¡Bravo,  Silva!"… Nos quedamos petrificados. (Pausa)
 DORN- Ha pasado un ángel silencioso volando.
 NINA- He de irme. Adiós.
 ARKÁDINA- ¿ Adónde? ¿Adónde ha de irse
 tan pronto? No la dejaremos marchar.
 NINA- Papá me espera.
 ARKÁDINA- ¡Qué hombre, la verdad!... (Se besan.) Bueno, qué le vamos a hacer. Es una pena dejarla           marchar, es una pena.
 NINA- ¡Si supiera cuánto siento tener que irme!
 ARKÁDINA- ¿Y si alguien la acompañara, pequeña mía?
 NINA (asustada)- ¡Oh, no, no!
 SORIN (a Nina, suplicante)- ¡Quédese!
 NINA- No puedo, Piotr Nikoláievich.
 SORIN- Quédese una  horita, eso es. Qué le
 cuesta, la verdad...
 NINA (después de reflexionar un instante, con lágrimas
 en los ojos)- ¡Imposible! (Le estrecha la mano y se va rápidamente.)
 ARKÁDINA- La verdad, es una chica desgraciada. Dicen que su difunta madre, al morir, legó a
 su esposo su enorme fortuna, hasta el último kopek,
 y esta muchacha se ha quedado sin nada, pues el
 padre ya lo ha legado todo a su segunda mujer. Es
 indignante.

Anton Chejov, La gaviota,  http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/c/Chejov,%20Anton%20-%20La%20gaviota.pdf
Seleccionado por Laura Agustín Críspulo. Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016

Werther, Goethe

   «Reina en mi espíritu una alegría admirable, muy parecida a las dulces alboradas de la primavera, de que gozo aquí con delicia. Estoy solo, y me felicito de vivir en este país, el más a propósito para almas como la mía, soy tan dichoso, mi querido amigo, me sojuzga de tal modo la idea de reposar, que no me ocupo de mi arte. Ahora no sabría dibujar, ni siquiera hacer una línea con el lápiz; y, sin embargo, jamás he sido mejor pintor Cuando el valle se vela en torno mío con un encaje de vapores; cuando el sol de mediodía centellea sobre la impenetrable sombra de mi bosque sin conseguir otra cosa que filtrar entre las hojas algunos rayos que penetran hasta el fondo del santuario, cuando recostado sobre la crecida hierba, cerca de la cascada, mi vista, más próxima a la tierra, descubre multitud de menudas y diversas plantas; cuando siento más cerca de mi corazón los rumores de vida de ese pequeño mundo que palpita en los tallos de las hojas, y veo las formas innumerables e infinitas de los gusanillos y de los insectos; cuando siento, en fin, la presencia del Todopoderoso, que nos ha creado a su imagen, y el soplo del amor sin limites que nos sostiene y nos mece en el seno de una eterna alegría; amigo mío, si los primeros fulgores del alba me acarician, y el cielo y el mundo que me rodean se reflejan en mi espíritu como la imagen de una mujer adorada, entonces suspiro y exclamo: «¡Si yo pudiera expresar todo lo que siento! ¡Si todo lo que dentro de mí se agita con tanto calor, con tanta exuberancia de vida, pudiera yo extenderlo sobre el papel, convirtiendo éste en espejo de mi alma, como mi alma es espejo de Dios!» Amigo... Pero me abismo y me anonada la sublimidad de tan magníficas imágenes.»

      Johann Wolfgang von Goethe, Werther, http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/g/Goethe%20-%20Werther.pdf.
      Seleccionado po Lidia Rodríguez Suárez. Segundo de bachillerato. Curso 2015-2016.

Las aventuras de Tom Sayer, Mark Twain




–¡Tom! 
Silencio.
–¡Tom!
Silencio.
–Pero ¿dónde se habrá metido este crío? ¡Tom!
La buena mujer se bajó las gafas y miró por encima de ellas recorriendo toda la estancia; después se las puso en la frente y miró por debajo. Pocas veces, o prácticamente ninguna, miraba a través de ellas para ver algo tan insignificante como un chiquillo; aquellas gafas eran todo un lujo, su mayor orgullo; eran más un adorno que un objeto útil, pues no habría visto mejor mirando a través de un par de tapaderas de cocina. 

Parecía perpleja y no enfurecida, pero sí lo bastante alto como para que la oyeran los muebles, dijo: 

–Muy bien, pues te aseguro que si te pongo la mano encima te…

No acabó la frase porque en aquel momento estaba agachada, hurgando debajo de la cama con una escoba, con lo que necesitaba todo el aliento para sus escobazos. No obstante, lo único que logró fue desenterrar al gato.

–¡En mi vida he visto un chico tan revoltoso!
Fue hasta la puerta y allí se detuvo recorriendo con la mirada las tomateras y los matorrales silvestres que constituían el jardín. 

Ni rastro de Tom. Así pues, alzó suficientemente la voz y gritó: 

–¡Tom! ¡Eh, Tom!
Oyó tras ellas un ligero ruido y se dio la vuelta al instante para atrapar al chiquillo por el borde de la chaqueta e impedirle que huyera.

–¡Te pillé! ¿Cómo no se me había ocurrido pensar en la despensa? ¿Qué estabas haciendo ahí dentro?

–Nada

–¿Nada? ¡Mírate las manos! ¡Mírate la boca! ¿Con qué te has ensuciado?

–Y yo qué sé, tía.

–Pues yo sí lo sé. Con mermelada, con eso te has pringado. Te he dicho cuarenta veces que si no dejas en paz la mermelada te haré trizas. ¡Acércame aquella vara!
La vara se agitó en el aire. El peligro era inminente.

–¡Oh! ¡Mire detrás de usted, tía!
La buena mujer giró en redondo, recogiéndose las faldas para esquivar el peligro; en ese mismo instante, el chiquillo escapó: se encaramó a la alta valla de madera y desapareció.
La tía Polly permaneció un instante sorprendida y después se echó a reír suavemente.



Mark Twain, Las Aventuras de Tom Sayer, www.biblioteca.org.ar
Seleccionado por Maria Alegre Trujillo , Segundo de bachillerato. Curso 2015-2016

Orgullo y prejuicio, Jane Austen


     Por más que la señora Bennet, con la ayuda de sus hijas, preguntase sobre el tema, no conseguía sacarle a su marido ninguna descripción satisfactoria del señor Bingley. Le atacaron de varias maneras: con preguntas clarísimas, suposiciones ingeniosas, y con indirectas; pero por muy hábiles que fueran, él las eludía todas. Y al final se vieron obligadas a aceptar la información de segunda mano de su vecina lady Lucas. Su impresión era muy favorable, sir William había quedado encantado con él. Era joven, guapísimo, extremadamente agradable y para colmo pensaba asistir al próximo baile con un grupo de amigos. No podía haber nada mejor. El que fuese aficionado al baile era verdaderamente una ventaja a la hora de enamorarse; y así se despertaron vivas esperanzas para conseguir el corazón del señor Bingley. ––Si pudiera ver a una de mis hijas viviendo felizmente en Netherfield, y a las otras igual de bien casadas, ya no desearía más en la vida le dijo la señora Bennet a su marido. 
      Pocos días después, el señor Bingley le devolvió la visita al señor Bennet y pasó con él diez minutos en su biblioteca. Él había abrigado la esperanza de que se le permitiese ver a las muchachas de cuya belleza había oído hablar mucho; pero no vio más que al padre. Las señoras fueron un poco más afortunadas, porque tuvieron la ventaja de poder comprobar desde una ventana alta que el señor Bingley llevaba un abrigo azul y montaba un caballo negro.
Poco después le enviaron una invitación para que fuese a cenar. Y cuando la señora Bennet tenía ya planeados los manjares que darían crédito de su buen hacer de ama de casa, recibieron una respuesta que echaba todo a perder. El señor Bingley se veía obligado a ir a la ciudad al día siguiente, y en consecuencia no podía aceptar el honor de su invitación. La señora Bennet se quedó bastante desconcertada. No podía imaginar qué asuntos le reclamaban en la ciudad tan poco tiempo después de su llegada a Hertfordshire; y empezó a temer que iba a andar siempre revoloteando de un lado para otro sin establecerse definitivamente y como es debido en Netherfield. Lady Lucas apaciguó un poco sus temores llegando a la conclusión de que sólo iría a Londres para reunir a un grupo de amigos para la fiesta. Y pronto corrió el rumor de que Bingley iba a traer a doce damas y a siete caballeros para el baile. Las muchachas se afligieron por semejante número de damas; pero el día antes del baile se consolaron al oír que en vez de doce había traído sólo a seis, cinco hermanas y una prima. Y cuando el día del baile entraron en el salón, sólo eran cinco en total: el señor Bingley, sus dos hermanas, el marido de la mayor y otro joven. 

Jane Austen, Orgullo y prejuicio,                                                                           http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/a/Austen,%20Jane%20-                   %20Orgullo%20y%20prejuicio.pdf. Seleccionado por Julia Mateos Gutiérrez, segundo de bachillerato, curso 2015-2016.  

lunes, 4 de abril de 2016

De ratones y hombres, John Steinbeck

       Un extremo de la gran cuadra estaba hasta los topes de heno nuevo, y sobre el montón colgaba el aparejo de cuatro ganchos suspendido de su polea. El heno bajaba como la ladera de una montaña hasta el otro extremo, donde había un espacio llano hasta ahora sin cubrir con la nueva cosecha. A los lados estaban los pesebres, y entre sus tablas se podían distinguir las cabezas de los caballos.
       Era domingo por la tarde. Los caballos, en descanso, mordisqueaban los manojos de heno que les quedaban, pateaban, mordían la madera del pesebre y hacían sonar las cadenas de los ronzales. El sol entraba a franjas por las grietas de la cuadra y proyectaba rayas de de luz en el heno. Había un zumbido de moscas en el aire: el bordoneo perezoso de la tarde.
       Del exterior llegaban los golpes metálicos de las herraduras contra el clavo del juego y los gritos de los hombres tirando, animando, abucheando. Pero en la cuadra había silencio y bordoneo y pereza y calor.
       Sólo Lennie estaba allí; y Lennie se hallaba sentado en el heno junto a un cajón de embalar debajo de un pesebre, en el extremo de la cuadra que no habían llenado de heno. Lennie, sentado en la yerba, contemplaba un cachorrillo muerto que yacía delante de él. Lo estuvo mirando largamente; después alargó su manzana  y empezó a acariciarlo; lo acariciaba todo entero, de la cabeza al rabo.
       -¿Por qué te has muerto? -le dijo al cachorrillo-. No eres como un ratón de pequeño. No te he dado con fuerza -levantó la cabeza del animalito y lo miró a la cara; y añadió-: Ahora George no me va a dejar cuidar los conejos, si se entera de que te has muerto.
       Hizo un hoyito, lo depositó en él, y lo cubrió con heno para que no lo vieran; pero siguió mirando el montoncito que acababa de hacer. Dijo:
       -Esto no es una trastada para ir a esconderme en la maleza. ¡Ni hablar! Le diré a George que lo he encontrado muerto.
       Desenterró el cachorrito, lo examinó, y lo acarició de las orejas a la cola. Y prosiguió pesaroso:
       -Pero se enterará. George siempre se entera. Dirá «Has sido tú. No intentes engañarme». Y luego dirá: «¡Ahora, por haberlo hecho, no cuidarás los conejos!»

       John Steinbeck, De ratones y hombres, Barcelona, Vicens Vives, 1994, pág 88, Selecionado por Coral García Domínguez, Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.

viernes, 1 de abril de 2016

La educación sentimental, Gustave Flaubert

Una mañana del mes de diciembre, cuando se dirigía al curso de práctica forense, creyó observar en la calle -Saint, Jacques más animación que de ordinario. Los estudiantes salían precipitadamente de los cafés, o, por las ventanas abiertas, se llamaban de una casa a otra; los tenderos, en las aceras, miraban con inquietud; se cerraban las contraventanas, y cuando llegó a la calle Soufflot vio una gran multitud alrededor del Panteón. Grupos desiguales de cinco a doce jóvenes se paseaban tomados del brazo y se acercaban a otros grupos mayores estacionados en diversos lugares; en el fondo de la plaza, junto a las verjas, unos hombres de blusa peroraban, mientras los guardias municipales, con el tricornio ladeado y las manos a la espalda, iban y venían a lo largo de las paredes haciendo resonar el pavimento con sus gruesas botas. Todos tenían un aire misterioso y turulato; algo se esperaba, evidentemente, y había en el borde de todos los labios una interrogación. Federico se encontró junto a un joven rubio, de rostro simpático, con bigote y perilla como un refinado de la época de Luis XIII. Preguntole por la causa de aquel desorden. -No sé nada ---contestó el otro-, ni tampoco ellos lo saben. ¡Es la moda del día! ¡Qué buena farsa! Y se echó a reír. Las peticiones para la Reforma que obligaban a firmar en la guardia nacional, juntamente con el empadronamiento Humann y otros acontecimientos producían desde hacía seis meses en París tumultos inexplicables, e incluso se repetían con tanta frecuencia que los diarios ya no hablaban de ellos. -Esto no tiene contorno ni color-continuó el vecino de Federico Tengo la impresión, señor, de que hemos degenerado. En la buena época de Luis XI, y aun en la de Benjamín Constant, había más rebeldía entre los estudiantes. Me parecen pacíficos como carneros, estúpidos como pepinillos e idóneos para horteras. ¡Pascua de Dios! ¡Y a esto se le llama juventud escolar! Y abrió ampliamente los brazos, como Federico Lemaître en Robert Macaire. -¡Juventud escolar, yo te bendigo!

Gustave Flaubert, La educación sentimental,  http://www.catedras.fsoc.uba.ar/varela/archivos/Flaubert.pdf.
Seleccionado por Lidia Rodríguez Suárez. Segundo de bachillerato. Curso 2015-2016-

Las aventuras de Oliver Twist, Charles Dickens

Cuando Oliver se despertó a la mañana siguiente, vio, sorprendido, que sus viejos zapatos habían desaparecido y que, en su lugar, se encontraban otros nuevos y lustrosos. No tardó mucho en entender tal cambio. -Esta noche irás a casa de Sikes -le dijo Fagin. No le dio ninguna explicación más y Oliver tampoco se atrevió a hacer preguntas. Pero antes de marcharse dejando de nuevo a Oliver solo en la casa, el ladrón le dijo: -Ahí tienes un libro para que lo leas mientras vienen a buscarte. Oliver cogió el libro; en él se contaban las vidas de grandes malhechores; eran relatos de espantosos crímenes que helaban la sangre, de asesinatos secretos y cadáveres escondidos. En un ataque de pavor, arrojó el libro lejos de él, se hincó de rodillas y empezó a rezar -¡Oh, Dios mío! ¡Líbrame de ser autor o víctima de crímenes tan espantosos! Estaba todavía en aquella postura, con la cabeza hundida entre las manos, cuando se sobresaltó al oír un leve ruido. -Tranquilo, Oli, soy yo, Nancy -dijo la muchacha con un susurro. -¿Qué te pasa, Nancy? Estás muy pálida. -¡Esta habitación es tan húmeda! -disimuló la muchacha, abrigándose con su manto-. Vamos. Te tengo que llevar a casa de B¡ll. Sin decir una palabra, Oliver se cogió de su mano y, tras un breve pero profundo silencio, Nancy respiró hondo y dijo: -Mina, Oliver, he intentado hacer algo por ti, pero ha sido en vano. Ahora no es el momento de escapar Te libré una vez de ser maltratado, y lo volveré a hacer pero esta vez debes portarte bien. Si no, sólo conseguirás perjudicarte a ti mismo, y también a mí. Luego, enseñándole unos cardenales que tenía en el cuello y en los brazos, añadió en voz muy baja: -¡Mira, Oliver! Todo esto lo he pasado por ti. Si pudiera ayudarte, lo haría, pero no tengo los medios.

Charles Dickens, Las aventuras de Oliver Twist, http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/d/dickens,%20charles%20-%20oliver%20twist.pdf. Seleccionado por Lidia Rodríguez Suárez. Segundo de bachillerato. Curso 2015-2015.

Los Novios, Alessandro Manzoni.


Capítulo XIV.
 —Te daré una razón, querido posadero mío, y lo entenderás. Si los bandos que hablan bien, en favor de los buenos  cristianos, no cuentan; tanto menos deben contar los que hablan mal. De modo que quita de ahí todos esos enredos, y trae en cambio otro frasco; porque éste está rajado —diciendo esto, lo golpeó ligeramente con los nudillos, y agregó—: Escucha, escucha, posadero, cómo suena a hueco. 
 También esta vez, Renzo, poco a poco, había atraído la atención de los que estaban a su alrededor: y también esta vez fue aplaudido por el auditorio. 
 —¿Qué debo hacer? —dijo el posadero, mirando a aquel desconocido, que no era tal para él. 
 —Vamos, vamos —gritaron muchos de los parroquianos—: tiene razón, ese joven: todo eso son vejaciones, trampas, estorbos: ley nueva hoy, ley nueva. 
 En medio de estos gritos, el desconocido, lanzando al posadero una ojeada de reproche, por aquel interrogatorio demasiado descubierto: 
 —Dejad que haga lo que le parece: no hagáis escenas. 
 —He cumplido con mi deber —dijo  el posadero en voz alta; y después para sí: 
 —Ahora estoy entre la espada y la pared. —Y cogió papel, pluma y tintero, el bando y el frasco vacío, para entregárselo al mozo. 
 —Trae del mismo —dijo Renzo—: que  lo encuentro bueno; y volvió a sentarse bajo la campana de la chimenea. «¡Pedazo de liebre!», pensaba, haciendo de nuevo arabescos en la ceniza: «¡En buenas manos has ido a caer!, ¡So asno! Si quieres ahogarte, ahógate; pero el posadero de la Luna llena no pagará los platos rotos por tus locuras.» 
 Renzo dio las gracias a su guía, y a todos los otros que se habían puesto de su parte. 
 —¡Bien por los amigos! —dijo—. Ahora veo que los hombres de bien se echan una mano, y se apoyan—. Luego, extendiendo la diestra en el aire por encima de la mesa, y adoptando otra vez la actitud de orador —¡Gran cosa —exclamó— que todos los que gobiernan el mundo, quieran meter en todo papel, pluma y tintero! ¡Siempre con la pluma en el aire! ¡Qué manía tienen esos señores de manejar la pluma! 
 —¡Eh, buen labriego! ¿Queréis saber por qué?  —dijo riendo uno de aquellos jugadores, que iba ganando. 
 —Oigámoslo —respondió Renzo.
Alessandro Manzoni, Los Novios,https://ysseg14.files.wordpress.com/2011/06/los-novios-alessandro-manzoni1.pdf,texto seleccionado por  Daniel Carrasco Carril, Segundo de Bachillerato, curso 2015-2016.

La hija del capitán, Alexandre Pushkin

CAPITULO II

El cochero puso los caballos a galope, pero no dejaba de mirar al este. Los caballos iban a buena marcha. Entre tanto, el viento iba siendo más fuerte por momentos. La nubecilla se había convertido en una nube blanca que se levantaba lentamente y crecía hasta cubrir poco a poco todo el cielo. Empezó a caer una nieve menuda, y de repente cayeron grandes copos. Aullaba el viento; había empezado la tormenta. En un instaste, el cielo se juntó con el mar de nieve. Todo desapareció.
-¡Señor!  -gritó el cochero ¡Estamos perdidos! ¡La tormenta!
Me asomé a la ventanilla de la kibitka todo era oscuridad y remolinos. El viento aullaba con una expresión tan feroz, que parecía un ser vivo; la nieve nos cubría a Savélich y a mi; los caballos se pusieron al paso y luego se pararon.
-¿Por qué no sigues?  -pregunté impaciente al cochero.
-¿Y para qué quiere que siga? -respondió bajando del pescante-. No sé ni dónde estamos; no hay camino, todo está oscuro.
Me puse a reñirle, pero Savélich le defendió:
-Todo ha sido por no hacernos caso  --decía malhumorado-. Ya estaba en la posada, habrías tomado té y dormido hasta mañana; la tormenta se habría calmado y podríamos seguir adelante. ¿Qué prisa tenemos? Ni que fuéramos a una boda.

Alexandre Pushkin, La hija del capitán, http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/P/Pushkin,%20Alexander%20-%20La%20hija%20del%20capitan.pdf
Seleccionado por Laura Agustín Críspulo, Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016.




Nuestra señora de París, Victor Hugo


IV LOS INCONVENIENTES DE IR TRAS UNA
BELLA MUJER DE NOCHE POR LAS CALLES
     Gringoire por lo que pudiera pasar, quiso seguir a la gitana. La había visto tomar, con su cabra, la calle de la Coutellerie y él había hecho lo mismo.
     -¿Y por qué no? -se dijo.
     Gringoire, filósofo práctico de las calles de París, se había dado cuenta de que nada es tan propicio al ensueño como seguir a una mujer bella sin saber a dónde va. Existe en esta abdicación voluntaria del libre albedrío, en esta fantasía, que a su vez se somete a otra fantasía, una mezcla de independencia fantástica y de obediencia ciega, un no sé qué intermedio entre la libertad y la esclavitud, que agradaba a Gringoire. En efecto, su espíritu era esencialmente mixto, complejo a indeciso, interesado en todos los temas y pendiente un poco de todas las propensiones humanas, pero neutralizando cada una de ellas con su contraria.
     Le gustaba compararse a la tumba de Mahoma, atraída en sentidos contrarios por dos piedras de imán, dudando eternamente entre lo alto y lo bajo, entre la bóveda y el suelo, entre la caída y la elevación entre, el cenit y el nadir.
     Si Gringoire viviera en nuestros días ¡qué bien sabría mantenerse en un término medio entre lo clásico y lo romántico!, pero no era lo suficientemente primitivo como para vivir trescientos años y era una lástima. Su ausencia es un vacío que hoy día lamentamos.
     Por otra parte, para seguir por las calles a los transeúntes (y sobre todo a las transeúntes), cosa que Gringoire hacía con cierta frecuencia, lo mejor es no saber en dónde va uno a dormir.
     Iba, pues, pensativo detrás de la muchacha, que aceleraba el paso y hacía ir al trote a su cabritilla al ver que la gente se recogía ya y que las tabernas, únicos establecimientos abiertos aquel día se iban cerrando.
     Después de todo, iba pensando Gringoire, en algún lugar tendrá que dormir y las gitanas suelen tener buen corazón. ¡Quién sabe si...!, y él llenaba esos puntos suspensivos con no se sabe muy bien qué ideas peregrinas.
     Sin embargo, de vez en cuando, al pasar junto a los últimos grupos de burgueses que se despedían ya para retirarse, cogía al vuelo algún retazo de sus conversaciones que venían a romper la lógica de sus optimistas hipótesis.
     A veces se trataba de dos viejos que comentaban...
     -Maese Thibaut Femicle, ¿sabéis que hace frío?
     ¡Gringoire lo sabía bien desde el comienzo del invierno!
     -Ya lo creo maese Bonifacio Disome. ¿Tendremos un invierno como el de hace tres años, el del 80, en el que la madera costó a ocho sueldos el haz?
     -¡Bah! ¡Eso no eso no fue nada, maese Thibaut! ¿Se acuerda de aquel invierno de 1407, que no paró de helar desde San Martín hasta la Candelaria? Lo hacía con tal fuerza que hasta la pluma del parlamento se helaba a cada tres palabras y por eso hubo que suspender las actuaciones de la justicia...
     Un poco más allá eran unas vecinas a la ventana, alumbradas con candiles que el viento hacía chisporrotear.
     -¿Vuestro marido os ha contado ya la desgracia, señora Boudraque?
     -No. ¿De qué se trata, señora Tourquant?
     -Del caballo del señor Gilles Godin, el notario del Châtelet, que se ha desbocado, al ver a los flamencos y la procesión, y ha tirado por los suelos a maese Philipot Avrillot, oblato de los celestinos.
     -¿De verdad?
     -Ya lo creo.
     -¡Un caballo burgués! ¡Quién lo iba a pensar! ¡Si al menos hubiera sido un caballo del ejército!
     Y se iban cerrando las ventanas y Gringoire, distraído con las conversaciones, perdía el hilo de sus ideas.
     Por suerte lo volvía a encontrar enseguida y enlazaba sin dificultad, gracias sobre todo a la bohemia que, con su cabra, marchaba por delante; eran dos delicadas finas y encantadoras criaturas, en las que admiraba sus pequeños pies, sus lindas formas, sus graciosos ademanes, confundiendo casi a las dos en su imaginación, al considerarlas mujeres por su inteligencia y su amistad y cabritillas por su ligereza y agilidad y por la destreza de sus andares.
     Las calles se iban haciendo cada vez más oscuras y solitarias. Hacía bastante tiempo que había sonado el toque de queda y sólo se veía ya, muy de cuando en cuando, a un transeúnte por las calles o una luz en las ventanas.
     Gringoire se había internado, siguiendo a la egipcia, en aquel dédalo inextricable de callejuelas, encrucijadas y callejones sin salida, que rodean el antiguo sepulcro de los inocentes y que se asemeja a un ovillo enmarañado por un gato.
     -Desde luego estas callejuelas tienen muy poca lógica -decía Gringoire, perdido en esos mil caminos, que venían a desembocar en ellos mismos, y que la joven daba la impresión de conocer tan bien, moviéndose entre ellos con pasos ligeros sin la más pequeña duda.
     En cuanto a él, no habría tenido la menor idea del lugar en donde se encontraba, si no hubiera sido porque, al paso, a la vuelta de una calleja, descubrió la masa octogonal de la picota del mercado, cuyo tejadillo abierto destacaba vivamente su silueta negra contra una ventana iluminada aún en la calle Verdelet.
     Hacía ya un ratito que la joven se había dado cuenta de que la seguían y varias veces había vuelto hacia él su cabeza con cierta preocupación. Incluso una vez se había parado en seco y, aprovechando un rayo de luz que se escapaba de la puerta entreabierta de una panadería, le había mirado fijamente de arriba a abajo.
     Después Gringoire había visto hacer a la gitana la mueca aquella que debía resultarle familiar, y había seguido su camino.
     La mueca dio que pensar a Gringoire pues había burla y desdén en aquel gesto, hasta cierto punto gracioso, y por eso comenzó a bajar la cabeza y a contar los adoquines, siguiendo a la joven a una distancia mayor cuando, al doblar una calle, en donde momentáneamente la había perdido de vista, oyó un grito penetrante.
     Apresuró el paso. La calle estaba totalmente a oscuras; sin embargo, una lamparita que ardía en una hornacina a los pies de la Virgen, en un rincón de la calle permitió a Gringoire distinguir a la gitana debatiéndose en los brazos de dos hombres que procuraban ahogar sus gritos. La cabritilla, asustada, bajaba los cuernos y se ponía a balar.
     -¡Socorro! ¡A mí la ronda! ¡Socorro, guardianes! -gritó Gringoire al mismo tiempo que se dirigía valientemente hacia allí. Uno de los que sujetaban a la joven se volvió hacia él; era la formidable figura de Quasimodo.
     Gringoire no emprendió la huida pero tampoco dio un paso más adelante.
     Quasimodo se llegó hasta él y de un revés lo lanzó a cuatro pasos contra el empedrado; luego se adentró rápidamente hacia la oscuridad llevándose a la joven bajo el brazo como si fuera un echarpe de seda, seguido de su compañero; mientras la pobre cabra corría tras ellos balando quejumbrosa.
     -¡Asesinos! ¡Socorro! -gritaba la desdichada gitana.
     -¡Alto ahí, miserables! ¡Soltad a esa mujer! -dijo con voz de trueno un caballero que surgió de repente de una plazuela próxima. Se trataba de un capitán de los arqueros, armado de pies a cabeza y con un espadón en la mano.
     Arrancó a la bohemia de los brazos de Quasimodo, estupefacto; la colocó de través en la silla de montar y en el momento en que el terrible jorobado, recuperado de la sorpresa, se lanzaba sobre él para recuperar a su presa, surgieron quince o más arqueros que seguían a su capitán armados todos con espadas.
     Se trataba de un escuadrón de la guardia real que hacía la contrarronda por orden de micer Roberto d'Estouteville, guardián del prebostazgo de París.
     Entre todos cercaron a Quasimodo, lo cogieron y lo ataron. Rugía, echaba espuma por la boca, mordía y, si no hubiera sido de noche, podemos estar seguros de que su horripilante cara, más repulsiva aún por hallarse encolerizado, habría puesto en fuga a todo el escuadrón. Pero, por la noche, carecía de su arma más temible; su fealdad.
     Su compañero se escabulló durante la refriega.
     La gitana se irguió con elegancia en la silla del oficial, apoyó sus dos manos en los hombros del capitán y le miró fijamente durante unos segundos, como encantada de su atractivo aspecto y de la ayuda que acababa de prestarle. Después, rompiendo a hablar la primera, le dijo haciendo más dulce aún su dulce voz:    -¿Cómo os llamáis, señor gendarme?
     -Capitán Febo de Cháteaupers para serviros, preciosa respondió el capitán irguiéndose.
     -Gracias -le dijo.
     Y mientras el capitán se entretenía atusándose su bigote a la borgoñona, ella se deslizó hasta el suelo, desde el caballo, como una flecha que cae a tierra y huyó tan rápidamente, que un relámpago habría tardado más en desvanecerse.
     -¡Por el ombligo del papa! -dijo apretando las ligaduras de Quasimodo-. A fe mía que habría preferido quedarme con la mozuela.
     -¡Qué queréis capitán! -dijo uno de los guardias-. La pájara ha levantado el vuelo pero nos queda el murciélago.

Victor Hugo, Nuestra señora de París, http://www.pdf-libros.com/2015/07/nuestra-senora-paris-pdf.html
Seleccionado por Clara Fuentes Gómez, Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016

Los miserables, Victor Hugo


V


Noche que deja entrever el día

Oyendo llamar a la puerta, Jean Valjean dijo con voz débil:
-Entrad, está abierto.
Aparecieron Cosette y Marius. Cosette se precipitó en el cuarto. Marius permaneció de pie en el umbral.
-¡Cosette! -dijo Jean Valjean y se levantó con los brazos abiertos y trémulos, lívido, siniestro, mostrando una alegría inmensa en los ojos.
Cosette, ahogada por la emoción, cayó sobre su pecho, exclamando:
-¡Padre!
Jean Valjean, fuera de sí, tartamudeaba:
-¡Cosette! ¡Es ella! ¡Sois vos, señora! ¡Eres tú! ¡Ah, Dios mío!
Y sintiéndose estrechar por los brazos de Cosette, añadió:
-¡Eres tú, sí! ¡Me perdonas, entonces!
Marius, bajando los párpados para detener sus lágrimas, dio un paso, y murmuró:
-¡Padre!
-¡Y vos también me perdonáis! -dijo Jean Valjean.
Marius no encontraba palabras y el anciano añadió:
-Gracias.
Cosette se sentó en las rodillas del anciano, separó sus cabellos blancos con un gesto adorable, y le besó la frente. Jean Valjean extasiado, no se oponía, y balbuceaba:
-¡Qué tonto soy! Creía que no la volvería a ver. Figuraos, señor de Pontmercy, que en el mismo momento en que entrabais, me decía: "¡Todo se acabó! Ahí está su trajecito; soy un miserable,y no veré más a Cosette". Decía esto mientras subíais la escalera. ¿No es verdad que me había vuelto idiota? No se cuenta con la bondad infinita de Dios. Dios dijo: "¿Crees que lo van a abandonar, tonto? No. No puede ser así. Este pobre viejo necesita a su ángel". ¡Y el ángel vino, y he vuelto a ver a mi Cosette, a mi querida Cosette! ¡Ah, cuánto he sufrido!

Victor Hugo, Los miserables, http://www.claseshistoria.com/general/pdf/miserables.pdf

Seleccionado por Laura Agustín Críspulo, Segundo de Bachillerato. Curso 2015-2016

lunes, 14 de marzo de 2016

La llamada de lo salvaje, Jack London

                                                              Capítulo V
                                       El Trabajo Agotador Del Tiro y De Las Pisas
 A los treinta días de haber abandonado Dawson, el correo de Salt Water, con Buck y sus compañeros al frente, llegó a Skaguay. Se encontraban en un estado lamentable, rendidos y agotados. Los sesenta y tres kilos que solía pesar Buck habían quedado reducidos a cincuenta y dos. Sus compañeros, aunque eran más pequeños que él, habían perdido relativamente más peso. Pike, el haragán, que en su vida llena de engaños a menudo había fingido que tenía una pata herida, cojeaba ahora de veras. Sol-leks también cojeaba, y Dub tenía la paletilla dislocada.
 Todos tenían los pies terriblemente lastimados, y habían perdido toda su elasticidad y su resistencia. Sus patas caían pesadamente sobre el camino, sacudiéndoles el cuerpo entero y duplicando, por tanto, el cansancio de cada viaje.
 No les ocurrirá nada, sólo que estaban muertos de cansancio.
 No era profundo cansancio que aparece tras un esfuerzo breve y desmesurado, del que te recuperas en cuestión de horas, sino el profundo cansancio que aparece tras el agotamiento lento y prolongado de las fuerzas a lo largo de varios meses de arduo trabajo. Ya no tenían capacidad de recuperación, ni fuerzas de reserva a las que recurrir. Las habían agotado todas, hasta la última gota. Cada uno de sus músculos, de sus nervios, de sus células, estaban cansados, profundamente cansados. Y con razón. En menos de cinco meses habían recorrido cuatro mil kilómetros, y en los últimos tres mil sólo habían disfrutado de cinco días de descanso.
 Cuando llegaron a Skaguay, parecían en las últimas. Apenas podían mantener las riendas tirantes Y, cuando iban cuesta abajo, les costaba trabajo evitar que el trineo los atropellase.

Jack London, La llamada de lo salvaje, Barcelona, vicens vives, 1988, 154.
Seleccionado por Jennifer Garrido Gutiérrez , Bachillerato. Curso 2015/16

Nuestra Señora de París, Victor Hugo

IV
EL PERRO Y EL DUEÑO

     Existía sin embargo un ser humano hacia el que Quasimodo no manifestaba el odio y la maldad que sentía para con los otros y a quien amaba, quizás tanto, como a su catedral; era Claude Frollo.
La razón era muy sencilla; Claude Frollo le había recogido, le había adoptado, le había alimentado y le había criado. De pequeñito venía a refugiarse entre las piernas de Claude Frollo cuando los perros y los niños le perseguían ladrando. Claude Frollo le había enseñado a hablar, a leer y a escribir y haberle dado, en fin, la gran campana en matrimonio era como entregar Julieta a Romeo.
     Por todo ello el agradecimiento de Quasimodo era profundo, apasionado, sin límites y aunque el rostro de su padre adoptivo fuese con demasiada frecuencia hosco y severo, aunque sus palabras fuesen habitualmente escasas, duras e imperativas, nunca aquella gratitud se había desmentido y el archidiácono tenía en Quasimodo al esclavo más sumiso, al criado más dócil y al guardián más vigilante. Cuando el desdichado campanero se quedó sordo se había establecido entre él y Claude Frollo un misterioso lenguaje de signos que sólo ellos dos comprendían, así que el archidiácono era el único ser humano con quien Quasimodo podía comunicarse. Sólo dos cosas había en este mundo con las que Quasimodo tuviera relación: Nuestra Señora y Claude Frollo.
     Nada se podía comparar a la autoridad del archidiácono para con el campanero si no eran la dependencia del campanero para con el archidiácono. No habría sido necesaria más que una señal de Claude y la convicción de que aquello iba a agradarle para que Quasimodo se precipitara desde lo más alto de las torres de Nuestra Señora. Era algo admirable el ver que toda aquella fuerza física, tan extraordinariamente desarrollada por Quasimodo, se sometiera ciegamente a la disposición de otra persona; había en aquel hecho una devoción filial y una sumisión servil y también la fascinación de un espíritu para con otro. Se trataba de un torpe, pobre y burdo organismo que se mantenía con la cabeza baja y los ojos suplicantes, sometido a una inteligencia elevada y profunda, dominante y muy superior; existía agradecimiento por encima de todo.
     Agradecimiento llevado a límites tan extremos que no sabríamos con qué compararlo pues esta virtud no es de las que cuenten con muchos ejemplos entre los hombres, así que diremos que Quasimodo amaba al archidiácono como jamás perro alguno o elefante o caballo haya amado a su dueño.

Victor Hugo, Nuestra Señora de París, Madrid, Ediciones Cátedra, Colección Letras Universales, 1985, pág. 190-191.
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez. Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.

Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carroll

V

EL CONSEJO DE UNA ORUGA



     La Oruga y Alicia se miraron durante un rato en silencio: por último, la Oruga se quitó el narguile de la boca, y le habló con voz lánguida y soñolienta.
     ¿Quién eres ? -dijo la Oruga.

     No era ésta una forma alentadora de iniciar una conversación. Alicia replicó con cierta timidez: «Pues... pues creo que en este momento no lo sé, señora...sí sé quién era cuando me levanté esta mañana; pero he debido de cambiar varias veces desde entonces».

     ¿Qué quieres decir? -dijo la Oruga con severidad-. ¡Explícate!
     Me temo que no me puedo explicar, señora -dijo Alicia-; porque, como ve, no soy yo misma.
     Pues no lo veo -dijo la Oruga.
     Me temo que no se lo puedo explicar con más claridad -replicó Alicia muy cortésmente-; porque para empezar, yo misma no consigo entenderlo; y el cambiar de tamaño tantas veces en un día es muy desconcertante.
    No lo es -dijo la Oruga.
    Bueno, quizás no lo encuentre usted desconcertante -dijo Alicia-; pero cuando se convierta en crisálida, como le ocurrirá algún día, y después en mariposa, creo que le parecerá un poquito raro, ¿no?
    De ninguna manera -dijo la Oruga.
   Bueno, tal vez sus sensaciones sean diferentes -dijo Alicia-; lo que sí puedo decirle es que yo me sentiría muy rara.
    ¡Tú! -dijo la Oruga con desprecio -. ¿Quién eres ?
     Lo que les devolvió al principio de la conversación. Alicia se sintió un poco irritada ante los comentarios tan secos de la Oruga; así que se acercó y dijo muy seria:
    Creo que debería decirme quién es usted, primero.
    ¿Por qué? -dijo la Oruga.
     Ésta era otra pregunta desconcertante; y como a Alicia no se le ocurrió una buena razón, y la Oruga parecía estar de muy mal talante, dio media vuelta.


Lewis Carroll, Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, Yuncos (Toledo), Ediciones Akal, S.A.; Colección Akal Literaturas, 2005, pág. 131-132. 
Seleccionado por Paula Ginarte Pérez. Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016.